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Full text of "La literatura española; resumen de historia crítica"

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La literatura española 



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Ángel Salcedo y Ruiz 



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La Literatura Española 

Resumen de Historia Critica 
(Segunda adición) 



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Ángel Salcedo j Ruiz 

DE LA REAL ACADEMIA DE CIENCIAS MORALES Y POLÍTICAS 



La Literatura Española 

RESUMEN DE HISTORIA 
==■= CRÍTICA «=== 

Segunda edición refundida y muy aumentada. - Ilustrada con 

profusión de retratos y de reproducciones de documentos» 

monumentos, etc., etc. 



TOMO I 
LA EDAD MEDIA 



CASA EDITORIAL CALLEJA • MADRID 

MCMXV 



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ES PROPIEDAD 



Reservados todos los derechos 

literarios y artísticos para todos 

los países. 

Cwritfit 1915 ij 

Casa Editorial Calleja 



TIPOGRAFÍA ARTÍSTICA. - Cervantes, 28. - MADRID 

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AL LECTOR 



Va para cinco años que salió a luz nuestro Resumen 
Histórico de la Literatura Española, y hace más de uno que 
se agotaron sus ejemplares, aunque la edición fué relativa- 
mente copiosa para lo que se usa en España. 

Con mucha frecuencia se nos ha excitado a reimprimir el 
libro, y aconsejado que lo hiciéramos corrigiéndolo y am- 
pliándolo a la literatura hispano-americana, a las regionales 
de la Península y muy especialmente a la contemporánea, 
apenas tratada en el Resumen. Si nuestros amables comuni- 
cantes leen el autógrafo de Menéndez Pelayo — uno de los 
últimos escritos por el glorioso polígrafo, — y que, como 
escudo heráldico de nobleza literaria, se ha reproducido al 
frente de esta edición, verán con íntima complacencia que los 
reparos y excitaciones que nos han hecho son los mismos 
que se ocurrieron al llorado Maestro en cuanto hubo leído, 
sin duda rapidísimamente, el Resumen. 

Él nos pronosticó que la obrita tendría segunda edición, 
y ya la tiene. Nos dijo que sería útil para la enseñanza, y son 
muchos los estudiantes de Universidades, Seminarios, Insti- 



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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

tutos y Escuelas Normales que la piden, y vienen lamentán- 
dose hace más de un ano de no poderla adquirir. Por cierto 
que varios alumnos de distintos establecimientos de ense- 
ñanza nos han escrito en diferentes ocasiones suplicándonos 
que los ilustrásemos, o los orientáramos por lo menos, para 
responder preguntas de sus respectivos programas que no 
están contestadas en el libro. A todos hemos procurado com- 
placer en la medida de nuestras fuerzas, y de estas súplicas 
hemos deducido la necesidad o conveniencia de hacer la obra 
más útil a los escolares comprendiendo en ella toda la mate- 
ria explicada en los centros didácticos: a este fin hemos re- 
unido los programas de casi la totalidad de ellos, y creemos 
haber conseguido que no haya en España examen de Histo- 
ria de la Literatura Española que no pueda ser suficiente- 
mente preparado por nuestro Resumen. 

Atendiendo a la vez a los que han buscado en el libro 
una explicación compendiosa, fácil y amena de la Literatura 
española, hemos completado la materia y multiplicado las 
exposiciones de argumentos, que dan a este género de obras 
el interés de una colección de cuentos o novelas; y, final- 
mente, para los que quieran utilizar nuestro trabajo como im- 
presión de conjunto, base indispensable de posteriores y más 
profundos estudios, se han ido indicando a cada paso las 
citas de los libros y monografías magistrales, prefiriendo 
siempre los- más modernos y sobre las cuestiones críticas 
más debatidas en nuestro tiempo. 

¿Hemos logrado nuestro propósito? Una sola considera- 
ción nos anima a creer que sí, por lo menos en parte. El 
autor de este libro está perfectamente convencido de que no 
es un sabio, ni venido al mundo para marcar nuevos rumbos 

XII 

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AL LECTOR 

u orientaciones en ninguna esfera del conocimiento; fáltale 
talento para eso. Pero dedicado durante muchos años a la 
enseñanza privada y al periodismo, ha llegado a poseer cierta 
facilidad de vulgarización y exposición y el convencimiento 
íntimo de que esta facilidad suya es realmente útil no, claro 
es, a los que saben más que él, sino a los que saben menos. 
Muchos alumnos suyos alcanzaron en los exámenes oficiales 
la más elevada calificación y en difíciles oposiciones los pri- 
meros puestos, y reconocen que lo han debido en alguna me- 
dida a las facultades de condensación y explicación clara del 
que escogieron por maestro. Pues en el periodismo, a pesar 
de su desmayado e incorrecto estilo y de su carencia de ideas 
originales, es solicitada y retribuida decorosamente su cola- 
boración hace más de treinta años, y no faltan personas, aun 
inteligentes e ilustradas, que gustan de sus artículos, efecto 
indudable también de su aptitud para decir en pocas palabras 
lo que dijeron otros con muchas, y a la pata la llana lo que 
algunos suelen encumbrar tanto que apenas si se divisa desde 
el suelo. 

Tal es, sin duda, el secreto del éxito del Resumen, y a 
eso, y a la buena presentación editorial, fiamos el de esta se- 
gunda edición, tan severamente corregida y tan considera- 
blemente ampliada. 

Lo que fué un tomo, en la edición presente son cuatro: 

I. — La Literatura española en la Edad Media, donde 
comprendemos las obras literarias escritas en castellano, ga- 
llego y catalán desde que se formaron estos tres romances 
hasta el advenimiento de los Reyes Católicos. 

II. — La Literatura Española en el Siglo de oro, en que 
va expuesta nuestra producción literaria, exclusivamente caste- 

XIII 

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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

llana, pues eclipsáronse las literaturas regionales durante los 
reinados de los Reyes Católicos, Carlos I, los tres Felipes y 
Carlos II. 

III. — El clasicismo en la Literatura Española, en que 
se contienen todo el siglo xvm y el xix hasta la muerte de 
Fernando VII. 

Y IV. — Nuestra literatura contemporánea. Desde 1853 
hasta el tiempo en que la historia deja de ser historia para 
convertirse en actualidad. 

No reñiremos con nadie por la mayor o menor perfección 
de estas divisiones. Ya sabemos que la vida colectiva tiene, 
como la individual, sus edades o períodos; pero que es impo- 
sible fijar de una manera precisa el tránsito de una edad a 
otra. Ni aun los legisladores, en la esfera del Derecho, pue- 
den poner esos términos sino de un modo arbitrario. ¿Por 
qué se ha de reconocer al hombre la plenitud de la capacidad 
jurídica en el momento de cumplir los veintitrés años, y no 
antes ni después? No hay otra razón que la de ser necesario 
poner un límite fijo. Estos mojones en la historia tampoco tie- 
nen otra razón que la conveniencia didáctica. En la realidad 
todo va enlazado, y una cosa engendra la otra sin solución de 
continuidad. Los poetas que florecieron en el reinado de los 
Reyes Católicos se parecen más a sus próximos antepasados 
de los reinados de Juan II y Enrique IV que a los de la segunda 
mitad del siglo xvi y primera del xvii. Los literatos del reinado 
de Carlos II ofrecen todas las cualidades de los de la época 
de los Felipes; pero tan deslustradas y envilecidas por la de- 
cadencia nacional, que da grima meterlos en el Siglo de Oro. 

Más científica que la clasificación o división por épocas, 
sería la de la historia literaria por tendencias o desenvol- 

xiv 

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AL LECTOR 

vimiento de gérmenes que vienen de muy antiguo y se van 
desarrollando a través del tiempo, simultáneamente, influ- 
yendo unos en otros, combinándose a veces y otras veces 
repeliéndose; pero esta manera de agrupar autores y obras 
resultaría siempre confuso, sobre todo para los que comien- 
zan el estudio o lectura. La división cronológica y algún tanto 
aproximada a la historia política, que, aparte de influir en la 
literaria, es la que mejor conocen todos, es sin disputa la más 
clara. Por eso la hemos adoptado. 

Dentro de ella, claro que debe atenderse a esa otra in- 
terna y substancial, y así lo hemos procurado. Recordába- 
mos en la primera edición que, según Brunetiére, no hay lite- 
ratura francesa, española, italiana, inglesa ni alemana, sino 
únicamente europea; y aunque rechazábamos por exagerada 
la afirmación, ya que la índole de cada pueblo imprime su 
sello característico, si no en todas, en muchas de las manifes- 
taciones de su ingenio, reconocíamos la limitación y relativi- 
dad del concepto de lo nacional en Literatura, la imposibilidad 
de conocer, ni aun elementalmente, la particular de ninguna 
nación sin previa idea de sus relaciones con las otras, y, por 
ende, la creciente necesidad de la Literatura comparada, in- 
dispensable hasta en los más compendiosos manuales. Sale 
a lnz esta segunda edición cuando la terrible guerra europea 
ha recrudecido o avivado en todas partes el sentimiento de lo 
nacional, y es probable que hoy no fuese tan largo Brunetiére 
en el reconocimiento de la universalidad de las bellas Letras. 
No ya de la Literatura, sino de la Ciencia y del Arte en gene- 
ral, dícese ahora entre el estrépito de las grandes batallas, y 
exasperados los ánimos por tantas desgracias sufridas, que 
cada nación es como un planeta aparte, y sus naturales una 

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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

distinta especie de hombres, y que cada una tiene su cultura 
o civilización, no sólo diferente, sino antagónica de la de sus 
enemigas o rivales. 

A nadie se cree inferior el modesto autor de este libro en 
cuanto a sentir el patriotismo, ni a estar profundamente con- 
vencido de la santidad y beneficiosa fecundidad de ese sen- 
timiento, así como de la necesidad racional de cultivarlo. Pero 
no hay qu^ exagerarlo. La exageración, decía nuestro Fernán 
Caballero, es el ímpetu que traspasa el blanco. Tanto se 
peca por carta de más como por carta de menos. Ni la Reli- 
gión, ni la Ciencia, ni las artes, ni la Literatura son naciona- 
les, sino universales, aunque los pueblos pongan en la ma- 
nera de comprenderlas y sertirlas su genio peculiar. Nosotros 
hemos reforzado considerablemente en esta segunda edición 
las nociones de Literatura Comparada, tratando con cuanta 
amplitud y claridad nos ha sido posible de la influencia cons- 
tante, y frecuentemente decisiva, ejercida por los extranjeros 
en nues/ro desenvolvimiento literario desde que se inicia en 
la Edad Media hasta la época contemporánea. 

Y nada más nos resta sino dar l&s gracias a los reputa- 
dos críticos que benévolamente juzgaron el Resumen, contri- 
buyendo con eficacia a su difusión. Y también — ¿por qué 
no? — a los que lo hicieron con menos benevolencia, y aun 
a tos acres o severos. Todos juzgaron con sinceridad y,- ppr 
tanto, con justicia, y todos favorecieron, cada uno desde su 
punto de vista, al libro y al autor. 

Ángel Salcedo Ruiz. 



XVI 

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LA LITERATURA ESPAÑOLA EN LA 
EDAD MEDIA * I. - LOS PRECEDENTES (1) 



España ante- romana. — Cuando la sojuzgaron los ro- 
manos, poblaban nuestra Península muchas naciones de muy 
ersa organización social y que hablaban distintos idiomas. Stra- 
1 y otros geógrafos e historiadores citan a los galaicos, astures, 
)ros, autrigones, várdulos, vascones, celtíberos, carpetanos, vá- 
v^o, lusitanos, cimeos o cyteos, que algunos llaman celtas, edetanos, 
turdetanos, etc.; había además colonias fenicias, dependientes hacia siglos 
de Cartago, y ciudades griegas autónomas, pero partícipes de la civiliza- 
ción helénica. Cómo vinieron todas estas gentes a España, y sus vicisitu- 
des en ella hasta que las armas romanas las redujeron a unidad poli- 
tica, son misterios históricos, sólo esclarecidos en parte mínima por la di- 
ligente investigación de tos sabios modernos. Las conclusiones con carác- 
ter definitivo redúcense a las siguientes: A) Hubo pobladores en España 
desde los comienzos de la edad cuaternaria, o sea desde que los hubo en el 
globo terráqueo. B) Fenicios y griegos arribaron a nuestras costas catorce o 
quince siglos antes de Jesucristo, y ya encontraron la tierra pobladísima. 
Estableciéronse en las regiones levantina y meridional, que por su con- 



(1) I. España ante-romana. — 2. Poesía de iberos y celtas; conjeturas de Costa.— 
3. El celtismo en España.— 4. El éuskaro y su falta de monumentos literarios: super- 
cherías con que se ha querido suplir esta falta.— 5. Carácter de la conquista romana; 
latinización de España. — 6. u Sermo nobilis" y "sermo uulgaris". — 7. Literatura 
hispano-latina.— S. Literatura eclesiástica.— 9. La Cristiandad — 10. Los romances o 
lenguas de Romanía.— II. Formación de los romances.— 12. El romance castellano. 

1 

SALCEDO. - Literatura española. - Tomo I. D¡g¡t¡zed by Gbo< 



SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

tacto se civilizaron antes que las comarcas del centro y las septentrio- 
nales. C) Según unos, en el siglo iv antes de Jesucristo, según otros a 
fines del vi, a juicio de algunos de una sola vez, y al de otros en varias 
invasiones sucesivas, vinieron a España los celtas, hombres — según las 
descripciones de los clásicos — altos, blancos y rubios, valientes y fanfarro- 
nes, prontos a irritarse, terribles en la primera embestida, de imaginación 
romancesca, que se reflejaba en los extraños ritos de su culto y en sus usos 
políticos y guerreros; sus sacerdotes o druidas, vestidos de blanco, iban 
siempre delante del pueblo en las solemnidades civiles y en las batallas, 
cantando himnos que se trasmitían de viva voz de generación en genera- 
ción, y en los cuales se cifraba la teogonia y la historia poética de la raza; 
había también sacerdotisas o druidesas, especie de hadas o hechiceras, que 
con albo ropaje y coronadas de hiedra y ramos verdes practicaban miste- 
riosas ceremonias en medio de los bosques o sobre las cumbres de las 
montañas, a la luz de la Luna, en ciertas noches del año; se sabe, final- 
mente, que unos poetas apellidados bardos — probablemente del gremio 
sacerdotal, — y que formaban como un colegio o sociedad, dedicábanse a 
cantar las hazañas de los famosos guerreros o de los príncipes y señores 
que los llevaban en su comitiva. 

Coexistían, pues, en España cuatro elementos de población: el fenicio, 
el cartaginés, el celta y uno, más numeroso y antiguo que los otros tres, 
que es el que ha venido llamándose los iberos, y se ha supuesto constituido 
por una sola raza que vino a nuestra Península formando todavía una fa- 
milia o clan de reyes pastores, por el estilo.de los patriarcales (Abraham, 
Isaac, etc.) de que nos habla la Biblia, y que aquí, multiplicándose y derra- 
mándose, acabó por dividirse en tribus o naciones independientes. La cien- 
cia moderna ha destruido esta concepción histórica de nuestros orígenes: 
aquellos pueblos eran heterogéneos, cada uno de su raza y procedencia, e 
indudablemente vinieron cada cual por su camino y en tiempos diferentes. 
Seguimos usando, sin embargo, la palabra iberos, pero con distinto sentido 
que antes, para nombrar a cuantos moraban en Iberia y no eran celtas, 
fenicios ni griegos (1). 

2. Poesía de iberos y celtas; conjeturas de Costa. — 
¿Tuvieron literatura los pobladores ante-romanos de España? ¿Queda en la 
literatura española algún rastro, se siente de algún modo la influencia de 
aquel pasado remoto? No hay pueblo, por rudo e ignorante que sea, en que 



(1) Véase Historia de España (Resumen critico), porD. Ángel Salcedo Ruiz (Casa editorial Calleja), 
capítulos I, II, III y IV. 



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I. -LOS PRECEDENTES 

no se den, por lo menos, algunas manifestaciones de la épica y no haya 
cantos expresivos, o de sus creencias religiosas, o de sus antiguas tradicio- 
nes, o de las proezas de sus guerreros. "La manera de cantar las historias 
públicas y memorias de los siglos pasados — escribió Argote de Molina — 
pudiera decir que la heredamos de los godos, de los cuales fué costumbre 
celebrar sus hazañas en cantares, si no entendiera que ésta fué costumbre 
de todas las gentes; y tales debian de ser las rapsodias de los griegos, los 
areytos de los indios, las zambras de los moros y los cantares de los etío- 
pes, los cuales hoy dia vemos que se juntan los dias de fiesta con sus ata- 
balejos y vihuelas roncas a cantar las alabanzas de sus pasados u (1). 

Strabon cuenta de los turdetanos que tenían poemas y leyes en verso, 
a que supone el geógrafo la inverosímil antigüe- 
dad de seis mil años; y de los cántabros, que 
cuando prisioneros de los legionarios de Agripa 
eran crucificados, agonizaban insultando a sus 
vencedores con el canto de sus himnos de gue- 
rra. De himnos bélicos habla también Diodoro de 
Sicilia, al referir que los lusitanos entraban en 
batalla entonándolos. Silio Itálico escribió de los 
galaicos que ululaban, es decir, cantaban dando 
alaridos en su lengua bárbara. Finalmente, Apiano 
describe las exequias de Viriato, en que los solda- 
dos corrieron en torno de la pira a la manera de 
los bárbaros, divididos en cuadrillas de infantería Joaquín costa 

y caballería, lo que sugiere la idea de una danza i844-i9ii 

fúnebre con el natural acompañamiento del canto. 

Don Joaquín Costa — Poesía popular española y Mitología y Literatura 
celto-hispanas — señala como indudable rastro de una épica ante-romana 
ciertas narraciones leyendarias y de sabor poemático, trasmitidas por los 
escritores griegos y latinos, y de las cuales son las más conocidas: 

La de los Geriones. — Gerión fué el primer rey de España, y se hizo 
un tirano abominable, por lo cual vino a libertar a sus subditos el buen rey 
de Egipto, Osiris. Gerión fué vencido por los egipcios a orillas del estrecho 
de Gibraltar y, muerto en la batalla, sepultado en el punto más saliente y 
meridional de nuestra tierra. Osiris, compadecido de los tres hijos de Ge- 
rión, niños de extraordinaria hermosura, los puso por reyes en lugar de su 
padre; pero los Geriones pagaron tan insigne beneficio excitando a Trifón, 
hermano de Osiris, para que le diese muerte y se alzara con el reino de 



(1) Discurso de la poesía castellana, 1575. 



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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Egipto. No quedaron sin el debido castigo estos crímenes: Oro, hijo de 
Osiris, mató a Trifón y vino a España, donde, en triple combate singular, 
dio cuenta de los tres Geriones. Este Oro es el Hércules fenicio que tuvo 
famoso templo en Gades. 

La de los reyes Híspalo, Héspero, Atlas y Slculo, que sucesivamente 
reinaron en España. 

La de Argantonio. — Refiere Herodoto que los focenses descubrieron 
más allá de las columnas de Hércules a Tarteso, región feracísima donde 
reinaba un anciano de ciento veinte años, llamado Argantonio, el cual in- 
vitó a los navegantes a que se establecieran en su reino. No aceptaron és- 
tos la oferta, pero sí el dinero que les dio el Rey, y con el cual construye- 
ron un muro en su ciudad cuando volvieron a ella después de largo viaje. 
Anacreonte, Cicerón, Valerio Máximo y Silio Itálico ponderaron luego la 
edad, virtudes, riqueza y felicidad del anciano rey de Tarteso, el cual llegó 
a ser de este modo como el símbolo o el hombre representativo, que se 
dice ahora, de la senectud honrada y dichosa. Es casi seguro que esta le- 
yenda es griega — una historia de navegantes — y sin ninguna raíz en Es- 
paña, fuera del hecho, nada extraordinario, de un rey anciano que trató bien 
a los extranjeros casualmente arribados a sus playas. 

La de Theron. — La cuenta Macrobio. Theron era un rey de la España 
citerior, que aprestó una flota para saquear el templo de Hércules, en Cádiz. 
Le salió al encuentro la escuadra fenicia, cuyos barcos llevaban en la proa 
unos leones que lanzaban fuego sobre las embarcaciones de Theron. Ate- 
rrados los indígenas que las tripulaban, huyeron. Es la historia constante 
de los pueblos atrasados que combaten con los más cultos: Moctezuma y 
los mejicanos sufrieron iguales errores que Theron y sus celtíberos. 

La de Gargoris y Abidis, referida por Justino, compendiador de Trogo 
Pompeyo. Es la más novelesca. Gargoris era rey de los curetes, en el bos- 
que de Tartesio; Abidis, un nieto suyo, aunque ilegítimo. Irritado Gargoris 
por la falta de su hija, abandonó al niño en el monte para que le despeda- 
zasen las fieras; pero éstas, tan misericordiosas como e n el caso de Rómulo 
y Remo, mimáronle y amamantáronle cual cariñosas madres. Mil medios, 
todos cruelísimos, discurrió Gargoris para librarse del prodigioso infante: 
ponerle en una senda al paso del ganado, entregarle a perros y cerdos 
hambrientos, tirarle al mar, pero nada valió. Una cierva completó la crianza 
de Abidis, que salió a su nodriza en agilidad para correr y saltar por el 
campo. Ya mozo, hízose bandolero, y fué terror de los curetes. Sin em- 
bargo, cayó en una trampa que le armaron, y cautivo fué presentado al 
abuelo, que había perdido completamente su rastro. La misteriosa voz de 
la Naturaleza bastó, empero, para que Gargoris reconociera a su nieto en 



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I. -LOS PRECEDENTES 

el preso y le tratara como a hijo, dejándole a su muerte por heredero 
del reino. Abidis, rey, fué un portento de sabiduría y bondad, e incontables 
las maravillas de su reinado; fundó ciudades, hizo labrar los campos y plan- 
tar viñas, dio sabias leyes, administró benigna- 
mente justicia: en suma, todo lo mejoró, engran- 
deció y embelleció. La dicha de los curetes acabó 
con la vida del buen monarca, ocurrida cuando 
ya era muy anciano. 

Si estas historias fueron efectivamente oídas 
por los griegos a los turdetanos, y no inventadas 
por ellos, como parece lo más probable, y de al- 
gunas lo cierto, habría que creer en una épica de 
nuestros remotos antepasados, ya condensada en 
verdaderos poemas, ya esparcida en cantares o na- 
rraciones sueltas; pero, como dice justamente Me- 
néndez Pelayo, todas las conjeturas del libro de 
Costa son ingeniosas, aunque no todas parezcan Marco Tttlio Clcer6n 

, .. 106-43 (a. de J. C) 

^ ' (De un mármol de la época que 

se conserva en el Museo del Va- 

3. El celtismo en España. - La raza ticano) 

céltica tiene extraordinaria importancia en la li- 
teratura universal, y, por tanto, en la española. Céltico es el poético ciclo 
bretón, o sean las leyendas y los romances de Bretaña, de que proceden los 

libros* de Caballerías. A nuestra literatura no lle- 
gó, sin embargo, esta influencia literaria céltica 
sino por conducto de Francia, y cuando estaba ya 
enteramente formada la poesía bretona. Pero ha- 
biendo existido en la población ante-romana un 
elemento céltico, señalado con precisión rigurosa 
por los geógrafos e historiadores clásicos, en que 
reconocía Marcial a sus progenitores, juntos con 
los iberos: 

Nos celtis gen itos et ex hiberis, 

y que comprueba la ciencia moderna, bastando, 

Marcelino Menéndez y Pelayo por otra parte, la más sencilla observación de los 

1856 - 1912 semblantes y costumbres predominantes en ciertas 

regiones, especialmente la galaica, para que salte 
a la vista la identidad de sus habitantes con los de indiscutible origen 
celta de Francia y las Islas Británicas, ¿no ha de haber quedado aquí 



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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

un rastro directo, más o menos apreciable én la esfera literaria, del pri- 
mitivo celtismo peninsular? 

Gusta la imaginación de representarse a nuestros celtas ante-romanos 
con todos los atributos que históricamente corresponden a sus hermanos de 
raza franceses, ingleses, escoceses e irlandeses; y así, Emilia Pardo Bazán, 
en su preciosa descripción de Las Rías Bajas, ha podido decir: 

¡Qué grato, cuando en calma religiosa 
La tarde misteriosa 
Expira entre celajes del Poniente, 
Ascender por veredas escondidas 
Al altar de druidas 
Que a despecho del viento alza la frente! 




Aquí el áurea segur habrá cortado 
El muérdago sagrado, 
Y ceñidas las sienes de verbena, 
La galaica virgen como un hada EmUla Pardo .Ba*án 

Cruzó por la enramada Condesa de Pardo-Bazán 

A la nocturna claridad serena. i»i 



Mas de un modo positivo no cabe asegurar que hubiera nunca en Es- 
paña tales druidas, druidesas, hadas ni bardos. Quizás, como la conquista 
de Iberia por los romanos precedió más de un siglo a la de la Galia céltica, 
donde consta que a fines del siglo v se hablaba todavía la lengua de los 
celtas en las campiñas, nuestro celtismo no pudo resistir al latinismo, y fué 
ahogado enteramente por éste, o quizás esos usos célticos se desarrollaron 
allá, y no aquí, en el secular período de independencia que no hubo en 
España. Se cree, sin embargo, que la superstición de los agüeros y la mú- 
sica o cadencia de la danza prima, popular aún en Asturias, vienen direc- 
tamente del celtismo hispano. En otro hecho histórico-literario harto más 
importante, y de que se tratará en su lugar oportuno, reconocen algunos 
críticos la influencia directa del celtismo indígena: tal es la poesía popular 
gallega de la Edad Media que nos ha revelado el Cancionero de la Vati- 
cana, tan distinta de la trovadoresca o erudita, de que el mismo Cancionero 
y el de Ajuda nos ofrecen abundantes muestras. Hay en esas cantigas villa- 
nescas el ambiente campesino de un pueblo de caseros que sólo se junta 
en romerías, una lánguida suavidad de afectos, una vaga y ensoñadora 
melancolía que parecen característicos del espíritu celta, y pueden atribuirse 
sin violencia a la no interrumpida, aunque transformada, tradición céltica. 



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I. -LOS PRECEDENTES 

4. El éuskaro y su falta de monumentos literarios; super- 
cherías con que se ha querido suplir esta falta. — Resto viviente 
de la época ante-romana es el éuskaro, aún hablado por vascos españoles y 
franceses. No merece ni el honor de una refutación seria, aunque se la dedi- 
case muy cumplida el presbítero durangués D. Pedro Pablo de Astarloa, la 
estrafalaria especie, echada a volar por Traggia (1), de ser el vascuence in- 
vención del siglo viíi, perfeccionada en el xn, con el propósito de fingir una 
independencia de que, según ese autor, nunca disfrutaron los vascones. 
Indudablemente, la lengua éuskara es de las primitivas españolas, aunque 
no quepa deducir de aquí que fuese la única, como han sostenido desde el 
siglo xvi Garibay (2), el Padre Maret (3), Baltasar de Echane (4), D. Francis- 
co J. de Garma (5), el Padre Larramendi (6), Astarloa (7), Guillermo de Hum- 
boldt (8), etc., y actualmente afirman Cejador (9) y D. Carlos de la Plaza (10), 
ni que el castellano proceda del vascuence 'en parte considerable de su 
léxico (11). Es cierto que algunos nombres, casi todos pertenecientes al 
Diccionario geográfico, tienen estrecho parentesco con otros vascos; pero 
ni hay que exagerar su número, ni olvidar la influencia del latín y de los 
romances. Como afirma Ernesto Mérimée (12), es indudable que en vas- 
cuence hay más palabras latinas que vascas en castellano. 

Inmemorial es en Vasconia el uso de los versolari o coblari, que en 
las fiestas populares improvisan zorcicos, y aun se desafian recíprocamente 
a componerlos con más rapidez y mejores, cosa no muy difícil por la 
estructura del idioma, toda vez que, posponiéndose las preposiciones a los 
nombres, resultan consonantes casi todas las palabras. Garibay alcanzó 
otra casta de copleros: las lloronas, que ora en los duelos apostrofaban a 
ios parientes del difunto excitándolos bárbaramente al dolor, ora ensal- 
zaban la memoria de los finados en zorcicos fúnebres denominados eresiac. 
No eran estas lloronas mujeres de baja condición ni asalariadas, sino prin- 
cipales, y tomaban el oficio por vocación o gusto, y no para ganarse el 

(1) Dlc. Geog. Hist. de la Academia de la Historia, 1802. Articulo "Navarra*. Traggia escribió su dispa- 
ratado articulo para complacer a Godoy, que, incomodado por la adhesión de algunos vasco-navarros a las 
ideas revolucionarlas de Francia, pensaba suprimir o cercenar los Fueros de aquellas provincias. 

(2) Compendio historial. 

(3) Antigüedades del Reino de Navarra. 

(4) Antigüedad de la lengua cántabra, Discurso, Méjico, 1607. 

(5) Teatro Universal de España, 1738. 

(6) Antigüedad y universalidad del vascuence; El imposible vencido; Discur. histór. Dic. trilingüe. 

(7) Apología de la lengua vascongada, 1803. 

(8) Invest. sobre los primitivos habitantes de España, con el auxilio del idioma vascongado, 1821. 

(9) El lenguaje. 

{10) Etimologías vascongadas del castellano, 1909. 

(11) Larramendi sostuvo que de 13365 vocablos castellanos, 5.385 proceden del latín y 1.951 del éuskaro. 

(12) Precia d'histoire de la Litterature espagnole, 1908. 



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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

sustento: tales fueron doña Sancha Ochoa de Ózaeta, que floreció a fines 
del siglo xv, y una hermana de doña Emilia de Lastur, de la que cuenta 
Garibay que, habiendo muerto joven doña Emilia, su hermana se propuso 
impedir que el viudo contrajera nuevas nupcias, y a este fin le persiguió 
de Mondragón a Deva cantándole zorcicos enaltecedores de la fidelidad 
conyugal hasta después de la muerte. 

Es de creer que estas manifestaciones poéticas de la lengua éuskara 
vengan dándose desde la más remota antigüedad. Probablemente, antes 
que los celtas viniesen a España habría ya uersolarís y lloronas. Pero la 
tradición no nos ha trasmitido ni el eco debilitado y confuso de aquellos 

antiguos cantares. Los más remotos, recogidos por 
Garibay y Martínez de Isasti (1), son del siglo xv. 
De lamentar es este silencio; pero aún más, 
que se haya querido suplirlo con supercherías, in- 
ventando canciones vascas de venerable antigüe- 
dad en que han creído hasta los más doctos. Las 
farsas de este género que alcanzan más boga son: 
La leyenda y estribillo de Lelo, que se su- 
pusieron descubiertos a fines del siglo xvi por 
el vizcaíno Juan Ibáñez de Ibargüen, y cuya 
antigüedad admitieron varones tan sabios como 
Humboldt y Fauriel. Según esta falsa leyenda, 
josé Amador de los ríos L e j era un j e f e vascongado que a la vuelta de 
1818-1878 una ex p e( j¡ c ¡¿ n guerrera fué muerto por su mu- 

jer, Tota, y el amigo de ésta, Sara; descubierto 
el crimen, la asamblea popular, además de castigar a los culpables, dispuso 
que todos los cantares habían de empezar con una estrofa en recuerdo 
de Lelo. 

El canto de los cántabros, de la misma procedencia que la anterior, y 
que cuenta cómo un caudillo vasco, de nombre Ochín, después de haber 
dirigido a los suyos en la guerra contra Augusto, capituló honrosamente 
con los romanos y se fué a Italia, donde fundó la ciudad de Urbino. 

El canto de Altabiskar (Altabiskarco cantua). Lo escribió en francés 
Garay de Monglave, y no es más que una mediana poesía ossiánica. Luis 
Duhalde d'Epelette lo tradujo al vascuence, y así se publicó en 1834 en el 
Journal de V Instituí Historique. Creyeron en su autenticidad Fauriel y Ama- 
dor de los Ríos; como auténtico lo inserta Balaguer en su discurso de 
recepción en te Academia Española (1883), y Navarro Villoslada en su 



(1) Compendio historial de Guipúzcoa. 



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I. -LOS PRECEDENTES 

novela Amaya, o los vascos en el siglo VIII. El canto se refiere a la batalla 
de Roncesvalles. Un casero oye el estruendo del ejército franco; sube a 
lo alto de la montaña, y pregunta allí al muchacho que le acompañaba: 
¿Cuántos son? El muchacho va contándolos: uno, 
dos, tres . . ., hasta que pierde la cuenta en tanta 
multitud. Después del combate el casero vuelve 
a decir al muchacho que cuente a los sobrevivien- 
tes, y es la cuenta al revés que antes: veinte, die- 
cinueve, dieciocho..., etc., uno, y, por último, ¡ni 
uno se ve ya! ¡Todo acabó! 

5. Caree ter de la conquista romana: 
latinización de España. — No fué la conquis- 
ta romana mera ocupación bélica ni dominio pura- 
mente político, sino infusión del espíritu latino en 
el alma de los pueblos sometidos. La heterogénea Víctor Baiaguer 

población de España fué por la mano poderosa de 1829-1901 

Roma como fundida en un molde, y de él salió la- 
tina, olvidada de su antiguo modo de ser, hablando en latín, y en latín 
pensando, creyendo y sintiendo. 

Adondequiera que llevaron sus armas, intentaron los romanos lo 
mismo, tratando de imponer en todas partes, 
con una política severa y perseverante, su len- 
gua y su cultura. El idioma lo imponían a viva 
fuerza: asi lo dice San Agustín. Dion Casio re- 
fiere que el emperador Claudio privó de la ciu- 
dadanía a un licio porque no supo responderle 
en latín. Valerio Máximo dice que los magistra- 
dos hablaban en latín hasta en Grecia, y el ju- 
risconsulto Trifonino, que el edicto del Pretor, 
de indispensable conocimiento para todos los 
subditos del Imperio, sólo podía dictarse en la- 
tín. Con este rigor extirparon las lenguas primi- 
Fnncisco Navarro vuiosiada tivas. Es infundada la suposición de D. Juan 

1818-1885 Valera sobre que España y otras regiones se 

latinizaron tan completamente por ser sus len- 
guas semejantes a la latina (1). 

No; fué obra de imperio, aunque contribuyese a su éxito el ser esa 



(1) Disc. de recep. de Commelerán en la Acad. Esp. (25 Mayo 1890). 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

lengua instrumento de civilización en todos los órdenes de la vida; por lo 
menos, allí donde no podía desempeñar tal oficio, como en Grecia y en las 
regiones orientales helenizadas por Alejandro Magno, fracasaron empera- 
dores y pretores en su empeño de latinización; la superioridad de la cul- 
tura griega salvó al idioma helénico, indispensable a los mismos romanos 
para instruirse y educarse, y que hasta se permitía usar en el senado. "El 
Lacio agreste había recibido de Grecia todo saber, vencido y cautivo por 
las Letras cuando la venció y cautivó por las armas, y, salvo pocos gérme- 
nes de cultura indígena, todo fué en Roma imitación elegante y erudita, 
pero imitación al cabo, del saber helénico : epopeya, teatro, lírica, filosofía, 

historia, y hasta leyes" (1). 

En las comarcas de Oriente siempre coexistió 
el griego, y pronto predominó sobre el latín, y asi 
el Imperio comprendió dos mundos: el helénico y 
el latino, que, andando el tiempo, fueron dos im- 
perios. El latinismo sólo arraigó en una pequeña 
región oriental, poblada por colonos occidentales, 
y que por eso se llamó la Romanía. 

Pero en Occidente todo fué Romania. No por 
cierto con la misma intensidad en todas partes. 
Inglaterra no llegó nunca a ser enteramente do- 
minada por los romanos: en la época de su ma- 
yor poderío, los límites del Imperio estaban en el 
juan vaiera golfo de Solway y desembocadura del Tyne, y 

dentro de la provincia romana nunca dejó el pue- 
blo de hablar en celta; al volar de allí las águilas 
imperiales no quedó ni rastro latino, y la lengua céltica, mezclada con el 
bajo alemán que importaron los sajones, y más adelante con el danés, se 
convirtió en el inglés moderno. 

En Francia fué más intensa la latinización; pero completa o absoluta 
sólo en la región meridional, que llamaron los romanos Galia Togada, en 
contraposición de la Galia Cabelluda; la primera conquistada a la vez o un 
poco antes que entraran en España, y la segunda no invadida hasta tiempos 
de César. En Francia se ha marcado durante siglos la diferencia de carác- 
ter, costumbres y literatura entre la región del Noríe y la meridional; aqué- 
lla siempre más céltica, y ésta más latina, o lo que es igual, más afín de 
Italia y de España que de la tierra allende el Loira. Hoy mismo el proven- 
zal parece más compatriota del catalán que de los franceses del Norte. 



(2) Valere. — Disc. en la recepción de Menéndez Pelayo en la Acad. de la Hist (6 Mayo 1881). 

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I. -LOS PRECEDENTES 

Alfonso Daudet ha hecho resaltar este contraste en Numa Roumestan y 
otras de sus novelas. 

6. "Sermo nobilis" y "sermo vulgarís' 4 . — Al consolidarse 
la dominación romana en España, la lengua latina habia llegado a su mayor 
esplendor y más artístico florecimiento, trabajada a cincel por insignes 
oradores y poetas; pero la misma perfección literaria que alcanzó, y en que 
los escritores quisieron mantenerla siempre, libre de barbarismos e idiotis- 
mos y con su majestuosa y musical estructura sintáctica, fundada en el más 
artificioso hipérbaton, habíala hecho inaccesible, no sólo al vulgo indocto, 
sino a los hombres cultos para sus conversaciones familiares. De aqui que 
en Roma hubiese realmente dos idiomas: uno, que era el de las Letras, de 
la buena oratoria política y de las leyes y magistrados; otro, que se hablaba 
en casas y calles, aun por los que empleaban el primero para escribir y 
para perorar en el Senado. La lengua culta (sermo nobilis), como resultado 
del estudio y de la depuración del gusto, era la misma en todas partes 
donde habia hombres ilustrados que se dedicasen a su no fácil ni breve 
aprendizaje; y tampoco variaba con el tiempo, toda vez que se habia for- 
mado y se sostenía por la contemplación de modelos de buen decir consa- 
grados y tenidos por insuperables. 

En cambio, la lengua vulgar (sermo vulgarís), como fruto espontáneo 
de gentes sin preocupaciones literarias y que no se escuchaban al hablar, 
atentas únicamente a expresar lo que pensaban y sentían de modo que lo 
entendiesen sus interlocutores, corría sin freno, tomando palabras de aqui 
y de allá y estropeando constantemente las castizas. Lejos de ser una 
misma en todas partes, variaba según los lugares y las clases sociales. Sólo 
en Roma habia tres distintas maneras de hablar: la lengua urbana, que 
usaban los ciudadanos, y debía de ser la que Quintiliano llamó cuotidiana; 
la rústica, o de los campesinos, probablemente la que Plauto llamaba pie- 
bey a y Vegecio pedestre,y\a vernácula, o de los esclavos, que con seguridad 
fué una jerigonza de todos los idiomas y dialectos conocidos, pues de todos 
habia esclavos en Roma. Así se comprende que las familias pudientes pu- 
siesen a sus hijos un profesor de latín, esto es, de sermo nobilis; estudio 
tan difícil, según Cicerón, que requería ser comenzado en los primeros 
años de la vida y continuarse con invencible perseverancia: el mismo ora- 
dor elogia a Curión por no expresarse demasiado mal en latín, no habiendo 
tenido otra educación que la doméstica. 

Si esto era en la ciudad, ¿qué sería en provincias? Cuando Décimo 
Bruto corrió fugitivo desde Bolonia a Aquilea, se salvó de sus perseguido- 
res merced a los conocimientos de los dialectos locales del país que iba 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

recorriendo. En las Galias y en España el sermo vulgarís tuvo indudable- 
mente desde los primeros tiempos muchas variedades, gérmenes de los 

idiomas que, andando los siglos, ha- 
bian de brotar del latín. 

7. Literatura hispano - latí- 
na. — Del hablar corriente de nuestros 
antepasados, subditos del Imperio ro- 
mano, no nos queda ningún monumen- 
to escrito. En cambio, los tenemos in- 
signes de sermo nobilis, o sea de gran- 
des literatos hispano-latinos. 

Fuera de Italia, ninguna provincia 

contribuyó con tal número de figuras 

de primera magnitud a la espléndida 

galería de los escritores del Lacio. Las 

Galias, que, según Plinio, tenían 1.200 

ciudades, sólo cuentan dos: Ausonio y 

Rutilio, mientras que España, cuyas 

ciudades eran 860, produjo muchos: 

Marco Porcio Latron, Pomponio Mela, 

Columela, Quintiliano, Silio Itálico, 

Floro, y los tres gigantes: Séneca el 

filósofo y trágico, Lucano y Marcial. 

La literatura latina se desenvolvió en 

su apogeo en dos momentos que los 

historiadores denominan edades: la de 

oro, en que brillaron Virgilio, Horacio, 

juno cesar Ovidio, Catulo, Tíbulo, Propercio, Ci- 

ro a 44 (a. de J. C.) cerón y César; y , fl de ^^ en que 

florecieron nuestros conterráneos, com- 
pitiendo con Tácito, Suetonio, Juvenal, los dos Plinios y Fedro, y aun ejer- 
ciendo una especie de dictadura literaria, cuyo cetro estuvo en la familia de 
los Sénecas (1). 

Algunos críticos modernos han creído notar en los literatos provincia- 
nos, sobre todo en los de África y España, ciertos caracteres regionales 
que los distinguen del fondo común del Imperio. Y ya puestos a observar 
estas cosas, han reparado que los españoles inficionaron la literatura latina 



(1) Menéndez Pelayo, Antología. 

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I. -LOS PRECEDENTES 

con el énfasis y vana pompa de las palabras, y la sutileza, ingeniosidad y re- 
finamiento de los conceptos. De ser así, tendríamos, como dice Menéndez 
Pelayo en el primer capítulo de la Historia de las ideas estéticas, que nues- 
tras Lejras habían adolecido antes de nacer de dos de sus principales 
achaques: el abuso del color y de los recursos pintorescos, y el conceptis- 
mo. Parece, sin embargo, que la sutileza está más bien en tales críticos que 
en los censurados por ellos. El cargo sólo puede hacerse con algún funda- 
mento a Marco Porcio Latrón y a Séneca el retórico, que fueron profesores, 
y el segundo coleccionador de trozos de elocuencia y hombre de buen 
gusto, como acreditan los prólogos que puso a sus 
colecciones, y en que censura a los oradores de su 
tiempo por los defectos que a él precisamente se 
quieren atribuir ahora. Por otra parte, es natural 
que, no los hispano-latinos, sino cuantos escritores 
florecieron en la edad de plata, sean respecto de 
los del precedente período amanerados, artificiosos 
y retóricos, pues la inspiración espontánea sólo sue- 
le andar un momento unida a la perfección en la 
forma: ese momento es el zenit de las literaturas, 
y, pasado, iniciase la decadencia. 

8. Literatura eclesiástica. — Con el cris- séneca ei filósofo 

tianismo surgió una nueva literatura latina. El sermo 2e6 

nobilis habíase apartado ya tanto del habla vulgar, 
que el pueblo no lo entendía, y por lo mismo, no podía servir de instru- 
mento oratorio y literario a los santos padres, apologistas y doctores, que 
no peroraban y escribían para recrearse ni para deleitar a una minoría se- 
lecta con exquisitos conceptos y elegancias de dicción, sino para convertir 
y adoctrinar a la multitud, para ganar almas a Dios, que, como decía San 
Agustín, no hace acepción de personas y entiende del mismo modo al rús- 
tico que dice inter hominibus, que al culto que dice ínter homines. Este 
concepto fundamental significa la democratización de las Letras, esencial- 
mente aristocráticas en la sociedad pagana, y exigía el empleo del sermo 
uulgaris, único que comprendía el pueblo. Lo declara terminantemente San 
Jerónimo: voló, pro legentis facilítate, abuti sermone vulgato. (Para facili- 
dad de los lectores, quiero usar el sermo vulgaris.) En plena edad de plata 
de la literatura latina se hizo en Italia una versión de la Biblia plagada de 
solecismos que, según Cantú, son todavía familiares en los dialectos ita- 
lianos. 

Hubo, pues, en los escritores eclesiásticos propósito preconcebido de 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

valerse de la lengua del pueblo, y en este sentido podría sostenerse que 
contribuyeron a la ruina del latín clásico, si no fuera cierto que semejante 
ruina estaba ya consumada; porque ¿qué ruina mayor cabe a un idioma 
que no ser entendido sino por los más doctos? La única forma viva de la 
lengua romana era el sermo uulgaris, el cual a su vez iba corrompiéndose 
y descomponiéndose cada vez más en dialectos locales. La Iglesia lo adop- 
tó, elevándolo a idioma oficial y literario, y así, como dice Bachr, a ella se 
debe, no la desaparición del latín clásico, sino la conservación del único la- 
tín posible en aquella época. 

España contribuyó eficaz y gloriosamente al florecimiento de la litera- 
tura eclesiástica. Antes de caer el Imperio brillaron Osio, Paulo Orosio, y 
especialmente los poetas Cayo Vecio, Aquilino Juvenco, autor de la Histo- 
ria evangélica, a quien Valera, a pesar de sus preocupaciones clasicistas, 
llama admirable poeta, gloria de España, y Aurelio Prudencio, Píndaro 
cristiano, según Erasmo, y del cual Menéndez Pelayo ha escrito, entre otras 
cosas admirables: "Cantor del cristianismo heroico y militante de los ecu- 
leos y de los garfios, de la Iglesia perseguida en las Catacumbas o triunfa- 
dora en el Capitolio; lírico al modo de David, de Píndaro o de Tirteo, y aún 
más universal que ellos en cuanto sirve de eco, no a una raza, siquiera sea 
tan ilustre como la raza doria, ni a un pueblo, siquiera sea el pueblo griego, 
sino a la gran comunidad cristiana que había de entonar sus himnos 
bajo las bóvedas de la primitiva basílica; rey y maestro en la descripción 
de todo lo horrible, nadie se ha empapado como él en la bendita eficacia 
de la sangre esparcida y de los miembros destrozados. Si hay poesía que 
levante y temple el alma para el martirio, es aquella... 41 "En vano quiere 
Prudencio ser fiel a la escuela antigua, a lo menos en el estilo y en los me- 
tros, porque la hirviente lava de su poesía naturalista, bárbara, hematólatra 
y sublime, se desborda del cauce horaciano" (1). 

Durante la época visigoda y en los primeros siglos de la Reconquista 
la literatura eclesiástica fué la única que se cultivó en España, o, por lo 
menos, la única que ha llegado hasta nosotros. A ella pertenecen los cro- 
nistas, como Idacio, el Biclarense y San Julián; los teólogos y moralistas, 
como Tajón, Masona, Fortunato, San Martín de Braga, San Leandro, San 
Fructuoso y San Braulio de Zaragoza, y el que lo fué todo, San Isidoro. 
- Lárdente spiro d'Isidoro, que dijo Dante, fué el de la civilización española 
hasta el siglo xn, lo mismo entre los cultos mozárabes de Córdoba que en 
los reinos cristianos pirenaicos; irradió fuera de la Península, iluminando a 
la corte de Carlomagno, y el único poeta español de que se tiene noticia en 



(1). Dlsc de recep. en la Acad. Esp. 

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/. - LOS PRECEDENTES 

tan largo período, Teódulo, era un isidoriano que floreció en la corte del 
emperador franco. La poesía de entonces hay que buscarla en el Hinnarío 
eclesiástico: si hubo otra, se ha perdido" (1). 

9. La Cristiandad. — A la unidad material del Imperio, rota por 
los bárbaros, sucedió la unidad morafde la Iglesia. Los invasores germanos 
fundaron reinos en las que habían sido provincias o regiones del gran Im- 
perio; pero estos reinos, base de las naciones modernas, no fueron verda- 
deras naciones hasta muchos siglos después. |Es un anacronismo atribuir 
patriotismo franco o patriotismo visigodo a los subditos de los reyes mero- 
vingios o de los reyes sucesores de Ataúlfo: la población latina consideraba 
a sus dominadores como huéspedes molestos, de que no perdía nunca la 
ilusión de librarse algún dia por la restauración de aquel antiguo Imperio, 
que durante la Edad Media no fué un recuerdo, sino una esperanza. Y los 
bárbaros, convertidos al cristianismo, se dejaban influir cada vez más por 
el espíritu romano: así se formó la Cristiandad, unidad religiosa, literaria y 
de usos y costumbres, cuyo idioma oficial fué el latín eclesiástico en su úl- 
tima y más decadente forma, que es la que se denomina baja latinidad. 

En bajo latín se decía misa y se cantaban las horas canónicas, se re- 
zaba y se predicaba, se redactaban las leyes y los documentos públicos, 
escribíanse los libros y componíanse los versos; y el pueblo, aunque en 
cada comarca hablase una jerga diferente, en todas comprendía perfecta- 
mente aquella lengua oficial, eclesiástica, política y literaria. Saber leer sig- 
nificaba entonces saber leer en latín, y saber escribir, escribir en latín. Des- 
de el Estrecho de Gibraltar hasta las montañas de Escocia, cualquier cris- 
tiano recorría todas las regiones europeas sin ser extranjero en ninguna, 
porque el bajo latín era entendido, y aun hablado en todas. 

Mas no podía ser perpetua esta situación. Siempre que coexisten dos 
lenguas, una fijada por el elemento culto, y que por lo mismo tiende a una 
inalterabilidad imposible, y otra hablada por el pueblo, la popular se sobre- 
pone a la larga, aunque lingüistica o literariamente sea menos perfecta que la 
otra. El bajo latín, sermo vulgaris cuando escibía San Jerónimo, llegó a ser 
un sermo nobilis, incomprensible para el vulgo, en relación con las jergas 
o dialectos populares. El pueblo en el siglo vi entendía y hablaba más o 
menos bien en todas partes el latín eclesiástico; pero en el siglo xii ya no 
lo entendía en ninguna. Para usarlo era menester dedicarse formalmente a 
su estudio, y esto es lo que hacían los clérigos, palabra a la sazón sinónima 
de letrados. 



(1) Menéndez Pelayo - Disc. citado y Antología - Tomo I. 
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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 



10. Los romances o lenguas de Romanía. — La palabra ro- 
mance, a que había de darse en las lenguas modernas tantos significados 
distintos, expresó originariamente todo idioma derivado del latín o lengua 
neo-latina; esto es, cada una de las jergas populares que, separándose poco 
a poco del bajo latín, llegaron en el siglo xn a ser tan diferentes de aquél, 
que hay que considerarlas ya como idiomas independientes. Etimológica- 
mente, la palabra significa cosa derivada o perteneciente a Roma: los 
romances son, pues, las lenguas de la Romanía. Y como en cada región 
se hablaban, no una sola jerga, sino muchas, muchos fueron los romances 
que en la citada centuria duodécima aparecieron formados. 

En Francia, desde los Pirineos al Escalda y desde los Alpes al Océano, 
surgieron infinidad de romances. Pueden considerarse agrupados en dos 
núcleos: el francés propiamente dicho, o lengua de oil — así denominado 
por decirse en todos estos dialectos oil por sí o ouí f — y el provenzal, o len- 
gua de oc — por ser oc la partícula afirmativa en este grupo dialectal. El 
francés se subdividia en cinco hablas principales: el picardo, el normando, 
el del Poitou, el boigoñón y el de la isla o ducado de Francia, que llegó a 
predominar sobre todos, sin otra razón que ser esa isla residencia de la corte. 
No menos rica variedad ofrecía el provenzal, el cual, no conteniéndose en 
los actuales limites de Francia, salvó los Pirineos, originando en nuestra 
Península el catalán, el mallorquín y el valenciano. Y no eran estas lenguas 
las únicas usadas en la nación vecina. Sin contar el vascuence, había otras 
dos que no eran romances: al Nordeste, la germánica avanzó hasta el Mosa 
y los Vosgos, y al Poniente los celtas de la Gran Bretaña, fugitivos de an- 
glos y sajones, estableciéronse en la Armórica, determinando allí un rena- 
cimiento del idioma céltico. Difícilísimo es señalar las fronteras geográficas 
de todos estos idiomas y dialectos, representados todavía por los patois o 
hablas populares, aunque en este orden se hayan realizado trabajos tan 
dignos de loa como el Atlas lingüistique de la France (1), los Etudes sur les 
idíomes pyrinées, de Aquiles Luchaire, y los que frecuentemente publica la 
Romanía sobre la materia (2). 

En Italia señala Dante — De vulgari eloquio — nada menos que ca- 



to De formar este Atlas fué encargado en 1873 el Barón de Tourtoulon, nacido en Montpellier (12-Oc- 
tubre-1836), y fallecido en Aix, en Pro venza (Octubre-1913). Los españoles debérnosle gratitud por su bella 
obra 'Jacques ler. le Conquerant, Rol d' Aragón, Comte de Barcelone, d'aprés ¡es chroniques et des docu- 
mente lnédlts-MontpeUler-1863*. Por este libro le confirió la Academia de la Historia el titulo de correspon- 
diente (16-Oct-1863). 

(2) Sirvan de ejemplo, por lo que a nosotros nos interesa, el de Horelac (La Romanía, núm. XXI) sobre 
la línea fronteriza entre el catalán y el languedés, y el de Shfidel (La Romanía, núm. XXXVI) entre el catalán 
y el gascón. Estos curiosos estudios ponen de manifiesto el artificio de las fronteras políticas: en el valle de 
Aran, v. gr., no se habla catalán, sino gascón. 



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/. -LOS PRECEDENTES 

torce romances. No por motivos políticos, como en Francia, sino literarios, 
y gracias principalmente al mismo Dante, ha predominado uno de ellos, el 
toscano, aunque sin desterrar a los restantes. 

También en España el bajo latín se descompuso en muchos idiomas. 
Prescindiendo de los levantinos, que son derivación de la lengua de oc, 
formáronse dos grupos lingüísticos: el occidental o galaico-portugués, y el 
central, riquísimo en diversidad de formas dialectales; una de ellas es el 
castellano, destinado en nuestra Península a la hegemonía del parisiense 
en Francia y del florentino en Italia. 

11* Formación de los romances. — La curiosidad de historia- 
dores y filólogos quisiera conocer la evolución de los romances a través del 
tiempo, y busca con afán los más antiguos documentos para ver de ir preci- 
sándola. Respecto de Francia ya se señalan en escritos del siglo vn algunas 
palabras que no son latinas, sino verdaderamente francesas; pero hasta me- 
diados del siglo ix (842) no se hallan documentos en que la evolución sea 
sensible: tales son los Juramentos de Estrasburgo prestados por los soldados 
de Carlos el Calvo y Luis el Germánico. En España, igual: en las Etimolo- 
gías de San Isidoro, en los códigos visigodos, en los libros de la misma 
época y de los primeros siglos de la Reconquista y en los cartularios de 
iglesias y monasterios van apareciendo palabras nuevas injertas en la prosa 
latina, que se hacen más copiosas y frecuentes por los siglos vm y ix. 

Obsérvense dos párrafos: uno de los citados Juramentos de Estrasbur- 
go, y otro del privilegio de fundación del Monasterio de Obona, otorgado 
por el príncipe Adálgastro, hijo del rey Silo. En ambos se nota perfectamen- 
te la invasión del romance — francés y castellano — en la baja latinidad. 

Juramento de Luis el Germánico Privilegio del Monasterio de Obona 

Pro Deo amur et pro Cristian pobló Damus siquidem in ipsa domus Dei... 

et nostro commun salvament, d'ist di Vigintí modios de pane, et duas equas 

. _ . et uno rocino et una mulla et tres asi- 

m avant, m quuant Deus savir et po- nos . et una ^pa sérica et tres cálices, 

dir me dunat, si salvaras eo. . . etc., etc. dúo de argento. . . etc., etc. 
Dos filólogos españoles, el Sr. García Ayuso (1) y el Sr. Commelerán (2), 



(1) Ensayo critico de Gramática comparada de los idiomas indo-europeos. — Las leyes y procedi- 
mientos seguidos en la formación de las lenguas neo-sánsk ritas y neo-latinas (Disc. de recep. en la Aca- 
demia Española, 6 Mayo 1894). 

(2) Diccionario latino-español etimológico.— Gramática comparada de las lenguas castellana y lati- 
na.— Las leyes que regulan las trasformaciones que en el estado actual de nuestra lengua sufre en su 
elemento fonético la palabra latina para convertirse en castellana (Disc de recep. en la Acad. Esp. f 25 
Mayo 1S0O). 

17 

SALCEDO — Literatura española, - Tomo L Digitized by Vj?X m£ 



SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

han estudiado las leyes de trasformación de la baja latinidad en romance. 
Baste aqui apuntar que esas leyes giran todas en torno del principio de la 
mayor facilidad en pronunciar, o sea la comodidad de expresión y la bre- 
vedad. 

Algunos literatos — Juan Jacobo Ampére entre ellos — han visto en 
los romances una degradación del lenguaje humano; pero los más reputa- 
dos autores modernos, v. gr., el citado Garcia-Ayuso, combaten esa opinión, 
sustentando la de que los idiomas neo-latinos son, no sólo más fáciles para 
el vulgo, sino más ricos y artísticos que su lengua madre. 

12. El romance Castellano. — Que los romances sean derivacio- 
nes del bajo latín, no significa que únicamente palabras de ese idioma hayan 
entrado en su formación. Las lenguas no son cotos cerrados; adoptan y ha- 
cen suyo cuanto les conviene. Ciñéndonos al castellano, diremos que han 
influido en él, o contribuido a su crecimiento y perfección: 

1.° El latín clásico. En épocas cultas muchas palabras de legítima pro- 
sapia romancesca han parecido groseras y bajas, y sustituí dose por otras 
del antiguo sermo nobilis. Recuérdese lo que aconseja D. Quijote a Sancho 
Panza: "Ten cuenta de no mascar a dos carrillos, ni de erutar delante de 
nadie... Erutar quiere decir regoldar, y éste es uno de los más torpes voca- 
blos que tiene la lengua castellana, aunque es muy significativo, y así, la 
gente curiosa se ha acogido al latín.» 

2.° Los primitivos idiomas ibéricos y célticos, en medida que no cabe 
precisar. 

3.° El griego. Aunque los griegos colonizaron tan arraigadamente en 
las comarcas levantinas, y después en el periodo visigótico la provincia car- 
taginense reconociese la autoridad del Emperador de Constantinopla du- 
rante no breve período, el influjo directo de la lengua helénica en nuestro 
Diccionario es insignificante. Pero el castellano, al igual que los demás idio- 
mas, ha tomado del griego el tecnicismo científico y artístico; porque *en 
todo saber, arte y disciplina que no tienen algo de revelado y sobrenatural, 
Grecia es fecunda y casi única madre de la civilización europea, (1). 

4.° El alemán. Según Foenster (Spanische Sprachlehre) hay en caste- 
llano de 300 a 400 palabras germánicas. Ocúrrese desde luego que pueda 
ser este caudal legado de los visigodos; pero se opone decisivamente a esta 
suposición el hecho de que la mayor parte de las raíces germánicas exis- 
tentes en castellano son comunes a todos los romances. Debieron, pues, de 
incorporarse al sermo vulgaris latino antes de la invasión de los bárbaros. 



(1) Valera. 

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Facsímil de la página 420 del Códice Albendense o Vigllano, que se conserva 
en la Biblioteca del Escorial (i) 



" (1) El estudio de los códices o libros manuscritos anteriores a la invención de la imprenta, pertenece a 

[ la historia del libro, y no a la de la literatura; en atención a las miniaturas que adornan algunos de ellos. 

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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

5.° El árabe. D'Engelman (Glossaire des mots espagnols et portugais 
derives de Cárabe) enumera 650 vocablos de procedencia árabe en nuestro 
idioma. Indudablemente son muchos más. D. Juan Valera cuenta 1.500. 
Pero, sean más o menos, sólo la ofuscación de algunos orientalistas ha po- 
dido sostener que nuestra lengua es de origen semita. "El elemento semita 
oriental, ha escrito Valera, si en la parte léxica es algo apreciable, en la sin- 
taxis y en el organismo gramatical apenas lo es, dígase lo que se quiera. 
Nuestro idioma es ario, es latino, y propende a arrojar de si, no sólo formas, 
giros y frases, sino palabras semíticas. La mayor parte de las que tienen 
esta procedencia van cayendo en desuso o anticuándose, y los que las mi- 
ramos como primor, elegancia y riqueza del idioma, a quien prestan a la 
vez algo de peregrino y distinto de los otros romances, pugnamos en balde, 
o por traerlas a frecuente empleo, o por conservarlas en el habla del día." 

6.° El francés y el italiano. Es indudable que nuestra lengua ha admi- 
tido en diferentes épocas galicismos e italianismos. Pero conviene andarse 
con tiento antes de calificar una palabra que sea en España de uso corrien- 
te como importación francesa o italiana. Siendo los tres idiomas de la mis- 
ma procedencia latina, es natural que tengan palabras comunes, y aun que 
puedan formarse legítimamente los mismos derivados en uno que en los 
otros. Los franceses por orgullo nacional, y muchos españoles por exage- 
rado purismo, tachan de galicismo vocablos que no lo son realmente. Para 
los franceses, por ejemplo, es inconcuso que las palabras gesta y juglar 
fueron importadas en España de Francia; pero, como dice Menéndez Pe- 
layo, no es verosímil ni probable semejante procedencia: uno y otro nombre 
son latinos de origen y están formados conforme a las leyes de la deriva- 
ción española; joglar parece más próximo a jocularis que jongleur o jo- 
gleor f y la a conserva su valor latino. 

Con palabras modernas sucede lo propio. ¿Cuánto no se han tachado 



corresponden también a la historia de la pintura, y en este sentido se tratan en Las Bellas Artes en España: 
Pintura y Escultura, que tenemos en preparación. Conviene aquí, sin embargo, dar algunas muestras gráfi- 
cas de aquel género de libros, en algunos de los cuales se contienen venerables monumentos de nuestra 
literatura medioeval. 

De la Biblioteca del Escorial publicamos dos facsímiles del Códice Albeldense o Vigilano, asi llamado 
porque sus iluminadores y calígrafos fueron Vigila, Sarracino y García, monjes de San Martín de Albelda. 
Se concluyó el 26-Mayo~976, y contiene Concilios generales y particulares, Decretales pontificias, Fuero 
Juzgo, Crónica de Albelda y otros tratados; sus iluminaciones pasan de 970 y pico. 

Varias de lamagnífica¡colecclón de Alfonso el Sabio, guardada en la cuarta vitrina del salón grande (Can- 
tigas, Libro de las Tablas, Estoria d*Espanna, etc.). Esta colección es una de las más apreciadas en el mundo 
por la hermosura de sus iluminaciones. San Luis tenia un taller de códices en su palacio, y estas del Esco- 
rial, o fueron hechas allí, o aquí por artistas dignos de sus compañeros franceses. 

Y otros de los Códices de El Doctrinal de Caballeros, de un Apocalipsis y de El Breviario de Amor. 

De la Academia de la Historia, un Misal de San Millán de la Cogulla; del Archivo Histórico Nacional, un 
Privilegio de Sancho IV, etc. Con estos elementos gráficos pueden formarse nuestros lectores idea de cómo 
eran los libros españoles en la Edad Media. 



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/. - LOS PRECEDENTES 



Facsímil de la página 142 del Códice Albendense o Vigilaao 

(Véase la nota de las páginas 19 y 20.) 
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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

de galicismo las palabras finanza y financiero, suponiéndolas procedentes 
de la francesa finance? Y sin embaigo, finanza está empleada Qn la Crónica 
de Pedro I y en otros documentos castellanos antiguos. Cierto que en el 
sentido de fianza metálica; pero ¿qué es un financiero sino el que entiende 
de la fianza o crédito del Estado y de otras poderosas entidades económicas? 

7.° El argot de los gitanos, que, aunque en corta proporción, ha con- 
seguido introducir en el Diccionario alguna palabra; v. gr., el verbo carne- 
lar; en el uso corriente, los diminutivos en ro: por ejemplo, Pacorro; y en 
el lenguaje de cierta parte de la clase baja, muchos vocablos, como chachi- 
pé, parné, etc. (1) 

Con todos estos elementos se ha formado nuestro castellano, que, no 
menos que el italiano, "conservó la fisonomía materna, efecto de la seme- 
janza del clima, de la completa romanización de España y de la influencia 
del clero hispano-romano en la época gótica. No corrompió nuestra lengua 
las raíces, como la francesa y la portuguesa, y conservó muchas termina- 
ciones llanas o redondas, a diferencia de la francesa y provenzal catalana. 
Sonora y majestuosa en la parte acústica, es además sumamente rica en 
vocablos y modismos" (2). 



(1) Véase disc. de Fernández y González (D. Francisco) en la recep. de Ayuso en la Acad. Española. 

(2) Mllá y Fontanals: Principios de Literatura general y española. 



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LA LITERATURA ESPAÑOLA EN LA 
EDAD MEDIA * * II. - LA EPOPEYA 
MEDIO - EVAL (1) ^ >£ * *£ ^ * 



, I s 



La edad heroica. — A la caída del Imperio romano siguió 

en toda Europa un extraño fenómeno social: la civilización gre- 

'•íSir** co-romana se refugió en las iglesias y monasterios, y en este 

*1r mundo eclesiástico siguió cultivándose la lengua latina, en que 

los clérigos y monjes oficiaban, rezaban, enseñaban y escribían en prosa 

y en verso. 

Los guerreros germánicos que habían invadido el Imperio de Occiden- 
te y convertido sus provincias en reinos, de que se hicieron sus caudillos 
reyes y magnates, eran gente ignorante que no sabía leer ni escribir; mas 
no por eso de baja condición ,ni de abyectos pensamientos, pues el cons- 
tante ejercicio de la guerra, el hábito de acaudillar su clan y el orgullo aris- 



(1) 13. La edad heroica. — 14. Estudios modernos sobre ios cantares épicos de 
la Edad Media: Alejo Paulino París, Gastón Parts, Gautier, Meyer, Aubertin, Hurí, 
Nirop, Rajna. „La Romania„ — 15. Origen germánico de la epopeya medio-eval: indi- 
cación de su desenvolvimiento. — 16. Carlomagno: la Canción de Rolando; su divulga- 
ción en España; el Mainet. — 17. Antecedentes para el estudio de nuestra epopeya: 
descubrimientos de D. Tomás Antonio Sánchez y de F. Michel: opiniones de Dozy, 
Wolfy Gastón París; el libro de Milá y Fontanals; cambio de opinión de París. ¿Pro- 
cede nuestra epopeya de la francesa? Ramón Menéndez Pida! y su labor histórico- 
critica. — 18. Nuestra epopeya procede, coma la francesa, del común tronco germá- 
nico; la francesa influyó en el desenvolvimiento de la nuestra. Exposición sintética de 
la epopeya francesa. Raoul de Cambray; Garin le Loherein, etc. — 19. Distinta evolu- 
ción de la epopeya francesa y de la castellana. 

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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

tocrático cifrado en las hazañas realizadas por sus antepasados, cuya me- 
moria se conservaba, ya por relatos, ya por cantares, habían desarrollado 
las cualidades o virtudes características del procer, juntas con una grosera 
sencillez de costumbres. 

El mundo de los clérigos, desenvolviéndose dentro de las iglesias y mo- 
nasterios, era la continuación de la edad antigua, y había de ser su entron- 
que con la moderna; esto es, el Renacimiento, cuyos gérmenes estuvieron 
siempre vivos en las bibliotecas y escuelas episcopales y abaciales. Se ha 
'comparado a la Iglesia con el Arca de Noé, pues, del mismo modo que en 
ésta se salvaron los animales antediluvianos de la magna catástrofe, al abri- 
go de aquélla se conservó la antigua cultura de la gran catástrofe histórica 
que fué la invasión de los bárbaros. 

El mundo de los guerreros representaba esta catástrofe: los guerreros 
eran los bárbaros invasores. La sociedad europea volvió por ellos a la edad 
heroica en que estaban los griegos cuando fué elaborada la Iliada, y que 
constituía el modo de ser de los mismos germanos en sus comarcas nati- 
vas, cuando iban formándose las leyendas que más tarde se condensaron 
en los Nibelungos y en el poema de Gudrun. 

Edad heroica es el período en que los pueblos, ya organizados políti- 
camente, pero con organización todavía rudimentaria, pues aún no alcanza 
el Poder público a imponer con su imperio el orden y la paz entre los ciu- 
dadanos, viven en guerra permanente, ya contra pueblos enemigos, ya 
entre si los miembros de la misma comunidad, ora los individuos, o las fa- 
milias, clanes o tribus. En la edad heroica, vivir es guerrear; o mejor dicho, 
vencer, pues el que sucumbe en la lucha, muere. De aquí que las virtudes 
guerreras sean las únicas apreciadas en estas sociedades belicosas; y lo 
que se admira, las proezas estupendas que se salen de lo vulgar y ordina- 
rio. Los padres tratan de preparar a sus hijos para luchar; es decir, para 
vivir, y desde niños los ejercitan en bélicos ejercicios, procurando que sean 
fuertes, ágiles y mañosos en la pelea. Pero como estas condiciones físicas 
no aprovechan si no las impulsan otras morales, también estimulan en ellos 
el esfuerzo contándoles proezas propias o de otros guerreros. Tales relatos 
encantan en aquella sociedad, y son los únicos que distraen y deleitan las 
imaginaciones; en Jas noches de campamento, en vísperas o después de la 
batalla, en las marchas, en el hogar, en todas partes, quien sabe contar 
bien una campaña o las proezas de un héroe famoso, encuentra siempre 
auditorio, y no tardan en aparecer profesionales que las cantan y enseñan 
a cantarlas a la multitud. Asi brota el canto épico, que no es sino el mismo 
relato histórico en forma cantable, y algo embellecido por la fantasía; la 
canción de gesta, que se dijo en la Edad Media; esto es, la canción de his~ 

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II.-LA EPOPEYA MEDIO-EVAL 

tona. "Al principio, escribe Gastón París, los mismos hombres de armas 
componían y cantaban sus gestas; pero luego apareció una clase especial 
de poetas y ejecutores: los primeros fueron los troberos; los segundos, los 
j ug lares. " 

14. Estudios modernos sobre los cantares épicos de la 
Edad Media: Alejo Paulino París, Gastón París, Gautier, 
Meyer, Aubertín, Hurt, Nirop, Rajna, "La Romanía". — 
Cuenta Tácito — De sito, morlbus et populls Germanice — que los germa- • 
nos, en vez de escribir, cantaban su historia, uso muy antiguo en ellos, e 
indica dos de los temas preferidos en su tiempo como asunto de aquellos 
cantares: uno, el de los orígenes remotos, y, por tanto, míticos de la raza; 
otro, el de las victorias de Arminio sobre los romanos, casi contemporáneas 
de Tácito (1). Renovábanse los cantares históricos cuando nuevos héroes o 
acontecimientos magnos impresionaban a la multitud. Lo permanente era 
la costumbre de cantar, no el asunto de los cantares. Los cantos históricos 
o de gestas persisten entre los lombardos, los anglosajones, los borgoño- 
nes, los francos y los visigodos, ya establecidos en el Imperio romano; y de 
ellos proceden, o son esos mismos cantos puestos en lengua vulgar, los 
primeros o iniciales de las literaturas modernas. ¿Cómo se efectuó ese trán- 
sito? Poco menos interesante que saberlo, es el proceso que ha seguido el 
conseguirlo. Menester es dar sucinta noticia de este gran progreso de la 
erudición crítica en el siglo xix. 

Alejo Paulino París es, sin duda, el iniciador de estos estudios. 
Nacido en 1800, romántico entusiasta en su juventud, y, como tal, traduc- 
tor al francés del Don Juan de Byron y autor de una Apología de la escue- 
la romántica (1824), nombrado (1828) jefe de la Sección de Manuscritos de 
la Biblioteca Real de Francia, concentró su entusiasmo y sus dotes de pa- 
ciente investigador y de crítico enamorado de la belleza literaria en el estu- 
dio serio de los más antiguos documentos de la poesia francesa, y fué pu- 
blicando sucesivamente (1833 a 1844) Garln le Loherein, precedido de un 
estudio sobre los romances carolingios, Ensayo sobre los romances histó- 
ricos de la Edad Media, El romancero, y Berta la de los grandes pies, pre- 
cedida de una disertación sobre el romance de los Doce Pares de Francia. 
Por aquellos años sostuvo también ruidosa polémica con Michelet sobre el 
origen de la epopeya medio-eval. Sin embargo, Alejo Paulino no hizo más 
que desbrozar la senda por donde habia de marchar triunfalmente su hijo 



(1) Tácito murió del 130 al 134 después de J. C. Arminio, guerrero germano que destruyó las legiones 
de Varo, — ano 9 después de J. C — y que en Alemania es popular con el nombre de Hermann, vivió hasta 
Unes del reinado de Augusto o principios del de Tiberio (ano 14, después de J. C) 



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SALCEDO,- LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Gastón, que le sucedió en la cátedra del Colegio de Francia el día 26 de 
Julio de 1872. 

Gastón París era insigne filólogo, el universal maestro, dice Menéndez 
Pelayo, de la filología romance. Así lo acreditan su Ensayo sobre el papel 
del acento latino en la lengua francesa, publicado en 1862, y la Gramática 
histórica de la lengua francesa, que vio la luz en 1868. Pero fué además 
eminentísimo historiador crítico, y los opimos frutos de su gigantesca labor 
son la Historia poética de Carlomagno, que obtuvo en 1866 el premio 
Gobert, modelo de sólida y severa ciencia literaria, que a pesar de su fecha 
no ha envejecido en lo sustancial, porque se acerca a la perfección cuanto 
es dado a la flaqueza humana en tareas de investigación y de crítica (1), La 
literatura francesa en la Edad Media, Poesía en la Edad Media, Los 
orígenes de la poesía lírica en Francia, Los cuentos orientales en la Litera- 
tura francesa de la Edad Media, etc. 

En torno de esta figura principal pueden contemplarse agrupados a 
muchos autores, no sólo franceses, sino de todas las naciones europeas, sin 
contar el filólogo alemán Carlos Diez, que se sale del 
grupo por su grandeza, autor del Diccionario etimo- 
lógico de las lenguas romances y de la Gramática de 
las lenguas romances, que tradujo al francés Gastón 
París. Citaremos únicamente a León Gautier, laborio- 
sísimo, profundo conocedor de la materia y lleno del 
mejor espíritu, pero más enfático, verboso y apasio- 
nado que lo que hoy se tolera en libros de ciencia (2), 
que nos ha dejado la compilación de Las epopeyas 
francesas y la Bibliografía de las canciones de gesta; 
Paul Meyer, que ha ilustrado su nombre con trabajos 
Alejandro Magno tan mer jtorios como las Investigaciones sobre las 

356 - 323 (a. de J. C) - ,, . . . ~ . ... 

(De s« estatua. Museo oto- epopeyas francesas y Alejandro el Grande en la Li- 
mano de constantinopia.) teratura francesa de la Edad Media; Aubertin, con 
su Historia de la lengua y de la Literatura francesa 
en la Edad Media; Godet, y su Historia literaria de la Suiza romana; Hurt 
y su Historia poética de los merovingios, y a los italianos Nirop, autor de 
la Storia delFepopea francesa, y Rajna, calificado de eminente por Menén- 
dez Pelayo, que lo es del Origine délVepopea francesa. 

En 1872 Gastón París y Paul Meyer fundaron La Romanía, revista tri- 
mestral consagrada al estudio de las lenguas y literaturas románicas, que 



(1) Menéndez Pelayo - Tratado de los romances viejos, tomo I, pág. 184. 

(2) Menéndez Pelayo - ídem id., pag. 185. 



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II.-LA EPOPEYA MEDIO-EVAL 

sigue publicándose bajo la dirección del segundo desde la muerte del autor 
de la Historia poética de Carlomagno t y en que no hay número sin noti- 
cias interesantísimas, producto de originales e inteligentes investigaciones. 
Otras revistas hay destinadas al mismo objeto; pero ésta es la más acredi- 
tada, y más que suficiente su lectura para todo el que sienta la noble cu- 
riosidad de conocer nuestras lenguas latinas y sus primeras manifestacio- 
nes literarias. 

15. Origen germánico de la epopeya medio -eval: indi- 
cación de su desenvolvimiento. — Por estos estudios hemos lle- 
gado a saber que, nunca interrumpida entre los germanos la costumbre de 
cantar sus hechos históricos — con modulaciones y acompañándose de 
citaras, como de los godos refiere Jordanes, — hubo un primer período — 
el de las invasiones — en que la epopeya era, por decirlo así, común a 
toda la raza germana, ya que en todas sus familias o naciones eran canta- 
dos los héroes de todas; comunidad poética del siglo v que se refleja en los 
Nibelungos (1), donde los personajes son de las diversas ramas del árbol 
germánico: el borgoñón Gunther, el danés Mus, Sigfrido, probablemente 
franco, Teodorico de Verona, ostrogodo, Walter de España, visigodo, etc. 

A este período de germanismo no localizado debió de seguir otro de 
localización. Los germanos, ya establecidos en las provincias del Imperio 
y conviviendo con la población romana, continuaron cantando sus gestas; 
pero con tres modificaciones respecto de la época anterior: 1. a Que cada 
nación canta sus héroes y hechos peculiares, prescindiendo de los perte- 
necientes a sus hermanos de raza, aunque, como es natural, perseverando 
en todos ellos multitud de rastros reveladores del origen común. 2. a Que, 
convertidos al Cristianismo, fueron más o menos radicalmente eliminados 
de los cantares los elementos míticos incompatibles con la nueva religión, 
y 3. a Que, olvidados de su nativa lengua, cantaron como hablaban; es decir, 
en el idioma de las comarcas que habían conquistado; en bajo latín al 
principio, y conforme el latín iba trasformándose en romance, los cantares 
iban admitiendo todas las modificaciones sucesivas del idioma, sin perder 
nunca esta poesía su contacto directo con el pueblo, siendo siempre 



(1) NiebelungenUed (Canto de los Nibelungos) es un poema alemán de la segunda mitad del siglo XII 
o principios del XIII que ha sido llamado la Iliada alemana, así como al de Gudrun (siglo XIII) se le ha 
apellidado la Odisea, Los Nibelungos tienen dos partes: la primera narra el amor de Sigfrido y Crimhilda, y 
la segunda, la venganza que toma Crimhilda de los asesinos de Sigfrido; la acción es en tiempo de Atila 
(siglo V). El poema es la condensación tie las leyendas referentes a esta época, o sea de muchos cantares 
que debieron de ser, unos contemporáneos o poco posteriores a los sucesos, y otros más modernos. No se 
sabe cuándo se formó la compilación, mucho más antigua, sin duda, que el poema hoy conocido, el cual no 
et sino su última forma: una manifestación sintética completamente literaria. 

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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

genuina y esencialmente popular (1). Y con el idioma tomó también del 
latín decadente la rima imperfecta o asonantada que entre nosotros lleva 
todavía el nombre característico de romance. De este período son los canta- 
res que no se conservan, pero que reflejan su poesía en las crónicas de 
Gregorio de Tours y de Fredegario, sobre el rey franco Clodoveo y sus 
ascendientes y descendientes; el canto de Clotarío II, de que tenemos un 
fragmento en la Vida de San Faron, por Hildegario, obispo de Meaux 
(murió en 875) (2), aún enteramente latino: 

De Chloiario est cerneré rege Francorum, 
Qui luit pugnare in gente Saxorum. 

Compartió con Gotario el lauro de esta victoria sobre los sajones 
Dagoberto — Le bon roi Dagobert de un drama francés de nuestros 
días, — el cual fué celebrado en muchos cantares, cuyos ecos llegaron 
hasta inspirar uno muy extenso en pleno siglo xm. Carlos Martel, Ljiis III, 
que venció a los normandos (3), y casi todos los antecesores de Carlomagno 
tuvieron, en fin, sus cantos de gesta (4), por desgracia perdidos. En tan largo 
periodo nada puede apuntarse de España, a no ser alguna narración de 
Idacio; v. gr., la de una asamblea de los godos en tiempo de Eurico, donde, 
según el cronista, las puntas de las lanzas de los asistentes cambiaron de 
color, apareciendo unas verdes y otras roséis, rojas y negras, lo que por su 
carácter maravilloso parece propio de un cantar; y la mera posibilidad de 
que todas o algunas de las leyendas del último rey godo que han llegado 
hasta nosotros por los árabes, tengan su primer origen en cantares compues- 
tos por los mismos visigodos vencidos y sojuzgados. 

16. Carlomagno: la Canción de Rolando; su divulgación 
en España; el Mainet. — No fué Carlomagno mero rey de los francos, 



(1) Esto ha de entenderse en el sentido del pueblo que manejaba las armas; es decir, primitivamente, 
sólo de los germanos, que eran los únicos soldados: la población latina, ya estuviese adscrita a la Iglesia o 
sometida a la servidumbre de la gleba, era extraña al ejercicio de las armas, y, por ende, a esta poesía mul- 
tar. Sobre la situación respectiva de los visigodos e hispano-romanos, véase el Resumen critico de Historia 
de España por el autor de este libro (también publicado por la Casa Calleja), y lo que allí se dice puede 
aplicarse a todas las naciones. Esta advertencia es necesaria para entender a los autores magistrales que 
vamos aquí resumiendo, cuando dicen que la poesía épico-heroica fué en sus principios aristocrática: 
refiérense a la aristocracia como casta o clase guerrera. Por eso a medida que el uso y ejercicio de las armas 
fué extendiéndose a todos los hombres libres, esta poesía lo fué también. 

(2) El Obispo Hildegario copia el fragmento de otra vida del santo escrita en el siglo VTU. 

(3) La victoria de este rey sobre los normandos es el asunto del poema Gormon et Isembart, de que 
se descubrió un fragmento de 000 versos en 1876. 

<4) Asi lo asegura un anónimo que puso en verso a fines del siglo IX la vida de Carlomagno, por 
Eglnhardo. 



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II.-LA EPOPEYA MEDIO-EVAL 

como lo habían sido sus antecesores, sino emperador de Occidente, la prin- 
cipal figura de la Edad Media, portentoso conquistador y organizador de 
pueblos, fomentador y protector de la cultura en todos los órdenes; y, como 
es lógico, eclipsó con su poderío y gloria a cuantos habían acaudillado a las 
nuevas naciones europeas antes que él. La profunda impresión que persona 
tan principal y extraordinaria produjo en la imaginación de todos, tenia que 
reflejarse en la poesía, y no es de maravillar que los antiguos cantares se ol- 
vidasen y fueran reemplazados por otros en loor del admirado héroe. Murió 
Carlomagno el 28 de Enero de 814, y en todo lo que restó del siglo ix ela- 
boraron los troberos o juglares su historia poética, formada ya en el x, y 
que el pueblo aceptó como la historia positiva del insigne emperador. En 
la centuria décima es cuando parece que se compusieron los cantares de- 
finitivos, los verdaderos poemas que en conjunto constituyen la epopeya de 
Carlomagno, y hasta la undécima no fueron escritos. 

Lo más importante de la epopeya carolingia, por haber trascendido a 
toda Europa, es lo referente a la expedición de Carlomagno a España, en 
que sus guerreros sufrieron el descalabro de Roncesvalles. En 1839 publicó 
Michel, en París (1), el texto de la celebérrima canción, o, mejor dicho, de 
una de las canciones compuestas sobre ese asunto, descubierto en la biblio- 
teca de la Universidad de Oxford: es del siglo xn, y en el último verso se 
cita como autor a un tal Turold, que probablemente lo sería, no del cantar, 
sino de su copia. 

El argumento es como sigue: Carlomagno ha fracasado en su expedi- 
ción contra los moros de Zaragoza, de que es rey Marsilio, y tiene que re- 
pasar los Pirineos. Roldan, según el poema, sobrino del Emperador y su 
brazo derecho en las guerras, aunque históricamente, o sea, según la cró- 
nica de Eginhardo, no era sino prefecto de la Marca de Bretaña y uno de 
los que murieron en Roncesvalles, comisionó a Ganelón para tratar con 
Marsilio; pero Ganelón era un malvado, y puesto de acuerdo con Marsilio, 
condujo al ejército al desfiladero de Roncesvalles, donde le aguardaban em- 
boscados 400.000 moros. Carlomagno pasó sin dificultad con la flor del ejér- 
cito; pero la hueste sarracena cayó sobre la retaguardia, mandada por Rol- 
dan y los Doce Pares de Francia. Oliveros, íntimo de Roldan, dice a éste 
que toque ya el cuerno de marfil, señal de aviso convenida con Carlomag- 
no; pero Roldan, confiando en su valor, no lo hace hasta que ya es tarde. 
Aquellos héroes van sucumbiendo uno a uno. Oliveros hiere inadvertida- 

(1) La Chanson de Roland ou de Roncevaux, du Xlle. siécle, publié pour la premiére fois en fran- 
jáis (Taprés le ms. de la Bibl. de Oxford, par F. Michel. París, 1837. Se han hecho después muchas edicio- 
nes y notables trabajos críticos: citemos únicamente Sur la date et la patrie de la Chanson de Roland y La 
Chanson de Roland et la Natlonalité frangaise, de Gastón París, en La Romanía (XI), y ei estudio de Bru- 
netiere en la 1.* serie de sus Etudes critiques. 

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SALCEDO^ LA LITERATURA ESPAÑOLA 

mente a Roldan, y muere después de haberle pedido perdón; también cae 
el arzobispo Turpín, tras de haber dado la absolución a los guerreros expi- 
rantes. Sólo sobrevive Roldan, malherido. En vano toca tres veces el cuerno 
de marfil: nadie le oye. ES inevitable morir. Antes intenta el héroe romper 
su espada Durenda golpeándola en las rocas; pero no lo consigue. Despí- 
dese de ella con la ternura de un aunante; y rindiendo su guante a Dios su 
señor, entrega el espíritu al arcángel San Miguel, que baja del Cielo a re- 
cogerlo acompañado de San Gabriel. Al saber Carlomagno el desastre, re- 
vuelve sobre España, vence a Marsilio y a su aliado Baligatemir de Babilo- 
nia, y Ganelón es ajusticiado. Auda, esposa de Roldan, murió de pena al 
conocer el trágico fin de su marido, y ésta es la única intervención de mu- 
jer en el poema. Algunos críticos sospechan que este episodio de amor 
conyugal no es del cantar primitivo, sino añadido después. 

Porque de la canción de Rolando hubo indudablemente muchas ver- 
siones, o, mejor dicho, poemas diversos sobre el mismo aigumento. Los 
más antiguos son de la segunda mitad del siglo xi, y su divulgación por 
Europa, tan rápida como maravillosa. Cabe afirmar que, fuera de la ¡liada, 
ningún argumento poético ha ejercido influencia mayor ni más duradera 
que la leyenda de Rolando. En Italia el héroe de Roncesvalles fué cantado 
primero en francés, después en una jeiga franco-itálica, y por último en ita- 
liano. En Alemania compitió con los Nibelungos. A Inglaterra lo llevaron 
los normandos; y como en la batalla de Hasting flaquearan los guerreros de 
Guillermo el Conquistador ante la desesperada resistencia de los anglo-sa- 
jones, para reanimarlos bastó que se adelantase el juglar Taillefer y ento- 
nara el canto de Roncesvalles. 

En España, la epopeya de Carlomagno, y singularmente los cantares 
de Roncesvalles, debieron de divulgarse a la vez que en Francia. Recuér- 
dese que el Carlomagno histórico fué el libertador de la Marca Hispánica o 
Cataluña; que contó entre sus clientes o reyes protegidos a nuestro Alfon- 
so II el Casto, y que, por desarrollarse en nuestra Península, el argumento 
de la epopeya tenía particular interés para los españoles. No hay que olvi- 
dar tampoco la coincidencia del nacimiento y desarrollo de la leyenda poéti- 
ca con aquella europeización o afrancesamiento de España que inició San- 
cho el Mayor (970-1035) y continuaron Fernando I (1037-1065), Alfonso VI 
y Alfonso VII (1). Sin duda, trajeron esos cantares a nuestra patria los pere- 
grinos franceses que venían a Compostela, los guerreros que nos auxiliaron 
en la conquista de Toledo y en otras empresas del sexto Alfonso, los ar- 
tistas y artesanos que tomaron parte activa en la construcción de las murallas 



(1) Veáse el citado Resumen crítico de Historia de España por D. Ángel Salcedo. (Casa editorial Ca- 
lleja.) Pag. 225 y siguientes. 



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II.- LA EPOPEYA MEDIO-EVAL 

de Ávila y de muchos monuVimentos religiosos y civiles de aquella época, 
los monjes que, llamados porlos reyes europeizadores, eran obispos y aba- 
des de casi todas las diócesis y de todos los monasterios importantes, y has- 
ta, como D. Jerónimo, capellanes de la hueste del Cid; Rajna (1) sospecha 
que la Canción de Rolando fué compuesta o refundida por algún juglar fran- 
cés que de vuelta de Santiago pasó por Ron- 
cesvalles; y funda su idea en la exactitud de 
los detalles topográficos, imposible de ad- 
quirir de otro modo que visitando el famoso 
desfiladero. Respecto de la influencia erudi- 
ta- clerical francesa es documento precioso 
la titulada Crónica de Turpin, probablemen- 
te compuesta por clérigos franceses en San- 
tiago de Galicia, y en la cual constan todos 
los elementos épicos de la celebérrima Can- 
ción de Rolando, o de otra muy semejante. 

Parece probable que la leyenda de Rol- 
dan se cantara primeramente en francés, por 
juglares franceses que tendrían su público 
en los círculos cortesanos, clericales y mo- 
nacales, llenos de gentes transpirenaicas en 
el reinado de Alfonso VI y sus inmediatos 
sucesores, especialmente en Santiago, don- 
de en torno del arzobispo Gelmirez se des- 
arrollaba una cultura enteramente francesa; ladero de Roncesvaiie. 
pero sobre todo en los francos o franceses 

establecidos en España, y que fueron aquí una clase o elemento social con- 
siderable y de suma importancia. No hay vestigio ni noticia de haberse ver- 
tido o adaptado al castellano la Chanson de Roland, o Román de Ronceual, 
o Román de Roland et Oliuier t que con todos estos títulos es conocido el 
original francés; pero como el argumento aparece en los romances, es pro- 
bable que la hubiese. 

En cambio, de otra de las canciones o materia de canciones referentes 
a Carlomagno tenemos, en la Crónica General, prosificado un cantar de ges- 
ta castellano. Mr. Boucherie descubrió en 1874 seis fragmentos del poema 
francés Mainet, que concuerda en el fondo leyendario con el cantar prosifica- 
do de nuestra Crónica, aunque variando en detalles. Hubo en la Edad Media 



(1) P. Rajna, profesor italiano de la Universidad de Bolonia, y uno de los más importantes y sabios co- 
laboradores de la Romanía. Su obra Ricerche In torno a I Realidi Francia, está impresa en Bolonia (1892)- 
L'Origini del l'Epopea Francese, indágate da Pío Rajna, es de Florencia (1884). 

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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

muchas versiones y diversos poemas con el mismo argumento de Mainet, y 
Menéndez Pelayo sospecha que los juglares españoles amplificaron y em- 
bellecieron la leyenda con elementos poéticos que pasaron luego a otros 
poemas franceses. Este cambio internacional de leyendas y amplificaciones 
de leyendas era propio y característico de la épica juglaresca. 

Mainet pertenece a la serie de cantares que se compusieron sobre las 
mocedades de Carlomagno, y que son posteriores a los referentes a su ma- 
yor edad. Como es natural, los juglares cantaban primero las gestas o he- 
chos de sus héroes que más habían llamado la atención de las gentes; pero 
cuando el personaje cantado interesaba vivamente a la multitud, había que 
agotar el tema, dando nuevos alicientes a la curiosidad; de aquí que se in- 
ventaran otros cantares narrativos de la juventud del héroe, y hasta de la 
vida de sus padres y otras personas de su familia, distinguiéndose estas na- 
rraciones de las primeras por ser enteramente fantásticas, o, por lo menos 
mucho más distantes de la verdad histórica. Según el cantar descubierto 
por Mr. Boucherie, el joven Carlomagno, perseguido por sus hermanos bas- 
tardos, vino a Toledo, donde el rey moro, Galofre, le concedió generosa 
hospitalidad, y él, en cambio, le prestó ayuda con su poderoso brazo para 
vencer a sus enemigos. Galiana, Oriende de Galienne en el poema francés, 
hija de Galofre, enamoróse de Mainet ó Maynete, pseudónimo adoptado 
por Carlomagno en su destierro. Para conseguir su mano tiene Maynete 
que vencer al terrible Bramante, pretendiente de la princesa toledana, y lo 
hace con su espada Joyosa, apoderándose de la del vencido — la espada 
Durandal — . Marsilio, hermano de Galiana, toma celos de la gloria de su 
cuñado y le arma mil asechanzas; Maynete, prevenido por su mujer, que 
era sabia en las artes mágicas y astrológicas, huye de Toledo con su cohor- 
te de sirios; llega a Roma, y encuentra sitiado al Papa por un ejército for- 
midable de sarracenos. No es menester añadir que Mainet la emprende con 
este ejército y no deja moro vivo. 

En el cantar español prosificado faltan muchos de estos sucesos; en 
cambio, tiene una escena de amor entre Maynete y Galiana que a Gastón 
París le parecía de lo más bello que nos ha legado la Edad Media. 

17. Antecedentes para el estudio de nuestra epopeya: des- 
cubrimientos de D. Tomás Antonio Sánchez y de F. Afiche/: 
opiniones de Dozy, Wolfy Gastón París; el libro de Miláy 
Fontanals; cambio de opinión de G. París. ¿Procede nuestra 
epopeya de la francesa? Ramón Menéndez Pida/ y su labor 
histórico- crítica. — El más antiguo monumento conocido de la poesía 

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II.- LA EPOPEYA MEDIO-EVAL 

castellana es un cantar de gesta: la Gesta de Mío Cid el de Vivar (1), de- 
nominada Poema del Cid, por D. Tomás Antonio Sánchez, que la descu- 
brió en un códice del siglo xm o del xiv (eras 1245 o 1345 — no está claro 
en el manuscrito — que corresponden a los años de 1207 o 1307), y la pu- 
blicó en 1779 (2), es decir, mucho antes de que Paulino París comenzase 
a descubrir y publicar las canciones francesas. Asi como en la Chanson de 
Roland, sacada a luz por Michel, figura un Turold, que se supone ser, no 
el poeta, sino el copista o amanuense que hizo el códice descubierto, en la 
Gesta de Mío Cid hay un Per Abbat, a quien los críticos asignan el mismo 
modestísimo papel que a Turold. El mismo Francisco Michel, feliz descubri- 
dor del Román de Ronceval, encontró también en la Biblioteca de París un 
manuscrito sin título, y al cual llamó Crónica rimada de las cosas de Espa- 
ña, y resulta ser un centón de antiguas canciones, hilvanadas por un autor 
de fines del siglo xiv o principios del xv; sin duda, hay allí dos cantares 
de gesta, amalgamados con restos de otros: uno es el Cantar de las moce- 
dades del Cid, y el otro el de la Expedición del Cid a Francia. Los roman- 
ces castellanos, de que se han hecho tantas colecciones y tan admirados 
en Europa, ofrecen también un fondo de poesía épica, igual en muchos de 
ellos y semejante en casi todos, al de las canciones juglarescas. Parece, 
pues, que siempre ha debido de ser reconocida la existencia de éstas en 
nuestra patria, como expresión de una epopeya nacional; tan nacional como 
su vecina la francesa. 

No ha sido así, sin embargo. Dozy (3) y Wolf (4) sostuvieron que Es- 
paña no había tenido epopeya ni aun podido tenerla; los romances no 
eran sino ligeras manifestaciones de una épica rudimentaria que no llegó 
a su desarrollo, y los poemas conocidos del Cid, groseras y abortadas ten- 
tativas de imitar los cantares de gesta franceses. Gastón París escribía 



0) Verso 1.136. 

(2) Como primer volumen de su colección Poesías anteriores al siglo XV, de que salieron otros tres 
Obres de Berceo, Poema de Alejandro y Obras del Arcipreste de Hita (1779 a 1790). El códice del Poema del 
Cid fué propiedad, hasta su reciente muerte, del Sr. D. Alejandro Pldal y Mon; era el principal ornamento de 
su casa, adonde acudían cuantos curiosos hallaban allí acceso, a contemplar un documento literario de tan 
venerable antigüedad y de tanta importancia histórica. 

(3) Reinhardt Dozy, nacido en Leyden (1820-1883), sabio orientalista y profundo conocedor de nuestra 
historia medio-eval; su obra capital y mas interesante para nosotros es: Recherches sur Vhistoire politique 
et ttttératre dEapagne pendant le Moyen Age. La primera edición es de 1849; la tercera, de 1881. Hay mu- 
chas variantes y rectificaciones entre las tres. En 1857 se publicó en Madrid Rodrigo el Campeador, por don 
Manuel Malo de Molina, que no es sino una refundición de Dozy; pero como el autor sabia árabe, rectifica 
bien algunos nombres del libro original. • 

(4) Hay dos Wolf, famosos en la historia y critica modernas de la epopeya: Augusto, que vivió de 1759 
a 1824, y fué quien primero expuso que los poemas de Homero (Iliada y Odisea) están formados por cantos 
épicos de épocas diferentes; y Fernando, gran hispanófilo, que en 1856 publicó con Hoffmann en Berlín, la 
Primavera y flor de Romances. El texto se refiere al segundo. 

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SALCEDO. -Literatura española. -Tomo I. Diqitized byG6ogIe 



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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

en 1865: España no ha tenido epopeya. Hábiles críticos lo han demostra- 
do... La opinión que supone a los romance» fragmentos de grandes poemas 
perdidos está hoy abandonada por los sabios más autorizados, y no resis- 
te el examen. Pero todo esto que se daba por definitivo, cayó por tierra al 
perseverante y patriótico impulso de uno de los profesores españoles, a 
quienes más debe nuestra historia literaria: tal fué D. Manuel Milá y Fonta- 
nals, nacido en 1818, y que vivió hasta 1884. Enamorado de la poesía po- 
pular, coleccionó romances tomados directamente del pueblo, y ya en 1853 
publicó su RomancerillOy precedido de unas Observaciones sobre la poesía 

popular; antes (1844), en su tratado elemental de 
Arte poética, se manifestaba enterado del movi- 
miento literario que Paulino París iniciara en Fran- 
cia, y de que nadie tenía noticia en España, a no 
ser D. Agustín Duran; pero su libro definitivo so- 
bre esta materia es la Poesía heroico-popular cas- 
tellana, que vio la luz en 1874, y es obra clásica, 
frecuentemente citada en el extranjero con suma 
veneración, aun en los tratados elementales. Tan 
insigne varón fué, sin embargo, poco menos que 
desconocido en España, y lo que es peor, su obra, 
o, mejor dicho, la obra europea verdaderamente 
Manuel Milá Fontanal* moderna y progresiva en Literatura, pasó inadver- 
i8i8-i884 tida aun para los catedráticos y autores que más 

se las echaban de modernistas, europeizantes y 
progresistas; todavía hoy en algunas de nuestras universidades la Litera- 
tura española explicase como si no hubieran recorrido su campo los París, 
Gautier, Dozy, Rajna y Milá. En cuanto a la persona del profesor barcelo- 
nés, véase lo que contaba a la Real Academia Española el 25 de Mayo 
de 1895 un hombre como D. Juan Valera: 

"En España hace algunos años eran pasmosos (y siguen siéndolo, por 
desgracia) nuestro desdén y nuestra ignorancia de todo lo que no sea polí- 
tica militante y amena literatura. Recuerdo que en 1857, hallándome yo en 
Moscow, tuve allí un amigo, poeta y erudito ruso, llamado Seigio Sobolefski. 
Me preguntó por D. Manuel Milá y Fontanals, a quien quería y estimaba 
sobremanera, y tuve que contestar que jamás había oído yo ni su nombre. 
Sobolefski me dio a leer los libros del ilustre profesor de la Universidad de 
Barcelona, y me puso en correspondencia con él. Cuando volví a Madrid, 
del que había conocido en tan distante región oriental de Europa, vi que 
eran rarísimos los sujetos, aun en los círculos literarios, que aquí entonces 
le conocían. Ya ha cundido la afición al estudio. Ahora no se ignora tan- 

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II.- LA EPOPEYA MEDIO'EVAL 

to; pero todavía se suele cohonestar la negligencia o flojera con el des- 
precio" (1). 

Verdadero fundador en España de la historia crítica de la literatura 
medio-eval, según la expresión de Gastón París, Milá y Fontanals convenció 
a todo el mundo culto de cuan equivocada era la negación de nuestra epo- 
peya nacional. "Milá, escribía Gastón París en 1898 (2), ha probado perfeo 
"tamente la existencia de una epopeya castellana, y que los romances del 
"siglo xv son fragmentos desprendidos, y con frecuencia alterados, de an- 
tiguas canciones de gesta... La epopeya española tiene carácter singular y 
"mérito absolutamente original. Ofrece a nuestra admiración una dignidad 
"sostenida, una nobleza en su marcha genuinamente española, y a la vez 
"una ternura que impresiona y enajena como una flor delicada que vemos 
"suigir de repente en la hendidura de áspera roca. Su estilo es propio de 
"ella, y superior al de la nuestra, por lo menos en la forma que ha llegado 
"hasta nosotros: sobrio, enérgico, expresivo, sin ripios, pero rico en esas fór- 
" muías consagradas que desde Homero están incorporadas al estilo de la 
"verdadera epopeya, impone por su sencilla grandeza y muchas veces 
"exalta con un resplandor intenso y poderoso. Puede estar España orgullo- 
"sa de su epopeya medio-eval, y lamentar profundamente que casi toda se 
"haya perdido." 

Lo que siempre creyó el insigne autor de la Historia poética de Carlo- 
magno, es que la epopeya castellana tuvo su origen en la imitación de la 
francesa. "No significa esto, decía, menosprecio de la epopeya española. 
"Probablemente la francesa tiene sus raices en la germánica, lo que no 
"empsce a su valor propio ni a su carácter plenamente nacional; y res- 
"pecto de aquélla debe consignarse que ningún vastago o renuevo tras- 
plantado a otro suelo se ha impregnado tan eficazmente de los jugos de 
"la tierra a que se le llevó, ni producido flores y frutos más distintos de 
"los del tronco nativo". Ya es conceder más que Damas-Hinard, Puymai- 
gre y otros escritores franceses, para los cuales nuestra epopeya no pasó 
nunca de imitación más o menos feliz de la francesa. En el mismo sen- 
tido que París, ha admitido la procedencia traspirenaica de nuestros canta- 
res de gesta — ya indicada por el insigne venezolano D. Andrés Bello (3) — 



(1> Discurso en la recepción de Commelerán. 

(2) Journal desSaoants. (Páginas 296-309 y 321-335). — Artículos sobre La leyenda de los Infantes de 
tara* de Ramón Menéndez Pldal. 

(3) "En estas y otras materias filológicas (dice M. Pelayo, Trat. de los Rom. viejos), Bello fué un pre- 
•cursor a quien todavía no se ha hecho cumplida justicia." Él, efectivamente, señaló la conexión de los ro- 
mances y su derivación de largos cantares o poemas, como el del Cid; estudió los orígenes de la rima en la 
decadente latinidad, y descubrió que el francés fué al principio pronunciado como el castellano y el italiano, 



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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

un erudito y critico español, del fuste de D. Eduardo de Hinojosa (1). 

Mas el estudio desinteresado de la materia, sin el prejuicio patriótico 

que justamente condena Fitzmaurice-Kelly (2), persuade de que ni aun eso 

es cierto, y hay que convenir con Milá, Menéndez 
Pelayo y Menéndez Pidal, en que la epopeya cas- 
tellana no es hija, sino hermana de la francesa, o 
sea que ambas proceden directamente del tronco 
germánico, allí llevado por los francos, y aquí por 
los visigodos. D. Ramón Menéndez Pidal es quien 
ha llevado a su perfección la obra de Milá y Fon- 
/ • tañáis. Nacido en 186¿, discípulo de Menéndez Pe- 
layo, catedrático de Filología romance en la Facul- 
tad de Letras de la Universidad Central, académico 
de la Española desde 1902, se dio a conocer con 
La Leyenda de los Infantes de Lara (1898), elo- 
Andrés Beiio giada por Gastón París (3), Morel Fatio (4), Puy- 

i78i-i865 ma¡gre ^ F¡tzmaur¡C e Kelly (6), Morf (7), Menén- 

dez Pelayo (8), Lidforss (9), etc., a que siguieron 
las Notas para el romance de Fernán González (1900), la nueva edición del 
Poema del Cid (1898), el tomo I del Cantar de Mío Cid, texto, gramática y 
vocabulario (1898), el Catálogo de la Real Biblioteca. — Crónicas gene- 
rales de España con láminas hechas sobre fotografías del Conde de Bed- 
mar (1898), el tomo I de la Primera Crónica general, o sea Estoriade Espa- 



habiendo en él, por tanto, asonantes. (Uso antiguo de la rima asonante en la Poesía latina de la edad Me- 
dia y en la francesa, y observaciones sobre su uso moderno. — Obras completas de Andrés Bello. Tomo VI. 
Santiago de Chile, 1883). El Estudio de Bello fué publicado por primera vez en 1834. 

(1) D. Eduardo de Hinojosa se ha dedicado al estudio de la epopeya castellana como fuente de conoci- 
miento de la historia del Derecho; fruto de su fecundísima labor es El Derecho en el poema del Cid\ mag- 
nifica monografía publicada en el Homenaje a Menéndez Pelayo en el año vigésimo de su profesora- 
do (1899). e inserta en los Estudios sobre la Historia del Derecho Español (1903 j. Véase también su Discurso 
de recepción en la Acad. Española sobre las Relaciones entre la Poesía y el Derecho, (16 Marzo, 1904). En el 
mismo sentido que nuestro sabio Hinojosa han trabajado y trabajan otros extranjeros; v. gr„ Tamassia (II dl- 
ritto nell'epica francese, publicado en la Rivista italiana per le scienze giuridiche, (1885), y Flach, en su libro 
Origines de tancienne France, 1893; la explicación del origen del feudalismo encuéntrase, según Flach, en los 
cantares de gesta. 

(2) Lecciones de Literatura Española, por Jaime Fitzmaurice-Kelly, profesor de Lengua y Literatura 
Españolas en la Universidad de Liverpool. Trad. direc. del inglés por Diego Mendoza, con un prólogo de 
Rufino José Cuervo. 

(3) Ademas de los artículos ya citados, en el Journal des Savants, en la Revue de París (15 Nov. 1896), 
y en Poémes et legendes du moyen age (1900). 

(4) La Romanía XXVI-1897 y XXVIII-1899, y en el Bulletin Hispanique, I, (pág. 221). 

(5) Revue de Qestions historiques (Julio 1897). 

(6) The Times (30 Oct, 1899) y The Morning Post (8 Feb. 1900). 

(7) Deutsche Rundschau (Junio 1900). 

(8) España Moderna, (1898) y en el Tratado de los Romances viejos. 

(9) Zeitschrift für román. — Philologie. — Tomo XXII, 1898. 

(10) En el Homenaje. 



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IL-LA EPOPEYA MEDIO-EVAL 

ña que mandó componer Alfonso el Sabio y se continuaba bajo Sancho IV, 
en 1289 (1) (1906), el Manual de Gramática histórica española (1905) etcé- 
tera, sin entrar aquí en cuenta trabajos de revista tan 
importantes como El Poema del Cid y las Crónicas 
generales de España (Revue Hispanique) (1898). Invi- 
tado para dar conferencias en la Universidad de Balti- 
moie (2) lo hizo del 5 al 16 de Marzo de 1909 sobre el 
tema La epopeya castellana a través de la literatura 
española. Menéndez Pidal las compuso en castellano, 
y Enrique Mérimée las tradujo al francés, idioma en 
que fueron leídas por su ilustre autor; y publicadas lue- 
go, no en forma oratoria, sino de tratado, constituyen 
uno délos más bellos libros (3) contemporáneos sobre 
nuestra Historia literaria; y con el de Milá y el Tratado 
de los Romances viejos de Menéndez Pelayo, la fuen- Eduardo de Hinojos* 
te más autorizada para esta parte de nuestro estudio. 1853 

18. Nuestra epopeya procede, como la francesa, del 
común tronco germánico; la francesa influyó en el desenvol- 
vimiento de la nuestra. Exposición sinté- 
tica de la epopeya francesa. Raoul de 
Cambray-Garin le Loherein, etc. — Los ar- 
gumentos en que Gastón París fundaba la proce- 
dencia francesa de nuestras canciones de gesta, son 
dos: 1.° Que la métrica de los cantares franceses y 
españoles es muy semejante, idéntica casi, y no es 
probable que haya brotado una misma forma de 
versificación en Francia y España simultáneamente 
de un modo espontáneo e independiente; y 2.° Que 
la producción épica no comenzó en nuestra tierra 
Ramea Menéndez Pidaí sino en el momento de mayor lozanía y esplendor 
18G0 de la epopeya francesa, y no hay noticia de ningún 



(1) Nueva Biblioteca de Autores españoles (Bailly-Bailliére). Tomo V. 

(2) Estas conferencias son una institución de Mr. y Mrs. Lawrence Turnbull, y se dan todos los años 
desde 1801. En 1867 las dio Brunétiére sobre la Poesía en Francia; en 1904, Guberoatis sobre la Poesía en Ita- 
lia; en 10Q7 t Kühnemann sobre la Poesía en Alemania, tocando a Esparta y a Menéndez Pidal el turno del arto 
citado en el texto . 

(3) Ramón Menéndez Pidal, de l'Academie Espagnole. L'Epopée Castillane á travers la Utterature es- 
pagnole. Traduction de Henri Mérimée. Auee une Préface de Ernest Mérimée. Paris, Ubrairie Armand 
Colin. 

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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

hecho histórico cantado por juglares españoles antes de la introducción de 
los cantares franceses. 

Se contesta a lo primero que no es exacto; pues si bien es cierto que 
una y otra epopeya convienen en el uso de las series monorrímicas y de 
los asonantes, también lo es que es muy diverso el sistema de versificación, 
y ésta, en nuestros cantares conocidos, es mucho más tosca e irregular que 
la francesa de la Chanson de Rolland. Si nuestros juglares hubieran empe- 
zado imitando esta canción y sus hermanas, es seguro que sus versos se 
hubiesen acomodado al sistema y relativa perfección de su modelo; no lo 
hicieron así, porque seguían una evolución propia mucho más atrasada 
en su desenvolvimiento que la transpirenaica (1). A lo segundo, que las 
canciones de Fernán González y de los Infantes de Lara se refieren a per- 
sonajes y sucesos del siglo xi, acreditando su composición que fueron 
contemporáneas o muy poco posteriores a los hechos narrados, y hasta úl- 
timos del xi o principios del xn no fueron conocidos en España los cantos 
de la epopeya carolingia. No; nuestra épica medio-eval arranca, como la 
francesa, del tronco germánico. Pero ¿significa esto que nada haya debi- 
do a la transpirenaica, como sostuvo Amador de los Ríos (2) y ha repeti- 
do la legión de sus seguidores o copiadores? De ningún modo. Nuestra 
epopeya existía antes de que llegase a la Península el eco de la francesa; 
pero al resonar aquí los cantos franceses, hicieron impresión profunda. 
¿Por qué? Pues por su misma perfección de forma y por la grandeza de los 
asuntos cantados. La España de los visigodos hombreábase con la Francia 
de los merovingios; pero Francia desde la época de Carlomagno era supe- 
riorisima en todos los órdenes a la España cristiana, dividida en pequeños 
y pobres reinos montañosos, que tenían en jaque los prepotentes muslimes. 
En nuestra Península hubo con la invasión sarracena un retroceso a los 
tiempos primitivos, al paso que al otro lado de los Pirineos se restauraba 
el Imperio de Occidente bajo el cetro de un héroe franco. Esta diversidad 
en los destinos históricos explica cómo los franceses nos tomaron una gran 
delantera en el desenvolvimiento de la cultura, y que cuando ambas civili- 
zaciones se pusieron en contacto, la superior influyó de un modo decisivo 
en la más atrasada. Por eso tiene razón sobrada Menéndez Pelayo al decir 
que "la epopeya francesa y la castellana parecen dos ramas del mismo 
tronco, aunque de muy desigual fuerza y lozanía; en ambas se respira el 
mismo ambiente de grandeza heroica y semi-bárbara, como engendradas 



(1) Sobre esta cuestión véase Menéndez Pelayo, Tratado de los romances viejos. Tomo IX de la Anto- 
logía, (pag. 82 y siguientes). 

(2) Historia critica de la literatura Española. Siete volúmenes (1861-1865). No alcanza más que hasta 
la conclusión del siglo XV. 



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II.-LA EPOPEYA MED10-EVAL 

en un medio histórico, si no idéntico, semejante. Aquélla hubo de influir 
en ésta, y aun favorecer indirectamente su desarrollo; pero tal influencia 
tocó más a los pormenores que al espíritu, y no bastó a borrar el carácter 
genuinamente nacional que como sello de raza ostentan las gestas caste- 
llanas* (1). 

De todo esto se deduce la necesidad de conocer, siquiera superficial- 
mente, la epopeya de allende los Pirineos para el estudio de la nuestra. 

Dado el carácter elemental de este libro, bastará una indicación suma- 
risima. Los cantares referentes a Carlomagno constituyen, según los autores 
de Literatura francesa (2), la epopeya real; y a ésta sigue la epopeya feudal 
o sean los cantares de gesta que tienen por asunto las empresas y hazañas 
de los barones feudales. Dentro de esta segunda epopeya hay dos grupos: 
el de las canciones que narran las luchas de los barones con los reyes caro- 
lingios — Ogier le Danois, Renaud de Montauban y Gérard de Rousillon — 
y las que cuentan las guerras entre los señores — , Raoul de Cambrai, 
Geste des Lorrains dividida en tres cantares: Garin, Girbert y Anseís, y Au- 
beri le Bourgoing. — De estos poemas es notable el de Raoul de Cambrai, 
por darnos idea de cómo se entendía en la época del feudalismo el vínculo 
que ligaba al señor con su vasallo. Raoul es un barón de lo más bárbaro 
que cabe imaginar. Un Viernes Santo puso fuego a la villa de Origny, que 
ardió toda con su monasterio y las monjas dentro; y cuando, terminada la 
salvaje hazaña, disponíase a comer con gran apetito, no quiso probar la 
carne por habérsele recordado que era cuaresma. Tiene un escudero— Ber- 
nier — , el cual como le ha jurado fidelidad, le sigue a la lucha contra su 
propia familia, y ve a su madre arder dentro del monasterio en que vivía 
retirada; pero nada es capaz de aminorar en su conciencia la fuerza del ju- 
ramento que le encadena a su desalmado señor. Llega un día, sin embar- 
go, en que Raoul, borracho, le pega; y entonces se cree Bernier autorizado 
para separarse del Barón y hacerle la guerra, llegando a matarle en buena 
lid. ¿Acaba aquí la historia? De ningún modo. Bernier ha satisfecho su ven- 
ganza; pero quédale el remordimiento de haber faltado a su juramento, y 
después de una vida desgraciada es muerto por un tío de Raoul, en el mis- 
mo sitio donde él había matado a su señor. 

La Geste des Lorrains, y sobre todo su primera parte — Garin le Lohe- 



(1) Tratado de los romances viejos. 

(2) Véase sobre esta materia Histoire de la Uttérature Frangaise par Gustaoe Lanson, professeur á 
la Faculté des lettres de FUniversité de París; manejamos la 10. a edición (1908). Y la más breve Histoire de 
la Uttérature Frangaise par Rene Doumic, de l'Academie Frangaise; nos servimos de la 26." edición (1909) 
La primera es de la Ubrairie Hachette et Cié* París, Boulevard Salnt-Oermain, 79. La segunda de la Librai- 
rieClassique, Paul Delaplane, París. Rué Monsieur-le-Prince, 48. 

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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

rein, — que es la más antigua, a vueltas de algunos notables y simpáticos 
cuadros de costumbres medio-evales (v. gr., el amor y la vida conyugal de 
Bégue y su mujer) y de algunas réplicas que se han hecho famosas, como 
la de uno de los héroes — Fanconet — al que le proponia ceder su castillo 
de Naisil: 

Si je teñáis un pied en paradis 
Et l'autre avais au cháteau de Naisil, 
Je retirerais celui de paradis 
Et le mettrais arriére dans Naisil, 



es una selva monótona de aventuras, siempre las mismas: luchas feroces sin 
otro fin que la satisfacción grosera de las pasiones individuales. 

Desde el siglo xn las canciones se amplifican extraordinariamente, 
v. gr., la muerte de Auda, que en la Chanson de Roland es referida en 
treinta versos, forma el asunto de un cantar de ochocientos. Ingiérense unas 
en otras; por ejemplo, Raoul de Cambrai es intercalado en la Geste des Lor- 
rains. Fórmanse los ciclos, o sean agrupaciones de cantares referentes a un 
mismo héroe. De muchos héroes se hace uno sólo: v. gr., de los varios Gui- 
llermos, condes y duques, que figuran en la historia de Francia, durante la 
Edad Media, y aun de otros personajes que no eran Guillermos, se construye 
un Guillermo épico en torno de la figura del Duque de Aquitania, que venció 
a los sarracenos españoles en 793, y de este Guillermo se conocen unos 
veinte cantares, además de los dedicados a varios individuos de su familia. 
En el siglo xm son reemplazados los asonantes por consonantes, y se alar- 
gan los versos de las canciones antiguas — a fuerza de ripios, dice Lan- 
son (1), — para convertirlos en alejandrinos. Hacia ya mucho tiempo que los 
cantares de gesta no eran compuestos y cantados por los hombres de armas 
sino por literatos (troberos) que los vendían a los juglares, para que los reci- 
tasen, no ya en los campos de batalla, sino en los festines. El canto del ju- 
glar es un obligado número de fiesta en cuantas se celebran en castillos y 
palacios, y los troberos dejan de ser anónimos, figurando ya en el siglo xrv, 
muchos nombres — Adenet, Jean Bodel, Jendeus de Brie, Bertrand de Bar- 
sur- Aube, — lo que indica que la verdadera creación epopéyica había 
pasado. En vano en esa centuria décimo-cuarta se intenta componer can- 
ciones sobre los asuntos del día — guerra de los cien años — y aparecen 
el Combat des Trente y el Poema de Bertrand du Guesclin; son crónicas 
rimadas que alternan con otras novelescas; a fines del siglo se ponen en 



(1) Obra citada. 

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II.-LA EPOPEYA MEDIO-EVAL 

prosa, y ya no se cantan, sino que se leen. En el xv se imprimen, y la 
vasta epopeya es sepultada en los archivos y bibliotecas, como en un pan- 
teón adonde nadie fué a honrar sus cenizas ni a evocar su memoria, hasta 
que en el siglo xix el romanticismo y la erudición acometieron la empresa 
de resucitarla. 

19. Distinta evolución de la epopeya francesa y de la 
castellana. — Nuestra poesía épica medio-eval ha seguido un proceso dis- 
tinto que la francesa. Hubo juglares que canta- 
ron las viejas fazañas y los grandes hechos de 
armas; pero de troberos o compositores no se 
halla ningún rastro, ya que la distinción de yo- 
glares de boca y de péñola, de que habla la Cró- 
nica General al referir las bodas de las hijas de 
Alfonso VI, y en que algunos han querido ver 
indicada la coexistencia de ambas clases, no pa- 
rece referirse sino a tocadores de instrumentos 
de viento (boca) y de cuerda (péñola). Por otra 
parte, es natural que no hubiera troberos en Es- 
paña, pues cuando consta positivamente que los 
hubo en Francia, es en el periodo de refundicio- 
nes y amplificaciones de los primitivos cantares, Alfonso x ei sabio 

, , , ... . , . (De una estatua de la época que 

labor de suyo literaria, y que, por lo mismo, pe- existe en ia catedral d¿ Toledo. 

,, ., ««ir» * El traje se ha tomado de una fi- 
dia Compositores profesionales. En nuestra patria gura que representa a este rey en 
,., , ' j ai i j una de las miniaturas que ñus- 
no Se dlÓ ese SegUndO periOdO. Al pasar la moda, tran el Códice del Juego de las 

por decirlo asi, de las largas canciones recitadas Tablas. Biblioteca de ei oriai) 
en los campamentos o en las salas de los casti- 
llos, se produjo un doble fenómeno: por una parte, la historia escrita recogió 
cuidadosamente la materia épica de las gestas, y así, en la Estoria dEs- 
panna, que mandó componer Alfonso X, son acogidos los cantares como 
fuente histórica, siquiera poco segura: Non lo sabemos de cierto, dice la 
Estoria en uno de sus pasajes, sino cuanto oymos decir á los juglares en 
sus cantares de gesta; y en otro lugar: "E por esto dixeron los cantares que 
pasaba los puertos de Aspa apesar de los franceses." En vez de convertir 
los versos primitivos en alejandrinos, según hemos visto que hicieron en- 
Francia, los colectores de nuestras crónicas dieron a sus lectores un resumen 
del contenido de las canciones; y si las copiaron algunas veces, por pare- 
cerles que no debian omitir ningún detalle, siempre cuidaron de prosificar- 
las. Cierto que no siempre acertaron, y por eso en algunos trozos de la Es- 
toria es relativamente fácil restablecer la rima: tal es el trabajo meritísimo 

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SALCEDO.- LA LITERATURA ESPAÑOLA 



de D. Ramón Menéndez Pidal, el cual ha podido restablecer, o mejor dicho, 
descubrir el fragmento del Cantar de los Infantes de Lara, de que habla- 
remos enseguida. 

Pero a la vez que la sustancia de los can- 
tares entraba en la prosa histórica, los juglares 
siguieron cantando, y ante más público que an- 
tes. Ya no eran únicamente los hombres de ar- 
mas, los reyes, los señores, los guerreros, los 
que oían al juglar, sino todo el mundo. El cantor 
épico reunía su corro en la plaza, en la calle, 
en el camino, en el mesón; y como este público 
no aguantaba los antiguos interminables recita- 
dos, fué preciso abreviar: de aquí los romances, 
no piedras caídas y dispersas de la antigua epo- 
peya, sino la epopeya misma que se daba en 
dosis proporcionadas a las circunstancias en 
que había que cantarla, y no meramente histó- 
rica o recuerdo del pasado, sino viva, germi- 
nando y ofreciendo de continuo nuevas flores 
de poesía épica. Véase lo que ocurrió el si- 
glo xiv: en Francia se escribe el largo Poema 
de Beltran du Guesclin, de que nadie hace caso; en España la musa po- 
pular canta de D. Pedro el Cruel en sugestivos romances. Populares en cier- 
to sentido ambas epopeyas en su origen y primer florecimiento, la francesa 
fué haciéndose cada vez más aristocrática y más literaria, y por eso murió; en 
cambio, la castellana, cada vez se popularizó más, y por eso no ha muerto 
nunca. 



D. Pedro I el Cruel 

(De la estatua orante de su sepulcro. 
Museo Arqueológico Nacional.) 

(La corona está tomada del retrato 
de este rey que hay en su sello de 
la poridaa o sello privado, secreto.) 



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LA LITERATURA ESPAÑOLA EN LA 
EDAD MEDIA * III.- NUESTROS CANTA- 
RES DE GESTA (1) * * * * * * 





Walter de Aquitania ó de España y el romance de 
don Gaiteros. — Perdidos están casi todos nuestros canta- 
res de gesta; pero por las prosificaciones de las crónicas y por 
los romances cabe reconstruir al menos su contenido. Y lo pri- 
mero que ocurre preguntar es: ¿Hay algún cantar, o rastro de él, anterior al 
siglo X? Lo único que puede aducirse en este sentido es lo siguiente: 

Ya hemos citado (II, 15) a Walter de España, como le llaman los poemas 
alemanes del siglo xni; un poema latino del siglo x, compuesto por un monje 
de San Gall, le nombra Walterius Aquitanus. Siendo Walter visigodo, es na- 
tural esta duplicidad de apellidos, ya que en tiempo de Atila, a que se refiere 
la leyenda de Walter, los visigodos tenían en Aquitania el centro de su po- 
derío y, más o menos perfectamente, dominaban en todo o parte de nuestra 
Península. Según la leyenda, Walter, estaba con su prometida — ambos 
como rehenes — en la corte de Atila; se fugan, llevándose además el te- 
soro del Rey de los hunnos, y lo más saliente del relato es esta fuga, en que 
Walter tiene que luchar denodadamente con sus perseguidores; los hunnos, 
según ciertas versiones, los francos o borgoñones según otras. 

Pues bien; la narración de la fuga de Walter reaparece con casi todas 
las circunstancias del poema latino en el „Romance de D. Gaiferos que trata 



(1) 20. Walter de Aquitania o de España y el romance de D. Gaiferos. — 21. Ber- 
nardo del Carpió. — 22. Los Infantes de Lara. — 23. Fernán González, — 24. Garci 
Fernández. — 25. Sancho García. — 26. García Sánchez y los Velas. — 27. Sancho el 
Mayor. — 28. Fernando I el Magno. — 29. Canción del Cerco de Zamora. 

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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

de como sacó a su esposa que estaba en tierra de moros". Seguramente que 
Walter no es D. Gaiferos, como parece sospechar Ernesto Merimée (1); pero 
el episodio de la fuga si parece tomado, copiado o trascrito del poema. Gaife- 
ros saca a su esposa Melisenda de la ciudad de Sansueña, donde estaba 
cautiva, llevándola a las ancas de su caballo: 

El cuerpo le da por la cintura 
porque le pueda abrazar, 
al caballo hinca las espuelas 
sin ninguna piedad. 

Asi saltan por encima de las murallas, y salen en su persecución siete 
batallas de moros, acaudilladas por el rey Almanzor. Encima ya los perse- 
guidores, Gaiferos 

volvióse á Melisenda, 

empesóle de hablan 

"No os enojéis, vos, mi señora; 

fuerza vos será apear, 

y en esta grande espesura, 

podéis, señora, aguardar, 



Apeóse Melisenda, 
no cesando de rezar, 
las rodillas puso en tierra, 
las manos fué á levantar, 
los ojos puestos al cielo, 
no cesando de rezar. 



Gaiferos mientras tanto, vence a los moros, y concluida la batalla, corre al 
encuentro de Melisenda. Ella le ve llegar con las armas blancas tintas en 
color de sangre, y 

Con una voz triste y llorosa 

le empezó á preguntan 

— |Por Dios os ruego, Gaiferos, 

por Dios vos quiero rogar! 

si traéis alguna herida, 

queráismela vos mostrar; 

que los moros eran tantos, 

quizás vos han hecho mal. 
Con las mangas de mi camisa 

vos las quiero yo apretar, 

con la toca que es más grande 

yo os las entiendo sanar. 



(1) Preface de L'Epopée Castillane. 



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///. - NUESTROS CANTARES DE GESTA 

Los esposos siguen la fuga: 

Ya cabalga Melisenda 
en un caballo alazán; 
razonando van de amores, 
de amores, que no de al; 
ni de los moros han miedo, 
ni de ellos nada se dan: 
con el placer de ambos juntos 
no cesan de caminar, 
de noche por los caminos, 
de dia por los jarales, 
comiendo de las yerbas verdes 
y agua si pueden hallar. . . 

Cuando han llegado a tierra amiga, y se creen ya salvos, 

á la entrada de un monte, 
y á la salida de un valle. 



ven a lo lejos un caballero de armas blancas, y Gaiferos dispónese a pelear 
otra vez, haciendo apearse de nuevo a Melisenda; pero aquel caballero es 
un amigo, y todo se resuelve en alegría. Llegado, finalmente, a la ciudad, 
que en el romance es París, todos tienen por esforzado a Gaiferos, 

pues que sacó á su esposa 
de muy gran catividad: 
las fiestas que le hacían 
no tienen cuenta ni par. 

Todos estos detalles están en el romance y están en el poema latino 
del siglo x, eco de una tradición cantada ya en el v. ¿Por qué misteriosas 
veredas recorrió la leyenda poética tantos siglos? No se sabe; pero es de 
presumir que, ya en España, ya en Francia, ya en todas partes donde vi- 
vían y dominaban los germanos, vivió siempre Walter en cantares, y que 
muchas generaciones se deleitaron con el ensueño de su fuga a través de 
los campos, 

de noche por los caminos 
de dia por los jarales, 

razonando de amores con su esposa, cuando no tenía que combatir y ven- 
cer a sus perseguidores. 



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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 



21. Bernardo del Carpió. — "Los juglares españoles — dice Gas- 
tón París — cantaban nuestras canciones de gesta, sobre todo las que se 
referían a la batalla de Roncesvalles; poco a poco fueron haciendo interve- 
nir a los españoles en la batalla, y acabaron por crear a Bernardo del Car- 
pió, haciendo de él el enemigo y vencedor de Roldan". 

Bernardo del Carpió, en efecto, es un personaje imaginario a quien 
nuestros juglares atribuyeron una intervención, tan fantástica como su exis- 
tencia, en la derrota de los francos, y que parece creado al propósito de 
satisfacer el sentimiento nacional español, herido por los elogios cada vez 
más hiperbólicos que se tributaban a Carlomagno y a Roldan. Milá y Fon- 
tanals sospechaba que el mito patriótico de Bernardo había tenido base real 
en un Bernardo, conde de Rivagorza, que fué hazañero, y cuyas proezas 
debieron de ser cantadas en gestas fronterizas, quizás en un dialecto mezcla 
de francés y castellano. Pero sea de esto lo que quiera, y admitiendo que 
la leyenda se nutrió en su evolución poética de otros elementos históri- 
cos — v. gr. el recuerdo de Bernardo, hijo de Carlomagno y rey de Italia, — 
es lo cierto que en León floreció un ciclo épico popular muy rico y variado 
en torno de este héroe fabuloso. Por desgracia, ninguno de estos cantares 
ha llegado hasta nosotros, aunque si noticias de ellos en las crónicas de 
D. Lucas de Tuy y del arzobispo D. Rodrigo, y sobre todo en la General, 
donde es visible la huella del verso malamente prosificado. 

Por este camino podemos conjeturar que las gestas más antiguas hacían 
a Bernardo hijo ilegítimo de doña Thiber, o doña Timbor, hermana de Car- 
lomagno, y del Conde de Saldaña, que sedujo a la princesa franca cuando 
vino en peregrinación a Compostela. Después fué su madre doña Jimena, 
hermana de Alfonso el Casto y D. Rodrigo, o según la versión de algún 
cantar que, más respetuoso con la familia real, o por propio pudor, hizo de 
Jimena y el Conde, no amantes, sino casados en secreto. Las proezas y 
aventuras del héroe varían mucho según las versiones de que tenemos no- 
ticia; pero concuerdan en el hecho capital de haber derrotado a los franceses, 
en algunos pormenores novelescos, como la prisión del Conde de Saldaña 
en castigo de haber seducido a la hermana del Rey, y, en el valor y audacia 
de Bernardo para libertarle, luego que se hubo enterado del secreto de su na- 
cimiento. Bernardo fundó el castillo del Carpió a orillas del Tormes, y aparece 
en su leyenda, no sólo como un héroe nacional contra los extranjeros, sino 
como un vasallo poderoso y turbulento que se las tiene tiesas con el Rey. 

22. Los Infantes de Lara. — En la Crónica general encuéntrase 
prosificado el Cantar de los Infantes de Lara que es muy antiguo, aunque 

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///. - NUESTROS CANTARES DE GESTA 

indudablemente no el primitivo. El alemán Morí sostiene como cosa indu- 
dable que ya en el siglo x había una canción sobre este sombrío y trágico 
argumento, uno de los fundamentales de nuestra épica popular, y que es 
como sigue: 

Celebrábanse en Burgos las bodas de Roy Blásquez — alto orne del 
alfoz de Lara y señor de Vilviestre — con doña Lambra, dueña de muy gran 
guisa, prima cormana del conde Garci-Ferrández. Las fiestas duraron cinco 
días, y por cuestión de juegos caballerescos vinieron a las manos Alvar Sán- 
chez, primo de la novia, y Gonzalo González, que era el menor de los Siete 
infantes de Lara, hijos de Gonzalo Gustios y doña Sancha, y sobrinos del 
novio, jóvenes valerosos que el conde de Castilla hafbía armado caballeros 
en un mismo día. El Infante dio tan gran puñalada a Sánchez, que le dejó 
muerto a los pies de su caballo. Los deudos, amigos y parciales del muerto 
y del matador traban entre sí terrible batalla, ni más ni menos que sucede 
hoy en las kabilas de Marruecos. Por intervención de las damasy personas 
prudentes hácese la paz. Los infantes, que eran de noble corazón, recon- 
olíanse de veras; pero doña Lambra y su marido Blásquez sólo buscan en 
esta concordia aparente el medio de vengarse a mansalva. 

Asi, en una cacería dispuesta por doña Lambra, a que asistieron los in- 
fantes, por orden de aquélla un su criado afrentó al infante Gonzalo, arro- 
jándole al rostro un cohombro hinchado de sangre. El afrentado y sus her- 
manos corrieron tras el villano; pero éste se refugió bajo el manto de su seño- 
ra, signo de protección que no respetaron los infantes, pues bajo el manto 
le mataron, salpicando su sangre las tocas de doña Lambra. 

Doña Lambra sintió en lo más vivo este nuevo ultraje. Su marido le 
prometió que había de tomar de los infantes la más cruel venganza. Y, en 
efecto, ganóse hipócritamente la confianza de aquella familia, consiguiendo 
que (rónzalo Gustios aceptase una misión suya para Almanzor, que a la sa- 
zón gobernaba en Córdoba. La embajada era, como es natural, una infame 
celada, y de sus resultas quedó Gustios cautivo, aunque no maltratado, 
puesto que Almanzor le dio para su servicio una mora fijadalgo, de la que 
tuvo un hijo: Mudarra González. 

Mientras que esto sucedía qn Córdoba, Roy Blásquez excitó a los in- 
fantes de Lara a hacer una entrada en tierra de moros. Con doscientos 
jinetes parten los valientes mancebos, acompañándolos su ayo el anciano 
Munno Salido. En el pinar de Canicosa siniestros agüeros ponen a prueba 
su valor; pero ellos siguen adelante hasta la vega de Febros, donde los 
aguardaba su tío el infame Blásquez con el resto de la hueste. Mandados a 
correr el campo, en Almenar caen por fin en la celada tan arteramente dis- 
puesta: diez mil moros los cercan, y en vano piden ayuda a Blásquez; éste 

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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

les recuerda las ofensas que le habían hecho en sus bodas y en la cacería 
de Barbadillo, y los moros acaban con el heroico escuadrón. Las cabezas de 
los infantes y de su ayo son los trofeos de la sangrienta jornada que, man- 
dadas á Córdoba por los vencedores, tuvo Almanzor la crueldad de enseñar 
al cautivo Gonzalo Gustios. 

Apiadado el bárbaro del dolor de aquel padre, le pone en libertad, y 
a los pocos días de salir él de Córdoba, nació allí su bastardo Mudarra. La 
segunda parte del argumento son las proezas de este Mudarra González, 
criado entre los moros, ignorante del secreto de su nacimiento, y que muy 
joven llegó a figurar en primera línea entre los adalides de Almanzor. 
Sabedor al cabo de quién era su padre, va en su busca y le venga cumplí- 
damente. Blásquez es muerto por él en el camino de Barbadillo, y quema- 
da doña Lambra. 

Basta la somera exposición de esta leyenda para conjeturar racional- 
mente que ha debido de ser elaborada en dos momentos. El primitivo 
cantar, eco fiel de una tradición histórica, se limitó, sin duda, a conmemo- 
rar la traición de Blásquez y doña Lambra y la catástrofe de los infantes. 
El público que oía a los juglares el poético relato de la tragedia, no queda- 
ba satisfecho con que la historia quedase ahí, pidiendo su espíritu de justi- 
cia el castigo de los infames. A este deseo satisficieron otros juglares aña- 
diendo el cantar de Mudarra, que tiene todas las trazas de pura invención 
imaginativa. 

23. Fernán-González. — Narrativo de la vida del conde Fernán- 
González, fundador de la independencia de Castilla, tenemos un poema, es- 
crito hacia 1250 por un monje del Monasterio de San Pedro de Arlanza, y con- 
servado en un códice de la Biblioteca de El Escorial (1), aunque no íntegro, 
pues le falta el final; pero éste, como toda la sustancia del poema, encuén- 
trase en la Estoria dEspanna o Crónica General. La composición del Monje 
de Arlanza no es popular, sino erudita; mas, sin duda, se funda en una o 
varias canciones de gesta, a que el Religioso añadió tradiciones y conside- 
raciones monacales, encaminadas principalmente al enaltecimiento de su 
monasterio y de la figura moral del Conde, de quien se conservaban en Ar- 
lanza el sepulcro y veneradísima memoria. En la Crónica Rimada hay tam- 
bién restos de otros cantares sobre Fernán-González, que difieren en algu- 
nos pormenores del poema inserto en la Crónica General, v. gr., en la genea- 
logía del héroe y en el nombre de su mujer, que en la rimada se llama 



(1) Lo publicó Gallardo, y después Janer en la Biblioteca Rivadeneyra; pero son ediciones imperfectisi- 
mas. La que se debe buscar es Poema de Fernán-González, texto critico con introducción, notas y glosario 
por C. Caroll Marden - Baltimore -1904. Caroll Marden es un ilustre profesor norteamericano. 



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///. - NUESTROS CANTARES DE GESTA 

Constanza, y no Sancha como en la general, y omiten hechos del poema 
monacal, por ejemplo, la historia del monje Pelayo y de la reedificación 
del Monasterio — omisiones importantes para la critica, pues la ponen en 
camino de discernir lo que añadió el poeta erudito a la leyenda popular — , y 
traen un episodio — la entrevista en el vado de Carrión — que no está en 
el poema, pero sí en los romances viejos. Finalmente, la segunda Crónica 
General, o sea la ampliación de la primera, hecha en 1344, después de 
transcribir el texto del poema, pone dos capítulos que, por sus asonantes a-o 
y caracteres de narración y diálogo, se delatan como un cantar torpemente 
prosificado. Es el mismo caso de los Infantes de Lara, y también ha sido 
D. Ramón Menéndez Pidal el autor de tan importante descubrimiento lite- 
rario. Con estos elementos y los cuatro romances viejos referentes al Conde 
Fernán-González, se reconstruye la leyenda poética del histórico personaje. 

Fernán -González era conde de Castilla, y como tal, y por sus prendas 
de guerrero, el más poderoso vasallo de D. Sancho, rey de León. Le pe- 
saba el vasallaje, pues no eran su ánimo y fuerzas para sufrirlo resignado; 
pero tenía que soportarlo, y fué a León a besar la mano del Rey. Se pre- 
sentó en la corte montando un caballo árabe que había sido de Almanzor 
y llevando en la mano un azor, ambos animales tan hermosos que Don 
Sancho se prendó de ellos, y pidió al Conde que se los vendiese. Fernán se 
los ofreció generosamente; mas el Monarca no quiso aceptar el regalo, y él 
mismo fijó el precio en mil marcos. Está bien — dijo el Conde — ; pero con 
la condición de que se me pague en un día determinado, y si no se cumple, 
por cada día de demora se doblará el precio; esto es, al día siguiente se 
me darán dos mil marcos; al otro, cuatro mil; al otro, ocho mil, y asi suce- 
sivamente. Lo mismo se cuenta del inventor del ajedrez, que pidió al em- 
perador de la China un grano de trigo en el primer cuadrado del tablero, 
dos en el segundo, cuatro en el tercero, etc. 

Ajustada la venta, disponíase el Conde a regresar a su condado, cuan- 
do la Reina le propuso el matrimonio con su sobrina la Princesa de Nava- 
rra. Le pareció perfectamente a Fernán la proposición, y encaminóse a 
Navarra, provisto de cartas de la Reina, a pedir la mano de la Princesa; 
pero todo era una infame asechanza. Fernán- González había matado en 
justa guerra al anterior rey de Navarra, y lo que pretendía la reina de León, 
hermana del muerto, era vengarse. El poema emplea la expresión de saña 
vieja alzada, que se halla también en el Libro de Alejandre, equivalente a 
saña alzada que usa Berceo, sayna vieylla que dice el Fuero de Navarra, 
y venganza de malquerienza dantes, que también se dijo; frases todas sig- 
nificativas de una de las mayores atrocidades de la Edad Media; el rencor 
y espíritu de venganza llevados al último límite. Ya hemos visto cómo 

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SALCEDO. - Literatura española, - Tomo /. Dg¡t¡zed by Goógk 



SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

doña Lambra y Roy Blásquez se vengaron de sus sobrinos los Infantes de 
Lara; pero no fué un caso insólito: la misma madre de estos infantes quiso 
beber la sangre caliente de su enemigo, y la primera reina de Castilla pidió 
como regalo de boda que le entregasen encadenado al conde que la habia 
insultado, dedicándose ella misma a despedazarle como un verdugo de 
profesión. El Monje de Arlanza, autor del poema, reprueba los medios de 
que se valió la Reina de León para lograr su venganza; pero no el deseo 
de vengarse. jY hay todavía quien ve en la Edad Media un tiempo en que 
predominaba el sentimiento cristiano, la época esencialmente cristiana, 
aunque ruda, de la historia! 

Llegado a Navarra Fernán- González, fué reducido a durísima prisión. 
El romance viejo refleja exactamente el relato del perdido cantar: 



Preso está Fernán-González 
el gran conde de Castilla; 
tiénelo el rey de Navarra 
maltratado a maravilla. 



Un peregrino, lombardo según el poema, normando en el romance, 
consiguió ver al Conde, e interesó a la Princesa de Navarra en su favor. 
La Princesa visita al prisionero y promete libertarle, si él lo hace a su vez 
con juramento, dándose las manos, de tomarla por su mujer; asi lo hace el 
Conde. 

Y engañando aquel alcaide, 
salen los dos de la villa. 
Toda la noche anduvieron 
hasta que el alba reía. 
Escondidos en un bosque, 
un arcipreste los vía, 
que venía andando a caza 
con un azor que traía. 



Era un bellaco malvado aquel arcipreste, y quiso abusar de la .situa- 
ción de los fugitivos, y sobre todo de la circunstancia de no poder valerse 
Fernán-González, pues había podido salir de la prisión, mas no librarse de 
los hierros que le sujetaban: 

Con grillos estaba el Conde 
y sin armas se veía. 

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///. - NUESTROS CANTARES DE GESTA 

Mas a pesar de todo, se salvó el Conde de tan grave peligro, y dio su 
merecido al infame quitándole el cuchillo y dándole la muerte. Siguen 
caminando, y 

a la bajada de un puente 

ven muy gran caballería; 

gran miedo tienen en vella, 

porque creen que el Rey la envía. 

La Infanta tiembla y se muere, 

en el monte se escondía; 

mas el Conde, más mirando, 

daba voces de alegría: 

¡Salid, salid, doña Sanchal 

¡Ved el pendón de Castilla! 

¡Míos son los caballeros 

que a mi socorro venianl 

La Infanta con gran placer 

a vellos luego salía. 

Conocidos de los suyos, 

con alarido venían: 

— Castilla, vienen diciendo, 

cumplida es la jura hoy día. — 

A los dos besan la mano, 

a caballo los subían, 

asi los traen en salvo 

al condado de Castilla. 



No se comprende cómo Fernán-González, siendo tan listo, y después de 
lo sucedido en Navarra, por instigación de la Reina de León, acude al lla- 
mamiento del rey leonés, para ser de nuevo burlado y puesto en prisiones. 

En una torre en León 
lo tienen a buen recaudo, 

adonde tiene que ir otra vez su mujer a libertarle, en esta ocasión disfra- 
zada de peregrina, aunque seguida de una hueste que se quedó emboscada 
en las inmediaciones de la ciudad. La Condesa se introduce en el encierro 
de su marido, cambia sus vestidos con los de él, queda ella presa, y él 
sale a incorporarse con su gente. Así lo cuenta el poema erudito, y, a 
nuestro juicio, no tiene la cosa otra explicación sino que sobre el hecho de 
haber sido aprisionado Fernán-González, sin duda a consecuencia de una 
intriga urdida por la reina de León, y de haberle libertado su mujer, so- 
brina de aquella y ambas de la casa real de Navarra, se compusieron 
diversos cantares que refirieron el suceso de distinta manera: una versión 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

le supuso cautivo en Navarra, y otra en la misma corte leonesa; el Monje 
de Arlanza, fiel a los cánones del Mester de clerecía, de que más adelante 
hablaremos, siguió el dictado de los dos cantares que tenía a la vista, 
resultando dos episodios sucesivos, de lo que realmente no debió de ser 
más que uno en su origen. Sea de ello lo que quiera, en lo que convie- 
nen todas las referencias es en que libertado Fernán, reclamó del Rey de 
León el pago del caballo y del azor; y como no había dinero para satisfacer 
el precio, dadas las condiciones del contrato, exigió la independencia de 
Castilla a título de compensación: de aquí la guerra entre el Monarca y su 
poderoso vasallo, a que puso treguas el Abad de Sahagún, y que originó 
luego la entrevista en el vado de Carrión, asunto de uno de los más bellos 
romances viejos de Fernán-González. Según el texto del romance, el Rey in- 
sultó al Conde diciéndole que si no fuera por las treguas, le cortara la cabe- 
za, a lo que responde Fernán: 

Eso que decís, buen rey 
véolo mal aliñado: 
vos venis en gruesa muía; 
yo, en ligero caballo: 
vos traéis sayo de seda; 
yo traigo un arnés tranzado: 
vos traéis alfange de oro; 
yo traigo lanza en mi mano: 
vos traéis cetro de rey; 
yo, un venablo acerado: 
vos, con guantes olorosos; 
yo, con los de acero claro: 
vos, con la gorra de fiesta; 
yo, con un casco afinado: 
vos traéis ciento de muía; 
yo, trescientos de a caballo. 

A Milá y Fontanals pareció demasiado literario este trozo para un can- 
tar de gesta, y lo juzgó amplificación retórica de dos ínfimos versos de la 
Crónica rimada: 

Vos estades sobre buena muía gressa, 
e yo, sobre buen caballo. . , 

hecha por algún poeta del siglo xvi; pero en la prosificación del antiguo 
cantar, contenida en la Crónica de 1344, y señalada por Menéndez Pidal, 
descúbrese que el romancero siguió con fidelidad la primitiva gesta. 

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///. - NUESTROS CANTARES DE GESTA 

La leyenda poética de Fernán-González tiene, sin duda, su punto de 
semejanza con las de la epopeya feudal francesa; pero, reflexionándolo 
bien, entraña un sentido harto más elevado. Fernán no es meramente el 
barón que se rebela contra su rey; es Castilla que afirma su personalidad, 
que se desprende del reino de León para constituir un Estado indepen- 
diente que había de ser cabeza y corazón de toda España. 

24. Garci-Fernández. — De los condes de Castilla, sucesores de 
Fernán-González, hay también tradición poética proviniente de cantares de 
gesta que, aunque no se refleja en los romances viejos conocidos, tiene 
importancia en la historia de nuestra Literatura, aparte de su valor intrín- 
seco, por la estela que ha ido dejando a través de los siglos en el teatro 
español y en otros géneros literarios. 

Nada más sombrío y repugnantemente brutal que la leyenda de Garci- 
Fernández, hijo y sucesor de Fernán-González, tal como la narra un cantar 
prosificado en la Estoria dEspanna. Casó con una francesa que con sus 
padres, que eran condes, pasó por Castilla en peregrinación a Santiago; 
et ella— dice la Crónica—, sallió mala muger; tanto, que estando Garci-Fer- 
nández enfermo, vio a otro conde, también francés, y que también iba en 
peregrinación a Santiago, y escapóse con él. Ya no pensó el de Castilla 
sino en la venganza: disfrazado de peregrino, fuese a la tierra del adúltero, 
donde vivía éste maritalmente con su cómplice y con una hija de su difunta 
esposa, Doña Sancha, que era muy fermosa muger, et estaba mal con el 
Conde su padre, et aquella su madastra metía mucho mal entre él et ella, 
et quería ante ser muerta que teñir aquella vida qyie vivía. Puestos de 
acuerdo Garci-Fernández y doña Sancha, ésta introdujo al primero debajo 
de la cama en que yacían su padre y su falsa madrastra, le avisó cuando 
estaban dormidos, y entonces se consumó el doble asesinato, cortando el 
Conde de Castilla la cabeza de los adúlteros. Con este macabro trofeo y la 
doña Sancha, ya su mujer, vinose a Castilla, convocó a sus gentes en Bur- 
gos, y les contó la barbaridad que había hecho; pero no arrepintiéndose, sino 
ufanándose de ella: Agora soy yo — les dijo — , para ser vuestro sennor (1), 
cá so vengado, ca non mientra estaba deshonrrado. Et mandó que fissiesen 
omenage et rescibiesen por sennora a donna Sancha, et los castellanos 
Asiéronlo así et plogóles mucho con la venida del Conde et de quán bien 
se sopiera vengar. Es detalle característico de esta leyenda la hermosura 
de las manos del conde Garci-Fernández; Avíe — reza la Crónica — tos 
mas fermosas manos que nunca fallamos que otro omme ovo. Eran tan 



(1) Es decir, digno de serlo. 
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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

bellas, que a él mismo le daba vergüenza lucirlas, y las llevaba de ordina- 
rio enguantadas. El Conde de las manos blancas es el título de una come- 
dia de principios del siglo xvn, hoy perdida, pero que debia de referirse a 
este conde, cuya lúgubre historia poética, que nada tiene que ver con su 
verdadera o auténtica historia, ha inspirado en el siglo xix a Zorrilla uno 
de los Cantos del Trovador (Historia de un español y dos francesas) y el 
drama El Eco del Torrente. 

25. Sancho García. — El mismo Zorrilla, en su drama Sancho 
García; Cadalso, en una tragedia del mismo título; Cienfuegos en otra titu- 
lada La Condesa de Castilla, y Lope de Vega en la comedia Los Monteros 
de Espinosa, (1) han popularizado la leyenda épica del hijo de Garci-Fer- 
nández y doña Sancha, la parricida; esto es, del conde Sancho García, a quien 
llamaron los castellanos el de los buenos fueros. Dos rastros de cantares 
quedan de él: uno, en el párrafo preliminar de la Crónica rimada, que se 
reduce a su alabanza por haber dado aquellos buenos fueros. 

Oytme, castellanos, 
a buen tiempo so llegado, 
por vos faser más merced 
que nunca vos físo omne nado. 

Y el otro, prosifióado, en la Crónica del arzobispo D. Rodrigo y en la 
General. Esta última lo pone como continuación o segunda parte de la 
historia de su padr^ Garci-Fer nández, induciendo así a creer que la del 
padre y la del hijo formaron primitivamente un solo cantar: "Acaso, — es- 
"cribió Menéndez Pelayo — la relación entre ambas fué establecida por los 
" compiladores de la General, más ganosos de la ejemplaridad moral que 
"el viejo rapsoda, para el cual tal vez no fuese grave pecado la parricida 
"y bárbara intervención de doña Sancha." A pesar del profundísimo res- 
peto que nos merecen las opiniones del venerado maestro, en este punto 
no nos adherimos a su parecer. 

La leyenda de Sancho García no es, en efecto, sino el castigo de doña 
Sancha. Esta donna Sancha — dice la Crónica — comenzó de primero a ser 
buena muger et a tenerse con Dios, et a ser amiga de su marido, et faser 
muchas buenas obras, mas esto duró poco; no llegó a descubrir maldat 
de su cuerpo por miedo de su marido el conde Garci-Fernández; pero cob- 



<1) Perdida, pues la que del mismo titulo y época que anda anónima en algunas ediciones antiguas, y 
en que algunos han creído ver la del gran autor, no es suya. 



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///. - NUESTROS CANTARES DE GESTA 

diciaba mucho veer la su muerte; y cuando la vio, suelto ya todo freno, 
cobdició casar con un moro, y para ello alzarse con el condado matando a 
su hijo Sancho García. La que de doncella mató a su padre, escondiendo 
al matador debajo del lecho paterno y estipulando previamente su matri- 
monio con el asesino, estaba en carácter, de viuda, queriendo matar a su 
hijo para casarse con el moro 
y satisfacer su gran apetito de 
luxuria y deseo carnal, según 
frase de Diego Rodríguez de 
Almela en el Valerio de las his- 
torias (1). Intenta envenenar a 
Sancho; pero éste, fué adverti- 
do por uno de sus escuderos 
que era natural de Espinosa de 
los Monteros (2), al que se lo 
había revelado una doncella, 
camarera o cobigera de la Con- 
desa viuda. El Conde rogó a su 
madre que bebiera antes que 
él del vino emponzoñado; y 
como se resistiese, por fuerza 
gelo fizo beber, e cuando ella 
lo hobo bebido, cayó lluego 
muerta (3). 

A nuestro juicio, esta le- 
yenda debió de ser añadida al 
primitivo cantar de Garci-Fer- 
nández por los mismos jugla- 
res, y de análogo modo a como 

se añadió la de Mudarra al can- Pat, ° del Mon »» ter, ° de 0fla < B » r « ot > 

tar de los Infantes de Lara. Por 

bárbaros que fuesen los castellanos de los tiempos heroicos, el sentimiento 
de justicia es innato en el hombre, y el mismo espíritu de venganza, que no 
es sino la degeneración o corrupción de aquel sentimiento, los llevaba a 



(1) Valerio de las historias de la Sagrada Escritura y de loa hechos de España, recopilado por el 
Arcipreste Diego Rodríguez de Almela. Escrito en el siglo XV; publicado en Madrid, 1793. 

(2) Asi explica la leyenda el origen de la institución de los Monteros de Espinosa como guardianes 
perennes, y especialmente nocturnos, de los reyes. 

(3) En memoria de doña Sancha, añade la Crónica, que fundó Sancho García el Monasterio de Ofla: en 
Castieüa — dice, — solien llamar Mlonna por la sen ñora, et porque la condesa era tenida por sen ñora en 
tod el condado» mandó el conde tollerdeste nombre Mionna aquella mi. . . etc. Y resultó Onna u Ofla. 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

desear el castigo de los grandes crímenes. Únase a esto que sí la barbarie 
primitiva es ambiente adecuado para el desarrollo de ciertos vicios y exce- 
sos, también lo es para el de algunas virtudes que llegan a extremarse, 
pero sin perder su genuino carácter; la reverencia al padre es, sin género 
de duda, de las cualidades morales que más se extremaron en la edad de 
la epopeya. ¿Cómo el público que oía cantar la historia de Garci-Fernán- 
dez, y que aplaudía la bárbara venganza del Conde por ver en ella — bár- 
baramente, es cierto — el digno castigo de la esposa culpable, iba a quedar 
satisfecho de la impunidad disfrutada por la parricida? Esa historia necesi- 
taba una segunda parte en que la infame llevara su merecido, y por eso, 
sin duda, se inventó la leyenda de Sancho García. 

26. García Sánchez y los Velas. — La verídica historia del 
asesinato del conde de Castilla, García Sánchez, consumado en León por 
los Velas, el martes 13 de Mayo de 1029, cuando fué a casarse con doña 
Sancha, hermana de Bermudo III, fué también argumento de un cantor 
de gesta, llevado al teatro por el Marqués de Palacios en su tragedia El 
Conde don García de Castilla (1788), y en el siglo xix por García Gutiérrez 
— drama Las Bodas de doña Sancha — , y es este uno de los pocos puntos 
en que la Estoria d'Espanna distingue perfectamente la parte histórica, 
tomada de las crónicas de D. Lucas y D. Rodrigo, de la leyendaria o poética 
que trascribe del cantar, o, como reza su texto, de la estoria del rromanz 
del inffant García. 

Según la historia, el joven Conde fué muerto por los Velas a traición, 
en la puerta de la iglesia de San Juan Bautista, y el primero que le hirió 
fué su mismo padrino Rodrigo Vela. El poeta épico tuvo presente la gran- 
diosa escena de las bodas de doña Lambra en el cantar de los Infantes de 
Lara, y, recordándola, pintó las de D. García con doña Sancha. Los Velas, 
como para festejarlas, hacen construir un tablado en la Rúa, y allí acuden 
a solazarse los caballeros castellanos del cortejo del novio, a los cuales 
acometen entonces los traidores en gran número, y los asesinan. El Infante 
que estaba en Palacio, al oir el alboroto sale a la calle y cae en poder de 
los conjurados; al verse asi, comenzó de rogar que nol matassen, e que les 
daría grandes tierras et heredades en su condado. Para dramatizar la situa- 
ción, el poeta presenta a Rodrigo Vela apiadado del generoso mancebo. 
Hobo duelo, et dixo a los otros que non era bien de matarle assy. El otro 
Vela, Iniego, se mantuvo inexorable. Dice a su hermano: Ante quel matas- 
sernos fuera eso de veer; mas ya agora non es tiempo de dexarle assy. En 
esto, la Infanta que, ya enterada del caso, había acudido al lugar de la 
escena, comenzó a meter grandes boses, e dijo: Condes, non matades al 

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///. - NUESTROS CANTARES DE GESTA 

Infante, ca vuestro señor es, e ruego vos que antes matades a mi que a él. 
Lejos de conmoverse los Velas, Ferrant Flalno fué muy sannudo contra 
la Infanta por lo que dlsie, e dlol una palmada en la cara. Don Garda, 
viendo maltratar de esta suerte a su desposada, y no pudiendo defenderla, 
se revolvió contra los que le tenían sujeto, llamándoles canes e traydores; 
y ellos, irritados, consumaron el crimen matándole con los venablos. Doña 
Sancha se echó sobre el cadáver, e Ferrant Flaino tomóla por los cabellos 
e derribóla por unas escaleras ayuso. En el libro de Sancho el Bravo, 
Castigos e documentos a su fijo, hay una interesante ampliación de este 
último episodio que parece tomada del cantar original. Dice, por ejemplo, 
que doña Sancha echóse sobre el cadáver de su esposo, poniendo la su 
cara con la suya, faciendo muy esquivo llanto, deciendo muchas cosas 
doloridas que serían largas de contar, que non habla orne en el mundo que 
el corasón no quebrase. . . etc. 

Con razón escribió Menéndez Pelayo que "la musa castellana no ha 
'sacado hasta ahora gran partido de este magnífico argumento, en que todo 
"contribuye a acrecentar el terror y la compasión/ 

27. Sancho el Mayor. — De D. Sancho el Mayor, de Navarra, 
forjáronse diversas leyendas. Una de las más conocidas es la del descubri- 
miento de la Cueva de San Antolin. Cazando el Rey por el campo en que 
hoy se levanta la ciudad de Palencia, y que a principios del siglo xi era un 
despoblado con algunas ruinas de la que había sido Palancla en la Edad An- 
tigua, persiguió a un jabalí herido por sus alanos, y metióse tras la pieza en 
una cueva. Al ir a mataría con un venablo, notó con dolorosa sorpresa que 
su brazo se había paralizado; ¿tizó la mirada y vio que la bestia estaba junto 
a un altar de San Antolin, y creyendo que la repentina parálisis era un 
castigo divino por su irreverencia, hizo voto de edificar un templo al Santo, 
y al instante recobró el movimiento perdido. Esta cueva es la construcción 
subterránea de debajo del coro de la Catedral palentina, en que el insigne 
médico y arqueólogo D. Francisco Simón y Nieto ha señalado el resto de 
una basílica visigoda (1), mientras que otro arqueólogo de mérito — don 
Juan Agapito y Revilla — la juzga románica (2). Cree Menéndez Pelayo esta 
historia de origen monacal y no juglaresco, a pesar de hallarse incluida en 
la Crónica rimada. Pero ¿cabe suponer a los juglares de la Edad Media tan 



(1) Dos iglesias subterráneas, por D. Francisco Simón y Nieto. (Bol. de la Soc. Esp. de Excurs. — 
Abril 1006). 

(2) La Cripta de la Catedral de Palencia, por D. Juan Agapito y Revilla. (Bol. de la Soc. Cast. de 
Exeun. — Oct 1906). 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

escrupulosamente fieles a la tradición germánica, de que procedían su oficio 
y el género de sus cantos, que no mezclaran con las canciones profanas de 
corte y de guerra otras de carácter piadoso? Por lo contrario, lo verosímil 
es que cantaran de uno y otro asunto, ya que a su público le interesaban 
ambos por igual, y máxime cuando, como en la leyenda de Sancho el 
Mayor, era un gran rey el protagonista, y el hecho se desenvolvía en un 
deporte tan de caballeros como el de la caza. 

Otra leyenda de Sancho el Mayor, contada por D. Rodrigo, y tan des- 
provista de exactitud histórica como de verosimilitud literaria y de poesía, 
es la siguiente: tenía D. Sancho tres hijos de su mujer la Reina: García, 
Fernando y Gonzalo, y uno de concubina llamado Ramiro. El primogénito, 
D. García, tuvo el capricho de pasearse en un caballo muy recio e muy 
fermoso, e muy corredor e cumplido de todas maneras que tenía el Rey; 
opúsose la Reina, y los desalmados hijos, pues todos los legítimos hicieron 
causa con su hermano, para vengarse de su madre acusáronla de adúltera 
ante su padre; ya estaba probada la acusación y la infeliz mujer iba a ser 
quemada viva, cuando el hijo bastardo sacó la cara por ella, librándola de 
la horrible suerte que la esperaba. La Reina entonces desheredó a D. García 
y adoptó a D. Ramiro. Tan infame y estúpido cuento, si realmente fué 
asunto de un cantar de gesta, como parece probable, aunque no haya en 
las crónicas indicación directa, sería inventado por algún juglar adulador 
de D. Ramiro, o, más probablemente, de su descendencia. De todas suertes, 
demostraría que en la época juglaresca, como en todas, hubo buenos y 
malos poetas; a pesar de lo cual, el desdichado engendro sirvió a Lope de 
Vega para su hermosa comedia el El testimonio vengado; a Moreto para la 
suya, refundición de la de Lope, Cómo se vengan los nobles; y a Zorrilla 
para su drama caballeresco El caballo del rey D. Sancho. 

• 

28. Fernando el Magno. — Los cantares referentes a Fernando 1 
el Magno fueron varios, sin duda, y se nos muestran hoy muy confundidos 
entre sí y con los del Cid Campeador, ofreciendo a eruditos y críticos ancho 
campo de investigación y de hipótesis. Expongamos concisamente y con la 
posible claridad el estado actual de la cuestión. 

En la Crónica de 1344 y en la Rimada que, como ya se ha dicho, es 
un centón de canciones hilvanadas por un autor de fines del siglo xiv, donde 
se contienen, por lo menos, dos cantares de gestas amalgamados con frag- 
mentos o restos de otros, pareciendo, según la gráfica y bella locución de 
Menéndez Pelayo, u el cuaderno de apuntaciones de un juglar degenerado 
u que embutió en él todo lo que sabia o presumía saber a hay un canto 
triunfal en loor de D. Fernando I que rompe la monotonía narrativa de la 

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///. - NUESTROS CANTARES DE GESTA 

épica juglaresca y revela un poeta de mayor brío que el autor de la mayor 
parte de los cantares de la Crónica Rimada. Dice así: 

El buen rey D. Fernando 
par fué de emperador; 
mandó a Castilla la Vieja, 
e mandó a León, 
e mandó a las Asturias, 
fasta en Sant Salvador, 
mandó a Galicia, 
onde los caballeros son, 
e mandó a Portugal, 
esta tierra jensor. 



Apesar de franceses 
los puertos de Aspa pasó; 
apesar de reys 
e apesar d'emperadores, 
apesar de los romanos 
dentro de París entró, 
con gentes honradas 
que de España sacó. 

Vio Milá en este fragmento la introducción de un cantar de que no 
debió de ser héroe el Cid, sino D. Fernando el Magno. ¿Será, pues, el 
atado por la segunda Crónica General: Fallamos en el cantar que dicen del 
rey D. Fernando? "Este cantar, escribió Menéndez Pelayo, no parece que 
"pudiera ser otro que el de La Partición de los Reinos, desconocido hasta 
■ahora por no hallarse rastros de él en la General de Alfonso el Sabio ni en 
"la particular del Cid, pero que, afortunadamente, se halla prosificado en la 
•Crónica de 1344 a . Sobre que el cantar del rey D. Fernando, a que pertene- 
cen los versos transcritos, sea el de La Partición de los Reinos, se ocurren 
dos objeciones: 1. a Que en la Crónica de 1344 se distinguen tres argumen- 
tos de cantar de gesta: uno que, como el de la Rimada, a continuación de 
las Mocedades del Cid, contiene la fabulosa expedición a Francia realizada 
por D. Fernando con el Campeador, pero que no llega a la conquista de 
París; otro, que es propiamente La Partición de los Reinos, comenzado por 
la escena de la muerte del rey D. Fernando; y un tercero que es el cerco 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 



de Zamora. „No cabe admitir, dice Menéndez Pelayo, que el Cantar de 
u la Partición de los Reinos y el del Cerco de Zamora hayan podido formar 
"parte de un mismo poema" (1). En cambio, Ramón Menéndez Pidal 
distingue la Canción del Cerco de Zamora como inserta o extractada en 
la primera General y la del Rey Fernando prosificada en la segunda, y aña- 
de: "Yo ensayaré algún día, con ayuda de otros documentos, restituir dicha 
"canción, y espero probar que la escena inicial del Cerco de Zamora es la 

"escena final de la Canción del rey D. Fernan- 
do" (2). 2. a Que no se advierte la homogenei- 
dad de argumento, propio de los cantares de 
gesta, entre la fabulosa expedición a Francia 
y el relato rigurosamente histórico, aunque al- 
terado en algunos de sus rasgos, de la muerte 
de D. Fernando y la partición que hizo del rei- 
no entre sus hijos. 

Se puede, pues, creer en tres cantares dis- 
tintos, o, mejor dicho, en tres argumentos que, 
con variantes más o menos considerables, can- 
tarían los juglares: Expedición a Francia, tema 
sin ningún fundamento histórico; Partición de 
los Reinos, y Cerco de Zamora, y aun cabe 
sospechar que el primero no sea otro que el 
mismo de la Crónica rimada. En la fantástica 
expedición ultrapirenaica se supone concu- 
rrentes el Rey y el Cid; los cantares relativos 
a este asunto lo mismo pueden titularse del 
uno o del otro, y es probable que los juglares 
dieran más o menos importancia a cada per- 
sonaje según su particular afición o el gusto de su público. Bien pudiera 
ser que el trozo lírico intercalado en la Rimada perteneciese, no a este 
cantar, pero sí a otro de su ciclo o de su mismo asunto. 



Fernando I el Magno 

i una estatua de la época, exis- 
tente en el monasterio de San Isidro, 
de León, que representa a este rey. 
La estatua no tiene corona. Se ha 
compuesto la que lleva el retrato te- 
niendo a la vista varias miniaturas 

de Códices del siglo XI.) 



29. Canción del Cerco de Zamora. — Veamos ahora rápida- 
mente cómo era el Cantar del Cerco de Zamora según lo ha reconstituido 
Menéndez Pidal. Empieza por la escena de la agonía de Fernando II, que 



(1 ) Tratado de los romances viejos. (Tomo I - Pag. 335). 

(2) L'Epopée Casttllane - Pag. 58 - Nota. 



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///. - NUESTROS CANTARES DE GESTA 

coloca, no en León, como cuenta el Silense, sino en Castil de Cabezón. Dos 
romances viejos reflejan este principio del poema: 

Doliente estaba, doliente, 
ese buen rey D. Fernando; 
los pies tiene cara oriente 
y la candela en la mano. 
A la cabecera tiene 
los sus fijos todos cuatro (1). 



Reparte D. Fernando el reino tal y como cuenta la historia, no sin 
oposición del primogénito D. Sancho, y llega el Cid, a quien el Rey deseaba 
tener a su lado en aquellos solemnes momentos. Duélese el moribundo 
monarca de haberlo repartido todo y no poseer ya nada que legar a Rodrigo; 
mas Sancho, deseoso de tener tal vasallo, pide a su padre que lo deje 
heredado en Castilla. Entra, en esto D. a Urraca, la cual, oportunamente 
avisada por su ayo Arias Gonzalo, ha venido a Castil de Cabezón acompa- 
ñada por cien deunas nobles, todas montadas en muías y todas lloran- 
do a la vez. D. a Urraca entra en la cámara donde agonizaba su padre, 
dando grandes voces y lamentándose de haber sido desheredada. Según 
el Cantar de la Partición del Reino, extractado por Menéndez Pelayo, se 
presentaron en Palacio las dos infantas: D. a Urraca y D. a Elvira; según el 
del Cerco de Zamora, extractado por Menéndez Pidal, sólo la primera. En 
ambos es el Cid intermediario entre las hijas y el padre moribundo; las 
quejas de D. a Urraca son apremiantes, angustiosas y reveladoras de más 
egoísmo que piedad filial; pero en el romance llegan las tales quejas a la 
desvergüenza: 

Morir vos queredes, padre, 
San Miguel vos haya el alma; 
mandaste las vuestras tierras 
a quien se vos antojara. 



A mí, porque soy muger, 
dejaisme desheredada. 
Irme he yo por esas tierras, 
como una mujer errada, 
y este mi cuerpo darla 
a quien se me antojara; 



U) La leyenda introdujo un fabuloso hijo bastardo del Rey, arzobispo de Toledo y otras elevadas 
dignidades eclesiásticas. La creación de este personaje es del Cantar o de los cantares de la Partición del 
Reino. 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

a lo6 moros, por dineros, 
y a los cristianos, de gracia; 
de lo que ganar pudiere 
haré bien por la vuestra alma. 
— ¡Calledes, hija, calledes; 
no digades tal palabra, 
que mujer que tal decía 
merescia ser quemada! 

En el Cantar del Cerco de Zamora, cuando llegó D. a Urraca estaba 
delirando su padre, creyéndose en un combate imaginario: ¡Vete, vete!, 
decía a su fantástico enemigo. . . ¿Por qué te encarnizas conmigo?. . . Ya 
me has privado de uno de mis ojos. . . ¡Cuando yo estaba bueno me sentía 
con fuerzas para pelear en batalla campal con el mundo entero! Al volver 
en sí, pregunta al Campeador: ¿Quién llora de ese modo? Y responde Ro- 
drigo: vuestra hija D. a Urraca, que ha sido desheredada. El Rey exclama: 
Por haber abandonado a mi hija perderé mi alma. Y viene luego el dejarle 
Zamora, a lo que asienten sus hijos, menos D. Sancho, o, como dijo el 
romance: 

Todos dicen amen, amen, 

sino D. Sancho que calla. 

Muerto el Rey, quedan los hermanos en posesión de sus hijueléis, y, 
según el Cantar, es D. García quien primero viola las particiones, lo cual 
da lugar a que Sancho se vuelva contra él, le desposea de Galicia y le 
reduzca a prisión. En seguida el mismo D. Sancho, despoja a D. Alfonso 
del reino de León. Para dominar en Zamora envía al Cid a proponer a 
doña Urraca que le ceda la ciudad por venta o cambio, comprometiéndose 
a jurarle el tratado ante doce vasallos (1). Rodrigo se resiste a cumplir el 
encargo, porque se ha criado en casa de Arias Gonzalo con la infanta que 
ahora se trata de desposeer; cede, sin embargo, al mandato imperativo del 
Rey, y D. a Urraca se alegra también de que llegue a Zamora el Cid como 
mensajero de D. Sancho, recordando su amistad de la niñez. En el cantar 
no hay más que esto: cariño fraternal de la infancia, a que se sobrepone 
Rodrigo en cumplimiento de su deber de vasallo; mas luego se inventó amor 



(1) No es ajeno a la historia literaria, por cuanto confirma el carácter esencialmente germánico de esta 
poesía y de la sociedad cuyas costumbres refleja, llamar la atención sobre el número de doce testigos que 
promete D. Sancho a su hermana para solemnizar el contrato que le propone. Entre los germanos, doce 
testigos conformes hacían prueba plena: por eso en las causas criminales el juez, para absolver o condenar 
al reo, tenia que admitir el testimonio o veredicto de los doce testigos jurados, y de aquí viene el número 
de doce jurados. 'El tribunal del Jurado, dice el artículo 1 .• de nuestra vigente Ley de 20 Abril 1888, se 
compondrá de doce jurados. . .' 



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///. - NUESTROS CANTARES DE GESTA 

de jóvenes, con propósito de matrimonio, evolución de la leyenda a que 
responde el precioso Romance de las quejas de la Infanta contra el Cid: 



{Afuera, afuera, Rodrigo, 
el soberbio castellano! 
Acordársete debía 
de aquel tiempo ya pasado 
que te armaron caballero 
en el altar de Santiago, 
cuando el Rey fué tu padrino, 
tú, Rodrigo, el ahijado. 
Mi padre te dio las armas, 
mi madre te dio el caballo, 
yo te calcé las espuelas 
porque fueses más honrado; 
que pensé casar contigo, 
no lo quiso mi pecado. 
Casaste con Jimena Gómez, 
hija del conde Lozano: 
con ella hubiste dineros, 
conmigo hubieras Estado. 
Bien casaste tú, Rodrigo, 
muy mejor fueras casado; 
dejaste hija de Rey 
por tomar de su vasallo (1). 



Desesperada D. a Urraca, dice en un acceso de cólera que hará matar 
a D. Sancho en público o de secreto. Aconséjala Arias Gonzalo que reúna 
a los zamoranos en la iglesia para exponerles la situación, y todos le ofrecen 
defenderla con su persona y sus bienes; pero el cerco es peligroso, los 
sitiadores, muchos; y Zamora, a pesar de su fortaleza, está ya reducida a la 
última extremidad. Vuelve a reunir la Infanta a los zamoranos, y les dice 
que han hecho ya bastante, que entreguen la ciudad al Rey en término de 
nueve días, y que ella se irá con D. Alfonso a Toledo. Los hidalgos de 
Zamora se muestran desolados; muchos gritan que acompañarán a la señora 
adonde quiera que vaya, y en este momento surge Bellido Dolfos, prome- 



(1) En el cantar de gesta, las quejas de D.* Urraca son dentro de Zamora, con ocasión de la embajada 
del Cid. En el romance, D.* Urraca se dirige al Cid desde una ventana que da al campo de los sitiadores: 

Asomóse D.* Urraca, 
asomóse a una ventana; 
de allá de una torre mocha 
estas palabras hablaba. 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

tiendo librar a D. a Urraca y a la ciudad de su enemigo. Según el Silense — es 
decir, según la única historia que poseemos del suceso, — Bellido fué un 
valeroso caballero que salió de la ciudad cabalgando, y lanzándose rápida- 
mente al campo sitiador hirió al Rey en noble lid; pero el Cantar le con- 
vierte en un traidor que se finge pasado a la hueste sitiadora, se gana la 
confianza de D. Sancho prometiendo entregarle a Zamora, y le mata con 
horrible alevosía. Menéndez Pidal ve en esta trasformación el natural efecto 
de ser castellano el autor que compuso el Cantar, y así es probable que 
fuese; pero es indudable también que con hacer de Bellido un traidor 
abominable, ganó el poema en dramatismo y en poesía. Todo es luz en la 
leyenda poética: si nobles y valerosos son los zamoranos que defienden a 
la Infanta, valerosos y nobles son los que por lealtad siguen a D. Sancho, 
aun desaprobando la política que le induce a desposeer a su hermana; si 
en el campo del Rey se yergue la figura del Cid, en la ciudad sitiada brilla 
la de Arias Gonzalo, quizás la más noblemente grande de toda nuestra 
epopeya: para que se destaque su soberana grandeza moral, no ha menes- 
ter Arias Gonzalo del marco de la época, o sea de consideraciones de lugar 
y tiempo, sino que en todos los lugares y en todos los tiempos, donde 
quiera que haya hombres que rindan tributo al valor, a la lealtad, a la pru- 
dencia y al espíritu de sacrificio en aras del deber, a los que son valientes 
sin jactancia, leales sin servilismo, heroicos y sublimes a la pata la llana, 
será Arias Gonzalo un tipo ideal. Todos los personajes del drama, son no- 
bles y simpáticos; el mismo rey D. Sancho, lo es; pues si desposee a sus 
hermanos y no cumple el testamento de su padre no es por ambición, 
sino — ya lo advierte el Cantar — porque España no debe tener más que 
un rey, como sucedía en tiempo de los godos, es decir, por una elevada 
consideración de unidad nacional digna de un corazón real. Tanta hermo- 
sura exigía para el debido contraste, sin el cual no hay obra verdaderamente 
artística, la sombra de una maldad tan grande en su linea como la bondad 
de los otros personajes. 

Tal fué el papel, odioso, pero indispensable, que el poeta, faltando a 
la verdad histórica, probablemente con la mira consciente de agradar a su 
público, o dejándose llevar de sus preocupaciones regionales o monárqui- 
cas, pero impulsado en realidad por el instinto artístico, asignó a Bellido 
Dolfos. Por Bellido, el cantar se hace drama. 



¡Rey Don Sancho, rey Don Sancho, 
no digas que no te aviso, 
que del cerco de Zamora 
un traidor había salido! 



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III. -NUESTROS CANTARES DE GESTA 

Vellido Dolfos se llama, 
hijo de Dolfos Vellido, 
a quien él mismo matara 
y después echó en el rio. 
Si te engaña, rey Don Sancho, 
no digas que te lo digo. 

Así, según el Romancero, eco del viejo Cantar, el mismo Arias Gon- 
zalo advirtió al Rey la traición de Bellido. El Rey muere, aceptando cris- 
tianamente su suerte como expiación de no haber cumplido el testamento 
paterno. Bellido es encadenado en Zamora; pero los castellanos se dispo- 
nen a castigar a los zamoranos por haberle dado asilo. De aqui vienen los 
magníficos episodios del desafio a la ciudad, del duelo judiciario en que 
perecen los hijos de Arias Gonzalo, y que al fin queda indeciso, y del jura- 
mento en Santa Gadea, exigido a Don Alfonso por la Nobleza castellana 
para reconocerle por rey; hecho histórico que el Cantar trasforma, pues, al 
decir de los cronistas, fué prestado, conforme al Derecho germánico, ante 
doce caballeros, y no, como en el Cantar, sólo ante el Cid. 

Quien ideó y desarrolló todo este argumento era, seguramente, un 
gran poeta. 



SALCEDO, — Literatura Española, — Tomo i. "^ M ^ ^ T ¿> 

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LA LITERATURA ESPAÑOLA EN LA 
EDAD MEDIA * IV. ~ EL CID CAMPEADOR (1) 



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importancia del Cid en la épica castellana. Canta- 
res del Cid. — De ningún personaje o héroe castellano se 
ha cantado más que del Cid Campeador. Du-Méril encontró en 
~^~ la Biblioteca Nacional de París un fragmento de poema lati- 
no (129 versos) en loor de Rodrigo, escrito por un hombre versado en los an- 
tiguos clásicos, que usaba la estrofa sáfico-adónica, pero rimaba y procura- 
ba remedar las formas propias de los juglares; v. gr., la invitación al 
pueblo para oir su canto, ¡como si el pueblo — dice Menéndez Pelayo — 
pudiera entenderle y él fuera un verdadero y legítimo juglar! Lo más no- 
table es la estrofa en que el poeta se dirige a los que habían vivido con- 
fiados en el amparo y esfuerzo del Cid; es decir, a los contemporáneos del 
héroe: 

Eia! . . . laetando, populi catervae, 
Campidoctoris hoc carmen audite; 
Magis qui eius freti estis ope, 
Cuncti venite. . . 



(1) 30. Importancia del Cid en la épica castellana. Cantares del Cid. — 31. El Poe- 
ma o Gesta de Mió Cid. — 32. Argumento del primer cantar. El engaño a los judíos. 
Quién fué el autor de este cantar. Juicio crítico. — 33. Argumento del segundo can- 
tar. — 34. Argumento del tercer cantar. — 35. Juicio critico del Poema del Cid. — 
36. Del idealismo y del realismo en el poema del Cid y en toda nuestra Literatu- 
ra. — 37. Las mocedades del Cid y la expedición a Francia. Carácter de estos canta- 
res, y leyendas que añaden a la del Cid: la visión de San Lázaro; el caballo Babie- 
ca. — 38. Doña Jimena y el casamiento del Cid según el cantar prosificado de la 
Crónica de 1344. — 39. El mismo argumento en la Crónica rimada. Degeneración de 
la leyenda en este último cantar. 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Lo que prueba la antigüedad de la composición. Redúcese su contenido 
a una brevísima narración de las proezas del Campeador — así le llama 
siempre — en el reinado de Sancho III, de su destierro en el de Alfonso VI, 
de su victoria sobre el conde García Ordóñez, del cerco del castillo de 
Almansa y de los preparativos para combatir al Conde de Barcelona y al 
rey Alfagib de Lérida, con cuyo motivo se hace una prolija descripción del 
caballo y armadura del Cid, de quien dice el autor que "sus hazañas no 

cabrían en cien libros, aunque el mismo Home- 
- ro los escribiese" (1). 

El poema latino del sitio de Almería, unido 
a la Crónica de Alfonso VII, da por sentado que 
ya corrían cantares sobre el Cid: 

Ipse Rodericus, mió Cid semper vocatus, 
De quo cantatur, quod ab hostilus haud superatus, 
Qui domuit Mauros, comités quoque domuit nostros. . . 
Morte Roderici Valencia plangit amici, 
Nec valuit Christi famulus eam plus retiñere, 



A la historia, y no a la poesía, pertenece la 

Alfonso vi de castilla y de uón Q esta fí u derici Campidocfí, descubierta en San 

leLTM¿ d d1^ Isidoro de León y publicada en 1792 por el Pa- 

Avila, que representa a este rey. ^ R ¡ SC() (2) cuya autentiddad negó MasdCU, 

hoy imposible de poner en duda después de 
los trabajos de Dozy, y sobre todo después de haber reaparecido el ex- 
traviado manuscrito que actualmente se guarda en la Academia de la His- 
toria. La paleografía demuestra que es documento escrito en el siglo xii, 
hacia 1170 según Dozy, y el hecho de que prescinda de ficciones poéticas 
no es, ciertamente, indicio de que no se hubiese ya formado la leyenda, 
ni de que no se cantara por los juglares. El autor de la Gesta Ruderíci 
es un historiador serio, y lo que dice de la necesidad de fijar por la escri- 
tura los hechos del héroe para que el trascurso del tiempo no lo haga 
olvidar, debe ser interpretado, a nuestro juicio, en el sentido de temer aquel 



(1) Se publicó este fragmento en Poesies populaires latines du M oyen- Age, 1847 (páginas 248 a 314). El 
manuscrito, letra del siglo XIII, procedía del Monasterio de Ripoll; por esta procedencia, por usar la voz Hís- 
panla, que en aquella época solía emplearse en Cataluña para expresar la tierra que todavía ocupaban los 
musulmanes, y por decir del Conde de Barcelona que le rendían parias los Afadianitas, creyó Milá y 
Fontanals que el poema fué escrito en Cataluña, cosa que Du-Méril sospechó también por mencionarse 
en la composición el Alfagil ¡lerdee. Menéndez Pelayo combate esta opinión en Trat. de Romances viejbs 
(tomo I, pág. 310). 

(2) La Castilla y el más famoso castellano, por el P. maestro T. Manuel Risco, del Orden de San 
Agustín - Madrid - 1792. 



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IV.- EL CID CAMPEADOR 

buen clérigo que la leyenda que iban elaborando los juglares, que proba- 
blemente ya tendrían elaborada, a lo menos en gran parte, acabara con la 
verdadera historia del Cid si no se acudía pronto a escribirla. Y sucedió lo 
que acontece siempre: que los juglares, periodistas de aquel tiempo, si- 
guieron cantando del Cid e inventando de él lo que les parecía, y el pue- 
blo continuó creyendo en la historia poética que fragmentariamente se le 
daba por calles y plazuelas, y a los de más elevada alcurnia en los salones 
de sus palacios y castillos, mientras que la verdadera historia, escrita con el 
honrado propósito de restablecer la verdad o poner las cosas en su punto, 
quedó archivada en San Isidoro de León, hasta que el Padre Risco tuvo la 
fortuna de tropezar con ella, más de seiscientos años después de haberse 
compuesto. 

Anterior al poema y a las crónicas latinas es él pasaje referente al Cid, 
incluido en el Tesoro, libro árabe de 1109, escrito por el retórico Aben- 
Bassan, y que tradujo Dozy, sirviéndole de fundamento documental para 
su concepción del Campeador. Nada nos importa aquí el punto de crítica 
histórica; desde el literario o poético, baste decir que se trata de un pasaje 
en prosa rimada, donde a vueltas de llamar al Cid perro gallego e injuriarle 
de mil modos y ponderar sus crueldades, refléjase la expresión de espanto 
que produjo el guerrero en sus enemigos. He aquí, según la traducción de 
Dozy, el párrafo dedicado a la toma, o para Aben-Bassan pérdida de Va- 
lencia: a Se agarró a esta ciudad — dice — como el acreedor a su deudor; 
"gustó de ella como el amante del lugar en que paladeó sus amores. Ame- 
nazándola desde las próximas colinas, le causó todo el mal imaginable; 
"mató a sus defensores, y la dejó hambrienta. [Cuántos recintos misteriosos, 
"en que ni el deseo atrevíase a penetrar, más bellos que la Luna y que el 
"Sol, fueron profanados por este tirano! (Cuántas mujeres encantadoras, en 
"la plenitud de su juventud, de rostro blanco como la leche y de labios ro- 
"jos como el coral, tuvieron sus desposorios con las puntas de las lanzas de 
"sus mercenarios, o fueron holladas por sus pies como las hojas secas que 
"arrebata el otoño." 

A elegía sabe el trozo; pero aún poseemos otra, más circunstanciada y 
completa, incluida en el relato árabe de la pérdida de Valencia, del que 
apunta la Crónica: et dixo Abenfax en su arábigo, onde esta materia fué 
sacada, que, a punto ya de rendirse Valencia a las gentes del Cid, "dicen 
"que subió un moro en la más alta torre del muro de la villa — este moro 
'era muy sabio, et mucho entendido — et fizo unas razones en arábigo que 
"dicen assi". . . Las razones son la elegía: „iValencia! [Valencia! [Vinieron 
"sobre ti muchos quebrantos, y estás en hora de morir!. . ." El poeta va 
enumerando todos los lugares comunes de este género de composiciones; 



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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

recuerda condolido que Valencia era nobleza, alegría y solaz, en que m todos 
los moros folgaban, et avien placer"; atribuye la caída de la ciudad a sus 
pecados y soberbia; habla del fuerte muro, de las altas y hermosas torres, 
de las blanquísimas almenas que relumbraban a los rayos del Sol, del río 
Guadalaviar, de las acequias, de las huertas, de los prados cubiertos de 
flores, del puerto de mar, etc. La Valencia de que se apoderó el Cid era, 
por lo visto, y dentro de las condiciones de cada tiempo, tan importante y 
tan hermosa como la actual. 

Viniendo ya a los cantares de gesta propiamente dichos, conviene re- 
cordar que todos los referentes a Fernando I y a Sancho III son también del 
Cid Campeador, pues, según se ha dicho, conceden a este personaje el prin- 
cipal papel; y aun repetir que, a nuestro juicio, el trozo lírico en alabanza de 
Fernando el Magno incluido en la "Crónica Rimada* corresponde a un poe- 
ma o cantar compuesto en loor de aquel rey, que no es el de la Partición de 
hs reinos ni el de la Expedición a Francia, tal como lo conocemos en la ci- 
tada Crónica y en la General de 1344, pues no se armoniza el tono eleva- 
do y entusiástico con que es enaltecido D. Fernando en ese himno con el 
mal papel que representa en el Cantar del Cid. 

Además de estos cantares tenemos: 1.° El titulado Poema del Cid por 
antonomasia, o sea el descubierto y publicado por Sánchez, que desde 
el verso 1094 está prosificado en la Crónica de veinte reyes. 

2.° Otro, aproximadamente de la misma extensión, prosificado en la 
Estoria d'Espanna. Creíase que esta prosificación correspondía también al 
anterior, pero cotejando los textos con paciencia de benedictino, D. Ramón 
Menéndez Pidal ha puesto en claro que hasta el verso 1251 el cantar del 
Códice de Per Abbat difiere poco del incluido en la primera 'Crónica gene- 
ral", mas de allí en adelante son muy distintos. El de la Crónica es poste- 
rior al del códice, y lo corrige en puntos sustanciales; v. g., el episodio del 
engaño a los judíos termina pagando el Cid lo que le habían prestado y 
pidiendo perdón a los engañados. 

3.° El cantar de las Mocedades del Cid, prosificado en la "Crónica ge- 
neral" de 1344. 

Y 4.° El cantar de las mismas Mocedades, incluido en la Crónica rimada. 

31. El Poema o Gesta de mío Cid. — El Poema del Cid, o, 
mejor dicho, la Gesta de mío Cid, es una composición de 3/755 versos, poco 
menos que la Canción de Rolando, que tiene 4.007. Sin embargo, nuestra 
gesta está incompleta: faltan hojas al principio y hacia la mitad del códice. 
Se ha discutido y fantaseado sobre lo que falta del comienzo, suponiendo 
unos que sólo es un corto preludio, y otros, que todo el códice de Per Abbat 

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IV.- EL CID CAMPEADOR 

es el final de una vastísima epopeya. Menéndez Pidal reconstituye lo que 
falta al principio del Poema en esta forma: el Cid es el personaje más hon- 
rado en la corte de Alfonso VI, y el Rey le envía a cobrar el tributo de los 
reyes moros de Andalucía; a su regreso, los envidiosos persuaden a D. Al- 
fonso de que el Cid se ha quedado con dinero, y esta es la causa del des- 
tierro. Nada más prosaico, y nada tampoco más propio de nuestro carácter 
receloso de todos, y más de los que manejan fondos públicos. 

Divídese la Gesta en tres partes, que probablemente fueron tres canta- 
res distintos; asi lo indica el verso 2.287. 

Las coplas de este Cantar aquí s'van acabando 

y aun el estilo, con ser tan impersonal el de los juglares, parece confirmarlo, 
pues las dos primeras partes, especialmente la primera, son sintéticas, hasta 
la sequedad en la narración, y, en cambio, el autor de la última cuenta pro- 
lijamente el episodio de los Infantes de Carrión. 

32. Argumento del primer cantar. El engaño a los ju- 
díos. Quién fué el autor de este cantar. Juicio crítico. — 
El primer canto, tal como lo poseemos en el códice, empieza describiendo 
a Mío Cid en el momento de salir desterrado de Vivar con sesenta adalides 
que le siguen. Vuelve tristemente la mirada a su castillo abandonado: 

De los sos oíos tan fuerte mientre lorando 
Tornaua la cabera e estábalos catando. 
Vio puertas abiertas e ugos sin carinados, 
Alcándaras uacias sin pieles e sin mantos... etc. 



Como el Rey ha conminado con severísimas penas a todo el que acoja 
o preste al proscrito el menor auxilio, hasta una niña de nueve años se nie- 
ga en Burgos a abrir la puerta de su casa al Campeador: 

El Rey lo ha uedado, anoch del entró su carta, 



Non vos osariemos abrir nin coger por nada; 
Si non, perderiemos los aueres e las casas. 



No menos triste es la despedida de doña Jimena y sus hijas, que deja el 
desterrado en San Pedro de Cárdena. "Difícil es imaginar— escribe Fitzmau- 
rice-Kelly — un comienzo de poema más lleno de vida que el que debemos 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

a la casualidad; el Cid se nos aparece en un momento critico, víctima de la 
injusticia, arrojado de su hogar por un rey ingrato de quien era subdito 
leal/ 

La superstición de los agüeros no podía faltar en el patético cuadro del 
destierro: al salir de Vivar la pequeña hueste, un grajo volaba a mano de- 
recha; al entrar en Burgos vieron otro grajo hacia su izquierda. El Cid se 
yergue, y dice a Alvar Fáñez Minaya: 

¡Albricia, Albarfáfiez, ca echados somos de (la) tierra! 

Lo peor del caso es que no tenían un cuarto. D. Quijote se lanzó a la 
vida aventurera y caballeresca sin dineros; pero D. Quijote estaba loco, y 
aun así, cuando el ventero le advirtió que era necesario ese elemento, hubo 
de comprenderlo en seguida, y volvió a su casa a proveerse de fondos. El 
Cid, que era la cordura misma y había de mantener a sus sesenta adalides, 
busca dinero prestado. ¿Donde? En aquel tiempo únicamente los judíos 
prestaban, y acude a dos de ellos; pero los judíos no daban dinero sin cre- 
cido interés y sin suficiente garantía hipotecaria o pignoraticia; respecto de 
lo último, el Cid los engaña ofreciéndoles dos cofres que, según les dijo, 
estaban llenos de plata y oro, y que en realidad sólo contenían arena y pie- 
dras. A la salida de Burgos, y no lejos de la ciudad, hace alto la hueste, y 
esperan a los prestamistas, que llegan, y se consuma el contrato. El poema 
ya no vuelve a mencionar a estos judios ni su préstamo; pero el Cantar, 
más moderno, prosificado en la Estoria d'Espanna, nos cuenta que una 
vez pasado el apuro que hizo cometer a Rodrigo una acción tan poco ca- 
balleresca, se apresuró a devolver la suma, y en el Romancero se le hace 
decir: 

No habéis fiado 
vuestro dinero por prendas, 
mas sólo del Cid honrado, 
que dentro de aquestos cofres 
os dejó depositado 
el oro de su verdad, 
que es tesoro no preciado. 



Realmente, no fué tan grande el pecado del Cid como suponen algu- 
nos críticos demasiado influidos por la escuela positivista, empeñada en ha- 
cer ver que en una época se toma por bueno lo que en la siguiente pasa a 
ser malo; es decir, la relatividad evolucionista de la moral. Rodrigo no en- 
gañó a los judíos en la sustancia del contrato, que era de préstamo, sino en 

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IV.- EL CID CAMPEADOR 

lo accesorio de la garantía pignoraticia: con prenda o sin ella, él quedaba 
obligado con sus acreedores. Otra cosa fuera si les hubiese vendido aque- 
llas cajas: entonces si habría habido timo; y siendo él un personaje tan 
principal, al que seguían sesenta guerreros, y que iba a la guerra de moros, 
tenia probabilidad moral de pagar a sus acreedores, que es lo que hay que 
exigir en el terreno de la Ética al que pide prestado, para no calificarle de 
estafador. Por otra parte, hay que fijarse dónde y cómo se consumó el con- 
trato: fué en un despoblado, donde estaban solos los judíos prestamistas con 



Cofre del Cid, existente en Santa Gadea 

(Se supone que es uno de ios dos que entregó el héroe castellano 
a los judíos de Burgos, Raquel y Vías.) 



el Cid y sus sesenta mesnaderos; allí Rodrigo era el amo, y pudo quedarse 
con los dineros, diciendo a Raquel y Vias: a |Ea; vuélvanse ustedes a Burgos, 
que ya les pagaré en cuanto pueda!" ¿Qué hubiesen podido replicar los po- 
bres hombres? La lectura del lance nos da la impresión de que los judíos 
sabían perfectamente que en las cajas no había nada de valor, y que la única 
garantía de aquel préstamo estaba en la calidad de la persona del Cid: eran 
demasiado listos y recelosos para irse candidamente los judíos ricos de 
aquel tiempo al campo a entregar su dinero a una cuadrilla de hombres ar- 
mados que podían quitárselo por la violencia, y para no ver y examinar el 
contenido de las cajas: todo debió de ser valor convenido, como lo son hoy 
las garantías imaginarias que piden los prestamistas, judíos o cristianos, para 
dejar más comprometidos a sus deudores. 

Sea lo quiera, con este episodio el ignorado poeta de la Gesta da tal 

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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 



(Fot. VadiUo.) 
Monasterio de San Pedro de Cárdena (Burgos) 

(Puerta principal.) 



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IV.-EL CID CAMPEADOR 

sabor de realidad de vida a su héroe y a su narración, que hace de ésta una 
historia escrita, no por un apologista, sino por un compañero o confidente 
del personaje biografiado, que cuenta lo bueno y lo malo, todo lo que sabe, 
cuanto sucedió. Y lo mismo es en todo el Poema. Provisto ya de fondos, el 
Cid monta a caballo, y seguido de sus campeones, continúa la marcha cuan- 
do ya entraba la noche; pero no sin volver antes los ojos a la catedral de 
Burgos, consagrada a la Virgen María, y hacer la más fervorosa oración: da 
gracias a Dios, que gobierna el Cielo y la Tierra, y le dice que, perseguido 
por la ira del Rey, tiene que salir de Castilla, sin saber si volverá a esta su 
tierra tan querida; pide a la gloriosa Santa María que le proteja en su destie- 
rro, y le promete, si logra esta protección, enviar ricos dones para su altar y 
mandar decir en él mil misas. Concluida la plegaria meten espuelas, y llegan 
al Monasterio de San Pedro de Cárdena cuando cantan los gallos y está para 
romper el alba. A la tenue claridad, el Abad rezaba maitines, y Jimena oraba 
por el desterrado; pero al saberse que era el Cid quien llegaba, corren los 
monjes al hostial con cirios encendidos y echan las campanas a vuelo, 
mientras que acuden a recibir al marido y padre Jimena y sus hijas — las 
niñas, dice el Poema, — y Rodrigo, abrazándolas, pide a Dios y a Santa Ma- 
ría que pueda él casarlas. Como los heraldos reales han anunciado por to- 
dos los lugares de la comarca el destierro del Cid Campeador, ciento quince 
caballeros acuden a Cárdena para ponerse a las órdenes del desterrado y 
compartir su fortuna. El caudillo siente zozobra por la suerte futura de su fa- 
milia, a la que ha de dejar en el Monasterio, y de los amigos que tan fieles 
se le muestran en la hora de la adversidad; pero a los que por seguirle han 
abandonado casa y bienes sólo puede asegurarles su profundo deseo de 
recompensar tantos sacrificios antes de morir, dándoles siquiera el doble 
de lo que pierden por él. Hay que partir: el Rey no ha concedido a Rodrigo 
más que nueve días para que salga de Castilla, y el angustioso plazo está 
para expirar. El cantar repite varias veces que el plazo acaba y que es pre- 
ciso marchar, con lo cual aumenta extraordinariamente la sensación de an- 
gustia que producen estas escenas. No pasa en Cárdena más que una no- 
che, y a la mañana siguiente todos oran y oyen misa, se despiden, y el 
alma grande del Cid experimenta tal desfallecimiento de ternura y de pena, 
que Albar Fáñez tiene que animarle: 

La oración fecha, la misa acabada la han, 
Salieron de la iglesia, ya quieren cabalgar, 
El Cid a doña Jimena íbala abrazar, 
Doña Jimena al Cid la mano'I va besar, 
Lorando de los oios que non sabe que se far. 
E a las niñas tornó las acatar: 

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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

* A Dios vos acomiendo, fijas et a la mujier et al padre spirital. 

Agora nos partimos. Dios sabe el aiuntar". 

Lorando de los oios, que non viestes atal, 

Asís parten unos dotros commo la uña de la carne. 

Mió Cid con los sos vasallos pensó de cavalgar, 

A todos esperando, la cabeza tornando vá. 

A tan grand sabor fabló Minaya Albar-fánez: 

"Cid, do son vuestros esfuerzos? En buen hora nasquiestes des madre, 

Aun todos estos duelos en gozo se tornarán, 

Dios que nos dio las almas, conseio nos dará." 



Para ganar su pan, porque haber mengua del es mala cosa, emprenden 
Rodrigo y sus mesnaderos la guerra contra los moros, siendo teatro de sus 
correrías la comarca de Medinaceli. Da el poeta gran importancia a esta 
campaña — que dentro del cuadro general de las del Cid debió de tener 
muy poca, — pues dedica 450 versos a la toma de dos lugares de esta re- 
gión, mientras que en la segunda parte o segundo cantar se despacha con 
50 la conquista de Valencia. La exactitud de los detalles geográficos revela 
a un hombre conocedor palmo a palmo del terreno que se descubre desde 
Medinaceli. Es también de observar que habla con conocimiento de los os- 
curos personajes que allí figuraron (v. gr., el moro Abengalhon, descono- 
cido en la Historia y que vivía en Molina, a una jornada de Medinaceli). Y 
todos estos datos inducen a creer que el autor del poema, o por lo menos 
de su primera parte, fué un vecino de Medinaceli que allí recogió la tradi- 
ción oral próxima de las proezas del héroe, pues entre la muerte del Cid y 
la composición de su gesta sólo debieron de trascurrir unos cuarenta años; 
quizás el poeta tenia entre los lejanos recuerdos de su primera infancia el 
del paso de Rodrigo por su lugar. 

Lo cierto es que no cabe más verosimilitud, más verdad histórica, que 
la infundida por el poeta en su canto: nada extraordinario, nada maravilloso, 
nada que se salga del cauce natural por donde corren las cosas en el mun- 
do. Antes de emprender la campaña, y cuando el Cid se sentía más abatido, 
tiene un sueño en que el arcángel San Gabriel le anima a no desfallecer: 
al despertar, Rodrigo se santigua, y no hay en todo el poema otro episodio 
de orden sobrenatural. Como la aparición es en un ensueño de hombre 
profundamente creyente, hasta el incrédulo puede aceptarla, dándole una 
explicación psicológica, y no ontológica. La guerra a que se lanza no es 
una guerra grande, que pudiera parecer desproporcionada con sus exiguas 
fuerzas: como tantos guerrilleros que han sido en nuestra Península, el Cid 
sólo acomete empresas pequeñas, y así va progresivamente aumentando su 
hueste y atreviéndose a mayores cosas. Es la historia de Viriato, de Mina, 

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IV- EL CID CAMPEADOR 

de Cabrera. En la primera ocasión en que coge a los enemigos abundante 
botín, el desterrado se acuerda de su rey, y le manda un magnifico presen- 
te: treinta caballos con sus sillas y frenos, y en cada uno una espada sus- 
pendida del arzón. Alfonso VI se congratula de la fidelidad y cariño de su 
perseguido subdito, y aunque no le indulta, porque la cólera de un rey no 
debe pasar tan pronto, consiente a sus vasallos alistarse en la hueste del 
Campeador. Acaba este primer canto cuando, después de haber obligado 
al rey de Zaragoza a pagarle tributo, vence el Cid y hace prisionero al Conde 
de Barcelona. 

33. Argumento del segundo cantar. — En el segundo canto o 
parte, el Cid, ya jefe de un ejército considerable, se apodera de Valencia, y 
manda al Rey cien caballos, pidiéndole la gracia de que Jimena y sus hijas 
vayan a la conquistada ciudad. Minaya es el encargado por Rodrigo de con- 
ducir a su familia desde Cárdena a la encantadora tierra que ha ganado, y 
el terrible guerrero cumple esta misión con mimosa cortesanía: 

Minaya a doña Jimena e a sus fijas que ha, 
E a las otras dueñas que las sirven delant, 
El bueno de Minaya pensólas de adobar, 
De los mejores guarvimientos que en Burgos pudo fallar, 
Palafrés e muías que non parescan mal. 

El viaje fué triunfal a través de Castilla, y soberbia la entrada en Valen- 
cia, adonde salieron a recibir a la mujer y a las hijas del Campeador el 
Obispo con todo el clero en procesión, y el Cid, estrenando en tan memora- 
ble día el caballo Babieca, ganado a los moros, y que había de disfrutar la 
inmortalidad histórica negada por la suerte a tantos héroes racionales. iQué 
contraste entre esta gloriosa entrada y la tristísima despedida de Cárdena! 
Pero allí no se hablaba ni se pensaba en la gloria entendida al modo griego 
y romano, pues aquellos fuertes varones eran harto más sencillos y caseros 
que los biografiados por Plutarco. El Cid dice a su mujer e hijas: 

Vos querida et honrada mugier, et amas mis fijas, 
Mi corazón y mi alma, 
Esttrad conmigo en Valencia. 
En esta heredad que vos yo he ganada. 

Las lleva al más alto logar del Alcázar para que vean toda la ciudad y 
el paraíso de la huerta que la circunda, y las buenas mujeres, 

Alzan las manos para Dios rogar, 
Desta ganancia como es buena et grand. 

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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

El rey de Marruecos viene con 50.000 hombres a reconquistar Valen- 
cia para el Islam, y el Cid se alegra, porque así le verán combatir su mujer y 
sus hijas; verán por sus propios ojos cómo se gana el pan. Desde la ciuda- 
dela les muestra el numeroso ejército moro, y ellas se asustan al oir el es- 
truendo de los tambores, instrumento músico militar no usado en Castilla; 
pero el Cid no sólo las tranquiliza, sino que, mesándose su laiga barba — 
cosa que hacía con suma frecuencia, — promete la victoria, y les dice que 
en aquel campamento está la canastilla de boda que tiene que conquistar 
para sus dos queridas doncellas. La batalla es dura, y la victoria com- 
pleta. El vencedor de regreso hace a su caballo arrodillarse delante de doña 
Jimena. " Pedid a Dios, le dice, que yo viva todavía algunos años para vos, 
y creceréis en honor, y se os besará la mano"; es decir, seréis reina. El Cid 
ha llegado a la cumbre; dispone de ciudades, de extensos y feraces territo- 
rios, de numerosa hueste, de pingües riquezas: puede casar a sus hijas como 
quiera. Pero por aquí ha de venirle la desgracia, inseparable sombra de la hu- 
mana fortuna. Como tributo debido por su victoria sobre los marroquíes, en- 
vió al Rey 200 caballos y la lujosa tienda del sultán de Marruecos, presente 
que excita la admiración de los castellanos y la codicia de los Infantes de 
Camón, dos hermanos de la más rancia y alta nobleza, pero arruinados; 
unos egoistas que almuerzan antes que fagan oración, y que desprecian al 
Cid por no ser de linaje tan noble como ellos. Los Infantes piden al Rey que 
los case con las hijas del Cid, y Alfonso VI toma sobre sí esta tarea. Para el 
ajuste de las bodas celebra con Rodrigo una entrevista que el cantar refiere 
con lujo de pormenores; al encontrarse con el Monarca, a quien no ha visto 
en tantos años, el Campeador se prosterna en tierra hasta morder las yerbas 
del campo, y no consiente levantarse hasta que D. Alfonso ha pronunciado 
la fórmula solemne del perdón. Trátase después de las proyectadas bodas, 
y el Cid defiere en el Monarca la prestación del consentimiento. Celébranse 
los matrimonios con inusitada pompa, y el juglar termina su canto haciendo 
votos por la felicidad de los cónyuges y encomendando a Dios a su audito- 
rio. Vendrían por último un solo de viella y la colecta, también indicada en 
el texto del poema: 

Dat nos de vino, si non tenedes dinero, echad 
Alá unos pennos. . . 

34. Argumento del tercer cantar.* — El tercer canto empieza 
con la batalla librada, dos años después de los sucesos referidos en el ante- 
rior, entre las gentes del Cid y el ejército moro del rey Búcar. Los Infantes 
de Carrión se portan en el lance como unos cobardes; pero para no atribu- 



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, IV.- EL CID CAMPEADOR 

lar a su anciano y venerado caudillo, los guerreros le ocultan esa des- 
honra, y hasta le cuentan que mostraron extraordinario valor. Alvar Fáñez 
dice al Cid: 

E vuestos yernos aquí son ensayados, 
Fartos de lidiar con moros en el campo. 

El poeta nos presenta al Cid después de esta victoria en un momento 
de plenitud: se siente poderoso, rico, feliz. Y, jay!, entonces es cuando va 
despiadadamente a herirle la adversidad. Si la piadosa amistad de Minaya 
y los otros capitanes ha podido engañar al suegro sobre el valor de sus 
yernos, no asi al pueblo de Valencia, esto es, a los soldados de la heroica 
mesnada, y todos murmuran de aquellos infantes tan poco dignos de la 
familia en que se han metido. Por estas murmuraciones afrentosas y por los 
peligros constantes de nuevos combates que ofrece, la estancia en Valencia 
acaba por hacerse insoportable a los degenerados nobles, y pretextando 
tener que visitar sus tierras de Carrión, los Infantes piden permiso al Cid 
para retirarse y marchar. Humillados los Infantes en su orgullo, ha arraigado 
en su perversa alma un odio tanto más intenso cuanto menos justificado a 
las gentes del Cid, al mismo Cid y a sus propias mujeres. Lleno el espíritu 
de amargos presentimientos, el Campeador despide a sus bijas y yernos, 
colmándolos de regalos: caballos, palafrenes, muías, cargas de oro, plata y 
ricas telas, todo valuado en 3.000 marcos, y, además, dos de sus mejores 
espadas: la Colada, con que venció al Conde de Barcelona, y la Tizón, con 
que acaba de vencer al rey de Marruecos. Al llegar los viajeros al robledal 
de Corpes, los bellacos maridos realizan la felonia que habían preparado 
para vengarse de los beneficios recibidos del Cid. En lo más espeso de la 
arboleda desnudan completamente a sus mujeres, y con correas y sus es- 
puelas las maltratan de una manera espantosa, dejándolas en el bosque 
cubiertas de sangre y desmayadas, para que las fieras acaben con ellas. 

El juglar se detiene un momento en su narración para expresar lírica- 
mente su deseo de que allí se hallara el mismo Cid y castigara por su pro- 
pia mano tan horrible afrenta. Quien acude es el sobrino del héroe, Félez 
Muñoz, que al encontrar en aquel estado a sus primas siente partírsele las 
telas de dentro del corazón, las cubre con su capa, las coloca sobre su 
caballo, y asi las conduce al pueblo más cercano. Cuando el Cid sabe el 
caso, jura por su barba alcanzar la debida reparación, y despacha un men- 
sajero al Rey pidiéndosela, ya que él fué autor de aquellas bodas desgra- 
ciadas. Don Alfonso convoca su corte en Toledo: acuden los condes y los 
grandes del reino, y con ellos los Infantes, seguidos de numeroso cortejo; 
también el Cid con cien caballeros. Los caballeros del Cid llevan puestas 

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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 



(Fot. Lacoste.) 
El juramento de Santa Gadea 

(Cuadro de S. Rincón.) 

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I 

i 



IV.- EL CID CAMPEADOR 

sus lorigas bajo las ricas hopalandas de corte, y el Campeador, recogida 
su barba y sujeta con un cordón para evitar que nadie caiga en la tentación 
de tirarle de ella, cosa tenida por afrentosísima. El cuadro de las Cortes es 
grandioso y solemnemente dramático. Después que el Rey ha impuesto 
con energía el silencio a todos, se levanta el Cid, y pide a los Infantes la 
inmediata devolución de sus espadas Colada y Tizón; los Infantes se alla- 
nan a la demanda. Levántase otra vez Rodrigo, y pide a los Infantes que 
le devuelvan los regalos que les dio: no pueden hacerlo, porque ya los han 
dilapidado; pero se allanan a devolver su valor. Por tercera vez se levanta 
el Cid para declarar que aún le falta por exigir lo más grave, o sea la repa- 
ración por las armas del insulto inferido a sus hijas: los Infantes se resisten 
a esta condición, que, tratándose de las gentes del Cid, era realmente muy 
peligrosa, y eí Rey fija un plazo para el duelo judicial. Estaba para termi- 
nar la asamblea, cuando llegaron mensajeros de los reyes de Navarra y 
Aragón pidiendo la mano de las hijas del Cid. El Cid se da por vengado: 
desata el cordón que sujetaba su barba, y todos los circunstantes se admi- 
ran de verla tan larga y tan hermosa. Vuelve a Valencia, el Rey marcha a 
Carrión a presidir el duelo, en que los Infantes son vencidos y convictos 
de traición, y acaba el canto celebrando las nuevas bodas de las hijas de 
Rodrigo. 

35. Juicio crítico del poema del Cid. — Tal es el famoso Poe- 
ma del Cid, que, aparte de su valor arqueológico como primer monumento 
poético de la lengua castellana y como exacto reflejo de las ideas sociales y 
costumbres de la época de Alfonso VII, en que fué compuesto, es una de las 
obras maestras de la literatura universal. No viene su encanto del arcaísmo 
del fondo y del lenguaje, ni siquiera del heroico ambiente caballeresco en 
que lo concibió su ignorado autor, sino de la verdad y grandeza del argu- 
mento, y de los caracteres, del sentido profundamente humano y castiza- 
mente español de las personas y de los hechos que juegan en él, del arte 
fundamental con que están aquéllas presentadas y éstos narrados. No es 
un poema de nación y época determinadas, sino, como La ¡liada y el Qui- 
jote, de todas las naciones y de todos los tiempos. Nosotros dejaríamos de 
buen grado a los filólogos y a los eruditos hacer sus ediciones críticas 
puntualizando una por una las palabras usadas por el juglar del siglo xii, y 
discutir prolijamente sobre si este vocablo debe escribirse así o del otro 
modo; pero, si estuviera en nuestra mano, haríamos que un buen poeta 
moderno tradujese al romance corriente todos y cada uno de los conceptos 
de la canción medioeval, sin llevar el intento de reproducir la forma arcaica 
sino en la medida con que lo hicieron el Duque de Rivas o Zorrilla en sus 

SALCEDO. - Literatura española. - Tomo I. D¡g¡t¡zed by GoÓg 



SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

dramas leyendarios y en sus romances. [Qué poema tan hermoso poseería- 
mos si alguno de esos dos insignes poetas hubiese traducido asi, fidelísima- 
mente en el fondo, a la moderna en la forma, las tres canciones de Mío Cid! 
Hoy mismo, Marquina, Machado, Cristóbal de Castro o Enrique López Alar- 
cón, y quizás mejor que ninguno Juan Menéndez Pidal, son muy capaces 
de semejante empresa, que había de dar a su autor, no sólo justa fama, sino 
del vino, dinero e paños que pedía el viejo juglar, porque el Poema del 
Cid, modernizado en su factura externa, accesible al vulgo de los lectores, 
sería un libro popular. 

En ningún otro poema se encuentran como en el del Cid tan intima, 
sincera y poéticamente enlazadas las virtudes guerreras con las politicéis, y 
unas y otras con las domésticas. El Cid es un militar, un hombre de armas 
profesional, en quien brillan, no sólo las cualidades del soldado, sino las del 
caudillo. Los que van con él tienen absoluta confianza en sus dotes de 
mando, y, como los soldados de Napoleón I, viéndole en el campo de 
batalla se sienten más valerosos y sacan fuerzas de flaqueza para realizar 
las más estupendas hazañas. En este prestigio del jefe se funda la disciplina 
de la hueste, que en los subordinados es obediencia hija del amor — de un 
amor como filial, — y en el caudillo, la manifestación de una voluntad 
firmísima, efecto a su vez de la confianza que aquel hombre, nacido para 
mandar, tiene en si mismo. En los trances críticos de las batallas, cuando 
todo parece perdido, surge Rodrigo diciendo a los suyos: 

jFerid los caballeros, por amor de caridad, 
yo soy Ruy Díaz, el Cid Campeador de Vivar! 

En este yo soy Ruiz Díaz está el quid divinum de la epopeya, en 
cuanto canto militar. Cuando él decía yo soy Ruy Díaz, el Cid Campeador, 
nadie chistaba, sintiendo todos el estremecimiento de lo sublime, y el 
efecto maravilloso de tales palabras en los combates tenía su eco de entu- 
siasmo cuando el juglar, sacando su voz más grave e imponente y ponién- 
dose en su actitud más gallarda, cantaba este verso. Es seguro que todo el 
corro se conmovía, y que muchas veces el aplauso estruendoso del abiga- 
rrado auditorio ahogó las palabras siguientes del arlequinesco cantor, obli- 
gándole a una pausa en su canción. 

Tiene muy buen cuidado el poeta de hacer resaltar las cualidades 
directivas del Cid; y así, en el canto segundo nos lo presenta preocupadísi- 
mo de las subsistencias de su hueste y desarrollando su campaña de un 
modo metódico, no acometiendo nunca empresas desproporcionadas a su 
fuerza efectiva. El Cid no es un impulsivo ni un atolondrado; busca en la 

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IV.- EL CID CAMPEADOR 

guerra el resultado positivo, y lo prepara con la fría razón, no pasándole 
nunca por las mientes alardear necia o inútilmente de su valor, sino utili- 
zarlo como elemento para conseguir el fin propuesto. Tiene para eso una 
cachaza de castellano viejo que podemos admirar hoy todavía viva, espe- 
cialmente en los campesinos de la región, y que, siendo como su inconfun- 
dible sello de raza, da a su carácter un tono de graciosa gravedad e inge- 
niosa socarronería que produce tan hondo efecto estético en muchos pasajes 
del poema, y sobre todo en el de las Cortes de Toledo, cuando va desple- 
gando su memorial de agravios contra los Infantes de Carrión, sin prisa ni 
arrebato, con calma irónicamente majestuosa, en acosadora gradación de 
peticiones, de menor a mayor, dejando para lo último lo más grave. 

Pero este guerrero sin par, este hombre tan fuerte y tan poderoso en 
el Estado, que tiene de su parte a la opinión, la cual le reconoce unáni- 
memente cualidades superiorísimas a las del Rey; este caudillo a quien 
todas las gentes al verle pasar desterrado dicen: 

¡Oh Dios, que buen vasalo si oviese buen señorl, 

es el más respetuoso con el Poder legítimo de su patria, el más rendido y 
obediente subdito del Monarca. En esto, como en tantas otras cosas, nues- 
tro poema se alza cien codos sobre la epopeya francesa. Nada hay en el 
Cid del poema de aquellos Ogier le Danois, Renaud de Montauban y 
Gérard de Roussillon, que para engrandecerse se revuelven contra sus 
reyes. Todo lo contrario: el Cid, injustamente perseguido por el Monarca, 
no sólo le obedece siempre, sino que siempre le quiere como un buen hijo 
a su padre. Y para que esta cualidad suya resplandezca, el ignorado altísi- 
mo poeta ha empequeñecido y desfigurado a Alfonso VI, que, siendo 
históricamente uno de nuestros insignes y buenos monarcas, harto más 
semejante al Cid del poema que a su propio retrato en él, aparece en la 
poesía como un vulgarísimo soberano, que a cada paso abusa de su poder 
y permanece tranquilo en su corte mientras que su vasallo, injustamente 
desterrado, conquista reinos, y hasta cuando quiere hacer un favor al Cid 
casando a sus hijas con los Infantes de Carrión, le causa la mayor de las 
desgracias. El autor necesitaba de un rey de esta ínfima clase para conven- 
cer a su público de que el Cid, superiorísimo al Monarca en cuanto hombre, 
acataba en él la dignidad, y no la persona, y no vaciló en hacer del glorioso 
conquistador de Toledo un dominguillo coronado, del mismo modo que el 
autor de la Canción del cerco de Zamora hizo de un paladín un traidor. 
Los cantores de gesta no tenían ningún respeto a la Historia, o a lo menos 
a sus personajes y hechos concretos. Pero de aquí resulta en el poema tan 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

elevado sentido político, una noción tan luminosa y educativa de los debe- 
res de ciudadanía, que bien puede perdonarse la licencia. 

Mas el Cid no es sólo un gran militar y un gran ciudadano, sino tam- 
bién el tipo perfecto del hombre de familia. No hay marido ni padre mejor 
que él. La epopeya francesa nos ofrece, aparte de la ya indicada muerte de 
Auba al saber la de su marido en la Chanson de Rolland, un bello cuadro 
de amor conyugal en Garin le Loheraín: Bégue y Blancaflor se quieren, en 
efecto, como dos buenos casados, y es sobremanera patética la escena en 
que Blancaflor se acuesta sobre el inanimado cuerpo de su marido, como 
nuestra doña Sancha sobre el del suyo en la Canción del infante García; 
pero nada de esto, con ser tan hermoso en su línea y orden, tiene que ver 
ni remotamente con los cuadros familiares del Poema del Cid. El poeta de 
Medinaceli sentía tan intensamente la poesía del matrimonio y de la pater- 
nidad como la guerrera, la política, y hasta la judicial (1), e ingirió en su 
Iliada una Odisea más sinceramente casera, harto menos novelesca que la 
helénica. Es menester muchísimo arte — del arte grande y trascendental, 
que nada tiene que ver con el artificio — para llevar juntos y orgánica- 
mente unidos, formando cuerpo inseparable, un poema heroico de batallas 
y conquistas y un apacible poema de dos casados que se quieren, ya en las 
fronteras de la ancianidad, como cuando de mozos se enlazaron, y que se 
miran en sus niñas como en las de sus ojos. Ese guerrero formidable, tan 
terrible en las batallas, ese imponente caudillo de larga barba ante quien 
tiemblan los más osados, ese hombre tan hombre, unido a mujeres tan mu- 
jeres como doña Jimena y sus hijas, que se asustan al oir los tambores del 
ejército moro, mujeres femeninas que no saben más que orar, llorar, sufrir 
en los malos tiempos y disfrutar de los bienes que les gana su marido en 
su honrado oficio de conquistador de ciudades; el permanente contraste de 
la grandeza histórica de las empresas del Cid con el sentido de ganancia 
para su querida et onrada mugier et amas mis fijas, mi corazón e mi alma 
que les da él; la combinación de la más sublime armonía épica y la más 
dulce melodía idílica; todo esto, en suma, que es la profunda originalidad 
del poema, lo realza y eleva sobre todos. 

Hay, sin embargo, quien ha visto en el sentido casero del poema algo 
que rebaja su dignidad, o que sólo puede ser aplaudido atendiendo a la 
época en que se produjo. Hubieran preferido al Cid que en la guerra se 
gana su pan y que ofrece Valencia a su familia como heredad que les ha 
ganado, un Cid que hablara de la gloria, de la inmortalidad de su nombre, 



(1) Tratando de la escena de las Cortes de Toledo, dice Ramón Menéndez Pldal. «... nuestro juglar ha 
"realizado el tour de forcp de dar valor paético a un procedimiento judicial, que es la más prosaica de las 
-realidades- (L'Epopée Castillane. Pag. 110). 



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IV.- EL CID CAMPEADOR 

y de otras garambainas por el estilo. Cada uno es dueño de preferir lo que 
le parezca, y seguramente no hay pecado en gustar más de las figuras de 
David que de las de Velázquez, o en anteponer el Góngora de las Soleda- 
des al de las Letrillas. Pero no ha de ocultarse por eso que el propósito 
del Cid de asegurarse la subsistencia para sí y los suyos con su profesión 
militar no es privativo de los guerreros de la Edad Media, sino de los de 
todos los tiempos. Donde y cuando quiera se haga profesión del ejercicio 
de las armas, los profesionales han de comer de ellas. En nuestros días se 
habla mucho del honor, de la gloria, de la patria; pero ¿se renuncia por eso 
a los sueldos, a las cruces pensionadas, a los retiros, a las viudedades y 
orfandades para las doñas Jimenas e hijas de los héroes de hoy? No son 
incompatibles los ideales expresados por las sonoras palabras que animan 
y enardecen, con los sentimientos que íntimamente mueven el ánimo a las 
más altas empresas. No sólo de pan vive el hombre; pero el pan le es indis- 
pensable para vivir. Lo mismo en la Edad Media que en todas las edades. 

36. Del idealismo y del realismo en el Poema del Cid y 
en toda nuestra literatura. — Y aquí viene una cuestión que el Poe- 
ma del Cid provoca por primera vez en nuestra historia literaria. El poema, 
se dice, es profundamente realista, e inicia una literatura — la española — 
que ha propendido siempre al realismo, y realista se manifiesta en sus obras 
capitales, porque los españoles no somos idealistas. Sobre esto del idealismo 
y del realismo hay actualmente una confusión de ideas, dimanada de no de- 
finir bien los términos. ¿Qué es realismo? ¿Qué es idealismo? Si por idealis- 
mo ha de entenderse lo fantástico y lo ideológico, lo que concibe la mente 
y crea la imaginación fuera y distinto de la realidad natural en que vivimos 
y de que formamos parte, lo que se nos ofrece en la mente quizás como 
realidad trascendental de las cosas o conceptos genéricos y absolutos del ser, 
pero que no son las cosas que vemos, todas concretas, determinadas y par- 
ticulares; si idealizar es soñar despierto, volar por los espacios infinitos de 
la ilusión y fingirse mundos en que no se vive, ni se ama, ni se odia, ni se 
siente como en éste, nada menos idealista que el Poema del Cid y todas las 
obras maestras de nuestra literatura. Tan no lo son, que se puede dar por ley 
de nuestra historia literaria la siguiente: cuanto en España se ha producido, 
asi en los tiempos antiguos como en los modernos, impregnado de ese idea- 
lismo del ensueño y de la ficción, no es castizo; obedece invariablemente 
a una influencia extraña, es flor traída de otros climas a nuestro jardín, y 
que aquí vive mientras la cuidan expertos jardineros, o sea autores de so- 
berano ingenio. En cuanto le falta ese cuidado solícito, languidece y muere. 

Nuestro temperamento nacional, sobre todo en Castilla y Andalucía, 



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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

que son las que dan el tono, pide realidades concretas, y no abstracciones; 
hombres y mujeres de carne y hueso, actos y hechos que, aunque sean 
imaginados, puedan parecer a todos sucedidos. Nuestro Sol, tan intenso, 
nuestro cielo, tan despejado, nuestras llanuras, tan dilatadas, no son a pro- 
pósito para crear fantasmas hijos de la bruma, de las nubes que se pegan 
a las montañas, de los bosques medrosos al caer de la tarde: aquí todos 
nos vemos cara a cara, nos conocemos perfectamente, y cuando por las 
noches aparece en cualquier lugar de Castilla un hombre cubierto con una 
colcha y llevando una luz a guisa de morrión, nadie cree que haya venido 
del otro mundo, sino que es un vivo que trata de ocultarse. Si se le tiene 
miedo, no es por lo sobrenatural de su aparición, sino por las malas inten- 
ciones que se le suponen. A los siete u ocho años, los niños descubren que 
no son los Reyes Magos, sino sus propios padres, los que les llenan los 
zapatos de juguetes y golosinas en la noche del 5 de Enero. ¿Significa esto 
que seamos naturalmente escépticos? De ningún modo. Todo español 
podría decir como D. José Posada Herrera: Me llaman escéptico porque no 
creo en ellos; pero el mismo amor a la realidad tangible hace al español 
aferrarse a la religión positiva, que le ofrece realidades determinadas y 
concretas en la esfera de lo sobrenatural, adonde no llegan sus medios de 
conocimiento, y de aquí el antropomorfismo artístico, característico de nues- 
tra buena pintura religiosa y de nuestra escultura polícroma del mismo gé- 
nero; de aquí el realismo trascendental de nuestra poesía indígena y castiza. 
En este sentido, es realista el Poema del Cid. Un Cid arrebatado por 
las hadéis, que hubieran llevado genios por los aires, o navegado por los 
ríos montado en un cisne, o que hubiera él solo derrotado a un ejército de 
moros, nunca hubiese arraigado en España; a lo sumo, hubiera sido una 
novela entretenida, leída con ese interés que no viene a ser otra cosa sino 
un modo de matar el tiempo. El Cid del poema es un buen burgalés 
que salió más valiente y más apto para dirigir una hueste que la generali- 
dad de sus conterráneos; doña Jimena es una excelente señora, como las 
hay a montones en toda España; las hijas del Cid son unas niñas como otras 
cualesquiera, bien educadas y que desean casarse honradamente; Alvar- 
Fáñez es un militar bueno y valeroso, como surgen en todas las guerras; 
lo mismo, aunque más experimentado y hombre de consejo, Martin Anto- 
línez; Pero Bermúdez no tiene de particular sino ser impaciente y tartamu- 
do; el obispo don Jerónimo es un sacerdote a quien la costumbre de andar 
entre soldados ha militarizado un poco; los Infantes de Carrión son unos 
bellacos, unos innobles cazadores de dotes, como, por desgracia de la 
humana naturaleza, abundan en todas épocas; el Rey no se parece, segura- 
mente, a D. Alfonso VI, cuya representación histórica ostenta en el poema, 



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7K- EL CID CAMPEADOR 

pero si a multitud de reyes que se han sentado en el trono. No; en el poema 
no hay ángeles ni demonios, sino hombres, y cuanto les ocurre, si no pasó, 

pudo pasar perfectamente. 

Mas ¿no cabe dentro de este realismo un idea- 
lismo que no sea el de las fantasmagorías, pero sí 
el de las realidades? Indudablemente. Hay un idea- 
lismo en el arte, que consiste en la depuración de í 
la realidad, en su ennoblecimiento, en su aproxi- 
mación discreta, no al mundo de las quimeras y de 
los ensueños, sino al ideal de bondad, de justicia 
y de belleza que todos llevamos en la mente. El in- 
signe autor de Los intereses creados ha dicho que 
en lo interior de todo ser humano vive otro hom- 
jadnto Benavente bre, un hombre-tipo, al que el hombre verdadero 

1866 o real quisiera parecerse, ser como él, y no lo es 

porque las imperfecciones del vivir, físicas y mora- 
les, se lo impiden: ese hombre-tipo es el ideal que cada uno tiene formado 
de cómo debe ser, es la forma plástica o artística de la conciencia indivi- 
dual, es la ley natural grabada por Dios en nuestra alma, que se hace ima- 
gen sensible para que la veamos mejor, y es también nuestro consuelo y 
nuestro noble orgullo cuando creemos que nuestra vida real se aproxima a 
ese ideal, como nuestro torcedor cuando nos sentimos alejados de él. El 
arte que se inspira en este 
idealismo es harto más tras- 
cendentalmente idealista que 
el otro, el de las cavilosas 
ideologías y de la imagina- 
ción desbocada; y en este sen- 
tido es idealista el Poema del 
Cid, y lo son las obras capita- 
les de nuestra Literatura. El 
Cid no será más que un gue- 
rrero; pero dentro de lo natu- 
ral y humano no hay guerrero solar dei cid (Burgos) 

que llegue máS allá que él; es (Monumento erigido al lado del Cementerio de Burgos y 

Un hombre Castísimo, que nO destinado a perpetuar la memoria del sitio en que nació 

amó a otra mujer que a la su- y vivió el Cid) 

ya; es el prototipo del buen 

marido y del buen padre de familia. Toda la acción se desenvuelve en un 

ambiente de pureza y austeridad por lo que se refiere a las costumbres pri- 

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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

vadas; y de valor sin fanfarronería, de firmeza guerrera sin crueldad, de 
severa disciplina sin servilismo, de lealtad sin abyección, en cuanto a lo 
público. El poeta ha suprimido discretamente los horrores repugnantes de 
la guerra, las matanzas y los saqueos, y sólo nos da el aspecto simpático y 
atractivo de las cosas y de las personas; sus cuadros cautivan y atraen; se 
mueve el ánimo al deseo de tomar parte en aquellas batallas, de ir en aque- 
lla hueste del Cid, de ser su mesnadero, de ser amigo de doña Jimena, de 
aconsejar a las niñas que no se casen con los Infantes de Carrión, de oir la 
misa de don Jerónimo, de acompañar a Minaya por las calles de Burgos, y 
ayudarle a comprar los menesteres para el viaje de la familia del Campea- 
dor. ¿No es todo esto idealismo, o una manera de idealismo? 

37. Las mocedades del Cid y la expedición a Francia. 
Carácter de estos cantares, y leyendas que añaden a la del 
Cid: la visión de San Lázaro; el caballo Babieca. — Como ya 
se ha dicho, de las Mocedades del Cid y de la Expedición a Francia tenemos 
dos textos de cantares; el prosificado en la Crónica de 1344, y el que con- 
serva su primitiva forma poética en la Crónica Rimada, que, según Menén- 
dez Pidal, debió de ser compuesto a principios del siglo xiv. Posteriorísi- 
mos ambos a la Gesta de Mío Cid, representan una decadencia lastimosa 
respecto de la Gesta, reflejando el influjo de la decadencia del género en 
Francia, en cuyos poemas se inspiraron el poeta o poetas sus autores, y no 
en la tradición poética nacional, y por ende falsean ésta, no sólo en cuanto 
a los hechos, sino al carácter moral de Rodrigo y de los otros personajes de 
la primitiva epopeya. 

Ya se ha tratado de la expedición de D. Fernando I y del Cid a Fran- 
cia: añadiremos ahora que en el Cantar prosificado el Rey y el Campeador 
pasan los montes, y llegan hasta Tolosa de Francia, cosa harto más verosí- 
mil que lo contado en los versos de la Crónica rimada, donde llegan hasta 
París, estando reunidos en esta capital nada menos que el emperador Enri- 
que III y el papa Urbano, y el Cid desafía a los Doce Pares. En ambas ver- 
siones el Emperador y el Papa pretendían imponer un tributo a Castilla, y 
nuestros héroes hiciéronles desistir y pedir la paz humildemente, así como 
vencieron al Conde de Saboya; mas en la Crónica se añade el groserísimo 
detalle de violar D. Fernando a la hija del Conde, no por arrebato pasional, 
sino por humillar al padre teniendo de ella un hijo, que obligaron al Papa 
a legitimar, y el Cid, además, se descaró con el Romano Pontífice de la 
manera más insolente. En la Gesta del Cid es éste de mediana nobleza; 
en Las Mocedades desciende directamente de Lain Calvo, el famoso juez 

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IV- EL CID CAMPEADOR 

de Castilla. Y el poeta o poetas de estos últimos cantares ingieren en su 
poética historia leyendas tomadas de diversas fuentes, que no son, cierta- 
mente, la tradición particular del héroe. 

Una es la peregrinación a Santiago, y, a su vuelta, el encuentro con un 
leproso de quien todos huyen, y al cual asiste Rodrigo, desmontándose 
del caballo, abrigándole con su capa, haciéndole comer en su mismo plato 
y acostándole con él; por la noche una claridad maravillosa inunda el am- 
biente, y el repugnante leproso se trasfigura nada menos que en San Láza- 
ro, el cual promete a su bienhechor que será victorioso de sus enemigos, en 
todas las ocasiones en que al empezar el combate sienta un escalofrío sin- 
gular que le suba por el espinazo hasta la garganta. El sublime pasaje evan- 
gélico de las obras de misericordia inspiró en la Edad Media la preciosa le- 
yenda de la trasformación del pobre asistido en el mismo Jesucristo o en 
algún santo: el Señor anunció a los Apóstoles su segunda venida al mundo 
en la majestad de su gloria, cuando diga a los justos: ¡Venid, benditos de 
mi Padre; poseed el reino que os está preparado, porque tuve hambre, y me 
disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era peregrino, y me hos- 
pedasteis; desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; estaba en la 
cárcel, y vinisteis a verme! Y dirán los justos: ¿cuándo te vimos hambrien- 
to, sediento, peregrino, desnudo, enfermo o preso y te socorrimos? A lo que 
replicará Jesucristo: En verdad os digo, que cuando lo hicisteis por cual- 
quiera de mis hermanos, por mi lo hicisteis. De varios santos y personajes 
se contó que habiendo amparado y atendido a un enfermo pobre, especial- 
mente leproso, que tanto horror inspiraban, encontráronse con la gratísima 
sorpresa de la trasformación del repugnante socorrido en Nuestro Señor o 
en un ángel o santo: esto le sucedió al papa León VII, que recibió a un le- 
proso en su casa, y no era sino el mismo Cristo; a Eduardo el Confesor de 
Inglaterra, que llevó al leproso en su caballo, abrigado con su mismo man- 
to, resultando ser un ángel; y una de las más bellas páginas de la literatu- 
ra moderna es la Leyenda de San Julián el Hospitalario — uno de los Tres 
Cuentos de Gustavo Flaubert, — en que el gran prosista francés describe 
cómo el Santo al recibir al leproso en su mismo lecho y abrazarse con él 
para darle calor, vio que se trasfiguraba en Jesucristo, el cual, abrazado 
como lo tenía, trasportóle al Cielo entre resplandores de luz y acordes sua- 
vísimos de una música sobrenatural. Nuestros juglares no permitieron que 
a su héroe favorito, el Cid, le faltara esta circunstancia de haber socorrido 
a un leproso y haber asistido a la maravillosa trasformación. 

La otra leyenda es la del caballo Babieca. En la Gesta o poema de 
Mío Cid ya figura; pero sin más indicación que la de haberlo adquirido el 
héroe recientemente. Era poco para un tiempo en que, como dice Menén- 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

dez Pidal, el caballo formaba parte integrante del caballero, considerándo- 
se como la prolongación de sus piernas, así como la espada era la prolon- 
gación de su robusto brazo. En el cantar de Garci Fernández, la Condesa, 
su esposa, era la encargada de dar el pienso al caballo de su marido, y Re- 
naud de Montauban no disimulaba que hubiese preferido la muerte de sus 
hijos a la de su caballo Bayardo. Los juglares inventaron la historia de Ba- 
bieca: el Cid era todavía mozo, casi un niño, y su padrino le llevó a una 
yeguada para que escogiese caballo; Rodrigo se fijó en uno que estaba sar- 
noso, y el padrino le dijo: Babieca, has escogido neciamente-, pero el mu- 
chacho, sin turbarse, respondió: No; éste será un buen caballo, y yo le lia- 
maré Babieca. Según estas canciones, el Cid no usó otro caballo en toda 
su vida: cosa imposible, ya que le sobrevivió el animal; traído por Doña Ji- 
mena después de la muerte de Rodrigo, de Valencia a Cárdena, a las puer- 
tas de este Monasterio fué enterrado. Los juglares de la decadencia no se 
paraban en barras, y carecían del sentido de sano realismo poético que 
había brillado en el autor de Mío Cid. 

38. Doña Jimena y el casamiento del Cid, según el can- 
tar prosificado de la Crónica de 1344. — En el antiguo poema 
Doña Jimena y sus hijas tienen, como hemos visto, un lugar preeminente; 
pero nada se habla de la familia de la mujer del Cid, ni de cómo ni cuándo 
se casaron. La historia confirma plenamente que la mujer del Cid era Ji- 
mena Díaz (o sea hija de Diego), una señora emparentada con la familia 
real; los cantares de las Mocedades del Cid tienen por principal objeto na- 
rrar el matrimonio de los célebres esposos, y empiezan por falsificar a la 
mujer llamándola Jimena Gómez, hija del Conde D. Gómez de Gomar. 

Según el cantar prosificado en la Crónica de 1344, Rodrigo y el conde 
D. Gómez eran enemigos; vinieron a las manos, y el primero mató al se- 
gundo. Doña Jimena, huérfana del Conde, se presentó al Rey, y le pidió de 
rodillas que le diera por marido al matador de su padre, al que con esto 
perdonaría ella el homicidio que la había dejado huérfana y desamparada. 
El pedir las huérfanas nobles marido al rey era costumbre germánica, refle- 
jada por los cantares de gesta. En la canción francesa del Départ des enfants 
Aimeri, Elisenda entra en el palacio del rey Carlos, y le dice: Señor, mi pa- 
dre ha muerto, y vengo a pediros marido. Entonces el Rey, volviéndose 
a Beuves, que le suplicaba la concesión de tierras y mercedes, le dice: 
Toma a esta joven por mujer, y vete; en seguida el Obispo los casa. De no 
menos abolengo germánico es la reducción de las causas criminales a un 
pleito civil u ordinario entre el criminal y la víctima, o si ésta había muerto, 
sus herederos: si había composición o arreglo entre uno y otros, como si 

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IV.-EL CID CAMPEADOR 

nada hubiese pasado. Jimena tenía derecho a perseguir a Rodrigo, que 
había matado a su padre; pero si se conformaba con una composición, todo 
quedaba en paz. Tampoco el hecho de querer una hija por marido al mata- 
dor de su padre era nuevo en las leyendas medio-évicas : en el Cantar de 
Fernán González, la Princesa de Navarra, instigada por el peregrino sabo- 
yano o lombardo, se enamora del Conde de Castilla, que habla matado al 
rey su padre; y hay otra leyenda, más complicada y sombría, en que tam- 
bién entra ese elemento: la del Apóstol traidor, en que Judas mata a su 
padre sin conocerle, y Pilato dispone como composición que la viuda, es 
decir, la misma madre de Judas, se case con el matador, de donde resulta 
el abominable incesto. El ignorado autor de Las Mocedades de Rodrigo, 
que no era; ni con mucho, un poeta de los vuelos del compositor de Mío 
Cid, señaló esta situación sin darle ningún carácter pasional. Doña Jimena 
pide a Rodrigo por marido, únicamente porque está desamparada y sabe 
que el de Vivar ha de ser el más poderoso vasallo del reino: bien ajeno esta- 
ría, sin duda, del contenido poética de lo que decía y del brillante desen- 
volvimiento dramático que había de tener en lo futuro. 

El Rey contestó a la demanda de Jimena llamando al Cid a Palencia: 
el Cid se presenta en la ciudad seguido de doscientos caballeros deudos su- 
yos, y al enterarse de lo que se trataba, accede con reconocimiento y ale- 
gría; el Obispo de Palencia los casa en seguida, como en el Depart des en- 
fcmts Aimeri, y, colmados de dones, los recién casados se vuelven a Vivar. 
Pero Rodrigo no se detiene allí, pues ha jurado no ver a su mujer hasta que 
haya ganado cinco batallas campales, y, confiando a su propia madre la 
guarda de Jimena, parte a la frontera de los moros. En este cantar el Cam- 
peador es un subdito tan respetuoso con el Rey y tan comedido en su ma- 
nera de hablar y portarse como el de Mío Cid. 

39. El mismo argumento en la Crónica rimada. Degene- 
ración de la leyenda en este último cantar. — En el cantar in- 
cluido en la Crónica rimada todo esto varía completamente. El nuevo poeta 
no se contenta con decirnos que el Cid mató al padre de Jimena, sino que 
cuenta las enemistades y luchas civiles que dieron origen al homicidio, 
presentándonos el cuadro de una Castilla en que los señores se hacen gue- 
rra como las cabilas del Rif. Los combatientes son D. Gómez y Diego 
Laynez, el padre del Cid: 

El conde D. Gomes de Gormas a Diego Laynes fiso daño, 
Ferióle los pastores e robóle el ganado. 
A Vivar llegó Diego Laynes, al apellido fué llegado, 
Y fueron a correr a Gormas, quando el sol era rayado. 



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SALCEDO.- LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Quemáronle el arrabal, e comensáronle el andamio, 

E traen los vasallos e quanto tiene en las manos; 

E traen los ganados cuantos andan por el campo; 

E traen por deshonra las lavanderas que al agua están lavando. 

Tras ellos salió el conde con cient cavalleros fijosdalgo, 

Reptando a grandes boses a fijo de Lain Calvo: 

"Dexat mis lavanderas, fijo del alcalde cibdadano. . . 



El fijo de Lain Calvo, o sea Rodrigo, mata al Conde y cautiva a sus hi- 
jos en esta lucha, propia de un estado social que hoy tanto nos choca en 
los rífenos. Jimena Gómez, huérfana y desposeída por el campeón del 
aduar enemigo del suyo, va a querellarse al Rey: 

Allí cabalgó Ximena Gómez, tres doncellas con ella van, 
E otros escuderos que la habían de guardar. 

En Zamora, y no en Patencia como en el otro cantar (1), avístase con 
Fernando I, y llorando expónele sus quejas: 

Orfanilla finqué pequeña de la condesa mi madre 
Y fijo de Diego Laynes fisolace mucho mal; 
Prisona mis hermanos, e matóme a mi padre, 
A vos que sodes rey vengóme a querellar. 



El Rey no sabe cómo arreglar el negocio, porque teme que si castiga 
con severidad a la gente de Laynes, se levanten los castellanos; dice: 

En grand coyta son mis reynos; Castilla alzárseme ha; 
E si me alzan castellanos, y faserme han mucho mal. 



Entonces ella propone que la case con Rodrigo, solución que la dejará 
satisfecha, sin alborotar a los castellanos: 



Cuando lo oyó Ximena Gomes, la mano le fué a bessar, 
"Merced (dixo), señor, non lo tengades a mal. 
Mostrarnos he assosegar a Castilla e a los reynos otro tal. 
Datme a Rodrigo por marido, aquel que mató a mi padre. 



(1) Luego, en los romances, la escena se puso en Burgos: *En Burgos está el buen Rey — asentado a su 
yantar — cuando la Jimena Gómez — se le vino a querellar. . . etc. 



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7K- EL CID CAMPEADOR 

Manda el Rey llamar a Diego Laynez y a su hijo; pero tanto Laynez 
como Rodrigo sospechan que el Monarca les tiende una celada, que su in- 
tento es atraerlos a la corte para castigarlos por la muerte del Conde. No 
eran, a la verdad, infundados estos temores, gastándolas como las gasta- 
ban los reyes de la Edad Media. Ordoño II atrajo de esta suerte a los cua- 
tro condes castellanos que había decidido matar, y en la imaginación del 
poeta que compuso el Cantar de las Mocedades debía de estar vivo el re- 
cuerdo del terrible Alfonso XI, que así atrajo al infante D. Juan el Tuerto 
para matarle, y de D. Pedro el Cruel, que hizo lo mismo con D. Fadrique: 
por eso el insigne infante D. Juan Manuel, que tan alto puesto tiene en la 
Historia de la Literatura Española, no accedió nunca a las reiteradas in- 
vitaciones de entrevista que le hizo su citado sobrino, el vencedor del Seda- 
do. Diego Laynez exclama al ver las cartas del Rey: 

Temóme que aquestas cartas que andan con falsedat, 
E desto los rreys muy malas costumbres han. . . 

Por fin resuelven ir a Zamora; pero bien escoltados, no ya con los dos- 
cientos caballeros de que habla la canción prosificada en 1344, sino con 
trescientos bien armados y dispuestos a todo, incluso a matar al Rey: 

Desque los vio Rodrigo armados, comenzó a fablar: 
Oidme (dixo) amigos, parientes e vasallos de mi padre; 



Tan negro día haya el rey commo los otros que ay están 
Non vos pueden desir traidores por vos al rey matar, 
Que non somos sus vasallos, nin Dios non lo mande; 
Que mas traidor sería el rey si a mi padre matasse, 
Por yo matar mi enemigo en buena lid en campo. 

El carácter del Cid aparece aquí enteramente falseado. En efecto; 
¿quién puede reconocer en este Cid disculpador del regicidio al que tanto 
horror muestra de este crimen en la Canción del cerco de Zamora, ni al 
lealísimo vasallo de la Gesta de Mío Cid? 

Del viaje de Diego Laynez a la corte salió, andando el tiempo, uno de 
los más bellos romances viejos: 

Cabalga Diego Laynez 
al buen rey besar la mano; 
consigo se los llevaba 
los trescientos hijosdalgo. 
Entre ellos iba Rodrigo, 
el soberbio castellano 



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SALCEDO.- LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Y de la arrogancia del Rodrigo del Cantar de las Mocedades da tam- 
bién un exacto reflejo el mismo romance: 



Andando por su camino, 
unos con otros hablando, 
allegados son a Burgos; 
con el rey se han encontrado. 
Los que vienen con el rey 
entre sí van razonando, 
unos lo dicen de quedo, 
otros lo van pregonando: 
aquí viene entre esta gente 
quien mató al conde Lozano. 
Como lo oyera Rodrigo, 
en hito los ha mirado; 
con alta y soberbia voz 
de esta manera ha hablado: 
Si hay alguno entre vosotros, 
su pariente o adeudado, 
que le pese de su muerte, 
salga luego a demandallo; 
yo se lo defenderé 
quiera a pie, quiera a caballo. 
Todos responden a una: 
Demándelo su pecado. 



Más arrogante y bravucón se muestra Rodrigo al llegar a la presencia 
del Rey, negándose a besarle la mano. El romance traduce muy bien, aun- 
que amplificándola, como siempre, la canción de gesta: 

Todos se apearon juntos 
para el rey besar la mano; 
Rodrigo se quedó solo 
encima de su caballo. 
Entonces habló su padre 
bien oiréis lo que ha hablado: 
— Apeaos vos, mi hijo, 
besaréis al rey la mano, 
porque él es vuestro señor, 
vos, hijo, sois su vasallo. 
Desque Rodrigo esto oyó 
sintióse mas agraviado: 
las palabras que responde 
son de hombre muy enojado. 



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IV.- EL CID CAMPEADOR 



— Si otro me lo dijera, 
ya me lo hubiera pagado; 
mas por mandarlo vos, padre, 
yo lo haré de buen grado. 
Ya se apeaba Rodrigo 

para al rey besar la mano; 
al hincar la rodilla, 
el estoque se ha arrancado. 
Espantóse de esto el rey, 
y dijo como turbado: 

— ¡Quítate, Rodrigo, allá, 
quítate me allá, diablo, 

que tienes el gesto de hombre 
y los hechos de león bravo! 
Como Rodrigo esto oyó, 
apriesa pide el caballo; 
con una voz alterada, 
contra el rey así ha hablado: 

— Por besar mano de rey 
no me tengo por honrado; 
porque la besó mi padre 
me tengo por afrentado 



¿Qué tiene que ver este Cid, tan ridiculamente rebelde a un acto de 
obligada cortesía como el de besar la mano del Monarca, con el venerable 
Campeador del Poema, que después de haber conquistado a Valencia se 
prosterna humildemente ante el Rey, que con tanta injusticia le había per- 
seguido, y lleva el acatamiento hasta comer las yerbas del suelo? El poeta 
de la Crónica rimada debió de tomar este episodio de la leyenda de Fer- 
nán González, donde juega, en efecto, eso de besar o no besar la mano del 
Rey; pero allí tenía un significado político que falta por completo en la 
Canción de las Mocedades. Fernán González no quería besar la mano del rey 
de León, porque aspiraba a la independencia de su condado. Era Castilla 
que ya se sentía fuerte para no soportar el vasallaje, y el poeta, que cantaba 
cuando ya era Castilla, no sólo libre, sino cabeza de los reinos de España, 
expresaba poéticamente esta hegemonía ideando la resistencia del Conde 
a besar la mano del Monarca leonés; es decir, a no reconocerse su vasallo. 
Ingerido inoportunamente en la leyenda del Cid, sólo sirve para que se nos 
aparezca el héroe como un mozo mal educado e insolentísimo, que pide a 
voces, no la corona de roble de la epopeya, sino justísima y necesaria co- 
rrección. 

Sí; el ignorado poeta de las mocedades, o, mejor dicho, el autor del 

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SALCEDO,^ LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Cantar inserto en la Crónica rimada, mero refundidor y amplificador del 
prosificado en la Crónica de 1344, era un poetastro, que ni comprendió el 
carácter del Cid, ni siquiera el Cantar que estropeaba. Según el poetastro, 
el Rey hace casar a Rodrigo con Jimena; Rodrigo obedece, pero refun- 
fuñando con su habitual grosería; se queja en seguida de que le hayan 
obligado a casarse,^y hasta el caballeresco voto de no vivir con su mujer 
hasta que gane cinco batallas, aquí se trasforma en insolencia. 

Señor, vos me desposastes más a mi pesar que de grado; 
Mas prométolo a Cristas que vos non bese la mano, 
Nin me vea con ella en yermo ni en poblado, 
Y fasta que venza cinco lides en buena lid en campo. 

A lo que replica maravillado el Rey: 

. . . non es este home, mas figura ha de pecado. 

Después de esto, no son de maravillar los despropósitos de la expedi- 
ción a Francia, ni la villanía que se atribuye al Cid de aconsejar al Rey que 
atropelle a la hija del duque de Saboya: 

Vestida va la Infanta de un baldoque preciado, 
Cabellos por las espaldas commo de un oro colado. 
Oios prietos commo la mora, el cuerpo bien taiado. 



Essas oras dixo Rodrigo: "Señor, pasedlo privado, 
Embarraganad a Francia, si a Dios ayades pagado, 
Suya será la desonrra, yrlos hemos denostando. 

Esta degeneración de la leyenda arraigó, por lo menos en alguna parte, 
en el sentimiento nacional. Ciertos pasajes del desdichado Cantar, incluido 
en la Crónica rimada, pasaron al Romancero. 



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LA LITERATURA ESPAÑOLA EN LA 
EDAD MEDIA * V. - CANTARES DE GESTA 
PERDIDOS (1) * * * * * * * 



Leyendas de D. Rodrigo. Crónica del moro Rasis. 
Otro descubrimiento de Menéndez Pida!. Conje- 
tura de Menéndez Pelayo. — Indudablemente, hubo 
otros temas o argumentos de canciones de gesta. Menéndez 
Pelayo creía muy verosímil, aunque no por entero probada, la existen- 
cía de varias canciones épicas sobre el rey D. Rodrigo y la pérdida de Es- 
paña. Las tradiciones referentes al último monarca godo — Florinda o la 
Caba, D. Julián, casa encantada de Toledo, etc. — fueron desconocidas 
por los cronistas cristianos hasta el siglo xii; únicamente la Crónica de 
Alfonso III consigna el descubrimiento del sepulcro de D. Rodrigo en 
Viseo; el Silense es quien primero refiere la violación de la hija de D. Ju- 
lián y el enojo del padre, adquiriendo el relato toda su amplitud en don 
Rodrigo Jinrénez de Rada, de donde lo tradujo al castellano la Estoria 
d'Espanna. En los historiadores árabes es donde se hallan estas leyendas. 
Aben Habid, que murió a mediados del siglo ix, cuenta la de la Cueva de 



(1) 40. Leyendas de D. Rodrigo. Crónica del moro Rasis. Otro descubrimiento 
de Menéndez Pidal. Conjetura de Menéndez Pelayo. — 41. Alvar Fáñez: curioso ejem- 
plo de traslación de la materia épica de un héroe a otro. — 42. Munio Alfonso. — 
43. El señor de Cantabria y sus buenos servidores. — 44. Los caballeros Hinojosas. — 
45. Ramiro II y Alboacer. — 46. El Abad de Montemayor. — 47. La Dama del pie de 
cabra. Munio López y D. tñigo Ezquerra. Doña Marina o la Sirena. La desdichada 
Estefanía. — 48. La infanta Doña Teresa. — 49. Alfonso VIII. El pecho de los einco 
maravedís. La Judia de Toledo. 

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SALCEDO. - Uterafura española. - Tomo I. O^S 



SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Toledo, en que se guardaban las coronas de los monarcas visigodos, y la 
de la casa a que cada rey al subir al trono ponia un nuevo candado, abste- 
niéndose todos de penetrar en su recinto, hasta que D. Rodrigo, por codicia 
del tesoro que suponía guardado en ella, entró, para encontrar tan sólo una 
pintura que representaba a los árabes, y la inscripción: Cuando se abra esta 
casa, gentes como las aquí pintadas invadirán y dominarán el país. Aben 
Jordabech, de la misma centuria, añade el pormenor de la Mesa de Safo- 
món, hallada por los invasores en Toledo, y que tanta importancia tuvo en 
las querellas entre Tarik y Muza; y su contemporáneo el egipcio Aben- 
Abdelháquen, el atropello de la hija de D. Julián y la venganza tomada 

por éste. La Crónica del moro Rasis, que es una 
traducción castellana del siglo xrv, y no directa, 
sino de otra portuguesa hecha por el maestre 
Mohamed y el clérigo Gil Pérez, del más auto- 
rizado de los historiadores árabes españoles — 
Ahmed-Ar-Razi, llamado el Altarixi o cronista 
por excelencia, — contiene muchos detalles nue- 
vos, tales como el nombre de Cueva de Hércules 
dado a la de Toledo, la descripción de este pa- 
lacio encantado, la calidad o titulo condal de 
D. Julián, llamarse su hija Lacaba (1), etc. De 
p*dre Juan de Mariana la Crónica del moro Rasis sacó a principios del 

1M7-1624 s ¡gi xv su novelón o libro de caballerías aquel 

Pedro del Corral, de quien decía, y de su obra, 
Fernán Pérez de Guzmán: Un liviano y presumido hombre, llamado Pedro 
del Corral, hizo una que llamó Crónica sarracena, que más propiamente se 
puede llamar trufa y mentira paladina (2), a pesar de lo cual pasó por ver- 
dadera historia; el P. Mariana trascribió sus invenciones, y alguna de és- 
tas — v. g., Don Rodrigo convertido en ermitaño después de la rota de 
Guadalete — ha inspirado ten bellos dramas como El Puñal del Godo, de 
Zorrilla (3). 

Los códices que se conservan de la Crónica del moro Rasis carecen 



(1) Tal como figura este nombre en la Crónica del moro Rasis, parece ser alteración de un nombre 
propio, probablemente Al ataba, y no puede significar ramera o mala mujer, pues, según esta versión, la 
hija del conde don Julián era una buena y honesta muchacha. Miguel de Luna, en su Crónica de Abentaqul, 
novela histórica compuesta en 1589 con la pretensión de hacerla pasar por auténtica crónica árabe, es quien 
primero escribió: "Esta dama Florinda, asi llamada por propio nombre, nombraron los árabes la Cava; es 
decir, la mala mujer". Efectivamente: en árabe, cahba es ramera. 

(2) Generaciones y semblamos. 

(3) Sobre toda esta materia debe verse el precioso libro Leyendas del último rey godo, publicado en 
la Rev. de Aren. (1901) y nueva edición corregida, en tomo aparte, 1906; su autor, D. Juan Menéndez Pidal, 
hermano de D. Ramón y actual director del Archivo Histórico Nacional. D. Juan es también autor de la 



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V. - CANTARES DE GESTA PERDIDOS 



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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

del importante episodio de los amores de D. Rodrigo y la Cava; pero don 
Ramón Menéndez Pidal lo ha encontrado en la tantas veces citada Crónica 
General de 1344, poniendo asi de manifiesto que no inventó Pedro del 
Corral cuanto se le había achacado, limitándose a seguir, servilmente 
muchas veces, el texto que tenía delante. Sin embargo, la carencia de ese 
episodio en los códices es uno de los motivos que tenía Menéndez Pelayo 
para sospechar la existencia de cantares de gesta castellanos relativos a 
D. Rodrigo; el pasaje que falta — decía el venerable maestro — bien pudo 
no proceder del historiador árabe del siglo x, sino ser una interpolación de 
materia poética elaborada en Castilla, y que pareció mejor a los traductores 
portugueses o al castellano que el texto del Altarixi, corroborando la pre- 
sunción: 1.° Haber en las crónicas, y aun en las canciones castellanas, 
detalles o variantes de la leyenda de D. Rodrigo que no se hallan en los 
autores árabes; v. g., que la hija de D. Julián era prometida de D. Rodrigo, 
como cuenta el Silense, y el agravio consistió en tomarla el Rey por concu- 
bina, y no por esposa; el falaz consejo dado por D. Julián a D. Rodrigo de 
desarmar su reino, convirtiendo las armas en instrumentos de labranza, 
según refiere el poema de Fernán González, a pesar de que los cronistas 
atribuyen esa medida a Witiza; la intervención de la mujer de D. Julián en 
la venganza, diciendo el canciller Ayala de dicha mujer: Doña Faldrina, que 
era hermana del arzobispo D. Opas e fija del rey Witiza, lo que supone 
una fuente hoy desconocida, y que no parece que pueda ser otra que una 
leyenda, manifestada, conforme a la costumbre del tiempo, en cantares de 
gesta, etc. 2.° Que el pasaje descubierto por Menéndez Pidal en la Crónica 
de 1344 tiene muy poco sabor árabe, siendo los nombres tan cristianos 
como D. Xinón, Bricaldo o Ricardo, Enrique, etc. 3.° El detalle, a nuestro 
juicio muy significativo, de dar Jiménez de Rada el nombre de Orelia al 
caballo perdido por D. Rodrigo en la batalla del Guadalete; los nombres 
de caballos y espadas son propios, y aun podría decirse que privativos de 
los cantares inspirados en la tradición germánica. Y 4.° El poema fran- 
cés Anseis de Cartago — siglo xiii, — que, como notó Gastón París en su 
Historia poética de Carlomagno, no es sino una desfiguración de la le- 
yenda de D. Rodrigo y la Cava. ¿No pudo ser tal poema un reflejo de 
otro castellano? 

Mas si hubo cantares de gesta referentes a D. Rodrigo, se perdieron, 
probablemente ahogados por el crédito popular que alcanzó la Crónica 



Colección de los viejos romances que se cantan en la danza prima, esfoyazas y füandones, recogidos 
directamente de la boca del pueblo (1885), y de otros importantísimos trabajos que ya se irán citando en 
este libro. Es además uno de nuestros mejores poetas contemporáneos, notable periodista, y mejor escritor 
en prosa que su insigne hermano. 



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V. - CANTARES DE GESTA PERDIDOS 

sarracena. En ella aprendieron nuestros antepasados de los siglos xv y xvi 
la fabulosa historia de la pérdida de España, y de su texto salieron los 
romances. 

41. Alvar Fáfíez: curioso ejemplo de traslación de mate- 
ría épica de un héroe a otro. — Por el Poema del Cid conocemos 
a su lugarteniente Alvar Fáñez Minaya, de quien dice también el poema 
latino del cerco de Almería: 

Mió Cid prirnus fuit, Aluarus atque secundus. 



La historia reconoce en Alvar Fáñez, que era sobrino del Cid (1), más 
importancia que le concede, con no ser poca, la leyenda poética de su 
glorioso tío. Según Dozy, fué el mayor capitán español de su tiempo, ya 
que ninguno es tan mencionado como él por las crónicas árabes, una de 
las cuales le apellida rey de los cristianos; en 1110 defendió heroicamente 
a Toledo, atacado por un ejército de 100.000 almorávides. Tan insigne gue- 
rrero tuvo sus cantares propios, de que hay rastros inequívocos en la Esto- 
ria d'Espanna; pero sucedió que, andando el tiempo, su leyenda poética fué 
embebida por la del Cid, y hasta proezas y lances atribuidos primeramente 
a Fáñez Minaya pasaron a engrosar el caudaloso río de los de su deudo. 
La misma Crónica General nos revela este fenómeno de traslación de la 
materia épica de un héroe a otro, no por frecuente menos curioso. Cuenta, 
en efecto, cómo antes de comenzar la batalla que dio Sancho III a su her- 
mano D. García para quitarle el reino de Galicia se presentó al Rey Alvar 
Fáñez, y le dijo a grandes voces: Señor: yo jugué el caballo y las armas 
que tenía, e si la vuestra merced fuese que me vos diésedes un caballo e 
unas armas, yo vos sería hoy en esta batalla tan bueno como seis caballe- 
ros, e si non, que me tomades por traidor. Concédele D. Sancho lo que 
pedia, y a la tarde iba tan mal la batalla para los castellanos, que el mismo 
Rey fué cercado por seis caballeros de D. García. Acudió entonces Alvar 
Fáñez, e hirió e hizo huir a los seis caballeros, ganando dos de sus ca- 
ballos, uno de los cuales dio al Monarca y se reservó el otro. Y después 
de referirlo así, añade la Crónica: Pero dize en otro lugar la estoria quel 
Cid fué este que librara. El contexto del párrafo y el conocimiento del sis- 
tema seguido por los autores o compiladores de la Estoria d'Espanna per- 
suaden de que la estoria a que se refieren son dos cantares: uno, más an- 



(1) Asi consta en la carta de arras del Cid con Jimena, otorgada en 1074. 
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SALCEDO,- LA LITERATURA ESPAÑOLA 

tiguo, en que la liberación del rey fué proeza de Alvar Fáñez, y otro, más 
moderno, en que ya había pasado a serlo del Cid. 

42. Munio Alfonso. — Contemporáneo de Alvar Fáñez, y tan fa- 
moso como él, fué el gallego Munio Alfonso. La Crónica latina de Al- 
fonso VII (1) refiere poéticamente algunas de sus grandes hazañas: su en- 
trada triunfal en Toledo a lo vencedor romano; la muerte que dio a su hija, 
comprometida — no puntualiza si por pasión o liviandad — en una aven- 
tura amorosa; el doloroso y punzantisimo arrepentimiento por este rigor, su 
propósito de ir en peregrinación a Jerusalén como penitencia de su hecho, 
de lo que le disuadieron el Arzobispo de Toledo y otros prelados, conmu- 
tándole el voto por el de guerrear toda su vida en España contra los moros; 
su heroica muerte en Algodor peleando con éstos; el duelo que produjo 
en Toledo esta gloriosa desgracia, y la lamentación de su viuda y de las 
de los otros guerreros que murieron en aquella batalla sobre el sepulcro 
del héroe: "¡Oh Munio Alfonso! ¡Qué grande es nuestro dolor por tu pér- 
"dida! Toledo te quería como la mujer que no quiso a más hombre que a 
"su marido. Tu escudo nunca volvió atrás, ni retrocedió tu lanza, ni se retiró 
"tu espada sino cubierta de sangre. iNo anunciéis la muerte de Munio 
"Alfonso en Córdoba ni en Sevilla! ¡No la pregonéis en la casa del rey 
"Texufin, para que no se alegren las hijas de los mohabitas, para que no 
"se regocijen las hijas de los agarenos y se contristen las de los toleda- 
nos!" (2). 

El carácter bíblico de esta lamentación no permite suponer que fuese 
nunca popular. Si los juglares cantaron de Munio Alfonso, cosa de que no 
hay ningún rastro, sería de otra manera muy distinta de como lo hizo el 
erudito autor de la Crónica de Alfonso VII, hombre, no sólo versado en la 
Escritura, sino justo apreciador de las incomparables bellezas de los libros 
sagrados. La relación latina pasó, sin embargo, al castellano, incluyéndola 
Rodrigo Méndez de Silva en su libro genealógico Ascendencia ilustre, glo- 
riosos hechos y posteridad noble de Ñuño Alfonso (1648); y en este libro 
la conoció Gertrudis Gómez de Avellaneda, sirviéndole de argumento para 
su drama Alfonso Munio, titulado después con más propiedad Munio Al- 



(1) Chronica Adephonsi Imperatoria, publicada en el tomo XXI de la España Sagrada. 

(2) Nos choca que Menéndez Pelayo (Trat de los Romances viejos- Tomo U-P&g. 31) diga que "el 
"llanto de las viudas toledanas es un trozo patético y de alta poesía que trae Inmediatamente a la memoria 
"el llanto de Andrómaca al final del libro XXII de la Iliada*. Sin duda, al venerado maestro no le vino a la 
memoria en el momento de escribir esta página el sublime canto de David a la muerte de Jonatás, de que 
es la lamentación de la Crónica de Alfonso VII una trascripción en parte casi literal; el clérigo que compuso 
la Crónica se acreditó de buen gusto, pues nada hay mas hermoso ni más apropiado a la muerte de los que 
gloriosamente sucumben en la guerra que el canto de David. 



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V. - CANTARES DE GESTA PERDIDOS 

fonso, estrenado el 13 de Junio de 1844. a Es de sentir — escribió Menén- 
"dez Pelayo — que la Avellaneda no consultase directamente la Crónica 
"para dar más color histórico a su drama, que así y todo tiene grandes be- 
"llezas." 

43. El señor de Cantabria y sus buenos servidores. — 
Rodrigo González, último señor de Cantabria, como le llaman los cronis- 
tas de Santander, hijo de Gonzalo Núñez, señor de Lara, figuró en tiempo 
de Alfonso Vü como armígero del Rey, es decir, su alférez mayor, y en las 
revueltas del reinado de Doña Urraca trató de 
hacerse independiente, por lo cual Alfonso VII 
le despojó del señorío, aprisionándole en una 
entrevista junto al Pisuerga, que recuerda, o 
quizás sirvió de modelo histórico al cuadro de 
la del rey de León y el conde de Castilla en 
el vado de Carrión, trazado por el autor del 
Cantar de Fernán González. No le permitió 
jamás Alfonso VII volver a su Cantabria; pero 
le hizo alcaide de Toledo, y él correspondió 
a esta merced con insignes servicios contra 
los moros, dignos por su calidad de Alvar Fá- 
ñez o de Munio Alfonso. Sin embargo, dis- 
gustado por no recobrar SU perdido Señorío, Gertrudis Gómez de Av.Uaneda 

se fué a Tierra Santa como cruzado, peleó allí íwe-iara 

como lo habia hecho en Andalucía, y constru- 
yó el castillo de Toron, que entregó a los Templarios; volvió a España con 
la esperanza de que sus proezas ultramarinas hubiesen conmovido al Rey 
y le determinarían a devolverle su Estado; mas no fué así, y entonces se 
hizo aventurero, sirviendo sucesivamente, no sólo al rey de Navarra y al 
conde de Barcelona, sino al príncipe moro de Valencia. Los moros le en- 
venenaron, y el tósigo no le quitó la vida, pero le produjo la repugnante 
lepra, y viéndose en tal situación, emprendió nuevo viaje a Palestina, aca- 
bando en Jerusalén su trabajosa vida. 

Todo lo dicho está referido en la citada Crónica de Alfonso VII; pero 
D. Juan Manuel, en El Conde Lucanor (1), trae los más curiosos y noveles- 
cos detalles del segundo viaje a Palestina del señor de Cantabria, a quien 
llama el conde D. Rodrigo el Franco. Según esta narración, los moros no 
envenenaron a Rodrigo, sino que sucedió el caso del modo siguiente: 



(1) Ejemplo XLIV. 
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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Rodrigo estaba casado en Navarra con una muy buena dueña, hija de don 
Gil García de Azagra, y cometió la maldad de levantar a su mujer falso 
testimonio, sin duda de adulterio; la inculpada se puso en oración, pidiendo 
a Dios que si ella era culpada, mostrase su milagro en ella, et si el Conde 
le asacaar falso testimonio, que lo mostrase en él. Por el milagro de Dios 
engafeció el conde, y la mujer se apartó de él, disolviéndose el matrimonio, 
pues, sin duda por el ruido que hizo el milagro y lo que significó en honra 
suya, casó nada menos que con el rey de Navarra. 

El Conde, sigue la relación, siendo gafo et viendo que non podía gua- 
rescer, fuese para Tierra Santa en romería, para ir a morir allá; pero no 
fué solo: tres hidalgos, fieles mesnaderos suyos — Núñez de Fuente Alme- 
xir, D. Ruy González de Zaballos y D. Gutierre Rodríguez de Languere- 
Ha, — le acompañaron. La tradición castellana ofrécenos aquí un ejemplo 
de fidelidad feudal más bello, más humano, y sobre todo más cristiano, que 
el de Bernier en el poema francés Raoul de Cambray. Los acompañantes 
del señor de Cantabria no seguirán a su señor hasta combatir contra su 
propia familia y ver quemar a su madre; pero su fidelidad les impondrá 
sacrificios más propios de la vida de los mayores santos que de la disci- 
plina militar: por lo pronto, no siguen a un señor, como Raoul, prepotente, 
en todo el esplendor de su fuerza y poderío, sino desvalido y leproso, 
y ejercen con él ministerio de altísima caridad, más que de obediencia. 
Pocas veces se hallará en las leyendas medioevales tan intimo consor- 
cio del espíritu germánico con el cristiano: aquí si que el germanismo ha 
sido bautizado, y recibido en su dura cerviz toda la gracia santificadora del 
sacramento. 

Llegados a Jerusalen, a moraron allí tanto tiempo — cuenta el Libro de 
Petronio, — que non les cumplía lo que llevaron de su tierra, et hobieron de 
venir a tan gran pobreza, que non hablan qué dar al conde su señor a co- 
mer, et por la gran mengua alquilábanse cada día en la plaza los dos, et el 
uno fincaba con el conde, et de lo que ganaban gobernaban a su señor. m 
Parece que no podía llegar a más el espíritu de sacrificio; pero llegó. Por la 
noche, después de haber trabajado todo el día para sustentarle, los tres ca- 
balleros bañaban al Conde et limpiábanle las llagas de lagafedat. Y ocurrió 
un incidente, por cierto repugnantísimo al estómago, pero que pone en su 
más alto punto la caridad de aquellos servidores, y fué que una noche, ba- 
ñándole los brazos et las piernas, por aventura hobieron mester escopir, et 
escopieron. E cuando el Conde vio que todos escopieron, cuidando que lo 
facían por asco que del tomaban, comenzó a llorar et quejarse de grant pe- 
sar et quebranto del asco que del hobieron. Et porque el conde entendiese 
que non hobieran asco de la su dolencia, tomaron con las manos de aquel 

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V. - CANTARES DE GESTA PERDIDOS 

agua que estaba llena del podre et de las postillas que le saltan de las lla- 
gas, et bebieron della muy grand pieza" 

Así asistieron y cuidaron al Conde hasta que murió; pero no creyeron 
que la muerte del señor ponía fin a sus deberes: era menester traer a Cas- 
tilla los restos. ¿Cómo? Dijéronles que hiciesen cocer la carne y trajesen los 
huesos; pero replicaron que tampoco consentirían que ninguno pusiese la 
mano en su señor, siendo finado como siendo vivo. Esperaron, pues, a que 
se descompusiesen las carnes, y cuando ya no quedaba sino el esqueleto, lo 
metieron en un arca, y a cuestas la trajeron, pidiendo limosna por los cami- 
nos. Al llegar a una villa de tierra de Tolosa tropezaron con un gentío dis- 
puesto a quemar viva a una mujer acusada de adulterio por un cuñado 
suyo; éste, o el pregonero, iba diciendo que si dlgunt caballero non salvase 
a la dueña, esto es, que no peleara en duelo judicial por su inocencia, se 
consumaria la ejecución; et no fallaban caballero que la salvase. Conmo- 
vido Pero Núñez, dijo a sus compañeros que si a él le constara la inocencia 
de la mujer, desde luego se aventuraría al combate. ¡Si estaría convencido 
de la verdad del mal llamado juicio de Dios! Fuese a la mujer y la interrogó, 
y ella, que no debía de estar menos convencida que Núñez y ser estrecha 
de conciencia, le contestó que era inocente del yerro de que la acusaban, 
mas que fuera su talante de lo facer; es decir, que no había pecado mate- 
rialmente o de obra, pero sí de pensamiento y deseo. Entonces Pero Núñez, 
cediendo a las preocupaciones de la época en que había sido educado, y a 
los generosos impulsos de su corazón, que son los mismos en todas las épo- 
cas, creyó firmemente que saliendo a la defensa de aquella mujer non po- 
día ser que algún mal non le aconteciese; mas como al fin y al cabo non fi- 
ciera todo el yerro de lo que la acusaban, $e resolvió a salir por ella, aunque 
con la plena convicción de que había de sobrevenirle un mal, circunstancia 
que encumbra su acto a la más elevada cima del heroico sacrificio. 

Presentóse, pues, Pero Núñez como caballero para defender a la mu- 
jer, que, como hubiese dicho Campoamor, sólo habla pecado en la región 
del viento. Hubo una dificultad, y fué que en aquel hábito de mendigo no 
querían reconocer en él la calidad de caballero: tuvo, por tanto, que presen- 
to sus pálpeles, y, comprobada su condición, los parientes de la dueña 
diéronle caballo y armas, "et desque entraron en el campo ayudó Dios a don 
Pero Núñez, et venció la lid et salvó la dueña; pero perdió el ojo, et asi se 
cumplió todo lo que dixiera ante que entrase en el campo". La mujer y su 
familia dieron, por gratitud, a los caballeros cuanto habían menester para 
continuar su viaje con el conveniente decoro, y el rey de Castilla tuvo gran 
alegría a et grádeselo mucho a Dios poque eran de su reino ornes que tal cosa 
ficieron". Les mandó a decir que no dejaran sus andrajosos vestidos, pues 

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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

así quería verlos y honrarlos: salió cinco leguas de su corte a recibirlos con 
pomposo acompañamiento, y fué con ellos hasta Osma, donde enterraron al 
señor de Cantabria, y "fizóles tanto bien, que hoy día son heredados los que 
vienen de su linage de lo que el rey tes dio." 

No acaba con esto la historia. Al volver a sus casas los buenos caballe- 
ros fueron recompensados, dos de ellos por lo menos, con altísimas muestras 
de amor conyugal. En efecto; Ruy González hallóse con que en todo el tiem- 
po que había estado ausente su mujer se había alimentado de pan y agua. 
"Ella dixo que bien sabía él que cuando se fuera con el Conde que le dixiera 
que nunca tornaría sin el Conde, et que ella viviese como buena dueña que 
nunca le menguaría pan et agua en su casa; et pues él esto dixiera, que non 
era razón que le saliese de mandado, et que por esto non comiera nin bebiera 
sinon pan et agua". En cuanto a Pero Núñez, fué más singular el caso: re- 
cibido con inmensa alegría por su mujer y parientes, sucedió que todos 
ellos, departiendo con él, echáronse a reir, y el buen caballero, que debía 
de ser muy receloso, se figuró "que hacían escarnio del porque perdiera el 
ojo, et cubrió et manto por la cabeza, et echóse muy triste en la cama". Las 
almas heroicas, como la de Pero Núñez, tienen mucho de infantiles. Cuando 
la mujer del caballero advirtió la tristeza de su marido y supo su causa, 
"dióse con una aguja en su ojo, et quebrólo, et dixo a don Pero que aquello 
ficiera ella porque si alguna vez riyesen, nunca cuidase él que reían del por 
le facer escarnio". ¿Cabe más? ¿Cuántas mujeres estarían dispuestas a sal- 
tarse un ojo para que su marido tuerto no pudiese creer nunca que se bur- 
laban de él? D. Juan Manuel concluye su ejemplo de este modo: "Asi fizo 
Dios bien en aquellos caballeros buenos por el bien que ficieron." 

Parece indudable que el ejemplo del Libro de Petronio es reflejo de una 
leyenda poética tejida por cantares populares, aunque de mucho sentido 
moral y literario; es decir, más semejantes a los de la Gesta de Mío Cid 
que al de las Mocedades, incluido en la Crónica rimada, sirviéndoles de 
base la historia del señor de Cantabria tal y como se cuenta en la Crónica 
latina de Alfonso Vil. De semejantes cantares, si es que los hubo, no se 
conserva más vestigio que la noticia, dada por el P. Sota, de un romance 
cantado en la montaña de Santander, y que comenzaba así: 

Preso le llevan al Conde, 
Preso y mal encadenado. 



Y que hoy se ha perdido (1). 



(1) Crónica de los principes de Asturias y Cantabria, por el P. Sota, 1681. "A la prisión del Conde — 

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V. - CANTARES DE GESTA PERDIDOS 



44. Los caballeros Hinojosas. — En un códice de la Biblio- 
teca Solazar que se conserva en la Academia de la Historia, y como apén- 
dice a la Vida de Santo Domingo de Silos, de Gonzalo de Berceo, hállase 
una historia que no es, como ha escrito el docto benedictino Ferotin (1), 
sino un cantar de gesta prosificado; era ya conocido en extracto por la 
Crónica general de la Orden de San Benito, de Fr. Antonio de Yepes (1613), 
y por entera trascripción en los Cinco Reyes, de Fr. Prudencio de Sando- 
val (1634), y en la Vida del glorioso taumaturgo español, del P. Cas- 
tro (1680). La historia es la siguiente: 

En el reinado de Alfonso VII floreció el rico home Muño Sancho de 
Finojosa o Hinojosa, que decimos hoy; era señor de sesenta caballos, muy 
bueno y de muy buen sentido, bon guerrero de sus armas contra moros, e 
bon cazador de todos venados. En una de sus incursiones por tierra ene- 
miga sorprendió y cautivó la numerosa y rica comitiva nupcial del moro 
Aboabdil y de la mora Alifra, que eran de alto linage e de gran guisa. 
Aboabdil le rogó que no la matase ni deshonrase, y el caballero, lejos de 
abusar de su posición, hizo que se celebraran las bodas en su mismo pala- 
cio: fizo legar mucho pan et mucho vino et muchas carnes, et fincar tabla- 
dos, et correr et lidiar toros, et facer muy grandes alegrías; así que duraron 
las bodas más de quince días. Después despidió a sus cautivos con mucha 
honra y grandes agasajos. 

Andando el tiempo, Muño Sancho tuvo un encuentro desgraciado con 
los moros en el campo de Almenar. En la primera parte del combate perdió 
el brazo derecho, y sus gentes le dijeron que se retírase; pero él respondió: 
Non será ansi: que fasta hoy me digeron Muño Sancho, de aquí adelante 
non quiero que me digan Muño Manco. Y volviéndose a los suyos, gritó: 
¡Ferit, cavalleros, et moramos oy aquí por la fe de nuestro Señor Jesucristo! 
Todos murieron, en efecto. En cuanto lo supo el moro Aboabdil, salió de 
su pueblo y fué al campo de batalla, donde recogió los restos de Hinojosa, 
los amortajó y metió en bon ataut cobierto de bon guadalmecí con clavos 
de plata, y los condujo a la casa del caballero para que fuesen enterrados 
en el campo de la claustra de Santo Domingo, faciendo muy onrrada se- 
pultura por la onrra quél fizo a sus bodas. Mientras esto sucedía en Cas- 



dice— se hizo un romance que hasta hoy canta la juventud de Asturias de Santulona. . . etc." D. Juan 
Menéndez Pidal ha encontrado en las Asturias de Oviedo un romance, vivo todavía, que comienza: 

Preso va el Conde, preso, 

preso y muy bien amarrado. . . 

Pero el argumento nada tiene que ver con ia leyenda del sefior de Santillana. 
<1> Histoire de rAbbaye de Silos. París, 1897. 

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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

tilla, en el templo del Santo Sepulcro, en Jerusalén, un capellán de Santo 
Domingo de Silos que allí estaba vio entrar a Muño Sancho y a todos sus 
guerreros, que procesionalmente, como era costumbre de los peregrinos, 
dirigíanse a orar ante él Sepulcro; avisó el capellán al Patriarca diciéndole 
que habían llegado en peregrinación unos caballeros de los más principa- 
les de España, y patriarca y capellán los acompañaron en sus piadosas 
estaciones; pero cuando, concluidos los rezos, disponíanse a interrogarlos 
y llevarlos al preparado alojamiento, súbitamente desaparecieron. ¡Ahí Es 
que habían muerto en la batalla; mas como habían prometido en vida ir 
en peregrinación a los Santos Lugares, sus ánimas fueron trasportadas para 
que cumplieran su promesa (1). Era ésta una creencia, no ciertamente de 
origen germánico, sino a que cabe señalar más bien procedencia céltica, ya 
que en los poemas bretones se la encuentra, y estaba difundida en Espa- 
ña, como acredita uno de los romances recogidos en Asturias por D. Juan 
Menéndez Pidal: 

En camino de Santiago 

iba un atara peregrina. 

45. Ramiro II y Alboacer. — En los antiguos Nobiliarios portu- 
gueses, publicados bajo la dirección de Alejandro Herculano en el tomo I 
de la obra Monumentalía Portugalice Histórica (1860), encuéntrense como 
documentos genealógicos relaciones novelescas que son o parecen argu- 
mentos de perdidos cantares de gesta, y que por lo menos pertenecen a la 
historia poética de la Edad Media. 

De las más antiguas es la leyenda de Ramiro II de León. 

Ramiro II guerreaba con el moro Alboacer, señor de la tierra de Santa* 
rén a Caya. Tenía Alboacer una hermana hermosísima, y Ramiro se ena- 
moró de ella. Fuese, pues, a ver con el moro, y se la pidió por esposa; pero 
Alboacer le respondió: Tú estás casado y con hijos, y eres cristiano ¿Cómo 
vas a casarte dos veces? Replicó Ramiro que era tan cercano pariente de 
la reina doña Aldorá, que la Iglesia declararía nulo su matrimonio; mas el 
moro repuso que ya tenía prometida su hermana al rey de Marruecos. En- 
tonces Ramiro, valiéndose de las artes de su estrellero Aman, robó a la 
mora, se la llevó a León, donde la hizo bautizar, le puso por nombre Arti- 
ga, y vivió maritalmente con ella. Irritado Alboacer, y sabiendo que la reina 
D. a Aldorá estaba en Miñor, fuese allá con sus naves, y la cautivó, lleván- 
dosela al castillo de Gaya. 



(1) Sobre esta leyenda véase: Caballeros Hinojo sos del siglo XII, por John D. Ftt*-Gerard (Rev. de 
Archivos. . . 1002). Fitz-Oerard es un hispanófilo erudito yanki. 



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V. - CANTARES DE GESTA PERDIÓOS 

Para rescatarla armó Ramiro cinco naves, que hizo cubrir de paños ver- 
des y que las remasen hidalgos. Embarcado con.su hijo D. Ordoño, entra- 
ron las naves por el río, cuyas riberas cubría espeso arbolado, con lo cual y 
la estratagema de los paños verdes nadie notó el paso de las naves. De 
noche desembarcaron cerca del castillo de Gaya. Mandó el Rey a los suyos 
que se tendieran emboscados y no se moviesen hasta oir su cuerno, y que 
al oírlo corriesen a socorrerle. Él, disfrazado de moro, con su espada, su lo- 
rigón y su cuerno, fuese a recostar junto a una fuente próxima al castillo. 
Allí le encontró una criada de D. a Aldorá, que iba por agua. Pidió Ramiro 
a la criada de beber, y echó en el cántaro un camafeo que en otro tiempo 
había partido con la Reina su mujer; asi supo ésta que allí se encontraba su 
marido, y aprovechando la circunstancia de hallarse Alboacer de montería, 
le hizo subir al castillo y entrar en su cámara. La Reina le dijo: Rey Ramiro, 
¿qué te trae aquí? Respondió el Rey: Tu amor. Replicó ella: Date por 
muerto. Repuso él: Por tu amor corro este peligro. ¡Mentira! — dijo Aldo- 
rá. — A quien quieres es a Artiga; pero escóndete ahora en esta cámara. Y le 
encerró en una cámara abovedada, cerrando la puerta con un gran candado. 

Liego Alboacer, y le dijo Aldorá: ¿Qué harías con el rey Ramiro si lo 
tuvieses aquí? — Lo que haría él conmigo — contestó el moro: — matarle 
con horribles tormentos. — Pues ahí lo tienes — añadió la Reina: — pue- 
des vengarte. Al verse así traicionado por su mujer, Ramiro, que oyó este 
coloquio desde su encierro, no perdió el ánimo, y a grandes voces dijo: Al- 
boacer, Alboacer, he pecado contra ti; te he fingido amistad para robarte tu 
hermana: por eso me he confesado con mi abad, y me ha impuesto la peni- 
tencia de venir a ponerme en tus manos, para que me atormentes y me ma- 
tes. Como mi pecado fué tan público, público debe ser el castigo, por bien 
de mi ánima. Te ruego, pues, que convoques a todos los tuyos, y que me 
saques a este corral, y me pongas en un lugar alto, y me dejes tañer mí 
cuerno, para que yo mismo llame a todos los que quieran complacerse en 
tu venganza y en mi suplicio. Va en ello la salvación de mi alma, y no me 
lo puedes negar, pues tu ley te manda salvar las almas sujetas a todas las 
leyes. 

Conmovióse Alboacer al oir estas razones, y dijo a doña Aldorá: Este 
hombre está arrepentido, y sería yo muy cruel matándole, habiéndose pues- 
to en mis manos y habiéndole yo hecho más daño que él a mí. Entonces la 
Reina le ponderó las maldades de Ramiro, recordándole que había sacado 
los ojos a su hermano don Ordoño para quitarle el trono, y cómo había 
matado y cautivado a tantos buenos moros, y robádole a él su hermana, 
que tanto quería. No serás digno de vivir — le dijo — si no te vengases; y 
sí lo haces por su alma, con matarle te salvas, pues él es hombre de otra 

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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

ley contraria a la tuya, y viene ya aconsejado por su abad. Dale, pues, la 
muerte que te pide, porque harías gran pecado si se la negases. Dijole ade- 
más que Ramiro era artero y vengativo, y que él le había hecho la mayor 
ofensa y deshonra que se puede hacer a un cristiano, cual es robarle su 
mujer, por lo cual, si no le mataba, no podia menos de recibir la muerte a 
sus manos. 

Alboacer pensó: ¡De mala ventura es el hombre que se fía de ninguna 
mujer! Ésta es su mujer legítima, y tiene infantes e infantas del, y quiere 
su muerte deshonrada. No me puedo fiar de ella, y la alejaré de mí en cuan- 
to pueda. Mas a la vez temió morir a manos de Ramiro si le dejaba esca- 
par, y resolvió matarle. Hízole salir al corral y colocarse sobre un padrón 
o columna, y que tañese su cuerno hasta que le faltase el aliento; en torno 
de la columna estaban la Reina, todos los parientes y familiares de Alboa- 
cer y sus servidores: de repente entran en el corral, atraídos por el toque 
del cuerno, el infante D. Ordoño y los guerreros emboscados, que mataron 
a Alboacer, con cuatro hijos y tres hijas y cuantos moros había en el corral. 
Ramiro dijo al Infante: ¡No muera tu madre, porque otra muerte merece! 'Des- 
truyeron el castillo de Gaya, y reembarcáronse, llevándose a doña Aldorá. 
El Rey contó a D. Ordoño lo que había sucedido y la maldad de la Reina. 
A D. Ordoño se le saltaron las lágrimas, y dijo a su padre: Señor, a mí no 
me toca hablar en esto, porque es mi madre, y sólo os digo que miréis por 
nuestra honra. Llegaron a la Foz de Ancora, y amarraron las naves para 
holgar, porque habían trabajado mucho aquellos días. En esto dijeron al 
Rey que la Reina estaba llorando, y fué a verla; y preguntándole por qué 
lloraba, respondió: Porque mataste aquel moro, que valía más que tú. El 
Infante exclamó: ¡Esta mujer es un demonio! ¿Qué esperas de ella? Puede 
ser que huya de ti. Entonces D. Ramiro mandó atar a un ancla a Doña Al- 
dorá y tirarla al mar. Por este pecado que dijo el infante D. Ordoño contra 
su madre fué desheredado del reino, y Ramiro, vuelto a su corte, se casó 
con Artiga, y a todos los del reino les pareció muy bien, porque el astrólo- 
go Aman había dicho que aquella mora era como piedra preciosa entre to- 
das las mujeres de su tiempo, y que había de ser tan buena cristiana, que 
para honrarla Dios le daría por descendencia muchas generaciones de 
hombres buenos y afortunados. 

La poesía portuguesa ha sacado partido de esta leyenda, argumento de 
dos composiciones en el siglo xvn, y del romance Miragraria, de Almeida 
Garrett. 

46. El abad de Montemayor. — La leyenda o cuento del abad 
de Montemayor, que varios cronistas portugueses tomaron por verdadera 

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V. - CANTARES DE GESTA PERDIDOS 

historia, y que de tal modo encarnó en la tradición del vecino pueblo lusita- 
no que durante mucho tiempo se ha celebrado anualmente el 10 de Agosto 
en Montemayor una función popular conmemorativa con farsa dramática o 
pantomima de las proezas del Abad, según Ramón Menéndez Pidal, es un 
cantar de gesta castellano localizado, no se sabe por qué, en la citada 
villa portuguesa. 

El abad Juan de Montemayor era un gran hidalgo, señor de todos los 
abades de Portugal. Una Noche Buena recogió a la puerta de la iglesia un 
niño expósito, y le crió con mucho cariño; pero aquel niño era fruto de un 
incesto, y salió malísimo: se pasó al moro renegando de la fe cristiana, y to- 
mando el nombre de D. Zulema, intimó con Almanzor, de quien fué uno de 
los principales satélites, y la hueste musulmana acaudillada por Almanzor 
y don Zulema invadió Galicia, se apoderó de Compostela, profanó la igle- 
sia del Apóstol y quemó sus reliquias. A la vuelta de esta expedición sitia- 
ron a Montemayor, proponiendo al Abad hacerle pontífice de todos los al- 
muédanos y alfaquies si renegaba y entregaba la villa: lejos de hacerlo asi, 
el Abad defendió valerosisimamente la plaza, y sus proezas fueron innu- 
merables y portentosas: una de ellas, tirar su lanza a la tienda del general 
mahometano con tal violencia y tino, que cayó y se hincó en el tablero de 
ajedrez en que jugaban en aquel momento Almanzor y don Zulema. 

Mas el cerco duraba ya dos años y siete meses, y Montemayor estaba 
reducida a la última extremidad. Entonces el Abad convocó en la iglesia a 
todos los hombres de armas, cantó una Misa, predicó elocuentemente, y 
por remate les dijo que para no sufrir los ultrajes y tormentos de los moros 
no había otro escape sino hacer lo que los numantinos: matar a las mujeres, 
a ios viejos y a los niños, quemarlo todo, y salir a matar moros en desespe- 
rada refriega, hasta que perecieran todos. Comprendieron los guerreros 
que no había otro camino, y se puso por obra el atroz remedio. Los frag- 
mentos prosificados del cantar que han llegado a nosotros describen con los 
más conmovedores detalles la tremenda escena de matar el mismo Abad 
a su hermana doña Urraca, con cinco niños pequeños y hermosos que 
tenia. El Abad lloraba al ver a su hermana desolada besando a sus cinco 
hijos que iban a morir. "Hermana señora doña Urraca — le dijo al fin, — 
venid vos y vuestros hijos, y tomad la muerte por Aquel que la tomó por 
los pecadores salvar" El abad tomó la espada, y fuese para la her- 
mana y sus sobrinos; y dijo doña Urraca: ¡Ay, señor hermano! ¡Por Dios 
vos ruego que matéis a mí primero que no a mis hijos! "Y en esto tomó 
doña Urraca un velo y púsole ante los ojos f y hincó los hinojos ante el 
abad don Juan su hermano; y alzó el abad don Juan la espada, y cortóle 
la cabeza a doña Urraca su hermana; y tomó a sus sobrinos cinco, y de- 

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SALCEDO.- LA LITERATURA ESPAÑOLA 

gottólos, y echólos sobre la encima de los pechos. Y todos los hombres, 
cuando vieron que el abad don Juan esto hacia a doña Urraca su hermana 
y a sus sobrinos, hicieron ellos todos asi a cada uno de sus parientes' (1). 
Vino después el desconsolado, o, mejor dicho, desesperado llanto de los 
que acababan de consumar el espantoso sacrificio, y luego el incendio de 
cuanto pudiese aprovechar a los moros. Rematado todo, dijo el Abad: 
Amigos, pues que aquí no hay alguno de que nos dolamos, que los pa- 
rientes que hablamos todos son muertos y son idos a la gloria del Paraíso 
a tomar posadas para ellos y para nosotros y son mártires en el Cielo, 
ningún pesar tengamos asi mesmo del haber del castillo; porque cuando 

aquellos traidores acá entraren, no hallarán qué 
tomar ni llevar. Diéronse la paz, comulgáronse, 
perdonáronse unos a otros, y salieron contra los 
moros con tal Ímpetu, que, lejos de perecer, pu- 
sieron en huida a los que no mataron. "Hicieron 
tamaña mortandad, que no había por do andar" . 
Y no fué esto lo mejor, sino que al volver victo- 
riosos al castillo encontraron resucitados a todos 
los que habían muerto antes de salir. 

47. La dama del pie de cabra. — 

Munio López. — Don ífíigo Ezquerra. 

At . A „ f Doña Marina o la Sirena. — La desdi- 

Alejandro Hercttlano 

1810-1877 chada Estefanía. — El cuento fantástico de 

Alejandro Herculano La dama del pie de cabra (2) 
tiene su raíz medioeval en una de las historias del ya citado Nobiliario del 
Conde don Pedro. Don Diego Lope de Haro, señor de Vizcaya, un día que 
cazaba encontró a una hermosa señora que tenia un pie de cabra, la cual 
cantaba sentada en una peña. Enamoróse de ella, y se casó, admitiendo la 
condición que puso la dama, y fué que no habia de santiguarse nunca. Tu- 
vieron dos hijos — íñigo Guerra se llamó el varón. — Comiendo en cierta 
ocasión la familia un jabalí cazado por don Diego, sucedió que se cayó un 
hueso de la mesa, y por cogerlo lucharon un alano y una podenca, ma- 
tando ésta al alano, lo que maravilló al señor de Vizcaya, y le hizo santi- 
guarse exclamando: ¡Santa María me valga! ¿Quién vio nunca tal cosa? 



(1) Lo copiado es del libro Historia del abad Don Juan — 1562, — libro de los llamados de cordel: el 
único ejemplar conocido, propiedad de Don Aníbal Fernández Thomas, fué copiado por orden de la sabia 
escritora portuguesa Carolina Michaelis de Vasconcellos para Don Ramón Menéndez Pidal. 

(2) Traducido al castellano, y publicado en uno de los tomitos de la Biblioteca Universal. 



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V. - CANTARES DE GESTA PERDIDOS 

Pero en cuanto la señora vio a su marido santiguarse, echó mano a sus 
hijos y fuese para una ventana. Don Diego consiguió quitarle al varón; 
mas no a la hija, y con ella la dama del pie de cabra saltó por la ventana, 
y se fué al monte. 

Pasó tiempo, y don Diego cayó prisionero de los moros, que le lleva- 
ron a Toledo. Su hijo íñigo Guerra, para ver cómo libertarle, por consejo 
de la gente de la tierra se fué a buscar a su madre, y 
ésta le proporcionó un caballo, llamado Pardal, reco- 
mendándole que montase y se dejase conducir por él. 
En efecto; el caballo le llevó a Toledo, y fácilmente li- 
bertó a su padre. La misteriosa dama es, según el No- 
biliario portugués, el hechicero o encantador de Vizcaya 
que muchas veces aparece en figura de hombre para 
violar y hechizar a las aldeanas. Lo de tener un pie de 
cabra no es original de esta leyenda, pues no sólo el 
pie, sino ambas piernas tenía de cabra, según un anti- 
quísimo cuento oriental, Baquis, la reina de Saba aman- 
te de Salomón, argumento de que se ha valido Anatole 
France para una de sus más lindas narraciones leyen- 
darias. 

En Vizcaya no ha sido conocida nunca la historia 
de la Dama del pie de cabra. En cambio, García de 
Salazar cuenta (1) que el señor Munio López cayó cau- 
tivo de moros, y que su mujer llamó a don íñigo Ez- 
querra, hijo mayor de Munio y entenado suyo. "Pues 
tu padre — le dijo — es cativo y no salirá, cásate con- 
migo, y seremos señores de Vizcaya". Horrorizó a don 
íñigo la propuesta, y la infame madrastra le acusó de 
haber querido forzarla. El buen hijo, sin hacer caso, 
fuese a tierra de moros y libertó a su padre; pero éste 
dio crédito a su mala mujer, y revolvióse contra su 
hijo. Entonces díjole don íñigo: Señor, pues la maldad vale más con vos 
que la verdad conmigo, yo lo pongo en el juicio de Dios, e me mataré 
con vos: vos armado, e yo desarmado e con la lanza sin fierro, e vos con 
fierro", a pesar de lo cual pereció el padre. Algunos encuentran cierta 
relación entre ambas leyendas: realmente, no hay otra sino la del nombre 
del hijo del Señor — íñigo Guerra e íñigo Ezquerra significan igual — y la 



D. Diego López 
de Haro, "el Bueno" 

Señor de Vizcaya 
(siglo XIII) 

(De su estatua yacente 

en Santa María la Real 

de Nájera.) 



<1) m Laa Bienandanzas e Fortunas, que escribió Lope García de Salazar estando preso en la su torre 
de San Martin de Muflatornes. - Reproducción del códice existente en la Real Academia de la Historia. — 
Hadrid - Sánchez - 1884". 



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SALCEDO. — Literatura española. — Tomo í. 



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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

circunstancia del cautiverio del padre; por lo demás, no pueden ser más 
diversas. 

De abolengo clásico, aunque aderezada al gusto medioeval, es otra 
leyenda, también contenida en el Nobiliario de don Pedro de Portugal: la 
de la Sirena o mujer hija del mar. La encontró dormida en la playa el ca- 
ballero Froyaz; la llevó a su casa, hízola bautizar, poniéndole por nombre 
doña Marina, y se casó con ella. El matrimonio tuvo un hijo, que se llamó 
Juan Froyaz Marino. Doña Marina era hermosísima, pero muda; mas he 
aqui el ardid de que se valió su marido para darle habla: mandó encender 
una gran hoguera en el patio de su castillo, cogió a su hijo, e hizo ademán 
de arrojarle a las llamas: al verlo, fué tal el esfuerzo de doña Marina por 
gritar, que vomitó un pedazo de carne, gritó, y acabó su mudez para siem- 
pre. ¡Bella alegoría de la fuerza del amor maternal y del imperio de nues- 
tro espíritu sobre las imperfecciones corporales! 

En el repetido Nobiliario contiénese, por último, la trágica desgracia 
de Estefanía, muerta por su marido Fernán Ruiz de Castro, a quien cegaron 
los celos y el deseo de conservar su honra, y engañado por una liviana 
criada que para recibir a su galán se vestía con las ropas de su señora, his- 
toria o conseja que ha dejado en nuestra Literatura luminosísima estela; 
como que sirvió a Lope de Vega de argumento para una de sus mejores 
comedias, La desdichada Estefanía; a Vélez de Guevara, para la suya Los 
celos hasta los Cielos, y Desdichada Estefanía; al P. Arólas, para su leyen- 
da Fernán Ruiz de Castro, y a Campoamor, para uno de los episodios de 
El drama universal. 

48. La infanta doña Teresa. — Refiere la Estoria d'Espanna 
que Alfonso V de León, para conseguir aliarse con el rey moro de Toledo, 
Abdallá, contra el rey de Córdoba, le dio por mujer a su hermana la infanta 
doña Teresa. Lo llevó muy a mal la Infanta, y al verse en la cámara del 
rey moro le dijo: " Yo soy cristiana, e tú eres moro: yo non quiero haber 
companna con home de otra ley: e dígote que si pusieras mano en mí, que 
te matará el Ángel de aquel mi Señor Jesu Cristo en quien yo creo". No 
hizo caso el moro; a mas luego a poca de ora le firió el Ángel de Dios de 
una tan grande enfermedad donde bien cuidó ser muerto, e llamó sus ornes 
e mandó cargar muchos caballos de oro, e de prata, e de piedras precio- 
sas, e embió todo aquello de consuno con la dueña para León, a su her- 
mano el rey don Alfonso, e duró ella muy grand tiempo en la ciudad en 
hábito de monja viviendo honesta e sancta vida". Tomó este relato la Cró- 
nica General del arzobispo D. Rodrigo, y también se halla en el Cronicón 
de D. Pelayo, obispo de Oviedo, aunque éste no cita el nombre de Abda- 



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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

llá, limitándose a decir cierto rey pagano dé Toledo, ni especifica por qué 
fué la alianza con los moros, sino únicamente que se hizo el matrimonio 
por bien de paz, y, en cambio, puntualiza que doña Teresa entró monja en 
el convento de San Pelayo, de Oviedo. Los historiadores árabes Aben-Jal- 
dun y Aben-al-Jatit hablan del casamiento de una hija, no de Alfonso V, 
sino de Bermudo II, y no con un rey de Toledo, sino con el gran Alman- 
zor, la cual llegó a ser la mujer favorita del Hagib, sobrepujando, dicen, a 
todas sus compañeras en piedad y virtud. El señor Cotarelo ha demostrado, 
sin embargo, la imposibilidad cronológica del matrimonio de Almanzor con 
una hija de Bermudo II (1). 

Es probable que los cronistas árabes se refieran al casamiento de Al- 
manzor con una hija de Sancho II Abarca, de Navarra, de la cual tuvo un 
hijo, que llamaron los moros Abderramán Sanchol, por recuerdo de su 
abuelo. Por otra parte, es hecho histórico documentalmente comprobado 
la existencia de una infanta Teresa, hija de Bermudo y de la reina doña 
Elvira, que residió en San Pelayo de Oviedo, y murió el 25 de Abril del 
año 1039. De todo lo cual se deduce, no que las cosas sucedieran tal como 
se narran en la leyenda, según ha sostenido Dozy, sino que hubo algo real, 
trasfigurado y embellecido luego por las tradiciones poéticas, mucho más 
tarde reflejadas en el Romancero. 

49. Alfonso VIH. — El pecho de los cinco maravedís. — 
Ld judía de Toledo. — Del rey Alfonso VIII refiérense dos leyendas: 
una es la del pecho de los cinco maravedís, o de la resistencia que le opu- 
sieron los nobles, capitaneados por el conde D. Nuao de Lara, a pagar tri- 
buto, a pesar de pedírselo el Rey para "facer guerra a los moros, enemigos 
de nuestra sancta Fe Catholica a , y exponerles que estaba * pobre y men- 
guado de dinero, según mi estado es, por las muchas guerras y trabajos y 
necessidades que siempre ove de mi juventud hasta agora, como vosotros 
bien sabedes que me servistes en ellas lealmente". . . La más antigua expre- 
sión de esta leyenda se halla en el ya citado Valerio de las historias, de 
donde la tomaron los romances, y es hermana de otra catalana consignada 
por mosén pere Miguel Carbonell en sus Chroniques de Espanya fins aci 
no divulgades, libro contemporáneo del Valerio. Según la relación de Car- 
bonell, los caballeros catalanes, disgustados con el rey Pedro III por haber- 
les quemado sus privilegios, al ser llamados a la guerra se le presentaron 
con lanzas sin hierros y vainas sin espadas. La leyenda de Castilla tiene 



(1) El supuesto casamiento de Almanzor con una hija de Bermudo II. — (La España Moderna, Ene- 
ro, 1903.) 



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BURGOS. - Monasterio de las Huelgas. - Vista exterior. 
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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

todas las trazas de no haber sido cantada nunca, y, por tanto, su importan- 
cia será política, pero no es literaria; por este último aspecto lo único digno 
de ser notado es la frase con que Almela resumió la oposición de los no- 
bles: la libertad y franqueza no es comprada por oro, traduciendo el verso 

Non bene pro toto libertas uenditus auro 

de la fábula esópica El perro y el lobo, y que reflejó con mucha fortuna el 
romance sacado del Valerio: 

El bien de la libertad 
por ningún precio es comprado. . . (1) 

frase que se ha repetido mucho después, concediéndole valor político o 
histórico-político de suma trascendencia como ponderación de cuánto de- 
bemos apreciar la libertad, o de cuánto la apreciaban los castellanos anti- 
guos, y gran valor literario como felicisima fórmula poética del Romancero. 
Ni una ni otra cosa responden a la realidad: literariamente considerada, la 
frase es mera traducción del verso latino de una fábula; y politicamente, 
fué aducida en el Valerio y en el romance de él sacado, no para defender 
la libertad, sino un odioso privilegio de la oligarquía medioeval. 

La otra leyenda referente al vencedor de las Navas de Tolosa es la 
de la judía de Toledo. El P. Fita rebate con muy buenas razones la exacti- 
tud histórica de este hecho (2), que ya había sido puesto en duda por Ma- 
riana y Colmenares (3), y que Fernández y González (4) reduce a mera 
hablilla popular. En cambio, Aschbach (5), Graetz (6), Amador de los 
Ríos (7) y Menéndez Pelayo (8) sostienen su certeza, por lo menos en 
cuanto al fondo del suceso. Hasta que D. Ramón Menéndez Pidal publicó 



(\) Cervantes, en el prólogo de la primera parte del Quijote, burlándose de los autores aficionados a 
decorar sus obras con sentencias o latines, dice: ". . . como será poner, tratando de libertad y cautiverio 
(copia el verso), y luego en el margen citar a Horacio, o a quienl o dijo*. El Arcipreste de Hita, en la fá- 
bula Las ranas pidiendo rey, tradujo así el mismo verso. 

Libertad e soltura non es per oro comprado. . . 

(2) Elogio de doña Leonor de Inglaterra. (Leido en la Academia de la Historia. — 1.° Nov. 190S). 

(3) Historia de Segovia. 

(4) Instituciones jurídicas del pueblo de Israel en los diferentes Estados de la Península Ibérica 
hasta los principios del siglo XVI. Tomo 1. 

(5) Historia de España y Portugal durante la dominación de los almorávides y almohades. 
Tomo II. 

(6) Geschichte der Juden. VI -211. 

(7) Historia de los judíos de España y Portugal. 1-324-327. 

(8) - No hay el menor indicio de que la tradición de los amores de la judia que tenemos por his- 
tórica...* (Trat. de los Romances viejos. II -92.) 



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V. - CANTARES DE GESTA PERDIDOS 

su edición critica de la Estoria d'Espanna no sabiamos cómo refiere la le- 
yenda el texto primitivo, o sea el de D. Alfonso el Sabio y Sancho el Bravo: 
"Este monesterio (el de las Huelgas) — dice — fizo fazer el rey por tres 
"cosas: ... la tercera, porque este rey ovo de fazer pesar a Dios en siete 
"años que moró en la Judería de Toledo con una judía. . . Et deste pecado 
"ovo Dios grant sanna contra él, et fizóle veer en visión ... la qual visión 
"vio él en Illescas una mannana en amaneciendo a dos annos después de 
"la batalla de Alarcos; que yaziendo despierto en so lecho, vio entrar por 
"la puerta a desora un grant oume todo vestido de blanco, et avie los ca- 
■ bellos blancos, et la barba blanca, et traye un capiello de ultramar en la 
"cabeza. Et el rey, cuando lo vio, espantóse del, et 
"demandol quién era, et él le dixo: "Non ayas mie- 
Vlo, que mandadero so de Dios. . . et dizete Dios 
"que por el pecado que feciste con la judía et dexa- 
"vas la reina tu muger por. ella, quísotelo Dios ca- 
"lomiar, asi como calomió a David . . . et por esso 
"fuste vencido en la batalla de Alarcos. . . , et quié- 
retelo aun calomiar en los tus hijos varones, ca 
"todos morrán et no fincará generación de ningu- 
"no de ellos, mas el to nieto, fijo de tu fija et del 
"rey de León, aquel heredará la tu casa. Et así fué 
"cumplido en el rey^D. Fernando. 

Dejando aparte el hecho histórico en sí mis- Padre p,dcl "** Colomé 
mo, leyendo este texto parece indudable que la 1838 

generación afligida por el tremendo desastre de 
Alarcos, buscando, como suelen hacerlo todas, una explicación trascen- 
dental de la derrota y que no humillase a la nación, la encontró en algún 
pecado del Rey, efectivo o imaginado. No es verosímil que D. Alfonso vi- 
viera en la Judería, ni cierto que en aquellos siete años a que la leyenda 
se refiere, desatendiera la gobernación del reino ni la guerra con los mo- 
ros, ni que tan por completo abandonase a su mujer: es posible, y aun 
probable, que tuviese un trapicheo, fundamento positivo de las hablillas 
del vulgo, hablillas que probablemente también se reflejarían en cantares; 
mucho después, ya reinando Fernando III, añadiríase la profecía de no rei- 
nar sus hijos varones, y sucederle efectivamente su nieto. De todas suertes, 
en una Historia literaria tiene su lugar la leyenda, ya por haber existido, 
ya por haber inspirado romances y tragedias como la Raquel de García de 
la Huerta. 



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LA LITERATURA ESPAÑOLA EN LA 
EDAD MEDIA g g VI. 1 DEL CANTAR 
DE GESTA AL ROMANCERO (1) **» **» **» 



Doctrina de Milá y Fontanals. — Corrección de 
Ramón Menéndez Pida!. — Milá y Fontanals refutó de- 
cisivamente la teoría sostenida por Héricault, Gautier y Gastón 
París, según la cual las laigas canciones de gesta procedían de otras cortas 
o cantinelas, por el estilo de nuestros romances, unidas luego para formar 
verdaderos y extensos poemas; según ya también se ha dicho, uníase esta 
teoría a la idea de no haber habido en España largos cantares, sino única- 
mente romances, o sean las cantinelas cortas, rudimentos de la epopeya 
que no llegó a desarrollarse. Milá demostró que en España, como en 
Francia, hubo cantares laigos, y que estos cantares laigos son los pri- 
mitivos, y que los cortos o romances únicamente los hubo en España, y 
son derivación de los laigos originarios. Aceptada la doctrina del docto 
profesor de Barcelona por Rajna, Nyrop y el mismo Gastón París, es hoy 
la corriente en Historia literaria. 



(1) 50. Doctrina de Milá y Fontanals. — Corrección de Menéndez Pidal. — 51. Los 
romances más antiguos y los juglarescos. — 52. Alteración de las leyendas épicas 
en los romances. —La canción del cerco de Zamora. — Nueva versión de las Moce- 
dades del Cid. — 53. El romance Huye el moro Búcar. — 54. Romances carolingios. . 
El conde Dirlos. — 55. El Marqués de Mantua, Valdovinos y Carloto. — 56. Don Gai- 
teros. — 57. Montesinos. — 58. Durandarte y Roncesvalles. — 59. El conde Guarí- 
nos. — 60. Reinaldos de Montaluán: su leyenda y los tres romances. — 61. El conde 
Claros.— Gerineldo. — El conde Vélez.— 62. Calaínos y Bramante.— 63. El Palmero. 

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SALCEDO, -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Sin embargo, en un punto referente a nuestra Historia particular — el 
de la transición de los cantares de gesta a los romances — ha sido sabia- 
mente corregida por Ramón Menéndez Pidal. Suponía Milá que a últimos 
del siglo xii o principios del xm cesó la elaboración épica en España; el 
Cantar de tas mocedades de Rodrigo, incluido en la Crónica rimada, era 
para él obra de fines de la centuria duodécima; en la decimotercera lo que 
se hizo fué incluir la materia ya elaborada en las Crónicas, prosificando los 
antiguos cantares, y hasta el siglo xv no se compusieron romances, sacan- 
dolos de las crónicas, y no de los poemas primitivos, que ya estaban ente- 
ramente olvidados. No es así: ya sabemos que ese Cantar de las mocedades 
de Rodrigo es mucho más moderno que lo que se figuraba Milá, y refun- 
dición o tergiversación de otro, prosificado en la Crónica de mediados del 
siglo xiv. Indudablemente, los romances empezaron a componerse cuando 
aún se componían canciones largas, y durante un período no breve fué 
simultánea la elaboración de unos y otras; las gestas siguieron cantándose 
ante auditorios selectos que se reunían exprofeso para oirías, como sucede 
con las representaciones teatrales, y ordinariamente eran ocasiones de re- 
citarlas las fiestas aristocráticas, mientras que los romances se cantaban en 
la calle, ante el improvisado y colecticio corro del juglar andariego, pre- 
decesor de los ciegos posteriores. Constituían, pues, una poesía más ge 
nuinamente -popular, o, mejor dicho, plebeya, comparada con la antigua; 
pero como en Castilla la llaneza natural en los de arriba y la no menos 
natural altivez en los de abajo han suavizado siempre la desigualdad social, 
sucedió que, así como la épica pri mitiva, propia de los hombres de armas, 
esto es, de los aristócratas, no tardó en trascender a la sociedad entera, 
esta épica derivada, nacida, por decirlo así, en el arroyo, tampoco tardó en- 
penetrar en los palacios, y gustaron de ella los reyes y magnates, con lo 
que acabó por sustituir completamente a la primitiva. 

Había otra razón fundamental de orden estético o artístico para que 
así sucediese. Los poemas largos llevan en su misma extensión un germen 
morboso que los mata: la verdadera poesía, la que nos proporciona la 
emoción estética, es de suyo breve y fugitiva; surge momentáneamente, 
penetra en el alma, y allí mora más o menos tiempo, con mayor o menor 
intensidad, pero en cierto modo independiente de la causa o motivo que 
la produjo; en los largos poemas esa poesía no se manifiesta sino en algu- 
nos episodios o escenas culminantes, y todo lo demás es prosa rimada, 
recitado en verso. En cuanto forma artística, la poesía es superior a la prosa; 
pero para recitar, para contar historias, la prosa es más adecuada que el 
verso. * 

Los cantares de gesta tuvieron su hora de gran éxito cuando nadie 

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V/.- DEL CANTAR DE GESTA AL ROMANCERO 

sabía leer, y el juglar suplía con su recitación cantada la falta del libro. 
Escritos ya y prosificados en las crónicas, el códice reemplazó a la voz viva 
del cantor. Mas había en los cantares algo que no podía suplir la prosa 
del códice, y eran las situaciones de verdadera poesía que emocionaban, 
y a esta necesidad espiritual satisficieron los nuevos juglares, los cantores 
de romances. 

51. Los romances más antiguos y los juglarescos. — 
Tanto es así, que los romances más antiguos no son otra cosa que trozos 
de cantares de gesta, resumidos o amplificados los pasajes que más emocio- 
naban al auditorio, y que el juglar romancero cantaba sin los antecedentes 
y consiguientes que tenían en el poema. Ya hemos citado un ejemplo: las 
quejas de D. a Urraca, sitiada en Zamora, contra el Cid (111-29); el romancero 
sacó del poema esa parte mínima, la compuso a su modo, e hizo una can- 
ción breve. Las quejas de doña Jimena al Rey que dieron por resultado su 
casamiento con el Cid, son otro ejemplo. Hay muchos. Y en esta elabora- 
ción se dio un fenómeno que debe tenerse muy en cuenta: los composito- 
res de romances no tenían ningún reparo en trasportar a un asunto épico 
materia de otro muy distinto; v. g., poner en labios de doña Jimena pa- 
labras que, según el Cantar de los Infantes de Lara, había dicho doña 
Lambra. A doña Jimena le hace decir uno de los romances: 



Cada día que amanece 
veo quien mató a mi padre, 
caballero en un caballo, 
y en su mano un gabilán; 
otra vez con un halcón 
que trae para cazar. 
Por me hacer más enojo 
cébalo en mi palomar; 
con sangre de mis palomas 
ensangrentó mi brial: 
envíeselo a decir, 
envióme a amenazar 
que me cortará mis haldas 
por vergonzoso lugar, 
me forzará mis doncellas 
casadas y por casar; 
mataráme un pajecillo 
so haldas de mi brial. 
Rey que no hace justicia 
no debía de reinar, 
ni cabalgar en caballo, 



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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

ni espuela de oro calzar, 
ni comer pan a manteles, 
ni con la reina folgar, 
ni oir misa en sagrado, 
porque no merece más. 

Aquí están interpolados versos que corresponden a las quejas de doña 
Lambra con otros que son propios de la situación de doña Jimena. 

Menéndez Pidal define asi el romance primitivo: un pequeño poema 
esencialmente episódico, formado por algunos versos de una canción de 
gesta, ya extractados sencillamente, o con la añadidura de otros para com- 
pletar el relato tradicional o para sustituir este relato por otro, según el 
capricho del autor. Su forma es siempre concisa y enérgica, y más descrip- 
tiva o dialogada que narrativa. 

A estos romances siguieron los que llamamos juglarescos, que son 
poemas o historias completas, una canción de gesta en miniatura, dice Me- 
néndez Pidal, o un romance largo. Así son el romance que empieza: 

Ya se salen de Castilla 
castellanos de gran safla; 
van a derribar los moros 
a la vieja Calatrava . . . 

y que es la historia del casamiento de doña Lambra con D. Rodrigo de 
Lara. Igualmente, aunque aparezcan en los Romanceros como varios ro- 
mances, constituyen uno solo los que empiezan: 

Después que Bellido Dolfos, 
ese traidor afamado, 
derribó con cruda muerte 
al valiente rey don Sancho, 
juntáronse en una tienda 
los mayores de su campo, 
y juntóse todo el real 
como estaba alborotado. 



el que sigue: 



Tristes van los zamoranos 
metidos en gran quebranto; 
reptados son de traidores, 
de alevosos son llamados: 
más quieren ser todos muertos, 
que no traidores nombrados. 



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VI.- DEL CANTAR DE GESTA AL ROMANCERO 
y el siguiente: 

Por aquel postigo viejo 
que nunca fuera cerrado, 
vi venir pendón bermejo 
con trescientos de caballo. 



Estos tres romances son la historia completa del desafio a los zamora- 
nos, sacada del Cantar del cerco de Zamora. 

En romances juglarescos se cantó la historia de Carlomagno, o sea 
todo el ciclo carolingio, sin que conozcamos los cantares de gesta caste- 
llanos, si es que los hubo, como parece probable, de que se derivaron di- 
rectamente. 

52 Alteración de las leyendas épicas en los romances. — 
La canción del cerco de Zamora. — Nueva versión de las 
Mocedades del Cid. — Los autores de romances no se limitaron a 
extractar o repetir los temas de la epopeya, sino que los modificaron, ya 
interpretando libremente los textos de las antiguas canciones, ya incorpo- 
rando a la leyenda elementos nuevos, o que, por lo menos, no tienen pre- 
cedentes conocidos para nosotros en los primitivos cantares épicos. 

De lo primero es ejemplo el amor de doña Urraca por el Cid, de que 
no hay ninguna noticia en la Canción del cerco de Zamora, la cual se li- 
mita a decir que la Infanta y el Campeador se habian criado juntos en casa 
de Arias Gonzalo. La nueva versión fué feliz, literariamente considerada, 
ya que anadia un elemento dramático, de que se sacó gran partido poste- 
riormente, al casamiento de Rodrigo con la huérfana del Conde Lozano. Si 
el amor de Jimena tuvo que vencer la repugnancia natural que debía de 
inspirarle el matador de su padre, el amor del Cid hubo de sobreponerse 
a la seductora solicitación de una infanta joven y bella, enamorada del 
guerrero, y que le hubiese llevado en dote un Estado y el enlace con la 
familia real de Castilla. 

De lo segundo, la misma leyenda del Cid ofrece múltiples ejemplos. 
El romance que comienza 

Ese buen Diego Lainez, 
después que hubo yantado, 
hablando está sobre mesa 
con sus hijos todos cuatro. 

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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

nos da la peregrina noticia de que el Cid era bastardo (1), convierte la gue- 
rra feudal o guerra privada entre Lainez y el Conde en una cuestión indi- 
vidual de caza: 

Hijos, mirad por la honra, 

que yo vivo deshonrado; 

que porque quité una liebre 

a unos galgos que cazando 

hallé del conde famoso, 

llamado conde Lozano, 

palabras sucias y viles 

me ha dicho y ultrajado. 

introduce la escena de la extraña prueba que hace el padre con sus cuatro 
hijos, metiéndoles el dedo en la boca y apretando fuertemente: los tres hijos 
legítimos, al sentirse lastimados, se limitan a quejarse; mas el bastardo 
Rodrigo 

con el gran dolor que siente, 
un bofetón le ha amagado. 
¡Aflojad, padre, le dijo; 
si no, seré mal criado! 
El padre que aquesto vido, 
grandes abrazos le ha dado. 
— ¡Ven acá tú, hijo mío; 
ven acá tú, hijo amado! 
jA ti encomiendo mis armas, 
mis armas y aqueste cargo: 
que tú mates ese conde, 
si quieres vivir honrado! 

Finalmente, Rodrigo no mata al Conde en una batalla, como cuenta el 
Cantar de gesta, sino en riña individual: buscó al Conde, le increpó por lo 
que habia hecho con su padre, y 

El Conde tomólo a burlas; 
el Cid presto se ha enojado; 
apechugó con el Conde, 
de puñaladas le ha dado. 

(1) La Crónica General, impresa por Ocampo, apunta que Diego Lainez tuvo de una villana a Fernán* 
do Díaz, y añade: Y los que leen la estoria dicen que éste fué Mío Cid; mas en esto yerran. Habia, pues, 
un libro en que así se contaba. Confírmalo Francisco Santos en su libro La verdad en el potro y el Cid re- 
sucitado (Madrid-1686), donde se refiere a un libro manuscrito en que se contaba que m el Cid fué bastar- 
do, ávido en una molinera*. Lo que no puede saberse es si el libro tomó esa especie del romance, o el ro- 
mance del libro. Según los documentos históricos, el Cid era hijo de doña Teresa Rodríguez, hija del 
conde asturiano Rodrigo' Álvarez, y no deja de chocar que la poesia nunca nombre a su madre. 

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VI.- DEL CANTAR DE GESTA AL ROMANCERO 



53. El romance «Huye el moro Búcar». — La notabilísima es- 
critora portuguesa Carolina Michaelis de Vasconcellos, varias veces citada 
en este libro, es autora de una monografía sobre el romance Huye el moro 
Búcar del Cid, de que Francisco de Lara escribió en el siglo xvi que era el 
más viejo que había oído, y que Menéndez Pelayo califica como "el más 
bello, y sin duda el más popular y antiguo de todos los concernientes al 
Cid*. Dice así el romance: 



Helo, helo, por do viene, 
el moro por la calzada, 
caballero a la gineta 
encima una yegua baya; 
borceguíes marroquíes 
y espuela de oro calzada; 
una adarga ante los pechos, 
y en su mano una zagaya. 
Mirando estaba a Valencia, 
como está tan bien cercada; 
¡Oh Valencia, oh Valencia; 
de mal fuego seas quemada! 
Primero fuiste de moros 
que de cristianos ganada. 
Si la lanza no me miente, 
a moros serás tornada; 
aquel perro de aquel Cid 
prenderélo por la barba; 
su mujer doria Jimena 
será de mi captivada; 
su hija Urraca Hernando 
será mi enamorada; 
después de yo harto de ella 
la entregaré a mi compaña. 
El buen Cid no está tan lejos, 
que todo bien lo escuchaba. 
Venir vos acá, mi hija, 
mi hija doña Urraca; 
dejar las ropas continas, 
y vestir ropas de pascua. 
Aquel moro hi-de-perro 
detenémelo en palabras, 
mientras yo ensillo a Babieca 
y me ciño la mi espada. 
La doncella, muy hermosa, 
se paró a una ventana; 
el moro desque la oído, 



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SALCEDO - LA UTERATURA ESPAÑOLA 

de esta suerte le hablara: 

— ¡Alá te guarde, señora, 
mi señora doña Urraca! 

— ¡Asi haga a vos, señor, 
buena sea vuestra llegada! 
Siete años ha, rey, siete, 
que soy vuestra enamorada. 

— Otros tantos ha, señora, 

que os tengo dentro de mi alma 
Ellos estando en aquesto, 
el buen Cid que se asomaba 

— ¡Adiós, adiós, mi señora, 
la mi linda enamorada, 
que del caballo Babieca 
yo bien oigo la patada! — 
Do la yegua pone el pie, 
Babieca pone la pata. 

Alli hablara el caballo, 
bien oiréis lo que hablaba: 

— ¡Reventar debia la madre 
que a su hijo no esperaba! - 
Siete vueltas la rodea 

al derredor de una jara; 
la yegua, que era ligera, 
muy adelante pasaba, 
fasta llegar cabe un rio 
adonde una barca estaba. 
El moro desque la oído, 
con ella bien se holgaba; 
grandes gritos da al barquero 
que le allegase la barca; 
el barquero es diligente, 
túvosela aparejada; 
embarcó muy presto en ella, 
que no se detuvo nada. 
Estando el moro embarcado, 
el buen Cid que llegó al agua, 
y por ver el moro en salvo 
de tristeza reventaba; 
mas con la furia que tiene, 
una lanza le arrojaba, 
y dijo: — ¡Recoger, mi yerno, 
arrecagme esa lanza, 
que quizá tiempo verná 
que os será bien demandada! 



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W.- DEL CANTAR DE GESTA AL ROMANCERO 

Este romance es popular en Cataluña, donde Milá recogió una versión 
con pocas variantes; v. gr., a los versos 

aquel perro de aquel Cid 
prenderelo por la barba 



sustituyen: 



Que al rey de los cristianos 
yo le cortaré la barba, 
a su esposa la reina 
la tomaré por criada, 
y a la su hija bonita 
la tomaré por criada. 



En Portugal, ya Gil Vicente incluye en el Auto de Lusitania una ver- 
sión portuguesa 

(Ai Valenga! jGuay Valenga! 
|De fogo sejas queimada! 
Primero foiste de moiros. . . etc. 



Teófilo Braga ha publicado (1) el romance del Moro atraicionado, re- 
cogido en las Azores, que no es sino la historia del castellano, sin nom- 
brar al Cid: 

Ha sete annos, ¡oh bom moirol, 
que son tua namorada. 
Ha sete annos, va£ em oito 
que en por vos cinjo a espada. 



Con el título de El Caballero de Silva corre la misma relación nove- 
lesca en los Algarbes: 

Que Deus te salve, \o bom moiro!, 
lindo encanto da minh'alma. 
Bons sete annos ha que en ando 
por ti louca enamorada. (2) 



(1) Cantos populares do Archipiélago Acoriano. — Porto - 1869. 

(2) Estado de Veiga. — Romanceiro do Algarbe, Lisboa, 1870. 

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SALCEDO. - Literatura española. - Tomo I. 



SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Y con los nombres del Cid, Jimena y doña Urraca, sin más que ligeras 
variantes — v. gr., sustituir la lanza por un dardo, — ha encontrado el ro- 
mance Alvaro Rodrigo de Acebedo en la Madera (1). 

La importancia histórico-critica de esta vieja composición está en que 
desmiente la doctrina de Milá sobre ser los romances antiguos simples 
derivaciones de los cantares de gesta. "Confieso con toda ingenuidad — 
"escribía ya Menéndez Pelayo— que este romance es uno de los pocos que 
"hasta ahora no tienen explicación plausible dentro de la teoría de Milá, y 
"obligan a admitir la elaboración de romances sueltos dentro de los ciclos 
"históricos". Carolina Michaelis lo considera como enteramente primitivo e 
independiente de los cantares de gesta. 

54. Romances carolingios. — El conde Di ríos. — Los 

romances carolingios son muchos, y es muy difícil fijar la época en que 
cada uno fué compuesto. Lo cierto es que se hicieron cuando ya influían 
sobre los juglares romanceros corrientes poéticas diversas de la primitiva 
poesia germánica o castellana: los cuentos del ciclo bretón y la poesia 
bretona y provenzal, de que trataremos más adelante. Así, no son de ma- 
ravillar sus diferencias esenciales con los temas y el carácter de la epopeya 
real de Francia, de que aparecían como reflejo: su sentimentalismo amoroso, 
sus refinamientos de cortesía en las costumbres, sus prolijas descripciones 
de trajes, su maravilloso enteramente fantástico, y hasta la impudicia 
de algunos de sus cuadros: todo ello está muy lejos de la castidad y del 
realismo idealista de la Gesta de Mío Cid, y aun de los antiguos cantares 
que más se apartan de este incomparable modelo; pero como siempre su 
fundamento, más o menos adulterado, pertenece a la epopeya germánica, 
aquí deben ser ligeramente referidos, dejando su verdadero estudio para 
las obras magistrales. 

He aquí los temas de la que podemos llamar nuestra epopeya carolin- 
gia, o sea de su reflejo en nuestros romances viejos. 

El conde Dirlos. En un romance larguísimo, el de más extensión de 
los juglarescos, se cuenta cómo este conde Dirlos 

sobrino de don Beltrán, 
asentado en sus tierras, 
deleitándose en cazar, 

recibió la orden de Carlos el emperante para ir a pelear al lejano reino del 
rey moro Aliarde. El Conde lo siente, por estar en el primer año de matri- 



(1) Romanceiro do Archipiélago da Madeira, Funchal, 1880 

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VI.- DEL CANTAR DE GESTA AL ROMANCERO 

monio con una hermosa mochacha de poca edad. No menos lo deplora la 
enamorada mujer. Parte Dirlos, dejando encomendada la Condesa a su tío 
don Beltrán, a su primo Gaiferos, a Oliveros y a Roldan, 

al Emperador y a los doce 
que a una mesa comen pan, 

y dice a su mujer: 

Siete años, la Condesa, 
todos siete me esperad: 
si a los ocho no viniese, 
a los nueve vos casad; 
seréis de veintisiete aflos, 
que es la mejor edad; 
el que con vos casare, señora, 
mis tierras tome enaguar. 

Bien es verdad, la Condesa, 
que conmigo vos querría llevar; 
mas yo voy para batallas, 
y no cierto para holgar. 
Caballero que va en armas 
de mujer no debe curar, 
porque con el bien que os quiero 
la honra había de olvidar. 

El Conde tarda en volver quince años, sin haber escrito en todo este 
tiempo; se presenta disfrazado en sus tierras, y halla que su poseedor es el 
infante Celinos, que, pasado el plazo de los nueve años de ausencia, y a 
ruegos de Oliveros, Roldan y el mismo Carlomagno, se casó con la mujer 
de Dirlos, habiéndose opuesto a la boda Gaiferos, don Beltrán, don Galván 
y Merian. Según refiere al Conde un portero, el Infante fingió cartas dando 
por muerto al marido ausente. Mas no debieron de convencer del todo 
estos documentos falsos, cuando el casamiento se hizo con la condición de 
que el Infante no había de acercarse a su mujer hasta que se pusieran las 
cosas bien en claro. El Conde va a París, y se aloja en el palacio de don 
Beltrán, donde vivía su mujer; allí es reconocido por todos, y muévese 
gran contienda en la ciudad entre los que aconsejaron el matrimonio con 
Celinos y los que lo reprobaron. Quieren desafiarse; pero al cabo todo se 
apacigua por la sabia intervención de Carlomagno. 

55. El Marqués de Mantua, Valdovinos y Car/oto. — 
Del Marqués de Mantua, Valdovinos y Carloto hay seis romances, también 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

muy largos. De la historia del Marqués de Mantua escribió Cervantes (Qui- 
jote, primera parte, cap. V) que era "sabida de los niños, no ignorada de 
a los mozos, celebrada, y aun creída de los viejos, y, con todo esto, no más 
"verdadera que los milagros de Mahoma". El Marqués de nuestros ro- 
mances se llamaba Danés Urgel, corrupción del Ogier le Danois de la epo- 
peya francesa, así como su marquesado lo es de la Marche en las can- 
ciones de allende el Pirineo. 

El Marqués, cazando en un bosque, halla moribundo a su sobrino y 
heredero Valdovinos, que ha sido asesinado a traición por Carlota, hijo de 
Carlomagno, en venganza de haber pretendido este mal principe, sin éxi- 
to, a la mujer de Valdovinos (1). Envía el de Mantua al Conde Dirlos y al 
Duque de Sansón — de Soxonia, según otras versiones — a pedir justicia 
al Emperador, el cual al oir el crimen de que se acusaba a su hijo, turbóse 
y apenas podía hablar, diciendo al fin: 

¡Si lo que habéis dicho, Conde, 
se puede hacer verdad, 
más quisiera que mi hijo 
fuera el muerto sin dudar! 
El morir es una cosa 
que a todos es natural, 
la memoria queda viva 
del que muere sin fealdad; 
del que vive deshonrado 
se debe tener pesar, 
porque así viviendo muere 
olvidado de bondad. 

Manda el Emperador prender a su hijo, y nombra un jurado confirién- 
dole amplísimas facultades: 

Para ello le doy mi cetro, 
poder soluto en mandar. 
Todos estos juntos puedan 
absolver y sentenciar 
esto que pide el Marqués, 



(1) En el poema francés, Ogier le Danois, Callot o Charlot (nuestro don Carloto), mata a Baudinet, hijo 
natural de Ogier, no a traición, sino hiriéndole con un tablero de ajedrez. Para vengar la muerte de su hijo 
se levanta Ogier en armas contra Carlomagno — ya se ha dicho que Ogier le Danois pertenece a la epopeya 
feudal,— y Carlomagno, débil y pusilánime, le entrega a Callot Ogier se dispone a matar al Principe por sus 
propias manos; pero un ángel le detiene el brazo. No pudo ser más completa la trasformadón de la leyenda 
por nuestros juglares. En el poema francés Canción de los sajones Baudoin (nombre de que proceden Bal- 
duino y Valdovinos), sobrino de Carlomagno, fué casado por éste con Sevilla, mujer del vencido rey de 
Sajonia. Sevilla era pagana, y se convirtió al Cristianismo. 



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V7.- DEL CANTAR DE GESTA AL ROMANCERO 

cómo se debe juzgar, 

si por prueba de testigos 

o trance de pelear. 

Yo les doy mi comisión, 

con poder y facultad 

que la sentencia que dieren 

la puedan ejecutar, 

según costumbre de Francia, 

por su propia autoridad. 

Don Carloto es sentenciado a muerte con varios tormentos y ejecuta- 
do. Un romance breve nos presenta a Sevilla, la mujer de Valdovinos, pi- 
diendo noticias de su marido a un caballero llamado Ñuño Vero, y éste le 
cuenta que ha sido herido y está para morir; Ñuño aprovecha la ocasión 
para requerirla de amores, lo que rechaza Sevilla, recordando que Valdo- 
vinos ha estado hace poco en su compañía y regaládole una sortija. Otro 
romance nos ofrece a Valdovinos saliendo una noche de luna de los ca- 
ños de Sevilla huyendo de una mora con quien ha vivido amancebado 
siete años; la mora le detiene preguntándole por qué se marcha, y él con- 
testa que por la disparidad de religión; 

que vos mora y yo cristiano 
hacemos la mala vida, 
y como la carne en viernes 
que mi ley lo defendía. 

Ella promete hacerse cristiana: 

Por tus amores, Valdovinos, 
yo me tornaré cristiana. 
Si quisieres, por muger; 
si no, sea por amiga. 

Todo esto es remoto y confuso eco, alteradísimo por los juglares caste- 
llanos, de la conversión de la pagana Sevilla en las canciones francesas. 
Otra versión de nuestro romance dice: 

Siete años había, siete, 
que yo misa no la oía. 
Si el Emperador lo sabe, 
la vida me costaría. 
Por tus armas, Valdovinos, 
cristiana me tornaría. 
Yo, señora, por los vuestros, 
moro de la morería. 

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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Aún hay otro romance en que aparece Valdovinos en una intriga 
amorosa de mal género con una reina y una infanta. 

56. Don Gaiferos. — El Gaiferos, o Don Gaiferos de nuestros ro- 
mances carolingios, es un personaje de alta prosapia histórica y poética. 
Históricamente, fué Vaifre o Waifre (Waifarius en Fredegario y otros cro- 
nistas), duque de Aquitania, que luchó con los sarracenos de Narbona, y 
resistió a Pipino el Breve hasta que le asesinaron en 769. Es probable la 
existencia de un ciclo de cantares en el mediodía de Francia celebrando la 
memoria de este gran guerrero; pero los cantares, si los hubo, y la persona 
del héroe fueron absorbidos por la epopeya francesa, y Vaifre, convertido 
de adversario del padre de Carlomagno en compañero del Emperador y 
uno de los Doce Pares muertos en Roncesvalles. Nuestros romances de don 
Gaiferos son cuatro, y apenas si conservan de la epopeya de que proceden 
otra cosa que el nombre del protagonista; sus elementos poéticos están 
tomados de diversas fuentes, unas conocidas y otras no. Al ciclo bretón per- 
tenece don Galván, al menos el nombre, que en los romances es padre de 
Gaiferos. 

En el primer romance, Gaiferos niño vive con su madre la Condesa 
y su padrastro don Galván. La Condesa desea que su hijo llegue a hombre 
y tenga armas como el paladín Roldan para vengar la muerte de su primer 
marido, que supone asesinado por el mismo Galván para casarse con ella; 
en este sentido excita al pequeño Gaiferos, y habiéndolo oído don Galván, 
toma miedo y resuelve matar al niño: 

¡Calles, calles, la Condesa, 
boca mala sin verdad, 
que yo no matara el Conde, 
ni lo hiciera matar; 
mas tus palabras, Condesa, 
el niño las pagará! 



Ordena a sus escuderos que saquen al niño al campo para matarle; y 
para cerciorarse de que lo han hecho, les manda traer el corazón del niño 
y uno de sus dedos. Los escuderos sienten compasión de Gaiferos, y le 
hacen huir de la tierra, dándole las señas de un tío suyo, hermano de su 



(1) Sobre el origen y desarrollo de esta leyenda, y explicación de nuestros romances, véase Nigra. — Ei 
moro sarraceno (Romanía, Abril, 1885). 



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V7.- DEL CANTAR DE GESTA AL ROMANCERO 

padre muerto; pero antes de dejarle marchar le cortan un dedo para pre- 
sentárselo a su señor con el corazón de una perrita. Esta estratagema en- 
cuéntrase también en el Román de Berthe, en el cuento de Cemerentola y 
en otras historias populares. Gaiteros llega a casa de su tío, le cuenta lo 
sucedido, y le excita a ir juntos a vengar la muerte de su padre. 

El segundo romance es continuación del anterior, y en Asturias se 
recitan siempre como si fueran uno solo. Gaiteros y su tío, disfrazados de 
peregrinos, llegan a, la casa de don Galván en Paris, piden limosna a la 
Condesa, y ésta los socorre, pensando en su hijo que supone muerto. 
Llega don Galván, reprende a su mujer por haber dado hospitalidad a los 
peregrinos, y, no contento con eso, va a darle una puñada 



Y alzara la su mano, 
puñada le fuera a dar 
que sus dientes menudicos 
en tierra los fuera a echar. 
Allí hablaran los romeros, 
y empezáronle de hablar: 
¡Por hacer bien la Condesa, 
cierto no merece mal! 
¡Callades, vos, los romeros... 



Entonces Gaiteros saca la espada y corta a don Galván la cabeza. Le 
reconoce su madre, y 

la tristeza que tenia 

en placer se fué a tornar. 



Del tercer romance ya hemos hablado (III, 20): es el que lleva por 
titulo Romance de don Gaiferos que trata de cómo sacó a su esposa que 
estaba en tierra de moros, y en el cual, como se dijo antes, refléjase la 
remota leyenda visigoda de Walter de Aquitania o de España. Pocos lle- 
garon a ser tan populares como este romance, y era el que representaba 
maese Pedro en su famoso retablo: \ . . Luego alzó la voz el muchacho, y 
"dijo: Esta verdadera historia que aquí a vuesas mercedes se representa 
'es sacada al pie de la letra de corónicas francesas y de los romances es- 
"pañoles que andan en boca de las gentes y de los muchachos por esas 
"calles. Trata de la libertad que dio el señor don Gaiferos a su esposa Me- 
"lisendra, que estaba cautiva en España, en poder de moros, en la ciudad 
"de Sansueña, que asi se llamaba entonces la que hoy es Zaragoza; y vean 

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SALCEDO ~ LA LITERATURA ESPAÑOLA 

"vuesas mercedes allí cómo está jugando don Gaiteros, según aquello que 
* se canta: 

Jugando está a las tablas don Gaiferos, 
Que ya de Melisendra está olvidado (1). 

41 Y aquel personaje que allí asoma con corona en la cabeza y ceptro en las 
u manos es el emperador Cario Magno, padre putativo de la tal Melisendra, 
a el cual, mohíno de ver el ocio y descuido de su yerno, le sale a reñir; y 
"adviertan con la vehemencia y ahinco que le riñe, que no parece sino que 
"le quiere dar con el ceptro media docena de coscorrones; y aun hay auto- 
"res que dicen que se los dio, y muy bien dados. . ., etc."; con todo lo demás 
que puede ver cualquiera en el sabrosísimo capitulo XXVI de la segunda 
parte del Quijote (2). 

El cuarto romance es el que comienza: 

Media noche era por filo, 
los gallos querían cantar, 
cuando el infante Gaiferos 
salió de captividad... 

y se reduce a la fuga de Gaiferos: parece no ser más que un fragmento de 
otra versión del tercero. 

57. Montesinos. — Dos romances nos refieren la historia de Monte- 
sinos. Su padre el Conde Grimaltos elevóse desde la humilde condición de 
paje de Carlomagno a los más altos puestos de la corte, y el Emperador lo 
casó con su hija, dándole la ciudad de León para que la gobernase; allí 
estuvo cinco años, haciéndolo muy bien, hasta que el traidor don Tomillas 
le indispuso con Carlomagno y fué desterrado; su mujer le pide por merced 
acompañarle, y en un monte solitario pare un hijo — de aquí el nombre 
Montesinos; — un ermitaño, único habitante de aquellas soledades, le bau- 
tiza, y en el desierto viven los cuatro hasta que, ya mayor Montesinos, va 



(1) Aquí trascribe Cervantes los versos de uno de los infinitos romances y composiciones de todo género 
que se hicieron sobre el tema. El romance viejo dice: 

Asentado está Gaiferos 
en el palacio real, 
asentado al tablero 
para las tablas jugar. 

(2) Del retablo de maese Pedro, o sea del romance de don Gaiferos y Melisendra, se hizo una notable 
representación es el Ateneo de Madrid como número de las fiestas del Centenario del Quijote. 



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V7.- DEL CANTAR DE GESTA AL ROMANCERO 

a París, se introduce en el palacio imperial, mata a don Tomillas delante 
del Emperador, y todo se aclara entonces, volviendo a la corte Grimaltos 
y su mujer. Otros dos romances nos cuentan el desafío de Montesinos con 
Oliveros por amor de ambos a la gentil Aliarda, resultando ilesos ambos 
caballeros. 

La siguiente historia es de otro romance: el viejo rey moro Jafar, que 
disponía de 60.000 combatientes en Aragón, Castilla y Valencia, es reque- 
rido por Carlomagno para que le entregue su reino; afligido el anciano 
porque no se siente con fuerzas para resistir al Emperante, encuentra con- 
suelo y remedio en la resolución de su hija, la hermosísima Guiomar, que 
se ofrece a ir al campamento francés a pedir clemencia. El romance co- 
mienza muy bellamente: 

Ya se sale Guiomar 
de los baños de bañar, 
colorada como la rosa, 
su rostro como cristal. 
Cien damas salen con ella 
que a su servicio están; 
eran todas fijas-dalgo, 
muy fermosas en verdad. 



La hermosura de Guiomar es tal, que mueve una verdadera revolución 
en el campamento franco, enamorando a todos los caballeros; y hasta el 
alto Emperante, a quien conoció ella por las barbas blancas, 



que tenia por la su faz 
que jamás pelo en su vida 
de la barba fuera a cortar, 



al verla tan bella, no consiente que le bese la mano ni que permanezca 
arrodillada; la levanta 

besándola en el carrillo, 
las manos no le quiso dar, 
antes la tomó del brazo, 
y en la tienda la hizo entrar; 
hizole dar una silla, 
cabo él la mandó asentar, 
fablándole muchas palabras 



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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

que era placer de escuchar; 
dicele que le pesaba, 
por ser de tan gran edad, 
para ser su caballero, 
y de ella se enamorar. 



Carlomagno concede a Jaíar cuanto pedía, y Montesinos a su vez pide 
a Guiomar por esposa, y se casa con ella, previo el bautismo de la gentil 
mora. 

Otro romance, o, mejor dicho, fragmento de romance, cuenta, final- 
mente, cómo se enamoró de Montesinos la doncella Rosaflorida, que vivid 
en Castilla, y en un castillo 

Que se llama Rocafrida. 

En las Relaciones descriptivas de los pueblos de España que mandó 
formar Felipe II consta por las declaraciones de los vecinos de Osa de 
Montiel y de la Solana la existencia de las ruinas de un castillo de Rocha- 
frida, en medio de la laguna de Ruidera, y a una legua la Cueva de Monte* 
sinos, lugares a que tradicionalmente se ligaba en aquellos pueblos la le- 
yenda de Rosaflorida, que se casó con Montesinos. Las mismas Relaciones 
señalan otras ruinas de Rochafrida en un despoblado cerca de Zorita de 
los Canes (Alcarria), y apuntan la extraña particularidad de que en la fiesta 
anual celebrada en la ermita que había en aquel despoblado por los ved- 
nos de Zorita y los de Almonaciz se rezaba después de la Misa un responso 
por el rey Pipino. Finalmente, Ambrosio de Morales se refiere a una vaga 
tradición, según la cual Montesinos nació en la sierra de MiraYida del Cas- 
tañar (Salamanca). Todo esto manifiesta cuan adentro del alma castellana 
entraron las leyendas carolingias, las cuales hasta llegaron a crear falsas 
tradiciones locales. 

58. Durandarte y Roncesvalles. — Durandal es en la Canción 
de Rolando la invencible espada de este caballero. En otra canción france- 
sa — Los hijos de Aymon — se trasforma en un caballero. Con este carác- 
ter, y como primo de Montesinos, aparece en tres romances castellanos. 
Siete años sirvió Durandarte a la hermosa Belerma, sin conseguir nada, 
pues ella amaba a Gaiteros: cuando al fin se conmueve la dama, muere su 
amante en Roncesvalles. 

Agora que me querías, 
muero yo en esta batalla. 



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VI.~ DEL CANTAR DE GESTA AL ROMANCERO 

Asístele Montesinos en sus últimos momentos, y, cumpliendo su postrer 
encargo, le saca el corazón y se lo lleva a Belerma. La leyenda está im- 
pregnada del sentimentalismo amoroso característico del ciclo bretón, y 
nada tiene que ver con la virilidad de los antiguos cantares de gesta. 

De la batalla de Roncesvalles tenemos cuatro fragmentos de roman- 
ces (1) que son eco de la Canción de Roldan, aunque con variaciones: en 
nuestros romances, p. e., se supone encantado a Roldan; el rey Marsilio 
quiere ser bautizado por Turpín; se añaden episodios, como el del padre de 
don Beltrán recorriendo el campo de batalla para buscar a su hijo entre los 
muertos (2); se hace intervenir a personajes que en el cantar francés no lo 
hacen, etc. En el romance de doña Alda — segundo de los de Roncesva- 
lles — el juglar castellano ha introducido felizmente un sueño de la esposa 
o novia de Roldan, que Menéndez Pelayo compara con el de Penépole en la 
Odisea. 

59. El conde Guarínos. — El conde Guarinos es un personaje 
de nuestro Romancero formado de venios franceses. Los versos con que 
comienza su romance fueron inmortalizados por el Quijote: 

¡Mala la vistes, franceses 
la caza de Roncesvalles! 

En la famosísima batalla fué cautivado Guarinos, almirante de la mar. 
Siete reyes moros echaron a suertes siete veces quién habia de quedarse 
con el cautivo. Le tocó al infante Marlotes. Éste le propone que se haga 
mahometano, prometiéndole 

Las dos hijas que yo tengo, 
ambas te las quiero dar, 
la una para el vestir, 
para vestir y calzar; 
la otra para tu muger, 
tu muger la natural. 



(i) Del primero, que empieza 

Domingo era de Ramos, 
la Pasión quieren decir, 
cuando moros y cristianos 
todos entran en la lid, 

casi se ha completado el fragmento por el hallazgo de un pliego gótico (siglo XVI) en la Biblioteca Nacional; 
lo encontró el mismo Menéndez Pelayo. 

(2) Menéndez Pelayo ve en este episodio una trasformactón de lo que cuenta la Chanson de recorrer 
Roldan el campo haciendo levantar a los muertos para que Turpin los absuelva. 

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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Darte he en arras y dote 
Arabia con su ciudad; 
si más quisieres, Guarinos, 
mucho más te quiero dar. 



Guarinos rehusa, y Marlotes lo hace aprisionar 

con esposas a las manos, 
porque pierda el pelear, 
el agua hasta la cinta, 
porque pierda el cabalgar, 
siete quintales de hierro 
desde el hombro al calcañar. 



Y tres veces al año hace que le azoten en público sobre un tablado. 
Asi pasan siete años, al cabo de los cuales construyeron los moros un ta- 
blado que no podian derribar luego. Guarinos dice que si le devuelven su 
caballo y sus armas, él se compromete a tirarlo por tierra. Marlotes dispo- 
ne que le den su caballo — hacía siete años que andaba llevando cal — y 
que le pongan sus armas, ya mohosas. No puede creer el moro que su cau- 
tivo, extenuado por prisión tan larga y trabajosa y con aquellos elementos 
envejecidos, salga adelante con lo prometido: 

Marlotes desque lo vido, 
con reir y con burlar 
dice que vaya al tablado 
y lo quiera derribar. 
Guarinos con grande furia 
un encuentro le fué a dar, 
que más de la mitad del 
en el suelo fué a echar. 



Los moros quieren matarle; pero él escapa y vuelve a Francia. 

60. Reinaldos de Montalbán: su leyenda y los tres ro- 
mances. — Renaus de Montauban es en la epopeya francesa uno de los 
cuatro hijos de Aimón. Carlomagno le regaló el cabadlo encantado Bayardo; 
pero luego no sólo no quiso hacerle justicia cuando el sobrino del Empe- 
rador — Bertholais, — jugando con él a las tablas y por haber perdido la 
partida, le dio un puñetazo, sino que por reclamar le soltó otro puñetazo. 

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V7.- DEL CANTAR DE GESTA AL ROMANCERO 

Irritado Renaus, vuelve a la sala de juego; con el tablero de ajedrez mata a 
Bertholais, y con sus tres hermanos huye a las Ardenas, se fortifica en el cas- 
tillo de Montalbán, hace la guerra a Carlomagno, le quita su corona de oro, 
y, al fin, por medio de su primo el encantador Maugis de Aigremont, se- 
cuestra al Emperador y se lo lleva a su castillo, obligándole a indultarle. 
Reinaldos, indultado, va en peregrinación a Tierra SEUita, y a la vuelta en- 
tra de obrero en las obras de la catedral de Colonia, donde muere oscura- 
mente, víctima de los celos de sus aprendices. Esta leyenda arraigó de tal 
modo en Francia, que es la única viva todavía, ya que constantemente se 
hacen ediciones de Les quatre fils d'Aymon, libro de los que llaman allí 
de la blbliotéque bleu, y aquí libros de cordel, y se difundió maravillosa- 
mente por toda Europa. Consta que a fines del siglo xni Renaus era cantado 
en Flandes, en Alemania y en Provenza; en Italia hiciéronse muchos poe- 
mas, de los cuales fué el último // Rinoldo, del Tasso (1562), sin contar el 
papel predominante que juega el hijo de Aimón en los poemas de Ba^ 
yardo y del Ariosto. A principios del siglo xvi se añadió a la leyenda la 
conquista del imperio de Trapisonda por Renaus. 

En España es importante la historia de Reinaldos de Montalbán, sobre 
todo en el orden novelesco; pero hay también tres romances carolingios 
que se refieren a ella. En el primero, Roldan, desterrado por haber defen- 
dido a su primo Reinaldos, ataca a los franceses acaudillando a un ejército 
de moros, y disfrazado él de sarraceno. En este apuro, Carlomagno llama 
a Reinaldos, a quien un tío suyo nigromante ha revelado quién es el su- 
puesto moro, y los dos primos se abrazan en el campo de batalla. En el 
segundo, Reinaldos sabe por su primo Malgesí — el Maugis de Aigremont 
de las canciones francesas — que la más hermosa mujer del mundo es la 
hija del rey moro Aliarde. Va a la corte de éste; pero, traicionado por Ga- 
nelón, es condenado a muerte; la Infanta consigue que se conmute la pena 
por la de destierro, y Aliarde convoca un torneo para conceder al vencedor 
la mano de su hija. Acuden disfrazados Roldan y Reinaldos, y éste roba a 
la hermosa doncella. El tercero es la conquista de Trapisonda. 

61. El conde Claros. — Oer ¡neldo. — El conde Vélez. — 
Los romances del conde Claros no pertenecen al ciclo carolingio si no es 
por la filiación que dio a sus personajes el poeta, quizás por el origen 
remoto de la leyenda que les sirve de pretexto: no son poesía heroica, 
sino amatoria, y aun erótica. Según nos informa el Romancero, el conde 
Claros de Montalbán era hijo de Reinaldos y camarero de la cámara real 
de Carlomagno; requiere de amores a Claraniña, hija del Emperador, la 
cual se le entrega con impudicia verdaderamente salvaje. Sorprendidos 

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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

por un cazador, el Conde es aprisionado, y va a ser ejecutado; pero la In- 
fanta acude valerosamente a salvarle, y el Emperador acaba por perdonarle, 
casándole con su hija. Abundan en estos romances, no sólo detalles porno- 
gráficos en las descripciones, sino las sentencias propias de la herejía amo- 
rosa, característica de los trovadores. El Arzobispo, tío de Claros, que le 
visita en su prisión, dice: 

Pésame de vos, el Conde, 
cuanto me puede pesar, 
que los yerros por amores 
dignos son de perdonar. 

Y si añade algo de reprensión, no fundada en consideraciones morales, 
sino en los peligros a que se ha expuesto su sobrino, contesta éste: 

jCallades por Dios, mi tio, 
no me queráis enojar! 
Quien no ama las mujeres 
no se puede hombre llaman 
mas la vida que yo tengo 
con ellas quiero gastar. 



A lo que dice un pajecico: 

Conde bienaventurado 
siempre os deben de llamar, 
porque muerte tan honrada 
por vos habéis de pasar; 
más envidia he de vos 
que mancilla ni pesar; 
más querría ser vos, Conde, 
que el rey que os manda matar, 
porque muerte tan honrada 
por mí hubiese de pasar. 



De la leyenda del conde Claros no hay nada en la poesía francesa de 
la Edad Media, ni en la de ninguna de las naciones europeas que la imita- 
ron: sólo se halla en la Crónica del Monasterio de Lauresheim la siguiente 
historia: "Eginhardo, camarero y secretario de Carlomagno, enamora a 
Emma, hija del Emperador, que estaba prometida al rey de Grecia; al salir 
una mañana del cuarto de ella, nota que había caído mucha nieve durante 



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V7.- DEL CANTAR DE GESTA AL ROMANCERO 

la noche, y teme dejar sus huellas sobre el suelo del jardín; entonces la 
desenvuelta Princesa le toma sobre sus hombros y le pone en salvo. Todo 
lo vio el Emperador, asomado a una ventana, y, disimulando en aquel mo- 
mento, convocó un consejo, del cual salió casar a Eginhardo con Emma." 
En el siglo xix estos amores han inspirado el poemita de Millevoye Emma 
et Eginhard, y a Scribe y Delavigne, la ópera cómica La Niege ou le nou- 
uel Englnhardy estrenada el 9 de Octubre de 1823, y que arregló Bretón de 
los Herreros en forma de comedia, La Nieve, representada en 1833. En la 
Edad Media sólo en España parece que arraigaron, inspirando los romances 
del conde Claros, los cuales, a su vez, se disolvieron en canciones popula- 
res más breves: Galanzuca y Galantina, de Asturias, Dom Claros de Alem- 
mar y Dom Claros de Monltealbar, de Portugal, y un romance bilingüe en 
Cataluña. También responde a la historia de Eginhardo el famosísimo ro- 
mance de Gerineldo, nombre que es forma castellanizada del original fran- 
cés, y que ofrece la variante de no sorprender el Rey a la Infanta y al ca- 
marero desde la ventana, sino dormidos en el mismo lecho, y al ir a matar 
al segundo tuvo compasión, porque le había criado de chiquito. 



Sacara luego la espada, 
entre entrambos la ha metido 
porque desque recordase 
viese como era sentido. 



Esto de poner la espada entre los dos amantes dormidos como testi- 
monio de haber sido vistos, que hoy nos parece tan raro, tenia su significa- 
ción jurídica en el antiguo Derecho germánico, y se halla en los Niebelun- 
gos, en Amís y Amiles y en Tristón (1). 

De la descendencia de Eginhardo deben de ser también los romances 
del Conde Vélez, que fué sorprendido con una prima de Sancho III el De- 
seado, y condenado a muerte por el Rey, previo un consejo de magnates, 
y luego a encierro con atroces tormentos. 

62. Calaínos y Bramante. — El romance de Calaínos que 
ieza 



empieza 



Ya cabalga Calaínos 

a la sombra de una oliva, 



(1) Otto. — La tradición de Eginardo y Emma en la poesía romancesca de la Península ibérica. - 
(Modern Language Notes - Baltímore, 1882). 

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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

era popularísimo en el siglo xvn, y es un disparatado cuento juglaresco 
muy moderno, pues se habla en él del gran Turco, del Preste Juan de las 
Indias y de la Media Luna como insignia mahometana. Según él mismo 
dice, Calaínos era señor de los Montes Claros y de Constantina la llana, y 
al que tributaban el Turco y el Preste Juan; se enamoró de la infanta Se- 
villa, y ésta le puso por condición para darle su mano que habia de traerle 
las cabezas de tres de los Doce Pares de Francia: nada menos que las de 
Oliveros, D. Roldan y Reinaldos. Fuese a París Calaínos por las cabezas, y 
aunque venció al joven Valdovinos, perdió la suya a manos de Roldan. En 
la Visita de los chistes, de Quevedo, se habla de "aquel moro de quien eter- 
namente cantan: Ya cabalga Calaínos. . .* Este cantar eternamente, o sea la 
repetición constante del romance, debió de hacerlo insufrible a todo el 
mundo: de aquí, sin duda, que la frase cuentos o coplas de Calaínos viniese 
a significar especies inoportunas. 

El Romance de los Doce Pares de Francia, que todavía se reimprime, 
más o menos modificado, y figura entre los pliegos o libros de cordel, es el 
de Calaínos, con la escena presentada de otro modo. 

En misa está el Emperador 
allá en San Juan de Letrán. . . 



y llamando al protagonista Bramante, nombre que ya figura en la leyenda 
del Maynete. El modelo de ambos romances es un poema francés titulado 
Fierabrás. 

63. El Palmero. — El romance de El Palmero, calificado por Gas- 
tón París de absolutamente original, y de magnífico por Menéndez Pela- 
yo, refiere que 

De Mérida sale el Palmero, 
de Mérida, esa ciudad, 
los pies llevaba descalzos, 
las uñas corriendo sangre, 
una esclavina trae rota, 
que no valía un real, 
y debajo traía otra, 
bien valía una ciudad. . . 



Llega a París, y encuentra al rey Carlos oyendo misa en San Juan de 
Letrán. En la iglesia humillase a Dios del Cielo, a Santa María, al Arzobis- 



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I 



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VI.- DEL CANTAR DE GESTA AL ROMANCERO 



Códices españoles de los siglos VIII y IX 

(Véase la nota de la pág. 19.) 



SALCEDO. - Literatura española. - Tomo /. D¡g¡t¡zed by G$b< 



SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

po, al Cardenal, al Emperador, a su corona real, a los doce que a una mesa 
comen pan; pero no a Oliveros ni a Roldan 

porque un sobrino que tienen 
en poder de moros está, 
y pudiéndolo hacer, 
no le van a rescatar. 



Enfurécense Oliveros y Roldan; se traba una disputa; el Palmero da 
un bofetón a Roldan; el Rey manda ahorcarle; pero entonces se descubre 
que el peregrino es el único hijo de Carlos, a quien cautivaron los moros 
hace mucho tiempo. 



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LA LITERATURA ESPAÑOLA EN LA 
EDAD MEDIA * VIL- DE LA POESÍA BRE- 
TONA Y TROVADORESCA (1) ^ ^ ^ ^ 





La poesía céltica o bretona. — Antecedentes his- 
tóricos. — Diferencias entre la poesía histórico- 
narrativa de los germanos y la poesía bretona. — 
A la caída del Imperio de Occidente, los celtas, habitantes de 
ambas Bretonas, recobraron su independencia. En la Bretaña francesa las 
ciudades de la costa Armórica, desguarnecidas por los romanos, constituye- 
ron una confederación con milicia común para defenderse de los bárbaros; 
al otro lado del Canal de la Mancha resurgió súbitamente la primitiva orga- 
nización por clanes o tribus, y aunque trataron de darse un jefe o rey, nada 
lograron en orden a la unidad, pues por quién había de ser este rey comba- 
tiéronse sañudamente y se despedazaron unos clanes con otros. Estas discor- 
dias atrajeron a los sajones, los cuales, tras muchas peripecias y una lucha 
que se prolongó hasta mediados del siglo vi, se apoderaron del país. Último 



(1) 64. La poesía céltica o bretona. Antecedentes hsióricos. Diferencias entre la 
poesía histórico-narratiua de los germanos y la poesía bretona. — 65. Desenvolvi- 
miento de la poesía bretona. Sus- tres épocas. — 66. Principales leyendas bretonas: 
A) El rey Arturo. B) El Santo Grial. C) La Tabla Redonda. D) Merlín. E) Lancelot, 
Gauvafn, Percebaal, Galaab. F) Tristón e Iseo. — 67. De la poesía trovadoresca en 
general. — 68. Los trovadores y la sociedad en que cantaron. Patria, fides, amor. — 
69. La técnica provemal. Trovar claro y trovar clus. — 70. Juglares proveníales y 
géneros poéticos: A) Canciones y versos. B) Serventesio. C) Descort. D) Tensión. 
E) PLmch, planh o plang. F) Pastorelas o pastorellas. G) Albadas y serenas. H) Va- 
rios géneros. — 71. Juicio critico de la literatura provenzal. 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

episodio de la conquista fué la resistencia que opuso a los sajones el rey Ar- 
turo durante treinta años. Arturo ganó, seguramente, batallas y puso en gra- 
ves aprietos a los sajones; y aun parece que la derrota final ocurrió cuando 
aquel principe, herido peleando, no con los invasores, sino con unos rebel- 
des de su mismo pueblo acaudillados por su sobrino Mondred, habia sido 
trasladado para curarle a la isla de Avalon (ínsula auaüonia); de aquí la 
idea que arraigó en los vencidos, y fué trasmitiéndose de generación en 
generación, de la invencibilidad de Arturo, de haber sido sojuzgados los 
bretones por su ausencia, y de su trasporte a la isla de Avalon, de donde, 
una vez curado, debía volver a tomar el desquite, libertando a su pueblo; 
elementos históricos que dieron base a las leyendas elaboradas posterior- 
mente. Por más que Arturo muriera en la isla, la fantasía popular se lo figuró 
vivo siempre, ni más ni menos que en el siglo xvi los portugueses creyeron 
en la supervivencia y en la vuelta del rey Don Sebastián, y a mediados del 
siglo xix algunos viejos bonapartistas estaban convencidos de que Napoleón 
no había muerto en Santa Elena, sino que permanecía oculto y dispuesto a 
reaparecer en Francia cuando se pusieran las cosas en sazón conveniente. 

Como resultado de la conquista sajona, los celtas que permanecieron 
en la Gran Bretaña replegáronse al Norte de la Isla y al país de Gales, don- 
de tuvieron principados independientes durante largo tiempo, y nunca se 
confundieron del todo con los conquistadores; Irlanda continuó siendo cél- 
tica y libre hasta la Edad Moderna; y de las comarcas de Inglaterra, final- 
mente, dominadas por los sajones, emigraron muchos a la Bretaña france- 
sa, aumentando y fortificando allí el elemento celta (1). En todas estas par- 
tes el antiguo idioma céltico, que bajo la dominación romana se habia con- 
servado entre los campesinos, volvió a ser de uso general, aunque siempre 
contaminado de latín y de las lenguas romances habladas por los pueblos 
vecinos o por los de otra raza que vivían entre los bretones; y no sólo el 
idioma, sino también los primitivos usos y las supersticiones propias de la 
religión druídica, pero tampoco puros, sino influidos o, mejor dicho, mez- 
clados con los romanos y germánicos, y sobre todo con la doctrina cristia- 
na, abrazada por los celtas con fervoroso entusiasmo. Asi se formó un cel- 
tismo que indudablemente tuvo elementos considerables del ante-romano, 
pero que no pudo ser igual, ni mucho menos. 

Ciñéndonos al objeto de nuestro libro, se ha de decir que entre los bre- 
tones o los celtas, lo mismo que entre los germanos, las tradiciones de la 
raza y toda la poesía nacional conservábase y se manifestaba por medio 



(1) Los romanos llamaban Bretaña a la isla que después se ha denominado Oran Bretaña (Inglaterra y 
Escocia). La Bretaña de la Galia, o francesa, es la antigua provincia de Francia, hoy dividida en los depar- 
tamentos de Finisterre, Costas del Norte, Ille-et-Vilaine, Morbihan y Loira inferior. 



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VIL - DE LA POESÍA BRETONA Y TROVADORESCA 

del canto: también había una clase profesional dedicada a componer y eje- 
cutar los cantares; pero mediaban notables diferencias entre los juglares ger- 
mánicos y los bardos o cantores bretones. Los juglares se acompañaban con 
la viella; los bardos, con un arpa pequeña llamada rota. Los primeros can- 
taban toda la composición; los segundos, únicamente algunos pasajes cul- 
minantes o, mejor dicho, la parte lírica de la pieza, y lo demás lo recitaban. 
Los poemas bretones se parecen, por tanto, a los libros de caballerías que 
proceden de ellos, y a las novelas que siguieron a Jos libros caballerescos: 
están compuestos en prosa, con versos intercalados en el texto. Al princi- 
pio el bardo se limitó a cantar los versos, y no necesitaba más, pues diri- 
gíase a un público perfectamente enterado de la tradición o leyenda a que 
se refería el cantar, después, cuando el auditorio ya no se compuso exclu- 
sivamente de bretones, fué menester que precediese al canto una explica- 
ción: parece que hubo una época en que las explicaciones o recitado eran 
en francés y el cantar en lengua céltica, acabando por serlo todo en ro- 
mance. 

Mas estas diferencias son nada, comparadas con otras sustanciales que 
distinguen la poesía germánica de la bretona. Los germanos eran buenos 
militares, amantes de su oficio, que no querían oir sino cosas de guerra 
o directamente relacionadas con la guerra: v. g., la biografía de los gran- 
des caudillos; y asi, sus cantos son rigurosamente históricos, ya por ex- 
presar de un modo exacto los hechos que narran, ya porque la desfigu- 
ración de los hechos narrados nunca llega a destruir su verosimilitud. 
Podrán no haber sucedido las cosas como las narra el juglar, pero muy 
bien pudieron haber sucedido como él las canta, dentro de las condiciones 
de la naturaleza humana. En cambio, los celtas abandonáronse a la imagi- 
nación: eran un pueblo fantástico, que no se satisfacía con la realidad, y 
buscaba con ansia algo más bello y sugestivo en las regiones del ensueño. 
Los celtas no observaban: soñaban; no sentían la alegría de vivir, sino la 
melancolía de aspirar a lo imposible y de figurarse un mundo muy diferen- 
te de éste en que habían tenido la desventura de nacer. Así, crearon una 
poesía que en la Edad Media fué ya denominada ficción, para distinguirla 
de la germánica, que era llamada historia. 

No hay que despreciar, sin embargo, las fantasmagorías bretonas. 
Aparte de ser espontánea creación de un carácter de raza formado por la 
influencia del medio geográfico y por las vicisitudes históricas, y de que la 
fantasía es tan humana como la razón, esas ficciones célticas responden 
en su origen siempre, y muchas veces en su cabal desarrollo, a uno de los 
más nobles impulsos del ser humano. Este mundo no es el mejor de los 
mundos posibles; el hombre tiene y tendrá siempre aspiraciones a una vida 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

mejor, y ha de ser tonto de remate para no oir aquel tan terrible como 
verídico vanidad de vanidades y todo vanidad que acibaró los días del 
Eclesiastés. Social e históricamente considerado, ese hastio de lo real y ese 
inextinguible anhelo de un ideal que corre delante de nosotros y que jamás 
alcanzamos es la causa del progreso en todos los órdenes. El hombre ha 
progresado y progresará en lo futuro, porque nunca está ni estará satisfe- 
cho con lo que consigue. En las esferas más trascendentales de la religión y 
de la filosofía se nos demuestra que esta vida no es nuestra verdadera vida, 
que estamos llamados a más altos destinos, que hay un más allá después 
de la muerte. El alma céltica estaba impregnada de estas verdades, y sus 
ficciones poéticas eran la manera que tenía de manifestarlas: de aquí su 
valor simbólico y su verdad trascendental, frecuentemente más verdadera 
— permítasenos decirlo así — que la verdad particular y relativa de los he- 
chos históricos (1). 

65. Desenvolvimiento de la poesía bretona. — Sus tres 
épocas. — En el desenvolvimiento de la poesía bretona hay que distin- 
guir tres épocas: la primera es aquella en que sólo fué cantada y oída por 
bretones; únicamente se sabe que reducíase a cortas canciones lírico-na- 
rrativas, que son las llamadas lais. Los lais que conocemos actualmente es- 
tán en francés y en versos octosílabos. Dos grandes revoluciones hubo 
de experimentar la poesía céltica en ese largo y oscuro período: una fué 
la conversión del pueblo al cristianismo, qué modificó el carácter de las 
primitivas leyendas, aunque sin destruirlas, antes bien, acomodándolas a 
la nueva creencia; y así, v. gr., el país de los muertos fué trasformado en 
el Purgatorio. Otra fué la sustitución de la lengua céltica por la francesa. 

La segunda época empieza con la difusión de los romances bretones 
por Francia e Inglaterra. Del país de Gales y de la Bretaña francesa salie- 
ron infinidad de bardos que iban de castillo en castillo cantando los lais 
de Arturo, de Tristán y de Merlín, y en todas partes alcanzaban triunfos in- 
signes, sin duda por el vivo contraste que ofrecían aquellas canciones con 
las de gesta. Es lo más probable que cantaran en céltico y narraran 
en francés o en inglés. Pero muy pronto no fueron ellos solos los que cul- 
tivaban este nuevo género de poesía; poetas ingleses y franceses les hicie- 
ron competencia. Escribiéronse los recitados en una prosa ligera y muelle, 
resultando verdaderas novelas fantásticas; y sucedió que los cantares de 



(1) Sobre el carácter general de la poesía bretona véanse: Renán, Essai sur la poéssie des races criti- 
ques; D'Arbois de Jubainville, Litterature celtiqae, París, 1883-1900. Son nueve tomos; el III y el V, escritos 
por Lot Este último tiene otro trabajo en Romanía (tomos XXIV y XXV). También la Historia literaria de 
Francia, de Gastón París (tomo XXX, 1888). 



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VIL - DE LA POESÍA BRETONA Y TROVADORESCA 

gesta influyeron en estas relaciones novelescas, dando, por ejemplo, al rey 
Arturo la grandeza y el boato de Carlomagno, y que las leyendas bretonas 
infiltráronse a su vez en las germánicas, impregnando de maravilloso y de 
ardiente sentimentalismo amoroso las secas y austeras gestas de los anti- 
guos paladines. En el siglo xi un historiador — Marcus Scotigena — men- 
ciona ya al rey Arturo. En el siglo xn Gaufray de Monmouth narra en su 
Historia Britonum la leyenda de aquel rey, tal y como se concebía en su 
tiempo; esto es, influida por la de Carlomagno. Béroul y Thomas, poetas 
anglo-normandos, cuentan los amores de Tristón e Iseo, y Cristian de Troyes 
compuso los poemas Percebal le Gallois, Le Chevalier au lion, Lancelot en 
la charrette, Cligés y Érec et Enide. Este Cristian, que fué quien más con- 
tribuyó a la difusión de la materia bretona, no la entendía, sin embargo, 
sino por el aspecto novelesco y vulgarmente maravilloso; carecía del sen- 
tido del misterio y de la idealidad: era un folletinista anticipado, y no un 
poeta. Veía bien la aventura, pero no el símbolo. Sus continuadores e 
imitadores del siglo xm tenían lo que a él le faltaba, y completaron y die- 
ron su verdadera y alta significación a los poemas bretones. En la centuria 
duodécima quien poseyó este sentimiento íntimo de la poesía céltica popu- 
lar, fué la poetisa María de Francia, autora, por lo menos, de doce de los 
lais auténticos que se conservan; en total son unos veinte. 

En el siglo xni un poeta alemán — Wolfram de Essenbach (1) — escri- 
bía su poema Percebal o Parcival (2), en que lo que para Cristian de Troyes 
no fué sino una novela que dejó sin concluir, se trasforma en epopeya euca- 
ristica, uno de los más grandes, misteriosos y simbólicos poemas que ha 
creado el espíritu cristiano. Otro alemán — Godofredo de Strasburgo — com- 
puso el poema Tristón e Iseo, y éstos y otros alemanes del siglo xm, con 
sus contemporáneos franceses — Robert de Boron fué el principal, — cons- 
tituyen la tercera época en el desarrollo de la poesía bretona. 

66. Principales leyendas bretonas: A) El rey Arturo. 
B) El Santo Grial. C) La tabla redonda. D) Merlín. E) Lan- 
celot, Gauvain, Parcebaal, Galaab. F) Tristán e ¡seo. — Las 
principales leyendas bretonas son: A) La del rey Arturo. Este valeroso prín- 
cipe, que acaudilló la defensa de su raza durante treinta años, hasta que 



(1) Nació en Essenbach, cerca de Ausbach. Recorrió como aventurero la mayor parte de Alemania, y 
vivió largo tiempo en la corte del landgrave Ermann de Twingia, que ie protegía; muerto el protector, quedó 
en situación precaria. Quedan de él algunas poesías líricas y tres poemas: Parsifal, VilUhalm, que es caba- 
lleresco del ciclo carolingio, y Titurel que, como el primero, pertenece al ciclo bretón. 

(2) Pronunciado a la alemana: Parsifal. • 

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SALCEDO.- LA LITERATURA ESPAÑOLA 

combatiendo, no a los sajones, sino una revuelta de los suyos dirigida por 
su sobrino Mondred, fué herido y hubo que trasportarlo a la isla de Avalon, 
donde murió, es convertido por la leyenda en un monarca poderoso, por el 
estilo de Carlomagno, que llevó sus vencedoras armas hasta Roma. Estaba 
en la plenitud de su gloria y poderío cuando su sobrino Mondred, abomi- 
nable traidor, le hiere, y no sus soldados o servidores, sino las hadas, le tras- 
portan a la isla Avalonia; allí reina con un reinado maravilloso, y de allí 
volverá al sonar la hora de la libertad de su pueblo: él es quien ha de ven- 
cer a los sajones y restaurar la independencia céltica. 
B) El Santo GríaL— En el castellano de la Edad 
Media, grial significaba vaso o copa: así, el Arcipres- 
te de Hita, describiendo lo que hace el ama de casa 
al llegar la cuaresma, dice: 

Escudillas, sartenes, tinajas e calderas, 
cañadas e barriles, todas cosas caseras, 
todo lo fizo lavar a las sus lavanderas, 
espetos e GRIALES, ollas e coberteras (1). 

En todas las lenguas medioevales tuvo la misma 
Adolfo Bonilla san Martín acepción, tomando la palabra variedad de formas 
1874 (graal, grall, etc.); pero las leyendas bretonas la apli- 

caron especialmente a una misteriosa reliquia — el 
vaso en que José de Arimatea recogió la sangre del Señor al bajarle de la 
Cruz, o el que sirvió en la sagrada Cena, donde Jesucristo consagró y dio a 
beber de su Sangre a los Apóstoles, o, según otras versiones, el que había 
servido para ambas cosas. — Este cáliz había sido llevado a la Gran Bretaña 
por el mismo José de Arimatea, junto con la lanza con que fué herido el eos- 
tado del Señor, y cuando la conquista sajona fué escondido en la selva de 
Northumberland. Su reaparición será la señal inequívoca de la libertad de 



(1) Bonilla y San Martín, en su eruditísima y primorosa conferencia Las leyendas de Wagner en la 
literatura española, dada en el teatro de la Comedia (12 Marzo 1913) para la Asociación Wagneriana de 
Madrid, e impresa por ésta, dice: 'Según el Diccionario académico, grial (del bajo latín grádale) es vaso o 
'plato místico de que se habla en los libros de Caballerías. Si semejante acepción hubiese sonado en los 
"oídos de un ama de casa del siglo XIV, habría sentido la misma impresión que la que experimentaría una de 
"nuestro tiempo al oír que unas trébedes son un instrumento cabalístico. Porque es lo cierto que en tierra de 
"Castilla un grial era antiguamente un plato o vaso mas o menos grande, sin sentido místico de ningún 
"género". Roque Barcia (Díc. etimológico) dice sencillamente: Grial, masculino anticuado. Plato. Gómez 
Carrillo (El Liberal, 8 Enero 1913) copia del Dic. provenzal francés de Mistral: m Grasan (provenzal), grian 
(marsellés) grasal (üonés), grial (limosino), g rasaos (románico), g resal (catalán), grial (español antiguo), 
de donde viene graal en francés. Vaso que se conserva en Genova, y que se cree sirvió a Jesús para 
celebrar la cena, etc." 



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VIL - DE LA POESÍA BRETONA Y TROVADORESCA 

los celtas; mas no ha de ser encontrado sino por un caballero virgen. Cris- 
tian de Troyes habla del gríay pero al menos en la parte de su Percebal que 
escribió no parece darle el significado místico de la leyenda. Wolfram de 
Essenbach presenta el santo grial, no como un vaso, sino como una piedra 
que produce toda suerte de alimento y bebida, y sobre la cual una paloma 
deposita todos los Viernes Santos una hostia consagrada: quizás piedra y 
vaso sean la misma cosa, ya que en la Estoría d'Espanna se lee que Alfon- 
so VII regaló a los genoveses que le ayudaron en la conquista de Alme- 
ría un vaso de piedra esmeralda que era tamaño como una escudíella. 

Wolfram — y es para nosotros lo más notable — coloca el Santo Grial 
no en Inglaterra, sino en España. "Perillo — dice, — príncipe asiático con- 
vertido al cristianismo, establecióse, reinando Vespasiano, en el Nordeste 
'de España, y guerreó con los paganos de Azaguz (Zaragoza) y de Galicia 
•para convertirlos. Su nieto Titurel venció a estos pueblos; ganó a Grana- 
*da y otros reinos con ayuda de los provenzales, artesianos y karlingios, 
•y fundó el culto del Grial, custodiándole en un magnífico templo, imita- 
*ción del de Salomón, construido en Munsalvaesche (Montsalvat o Mont- 
" salvatge), montaña en el camino de Galicia, circundada de un bosque 
'grande llamado de Salvateira, e instituyendo para su guarda la Caballe- 
aría del Templo. 44 El poeta alemán habla también de Zazamanca (Sala- 
manca). 

C) La Tabla Redonda. — Arturo ha instituido en su ciudad de Caér- 
léon la Orden de la Tabla Redonda, o sean los caballeros que comen con 
él en la misma mesa, todos iguales en categoría. Los caballeros de la Ta- 
bla Redonda son los Doce Pares de Carlomagno, incorporados a la leyenda 
de Arturo; pero, por un fenómeno ya variéis veces señalado en este libro, 
ambas leyendas se compenetran, y se cantó de los Doce Pares esa circuns- 
tancia de comer con el Rey. Así, en nuestros romances carolingios se repite 
muchas veces respecto de los Doce Pares: 



En las salas de París, 
en el palacio sagrado 
donde está el Emperador 
con su imperial estado, 
también estaban los doce, 
que a una mesa se han juntado. . . (1). 



Y ya creado el motivo, aplicóse a todo; por ejemplo, a las trescientas 



(1) Romance de Montesinos. 
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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

damas que, según el romance de doña Alda, acompañaban o servían a la 
esposa de don Roldan: 

todas comen a una mesa, 
todas comían de un pan. . . 

Los caballeros de la Tabla Redonda del rey Arturo tienen extraordina- 
ria importancia leyendaria, pues ellos son los que se dedican a buscar indi- 
vidualmente el Santo Grial corriendo múltiples aventuras, y de aquí que 
varios de ellos no sólo tengan leyendas especiales, sino ciclos leyendarios. 

D) Merlln. — La antigüedad clásica conoció ya a Mursus, hijo de 
Circe, famoso encantador y hechicero. Cuéntase — no sabemos con qué 
fundamento — que hubo un Merlín histórico, llamado Ambrosio, que vivió 
hacia el siglo v en Inglaterra, el cual dejó escrito un libro de profecías. 
Lo cierto es que entre los celtas la celebridad de Merlín como hechicero 
es muy antigua, y que ya los lais de principios de la Edad Media supo- 
nían que había encantado al rey Arturo. Este encantamiento era una ex- 
plicación de por qué el héroe bretón no salía de su isla. Después Merlín 
encantó a todos los caballeros de la Tabla Redonda; pero él a su vez fué 
encantado por el hada Viviana. Algunas leyendas presentan a Merlín como 
el consejero de Arturo que le dio la idea de instituir la Tabla Redonda. 
Díjose también que Merlin fué hijo del Diablo; pero he aquí cómo nuestro 
Gutiérrez Diez de Gámez explicaba estas cosas: "... Merlin fué un buen 
a home e muy sabio. Non fué fijo del diablo, como algunos dicen: ca el dia- 
a blo, que es esprito, non puede engendrar: provocar puede cosas que sean 
"de pecado, ca esse es su oficio. El es sustancia incorpórea: non puede en- 
gendrar corpórea. Mas Merlin, con la grand sabiduría que aprendió, quiso 
"saber más de lo que le cumplía, e fué engañado por el diablo, e mostróle 
"muchas cosas que dixesse; e algunas dellas salieron verdad; ca esta es 
"manera del diablo, e aun de cualquier que sabe engañar: lanzar delante 
"alguna verdad para que sea creído. Así, en aquella parte de Inglaterra 
"dixo algunas cosas que fallaron en ellas, algo que fué verdad; mas en 
"otras muchas fallesció; e algunos que agora algunas cosas quieren, compó- 
" nenias e dicen que las falló Merlín" (1). 

E) Lancelot, Gauvain, Percebaal, Galaab. — Don Lanzarote del Lago 
en nuestra literatura — es uno de los caballeros de la Tabla Redonda que 
corren grandes aventuras — distintas en cada poema o versión de la leyen- 



(1) Crónica de Don Pedro Niño, conde de Buelna, por Gutiérrez Díaz de Gámez, su alférez. La publica 
Don Eugenio de Llaguno A mi rola. Madrid, Sancha, 1782. 



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VIL ~ DE LA POESÍA BRETONA Y TROVADORESCA 

da — para encontrar el Santa GriaL Gauvaln — Don Galván, para nuestros 
autores — es otro; pero el primero debe más celebridad que a sus correrías y 
viajes, a sus amores adulterinos con la reina Ginebra. Recuérdese aquel dis 
curso de Don Quijote: "¿No han vuesas mercedes leído los anales e historias 
"de Inglaterra donde se tratan las famosas hazañas del rey Arturo, que conti- 
"nu amenté en nuestro romance castellano llamamos el rey Artús, de quien 
"es tradición antigua y común en todo aquel reino de la Gran Bretaña que 
"este rey no murió, sino que por arte de encantamento se convirtió en 
"cuervo, y que, andando los tiempos, ha de volver a reinar y a cobrar su 
"reino y cetro, a cuya causa no se probará que desde aquel tiempo a éste 
"haya ningún inglés muerto cuervo alguno? (1). Pues en tiempo de este 
"buen rey fué instituida aquella famosa Orden de Caballería de los caba- 
lleros de la Tabla Redonda, y pasaron ni un punto los amores que allí se 
"cuentan de Don Lanzarote del Lago con la reina Ginebra, siendo media- 
nera dellosy sabidora aquella tan honrada dueña Quintañona, de donde 
"nació aquel tan sabido romance, y tan decantado en nuestra España, de 

Nunca fuera caballero 
de damas tan bien servido 
como fuera Lanzarote 
cuando de Bretaña vino, 

"con aquel progreso tan dulce y tan suave de sus amorosos y fuertes 
"fechos" (2). 

Percebal es otro de los caballeros que buscan el Santo Graal, y por su 
pureza de vida consigue harto más que el adúltero Lancelot y el ligero Gau- 
vain; pero en el postrer desenvolvimiento de la leyenda, cuando fué escrita 
la Quéte du saint Graal (Demanda del Santo Grial) no pareció Percebal bas- 
tante honesto, dado el carácter místico que se había dado a la tradición, y 



(1) Menéndez Pelayo (Trat de los romancea viejos, tomo II, pág. 468) dice terminantemente: Esta rara 
noticia (la de que los ingleses no matan cuervos, es una broma de Cervantes. Clemencín dta un pasaje de 
Bovole en que se habla de una ley de Gales (siglo x) por la cual se prohibía matar águilas, grullas y cuer- 
vos. Rodríguez Marín (edición de La Lectura* tomo I, pág. 285) dice: Esta peregrina especie, que parece a 
primera vista una broma de Cervantes, se vuelve a encontrar en su Persiles y Sigismunda, lib. I, capltu~ 
lo XVIII. No es imposible que entre las Innumerables versiones de la leyenda bretona llegase a Cervantes 
una, hoy perdida, en que se contuviera esa especie de no matar cuervos los ingleses por respeto al rey Artu- 
ro. Milá y Fontanals no pudo hallar la raíz del romance castellano de Lausante, que comienza: 

Tres hijuelos había el Rey, 
tres hijuelos que no mas. . . 

y hoy sabemos que la tiene en el poema flamenco Lanzarote y el ciervo del pie blanco, que debe de ser tra- 
ducción o derivación de un texto francés perdido. 

(2) Don Quijote, parte primera, cap. XIII. 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

apareció Galaab (Galay en castellano), hijo de Lancelot, representando el 
tipo de pureza caballeresca, del paladin-viígen, único digno de hallar la sa- 
grada reliquia. 

F) Tristón e Iseo. — Los amores de Lanzarote y Ginebra encarnan ya el 
ideal amoroso de la poesía bretona; pero hay todavía otros amores que lo 
expresan mejor: los de Tristán e Iseo. Un poeta del Cancionero Gene- 
ral (1512) — Hernán Mejía — presenta bien la cuestión, que fué usual en la 
Edad Media y principios de la Moderna: 



qual amó más a su dama, 
de Lanzarote o Tristán: 
si amó con mayor deseo 
a Lanzarote Ginebra, 
o a Tristán la reina Iseo. 



La leyenda de Tristán es mucho más antigua que la de Lanzarote, y 
también más poética. Consérvennos fragmentos del poema del siglo xn que 
la canta, eco de canciones que venían repitiéndose siglos atrás. La fantasía 
humana no ha podido ir más allá en la exaltación del amor. Tristán habia 
sido enviado por su tío Marcos, rey de Cornouailles, a pedir la mano de 
Iseo la rubia, la doncella de cabellos de oro, hija del Rey de Irlanda. Con- 
ciértanse las bodas, y Tristán conduce a la bella desposada a la corte de 
Marcos. Pero he aquí que ocurre un extraordinario incidente: la madre de 
Iseo ha preparado un filtro mágico que tiene la maravillosa propiedad de 
encender los corazones humanos en un amor sobrehumano; los que beben 
aquel filtro quedan unidos por un deseo irresistible de quererse, por una 
pasión avasalladora, superior a su voluntad y a todos los impulsos de la re- 
ligión, la ley y las conveniencias sociales: para el alma de quien ha bebido 
el diabólico licor no hay ya en la Tierra, ni en el Cielo, ni en ninguna parte, 
sino el ser amado, el cual se muestra a su amante cada vez más hermoso 
y atractivo. La madre de Iseo destinaba el filtro a su propia hija ya su yer- 
no; pero, por una equivocación fatal, en vez de beber el rey Marcos bebió 
Tristán, y cátate al mozo enamorado, mejor dicho, loco por la mujer de 
su tío, y a Iseo frenética por Tristán. 

La vida de la reina de Cornouailles y de su galán es desde entonces 
algo monstruoso, una exaltación morbosa, y por muchos aspectos hasta 
sacrilega, de la pasión adulterina que los consume. Sienten inquietudes, 
tristezas, remordimientos; pero todo es íntimamente delicioso para ellos por 
referirse a su amor. Un día el rey Marcos encuentra a los amantes dur- 
miendo en el jardín, y, como en [nuestro romance de Gerineldo, pone su 

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VIL- DE LA POESÍA BRETONA Y TROVADORESCA 

espada entre ambos. Tristán emprende largos viajes por países lejanos: pa- 
san muchos años sin ver a su amada; pero ¿qué son la distancia ni el 
tiempo contra un amor como el suyo? Ve Tristán a una mujer que se pare- 
cía extraordinariamente a Iseo: rubia como ella, y como ella hermosa; cree 
que casándose con ella satisfará el ansia que le domina, y así lo hace. Pero 
su mujer se parece a Iseo, mas no es Iseo. Inútil ha sido el remedio: se 
siente morir, y envía un amigo a la corte de su tío para que ruegue a la 
Reina que corra a su lado. "Si viene contigo — le dice, — pondrás velas 
blancas en la nave; pero si no viene, desplegarás velas negras". Transido 
de dolor, devorado por la fiebre, revuélcase Tristán en el lecho, y, perdido 
ya todo pudor, pide a su mujer que vigile la extensión del mar y que venga 
a informarle en el momento en que divise la nave que ha de venir, y a de- 
cirle de qué color son sus velas. La mujer, enloquecida por los celos, le 
anuncia la presencia de una nave con velas negras, e instantáneamente 
Tristán muere. Era un pérfido engaño: ha llegado, sí, la nave, pero con ve- 
las blancas; en ella viene Iseo, y al ver muerto a Tristán, se acuesta a su 
vera, y, como dice el poema normando del siglo xn, 

Elle l'embrasse, et puis s'étend: 
Et aussitót rendit l'esprit. 

Toda la literatura romántica, en su aspecto sentimental y erótico, está 
aquí: el amor exaltado hasta lo más absurdo, convertido en idolatría e ínti- 
mamente ligado con los sufrimientos y con la muerte; amor que no es fuen- 
te de vida, sino todo lo contrario. ¡Qué lejos estamos de aquel amor hu- 
mano, verdaderamente fuerte, y a la vez dulce y honesto, regulado por la 
religión y por la ley, fundamento de la sociedad y del hogar, que se refleja 
en la gesta de Mío Cid! El amor de Rodrigo y Jimena es el amor sano y fe- 
cundo; el de Tristán e Iseo, morboso y funesto (1). 

67. De la poesía trovadoresca en general. — Esta exaltación 
pasional, que constituye uno de los aspectos característicos de la poesía 
bretona, encontró su más eficaz elemento de propaganda en la escuela lírica 
de los trovadores provenzales. "La lengua de oc — ha escrito Menéndez Pe- 
"layo — fué la maestra de todas las vulgares, por haber logrado antes que 
"otra ninguna verdadero cultivo artístico, y haber impuesto su técnica, y sus 
"metros, y sus modelos de versificación, y su peculiar artificioso vocabulario, 



(1) Recientemente ha publicado en París M. Joseph Bédier una preciosa reconstitución del poema de 
Tristán e Iseo. 

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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

"lo mismo a la naciente poesía italiana que a la galaico-portuguesa, a la ca- 
" talan a, a la castellana, y aun a la misma escuela de los minneslger alema- 
nes. La poesía de los pro vénzales fué como una espede de disciplina rít- 
"mica que trasformó las lenguas vulgares, y las hizo aptas para la expre- 
sión de todos los sentimientos, y desarrolló en ellas la parte musical y el 
"poder de la armonía, creando por primera vez un dialecto poético diverso 
"de la prosa, con todas las ventajas y todos los inconvenientes anejos a tal 
"separación" (1). 

Hablábase la lengua de oc en el Mediodía de Francia, o sea en toda la 
tierra aquende el Loira que comprendía el ducado de Aquitania y los con- 
dados de Auvernia, Rodez, Tolosa, Provenza, Viena y otros muchos, pro- 
longándose por España — Cataluña — y por Italia hasta cerca de Genova. 
Todas estas comarcas asemejábanse, y diferían de la Francia del Norte no 
sólo por el romance o idioma, sino por importantes caracteres de cultura y 
de costumbres sociales. De antiguo venían estas diferencias; mucho antes 
de la conquista romana, la civilización griega tuvo en Marsella su más im- 
portante foco occidental, y en nuestra costa levantina, florecientes colonias, 
algunas de las cuales por lo menos debieron de ser fundadas por marse- 
lleses. Los romanos conquistaron el Mediodía o, mejor dicho, el Sudeste de 
Francia tres siglos antes de aventurarse más allá del Loira. La Provincia 
Narbonense formó con la Cisalpina (Norte de Italia) la Galia togada o lati- 
na, en contraposición de la Galia cabelluda o bárbara. Así, mientras que en 
el Norte perseveró el celtismo a pesar de la dominación romana, y resur- 
gió en Bretaña a la caída del Imperio, en el Mediodía todo fué tan intensa- 
mente latino como en nuestra Bética. Añádase que en las regiones meridio- 
nales que se disputaron francos, visigodos y ostrogodos, ninguno de estos 
pueblos llegó a establecerse con la solidez que en otras comarcas: aquello 
fué siempre predominantemente latino, y aun mucho después de Carlomag- 
no sus habitantes, independientes de hecho merced a la organización feu- 
dal, no se consideraban franceses, y tenían a éstos por bárbaros, creyéndo- 
se ellos legítimos y auténticos romanos. 

En este medio brotó la poesía lírica de los trovadores. El trovador co- 
nocido más antiguo es Guillermo IX, conde de Poitiers y duque de Aquita- 
nia, nacido el 22 de Octubre de 1071, de quien se conservan algunas poe- 
sías en que choca el maridaje de la más ardiente devoción con el desenfre- 
no erótico. El Conde de Poitiers, que al partir para la Cruzada entona un 
cántico de penitente, 

u Hasta hoy ful aturdido y me abandoné a la galantería; pero Nuestro 



(1) Antología, tomo I, LXXVI. 

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VIL -DE LA POESÍA BRETONA Y TROVADORESCA 



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Códices españoles de los siglos X y XI 

(Véase la nota de la pág. 19.) 



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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

"Señor ya no permite que yo siga por esos caminos, y no puedo soportar 
"la pesadumbre de mis culpas. 

"Dejo lo que tanto me gustó: el esplendor caballeresco, y sin pena tomo 
"la senda que conduce al perdón de los pecados. 

"Pido perdón a cuantos hice daño, y elevo mi oración a Jesús en latín 
"y en romance; abandono por completo la pompa, los trajes hermosos y 
"las pieles", 

y que se muestra muy devoto de San Julián, cuenta en otra canción una 
aventura de cuyo carácter da idea el hecho de haber servido de aigumento 
a Boceado para uno de sus más licenciosos cuentos (1), y en otra da gra- 
cias a Dios y a San Julián por su buena fortuna en amores. 

Guillermo de Poitiers no fué, seguramente, el iniciador de la poesía 
trovadoresca: aparte de que su estilo o manera indica una escuela ya for- 
mada, habla de la tensión como de cosa antigua en su tiempo. Después de 
él fueron muchísimos los trovadores. 

68. Los trovadores y la sociedad en que cantaron. — 
Patria, fides, amor. — O reflejo de las costumbres, o inspiradora de 
ellas, o ambas cosas a la vez, es el hecho que la poesía trovadoresca nos 
presenta el cuadro de una sociedad en que el sentimiento del amor de- 
generó, como dijo D. Juan Valera, en "una bella y singular herejía, don- 
"de la mujer amada es como diosa para el caballero o poeta que la sirve, 
"a quien se encomienda de todo corazón, por quien hace penitencia, a quien 
"debe o cree deber la valentía de su ánimo, el esfuerzo de su brazo y tos 
u altas inspiraciones de su ingenio". Imposible no ver en esta herejía el in- 
flujo directo y decisivo de las leyendas bretonas, singularmente de la de 
Tristán e Iseo, y por este aspecto, la erótica de los trovadores es una pro- 
longación lírica de la épica popular de Bretaña, o quizás, mejor dicho, de su 
misma lírica, toda vez que los lais t y no las narraciones o poemas, debieron 
de ser la fuente primordial u originaria de las canciones provenzales. Hay, 
sin embargo, entre la concepción del amor en la poesía bretona y en la 



(1) La canción del Conde es la que comienza: Trobey la moller d'Eu GuabU y el cuento de Boceado 
Mazzeto di Lamporecchio. La aventura se reduce al encuentro del poeta con dos mujeres deshonestas, pero 
temerosas del qué dirán. Para lograr sus favores el protagonista se finge mudo, y asi logra persuadirlas de 
que no arriesgarán nada entregándose a él; pero antes de llegar a esto, dudosas ellas de que fuera realmen- 
te mudo, le echan un gato a la cara, y el supuesto mudo se defiende sin articular palabra. El lance es 
tan inverosímil, que desde luego puede creerse que jamás le sucedió al Conde de Poitiers, y, sin embargo, 
él lo cuenta en verso como sucedido. Llamamos la atención de los lectores sobre esta circunstancia, para 
que se vea cómo los poetas líricos de la Edad Media daban a sus composiciones un carácter autobiográfico 
que no es real o histórico, sino puramente imaginativo, cosa que se debe tener en cuenta para juzgar a 
nuestro Arcipreste de Hita. Se ve que Guillermo IX quiso en su relato expresar que la virtud de las 
mujeres es falsa, y sólo se funda su recato en el temor a las alabanzas del galán: una vez persuadidas de 
que el galán es mudo, ya todo les tiene sin cuidado. 



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VIL - DE LA POESÍA BRETONA Y TROVADORESCA 

provenzal una diferencia profunda: aquélla es popular, espontánea y bar- 
bara; ésta es cortesana y retórica. El bardo bretón que ideó los amores de 
Tristán e Iseo, los concibió como una enfermedad producida por el filtro 
mágico; los trovadores, partiendo del tema creado por aquél, hicieron de 
esa manera de amar un entretenimiento de salón, un deporte agradable a 
una sociedad reñnada; cobertera, es cierto, en muchas o en casi todas las 
ocasiones del libertinaje, mas siempre atenuado, al menos en la forma, por 
la ley de las conveniencias sociales, suprema en los medios aristocráticos 
y cultos. 

De aquí el carácter señoril de la poesía trovadoresca: nació y se des- 
arrolló en las cámaras de los castillos o palacios; nunca fué popular en el 
recto sentido de la palabra; jamás tuvo comunicación directa con la plaza 
pública; fué siempre solaz de gentes encopetadas, literatura de salones e 
intimamente relacionada con la vida de la alta sociedad. Esto no quiere 
decir que todos los trovadores fueran condes, como el de Poitiers: lejos de 
eso, una vez admitido aquel juego de ingenio, los que lo tenían para com- 
poner lindas canciones veían abierto el camino para entrar en círculos ele- 
vados, eran solicitadísimos, y por la sola preeminencia del arte alternaban 
como iguales con los linajudos barones y las damas más encumbradas. 
Así figuran entre los trovadores tantos de humilde condición: Bernardo de 
Ventadorn, hijo de un fogonero, pasó de criado a paje, y después a amigo 
de su señor, el Vizconde de Ebles, y fué amante de la Condesa y favorito 
de Leonor de Aquitania, reina de Francia y de Inglaterra y madre de Ricar- 
do Corazón de León; Elias Cairel, de criado de un armero, llegó, merced a 
sus versos, a ser embajador; Marcabrú era expósito; Perdigó, pescador; 
Elias de Barjols, buhonero; Pedro Vidal, hijo de un pellejero, y Aimeric de 
Peguilha, de un trapero. Sabiendo trovar, no hacían falta pergaminos. 

Mas el trovador, así elevado y atraído al círculo cortesano de los con- 
des y barones, era separado del pueblo. La principal u ordinaria ocupación 
de los trovadores era celebrar la hermosura y demás prendas de las gran- 
des señoras. Cada trovador escoge por dama de sus pensamientos y musa 
de sus canciones a una de las más empingorotadas de su círculo, general- 
mente de la familia de su protector, y con frecuencia a su misma esposa: el 
marido lo sabe, y no se enfada por eso; al contrario, se complace en que su 
mujer sea objeto de tales obsequios, por ser así de buen tono. Para justificar 
tan extraña costumbre se inventó una teoría no menos singular: hay un 
amor de todo punto espiritual, que nada tiene que ver con la materia y que 
se satisface con pensamientos, miradas, canciones y algún que otro inocente 
favorcillo. A la Condesa de Chauyne, hija de Leonor de Aquitania, se le 
atribuye la declaración de que ese amor espiritual no puede existir entre 

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SALCEDO - Literatura española. - Tomo I. ^.^ by G<J(!)gIe 



SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

casados, y a la Vizcondesa Ermegarda de Narbona, la de que una dama 
casada no tiene derecho a rechazar, por su estado, el amor espiritual de 
un caballero. Estas declaraciones o sentencias se suponen dadas en las 
cortes de amor, o jurados compuestos de damas para resolver cuestiones 
sutiles de esa Índole (1). No hay que confundir las cortes de amor con los 
puys (2), que eran certámenes o torneos poéticos presididos por un tribu- 
nal de poetas o trovadores, el cual coronaba al autor de la mejor canción, 
y que se celebraban con gran fastuosidad. Acudían los barones de la co- 
marca y concurso de gente como a los torneos caballerescos, y era uso que 
en medio del salón se colocase un individuo, denominado el señor de la 
corte del puy, elegido con pintorescas ceremonias y encargado de tener un 
gavilán en el puño. Si alguno de los barones presentes quería sufragar el 
gasto de la fiesta, acercábase al señor de la corte y le arrebataba el gavi- 
lán, quedando con eso comprometido a pagarlo todo. Había en los puys 
algo de lo que se cuenta"de las cortes de amor, así, v. gr., como quiera que 
el caballero y trovador Ricardo de Barbazieux, cortejador a la usanza tro- 
vadoresca de la Baronesa de Taunas, a la que cantaba sin descubrir su 
nombre, llamándola Mlelz de donna, revelara en un banquete el verdadero 
nombre de su dama, ésta, enojada, le retiró su cariño, y él entonces se re- 
tiró del mundo dos años, creyéndose que se había hecho ermitaño; gentes 
galantes pidieron a la Baronesa que le perdonase, y ella dijo: No lo per- 
donaré hasta que me lo supliquen cien caballeros, cien damas y cien da- 
miselas, todos a un tiempo. El perdón fué otorgado en un puy, donde se 
presentó Barbazieux y cantó entusiasmando a la concurrencia. Los puys 
son el origen de los Juegos florales. 

Aunque el amor fuera el objeto predominante de la poesía trovado- 
resca, hasta el punto de llamar los trovadores a su arte poética leys damor, 
no por eso prescindieron de otros argumentos: cultivaron muy especial- 
mente la política, siendo como los periodistas de aquella época, que aplau- 
dían o censuraban a los Gobiernos, y hacían opinión en favor o en contra 
de las empresas públicas; v. gr., guerras o alianzas, unas veces por su pro- 
pia iniciativa, y otras por encargo de los señores a quien servían o que los 



(1) Oiraldo, Peyronet y otros trovadores hablan de las cortes de amor como de una institución perfec- 
tamente organizada a modo de tribunales. Andrés el capellán, en su Arte de amar, trae muchas sentencias 
de las cortes de amor, y cita una dada por María Francia, hija de Luis el joven y de Leonor de Aquitania, 
presidiendo una corte de sesenta damas. Pocos autores modernos, a excepción de D. Víctor Balaguer, ad- 
miten, sin embargo, la existencia de tales cortes, al menos con el carácter de formalidad que se les atribuye: 
o fueron uno de tantos entretenimientos de salón a que sólo daban importancia los trovadores, o mera in- 
vención de éstos. 

(2) Asi llamados, según unos, del castillo de Puy-Verd (Tolosa), y, según otros, del Santuario del Puy 
(Velai), donde dieron principio estas fiestas literarias. 



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VIL - DE LA POESÍA BRETONA Y TROVADORESCA 

subvencionaban para ello; y así, Villemain dice de la poesía provenzal que 
fué la libertad de Imprenta de los tiempos feudales. Tampoco prescindieron 
de la moral ni de la didáctica, y sobre todo de la religión: las controversias 
teológicas tuvieron tal importancia en la región de lengua de oc, que desde 
mediados del siglo xn pulularon allí las múltiples herejías conocidas con 
el nombre común de albigenses (de la ciudad de Albi, donde comenzaron 
a propagarse), y las cuales, bajo la fórmula de volver al cristianismo pri- 
mitivo, llevaban gérmenes ya muy desarrollados de racionalismo y socia- 
lismo. Estas doctrinas heterodoxas suscitaron la guerra civil entre católicos 
y albigenses, y después la intervención de los franceses del Norte en forma 
de Cruzada, que concluyó con la independencia de hecho del Mediodía. En 
todo esto tomaron activísima parte los trovadores, quienes resumían la ma- 
teria de sus canciones en las tres palabras que sirven hoy de lema a los 
Juegos florales: Patria, Fides, Amor. 

A esta complejidad de asuntos tenía que corresponder la de géneros 
literarios. Los trovadores cultivaron la hagiografía sagrada y las leyendas 
piadosas; la moral (Poema de Boecio, de autor desconocido; Lecciones de 
sabiduría, de Amoldo de Marveil; Principios de moral, de Beltrán Carbo- 
nell; Reglas de vida, de Nat de Mons; Cuatro virtudes cardinales, de Deus- 
des de Prades, etc.); la ciencia (El Tesoro, de Pedro de Corbian; Breviario 
de amor, de Manfredo Ermenguad, poema de cerca de cuarenta mil verso*); 
la historia (Historia de la Casa de Aragón en Provenza, de Sordel el man- 
tuano; Guerra de Baucio, de Elias de Barjols; Vidas de los tiranos, de Guido 
de Uses; La guerra civil de Pamplona, de Guillermo Anelies de Tolosa); es- 
cribieron novelas en prosa, como La bella Magalona, de Bernardo de Tra- 
viez; compusieron poemas carolingios (Romanz de Gerardo de Rosellon, 
de autor desconocido; Ferabrás, Filomena, que está en prosa, y muchos 
del ciclo bretón: Romanz de Faufre, Romanz de Brunesilda, de Blandin de 
Cornuailles y de Glllot Ardit de Miramar, Flamenca, Rinalto, un Lanzarote 
y un Tristón e Iseo perdidos, etc.). En todo pusieron su sello característico: 
el culto del amor, espiritualizado a su modo, y la perfección técnica de la 
forma. Es de creer que algunos de los lais bretones que han llegado hasta 
nosotros estén retocados por esta escuela artística; esto es, que no conoz- 
camos el primitivo cantar tal y como salió del bardo bretón, sino su co- 
rrección posterior por el trovador provenzal. De esta técnica provenzal es 
preciso dar ligera idea. 

69. La técnica provenzal. — Trovar claro y trovar clus. — 
Trovar — del verbo trouver — significa encontrar, inventar, y fué aplicado 
al arte de componer o hallar cosas nuevas a fuerza de ingenio, palabra 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

que ya expresa el carácter de la poesía trovadoresca, la cual no es espon- 
tánea, sino fruto del cultivo intensivo del ingenio. El trovador creía, como 
Don Juan Valera, que las ideas dignas de ser cantadas o comunicadas a los 
demás no son las que primero se ocurren, las que brotan espontánea- 
mente, sino que hay que rebuscar en el entendimiento las que se ocultan, 
las que no salen desde luego: de aquí el ingeniosismo propio de toda lite- 
ratura muy culta, muy retórica, y el desdén por lo vulgar, el afán de lo 
alambicado, de lo nuevo y de lo precioso. Los autores anónimos de la 
Chanson de Roland y de nuestra gesta de Mío Cid nos sugieren la idea de 
unos poetas que, seducidos o enajenados por la grandeza de su aigumen- 
to, no tenían otro deseo que comunicar a sus oyentes la impresión que los 
embargaba: cantaban como les salía, enteramente olvidados de sí mismos, 
y sin aspirar a otra recompensa que encender en los demás el fuego de en- 
tusiasmo por sus héroes que a ellos consumía; el trovador, por lo contra- 
rio, se presenta al público de cuerpo entero para que se le admire, para 
que se vea cuan ingenioso es, cómo sabe decir las cosas de manera más 
bella y perfecta que otro ninguno. m Por la obra — decía Bartolomé Gior- 
gi — se conoce al artífice, y por mis canciones se puede ver cuánto valgo 
en el arte de componer versos sutiles.* 

Este deseo de la estimación ajena, del aplauso, a que llamaban ellos 
la gloria, fué lo que llevó a los trovadores a dividirse en dos grupos o ma- 
neras: el trobar clus o car y el Irobar leu, leugier o plan. ¿Qué estimación 
debe preferir el poeta: la de la gente culta, ilustrada, capaz de comprender 
y avalorar el ingenio y el artificio, o la de todo el pueblo? Tal era la gran 
cuestión que preocupaba a estos retóricos, que, de vivir en Madrid y en 
nuestros días, hubieran sido asiduos concurrentes al Ateneo y a las cerve- 
cerías de moda. "No me place — decía Lignauré — hacer versos que sean 
apreciados indistintamente por todo el mundo: yo no compongo para los 
necios; no quiero que los necios me hagan caso: que sólo me admiren los 
entendidos.* a Entonces — replicaba Giraldo de Borneil, — no es el deseo 
de la gloria lo que te anima a cantar. Parece al oirte que temes extender 
tu nombradla. ¿ Y trabajamos por otra cosa? Yo sé hacer canciones oscuras; 
pero quiero que me entiendan todos: nada me complace como escuchar 
mis cantares a las muchachas cuando van por agua a la fuente". Los que 
pensaban como Lignauré trovaban clus, es decir, en un lenguaje oscuro 
para la generalidad; los que, como Giraldo de Borneil, apetecían el aplau- 
so universal, trovaban leu. Entre los primeros se cuentan trovadores de los 
más insignes y famosos; v. gr., Arnaldo Daniel, de quien dijo Dante: 



miglior fabro del parlar materno; 

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VIL - DE LA POESÍA BRETONA Y TROVADORESCA 

y Petrarca: 

Arnaldo Danieilo 
gran maestro d'amor, ch'alla sua térra 
ancor fa onor col dir polito e bello. 

El mismo Giraldo de Borneil cuenta que él empezó su carrera de tro- 
vador con difíciles y sutiles rimas, lo que le valió ser colocado entre los 
mejores poetas de su tiempo; pero que luego, por las razones ya apunta- 
das de extender su fama, se decidió a componer en lenguaje claro, accesi- 
ble a las muchachas que van por agua a la fuente. 

70. Juglares pro vénzales y géneros poéticos: A) Cancio- 
nes y versos. B) Serventesio. C) Descort. D) Tensión. E) 
Planch, planh o plang. F) Pastorelas o pastorellas. G) Alba- 
das y serenas. H) Varios géneros. — Para los provenzales, cantar 
era componer o escribir, y así, decía Arnaldo de Marveil: "Cuando canto 
me olvido de todo, y sólo veo el objeto a que me consagro." Cantar era 
también toda composición. 

Papiol, mon chantar 
val a mi dons contar (1). 



El trovador no escribía sino para que su obra fuese cantada, ya por sí 
mismo, ya, si no tenía él condiciones de cantor, por un juglar. Había dife- 
rencias entre los juglares épicos, los de las antiguas canciones de gesta, y 
los provenzales, o quizás sea mejor decir que cuando florecía la poe- 
sía de los trovadores el oficio de juglar había decaído y degenerado: el 
juglar de la época trovadoresca era un compuesto de cantor, de músico, de 
prestidigitador y de titiritero. Giraldo de Calansó recomendaba a un juglar 
que aprendiese a tocar nueve instrumentos por lo menos (viola, guitarra, 
salterio, lira, etc.); que se hiciera experto en el manejo del tambor y de los 
címbalos, en los juegos de manos, en lanzar al aire pelotas y manzanas para 
recogerlas con cuchillos, y en saltar obstáculos. "Además, debes aprender 
"cómo Amor corre y vuela, cómo va desnudo, cómo no puede contra él la 
"justicia, pues la vence con sus agudos dardos y sus dos flechas, una de las 
"cuales es de oro finísimo que deslumhra, y la otra de acero, que causa he- 



(1) Papiol, oe a cantar a mi dama mi cantar. (Beltrán de Born.) 
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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

"rielas incurables. Estudia las ordenanzas de Amor, sus prerrogativas y sus 
"remedios, sus diferentes grados, la rapidez de su marcha, los engaños de 
"que se vale, y cómo al fin aniquila y destruye a los que le sirven." 

Había tres clases de juglares: unos que recorrían los pueblos cantando 
por su cuenta, verdaderos bohemios que acabaron por encanallar el oficio; 
otros que vivían a sueldo de reyes y magnates como músicos y cantores 
de cámara, los cuales también degeneraron horriblemente, ya que al albo- 
rear la Edad Moderna no eran juglares, sino bufones; y otros que servían 
a los trovadores famosos, siendo los ejecutantes de lo que componían sus 
señores, y algo también como sus secretarios y amanuenses. De todas 
suertes, ellos no hacían más que cantar la letra y la música de su amo: si 
algún juglar componía, ya no era juglar, sino trovador, y por eso, aunque 
Rimbaldo de Vaqueiras se llamaba juglar, quizás por haberlo así del prín- 
cipe de Orange Guillermo IV, Giraldo Riquier se lamenta de que fuesen 
confundidos los juglares y los trovadores, y Sordel prorrumpía en denues- 
tos contra Bremón por haberle dicho juglar. 

El trovador escribía la letra y la música con que debía ser cantada. 
Sonet, palabra muy usada en la técnica trovadoresca, no significaba la 
composición conocida después con el nombre de soneto, sino el so, son, 
sonet; esto es, el aire o la melodía de la pieza. A lo que nosotros decimos 
verso llamaban los provenzales mot o bordó, y hacer versos era lassar- 
motz (enlazar palabras). Usaban también la voz verso, pero para designar 
una composición especial, compuesta de cinco a diez coplas, con una ó 
dos tornadas. La lírica provenzal era muy rica en géneros o clases de com- 
posiciones. A) La canción propiamente dicha se componía de cinco a seis 
coplas, y, según las Leyes de amor, debe ser de amores o de encomios, y 
siempre en términos dulces y agradables; distinguíase en la canción la en- 
dressa o dedicatoria, y la tornada, que era como la despedida del poeta. 
Había cansonetas (canciones cortas) y mieja cansó (media canción). Hacer 
medias canciones era una ingeniosidad más de los trovadores. Dice, por 
ejemplo, Pedro Bremón: 

Pus que tug volon saber 
perqué fas mieja chansó, 
leu lur en dirai lo ver, 
quar Tai de mieja razó 
perqué dei mon chan meytader (1). 



(1) "Pues que todos querrán saber por qué no hago más que media canción, voy a decírselo: no tenia 
más que media idea, y he debido limitar mi canción.* 



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VIL - DE LA POESÍA BRETONA Y TROVADORESCA 

Es difícil determinar la diferencia entre la canción y el verso. "Que lla- 
men a mi cantar canción o verso — decía Aymeric de Peguilhá, — me es 
indiferente. Entre verso y canción no hay más diferencia que el nombre. En 
muchas canciones he oído rimas masculinas y femeninas en los versos. En 
los versos, aires cortos y rápidas medidas; y en las canciones, largas y lán- 
guidas melodías; en unos y en otros, líneas de igual medida y del mismo 
tono. Se ve por la biografía de Marcabrú que en su tiempo no habia más 
que versos, y que Giraldo de Borneil fué quien 
primero escribió canciones. 

B) Serventesio. — Es la composición satíri- 
ca, frecuentemente política: según las Leyes del 
Amor, debe tratarse de vituperio o de sátira para 
castigar a los necios y a los malvados. Sordel el 
Mantuano hizo un serventesio famoso por lo in- 
justo e insolente: en la primera estrofa se lamenta 
de la muerte de su protector Blacas, que, según 
cuenta, era valiente caballero y galante trovador; 
y para que su pérdida sea menos sensible, no ve 
el poeta mejor cosa que hacer comer su corazón 
a los monarcas a la sazón reinantes, para que se 
tornen valientes, pues todos son unos grandísi- Femando m ei santo 
mos cobardes. Con este motivo va pasando revis- 1198-1252 

ta a los soberanos de aquella época y colmando- montiva de to a é^eSte 
los de desveigüenzas. Al llegar a Castilla, donde en ta CÉtodwl de Buf * os) 
reinaba nada menos que San Fernando, dice: "El 

Rey de Castilla debe comer por dos, ya que tiene dos reinos (Castilla y 
León), y apenas basta para gobernar uno; pero que coma a escondidas de 
su madre, porque si ésta lo sabe, lo molerá apalos tt . A través de la injusta 
sátira resplandece aquí una de lab grandes virtudes del Santo Rey: su filial 
sumisión a Doña Berenguela. También, por el mismo motivo de respetar a 
su madre, censura el desenfadado trovador a San Luis. El serventesio de 
Sordel hizo furor, y fué imitado por Beltrán de Allamanón, Pedro Bremón 
de Noves y otros trovadores. Otros serventesios tenían más noble objeti- 
vo; v. gr., los compuestos para excitar a ir a las Cruzadas, y los hay tam- 
bién furibundamente anticlericales y antimonásticos, ó, mejor dicho, contra 
la gente de Iglesia: "Si Dios — cantaba Guillermo de Montagnagout — 
salva a los que comen bien, huelgan mejor y tienen más mujeres, seguros 
de ir al Paraíso por la vía recta pueden estar los monjes negros y los 
monjes blancos, los templarios, los hospitalarios y los canónigos. San Pe- 
dro y San Andrés se lamentarán más de una vez de haber sufrido en el 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

martirio tantos tormentos por conquistar un Paraíso que es tan fácil ganar 
a estos otros." 

C) Descort. — Esta palabra significa discordancia o desacuerdo, y 
aplicábase a composiciones de cinco o seis coplas, cada una en rima, meló- 
día y lenguaje distintos. Rimbaldo de Vaqueiras compuso un descort que se 
hizo célebre, con la primera estrofa o copla en provenzal, la segunda en 
italiano, la tercera en francés, la cuarta en gascón y la quinta en castellano. 
Dante imitó este juego poético en su Scherzo in tre lingue. No era preciso, 
sin embargo, que hubiera discordancia de idiomas: bastaba con la de la rima 
y de las ideas. Se pone como modelo de descort uno de Giraldo de Calansó, 
amigo de nuestro Don Alfonso VIII, que empieza: 

Bel semblan 

m'auran 
lonjamen 
donat dan 

pensan, 
qu'ill formen 
m'ausiran. . . 

Estas raras combinaciones métricas hay que tenerlas en cuenta para 
comprender las de Don Alfonso X en las Cantigas. 

D) Tensión * es — dicen las Leyes del Amor — un debate en que 
cada trovador defiende un tema; los dos contradictores pueden hacer una 
tornada para escoger el juez que dirima el pleito." La tensión llamábase 
también contensió, joc partic, partimens, jocs cTamor y jocs enamoráis, y si 
eran más de dos los contendientes, torneiaments (torneos). Ya Guillermo de 
Poitiers habla de las tensiones como de cosa establecida en su tiempo. Dis- 
cuten los críticos modernos sobre si realmente la tensión era obra de dos o 
varios poetas, que cada uno componía su estrofa, demandando, respondien- 
do, replicando y duplicando, o si todo era escrito por uno mismo para dar 
al cantar esa pintoresca forma de controversia. Federico Diez, gran autori- 
dad en Literatura provenzal, opina lo primero. Sin embargo, hay algunas 
que indiscutiblemente son de una sola mano; v. gr., las del Marqués de 
Malespina con su dama, del Conde Berenguer con su corcel de guerra, de 
Guido de Cavaillon con su capa, etc. Otras, como las del mismo Marqués 
Malespina con Rimbaldo, de Guido con Beltrán de Allamanon, etc., abonan 
el parecer de Diez. De las tensiones ha debido de surgir la idea de las cortes 
de amor. 

Los temas discutidos en las tensiones dan perfecta idea del fondo de la 
poesía trovadoresca. Son por este tenor: "Los goces de amor, ¿son mayo- 

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VII.-DE LA POESÍA BRETONA Y TROVADORESCA 

res que sus penas?" "¿Debe hacer la dama por su galán tanto como éste 
por ella?" "¿Debe ser la dama la solicitante del amor del caballero, o al 
contrarío?. . . ", etc. 

E) Planch, planh o plang significa lamentación, y era la elegía de 
los trovadores. 

F) Pastorelas o pastorellas, llamadas vaqueras (uacqueira) cuando 
la protagonista guardaba vacas en vez de ovejas, eran las églogas. Ejemplo 
de su factura es ésta, de Cadenet: 

L'antrier, lonc d'un bosc fulhós 

trobey en ma via 
un pastre molt angoissós 

chantant e dezia. . . (1). 

Algunos trovadores, como Giraldo de Borneil y Paulet de Marsella, 
hicieron pastorelas con intención política. 

G) Albadas y serenas. — Las primeras son el canto de la mañana, y 
las segundas, el de la noche; de ellas vienen las alboradas y serenatas mo- 
dernas, si bien las últimas corresponden más bien a una clase de albadas 
que a las serenas provenzales. 

La característica de las albadas es la repetición de la palabra alba: 

Lo gaita crida que l'alba vi. 

¡Ay Dieus, ay Dieus, que l'alba tantos ve! 

Tal es el estribillo de una de autor desconocido, que puede servir de 
modelo, y cuyo fondo es así: 

"En el vergel, bajo la enramada, la dama abraza tiernamente a su 
"amigo hasta que anuncia el vigía el amanecer. ¡Ay, Dios! ¡Ay, Dios, qué 
"pronto llega el alba! " 

"¡Quisiera Dios — dice ella — quejamos concluyera la noche! ¡Que no 
"tuviera que separarme de mi amigo! ¡Que no llegara nunca el vigía a des- 
"cubrir la luz de la aurora! ¡Ay, Dios! ¡Ay, Dios! ¡Qué pronto asoma el 
m alba!" 

" Vamos, dulce amigo, al bosquecillo . . . ¡Que nuestros besos sean 
"como un eco del gorgeo de las aves! ¡Ay, Dios! ¡Ay, Dios, qué deprisa vie~ 
"ne el alba!" 



<1) 'Ayer, en lo más espeso del bosque, hallé a un pastor que sollozando se lamentaba: ¡Amor, yo te 
'maldigo!..., etc. - 

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SALCEDO^ LA LITERATURA ESPAÑOLA 

"Vamonos y juguemos en el bosquecillo, donde cantan los pájaros, 
"hasta que el vigía, toque anunciando la aurora. ¡Ay, Dios! ¡Ay, Dios, cómo 
"llega el alba!" 

Otras veces es el galán quien se lamenta del amanecer. En otras oca- 
siones es un fiel amigo que ha tenido la santa paciencia de aguardar en la 
calle a que salga el amigo de casa de la amada, para guardarle las espal- 
das y avisarle la llegada del alba, y en este caso el estribillo es: ¡Llegó la 
hora, compañero; alumbra ya el alba! Guillermo de Borneil tiene una de 
este género que ofrece raro ejemplo de la repulsiva mezcla de lo devoto 
con lo erótico, característica de la poesía provenzal. El fiel amigo que se ha 
quedado en la calle, haciendo un papel que a los trovadores les parecía tan 
bonito, y a nosotros tan triste, se pasa gran parte de la noche rezando de 
rodillas a Dios y a la Virgen María, para que su compañero saliese sano y 
salvo de la aventura. Otras albadas son sencillamente suspiros del amante, 
que permanece toda la noche al pie de la ventana de su amada, como ha- 
ciendo penitencia o méritos y esperando que amanezca; así es una de Giral- 
do Riquier, que tiene por estribillo: 

Edezir 
vezer Falba. 

Por último, había albadas religiosas, himnos a la Virgen, en que se 
saluda a la celestial Señora llamándola Estrella matutina, Luz del día, 
Celeste aurora, Alba serena, etc. Guillermo de Autpol, Pedro de Corbiac, 
Guido Folquet, que llegó a ser papa (Clemente IV) y Folquet de Marsella, 
que fué obispo de Tolosa, compusieron muchas y bellas albadas de esta 
clase. El estribillo de la de Folquet es éste: 

La nueg vai e'l jorn ve 
ad temps ciar e seré, 
e l'alba no's neté, 
ans ve belha e complia (1). 



En las serenas, el amante suspira por que llegue pronto la noche. Giral- 
do Riquier tiene una de éstas muy celebrada. 

H) Había otros muchos géneros: frezicanza (canto excitando a la cru- 



(1) "La noche se va y el dia viene — con tiempo claro y sereno, — y el alba no ae retrasa,— sitio 
que viene bella y cumplida* 



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VIL - DE LA POESÍA BRETONA Y TROVADORESCA 

zada o exhortando a la virtud), retroencha (coplas con estribillo) y danza y 
balada (cantares para baile), escondig (canción en que se defendía el trova- 
dor de interpretaciones falsas y ofensivas o perjudiciales que se habían 
hecho de otras suyas anteriores), epístolas, que se llamaban essenhamen 
cuando trataban de religión o moral. Los trovadores compusieron también 
muchas fábulas: he aquí una de Pedro Cardinal, que tiene cierto interés 
para nosotros. En una ciudad cayó una lluvia de tal clase, que volvió locos 
a cuantos mojó: sólo un vecino, que se había quedado durmiendo mientras 
llovía, conservó el juicio; pero al salir a la calle y maravillarse de que todos 
sus conciudadanos hiciesen tantas locuras, sucedió que los locos, al verle 
proceder de un modo tan contrario a ellos, le tomaron a él por loco, y para 
volverle cuerdo, es decir, loco como ellos, maltratáronle horriblemente. Este 
cuento, de profunda filosofía social, no se ideó en Provenza; de seguro es 
uno de los muchos orientales antiguos que los árabes divulgaron por Euro- 
pa, y lo vemos reaparecer, modificado, en el Examen de maridos, de don 
Juan Ruiz de Alarcón: 

Un aguacero cayó 
en un lugar, que privó 
a cuantos mojó de seso; 
y un sabio que por ventura 
se escapó del aguacero, 
viendo que al lugar entero 
era común la locura, 
mojóse, y enloqueció, 
diciendo: ¿En esto qué pierdo? 
Aquí donde nadie es cuerdo, 
¿para qué he de serlo yo? 

G) Novas— palabra equivalente a la francesa nouuelle— eran cuentos 
en verso. Las novas no difieren si no es en el idioma de los flabeaux de 
las otras regiones de Francia. Después de cantar su canción épica — o lírica 
si se trataba de provenzales — los juglares solían recitar, o quizás cantar 
también, un cuentecillo ligero: tales eran los flabeux. 

Los había de todas clases: unos delicadamente piadosos, como el del 
juglar que, no sabiendo rezar, daba culto a la Virgen María bailando y 
haciendo cabriolas delante de su imagen, y con tal ejercicio conquistó el 
afecto de la Reina del Cielo y fuese derecho al Paraíso; otros ingeniosos, 
como el del juglar que engañó al Demonio, libertando las almas que había 
puesto éste a su cuidado; otros de ingenuidad encantadora, v. gr., la Corte 
del Paraíso, en que Dios, la Virgen y los santos danzan, cantan y conver- 
san como señores y damas de la Edad Media; otros de enseñanza moral, 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

como el Juicio de los barriles de aceite, en que resulta confundido el acei- 
tero calumniador, otros de mero pasatiempo, como el de El ladrón que qui- 
so bajar por un rayo de sol; otros burlescos y satíricos, y otros, finalmente, 
licenciosos, como los muchos que refieren las desventuras conyugales de 
los villanos y las malandanzas de clérigos y frailes pecadores. Se ha obser- 
vado que las gentes de Iglesia y del estado llano son las que salen siempre 
malparadas en los fableaux, al paso que los nobles siempre también que- 
dan en buen lugar, y esto se explica porque componiéndose generalmente 
para fin de fiesta en los festines y saraos aristocráticos, los compositores 
halagaban a su público burlándose de las otras clases sociales. Pueden ser 
considerados asimismo como fableaux, aunque de forma especial, las bi- 
blias y divinos oficios burlescos, y las batallas o disputas, ya entre el In- 
fierno y el Paraíso, ya entre la Cuaresma y el Carnaval o entre la vida y 
la muerte, a que tan aficionados fueron los poetas de la Edad Media. 

Las novas provenzales no eran otra cosa que fableaux en lengua de 
oc. He aquí una nova de autor desconocido, que a la vez figura como fa- 
blieu en lengua francesa: 

"El padre casó a su hijo, le dio todo su caudal, y se fué a vivir con el 
"matrimonio. A los dos años nació un nieto. 

"Pasaron los años, hasta catorce. El abuelo ya no podía andar sino 
"apoyado en su bastón. La nuera le aborrecía. Un día y otro día decía a su 
"marido: "|Tu padre me da asco! (Moriré pronto si tengo que seguir vivien- 
do a su lado! |No puedo sufrirle!" 

"El marido buscó a su padre, y le dijo: "Padre, idos de casa. Ya os he- 
"mos mantenido bastante. Idos adonde queráis. 

—"¡No me eches, hijo! — contestó el padre. — Estoy viejo y enfermo, y 
"nadie me querrá. Dame siquiera un montón de paja y un rincón para 
"tenderme". 

—"No puedo, padre. Idos: mi mujer lo quiere." 

— "(Dios te bendiga, hijo mío! Me voy; pero al menos dame una man- 
eta. Hace mucho frío. 

"El hijo del viejo llamó al suyo y le dijo: "Ve al establo, y dale a tu 
"abuelo una manta de los caballos con que se abrigue. 

"El niño escogió la mejor manta, la mayor y menos usada; la dobló, 
"hizo que su abuelo la sostuviera por una punta, y empezó a cortarla en 
"dos pedazos. Le dijo el abuelo: ¿Qué haces, niño? Tu padre quiere que 
"me la des entera. Y volviéndose a su hijo, añadió: "Mira lo que hace tu 
"hijo: no me da más que media manta. 

—"Dásela entera — gritó el hijo al nieto. 

—"¿Cómo he de dársela entera? — replicó el muchacho — ¿No he de 

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VIL - DE LA POESÍA BRETONA Y TROVADORESCA 

"quedarme con un pedazo para cuando yo sea grande dárosla al echaros 
"de casa? 

"El padre del muchacho dijo al suyo: "No os iréis. iDesde ahora lo juro 
"por San Pedro: sois el señor y amo de mi casa! No comeré yo un trozo de 
"carne si vos no coméis otro. El mismo fuego nos calentará a los dos. Ves- 
" tiréis lo mismo que yo vista". 

71. Juicio crítico de la poesía provenzaí. — Más que la varie- 
dad de géneros poéticos, es de admirar en los provenzales la de combina- 
ciones rítmicas, tan rica, que la poesía moderna ha podido imitarlos, pero no 
igualarlos. Como no escribían para ser leídos, sino para cantar ellos mismos 
o los juglares sus canciones, y componían la música a la vez que la letra, 
procurando entre una y otra la perfecta compenetración que en el siglo xix 
ha obtenido con tanto éxito Ricardo Wagner, y se guiaban por el oído bus- 
cando los efectos musicales del canto y de los instrumentos, forzosamente 
tenían que idear multitud de formas métricas, desconocidas, no ya de los 
primitivos y bárbaros cantores de la Edad Media, sino de los grandes poe- 
tas de la antigüedad clásica. Para eso trabajaron su lengua con oído de 
músicos, y supieron moldearla de tal modo, que durante mucho tiempo fué 
opinión común en Europa que para poetizar a la manera provenzaí, única 
manera artística de hacerlo conocida a la sazón, era menester escribir en 
provenzaí, por no ser aptos los otros romances para semejantes filigranas. 
Se vio después que no era esto exacto, y que todos los idiomas son ade- 
cuados para la poesía cuando verdaderos artistas se consagran a pulirlos y 
sutilizarlos; pero esto no quita, antes, por lo contrario, acrecienta el mérito 
de los trovadores, los primeros que se dedicaron a este trabajo, los que 
abrieron el camino a todos los poetas excelsos de la civilización moderna. 

Desconocemos cómo se cantaban las trovas de amor; y aunque la eru- 
dición de los historiadores de la música llegase a reconstruir aquel canto 
perdido, y se pudiera hoy dar un concierto de canciones y salmodias pro- 
venzales con los mismos instrumentos con que las acompañaron en los ri- 
cos y alegres castillos del mediodía de Francia, tampoco los conoceríamos; 
porque, acostumbrados a más perfectas melodías y armonías más sabias, no 
podríamos ponernos en la posición justa para apreciar debidamente su ex- 
celencia en el tiempo en que fueron compuestas. E ignorando la música, 
que era parte integrante de la poesía trovadoresca, tampoco podemos ufa- 
narnos de conocer ésta. 

Juzgando por lo que únicamente poseemos, que es la letra, no debe- 
mos negar el tributo de admiración que corresponde a poetas tan artistas, 
para los cuales fué la lengua materna como blanda cera con que construir 

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SALCEDO. ■ LA LITERATURA ESPAÑOLA 



I 



Calvarlo que forma parte de nn antiquísimo misal procedente de San MlUán de la Cogulla 
(Logroño), que se conserva en la Biblioteca de la Academia de la Historia. 

(Véase la nota de la pág. 19.) 



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VIL-DE LA POES/A BRETONA Y TROVADORESCA 

primores de dicción tan variados como sutiles; pero forzoso es recono- 
cer también que en su labor la forma predominó sobre el fondo, la pa- 
labra sobre la idea y el sentimiento, la manera de decir las cosas sobre las 
cosas mismas que decían. Indudablemente, sería un encanto oir a los tro- 
vadores y a los juglares cantar sus canciones en aquellas espléndidas fies- 
tas cortesanas de que eran ellos el principal elemento, o en aquellos torneos 
del ingenio, harto más interesantes que los de armas; pero, ya disipado el 
hechizo de la fiesta, muertas las hermosas damas que lo realzaron, marchi- 
tas hace muchos siglos las flores, no sólo apagado el eco de la música, sino 
perdida hasta la memoria de ella, las poesías trovadorescas, con raras ex- 
cepciones, nos hacen hoy el efecto de una hermosa decoración de teatro 
vista de día a la luz del Sol que entra a raudales por la ventana abierta del 
renegrido muro del escenario. 

No hay que negar por eso su importancia en la historia del arte poé- 
tica fe esa literatura artificiosa, pero sabia, que educó a los poetas de la 
Edad Media. Hubo de traer, es cierto, como secuela obligada de su artifi- 
cio y amaneramiento, el enjambre de poetas cortesanos que no había de 
extirparse ya nunca; mas también había de contribuir decisivamente a la 
formación de los verdaderos y grandes poetas. En suma, los trovadores re- 
presentan en la Historia de la Literatura el estudio, la teoría y la práctica 
de la forma poética; y la forma poética no es la poesía, pero sin forma bella 
no hay legítima poesía en las sociedades civilizadas (1). 



(1) Para el estudio de la poesía provenzal, la obra maestra es Poesía de los trovadores, de Federico 
Diez; nos hemos servido de la traducción francesa del barón J. de Roisin, París et Lille 1845. Aunque con 
ciertas precauciones, es muy útil la Historia de los trovadores, por D. Víctor Balaguer, 2. a edición (cuatro 
tomos, Madrid, 1882-1883). Las colecciones de poesías trovadorescas que conocemos son "Raynouard, 
Cholx despoésies originales des Travadours, París, 1818, (6 vol.)» y Bartsch, Chrestomathie proveníale, 
(¿■edición) Elberfeld, 1880. 

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LA LITERATURA ESPAÑOLA EN LA 
EDAD MEDIA * VIH. - LA POESÍA PRO- 
VENZAL EN ESPAÑA (1) * * * * 




Cataluña. Principales manifestaciones literarias. 
Principales trovadores catalanes. Alfonso II. Gui- 
llermo de Bergadá. Gira/do de Cabrera, Ramón 
Vidal de Besa/ú.— Siendo Cataluña, como ya se ha dicho, 
una prolongación peninsular del mediodía de Francia, natu- 
ral es que floreciera en ella la poesía trovadoresca como en suelo propio. 
Estos vínculos históricos y sociales estrecháronse por el matrimonio del 
conde de Barcelona Don Ramón Berenguer III con Dulcía, que le trajo en 
dote los condados de Provenza, Gevandan, Caslab y Rouerque. Ramón 
Berenguer IV, que por su matrimonio con doña Petronila unió Aragón a 
Cataluña, acrecentó sus dominios al otro lado de los Pirineos, y Alfonso II 
fué soberano de Aragón, Cataluña y Provenza, pareciendo durante su rei- 
nado (1162-1196) que todos estos países iban a constituir una nacionali- 
dad de lengua de oc que, como escribió con bella y enérgica frase Milá y 
Fontanals, Dios no bendijo, ya que tan pronto se dispersó. Sucedió a Al- 
fonso II su hijo Pedro II, en cuyo tiempo (1196-1213) la herejía albigense 
provocó la cruzada de Simón de Monfort, la cual en el orden político sig- 



(1) 72. Cataluña, Principales manifestaciones literarias. Principales trovadores 
catalanes. Alfonso II. Guillermo de Bergadá. Giraldo de Cabrera. Ramón Vidal de Bé- 
sala. — 73. La poesía trovadoresca en Castilla. Célebre carta del Marqués de Santi- 
llana. Su interpretación. — 74. Poesía trovadoresca en idioma galaico -portugués. 
Canciones. A) Cancionero de Ajuda. B) De la Vaticana. C) Colocci-BrancutL — 77. Lí- 
rica galaico-portuguesa. Su doble inspiración trovadoresca y popular. 

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VIII. - LA POESÍA PROVENZAL EN ESPAÑA 

niñeó la invasión del Mediodía por los franceses de allende el Loira, con 
pérdida de la independencia de aquél, y en el orden literario, el desastre y 
dispersión de los trovadores. Pedro II murió en la batalla de Muret (13 Sep- 
tiembre 1213). 

La lengua de oc, como también se ha indicado, tuvo muchos dialectos; 
uno de ellos el catalán. Que el catalán era ya usado en el siglo xn, acredí- 
tenlo documentos no literarios y alguno literario; v. gr., el Planctus de 
Sanctce Marice Virginis, que comienza: Augats, seyós, qui credets Deu lo 
paire (1). Pero los trovadores catalanes escribían en el mismo dialecto que 
sus colegas traspirenaicos. ¿De qué comarca era ese dialecto trovadoresco? 
Según unos, de Provenza: según otros, de Limoges; pero la opinión más 
probable y autorizada es que los trovadores, depurando todas las maneras 
de hablar de su región, se formaron una lengua especial o dialecto poético. 
Sea lo que quiera, es el hecho que la primera manifestación de la poesia 
en Cataluña no fué en dialecto catalán, sino en el que usaron los tro- 
vadores. 

Balaguer cita como más antiguos trovadores catalanes conocidos a Be- 
renguer de Palasol y Pons de Ortafá; pero ambos eran roselloneses, y del 
segundo se ignora la época en que floreció. Milá y Fontanals concede esa 
primada al rey Alfonso II, Alfonso el que trobet (aquell que trobet), como 
dicen las memorias trovadorescas. Del rey trovador consérvase una can- 
ción amorosa que empieza: 



Per mantas guizas su es datz 
joys e deport e solatz . . . 



y, según Milá, suya es también una tensión con Andreu sobre si debe pre- 
ferirse el honor de las armas a la mujer propia o a la dama, que sólo es 
conocida por una traducción francesa. Muchos de los trovadores contempo- 
ráneos del monarca escribieron, ya en su loor, ya vituperándole, distin- 
guiéndose por lo último Beltrán de Born, autor de terribles serventesios 
contra él: en uno de ellos le llama u señor alto y flaco que canta en su 
alabanza propia y que ahorcó a su antecesor 9 . De Pedro II se sabe que tam- 
bién trovaba; pero nada de sus composiciones ha llegado a nuestros días. 
Contemporáneo de Alfonso II fué Guillermo de Bergadá o Guillen de 
Bergadán, novelesca y siniestra personalidad, de cuya historia, aun dedu- 



(1) VUlanueva, Viaje literario, tomo XI. 
177 



SALCEDO. - Literatura española. - Tomo /. Dg¡t¡zed by GÓ^gk 



SALCEDO.- LA LITERATURA ESPAÑOLA 

cido lo que haya puesto la leyenda, resulta ser un bandido que sabía com- 
poner buenos versos. De la familia de los vizcondes de Beiga y señor del 
castillo que le apellida, nació a mediados del siglo xir, amó a una hija del 
vizconde de Cardona, que unos llaman Anglesa y otros Marquesa, y no pa- 
rece que. fuera correspondido. Irritado Guillermo, quizás por la oposición 
del padre de su amada, armó una emboscada al vizconde de Cardona, y, ca- 
pitaneando una cuadrilla de forajidos, le asesinó (el 6 de Marzo de 1175, se- 
gún el genealogista catalán Llobet). A consecuencia de este crimen tuvo que 
abandonar su castillo y hacer en la alta montaña vida de bandolero. Cuén- 
tase que al frente de su gavilla asaltó el Monasterio de Favar, saqueándolo 
y llevándose a su guarida a una monja, de que no volvió a saberse más. 
Por sus poesías se sabe que estuvo preso mucho tiempo, y se cree que 
murió a manos de un soldado, quizás en una reyerta tabernaria. Quedan 
veinticuatro composiciones de Bergadá: dos son canciones de amor, que se 
suponen de su juventud, cuando aún no se había pervertido su corazón; las 
demás se distinguen por la procacidad y brutalidad de sus ataques persona- 
les y por lo licencioso, o mejor dicho, cínico de su lenguaje. "Son — dice 
Milá — tan sanguinarias como las de Beltrán de Born, tan cínicas como las 
de Guillermo de Poitiers". Compuso una elegía notable a la muerte del 
marqués Pons de Mataplana, con la singularidad de haber sido este señor 
uno de los peor tratados en sus serventesios. Así le dice: "Marqués, si yo 
cometí contra vos alguna acción mala, si dije contra vos alguna palabra 
descomedida o villana (había dicho muchísimas), todo fué mentira. . .* 
Como trovador — Bergadá fué maestro en el arte de versificar, — ofrece de 
cuando en cuando felices rasgos poéticos, es enérgico en la expresión, 
profundo al trobar leu, es decir, inteligible y popular, y mezcla en su dia- 
lecto literario muchas palabras y giros catalanes. 

De la misma época es Giraldo de Cabrera, que hacia 1170 escribió su 
poética inventiva al juglar Cabra, única composición suya que se conserva, 
importantísima para la historia literaria por darnos a conocer las costum- 
bres juglarescas y las canciones a la sazón de moda. Giraldo. reprende a 
Cabra porque no sabe concluir sus cantares con la cadencia bretona, y cita 
a Tristán e Iseo y a Gauvain, siendo ésta la más antigua referencia que se 
halla de tales leyendas en nuestra literatura (1). Imitación de la diatriba 
de Giraldo de Cabrera es la de Giraldo de Calansó, a que ya nos hemos re- 
ferido. 

Ramón Vidal de Besalú, también catalán, aunque algunos hayan inten- 



(1) Menéndez Pelayo (Tratado de los romances viejos, tomo n, pag. 448.) Bonilla San Martín (Leyendas 
de Wagner) pág. 31. 



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VIII. - LA POESÍA PROVENZAL EN ESPAÑA 

tado hacerle oriundo de Bezandine (Provenza), debió de nacer a mediados 
del siglo xii y vivir hasta 1213, y asi como Guillermo de Bergadá se distin- 
gue por sus catalanismos, Vidal de Besalú es un prosista de la lengua de 
los trovadores, que llama él lemosln, nombre que ha prevalecido en Espa- 
ña, al paso que en Francia el de prouenzal. Era un gramático de aquella 
lengua, probablemente nunca hablada por el pueblo en ninguna p'arte, y es- 
cribió sus Rozos de trovar o Dreita maniera de trovar, que tuvo grandísi- 
ma autoridad en el mundo trovadoresco. Sus canciones parecen medianas; 
en cambio, alcanzan la meta de la fama sus dos novas: El fallo de Hugo de 
Mataplana y Castiá Gilós (El Celoso Castigado), compuesta en la corte de 
Alfonso VIII de Castilla (1) (2). 

73. La poesía trovadoresca en Castilla. Célebre carta 
del Marqués de Santillana. Su interpretación. — Desde la se- 
gunda mitad del siglo xi, época de Guillermo de Portiers, encuéntranse en 
Castilla huellas de trovadores y juglares pro vénzales. Antes de mediar el 
siglo xn el trovador Marcabrú dirigió un saludo (género poético de la pri- 
mitiva poesía provenzal) a los reinos de España: 

En Castella et en Portugal 
Non trametré aquestas salutz 
Mas Deus los sal 
Et en Barcelona altratas 
E neis las valors son perdut. 

Alfonso VII encaigó a este Marcabrú mover la opinión, como diría- 
mos hoy, de los barones provenzales para que viniesen a ayudarle en la 
conquista de Almería. Era éste uno de los oficios de los trovadores: compo- 
nían un serventesío, y los juglares líricos esparcíanse cantándolo por cor- 
tes y castillos. En esta ocasión Marcabrú compuso el Lavador (la Piscina), 
anunciando gozosamente a cuantos entendían la lengua de oc que ya no 
era necesario ir a la remota cruzada de Ultramar para lavarse de todos 
los pecados, pues a la puerta de casa, como quien dice, habíase abierto 
una piscina del mismo género: tal era la cruzada dispuesta por el Empe- 
rador y el Conde de Barcelona. Marcabrú escribió todavía otro serventesío 
relativo a este asunto, en que se queja de los barones que no habían 



(1) El argumento de ambas puede verse en la Historia de los trovadores» de Balaguer. 

(2) La obra clásica para el estudio especial de los trovadores catalanes es la de Mila y Fontanals De los 
trovadores en España. 

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SALCEDO ~ LA LITERATURA ESPAÑOLA 

hecho caso de su primer canto, y dice al Emperador que con las fuerzas 
de España tiene bastante para derrotar a los sarracenos. 

Otro trovador provenzal — Pedro de Aubernia — cantó el advenimien- 
to al trono de Sancho III; y de Alfonso VIII puede decirse que tuvo una 
corte de trovadores: Beltrán de Born, Folquet de Marsella, Pedro Vidal. 
Girardo de Clausó, Gabaudan el Viejo, Guillermo de Bergadá, Aimeric de 
Paguilha, Hugo de Saint-Cyr y Ramón Vidal de Besalú asociaron las inspi- 
raciones de su musa a los sucesos prósperos y adversos de aquel reinado, 
demostrando sus versos, no sólo el interés que tenían por las cosas de Cas- 
tilla, sino que eran aqui entendidos y admirados, a pesar de la diferencia de 
la lengua. 

Y esta admiración engendró naturalmente el deseo de imitarlos, de 
escribir como ellos. Pero esta imitación no se hizo en castellano, sino en 
galaico-portugués, dialectos que eran en aquella época uno solo. 

Hay una carta del Marqués de Santillana al Condestable de Castilla 
(siglo xv) en que se hace constar hecho tan curioso. * E después fallaron 
(decía el Marqués) este arte, que mayor se llama, e el arte común, creo, en 
los reinos de Galicia e Portugal, donde non es de dudar que el ejercicio des- 
tas sclencias, más que en ningunas otras regiones e provincias de Espa- 
ña, se acostumbró; en tanto grado, que non ha mucho tiempo cualesquier 
decidores e trovadores destas partes, agora fuesen castellanos, andaluces 
o de la Extremadura, todas sus obras componían en lengua gallega o 
portuguesa. E aun destos es cierto rescevimos los nombres del arte, así 
como maestría mayor e menor, encadenados, lexapren e mansobre. "Acuer- 
dóme..., seyendo en edad non provecta, mas assaz pequeño mozo, en poder 
de mi abuela doña Mencla de Cisneros, entre otros libros haber visto un 
grand volumen de cantigas, serranas e decires portugueses e gallegos, de 
los cuales la mayor parte eran del rey D. Dionis de Protugal. . ." 

Es diversa la interpretación que se ha dado al sentido de este párrafo. 
El P. Sarmiento dedujo que toda la poesía castellana de los siglos xm y xiv 
fué escrita en gallego. Don Tomás Sánchez, por lo contrario, que había 
sacado a luz el Poema del Cid y los principales monumentos del Mester 
de clerecía, no podía avenirse con esa opinión, y tendía a la opuesta, o 
sea a tener por imaginaria la extensión atribuida al gallego por Santillana. 
Recientemente el último prologuista de las Canciones y decires del Mar- 
qués (1) sostiene que lo de trovadores destas partes, agora fuesen cas- 
tellanos. . . etc., debe entenderse de poetas castellanos, andaluces o extre- 



(1) "Clásicos castellanos. — Marqués de Santulona. — Canciones y Decires. — Edición y notas de 
Vicente García de Diego. — La Lectura. — Madrid, 1913 . (Prólogo, XXV.) 



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VIH. - LA POESÍA PROVENZAL EN ESPAÑA 

menos residentes en Galicia o Portugal, y que solían usar la lengua del 
país para componer. 

A nuestro juicio, opónense a esta última interpretación razones de- 
cisivas. Si no se hubiese usado el gallego, no habría motivo para que don 
Alfonso hubiese compuesto las Cantigas en gallego, ni para que, como él 
hubiesen cultivado la poesía en esta lengua Alfonso XI, D. Gómez García 
de Valladolid y tantos otros poetas de León, de Burgos, de Talavera y de 
Sevilla como figuran en el Cancionero de la Vaticana, ni tendría explicación 
el hecho, referido por don Juan Manuel en El Conde Lucanor, de que los 
castellanos, irritados contra D. Jaime el Conquistador, sacaran coplas contra 
él en gallego: 

Rey velho que Deus confonda . . . 

La mezcla de castellano y gallego que se nota en los poetas del 
Cancionero de Baena prueba, es cierto, que los autores de aquellos ver- 
sos "no poseían del gallego más que el pequeño caudal de voces que se 
'manejaba en el lenguaje poético, sin conocer a fondo su léxico ni su 
'gramática" ; pero esto mismo acredita que, aun sin dominar la lengua, 
poetizaban en ella, por ser así la costumbre general. 

Pero esta costumbre no lo fué nunca respecto de todos los géneros lite- 
rarios: en castellano escribiéronse o cantáronse las gestas, y en el siglo xn 
empezaron a escribirse poemas eruditos imitados hasta cierto punto de las 
canciones populares, también en castellano; refiérese únicamente a la 
poesía lírica, o quizás, en términos más exactos, a la lírica trovadoresca o 
imitada o derivada de la trovadoresca. Por eso no hay lírica castellana 
primitiva. 

74. Poesía trovadoresca en idioma galaico-portugués. 
Cancionero de Ajuda. — El conocimiento de la primitiva poesía 
galaico-portuguesa dimana de la publicación en nuestra época de tres nota- 
bles Cancioneros: El de Ajuda, así llamado por constar su mayor parte en 
un códice de esta Biblioteca, antes del Colegio de Nobles de Lisboa; veinti- 
cuatro hojas sueltas del mismo manuscrito están en la Biblioteca de Évora. 
Todo el Cancionero es parte de una colección mayor desconocida. 

Lord Stuart publicó en 1824 una edición paleográfica de este intere- 
sante documento, pero con tan reducido número de ejemplares, que hoy 
constituyen singular rareza bibliográfica. El brasileño T. A. de Varnhagen 
volvió a publicarlo (Madrid-1849) bajo el título de "Trovas e Cantares aun 
códice do secuto XIV". Como las poesías coleccionadas carecen de la 
indicación de autor, Varnhagen creyó que todas eran de un mismo poeta, 

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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

y conjeturó que era éste el Conde de Barcellos, autor del Nobiliario de que 
ya hemos hablado al tratar de los Cantares de gesta perdidos; partiendo de 
esta falsa hipótesis, se dedicó al arduo trabajo de 
componer una biografía del Conde, tomando de todas 
las cantigas las noticias que le parecieron de valor 
biográfico, con lo cual, a nuestro juicio, incurrió en 
un error más grave e indisculpable que el ya señala- 
do: el de creer que cuanto dicen de sí mismos los poe- 
tas líricos en sus canciones son hechos que realmen- 
te les han sucedido. Conocemos a muchas personas 
que no sólo admiraron El Ama y se enternecieron 
leyéndola muchas veces, sino que compadecieron 
profundamente a Gabriel y Galán, suponiendo que 
el dueño de la Alquería que se quedó viudo era el 
josé Maria Gabriel y Galán p r0 pio poeta. Figurémonos que El Ama reaparece 
mi-im dentro de algunos siglos y que un Varnhagen de 

entonces saca de la poesía la vida de su autor, de 
seguro dirá: "Gabriel y Galán, rico propietario rústico de la provincia de 
Salamanca, dueño de una magnifica alquería, tuvo la inmensa desgracia 
de perder a su excelente esposa. . . etc." Y no habría palabra de verdad en 
todo ello: ni Gabriel y Galán era rico propietario 
de Salamanca, ni dueño de la alquería descrita 
en El Ama, ni tuvo la desgracia de perder a su ex- 
celente esposa, sino ésta la muy terrible de per- 
derlo a él. Con todo lo cual no deja de ser verda- 
dera, en el sentido poético, la hermosísima com- 
posición de Gabriel y Galán; pero no responde a 
los hechos particulares de su vida. Esto es, que 
si la biografía del poeta sirve — en nuestro sen- 
tir, hasta cierto punto nada más — para explicar- 
se y comprender bien su obra, como enseñó Tai- 
ne, salvo raros casos, la obra no sirve de docu- 
mento biográfico. 

En la ocasión de este Cancionero el mismo 
Varnhagen hubo de ver cómo había perdido las- m PP oiyte Taine 

timosamente su tiempo. Se publicó luego el Can- íaa-ia» 

cionero de la Biblioteca Vaticana, y en él apare- 
cieron cincuenta y seis poesías del de Ajuda, todas con los nombres de sus 
respectivos autores, que son nada menos que dieciséis, y ninguna del Con- 
de de Barcellos. Todos estos poetas son anteriores al Conde. 



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VIII. - LA POESÍA PROVENZAL EN ESPAÑA 



75. Cancionero de la Vaticana o del Vaticano. — Fué 
hallado en esta biblioteca pontificia, en un códice escrito a principios del 
siglo xvi por mano italiana, copia de otro perdido, y contiene 1.205 cancio- 
nes. En 1847, el brasileño López de Moura publicó en París las poesías del 
rey don Diniz; Varnhagen, en Viena (1870), cincuenta de distintos autores 
con el título de Cancioneirnho de trobas antiguas. El sabio profesor Ernesto 
Monaci se dedicó al estudio filológico y crítico del monumento, dando a luz 
fragmentos de él: Canti antichi portoghesí (Imola-1873), y Canti di ledino 
(Halle- 1875). Animado por el aplauso de los doctos, y con el concurso del 
editor Max Niemayer, publicó en 1875 la edición paleográfica de todo el 
Cancionero. Teófilo Braga hizo sobre este trabajo su edición crítica: Can- 
ctonetro Portuguez da Vaticana (Lisboa- 1878), con una introducción-resu- 
men o, mejor dicho, de sus estudios sobre la materia, inaugurados en 1871 
con sus Trovadores galecio-portuguezes, que fueron los despertadores de la 
curiosidad de Monaci, y, por tanto, los que le estimularon a trabajar en el 
manuscrito de la Vaticana. 

76. Cancionero Colocci-Brancuti. — A principios del si- 
glo xvi poseía este códice el humanista italiano Angelo Colocci. El profe- 
sor Monaci, ayudado por su discípulo Molteni, encontró su índice en la Bi- 
blioteca Vaticana, y poco después, en la del Marqués Brancuti de Cagli, el 
códice mismo; de aquí que, uniendo los nombres del antiguo y del nuevo 
poseedor, se le llame Colocci-Brancuti. El Cancionero de la Vaticana con- 
tiene 1.205 canciones; el de Colocci-Brancuti, 1675, que son todas las de 
aquél y 470 nuevas. Monaci y Molteni publicaron estas últimas en 1880, 
como segundo tomo del Cancionero de la Vaticana (1). 

77. Lírica galaico - portuguesa. — Su doble inspiración 
trovadoresca y popular. — Del estudio de estos Cancioneros se de- 
duce que mucho antes de Alfonso X, desde tiempos que no cabe precisar, 
había en la región occidental de España poetas que usaban el romance ga- 
laico-portugués, entonces uno mismo, como una misma era la región en- 
tera (2). Estos poetas eran trovadorescos; esto es, escribían imitando las 



(1) En la publicación Comunlcazione dalle Bibliotheche di Roma e da altre bibüotéche per lo estudio 
delie lingue e delle letterature romance (Halle-Niemeyer). 

(2) A principios del siglo X se denominaba Galicia a la región asi llamada hoy, y además el norte de 
Portugal hasta el Mondego. A últimos del siglo XI, habiendo conquistado Alfonso VI a Santa rén, Lisboa y 
Cintra (1003), empieza a sonar el nombre de Portucale para designar la tierra al sur del Miño; pero sin sepa- 
ración política, pues Ramón de Borgofia, yerno de Alfonso VI, se titulaba dominus, comes o princeps totius 
GaUeciae. A fines de 1004 el Condado de Portugal es conferido a Enrique de Borgofla, pero como feudo del 

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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

formas y el fondo de los trovadores de la lengua de oc, o, como dice uno 
de ellos, 

Fuer en maneyra de proenzal 

trobar agord um cantar d'amor. 

El Cancionero de Ajuda, que es el más antiguo de los tres conocidos, 
no contiene más que poesías en esta maneyra de proenzal, frías y amane- 
radas imitaciones de una poesia ya por si misma fría y amanerada. Cómo 
brotó en el occidente de la Península este provenzalismo, no en su idioma 
original, cual sucedió en Cataluña, sino adaptado al romance local, no se 
sabe a punto fijo; pero hay dos hechos capitales que lo explican perfecta- 
mente: 1.° El ya señalado en este libro al tratar de las Canciones de gesta 
en general, y particularmente de las del ciclo carolingio. Con motivo de las 
peregrinaciones a Santiago, bajo el arzobispo Gelmírez, Compostela fué un 
centro de cultura francesa, hecho que es a su vez una manifestación con- 
creta del afrancesamiento civilizador iniciado por Sancho el Mayor, y que 
continuaron Fernando el Magno y Alfonso VI. Por el mismo camino que 
vinieron la arquitectura románica y los cantos y tradiciones de Carlomagno 
llegó la lírica meridional, quizás antes de Guillermo de Poitiers; en aquel 
periodo la cultura francesa era como un río que franqueaba los Pirineos, 
corría toda la tierra, sin empaparla, hacia Santiago de Galicia, y estacioná- 
base allí como en una espaciosa presa, para difundirse por todo el territo- 
rio: nuestra frontera espiritual con Francia estaba en la comarca geográfi- 
camente más apartada de Francia. De Galicia pasó a Portugal aquella lírica 
con el romance que le servía de instrumento. Y 2.° Enrique de Borgoña, 
primer conde de Portugal, era francés; y no vino solo, sino con millares de 
caballeros, clérigos, soldados y artesanos franceses, de los que era él dux 9 
según los documentos de la época. Esta colonia militar francesa fué ele- 
mento principal de la población del nuevo Condado, especialmente de su 
clase aristocrática, y esto no sólo debió de aumentar el influjo preexistente 
de la otra causa, sino determinar las primeras diferencias dialectales entre 
el gallego y el portugués. En efecto; el portugués no es sino un gallego 
afrancesado. 

Toda la técnica trovadoresca pasó a esta poesía galaico-portuguesa: las 
pastorescas y vaqueras son aquí las cantigas villanescas; los serventesios 



reino de Galicia Aprovechando Enrique las revueltas del reinado de D.« Urraca, pudo titularse (26-Mayo-llll) 
señor de todo Portugal. Sus sucesores fueron: Alfonso Enriquez, primer rey de Portugal. (1114-1 185), San- 
cho I (1185- 1211), Alfonso II (1211-1223), Sancho II (1223-1248), Alfonso ffl (1248-1279), Dionisio o don Dio- 
nis (1279-1320). 



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VIH. - LA POESÍA PROVENZAL EN ESPAÑA 

son las cantigas de escarnio y de maldecir (1), y las de joquete certelro y 
de risaelha, que son la exageración del género, la insolencia rufianesca 
llevada a su máximo grado, de que procedieron tiempo adelante las obras 
de burlas de los cancioneros castellanos. La misma variedad métrica de los 
versos provenzales llegó a ostentar también la poesía galaico-portuguesa, 
y el mismo sutil aéreo encadenamiento de las palabras y cláusulas, más 
musical que expresivo en el orden de las ideas. Con todo esto, nuestra 
poesía occidental debiera calificarse de trovadoresca trasportada al romance 
de Galicia y Portugal; pero hay algo por donde difiere sustancialmente, no 
ya en la forma, sino en el fondo, de la del Mediodía de Francia y Cataluña. 
Si en el Cancionero de Ajuda no se contienen más que composiciones 
iguales a las de los auténticos trovadores, sin más diferencia que el idioma, 
en los otros dos aparecen al lado de éstas cantares que bajo la acicalada 
forma provenzal descubren en el ritmo y en su fondo un carácter entera- 
mente popular y, por ende, de verdadera, natural e íntima poesía, que por su 
hermosura y fragancia se hace notar entre las otras como rosas naturales 
entre otras muy bien contrahechas. Tales son las canciones que Cristóbal 
Falcao llamó en el siglo xvi de ledino, sin duda por la repetición de la pala- 
bra leda (alegre) en el estribillo. Ejemplo: 

Levad'amigo que dormides as manhanas frías; 
Todal-as aves do mundo d'amor dizían: 

Leda m' and'en. 
Levad'amigo que dormide l'-as frías manhanas; 
Todal'-as aves do mundo d'amor cantavan: 

Leda m* and'en (2). 

Y las de amigo, en que se repite esta palabra; v. gr.: 

Baylemos agora, por Deus, ay velidas, 
D'aquestas avelaneyras frolidas; 
E quen for velida como vos velidas, 
Se amigo amar, 

So aquestas avelaneyras granadas 
Verrá baylar. 

Baylemos agora, por Deus, ay lonvadas, 
So aquestas avelaneyras granadas, 
E quen for loada como vos loadas, 
Se amigo amar, 
Verrá baylar 



<1) Al Cancionero Colocci-Brancuti va unido un fragmento doctrinal en que se lee: "Cantigas d'escar- 
neo son aquellas en que os trovadores fazen querendo dizer mal d'alguém, e eles dizem Ih'o per palavras 
cuberías. . . * m Y de maldecir. . . son aquella* que fazen muy descubertamente. . . " 

(2) Nufio Fernández Torucol. 

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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Algunas otras canciones de este mismo autor pueden llamarse propia- 
mente barcarolas. Ejemplo: 

Per ribeira do río 
Vi remar o navio 
Et sabor ey da ribeira! 

Per ribeira do alto 
Vy remar o barco 
Hy bay o meu amigo; 
Et sabor ey da ribeira! 

Otros poetas, como Martin Codax, muestran singular predilección por 

las cosas del mar: 

Ondas do mar de Vigo 
Se viste o meu amigo? 
E ay, Deus, se verrá cedo? 

Otros cantan las romerías: 

Alna madre velida: e nom me guardedes, 
D'ir a San Servando; ca se o fazedes 
Morrerey d'amores. 



E sse me non guardedes d'a tal perfia 
D'ir a San Servando fazer romaria, 
Morrerey d'amores! 



Todas estas canciones han pasado por el tamiz de un poeta erudito, de 
un trovador galaico -portugués; pero su fondo, y hasta lo sustancial de su 
tema, eS popular. Se ve claro como la luz del día que el trovador se inspiró 
en los cantos del pueblo. Algunos poetas de los Cancioneros — por ejem- 
plo, Fernando Esquejo y el rey don Diniz — siguen unas veces el modelo 
directo provenzal, y otras se abandonan a esta corriente de poesia popular. 
De don Diniz se conocen setenta y seis poesías legítimamente trovadores- 
cas y cincuenta y tres cantigas de amigo. "En las primeras — dice Menén- 
a dez Pelayo — no pasa de ser un versificador elegante y atildado; en las 
"segundas ninguno de los juglares de atambor más próximos al pueblo 
"puede arrancarle la palma" (1). 

Se ve, pues, que en Galicia y Portugal coexistieron dos corrientes poé- 
ticas: una, la trovadoresca importada de Francia, y otra que, aunque no co- 



(1) Antología. — Tomo III -XXXI. 

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VIH. - LA POESÍA PROVENZAL EN ESPAÑA 



Facsímil de uno de los folios de la Historia troyana, códice que se conserva en la 
Biblioteca de El Escorial 



(Véase la nota de la pág. 19.) 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

nocida hoy sino por su reflejo en la primera, o sea cuando los trovadores 
se fijaron en ella y la incorporaron a la suya, quizás escribiéndola por pri- 
mera vez, pues hasta entonces no debió de pasar de los labios de campesi- 
nos y marineros, era mucho más antigua en el país. ¿Desde cuándo venía? 
¿Estaría su origen en aquellos cantos bárbaros que los celtas galaicos ulu- 
laban en su lengua patria, según escribió Silio Itálico? ¿O en aquellos can- 
tares profanos que conservaron, como dice San Martín de Braga, después 
de convertidos al Cristianismo? Misterios del pasado son éstos que ni la 
más sólida erudición puede esclarecer. La hipótesis céltica tiene algún fun- 
damento conjetural en la vaga melancolía de esos cantares, que ofrece afi- 
nidad cierta con los bretones, y aun en la cordial acogida que los trovado- 
res portugueses hicieron a la poesía bretona. Gonzalo Eanues de Vinahald, 
uno de los poetas del Cancionero de la Vaticana, declara que él prefiere a 
todos los cantares los de Cornualles. En el Colocci-Brancuti hay cinco lais 
libre, pero directamente traducidos del francés, referentes a los amores de 
Trístán e Iseo; y son tantas las alusiones al ciclo bretón, y de tal modo 
llegó éste a identificarse con la lírica galaico-portuguesa, que, aunque tam- 
bién fuera raudal de inspiración para los provenzales, su mayor intensidad 
en los nuestros puede ser señalado como una de sus notas características. 



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LA LITERATURA ESPAÑOLA EN LA 
EDAD MEDIA * * IX.- LOS CLÁSICOS 
Y LOS ÁRABES (1) ^ ^ ^ ^ ^ 



Los clásicos en la Edad Media: Homero, Virgilio, 
Ovidio, Alejandro Magno. — La civilización clásica no 
desapareció en la Edad Media, ni llegó a perder enteramente 
su influencia sobre los espíritus. Como ya se ha dicho, la cultu- 
ra greco-romana quedó en depósito guardada en las bibliote- 
cas de los monasterios, a la manera de los animales antedilu- 
vianos en el Arca de Noé; pero tampoco dejó nunca de trascender al pueblo, 
más o menos desfigurada, ni de constituir un elemento literario de impor- 
tancia, aun prescindiendo del porvenir que había de tener al desarrollarse. 
Prescindiendo aquí de filósofos, juristas, astrónomos y demás cultiva- 
dores de ciencias naturales, ciñéndonos sólo a los poetas, débese apuntar 



(1) 78. Los clásicos en la Edad Media: Homero, Virgilio, Ovidio, Alejandro Mag- 
no. — 79. Literatura hispano-arábiga. Idea general y cuadro sintético de su desen- 
volvimiento. — 80. Su influjo en la española; en la épica, en la lírica. — 81. En la No- 
vela. Callmna e Dimna. — 82. Sendebar. — 83. El libro Disciplina clericalis. — 84. Las 
makamas. — 85. Libros de caballerías. Historia de Zeigad. — 86. Geografía fantásti- 
ca e historia anecdótica. — 87. Dos novelas singularísimas. De los Amores. Hay Ben- 
yoedan. Semejanzas de esta última con El Criticón, de Gradan. — 88. Las mil y una 
noches. — 89. Género didáctico-simbólico. 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

que jamás se borró la memoria de Homero; el autor de nuestro Libro de 
Alejandro lo cita como autor que le iba sirviendo de guía: 

Que contenió de Elena non lo podemos saber 
Non lo quiso Homero en su libro poner 

Veyan que Homero non mentira en nada 
Todo cuanto dixlera era verdad probada 



Pero "ha de entenderse — como escribe Menéndez Pelayo (1) — el Com- 
pendio del seudo Pindaro tébano", o los libros apócrifos que se suponían 
escritos por Dictys el Cretense y Dáres el frigio, de que salieron la Crónica 
Troyana del siciliano Guido de Colonna (1287), y el Román de Troyes, de 
Benoit de Sainte-More, obra dedicada a Leonor de Poitiers, y compuesta a 
los comienzos de la segunda mitad del siglo xn. De Páris y Elena hiriéron- 
se en España romances, anteriores a la expulsión de los judíos, ya que se 
los llevaron éstos al Oriente, donde todavía son parte de su tesoro poético 
tradicional. 

Virgilio fué uno de los personajes populares en Europa durante la 
Edad Media, y es magistral y bellísimo monumento de la moderna erudi- 
ción el libro de Comparetti: Virgilio nel medio Evo (2); pero la popularidad 
del autor de la Eneida y de las Geórgicas vino de la estupenda trasforma- 
ción que sufrió su venerable fisonomía histórica y literaria, convertida por 
la fantasía desbordada en la de un mago o encantador o de un Gen nel do 
seductor de la hija del soldán de Babilonia. Las historias medioevales de 
Virgilio son a cual más absurda y disparatada; en una de ellas, sorpren- 
dido por el citado soldán cuando enamoraba a su hija, es puesto con la 
princesa en prisión, y de ella se escapa por los aires con su amada, y víno- 
se a Ñapóles, donde casó su amiga con un español noble, y él abrió una 
escuela de nigromancia. Con semejantes estrafalarias consejas, que dejaron 
su rastro en nuestra literatura popular, como en la de todas las naciones eu- 
ropeas, acabó el mejor conocimiento del gran poeta al renacer de las Letras 
clásicas. Benoit, el autor del Román de Troyes, compuso también un Román 
(TEnéas. 

Ovidio era conocido por sus metamorfosis, y en el siglo xn un autor, 
a quien se llama Panfilo Mauriliano, escribió un poema que se conoce con 
los títulos de Panphilus de Amores o Liber de Amore ínter Pamphilum et 



(1) Antología. - Tomo II, LXII. 

(2) Liorna, 1872. 



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IX.- LOS CLÁSICOS Y LOS ÁRABES 

Galateam, imitando al poeta latino. La composición medioeval llegó a ser 
confundida con las verdaderas obras de Ovidio. 

Ciertos argumentos históricos de la antigüedad clásica tuvieron gran 
boga en la Edad Media: además del Sitio y destrucción de Troya, hubo en 
Francia un poema sobre Julio César, compuesto por Jacques de Forest; 
pero la palma se la llevó Alejandro Magno (1), argumento de muóhas 
obras medioévicas, entre las cuales son las principales la Alexandreis, poe- 
ma latino de Gualtero de Chatillón, otro poema o cantar francés atribuido 
• al clérigo Simón, de que sólo se conservan fragmentos en versos de nueve 
silabas, y el famoso Román dAlexandre, de Lambert de Tors y Alejandro 
Bernay o de París, sacado del relato de Quinto Curcio y del Seudo-Caliste- 
nenes, obra del siglo xn de que viene el nombre de alejandrinos dados a 
los versos de doce silabas en que está escrito. Estos romances o cantares 
clásicos concurrían en el gusto del público con los de gesta y con los bre- 
tones, y por eso decía Juan Bodet en el siglo xm: 

Ne sont que trois materes á nul home entendant, 
De France, de Bretagne et de Rome la grant 

Es decir, que ningún hombre entendido debía ignorar esas tres mate- 
rias: la epopeya carolingia y sus derivaciones (France), las leyendas y can- 
ciones bretonas y las referentes a Roma la grande, en que se comprendía 
genéricamente toda la historia clásica de griegos y latinos. 

•Las obras clásicas — escribe Rene Doumic — no han perecido nunca; 
"los clérigos las poseían y las leían, aunque no comprendiesen su verdadero 
"sentido. Buscaban en ellas, no el interés estético, sino el histórico y la en- 
señanza moral. Así, no hay que maravillarse de que fuera tan poco respe- 
ctado el color local. Trasportáronse sin ningún escrúpulo a Roma y a Grecia 
"las costumbres del siglo xn. Troya, con sus torres almenadas y los campa- 
narios de sus iglesias, es una ciudad de la Edad Media. Príamo tiene su 
"Parlamento; Calcas es un obispo; los héroes son barones. Alejandro tiene 
"sus Doce Pares, y todo como Carlomagno en la Chanson de Roland" (2). 

79. Literatura hispano- arábiga. Idea general y cuadro 
sintético de su desenvolvimiento. — La larga permanencia de los 
árabes en España, el haber florecido aquí su civilización esplendorosamente, 
y la influencia, mayor o menor, pero efectiva, que han ejercido en nuestra 



(1) Paul Mayer. — Alexandre le Grand dans la litieratare frangaise, du Mayen- Age. — París, 1880. 

(2) Obra citada, pág. 26. 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Literatura, son motivos que obligan a dedicar un recuerdo, siquiera sea 
muy compendioso, a su historia literaria. 

Es un hecho ciertisimo la magnifica y brillante cultura que en todos 
los órdenes de la vida intelectual alcanzaron en nuestra Península los ára- 
bes, o, mejor dicho, el conglomerado de gentes asiáticas, africanas, y aun 
españolas — los muchos cristianos que renegando de su religión se unieron 
con el invasor por el vínculo coránico, o sea por la profesión del mahome- 
tismo; — pero conviene advertir que esa espléndida cultura no resplande- 
ció por igual durante todo el largo período de dominación mahometana, y 
sobre todo que los invasores del siglo vni no la trajeron de Oriente al ense- 
ñorearse de nuestro territorio. Por lo contrarío, es también hecho compro- 
bado que aquellas gentes eran rudas, acaudilladas por un exiguo grupo de 
políticos y militares, cuya superioridad era exclusivamente guerrera: valor, 
habilidad y condiciones para domeñar pueblos; pero en cuanto a instruc- 
ción, no tenían otra que la coránica. De todo el período de los emires de- 
pendientes de Damasco, que duró cuarenta y cinco años (711-756), sólo 
se citan un canto de Táric referente a sus campañas, es decir, una gesta 
árabe, y los nombres de otro de los insignes jefes de la conquista, Mu- 
gueits, y del emir Abuljatar (743-745), de los que se dice haber sido poe- 
tas. Del fundador del Emirato independiente, Abderrahman I (756-788), es 
conocidísima la 'poesía que, según se cuenta, compuso a una palmera 
que vio en Córdoba, y que le recordó su lejana patria ausente. De Hi- 
xen I (788-796) se refiere que colmaba de regalos a los buenos poetas, y 
al reinado de Alhaquen I, que llegó hasta el año vigésimo segundo del si- 
glo ix, corresponde el llamamiento a España del Ziriab (Abul Hassan Ali 
ben Nafl), personaje a quien los historiadores árabes atribuyen excepcional 
importancia en el desenvolvimiento de su cultura y de sus costumbres. El 
Ziriab desembarcó en Algeciras, cuando ya había muerto el Emir que le 
mandó llamar, y se hubiese vuelto al África a no ser por el músico judio 
Mauzur, enviado por Alhaquen para recibirle, y el cual le persuadió de que 
el nuevo soberano de Córdoba gustaba tanto como su antecesor de los bue- 
nos músicos y excelentes ingenios: así brilló el Ziriab en la corte de Abde- 
rrahman II (822-852). 

Según lo pintan las historias musulmanas, y fué tradición constante de 
la España árabe, el Ziriab era uno de esos hombres excepcionales que rarí- 
simamente aparecen en el mundo. Astrónomo y geógrafo, no había deleite 
superior al de oírle narrar sus viajes o explicar lo muchísimo que sabia. 
En historia no le aventajó ninguno. Mas estas prendas estaban en él eclip- 
sadas por el ingenio para idear y escribir canciones, lo mismo la letra que 
la música, y por la voz y estilo para cantarlas. Y en lo que componía y 

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IX.- LOS CLÁSICOS Y LOS ÁRABES 



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i 



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~1 



Facsímil de uno de los folios de la Historia troyana, códice que se conserva en la 
Biblioteca de El Escorial 



(Véase la nota de la pág. 19.) 



SALCEDO. — Literatura española. — Tomo I. 



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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

ejecutaba, igual que en su vestir y maneras, y hasta en lo que comía, bri- 
llaba siempre un gusto supremo: el Ziriab era el arbitro de las elegancias. 
Nada más natural que así fuese, ni que maravillaran sus exquisitos refina- 
mientos a los cordobeses de mediados del siglo ix, pues él venía de la 
corte de Harun Arraxid, y allí había brillado en competencia con lshac el 
del Mosul, cantor del celebérrimo Califa. Por temor a su rival salió de Bag- 
dad, y escribió al emir de Córdoba solicitando un puesto en su corte: era, 
pues, en ésta el representante genuino de la civilización árabe oriental en 
el momento de su más esplendoroso florecimiento, y los Omeyas, al admi- 
tirle y darle palacios y fortuna digna de un principe, no hacían sino apro- 
vechar aquel canal para recibir en su reino las aguas puras de saber, de 
ingenio y de costumbres refinadas que fecundaban el imperio principal de 
su religión y raza. Cuanto se cuenta del Ziriab en España armoniza con 
este bello papel de civilizador. Antes que viniera él, los árabes españoles 
llevaban el cabello largo y partido en la frente: el Ziriab introdujo la moda 
de cortarse el pelo. Antes que viniera, usábanse para beber vasos de me- 
tal — los ricos de plata u oro, — y las mesas se cubrían con manteles de 
lino: el Ziriab hizo que los vasos fueran de cristal, y los manteles de guada- 
maciles de cabritilla. Él enseñó a comer espárragos, y dio los modelos de 
trajes que debían vestirse en cada estación y en cada ceremonia. Añadió 
una cuerda al laúd, y fundó en Córdoba una escuela de canto. 

Esta historia del Ziriab, de fondo rigorosamente cierto y más o menos 
exagerada por la leyenda, explica muy bien el carácter de la poesía hispa- 
no-arábiga. De dos fuentes procedió toda la cultura de nuestros musulma- 
nes: una, la indígena-española, o sea hispano-romana o visigoda, según 
se prefiera decir, que llegó a ellos por los españoles sometidos a su domi- 
nación, muchos de los cuales renegaron de su fe haciéndose mahometanos; 
otra, que vino directamente del Oriente, a su vez formada de dos elemen- 
tos: el cristiano-oriental (bizantino, siriaco, egipcio, etc.) y el popular de 
aquellas regiones, sobre todo de la misma Arabia en el periodo pre-corá- 
nico. Si en la filosofía, en las ciencias, y hasta en la manera de escribir la 
historia, los factores cristianos de allende y aquende influyeron de un 
modo decisivo, en la poesia — tomada esta palabra en su acepción más 
amplia — todo fué árabe primitivo, acicalado y compuesto por el desarrollo 
cultural, pero sin perder nunca su carácter. Al aparecer Mahoma, las dos 
manifestaciones del ingenio árabe eran la historia maravillosa, ya entera- 
mente fingida, ya sobre una base real, que satisfacía su constante anhelo 
de oir cuentos, fábulas, apólogos y parábolas, y la canción lírica, en que 
la letra no sólo se subordinaba a la música, sino que solía ser un mero 
pretexto para cantar con un ritmo perezoso y muelle en las estrelladas 

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IX.- LOS CLASICOS Y LOS ÁRABES 

noches del Yemen, a la puerta de la tienda, o en las interminables jorna- 
das de las caravanas por el desierto. Los cantores árabes entonaban una 
canción, por ejemplo, al camello, y de lo que menos solia tratar el cantar 
era del camello; todo eran palabras y más palabras, frecuentemente sin 
sentido gramatical, pero ajustadas a la cadencia de la canturía y sugestivas; 
verbigracia: los nombres de las flores, de las fuentes, de las cosas que más 
amaba o apetecía el auditorio. 

Civilizados, siguieron por este camino sin vacilar. Nada tan difícil como 
idear argumentos de cuentos relativamente nuevos; y si no, que lo digan los 
infelices escritores que en nuestros días han sentado plaza de cuentistas y 
con tal oficio quieren vivir. Los cuentistas árabes de su gran época literaria 
padecieron también por esta dificultad de idear argumentos originales, y así, 
echáronse a buscarlos en cuantos países conocían, poniendo a contribución 
a tal efecto a Persia, a la India, y quizás también a la China. De este modo 
empujaron hacia el Occidente, trajeron a Siria, a Egipto, a la Berbería y a 
España una masa enorme de fábulas y cuentos, argumentos de todas 
clases, suceptibles de múltiples trasformaciones en su relato, y aun de las 
más variadas direcciones morales. Con el mismo cuento con que un austero 
monje hace un edificante ejemplo ascético para incluirlo en unos Ejercicios 
espirituales o predicarlos en una misión, el literato desvergonzado compo- 
ne una novela libidinosa; e idéntico argumento sirve al insigne autor dra- 
mático para un drama filosófico, de los que hacen pensar y sentir hondo, 
y al currinche para una piececilla. Cuando en el teatro os choque descubrir 
en el fondo de la deshilvanada comedieja algo sutilmente ingenioso, eso 
que hace decir: "muy mal está esto, pero hay una idea que en otras manos 
hubiera podido ser muy diferente cosa 41 , acordaos de los árabes: probable- 
mente, aquella idea es una de las innumerables que nos trajeron, y casi 
con seguridad no era suya, sino cogida de la India o de la Persia. [Quién 
sabe de dónde! Perseguir estos argumentos hasta su más remota fuente 
conocida constituye hoy uno de los deportes más entretenidos de los buenos 
críticos eruditos. 

Por lo que se refiere a los cantos líricos, aún se apartaron menos los 
árabes civilizados de la senda recorrida por sus ascendientes. Lo único que 
hicieron fué refinar la lengua y crear una retórica artificiosísima para pro- 
ducir los mismos efectos de los antiguos cantares del desierto. Esta poesía, 
en cuya comparación la de los trovadores es ingenua, espontánea, natural 
y de más fondo que forma, es la que trajo a España el Ziriab, la que brilló 
en el Siglo del oro del Califato (Abderrahman III y Alhaquen II, (912-976), 
la que pasó a los reinos de taifas (1031-1090), hasta que decayó por el pre- 
dominio de los bárbaros y fanáticos almorávides. Es claro que no todos los 

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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

poetas son igualmente oscuros y artificiosos: algunos, al menos en las tra- 
ducciones a las lenguas modernas, resultan más semejantes a los poetas 
cristianos, y en este caso se hallan el rey de Sevilla Almotamid y los auto- 
res de algunas elegías, como el de la ya citada a la pérdida de Valen- 
cia, y Abul-Beka, que compuso otra del mismo estilo con motivo de los 
desastres sufridos por su raza en el siglo xni; pero el carácter general 
es ése siempre, no aclarándose el extremado conceptismo sino para rom- 
per en licenciosas y báquicas canciones de un sensualismo epicúreo. 
¿Hubo, además de esta poesía culta y tan apartada de nuestro sentir 
estético, otra popular entre los árabes españoles? Por el Arcipreste de Hita 
(siglo xiv) sabemos de las cantigas de danza e troteras para judías e 
moras, de muchos instrumentos de música popular que no eran sino para 
las cantigas arábigas, y del fablar a laúd que pedía Trotaconventos a una 
mora; y del mismo siglo es la noticia, consignada en el Cancionero de Bae- 
na, de haberse casado Garci Ferrandes de Gerena con una juglar esa mora. 
Estos moros de la centuria decimocuarta eran mudejares, es decir, subditos 
de Castilla; pero puede creerse que siguieran en su oficio una tradición muy 
antigua. Hoy se confirma que hubo géneros de poesía popular árabe, y se 
citan el zaschal y la muuaschaja. ¡Estos estudios e investigaciones están toda- 
vía en sus comienzos, y no ofrecen sino resultados conjeturales e inciertos. 

80. Su influjo en ¡a española, en la épica, en la lírica. — 
¿Qué influencia ejerció la literatura hispano -arábiga en la nuestra? 

Los cantares de gesta no pueden ser más diversos por su espíritu y por 
su forma de las historias árabes y de sus poemas histórico -narrativos; sólo 
se halla en aquéllos algo de influjo musulmán en los nombres de algunas 
cosas de guerra: v. g., algaras, por incursiones rápidas y devastadoras en el 
territorio enemigo; adalides, por guerreros; alaridos, por gritos, etc.; y en 
ciertos usos, como en el reparto del botín, el reservar al rey un quinto de lo 
cogido al enemigo, lo cual tiene por origen conocido una sura del Corán — 
quizás el Corán lo tomara de costumbres ya establecidas; — pero es el 
hecho que pasó al Derecho militar castellano de la Edad Media, dándole 
luego las Partidas definitiva sanción, y que, según vemos en la Gesta de 
Mío Cid, el héroe, aun desterrado por Alfonso VI, no dejaba nunca de man- 
dar al monarca ese tributo que le era debido. Sin embargo, esta influencia 
no es literaria propiamente dicha, sino en los hechos referidos o cantados 
por la poesía germánica. En cuanto al modo de referirlos o cantarlos, que 
es lo correspondiente a la literatura, nada más contrario a la fastuosidad, de- 
clamación, elogios y vituperios desmedidos y tendencia constante a lo ex- 
traordinario y maravilloso, característicos de los cronistas y cantores árabes, 

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7X- LOS CLASICOS Y LOS ÁRABES 

que la sequedad, sencillez, parsimonia en los calificativos y propensión, rara 
vez contradicha, a la realidad o a la verosimilitud, que son las cualidades 
de los juglares castellanos. 

Tampoco de la poesía lírica musulmana, de aquella que se formó en 
Oriente con los precedentes antecoránicos depurados por una posterior 
elaboración retórica, hay ni rastro en los primitivos monumentos de nuestra 
Literatura: ni pudo haberla, porque, basada la oriental principalmente en 
juegos y primores léxicos, éstos eran inapreciables para quien no supiese a 
la perfección el árabe, y su retórica no podía ser más incompatible con 
nuestros primitivos cantores, espontáneos y rudos y esencialmente popula- 
res. Quizás la poesia árabe influyó de algún m<yk> — hoy desconocido, 
aunque no insospechado — en la trovadoresca, la cual, al fin y al cabo, apa- 
rece dentro de la europea o cristiana, por su refinamiento técnico y predo- 
minio de la forma sobre el fondo, como una tendencia al alambicamiento 
y preciosismo, que llegó a su colmo en Bagdad y Córdoba; pero lo que no 
cabe admitir es lo escrito por algunos de que pasara de los árabes a los 
trovadores el culto de la mujer, el enamoramiento poético, como base casi 
invariable de canciones. Cierto que árabes y trovadores coincidieron en can- 
tar a la mujer, pero es muy diverso el modo de hacerlo: el árabe no disi- 
mula nunca la sensualidad; la mujer es para él, como la flor y la fuente, 
un objeto de voluptuoso regocijo; el trovador, quizás sintiendo en el fondo 
lo mismo, idealiza ese sentimiento animal, y presenta a la mujer, no como 
hembra hermosa y apetecible, sino como algo muy superior al hombre, a 
quien hechiza y cautiva por sus perfecciones espirituales. El culto trovado- 
resco a la mujer está muy bien calificado de herejía; porque, en efecto, es 
una desviación o confusión de sentimientos cristianos, es enmascarar con 
un misticismo falso e inadecuado la natural propensión sexual, que dentro 
de la ortodoxia queda bien dignificada y elevada sin necesidad de esa sa- 
crilega y antinatural promiscuación de lo divino y humano. Por otra parte, 
sabemos perfectamente que las canciones amatorias de Provenza tienen su 
filiación clara en los lais bretones: realmente, aquellas canciones no son 
sino lats generalizados, o sea emancipados del cuadro épico tradicional en 
que se concibieron los primitivos, y acicalados por la retórica. 

Ya hemos hablado de la elegia a la pérdida de Valencia, tomada por el 
Cid, incluida en la Estorta d'Espanna: quizás sea el único trozo de litera- 
tura arábiga que contiene aquella orgánica compilación, y es probable que 
los compiladores la trascribieran de alguna crónica musulmana que no co- 
nocemos hoy. En cuanto a la poesia popular árabe, de cuya existencia tan 
poco sabemos, es posible que algo haya pasado a la castellana, pero no 
cabe precisarlo. 

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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 



81. En la novela. Calimna e Dimna. — La principal, o qui- 
zás, mejor dicho, la única influencia positiva y apreciable de la literatura 
árabe en las cristianas o europeas, y por tanto en la nuestra, es en la es- 
fera de la novelística. Antiquísimos son en la India los apólogos o fábulas; 
del siglo ni de nuestra Era se supone con fundamento el libro titulado Panst- 
chatantra (1), colección de apólogos, de que es imitación, compendio u obra 
del mismo género el Hitopadesa (2); análogo es el Calimna y Dimna» 
cuyo original sánscrito no es conocido, pero sí traducciones persas del 
siglo vi, y la arábiga del siglo vm por Abdalá-ben-Almocafa. Rabí Joel 
vertió al hebreo esta traducción árabe a principios del siglo xii, y en la cen- 
turia siguiente un judio converso, Juan de Capua, la puso en latín con el 
título de Directorium vitce humana. Por esta puerta entraron en todas las 
naciones europeas, menos en España, de que hablaremos en el capítulo si- 
guiente, los cuentos de Calimna y Dimna. El argumento del libro es el 
siguiente: Pingalaca — el león — es el rey de los animales, y su valido 
Sanchivaca — el toro. — Envidiosos de esta privanza Carataca y Damanaca 
(Calimna y Dimna), que son en el original dos indios — en la versión de 
Juan de Capua, dos zorras, — consiguen indisponer al león con el toro, hasta 
el punto de que, en un arrebato de ira, el rey mata a su ministro. Dentro de 
esta fábula general desarróllanse las particulares que contiene la obra. 

82. Sendebar. — Es otra colección de cuentos de la misma proceden- 
cia; pero se ha perdido, no sólo el original indico, sino la versión arábiga que 
ya existía en el siglo x: el texto más antiguo es, por tanto, el castellano, tra- 
ducido directamente del árabe. Su argumento general es un rey que, enga- 
ñado por su mujer, condena a muerte a su hijo — hijastro de aquélla. — 
Siete sabios toman la defensa del príncipe, y durante siete días discuten 
con la infame madrastra a fuerza de apólogos. A los siete días el príncipe, 
que había permanecido silencioso, o fingiéndose mudo durante la semana, 
por haberle anunciado el horóscopo gravísimo peligro si despegaba los la- 
bios, rompe a hablar y confunde a su acusadora, la cual es entregada a las 
llamas. El argumento explica los distintos títulos que se han dado al libro: 
de los Engaños de mujeres, de los Siete sabios y de los Siete Visires. 



(1) Publicado por Kosegarten (Bonn, 1848). Traducido al alemán por Benley con introducción y co- 
mentarios. (Leipzig, 1850). 

(2) Es el libro que suele usarse como texto de lectura y traducción [para la enseñanza del sánscrito, y 
de aqui que haya ediciones de él en casi todas las lenguas: latina (1829), alemana (1844), inglesa (1854), fran- 
cesa (1844). Tenemos una traducción española: Hitopadesa o provechosa enseñanza. Colección de fábulas, 
cuentos y apólogos, traducida del sánscrito por José Alemany y Bolufer. Granada, 1895. 



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IX.- LOS CLASICOS Y LOS ÁRABES 

83. El libro «Disciplina ciericalis». — Un judío converso natu- 
ral de Huesca, nacido en 1062, ahijado de Alfonso I el Batallador, llamado 
rabí Moseh Sephardí, y después de su conversión Pedro Alfonso, compuso 
un libro que, bajo el título de Disciplina clerlcalis (1), no es, como cual- 
quiera pudiera hoy suponer, un tratado de Derecho canónico, sino una 
colección de apólogos o cuentos orientales, tomados unos del Calila, otros 
de una obra semejante al Sendebar, otros del Barlaan, y otros de diversas 
fuentes más o menos desconocidas. La sintaxis de Pedro Alfonso denuncia 
una traducción directa del árabe, sin que pueda añadirse si fué de un libro 
ya compuesto, o compilación de fragmentos cogidos aquí y allá. La fortuna 
de Disciplina clericalis fué inmensa en todas las naciones: hay traduccio- 
nes de ella a todos los romances; la primera francesa, de fecha desconoci- 
da, se titula Castoiment cTun pére a son fils, rótulo apropiado, ya que las 
fábulas están puestas por el autor en labios de un padre que adoctrina a 
sus hijos; la segunda, que es del siglo xv y en prosa, lleva por titulo Disci- 
pline de clergie. Hiriéronse compendios y reducciones de la obra de Pedro 
Alfonso, titulados Isopetes, porque en la Edad Media todas las fábulas eran 
atribuidas a Esopo. 

84. Las makamas. — Las makamas o sesiones constituyen un 
género de narración, o, si se quiere de novela cultivada por los árabes, y 
que toma su nombre del desarrollo de la acción en coloquios o sesiones 
entre dos o más personajes, que ya discuten unos con otros, ya — y es lo 
más frecuente — se cuentan historias, o uno las cuenta y las comenta el 
otro. En unas la historia es la misma, correspondiendo a cada sesión un 
episodio, y en otras — las más — son cuentos distintos. El autor más anti- 
guo conocido de un libro de esta clase es Ahmed-ben-Al-Hossain, que 
floreció en la segunda mitad del siglo ix, y el cual refirió en sus makamas 
la historia de un bufón llamado Abulfath Escanden. 

Sin embargo, la obra clásica del género es la de Hariri, nacido en Bas- 
sora a mediados del siglo xi. Su protagonista es Abu-Zeid, un aventurero 
que tiene singular semejanza con los tipos de nuestra novela picaresca. En 
todos los países de lengua árabe es considerado este libro como un decha- 
do de estilo. "Las personas que han viajado por Levante — dice Renán — 
dan testimonio del portentoso efecto que producen las makamas cuando 
son leídas ante un auditorio numeroso: han producido muchas imitaciones 



(1) En 1824 la Sociedad de Bibliófilos franceses publicó el texto latino de Pedro Alfonso con la traduc- 
ción francesa del siglo XV. 

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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

árabes, siriacas, hebreas, y todavía hoy suelen aparecer en Oriente algunos 
ensayos del mismo género" (1). 

En la Biblioteca del Escorial hay ocho códices de las makamas de Casi- 
ri, uno, seguido de un comentario por Abul Abbas el jerezano. Y varias imi- 
taciones: las Sales y elegancias pronunciadas en los banquetes de los miem- 
bros de las corporaciones; las Conversaciones nocturnas de los comensales 
y la intimidad de los hermanos, del persa Arrazi; los Frutos de los ccUi- 
fas y recreaciones de los hombres ingeniosos, del damasquino Aben ben 
Mohammad; el Solwan, del siciliano Aben Zafer, traducida al italiano 
en 1851 con el título de Consolaciones políticas, y al inglés en 1852, y que 
ofrece la originalidad del sentido didáctico -moral de sus fábulas; el Collar 
de perlas (2), del granadino Abuhamm Muza, rey de Tremecén, imitación 
del Solwan, etc. 

85. Libros de caballerías. Historia de Zeigad. — Tam- 
bién cultivaron los árabes un género novelesco muy semejante a nuestros 
libros de Caballerías. Eran ya conocidos el Antar t cuya última redacción 
se atribuye a un médico español residente en Damasco y contemporáneo 
de Casiri, y un libro turco que en 1871 se tradujo al alemán, cuando don 
Francisco Fernández y González encontró en la Biblioteca del Escorial, y 
en un códice no catalogado por Casiri (3), doce novelas árabes, traducien- 
do la primera y publicándola en el Museo Español de Antigüedades (4). 
Se titula Libro del Alhadés o historia de Zeygad ben Amir el de Quinena, 
y de las maravillas y casos estupendos que le acontecieron en el alcázar 
de Al-lanalib y Albufera del aficionado a la sociedad de las mugeres; es un 
libro de aventuras fantásticas, uno de cuyos méritos es su corta extensión. 



(1) Eraest Renán, Essais de Morale et de Critique, París, 1868. 

(2) Traducida al castellano por el catedrático de árabe de la Universidad de Granada, Dr. D. Mariano 
Gaspar. Zaragoza, 1899. (Colección de estudios árabes). 

(3) La incomparable riqueza del Escorial en códices árabes (2.000) fué catalogada en el reinado de Car- 
los III por este sabio orientalista italiano: Bibliotheca Arábico- Escurialensis, trabajo que, aunque meritisi- 
mo para su tiempo y para ser el primero que se hacia, ya no responde a las necesidades de la bibliografía y 
critica modernas. Mr. Dembourg, profesor de árabe en la Universidad de París, redactó un nuevo catálogo» 
corrigiendo y supliendo muchos errores y deficiencias de Casiri, pero del que sólo alcanzó a publicar el primer 
tomo por haberle sorprendido la muerte. Los PP. Agustinos encargaron el Catálogo definitivo al P. Juan Laz- 
cano (nació 14 Septiembre 1866), doctor en Filosofía y Letras, y que de 1891 a 93 estuvo en Damasco perfec- 
cionándose en el árabe; pero cuando comenzaban a recogerse las primicias de su labor murió también (17 Di- 
ciembre 1899), sucediéndole el P. Blanco Soto. Es de esperar que los Agustinos den remate a esta obra con 
tanto lucimiento y aplauso como han llevado a cabo el Catálogo de códices latinos, obra del insigne P. Gui- 
llermo Antolin. 

(4) Tomo X, 1882. Menéndez Pelayo (Orígenes de la novela. Tomo I -XLIII) expresa su disgusto, casi 
pudiera decirse su enojo, por haberla escondido en esta publicación de tan difícil manejo, 'con lo cual — 
dice — hubo de quedar casi tan ignorada por el vulgo de lectores como si continuase en árabe.* Véase el 
Discurso de Recep. de Fernández y González en la Acad. Esp. (29 Enero, 1894). 



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IX. - LOS CLASICOS Y LOS ÁRABES 



86. Geografía fantástica e historia anecdótica. — Aficio- 
nadísimos fueron los musulmanes a la geografía fantástica y a los viajes in- 
verosímiles. Su literatura novelesca abunda en piezas de este género, como 
la Ciudad de latón o alaton, cuento muy antiguo — existía ya en el si- 
glo ix, — y después de dar mil vueltas por colecciones y libros diversos fué 
a parar al gran depósito de invenciones de tal género que se llama Las mil 
y una noches (1). Aun en las obras anunciadas como científicas o descripti- 
vas de la realidad geográfica introducían ese ele- 
mento imaginativo, y las llenaban de consejas; asi, 
en el libro de aquel "rey sabio que fué sennor de 
Niebla et de Saltes", al que "un su sobrino pusol 
nombre en arábigo: Quitel Almazahelic Whalmelich, 
que quiere decir en el nuestro lenguage de Castle- 
lla tanto como Libro de los Caminos et de los Reg~ 
nos, porque fabla en él de todas las tierras et de 
los regnos, quantas jornadas ay et quantas leguas 
en cada ano dellos en luengo et en ancho*. Este 
señor de Niebla o de Huelva, llamado rey sabio en 
la Grande et general Estoria, de que son las pala- 
bras subrayadas, fué Abú Obaid el Becrí, el primer 
geógrafo de la España árabe, según Dozy, que le Eduardo saavedra 

dedicó uno de los estudios de sus Recherches (2), y i8»-i»i2 

en los fragmentos que nos quedan de su libro abun- 
dan los cuentos; v. g., una de las versiones de la leyenda oriental de José y 
la mujer de Putifar, trascrita en la obra de Alfonso X. Lo mismo sucede en 
las crónicas e historias, las que se distinguen además por la frecuente inter- 
calación de fragmentos líricos más o menos extensos (alabanzas a Alá, dia- 
tribas contra los personajes enemigos, especialmente contra los reyes cris- 
tianos, lamentaciones o elegías, etc.), y por la parte considerable que con-» 
ceden al elemento anecdótico. 

87. Dos no vetas singularísimas. De ios Amores. Hay 
Benyoedan. Semejanzas de esta última con «El Criticón» 
de Gracién. — Dos novelas singularísimas, verdaderamente excepcio- 



(1) La Historia de la ciudad de Alaton está publicada por D. Eduardo Saavedra (Rev. Hispano- Ameri- 
cana. Tomo V, Madrid, 1882, pág. 321-343). 

(2) En la primera edición (1849). Falta en las posteriores. 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

nales en el cuadro de la literatura árabe, son el cuento De los Amo- 
res, del cordobés Aben Hazan, y la titulada Hay Benyoedan, del guadijeño 
Abubeker Abentofail. La primera, encontrada por Dozy en un códice de la 
Universidad de Leyden, donde es parte de una obra más extensa — Collar 
de la paloma acerca del amor y de los enamorados, — traducida al fran- 
cés por el insigne orientalista de Holanda (1), y después al castellano por 
D. Juan Valera (2), es un cuento que no parece musulmán, sino trovado- 
resco. Autobiográficamente narra Aben Hazan sus amores platónicos con 
una dama cordobesa a quien sirvió más de treinta años sin ser correspon- 
dido jamás, y a la cual siguió amando aun después de haber sido despo- 
jada por la edad de sus encantos físicos. Dozy explica esta rareza por la cir- 
cunstancia de ser Aben Hazan bisnieto de un español cristiano y no haber 
perdido por completo la manera de pensar y de sentir propia de la raza a 
que pertenecía. Ocúrrese una objeción: el amor trovadoresco, ¿es realmente 
cristiano? Ya lo hemos dicho más arriba: sólo en el sentido de desviación, 
exageración, mala interpretación o herejía. Los descendientes de cristia- 
nos españoles, como Aben Hazan, no podían sentir de ese modo por tra- 
dición directa de sus antepasados, pues al renegar éstos no había tal senti- 
miento en las gentes cristianas; eso vino después. ¿No estaría más en lo 
probable sospechar una relación de Habul Azan con la literatura occidental? 
En el siglo xi floreció el literato cordobés; del siglo xi es Guillermo de Poi- 
tiers, el trovador más antiguo que conocemos, pero no el más antiguo de 
la escuela, pues, como quedó indicado, sus canciones denuncian la existen- 
cia de otros anteriores; por otra parte, las leyendas bretonas son mucho más 
antiguas que la poesía trovadoresca. ¿No es posible que Aben Hazan be- 
biera en alguno de estos remotos raudales? 

El Hay Benyoedan es una novela filosófica, o quizás, mejor dicho, un 
libro de filosofía en forma novelesca. Hay nace en una isla desierta y pierde 
a sus padres; es amamantado por una gacela; viene a la vida, en suma, como 
uno de tantos animales que viven en la Isla. Muerta la gacela que le sirvió 
de nodriza, Hay siente su profunda debilidad entre todas aquellas bestias 
que le rodean; pero a la vez comprende que tiene elementos para luchar, a 
pesar de la desproporción de las fuerzas físicas, y lucha y vence. De induc- 
ción en inducción, Hay se construye una Psicología, cayendo en la cuenta de 
que si puede con los animales, es porque existe en él un principio superior 
a la materia organizada y viviente, y comparando su organismo con el de 



(1) Histoire des Musulmans d'Espagne. (Tomo III, pag. 344 y siguentes). 

(2) Schack. Poesía y arte de los árabes en España y Sicilia, traducida por D. Juan Valera. (Tomo L 
página 106). 



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7X.- LOS CLASICOS Y LOS ÁRABES 

los demás animales y las plantas, y pasando luego a la contemplación de la 
Naturaleza en conjunto, resulta cosmólogo. Pero no para aquí: la idea de 
causa y efecto, la de la relatividad de los fenómenos naturales y la de la 
unidad de estos fenómenos en medio de su asombrosa variedad, le elevan 
al conocimiento de Dios, y una vez en posesión de esta verdad trascenden- 
tal, se hace naturalmente religioso; adora a esa Causa suprema e inescruta- 
ble que está presente en todas las cosas. Mas tampoco se detiene aquí, pues 
alcanza que el destino del hombre sobre la tierra es aproximarse por medio 
de la contemplación interior al Ser absoluto, y es místico. 

Así estaba Hay Benyoedan, cuando desembarcó en la Isla el santón 
Asal, que por el camino de la fe había llegado a la misma conclusión 
que Hay por el de la razón natural, y buscaba en el retiro lugar a pro- 
pósito para abismarse en la contemplación de la Soberana Esencia. En- 
cuéntranse ambos solitarios, y cuando Asal hubo enseñado a Hay el len- 
guaje humano, ambos se admiran de la identidad de su pensar, alcanzado 
por vías tan diversas, y deciden consagrarse juntos a la vida contempla- 
tiva. Pero Hay, que no conocía el mundo, siente el deseo de propagar su 
doctrina, para que todos los hombres lleguen a la felicidad espiritual de 
que disfrutan él y su compañero. Asal se resiste; pero al fin cede, y los 
dos marchan al mundo habitado a predicar la buena nueva de su misti- 
cismo. El fracaso es enorme: las gentes reciben muy bien a los misioneros, 
y hasta los aplauden; pero Hay no tarda en convencerse de que la mayo- 
ría de los seres humanos son incapaces de entender el sentido íntimo y 
profundo de la religión, y, despreciando a sujetos tan groseros, se vuelve 
con Asal a su retiro. 

No es de este libro el examen de la filosofía expuesta por Abentofail en 
su singularísima producción: que aquel guadijeño pensó mucho y pensó 
muy hondo, es indudable, y no menos, que su ingenio fué grande para ex- 
poner en esta forma su sistema. ¿Conocía Baltasar Gradan la obra de Aben- 
tofail? No hay ningún dato para afirmarlo, y no parece probable; pero es sor- 
prendente la semejanza entre la ficción del Hay Benyoedan y la de El Cri- 
ticón: en esta última, el náufrago Crítilo encuentra en la Isla de Santa Elena 
a un hombre parecidísimo al protagonista de la novela musulmana; Andre- 
nio, como Hay, se ha criado en el seno de la Naturaleza; una fiera le ama- 
mantó, él se creyó bestia en su infancia; "pero llegando a cierto término de 
•crecer y de vivir, me salteó de repente un tan extraordinario ímpetu de co- 
nocimiento, un tan grande golpe de luz y de advertencia, que, revolviendo 
•sobre mí, comencé a reconocerme, haciendo una y otra reflexión sobre mi 
"propio ser. ¿Qué es esto?, decía. ¿Soy, o no soy? Pero, pues vivo, pues co- 
*cozco y advierto, ser tengo. Mas si soy, ¿quién soy yo? ¿Quién me ha dado 

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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

a este ser, y para qué me lo ha dado?* Y así fué Andrenio discurriendo y 
filosofando, por análogo modo que Hay (1). 

88. Las mil y una noches. — Las mil y una noches (2) no han 
sido conocidas en Europa hasta 1704, en que publicó Galland, no una tra- 
ducción, sino un arreglo en doce tomitos, que sólo comprenden una cuarta 
parte del original árabe, y contienen, en cambio, algunos otros cuentos 
tomados de diferentes partes (3). El libro árabe es de fines del siglo xv o 
principios del xvr, pero esto ha de entenderse de la colección, pues entre 
sus narraciones las hay antiquísimas, precoránicas, y muchas de proceden- 
cia indica, al lado de otras modernas. Uno de los cuentos es el de la don- 
cella Teodor, vendida por un mercader al rey Almanzor, y que maravilló a 
éste con su sabiduría, de que hay romances viejos en Castilla, ya impresos 
antes de 1524, en que D. Fernando de Colón compró un ejemplar en Me- 
dina del Campo por seis maravedís, y que todavía figuran entre los libros 
de cordel. Sobre la procedencia y carácter de Las mil y una noches han 
discutido largamente eruditos y críticos modernos de la talla de Silvestre 
de Lacy (4), Augusto Guillermo de Schlegel (5), Rajna (6) y Pavolini (7): 
este último ha puesto en claro que 'no sólo es indica la joya que hace ofi- 
a cio de broche en este collar, sino también la seda en que las perlas están 
" engarzadas* 1 ; esto es, que aun la idea de la colección la tomaron los árabes 
de la India, lo que no se opone a que incorporaran cuentos propios, ni a 
que arabizaran los sánscritos, no sólo en el idioma, sino en la sustancia. 
En esto difieren precisamente Las mil y una noches de otras colecciones 
más antiguas; sus historias, ya por ser algunas árabes, ya por haber sido 
arabizadas las que no lo son, resultan las más verdaderamente arábigas de 
cuantas los árabes nos han trasmitido. 



(1) El Hay Benyoedan fué publicado (texto árabe y traducción latina) en 1671 por Eduardo Poekone, 
con el titulo de Philosophus Autodidactos. — El filósofo audidacto de Abentofail, novela psicológica* tra- 
ducida directamente del árabe por D. Francisco Pons Boignes, con un prólogo de Menéndez y Peiayo. Za- 
ragoza, 1900. (Colección de Estudios Árabes.) 

(2) En árabe: Alf lailán oua lailán, y literalmente, Mil noches y una noche. 

(3) Dos traducciones posteriores al inglés — la de Payne y la de Burton — fueron íntegras; pero se pu- 
blicaron en "ediciones privadas" y limitadísimas. Pocos las conocieron, y hoy son rarísimas. De la de Burton 
se hizo segunda edición para el público, pero espurgada. La mejor traducción es la francesa del Dr. J. C Mar- 
drus (París, 1809. Fasquelle), en diez y seis tomos grandes. El autor dice que es absolutamente literal: "Le 
lecteur y trouvera le mot á mot pur, inflexible. Le texte árabe a simplement changé de caracteres: ici il est 
en caracteres trancáis: voilá tout - 

(4) Memoria a la Academia de Inscripciones y Bellas Artes, de Francia (1832). 

(5) Carta a Sacy (20 enero 1833). — Oeuvres. . . écrites en f raneáis. Leipzig, 1846. Tomo IIL 

(6) Per Vorigine della nouella poe míale delle Afilie e una noite. {Gionole delta Societa Asiática Ita- 
liana. Florencia, 1899.) 

(7) Di un altro richiamo indiano alia cornice delle Afilie e una norte. (El mismo tomo anterior.) 



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IX.- LOS CLASICOS Y LOS ÁRABES 



89. Género didáctico-simbólico. — Basta conocer superficial- 
mente la Biblia, para fijar el origen oriental de aquella forma de literatura 
didáctica que revisten los inspirados Libros de los Proverbios, de la Sabidu- 
ría, del Eclesiástico y otros de la Sagrada Escritura. Ese género de coleccio- 
nes de sentencias o aforismos morales no fué exclusivo de los hebreos, sino 
común de los árabes, sirios, persas e indios. En la Edad Media compusié- 
ronse o trasmitiéronse por los árabes muchos libros de esta clase que tu- 
vieron gran aceptación entre los cristianos, los cuales los tradujeron, los 
añadieron a veces con sentencias cristianas, y compusieron otros a su ima- 
gen, lo que fué muy lógico, ora si se atiende a que la moral expuesta en 
esas colecciones suele ser la de la vida doméstica y civil, verdaderamente 
natural, ora considerando que para los cristianos esa manera de enseñar 
tenia el autorizadísimo precedente bíblico. Estos libros ofrecen la siguiente 
variedad: unos son simple recopilación de consejos sin urdimbre que los 
una; otros tienen el enlace de una acción que les da cierto carácter de re- 
lato novelesco. De la segunda especie son, entre otros, el llamado en cas- 
tellano Libro de los buenos proverbios, escrito por Honein ben Ishak en el 
siglo íx con el título de Sentencias morales de los filósofos, y el que en 
nuestra lengua fué denominado Bonium o Bocados de oro, que son senten- 
cias recopiladas por dos autores árabes del siglo xn. Bonium es un rey de 
Persia que, según cuentan los autores del libro, fué a la India en busca de 
la sabiduría. Amador de los Ríos llamó a toda esta literatura género didác- 
tico-simbólico, denominación, según Menéndez Pelayo, "algo enfática, pero 
exacta en el fondo*. El filólogo alemán Hermann Knust es el que ha es- 
tudiado más profundamente la mayor parte de estas obras. 

En cuanto a los filósofos propiamente dichos que florecieron en la Es- 
paña mahometana, su estudio ha sido profunda y felizmente acometido 
por el joven y ya reputadísimo profesor de árabe en la Universidad Central 
D. Miguel Asín y Palacios con su magnifica monografía Abenmasarra y su 
escuela. — Orígenes de la filosofía hispano-musulmana. (Disc. de recep. en 
la Real Acad. de Ciencias Morales y Políticas. 21 Mayo 1914). 



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LA LITERATURA ESPAÑOLA EN LA 
EDAD MEDIA ^ X. -JUDÍOS, BIZANTINOS 
Y FRANCESES (,) * * * * * 





Los judíos españoles. Breve resumen de su histo- 
ria y literatura. — Mucho antes que los árabes vivían en Es- 
paña los judíos, que, según sus propias tradiciones, vinieron a 
nuestra Península inmediatamente después de la primera dis- 
persión, o sea del cautiverio de Babilonia; pero si esto no parece 
probable por la falta absoluta de documentos en que apoyarlo, es seguro 
que en el siglo i de nuestra era, cuando, como escribía Filón, había colo- 
nias judaicas en todas las ciudades fértiles y abundantes de Asia, África y 
Europa, las hubo también en Iberia. El Concilio de Illiberis nos da testimo- 
nio con sus severos cánones contra ellos, no sólo de su existencia, sino de 
su importancia como elemento de población. Durante el periodo visigótico 
no dejan nunca de jugar su papel, triste casi siempre por ser el de victimas 
de atroces persecuciones, y fué opinión común de los cristianos que ellos, 
en venganza, ayudaron decisivamente a los árabes, entregándoles ciudades 
y fortalezas: hay historiador que presenta la conquista musulmana como 
resultado de una conjura judaica. 

Poco importan estos antecedentes a la historia literaria, pues hasta el 



(1) 90. Los judíos españoles. Breve resumen de su historia y literatura. — 
91. Salomon-ben-Gabirol. — 92. Judá Leui. — 93. Otros escritos. Influencia de esta 
literatura en la castellana. — 94. Los bizantinos. Teagenes y Clariclea. — 95. Novelas 
amatorias. — 96. Apolonio de Tiro. — 97 Historia de Barloan y Josafat. — 98. Sínte- 
sis de nuestro desenvolvimiento literario en la primera Edad Media. Influencia de la 
religión cristiana. Relaciones de nuestra literatura con la francesa. 

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X. - JUDÍOS, BIZANTINOS Y FRANCESES 

siglo ix según unos, o el xi según otros, no comienza la de los judíos espa- 
ñoles. Esta divergencia cronológica quizás dimane del diferente concepto 
que puede darse a la palabra "literatura*. En la mitad del siglo x (948) fijan 
los escritores hebreos el traslado a Córdoba de las academias judaicas de 
Oriente, o, mejor dicho, del establecimiento en la corte de los califas de los 
rabinos persas Mossec y Hanoc, los cuales fueron reconocidos y acatados 
por los de España como maestros y directores de todos ellos, y a su som- 
bra y por su autoridad creáronse las academias cordobesas, de donde salían 
los alumnos con titulo de rabinos universales; se conoce que hasta esta 
época no lo eran más que para las comunidades de la Península, y el cam- 
bio, más que una iniciación, debió de ser una reforma de estudios, conse- 
cuencia de la próspera situación de los judíos bajo los califas. Lo cierto es 
que desde entonces figuran siempre por cabeza de los judíos españoles unos 
cuantos rabinos que formaban como un sanedrín, gobierno espiritual que al 
comenzar el siglo xiv se hizo unipersonal, o sea que hubo un rabino princi- 
pal, a quien antonomásicamente se llamaba el Rabino; el último de la serie 
fué Isahac Abohab, expulsado con todos los suyos en 1492, y que murió en 
tierra portuguesa seis años después, teniendo más de sesenta de edad (1). 
Las academias rabinicas eran teológicas o de Sagrada Escritura, y, por 
tanto, la ciencia y letras que salian de ellas: exégesis y comentarios de la Ley 
y de los Profetas, depuración de las tradiciones talmúdicas, apologética de 
la religión mosaica, con sus correspondientes controversias y refutaciones 
de la cristiana y de la mahometana, y poesía litúrgica, inspirada en los su- 
blimes cantos bíblicos y acomodada a las necesidades de la época. Como 
tales escuelas llegaron al máximum posible de esplendor, no es de mara- 
villar que las ciencias auxiliares de la Teología y Escritura alcanzasen en 
ellas extraordinario desenvolvimiento: así, la Lingüistica y la Gramática, 
elementos primordiales para la interpretación del texto sagrado, y la Filo- 
sofía, no menos indispensable para la polémica; y siendo el Derecho hebreo 
en su parte fundamental escriturario, natural fué también que las academias 
rabinicas diesen insignes jurisconsultos. Toda esta literatura rabí nica es he- 
braica, no sólo por serlo sus cultivadores, sino por la lengua; pero los judíos 
españoles escribieron también de otras materias científicas; v. g. : Medicina 
y Astronomía, y aun novelas y narraciones amenas, y en esto sólo por ex- 
cepción usaron la lengua sagrada; emplearon el árabe cuando vivían los 
autores en la corte de los califas o de los reyes de taifas, y después el caste- 
llano al convivir con nuestros antepasados; de suerte que la literatura de 



(1) Los más célebres rabinos españoles de esta época abrieron sus respectivas academias en los lugares 
adonde fueron desterrados. 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

los judíos españoles se divide, atendiendo a la lengua, en tres secciones: 
hebraica, arábiga y castellana. 

91. Salomon-ben-GabiroI. — A la primera sección pertenecen 
dos grandes poetas Salomon-ben-Gabirol, o Avicebron, y Judá Leví, apelli- 
dado por los árabes Abul Hassan el castellano *No hay, dice Menéndez Pe- 
layo, dos mayores poetas líricos desde Prudencio hasta Dante. El primero, 
malagueño según unos y zaragozano según otros, floreció en el siglo xi, y 
sólo vivió veintinueve años, tiempo que le bastó para componer el Keter 
Malkut (Corona real o Corona del reino), poema lírico de más de ochocien- 
tos versos, y de carácter religioso -filosófico; el Makor Hayin (Fuente de la 
vida o de las vidas), libro de comentarios a otros comentarios de Aben 
Hezza; el Thiqun Meddoth hannephes, obra de Moral; otra de la misma 
índole que compuso en árabe, y Jehudah ben Thibon tradujo al hebreo con 
el título de Migbar hapenimin (Colección de rubíes), y una gramática hebrea 
en verso. La inspiración de Avicedron es puramente bíblica, y todas sus 
poesías, incorporadas en su mayor parte a la liturgia hebraica, son en ala- 
banza de Dios, no apartándose de este sublime objeto, a no ser en su ele- 
gía a la muerte de Yekutiel. Imanuel Aboad, en su Nomología, le llama 
clarísimo poeta; en su tiempo se le apellidaba maestro de los cánticos. Re- 
pútasele como el restaurador de la poesía hebraica, y, en efecto, aun en las 
traducciones, único modo como podemos juzgarle, leyéndole parece que 
se lee a David o a los Profetas. 

92. Judá Leví. — Judá Leví ben Saúl nació en 1126, en Córdoba 
según algunos de sus biógrafos y en Toledo según otros; vivió largo tiem- 
po en esta última ciudad. Imanuel Aboad, en la citada Nomología, le llama 
varón sapientísimo y excelso poeta, añadiendo que no son posibles mayor 
melodía ni más dulzura y propiedad en el decir que las características de 
sus versos, todos en alabanza del Señor, y que mueven el espíritu a fer- 
vorosísima devoción; concluye proclamándole el mayor poeta de Israel. 
Estos juicios han sido con irmados por la posteridad, y Menéndez Pelayo 
dice que no ha producido la sinagoga otro más egregio: "Así se explica 
44 que lograse autoridad casi canónica en las sinagogas, donde todavía se 
u repite aquella famosa lamentación que será cantada en todas las tiendas 
u de Israel esparcidas por el mundo, el día de la destrucción de Jerusalén. 
" No fué encarecimiento poético de Enrique Heine al decir de tal hombre 
41 cuya poesía es el depósito de todas las lágrimas de su raza, que tuvo el 
u alma más profunda que los abismos de la mar a (1). 

(1) Antología. Tomo I- LXXIV. 

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X. - JUDÍOS, BIZANTINOS Y FRANCESES 

Judá Leví escribió en hebreo sus cánticos religiosos, entre los cua- 
les figura la elegía o lamentación a que se refiere Menéndez Pelayo, y que 
tradujo él mismo al castellano. En árabe compuso Judá el libro titulado Ho- 
zan o Cuzari, cuyo origen y argumento son los que siguen: a mediados del 
del siglo vni una tribu o pueblo escita de las orillas del mar Caspio, donde 
ocupaba un territorio como de treinta millas de extensión, se convirtió al 
judaismo, y en esta religión perseveró hasta fines de la centuria décima. La 
existencia de una nación judaica independiente entusiasmó a los judios cor- 
dobeses; tanto más, cuanto que veian en este hecho un argumento contra 
los cristianos, o sea el desmentís de la profecía del Redentor, según la cual 
no habían de volver ellos a constituir Estado o sociedad política. Abú José 
Aben Hasdai, privado de Abderramán III y jefe y protector de la aljama de 
Córdoba, envió hacia 960 al rey de los hozares una embajada, que sirvió 
para poner en claro que no eran judíos o descendientes de Israel los segui- 
dores de la Ley mosaica en las márgenes del Volga, sino escitas converti- 
dos del paganismo por los rabinos. En la época de Judá Leví todo esto y la 
independencia de los hozares había pasado hacia mucho tiempo; pero el 
gran poeta se sirvió de su recuerdo, conservado con fruición en las tradicio- 
nes sinagogales de España, para componer el citado libro, que tiene forma 
novelesca o histórica, pues arranca de la conversión del rey Bulan, y es su 
argumento esta misma conversión, siendo en realidad de apologética ju- 
daica por la comparación entre las religiones cristiana, mosaica y mahome- 
tana (1). Judá Leví compuso también versos árabes, y se dice que castella- 
nos, los cuales no se conservan. Si fuese cierta la referencia, serian proba- 
blemente los más antiguos de nuestra lengua. 

93. Otros escritos. Influencia de esta literatura en la 
castellana. — De otros escritores judios debe hacerse mención, aunque 
sucinta; v. g., de Judá ben Salomón Alharici, que para probar la excelencia 
de la lengua hebrea y como no cedía al árabe en ductilidad para el trabajo 
o cincelado artístico, empezó a traducir las Makamas de Hariri, y dejó esta 
tarea para componer una imitación de la misma obra; y de los rabinos 
catalanes Abrahan Aben Chasdai, autor de la novela filosófica El hijo del 
rey y el Nazin y José Aben Salza, que también compuso relaciones nove- 
lescas. 



(1) El Cuzari fué traducido al hebreo por el ya citado Jehudach ben Thibon, traductor de Ben Gabirol; 
al latín en 1660, publicado en Basilea con el texto hebreo y latino; al castellano, por el judio español Hachan 
Jacob Abendana, que lo publicó en Amsterdan con comentarios (1663); modernamente, al alemán por David 
Cassel, también con comentarios. 



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SALCEDO. — Literatura española. — Tomo /. 



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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

En cuanto a la influencia de la literatura de los judios españoles en la 
nuestra, hay que distinguir entre las obras verdaderamente hebraicas o ra- 
binicas y las escritas en árabe y en castellano: estas últimas no son en rea- 
lidad literatura hebraica, sino arábiga o castellana, cultivadas por los ju- 
dios, los cuales se afanaban por emular, y sobrepujar si podían, a los poetas 
y literatos del pueblo en cuyo seno moraban, y, por tanto, no cabe decir 
que influyeran, considerados en conjunto, sino que eran influidos. La in- 
fluencia que algunos alcanzaron fué individual, y debida al talento o inge- 
nio de los escritores. De las obras rabinicas, las únicas que tienen impor- 
tancia, dentro de los limites de nuestro trabajo, son las canciones bíblicas 
de que se ha hecho referencia, y es difícil señalar precisamente su influjo 
en la poesia cristiana, toda vez que la Biblia era y es fuente común de ins- 
piración para cristianos y judíos (1). 

94. Los bizantinos. Teagenes y Claríclea. — El influjo 
bizantino no fué tan intenso en la esfera literaria como en la de las artes 
gráficas (Arquitectura, Pintura, Escultura); pero no dejó de actuar durante 
la Edad Media, ni de trascender a la moderna. Cíñese la influencia bizanti- 
na, como la de los árabes, al género novelesco, y se manifiesta en cuatro 
clases de novelas: las de aventuras inverosímiles: viajes, naufragios, asaltos 
de bandidos y piratas, encuentros inesperados de personas perdidas, etc. La 
obra bizantina capital de esta clase, de que se hicieron muchas imitaciones, 
es el Teagenes y Claríclea, de Heliodoro, que inspiró a Cervantes el Persiles 
y Sigismundo. 

95. Nove/as amatorias. — Las novelas amatorias, también deri- 
vadas por cierto aspecto del Teagenes, pero en que predomina lo sentimen- 
tal o erótico, derivado quizás de Las pastorales de Longo (Dafnis y Cloe), 
relación de la decadencia griega, prebizantina. Consérvanse muchas de este 
carácter, y ninguna de verdadera importancia. Sin embargo, consideradas 
en conjunto, señalan una dirección que nunca se ha perdido, y que en la 



(1) La literatura hebraico-espaAola es de las mejor estudiadas en nuestra época, merced especialmente 
a los descendientes de aquellos judios establecidos en Alemania después de la expulsión. Obras españolas, 
aparte de algo que traen Nicolás Antonio, y en nuestros días Menéndez Pelayo (Antología y orígenes de la 
novela), sólo tenemos: 'Biblioteca Española, por D. José Rodríguez de Castro (Tomo 1, 1781), y Estudios 
sobre los judios de España, por D. José Amador de los Ríos". Por Iniciativa y llamamiento de la Junta de 
Enseñanza en Marruecos, en Abril de 1914 empezó a dar conferencias sobre la Literatura hispano-hebraica. 
en el salón de la Academia de Jurisprudencia (Madrid), el Dr. Yahuda, ingléc dé nacimiento, hispano-hebreo 
de origen y profesor de Lenguas orientales en la Universidad de Berlín. Preguntada ésta por el doctor más 
competente en la materia para dar las conferencias, respondió que Yahuda. Aún no se han publicado sus 
lecciones. Yahuda habla el castellano correctamente y con elegancia. 



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X. - JUDÍOS, BIZANTINOS Y FRANCESES 

época moderna ha inspirado obras tan importantes como Pablo y Virginia, 
de Bernardino de Saint Piérre, y Pepita Jiménez, de D. Juan Valera (1). 

96. Applonio de Tiro. — Las novelas que juntan a los caracteres 
de los dos grupos anteriores un elevado sentido moral, un romanticismo in- 
tenso y acabada pintura de tipos. El prototipo de esta clase de narraciones 
es la Historia del príncipe Apolonio de Tiro, de que hemos de tratar en el 
capitulo siguiente, inspiradora de notables composiciones en la época mo- 
derna. 

97. Historia de Barlaan y Josafat — Las obras en que los 
bizantinos trasmitieron al Occidente, como los árabes, las narraciones del 
extremo Oriente, o sea de la India. En este grupo sobresale la Historia 
de Barlaan y Josafat, que es además modelo de novelas ascéticas o 
místicas. 

La Historia de Barlaan y Josafat es un libro escrito en griego, y que 
durante mucho tiempo ha sido atribuido a San Juan Damasceno; ahora se 
cree que su autor fué Juan, monje en el convento de San Sabas, cerca de 
Jerusalén, a los principios del siglo vil, y, por tanto, más de una centuria 
anterior al Damasceno. Durante mucho tiempo se la ha considerado tam- 
bién como auténtica vida de aquellos Santos Confesores; pero ya en el si- 
glo xvi nuestro P. Rivadeneira se creyó en el caso de impugnar la opinión 
de los que la tenian por una fábula o invención artificiosa; en 1712 el do- 
minico Le Quien la excluyó de las obras de San Juan de Damasco, tenién- 
dola por apócrifa; y en el mismo siglo xvm Huet, obispo de Avranches, es- 
cribía: "... Está compuesta conforme a las leyes de la novela, y aunque la 
verosimilitud está muy bien observada, muestra el libro tantos indicios de 
ficción, que no se puede dudar ni por un momento que es historia de pura 
fantasía*. Hoy, después de los trabajos críticos de Liebrecht y de Max Mu- 
11er, y de haberse vulgarizado en Europa la leyenda de Buda (2), es preciso 
admitir, con autores tan acendradamente católicos como Cosquín (3) y Me- 
néndez Pelayo (4), que el piadoso autor de la Historia de Barlaan y Josa- 
fat no se propuso escribir la vida de ningún santo particular, sino mover a 



(1) Hace poco que la critica moderna ha notado que el argumento del idilio de Andrés Chenier El jo- 
ven enfermo está en los Amores de Rhodantes y Doslcles, mala novela bizantina del monje Teodoro Pró- 
dromo (siglo XII). 

(2) En 1848 se publicó en París la traducción francesa del Lalila Vistara, en que se contiene la vida de 
Buda, por B. Foncana. En 1874 (París) la Histoire de Boudha Lakyx Mouni dépuis sa nalssance jusqu'a sa 
mort, por Mary Sumer. 

(3) La Légende des Saints Barlaan et Josaphat (Revue des questions historiques, 1880). 

(4) Orígenes de la novela, XXVIII. 

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SALCEDO.^ LA UTERATURA ESPAÑOLA 

devoción a sus lectores con un relafo edificante, y que para eso utilizó los 
elementos de la leyenda de Buda e hizo una leyenda cristiana; o quizás el 
pueblo habia unido ya a la memoria de los Santos Confesores la historia 
indica, y el autor no tuvo más parte que darle forma literaria. Lo positivo 
es que ambas historias son iguales. 

Según el Lalila Vistara, Sakia Muni era hijo de un rey, y cuando nadó, el 
brahmán Arita pronosticó a su padre que aquel niño habia de ser, o un glo- 
rioso monarca, o un ermitaño que renunciaría a todas las grandezas y satis- 
facciones de la vida, llegando a convertirse en un Buda. Queriendo el rey que 
su hijo fuese lo primero, y no lo segundo, le crió de modo que no pudiera afi- 
cionarse a la meditación, sino a todos los placeres mundanos; y una de las 
cosas en que puso más cuidado, fué que ignorara que los hombres están 
afligidos por las enfermedades, por la miseria y por la muerte. Asi creció Sa- 
kia Muni, y, ya mozo, no le dejaba su padre salir del palacio sino acompañado 
de un fiel y ameno servidor que siempre iba contándole cuentos agradables 
y apartaba de su paso cuanto pudiera sugerirle la idea de aquellas calamida- 
des aterradoras. Mas he aquí que un dia el joven principe tropieza con un 
enfermo, y se entera de que hay dolencias horribles; y otro dia encuentra 
un entierro, y, por último, topa con un asceta mendicante. Fracasa la arti- 
ficiosa pedagogía paterna, y Sakia Muni comprende que esta vida no vale 
nada, y se hace Buda. En el libro bizantino, Josafat es también hijo de un 
rey, a quien un astrólogo predice que su hijo alcanzará gloria inmarcesible, 
pero no en su reino, sino en otro más excelso; es decir, en el Cielo. El 
padre, para impedirlo, hace lo mismo que el de Sakia Muni, y con el mismo 
resultado negativo: el joven príncipe encuentra primero dos hombres, uno 
ciego y otro leproso, y en la segunda salida, un viejo decrépito y casi mo- 
ribundo; en la tercera halla a Barlaan, el misionero, que le instruye en la 
verdadera religión. Josafat como Buda, no sólo da de mano a los placeres, 
se dedica a la contemplación y es tenido por santo antes de morir, sino que 
convierte a su mismo padre. Aquí terminan las semejanzas entre una y otra 
historia: el autor bizantino prescinde de las fantásticas invenciones que so- 
brecargan la leyenda de Buda, introduce una sumaria exposición de la Re- 
ligión cristiana, con una controversia o comparación entre todas las religio- 
nes (caldea, egipcia, griega y judía), o sea la misma idea del Cuzari de 
Judá Leví, e intercala multitud de parábolas o ejemplos, no tomados del 
Lalila Vistara, sino de otras fuentes indias y budistas, pero a las cuales da 
con habilidad suma sentido cristiano. 

El éxito del Barloan y Josafat fué inmenso, superior al Calímna y Dim- 
na y al Sendebar, ya que sus ejemplos entraron desde muy antiguo en las 
obras ascéticas y en la predicación, sin dejar por eso de inspirar harto más 

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X. - judíos, bizantinos y franceses 

profanas composiciones. De la comparación o disputa, v. g., entre las reli- 
giones sacó Judá Leví su apología de la hebraica; Raimundo Lulio y don 
Juan Manuel, las suyas de la cristiana; Bocaccio, el cuento escéptico de Los 
tres anillos; Lessing, su drama deísta Nathan el Sabio. ¿Cuánto camino no 
ha recorrido en todas las literaturas el sabroso cuento del joven educado 
por un ermitaño poco experto, que para preservarle de las tentaciones de 
la carne le hizo creer que los demonios tenían figura de mujer, resultando 
que cuando él vio mujeres las tomó por demonios, y friéronle los demonios 
extraordinariamente agradables? Y la comparación de nuestra vida con el 
hombre que cae a un foso y se ase a una rama, y estando en situación tan 
peligrosa se pone a comer miel de que había un poco en aquella rama, 
sin pensar en que pende del abismo, hasta que la rama se rompe, y cae en 
la hondura, ¿en qué libro de ascéticas meditaciones no se hallará? Tolstoi 
ha puesto este terrible apólogo por base de su cristianismo racionalista. 
Tradujeron el Barlaan y Josafat árabes, judíos y cristianos, y su influencia 
se nota en multitud de obras maestras; v. g., La vida es sueño, de Cal- 
derón (1). 

98. Síntesis de nuestro desenvolvimiento literario en la 
primera Edad Media. Influencia de la religión cristiana. 
Relaciones de nuestra literatura con la francesa. — Conviene de- 
tenerse un momento y abarcar de una sola ojeada el camino recorrido. Du- 
rante la primera Edad Media, o sea desde la caída del Imperio romano de 
Occidente hasta la conclusión del siglo xu, nacen la lengua y la literatura 
españolas: aquélla, como una corrupción popular de la latina; ésta, como 
manifestación, igualmente popular, del sentido poético de la raza. El len- 
guaje oficial de la Iglesia y del Estado continúa siendo el latín, y el latín es 
también el idioma literario, el usado por los clérigos, palabra que, además 
de su significación eclesiástica, tenía entonces la de hombres de letras, y en 
ella la tomaba el autor de la Disciplina clericalis, titulo que hoy nos suena 
a Derecho canónico, y que al frente de aquel libro expresaba cosa tan aje- 
na a los sagrados Cánones como una colección de cuentos orientales. Los 
primeros brotes de literatura española son poéticos y de género histórico- 
narrativo, constituyendo una verdadera epopeya nacional, fragmentaria, 
pero con unidad de asunto, que es la historia de España en el más difícil 
periodo de la Reconquista. Esta epopeya es derivación de la primitiva ger- 



(1) El texto griego del Barlaan y Josafat fué publicado en 1832 (Colección Boissonade, Tomo IV). La 
que corrió por Europa desde la primera Edad Media es una traducción latina: en nuestra Biblioteca Nacio- 
nal hay un códice del siglo XII, y en otras los hay más antiguos. 

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SALCEDO.- LA LITERATURA ESPAÑOLA 

mánica que fué desarrollándose en las naciones formadas por los germanos 
sobre las ruinas del Imperio de Occidente, especialmente en Francia y en 
España. La epopeya francesa, más rica que la nuestra, influyó en el desen- 
volvimiento de ésta; pero no le dio origen, pues ambas proceden directa- 
mente del común tronco germánico. 

Influyen a la vez en la naciente poesía española la bretona, la trova- 
doresca o provenzal, la clásica o antigua, tal y como era entendida o inter- 
pretada en la Edad Media, la musulmana, la judaica y la bizantina. Puede 
creerse también que el celtismo indígena de nuestras regiones occidenta- 
les (Galicia y Portugal) influyó decisivamente en la adaptación de la poe- 
sía trovadoresca en aquellas comarcas, determinando allí un género de poe- 
sía provenzal de carácter popular. Para completar este cuadro hay que te- 
ner en cuenta, por último, la influencia de la Religión cristiana en todas las 
esferas de la vida, de que no podía estar exenta la poesía popular o en ro- 
mance, pues aunque los clérigos escribían en latín, en lengua vulgar predi- 
caban y enseñaban el catecismo y a rezar: por eso, como atinadamente ob- 
serva Bonilla San Martín en su opúsculo Las leyendas de Wagner, aun en 
sus manifestaciones más directamente derivadas de la raíz germánica, la 
poesía juglaresca tuvo siempre carácter religioso cristiano (1). Hubo canta- 
res especialmente dedicados a temas de esta clase. El trovador Belhan París 
echaba en cara a un juglar su ignorancia de muchas de las canciones que 
constituían el repertorio más común, y entre las del ciclo bretón cita la de 
Absalón (asunto bíblico) y la del emperador Constantino. El Romanz de 
Flamenca, novela provenzal, describe cómo los juglares cantaban después 
de un banquete, y con tal motivo enumera muchos de sus cantares; entre 
ellos, el de Goliat muerto por David, el de Sansón y Dalila y el de Judas 
Macabeo. 

Otro hecho es menester tener en cuenta: la importancia de la nación 
francesa en la Edad Media, que, ya por su posición geográfica en el centro 
de Europa, ya por su mejor organización política desde Carlomagho; o por 
ambas causas a la vez, es el hecho que dio el tono a las demás en todos 
los órdenes de la vida, y muy especialmente en el literario. "Qué el centro 
"de la vida literaria de la Edad Media estuvo en Francia — escribió Menén- 
"dez Pelayo — es proposición que nadie discute hoy, porque no se discu- 
ten las cosas evidentes. Hoy para todo el mundo es notorio (aunque haya 
"sido grande la persistencia de los errores divulgados por la escuela ro- 
mántica) que la verdadera emancipación literaria de España no se cumple 



(1) La Revista de Filología Española (1914 - Cuaderno II) censura (pag. 199), a nuestro juicio sin fun- 
damento, esta aseveración del insigne Bonilla. 



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X. - JUDÍOS, BIZANTINOS Y FRANCESES 

"hasta la época del Renacimiento, así como la emancipación literaria de 
"Italia había sido obra de los grandes escritores trecentistas. Nuestra lite- 
"ratura de los siglos xvi y xvii es, no solamente más rica, más grande y 
"sin comparación más bella que la de los siglos medios, sino mucho más 
"nacional, mucho más española. Estoy por decir que ni siquiera en el tan 
"maltratado siglo xvni vivimos tanto de imitación y de reflejo como en 
"aquellos otros tiempos que por ser tan remotos se nos presentan con un 
"falso aspecto de primitivos y espontáneos" (1). No significa esto que, como 
sostienen Damas-Hinard, Puymaigre y otros franceses de nuestro tiempo, la 
literatura española medioeval se redujese a imitación, plagio o reminis- 
cencia de la traspirenaica, ni que no merezca otra consideración, en con- 
junto, que la de un apéndice a la de nuestros vecinos; pero sí ejerció esta 
positiva, directa y grande influencia, que si nunca llegó a ser absoluta y com- 
pleta, nunca tampoco ha llegado a desaparecer del todo. 

Y es natural que asi fuese, y que asi más o menos continúe siendo. Es- 
paña es una nación europea, y Francia, nuestra única comunicación terres- 
tre con Europa. Todo cuanto es europeo, y, por tanto, adaptable a nuestro 
modo de ser colectivo, por Francia tiene que venirnos forzosamente. Con la 
invasión agarena, nuestra Península quedó moralmente separada de Euro- 
pa» y unida al África y al Oriente. Muchos españoles aceptaron este cam- 
bio; pero otros protestaron: quisieron seguir siendo cristianos, en lo que im- 
plícitamente iba incluido el querer seguir siendo europeos, y éstos fueron 
los que hicieron la Reconquista, los que fundaron aquellos reinos, tan pe- 
queños y débiles al principio, que por la fuerza de las armas fueron agran- 
dándose y fortaleciéndose hasta constituir la España moderna. Era natural, 
lógico e imprescindible que aquellos españoles cristianos, abrumados por 
el poderío de los árabes, a los cuales a duras penas resistían, volviesen los 
ojos a sus poderosos correligionarios y hermanos de ultrapuertos en de- 
manda de auxilio y protección, y que los tomasen por modelo y guía en 
todo, aunque no fuese mas que para no confundirse con los árabes, para 
conservar su personalidad social cristiana y europea, que la influencia mu- 
sulmana, predominante aquí, amenazaba destruir. Ofrecíase a nuestros an- 
tepasados este dilema: o ser árabes, o franceses; o lo que es igual: o la ci- 
vilización oriental, o la occidental; o Europa, o África. Los españoles cris- 
tianos optaron por europeizarse o afrancesarse (que era igual), rechazando 
vigorosamente la influencia oriental; si bien no pudo ser en absoluto, por- 
que, a despecho de la voluntad más enérgica, la convivencia de siglos im- 
pone su influjo, por lo menos en cierto grado o medida; pero en cuanto vo- 



(1) Antología. Tomo II. Prólogo XIV. 
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SALCEDO.- LA LITERATURA ESPAÑOLA 

luntaria o conscientemente era dable, se rechazó, y nos aproximamos a 
Francia. Sancho el Mayor, Fernando el Magno, Alfonso VI y sus inmedia- 
tos sucesores robustecieron cuanto les fué posible los elementos europeos 
o franceses, ya trayendo de Francia numerosas colonias monacales, milita- 
res y de obreros, ya encomendando a monjes de la nación vecina la direc- 
ción de la vida religiosa, y, por ende, de la científica, literaria y artística. 
Cuando todos estos factores habían dado su resultado, cuando la España 
cristiana fué suficientemente poderosa para vivir por si misma, fué cuando 
comenzó a desenvolverse aquí el sentimiento nacional, y los españoles no 
quisieron ya ser afrancesados, tendencia que se inicia en el siglo xn, va 
creciendo en los siguientes, y llega a su apogeo a últimos del xv, con el 
glorioso reinado de los Reyes Católicos. 

Este movimiento evolutivo refléjase en la literatura, como en todas las 
manifestaciones de la vida social. Del siglo xm en adelante son notorias dos 
corrientes simultáneas: una de influencia francesa, siempre viva y activa; 
otra que podemos llamar de progresiva emancipación, o sea que el ser na- 
cional, indígena o castizo, va poco a poco dándose cuenta de su ser propio, 
lamentando su dependencia, distinguiéndose y tratando de sobreponerse o 
de sustituir al elemento extraño. Le ayuda en su labor emancipadora la in- 
tervención de otro elemento exterior, pero distinto del francés: tal es la li- 
teratura italiana, que en el siglo xiv viene a compartir el influjo de la fran- 
cesa, y no tarda en sobreponerse a ella; después, en el xv, el Renacimiento 
trae el de las literaturas clásicas, bien entendidas e interpretadas, y combi- 
nándose todo con el desarrollo, ya pleno, del ser nacional, produce el Siglo 
de Oro. 



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LA LITERATURA ESPAÑOLA EN LA 
EDAD MEDIA * XI. ** EL SIGLO XIII <*> * 





Reseña política: A) San Fernando, Alfonso el 
Sabio y Sancho el Bravo. B) Don Jaime el Con- 
quistador y Pedro III el Grande. — Con el reinado 
de San Fernando (1217-1252) puede decirse que comienza la 
segunda Edad Media y lo que llaman algunos el primer Re- 
nacimiento, o sea el desarrollo literario y artístico del siglo xih. 

A) San Fernando une definitivamente a León con Castilla y conquista 
Murcia y Andalucía, dejando reducidos a los moros en el estrecho recinto 
del reino de Granada (actual provincia de Málaga con algo de las de Cá- 
diz, Granada y Almería). No fué sólo un buen gobernante, un valiente sol- 
dado y un afortunado conquistador, sino también un caballero cortesano, 
doncel y apuesto, amigo de todo licito y elegante deporte, y aficionadísimo 
a la poesia y demás bellas artes. Según reza el Setenario, tenía "muy buena 
palabra en todos sus dichos", y no sólo por la sustancia y formalidad de 



(1) 99. Reseña política: A) fan Fernando, Alfonso el Sabio y Sancho el Bravo. 
B) Don Jaime el Conquistador y Pedro III el Grande.— 100. Poesia castellana en esta 
centuria. Grupos que comprende. Poesía juglaresca: A) El romance de Garci-Pérez. 
B) Supuesto Libro de las Querellas atribuido a D. Alfonso X. — 101. Poesías traduci- 
das del francés: A) Vida de Santa María Egipciaca. B) Libro de los tres Reyes de 
Oriente. C) Disputa entre el alma y el cuerpo. D) Misterio de los Reyes Magos. E) Ele- 
na y María.— 102. El mester de clerecía. Sus caracteres generales. — 103. Gonzalo de 
Berceo. — 104. Libro d' Apollóme. — 105. Libro de Alexandre: A) ¿Quién fué su autor? 
B) Sus fuentes. C) Argumento. — 106. Poema de Fernán-González. 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 



sus conversaciones, sino por el donaire con que departía, jugaba y reia, 
alternando en cuantas cosas sabían bien facer los ornes corteses et palacia- 
nos, pues era mañoso en todas buenas maneras quel buen caballero debiese 
usar. Ejercitaba todos los oficios propios de las sumas 
bien y muy apuestamente, y de cazar estaba muy al 
tanto, lo mismo en la teórica que en la práctica. Ade- 
más, gustaba mucho de cantadores, y él sabía cantar. 
u Et otrosí pagándose de ornes de corte que sabían bien 
de trobar, et cantar, et de joglares, que sopiesen bien 
tocar estrumentos. Ca desto se pagaba él mucho, et en- 
tendía quien lo facía bien, et quien non". 

Cuatro años antes de subir al trono San Fernando 
fué la batalla de Muret (13 Septiembre 1213), y durante 
casi todo su reinado continuó la terrible guerra que 
para extirpar la herejía de los albigenses, o tomando 
pretexto de ella, hicieron los franceses del Norte — o 
de lengua de olí — a los provenzales — o de lengua 
de oc. Su resultado inmediato en el 
orden literario fué la dispersión de 
los trovadores, muchos de los cua- 
les hallaron generosa hospitalidad 
en la corte del santo Rey, cuya es- 
plendidez, magnanimidad y gran- 
des dotes de todo linaje alaban a 
porfía Giraldo de Borneil, Guiller- 
mo Ademar y otros de aquellos 
poetéis, no faltándole tampoco al Monarca los sinsabo- 
res que han solido proporcionarse siempre los Mecenas, 
ya que Sorel el Mantuano, que, según uno de sus cole- 
gas, vino a España pobre y desnudo y salió enriquecido 
por los dones de San Fernando y sus magnates, pagó 
tamaños favores con una poesía satírica contra su bien- 
hechor, en que, tras de afirmar cínicamente que "tenía 
dos reinos, y ambos los gobernaba mal 14 , trataba de po- 
ner en ridiculo una de las más altas y simpáticas vir- 
tudes del Rey: la veneración que tuvo siempre por su 
madre. 

No fué Alfonso el Sabio (1252-1284) santo como i>.-B«trizdes«eTi. 

., . . Esposa de San Femando 

su padre, ni tampoco político sagaz, ni venturoso en 

r , ^ . , (Estatua en la Catedral 

sus empresas; pero el renombre con que ha pasado a la de Burgos.) 



Fernando III el Santo 

(Estatua en la Catedral 
de Burgos.) 



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XI.- EL SIGLO XIII 



Facsímil de nn privilegio rodado e historiado del rey Don Sancho IV 

(Archivo Histórico Nacional.) 
( Véase la nota de la pág. 19.) 

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SALCEDO ■ LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Historia no puede ser más merecido, ya que no hubo ciencia ni arte bella 
que no cultivase, o cuyo estudio no alentara y favoreciese. La leyenda pro- 
venzal supone que donó a los trovadores proscritos una ciudad castellana 
para establecerse, y que los principales trovadores de su 
época, o vivieron con él, o disfrutaron de su protección, 
o mantuvieron intimas relaciones con el rey sabio y 
poeta. La leyenda sigue diciendo que uno de aquellos 
trovadores, el genovés Bonifacio Calvo, llegó a ser ver- 
dadero amigo y consejero de D. Alfonso; que el tolosa- 
no Nat de Mons y el narbonés Giraldo Riquier sostu- 
vieron con él correspondencia poética, en que el Rey 
demostró saber versificar en la lengua de oc tan admi- 
rablemente como en galaico-portugués; y que el prime- 
ro preguntó al Rey en una composición lo que opinaba 
del influjo de los astros en la vida humana, a lo cual 
respondió el Monarca con otra en correcto provenzal y 
de difícil interpretación filosófica. Riquier le suplicó que 
fijase con su autoridad soberana la significación de las 
palabras trovador y juglar, y el Rey le contestó con una 
larga poesía que es documento precioso para el cono- 
cimiento de ese punto tan controvertido, aunque hay 
que saber aplicarla, ya que el significado de ambas vo- 
Aifonso x ei s«wo ces var ^ muc h° en el trascurso de los siglos medioeva- 
(Estatua en la Catedral les, y que el trovador y el Rey sólo se refieren a los tro- 
de Toledo.) vadores y juglares provenzales. Mas todo esto es apó- 
crifo, o por lo menos muy du- 
doso. A D. Alfonso sucedió Sancho el Bravo (1284- 
1285), a quien no se acierta por qué don Modesto 
Lafuente califica de reverso de su padre, cuando la 
realidad histórica es que fué su continuador en la 
protección de ciencias y letras y, si bien en un pla- 
no inferior, en la feliz aptitud para cultivarlas. 

B) En Aragón reinan don Jaime el Conquis- 
tador (1214-1276) y Pedro III (1276-1285). No hay 
que encarecer aquí la grandeza política de don 
Jaime, ni sus gloriosas conquistas de Baleares y 
Valencia; pero sí hay que recordar la significación 
de su reinado en la historia general de la Literatu- 
ra. Los antecesores de D. Jaime se habían afana- ' Fra Gertindi0) 
do por crear una nación provenzal-aragonesa o, ísoe-isee 

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XI.- EL SIGLO XIII 

mejor dicho, de lengua de oc, que hubiese tenido al Pirineo, no por limite, 
sino por espina dorsal. En esa empresa pereció Pedro II, el padre del Con- 
quistador, defendiendo — aunque tan católico, — si no a los albigenses, a 
sus amigos y protectores. Don Jaime desistió de tales propósitos, renuncian- 
do a toda expansión ultrapirenaica por el Tratado de Corbeil (1258), y bus- 
cando la compensación en sus conquistas insulares y peninsulares. Él fundó 
el Estado de las cuatro barras (Aragón, Cataluña, Baleares y Valencia), de 
que hizo cabeza a Cataluña, donde tuvo su corte, cuyo lenguaje hablaba y 
escribía, y cuya lengua, leyes, espíritu y organización social llevó a los dos 
reinos por él conquistados. Don Jaime fué «un rey esencialmente catalán, 
como San Fernando lo fué castellano. 

Estas circunstancias de historia política explican la historia literaria 
de D. Jaime. Vemos a los trovadores ultrapirenaicos contemporáneos del 
gran Monarca, como Beltrán de Born, Tomiers y Palacis de Tarascón, Bel- 
trán de Rovenhac, Bonifacio de Castillani, Guillermo de Montagnagout, 
Guillermo Aneliers, Aimeric de Peguilhá, Sicar de Marjevols, Ramón de 
Miraval, Duran de Paernas, etc., excitar de continuo al Conquistador, ya con 
sentidas lamentaciones, ya insultándole con los más procaces seruentesios, 
para que intervenga en Provenza, vengue la muerte de su padre y arroje 
del país a los franceses! Más le valiera al rey de Aragón — decía Duran de 
Paernas en una de sus canciones — librar sus [tierras de las garras de los 
franceses que pelear con los moros de Valencia. Tal era la opinión en el 
Mediodía de Francia; y una vez pareció decidido D. Jaime a satisfacerla 
suscribiendo un tratado de alianza con el Conde de Tolosa, por mediación 
del embajador de éste, que lo era el trovador Guillermo de Montagnagout; 
pero el astuto político hubo de comprender, sin duda, lo quimérico de un 
intento sostenido principalmente por poetas, retóricos y cortesanos, y en 
que sólo estaban de veras interesados unos nobles alegres y viciosos, y 
se volvió a sus empresas del Mediodía, dejando a San Luis los países al 
norte del Pirineo. No era rey D. Jaime para dejarse llevar por trovado- 
res, como, a nacer en nuestra época, no se hubiese dejado gobernar por 
periodistas. 

La política del insigne Monarca trajo como consecuencia literaria que 
la poesía trovadoresca brillara en Cataluña como no había brillado nunca, 
y los trovadores del último período de su reinado son catalanes, como Gui- 
llermo de Mur, Guillermo de Cervera, Olivier el Templario y Serveri de 
Gerona, y todos encomiaron sus conquistas meridionales contra moros. 
Hubo más, y fué que al hacerse Cataluña centro y sede principal de la lite- 
ratura en lengua de oc, por influjo directo y personal del mismo D. Jaime, 
el dialecto catalán se hizo idioma literario. 

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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Pedro III, justamente llamado el Grande, figura también en el catálogo 
de los trovadores como autor de un arrogante canto de guerra contra los 
invasores que entraron en sus Estados. 

100, Poesía castellana en esta centuria. Grupos que com- 
prende. Poesía juglaresca: A) El romance de Garci-Pérez. 
B) Supuesto libro de tas Querellas atribuido a D. Alfonso X. — 
La poesía castellana del siglo xm es predominantemente narrativa o épica, 
como la de la primera Edad Media, y nos ofrece tres grupos distintos de 
composiciones: 1.° Cantares de gesta. 2.° Poesias directamente traducidas 
del francés. Y 3.° Poemas del mester de clerecía. 

Primer grupo. — Durante toda esta centuria siguieron cantando los ju- 
glares y continuó elaborándose la materia épica, pero no es posible precisar 
fechas. Es extraño que ninguno de los grandes monarcas de este siglo ni 
sus gloriosas o interesantes empresas hayan dejado rastro en los romances 
viejos. 

A) Del sitio de Sevilla por San Fernando hay un romance que ya 
existía en la primera mitad del siglo xvi, pues se ha encontrado en un có- 
dice de aquel tiempo, y que comienza: 



Estando sobre Sevilla 
el rey Fernando el tercero, 
ese honrado Garci-Pérez 
iba con un caballero. 
Solos van por un camino, 
solos van por un sendero; 
siete caballeros moros 
a ellos venían derechos. 



El compañero de Garci-Pérez, al ver siete moros, le propone escapan 
pero él no lo consiente, y pasa junto a los moros, sin que éstos le acometan. 
Había pasado ya el lance, cuando Garci-Pérez advierte que se le ha perdido 
una cofia, y en seguida vuelve a buscarla, en dirección a los siete moros. En 
vano su escudero le dice que no se exponga de nuevo a tan grave peligro: 

El escudero llorando dijo: 
"Non fagades eso 
que la cofia vale poco, 
y podéis perderos cedo". 

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XI.- EL SIGLO XIII 



"Espera aquí, non te cures, 
que es cofia de mucho prescio, 
e labrada por mi amiga: 
non la perderé si puedo". 



Encuentra la cofia, y tampoco los moros, por entre los cuales pasó, le 
dijeron nada. El Rey, que desde un altozano vio todo esto, dijo a quien le 
acompañaba: 

|Ay Dios, qué buen caballero! 

Esta historieta está tomada del ya citado Valerio de las historias, y el 
ultimó verso del romance, de uno fronterizo del siglo xv. Por tanto, no 
puede ser más lejana la composición del suceso y tiempo a que se refiere. 
B) Del siglo xv, y de poeta culto, es otro romance en que el autor 
pone en labios de D. Alfonso X una lamentación o querella por el aban- 
dono en que le dejó su reino proclamando rey a su hijo D. Sancho, y que 
concluye asi: 

Ya ya oí otras veces 

de otro rey así contar, 

que con desamparo que hubo, 

se metió en alta mar, 

a se morir en las ondas 

o las venturas buscar. 

Apolonio fué aqueste, 

e yo haré otro tal. 

Fué grande el éxito de este romance, y lo malo es que se le tomó al 
pie de la letra como auténtica lamentación escrita por el mismo Alfonso 
el Sabio, tomando de aquí pie los cronistas de la Casa de Niebla para in- 
ventar una carta que supusieron del desventurado Monarca a Guzmán el 
Bueno querellándose de su infortunio, y brotando la idea de haber com- 
puesto D. Alfonso muchas poesías con ese asunto (Libro de las Querellas), 
de que se supuso un fragmento el citado romance. Puso el sello a tales in- 
venciones D. José Pellicer de Tovar — gran falsario, como justamente le 
califica Menéndez Pelayo, — el cual, en su Memorial de la Casa de los 
Sarmientos, intercaló las dos famosas octavas, quizás compuestas por él, 
que han pasado como introducción o preludio del Libro de las Querellas: 

A ti, Diego Pérez Sarmiento, leal, 
Cormano et amigo, et firme vasallo, 
Lo que a míos ornes de coyta les callo 
Entiendo decir, plannendo mi mal. 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

A ti, que quitaste la tierra e cabdal 
Por las mis faziendas en Roma e allende, 
Mi péndola vuela, escóchala dende, 
Ca grita doliente, con fabla mortal. 

¡Commo yaz solo el rey de Castiella, 
Emperador de Alemania que foé, 
Aquel que los reyes besaban el pie, 
Et reinas pedían limosna en manciella! 
Aquel que de hueste mantuvo en Seviella 
Diez mil de a cavallo et tres dobles peones, 
«Aquel que acatado en lejanas regiones 
Ha por sus Tablas et por su cochiella. 

Tienen mérito positivo estas estancias, aunque muchos, creyéndolas de 
D. Alfonso el Sabio, lo hayan exagerado; pero ni su lenguaje es del si- 
glo xni ni de ningún otro período de nuestra historia, sino ideado para des- 
lumbrar con su falso arcaísmo a los ignorantes, ni su forma métrica fué 
conocida hasta fines del siglo xiv, ni consta en ninguna parte que ese Diego 
Pérez Sarmiento fuese tan gran amigo del Rey, ni tuviese nunca la impor- 
tancia que le atribuye el autor de los versos, ni, en suma, existió jamás el 
Libro de las Querellas, ni D. Alfonso escribió nunca versos castellanos (1). 

101* Poesías traducidas del francés: A) Vida de Santa 
María Egipciaca. B) Libro de ios tres Reyes de Oriente. 
C) Disputa entre ei aima y ei cuerpo. D) Misterio de ios Re- 
yes Magos. E) Eiena y María. — Segundo grupo. — Al segundo 
grupo de poesías del siglo xm — aunque esta atribución cronológica no 
esté absolutamente comprobada — corresponden las traducidas o directa- 
mente imitadas del francés. Tales son: 

A) La Vida de Santa María Egipciaca, famosa pecadora de Alejandría 
que fué por diversión a Jerusalén, y no pudo entrar en el templo del Santo 
Sepulcro, por impedírselo unos ángeles hasta que se arrepintió de sus 
culpas. Después de bañarse en el Jordán, la penitente se retiró al desierto, 
donde vivió más de cuarenta y siete años practicando las mayores auste- 
ridades. El autor del poema fué el obispo francés Grosseleste, faiteado 
en 1253; a su traductor español no le faltaba intención poética, como puede 
observarse en este retrato de la pecadora antes de su conversión: 

Redondas avie las oreias, 
Blancas como leche d'oveias; 
Ojos negros et sobreceias, 
Alba frente fata las cerneias; 



(1) El supuesto Libro de las Querellas, por D. Emilio Cotarelo. — Madrid, 1898. 

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XI." EL SIGLO XIII 

La faz tenie colorada, 

Como la rosa cuando es granada; 

Boca chica et por mesura; 

Muy fermoca la catadura; 

Su cuello et su petrina 

Tal como la flor de la espina; 

De sus tetiellas bien es sana, 

Tales son como manzana; 

Brazos et cuerpo, et todo lo al 

Blanco es commo cristal; 

En buena forma fué taiada, 

Ni era gorda ni muy delgada. 

B) El libro de los tres reís dOrient—En sus doscientos cincuenta ver- 
sos — octosílabos y de nueve sílabas — cuenta la llegada de los Reyes Ma- 
gos a Belén, la degollación de los Inocentes, la huida a Egipto de la Sa- 
grada Familia y la historia de Dimas y Gestas, el bueno y el mal ladrón. 
C) La disputación del alma y el cuerpo. En su original normando está 
en versos de seis sílabas: 

Un samedi per mit 
Endormi en mon lit. 
Et vi en mon dormant 
Una visión grant. 

El traductor castellano la puso en alejandrinos: 

Un sábado exient, domingo amanescient 
Vi un grant visión en mió leito dormient. 



El argumento fué muy usado en la Edad Media: es la disputa entre el 
espíritu y el cuerpo ¡de un recién difunto, que se increpan echándose en 
cara recíprocamente los pecados cometidos durante la vida (1). A un gé- 
nero en cierto modo análogo, aunque no de asunto tan trascendente, per- 
tenece el Debate entre el agua y el vino, descubierto en la Biblioteca de 
París por Morel-Fatio. También halló Morel-Fatio un paquete de poesía 
castellana del siglo xm que con el título de Aventura amorosa figura por 
cabeza de la Antología formada por Menéndez Pelayo. 

D) En las últimas hojas de un códice de la Biblioteca toledana halló 
el arzobispo Fernández Vallejo el curiosísimo fragmento (150 versos próxi- 



(1) Publicada por D. Pedro José Pidal en 1856. La más reciente y autorizada es la de D. Ramón Me- 
néndez PidaL (Rev. de Archivos, Agosto - Septiembre, 1900.) 

225 

SALCEDO. — Literatura española. — Tomo I. » " 



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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 



1 



Fot Anderson. 

La Adoración de los Magos 

(Cuadro de Fra Angélico) 



mámente) de un misterio o auto cuyo argumento es la Adoración de los 
Magos (Misterio de los Reyes Magos). Los Magos aparecen aislados, expre- 
sando el asombro que les produce la misteriosa estrella. He aqui lo que 
dice uno de ellos: 



Deus criador, cual maravela! 

No sé cual es aquesta Strela... etc. 



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XI.- EL SIGLO XIII 

Sidfors, autor de una edición crítica de este fragmento de Misterio (1871), 
lo remonta al siglo xi, y seguramente es la más antigua pieza escénica que 
se conoce en castellano. No es tan seguro que sea traducido del francés, 
aunque sí probable si se atiende al desarrollo y esplendor que por aquel 
tiempo alcanzaron las representaciones de los Misterios en las catedrales 
francesas y al poco rastro que han dejado en el archivo de las nuestras. 

E) De la segunda mitad del siglo xn es el poema latino Phlllis et 
Flora. Son éstas dos doncellas que, sentadas en un vergel, disputan sobre 
las cualidades y perfecciones de sus respectivos amantes: el de una es ca- 
ballero, y el de la otra clérigo; pero parece que, dando a esta palabra el sen- 
tido de letrado, Filis y Flora someten su pleito a Cupido, el cual sentencia 
a favor del clérigo. De esta composición deriváronse varias en romance: las 
francesas Le Jugemént dAmour, Li Flablel dou Dieu de Amors, Venus la 
déese d'amour, Hueline et Eglantine; las inglesas Blancheflour e Florence 
y Melior et Idoine, etc. Faltaba su correspondiente castellana, y se ha en- 
contrado, si no íntegra, un fragmento del poema Elena y María (1), estu- 
diado recientemente por D. Ramón Menéndez Pidal. En Elena y María ya 
no es el clérigo un letrado, sino un sacerdote, nada menos que un abad, 
amante de María, cosa que ya ofrece Hueline et Eglantine; pero como hay 
en aquélla circunstancias que faltan en ésta, puede ser traducción o imi- 
tación directa de un original extranjero desconocido actualmente, o imita- 
ción libre que contiene la última y más desenfadada evolución del argu- 
mento. Elena y María es del siglo xm, y está escrita en dialecto leonés. 

102. El mester de clerecía. Sus caracteres generales. — 
Tercer grupo. — Es el más interesante; fórmalo la escuela del mester de 
clerecía. 

Escribiendo en latín los clérigos, no hallaban público para sus obras 
fuera del mundo clerical, lo cual no tenía ningún inconveniente tratándose 
de libros doctrinales que sólo podían ser leídos por gentes ilustradas, co- 
nocedoras de la lengua latina; pero limitaba extraordinariamente la esfera 
de la propaganda religiosa, y privaba al pueblo del beneficio moral inhe- 
rente al conocimiento de las vidas de santos y otros tratados edificantes o 
instructivos, dejando este terreno, por decirlo así, abandonado a la inspira- 



(1) En un códice de principios del siglo XIV, tan pequeño y de tan tosca ejecución, y de hojas tan des- 
iguales que parecen sacadas de desperdicios de papel, lo que induce a creer que se trata de una copia desti- 
nada al uso de un juglar ambulante que la llevaría en el bolsillo. Perteneció el curioso manuscrito al librero 
barcelonés Sr. Babra, quien lo dio al bibliófilo D. Juan Sánchez, y éste lo comunicó para su estudio a D. Ra- 
món Menéndez Pida!. Sobre el interesante hallazgo dio Menéndez Pidal una conferencia en Mayo de 1914, y 
publicó el estudio del poema en el primer cuaderno de la Revista de Filología Española, con grabados del 
códice. 

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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

ción de los trovadores y juglares, no siempre exenta de peligros para la 
fe; v. gr., la superstición de los agüeros en nuestros cantares de gesta, y 
otros más graves para las costumbres. De aquí que en toda Europa empe- 
zasen los clérigos a componer en lengua vulgar, en verso, porque no se 
creía adecuado el romance sino para la poesía, y, por regla general, limi- 
tándose a traducir obras latinas. 

En España estos escritores eclesiásticos se llamaron a sí mismos culti- 
vadores del mester u oficio de clerecía, para distinguirse del mester u 
oficio de yoglaría, o sea de la manera de componer de los juglares. En el 
libro de Alexandre se marcan bien las diferencias fundamentales entre am- 
bos modos por lo que se refiere a la forma poética: 

Mester trago famoso non es de yoglaría, 
Mester es sen peccado, ca es de clerecía, 
Fablar cuento rimado por la cuaderna vía 
A silabas cuntadas, ca es grant maestría. 

En efecto; estos poetas cultos habían entrado en el palenque para dis- 
putar la palma del aplauso popular a los juglares, y así, teníanse ellos o se 
presentaban al público como humildes juglares— juglar de Santo Do- 
mingo apellidábase Berceo, — y remedaban las formas de los cantores ca- 
llejeros, pidiendo el mismo Berceo, por ejemplo, cual recompensa de su 
canto un vaso de bon vino, a la manera que el autor de Mío Cid había pe- 
dido vino, si no habla dineros; pero se tenían también por juglares sabios, 
poseedores de un arte de nueva maestría, profesores de un mester sin pe- 
cado, que contaban las silabas y fablaban cuento rimado por la cuaderna 
vía. Eran ellos la retórica que venía a corregir, pulir y perfeccionar la obra 
espontánea de la naturaleza. En su virtud, tienen las cualidades y los de- 
fectos de esta posición. 

Su versificación es muy regular, tanto, que se hace monótona, y acaba 
por ser insufrible. Componen casi siempre en alejandrinos (catorce silabas) 
agrupados en estrofas de a cuatro y con rima idéntica y perfecta, salvo las 
naturales incorrecciones de todo poeta, o las erratas de los copistas en los 
escasos códices que han llegado hasta nosotros. 

Todos estos poetas tomaban sus argumentos de otros libros, sin disi- 
mular la fuente en que bebían; antes por lo contrario, declarándola inge- 
nuamente: 

Sennores, si quisiesedes atender un potjuiello, 
Querriavos contar un poco de ratiello 
Un sermón que fué priso de un sancto libriello 
Que fizo Sant Jerónimo... 

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229 



XI.- EL SIGLO XIII 



Códices españoles de los siglos XII y XIII 

(Véase la nota de la pág. 19.) 



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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 
Otras veces dicen: 

Lo que non es escrípto non lo afirmaremos 



Non lo diz la leyenda, non son yo sabidor. 

El mismo Berceo, de quien son estas citas, confiesa candorosamente 
una vez que se le ha perdido el cuaderno que le servia de guia, y asi, no 
puede contar cierta circunstancia de su héroe: 

De cual guisa salió decir non lo sabría 
Ca fallesció el libro en que lo aprendía: 
Perdióse un cuaderno, mas non por culpa mía, 
Escribir aventura serie gran folia. 

Mas no son meros traductores los maestros del mester de clerecía, sino 
adaptadores al naciente castellano de lo escrito en otras lenguas, especial- 
mente la latina, que por su ignorancia no podia entender el vulgo. Divul- 
gaban un tesoro escondido a la multitud. No perdían de vista su modelo; 
pero iban siguiéndolo libremente, adicionándolo cuando les parecía, embe- 
lleciéndolo cuando la inspiración les soplaba, y también afeándolo cuando 
componían forzados o les daba por alardear de su saber, prurito infantil de 
toda la escuela. 

En todo caso, no eran ellos como los juglares, que cantaban espontá- 
neamente valiéndose sólo del corto vocabulario que siempre usa el vulgo, 
sino que trabajaban el estilo, y lo que es más de apreciar, la lengua, bus- 
cando con afán palabras correspondientes a las latinas, expresivas de todas 
las ideas y que se amoldasen perfectamente a las exigencias de la rima. Tal 
fué el principal servicio que los poetas del mester de clerecía prestaron a 
nuestra Literatura; ellos ensancharon prodigiosamente el Diccionario, y 
merecen el título de cofundadores del castellano. Realizaron esta función, 
no castellanizando violenta y arbitrariamente palabras latinas, sino escudri- 
ñando en el habla del vulgo todas las maneras de decir, y dando carta de 
naturaleza en sus versos, bien aplicados por regla general, a los vocablos 
y modismos menos usados o propios sólo de una comarca reducida, y de 
esta suerte puede hoy complacerse el filólogo estudiando en estos poetas 
primitivos las diferencias dialectales que no existen en los toscos y unifor- 
mes cantares de gesta. 

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XI .-EL SIGLO XIII 



103. Gonzalo de Berceo. — El más antiguo de los poetas del 
mester de clerecía, y también de todos los poetas castellanos de nombre 
conocido, es Gonzalo de Berceo. Como él mismo cuenta: 



Gonzalvo fué so nonme... 

En Sant Millán de Suso fué de ninnez criado, 

Natural de Berceo... 



Según varías escrituras del cartulario de San Millán, en 1220 era diá- 
cono, y presbítero en 1237. Llegó a viejo: 



Quiero en mi vejez, maguer so ya cansado 
De esta santa Virgen romanzar su dictado. 



Sus obras conocidas son: La vida de Santo Domingo de Silos, La vida 
de San Millán de la Cogolla, El sacrificio de la Misa, El martirio de San 
Lorenzo, Los loores de Nuestra Señora, De los signos que aparecerán antes 
del Juicio, Miráculos de Nuestra Señora, Duelo de la Virgen el día de la 
pasión de su Hijo, La vida de Santa Osla y Tres himnos. Más adelante ha- 
blaremos del Libro d'Alexandre que se le atribuye, a nuestro juicio sin 
fundamento. 

Berceo expone su programa literario en* los tan citados y conocidos 
versos: 

Quiero fer una prosa en román paladino * 

En cual suele el pueblo fablar a su vecino. 



Y en estos otros, no tan manoseados: 

Quiero fer la pasión de sennor sant Laurent 
En romanz que la pueda saber toda la gent. 



Siguiendo con fidelidad a sus modelos, Berceo es con suma frecuencia 
prosaico: diluye sus argumentos en lo que Menéndez Pelayo califica gráfi- 
camente de un océano de prosa rimada; pero aquí y allá se levanta, de- 
mostrando que era verdadero poeta. Sirva de muestra dé sus aciertos la 

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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

paráfrasis de la antífona Sancta María, succurre miseris, en los Loores de 
Nuestra Señora. 

Acorrí a los vivos, ruega por los pasados. 
Conforta los enfermos, convertí los errados, 
Conseja los mezquinos, visita los cuitados, 
Conserva los pacíficos, reforma los irados. 

Esfuerza a los flacos, defiendi los valientes, 
Alivia los andantes, levanta los yacientes, 
Sostien a los estantes, despierta los dormientes, 
Ordena en cada uno las mannas convenientes. 

Madre, merced te pido por mis atenedores, 
Ruégote por mis amigos que siempre los mejores, 
Rescibí en tu encomienda parientes e sennores, 
En ti nos entregamos todos los pecadores. 

Aun merced te pido por el tu trovador, 
Qui este romance fizo, fué su entendedor, 
Seas contra tu fijo por elli rogador, 
Recabdali limosna en cas del Criador. 



La obra más larga de Berceo, y en la que hubo de acreditar algo más 
sus dotes inventivas, es la colección de los Milagros de Nuestra Señora. 
Hay en la literatura francesa medioeval otro libro de Miracles de la Sainte 
Vierge, compuesto por Gautier de Coincy, monje de San Medard, en Sois- 
sons, y después prior de Viosur-Aisne, y esto ha bastado para que algún 
autor francés moderno considere a Gonzalo de Berceo como mero traductor 
de Gautier. Pero en realidad uno y otro limitáronse a verter en sus respec- 
tivas lenguas leyendas mañanas que corrían en latín de mucho tiempo 
atrás. De los veinticinco Milagros del presbítero riojano, dieciocho están 
efectivamente en Gautier; pero ¿acaso sólo allí? De los otros los hay ten 
españoles como el Regalo de la casulla por Nuestra Señora a San Ilde- 
fonso, y algunos de tan hermosa descendencia en nuestra Literatura cual la 
leyenda de Margarita la Tornera, que en el texto de Berceo es una abadesa, 
y la del Crucificado que habló como testigo, y que en el mismo texto no 
depuso en pleito de amores, sino en otro vulgar de dineros: 

Fueron a la iglesia estos ambos guerreros 
Facer esta pesquisa cual avíe los dineros: 
Fueron tras ellos muchos, e muchos delanteros 
Ver si avrien seso de fablar los maderos. 

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XI.- EL SIGLO XIII 

Pasáronse delante al Ninno coronado, 
El que teníe la Madre dulcement abrazado. 
Dissoli el burgués: sennor tan acabado, 
Dipartí esti pleito, sa so yo mal reptado, 

De commo yo lo fici tú eres sabidor, 
Si lo ovo o non, tú lo sabes, sennor. 
Sennor, fas tan de gracia sobre mi peccador 
Que digas si lo ovo, ca tú fust fiador. 

Fabló el Crucifijo, dissoli buen mandado: 
Miente, ca paga priso en el día taiado: 
El cesto en que vino el aver bien contado, 
So el lecho mismo lo tiene condesado. 

Berceo no fué, ciertamente, un poeta soberano; pero su antigüedad, la 
riqueza de su léxico y la graciosa soltura con que manejó su dialecto rio- 
jano (1), el candor de su devoción, la fidelidad con que expresa el sentir 
popular en el orden religioso, su realismo en las descripciones, y otras 
cualidades suyas netamente castellanas, le hacen simpático a todos, y a 
muchos encantador. Como poeta es superiorísimo a Gautier de Coincy, de 
quien se le ha supuesto imitador. Villemain vio en su obra el romancero 
de la Iglesia, y Menéndez Pelayo escribe de él: u ... la imaginación gusta 
de representársele, como le ha fantaseado alguno de sus panegiristas ale- 
manes, sentado al caer la tarde a la puerta de su monasterio cantando Los 
miráculos de la gloriosa o Las buenas mañas de San Millán a los burgue- 
ses de Nájera y a los pastores del término de Cañas, y apurando en su 
compañía un vaso del bon vino que engendran las tierras ribereñas del 
Ebro. Más enseñanza, y hasta más deleite, se saca del cuerpo de sus poe- 
sías que de casi todo lo que contienen los cancioneros del siglo xv" (2). 

104. Libro d 9 Apollóme. — El Libro d f Apollóme es contemporá- 
neo, o poco menos, de Berceo; y así como éste usó el dialecto riojano, el 



(1) Véase Gramática y vocabulario de Gonzalo de Berceo, por D. Rufino Lanchetas. Madrid - 1903. 

(2) Las obras de Berceo fueron publicadas por Sánchez, en su Colección de poesías castellanas 
anteriores al siglo XV (tomo II), reproducidas en la Biblioteca de Rivadeneyra, tomo LVII: Poetas caste- 
llanos anteriores al siglo XV. La Escuela de Hautes Études, de París, ha publicado en 1904 una edición 
critica de la Vida de Santo Domingo de Silos. (Editor, Fitz-Gérald.) Sánchez se valió de los manuscritos exis- 
tentes en San Millán de la Cogolla; hoy se han extraviado, no quedando más que la citada Vida de Santo 
Domingo y El Sacrificio de la Misa. De este último ha publicado una edición con el texto paleografía), cri- 
tica del mismo, introducción y bibliografía de las anteriores ediciones D. Antonio Q. Solalinde, uno de los 
más inteligentes y estudiosos discípulos de D. Ramón Menéndez Pidal. La edición de Solalinde (1914) es el 
primer cuaderno de trabajo de las Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, y ha sido elogiadis im a 
por las más autorizadas revistas españolas y extranjeras; "superior en exactitud — dice la Rev. de Filología 
"Esp., — a la de la Vida de Santo Domingo, de Fitz-Gérald, — será el material más seguro para empezar un 
"estudio critico del lenguaje, la métrica y el estilo de Gonzalo de Berceo". 

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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

ignorado autor del Libro empleó el aragonés. El reino de Aragón no tuvo 
nunca unidad de lengua: mientras que en sus comarcas mediterráneas el 
idioma fueron variedades o dialectos de la lengua de oc, la región arago- 
nesa propiamente dicha usó el castellano, aunque con giros, frases y voca- 
blos dialectales que ahora llamamos provincialismos. 

Ya se ha indicado la fuente bizantina de la leyenda de Apolonio. No 
es conocido el texto griego de esta historia, pero si muchas versiones lati- 
nas, de las cuales parecen las más antiguas un poema del siglo x — Gesta 
Apolloni — que se cree compuesto en Alemania, y la Histori Apolonni 
regis Tigri, que se supone fiel y auténtica traducción del texto bizantino. 
Tampoco son conocidos antiguos poemas franceses o provenzales de Apo- 
lonio, aunque si referencias de ser vulgar en Francia el argumento. No 
puede saberse, pues, de qué versión se valió nuestro ignorado poeta 
del siglo xin, y aun puede creerse que añadió algo de su cuenta; v. gr., el 
tipo de Tarsiana y descripciones como su salida al mercado. Ese igno- 
rado autor fué hombre de ingenio y ameno narrador. He aquí su argu- 
mento: 

Apolonio, príncipe de Tiro, concurre con otros príncipes a la corte de 
Antioco a ganarse, descifrando enigmas, la mano de la hija del Rey. Triunfa 
en el certamen; pero Antioco, lejos de conceder lo prometido, le persigue 
de muerte. Huye Apolonio a Tarso y a Peiitápolis; una tempestad le arroja 
desnudo a las playas de una ciudad, y allí tiene que ganarse la vida como 
juglar tocando música por las calles y haciendo otras habilidades. Préndase 
de él Luciana, hija del rey Architrastes, y, descubierto su rango de principe, 
cásase con ella. Nuevo viaje marítimo hacia Tiro. En el barco pare Luciana 
una niña (Tarsiana), y, creyéndola muerta, es arrojada al mar en una caja 
con inscripción escrita por Apolonio, suplicando que quien la encontrase le 
diese piadosa sepultura. La caja es hallada en las playas de Éfeso por un 
sabio que, notando señales de vida en el cuerpecito de la niña, la cura 
perfectamente. 

La segunda parte son las aventuras de Tarsiana, tipo en que Amador 
de los Ríos vio la más antigua manifestación literaria de La Gitanilla, de 
Cervantes, y de la Esmeralda, de Víctor Hugo. En efecto; a pesar de su alto 
origen, Tarsiana tiene que ganarse la vida como juglaresa, cantando, to- 
cando y bailando por plazas y calles: 



Luego el otro día de buena madrugada 
Levantóse la duenya ricamiente adobada, 
Priso una viola buena e bien temprada 
E salió al mercado violar por soldada. 



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XI. -EL SIGLO XIII 

Comenzó unos viesos e unos sones tales 
Que trayen grant dulzor, e eran naturales: 
Finchiense de omnes apriesa los portales, 
Non les cable en las plazas, subiense a los poyales. 

Cuando con su viola hovo bien solazado, 
A sabor de los pueblos hovo asaz cantado, 
Tornóles a rezar un romanz bien rimado, 
De la su razón misma por hó avia pasado. 

Fizo bien a los pueblos su razón entender; 
Mas valíe de cien marcos ese dia el loguer, 
Fuesse el traidor pagando del mester, 
Ganaba por ello sobeiano gran aver. 

En esta vida, que, como la linda muchacha declara, no sigue por gusto, 
sino por su extrema necesidad, 

Que non so juglaresa de las de buen mercado, 
Nin lo he por natura, más fágolo sin grado, 

mil peligros corren la honestidad y honra de Tarsiana; pero de todos triun- 
fan la sólida virtud y el vivo ingenio de la juglaresa. Por fin encuentra a su 
padre. Es realmente bellísima la emoción de Apolonio en este trance: 

Prisola en sus brazos con muy grant alegría, 
Diziendo: "ay mi fija, qiie yo por vos moría; 
Agora he perdido la cuyta que avia: 
Fija, no amanesció para mi tan buen dia! 

Nunca este dia no lo cuidé veyer, 
Nunca en los míos brazos yo vos cuidé tener; 
Ove por tristicia, agora he placer; 
Siempre avré por ello a Dios que gradecer". 

Comenzó a llaman "venit los mios vasallos: 
Sano es Apolonio: ferit palmas e cantos, 
Echad las corbeteras, corret vuestros cavallos, 
Alzad tablados muchos, pensat de quebrántanos. 

Pensat cómo fagades, fiesta grant e complida, 
Cobrada hé la fija que avía perdida: 
Buena fué la tempesta, de Dios fué permetida, 
Por onde nos oviemos a fer esta venida* 4 . 

El resto del poema es un dédalo de lances y aventuras a cual más 
estupendos e inverosímiles, hasta la vuelta de Apolonio a su principado de 

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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Tiro después de haber casado a Tarsiana con Antínágoras e introducido a 
estos esposos en el trono que fué de Antíoco (1). 

105. Libro de Alexandre: A) ¿Quién fué su autor? B) Sus 
fuentes. C) Argumento. D) Episodios notables. — De todas las 
obras del mester de clerecía, el Libro de Alexandre es la más importante, 
por varios conceptos: por su extensión (10.500 versos), por la opulencia de 
su léxico y por lo bien compuesto de algunos de sus trozos, entre los cua- 
les los hay de muy verdadera y alta poesía; finalmente, por la erudición 
de que hace alarde su autor, que fué hombre de saber enciclopédico, po- 
seedor, o por lo menos versado en todos los conocimientos humanos que 
se cultivaban a mediados del siglo xiii. 

A) ¿Quién escribió el Libro de Alexandre? No son hoy conocidos 
mas que dos códices del poema: uno, el que se conserva en nuestra Biblio- 
teca Nacional, procedente de la del Duque de Osuna, adonde fué de la del 
Marqués de Santillana (2), y que es el publicado por D. Tomás Antonio 
Sánchez en su Colección de poesías castellanas anteriores al siglo XV; el 
otro está en la Biblioteca Nacional de París, y ha sido recientemente publi- 
cado por Morel Fatio con el esmero y la luminosa introducción erudita y 
critica que hay derecho a esperar siempre de tan sabio hispanista (3). 

La última copla del códice de Madrid dice: 

Si quisierdes saber quién escrevió este ditado, 
Johan Lorenzo, bon clérigo e ondrado, 
Segura de Astorga, de marinas bien temprado: 
El dia del iuyzio Dios sea mió fragado. Amén. 

Y el códice de París dice: 

Sy queredes saber quien fizo esti ditado, 
Gonzalo de Berceo es por nombre clamado, 
Natural de Madrid, en Sant Mylian criado, 
Del abat Johan Sánchez notario por nombrado. 



(1) Publicó este Libro D. Pedro José Pidal (1841), sacándolo de un códice del Escorial. Don Eugenio de 
Ochoa hizo otra edición en 1842. Incluido en el mismo tomo de la Biblioteca de Rivadeneyra que las obras 
de Berceo. En el mismo códice están la Vida de Santa María Egipciaca y el Libro de los tres Reyes de 
Oriente, que han corrido las mismas etapas de publicación. 

(2) Que fué a la casa de Osuna por incorporación de la de Santillana en 1841, es hecho cierto, pero 
no resuelve la cuestión de si este códice es el mismo que poseía en Guadalajara el primero y más famoso 
Marqués de Santillana. Sánchez asi lo creía, aunque sólo por racional conjetura; pero Mario SchJff, autor de 
La Bibliotheque du marqués de Santillane (París - 1905), lo duda. El códice publicado por Sánchez fué el 
reproducido en el tomo LVII de la Biblioteca de Rivadeneyra, o mejor dicho, lo reproducido, aunque mala- 
mente, fué el texto de Sánchez. 

(3) Alf red Morel -Fatio: £/ Libro de Alixandre, manuscrit esp. 488 de la Bibliotheque Nationale de 
Paris - Dresden - 1906. 



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XI.-EL SIGLO XIII 

¿Qué códice tiene razón? 

Esta cuestión y todas las relativas al libro de Alexandre están perfec- 
tamente tratadas por el sabio profesor de Literatura Dr. Marcelo Macías en 
un trabajo reciente (1). Antes de la publicación del códice de Madrid sólo 
eran conocidos fragmentos del Poema. El benedictino P. Francisco de Bivar 
(murió 8 - Dic. - 1635) copió tres pasajes de un códice hoy perdido, inclu- 
yéndolos en una disertación latina sobre la antigüedad de la lengua caste- 
llana. Bivar creía que el Libro de Alexandre era de la primera mitad del 
siglo xii, y sospechó que debia de ser obra de Berceo, fundándose, según 
se deduce de sus palabras, en que estaba escrito en la clase de versos 
usados por el maestro Don Gonzalo. No conociéndose más autor que éste 
del mester de clerecía, se tomaba por escrito suyo cuanto iba apareciendo 
en los versos propios de la escuela o grupo. No hay, pues, que hacer caso 
de lo que se dijera sobre este punto antes de la publicación de Sánchez. 
Una vez publicado por éste el códice de Madrid, todos convinieron en que 
el autor era Lorenzo de Segura: asi, el mismo Sánchez, Gil de Zarate, Tick- 
nor, Amador de los Ríos, Fernández Espino, Sánchez de Castro, Mudarra, 
Alcántara García, Campillo, García Aldaguer, Giner de los Ríos, Arpa y 
López, etc. La Real Academia Española incluyó a Lorenzo de Segura en su 
Diccionario de Autoridades de la lengua castellana. Sánchez y Amador de 
los Ríos señalaron en el lenguaje del Libro de Alexandre las formas dialeo 
tales propias de la región leonesa; v. gr., los pretéritos perfectos en orón 
(vioron por vieron), y en este punto de vista se coloca Ramón Menéndez 
Pidal en su notable estudio sobre El dialecto leonés. 

Las objeciones que se han hecho contra la paternidad de Lorenzo Se- 
gura son: 1. a Que en el códice de Madrid se nombra a Berceo (estrofa 1.386) 
al relatar la entrada de Alejandro en Babilonia, de este modo: 

Quando fué a su guisa el rey soiomado, 
Mandó mover las sennas, eoir fuera al prado, 
E diso a Gonzalo: vé dormir que azsaz as velado. 

D. Rafael Florales (Ilustraciones del Fuero de Sepúlveda) creyó ver en este 
verso el intento del autor de esconder su nombre en un rincón de la obra. 
Ya hizo notar Menéndez Pelayo que siendo tan común en Castilla el nom- 
bre de Gonzalo, no había ninguna razón para creer a éste el de Berceo; 



<1) Juan Lorenzo de Segura y el Poema de Alexandre. Estudio critico, seguido de numerosos frag- 
mentos del Poema, por el Dr. Marcelo Maclas, catedrático numerario de Literatura del Instituto de 
Orense y electo que fué de la Universidad de Santiago. Orense -1913. 

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SALCEDO.^ LA LITERATURA ESPAÑOLA 

pero después se ha visto que en el códice de París el verso está sustituido 
por este otro: 

Lorente, ve dormir, casarás velado. 

2. a El lugar que ocupa en el códice de Madrid el nombre de Juan 
Lorenzo, no al principio, como en los poemas de Berceo, y como es uso 
general en la Edad Media, sino al fin, como la suscripción de Per Abat en 
el Poema del Cid. Debe creerse, pues, que no fué el autor, sino el copista 
del códice. Es falsa la afirmación en que se funda el reparo. Berceo, o no 
se nombra ni al principio ni al fin de sus obras, o lo hace al final (Vida de 
Saint Afilian), o en las antepenúltimas coplas (Vida de Sancto Domingo de 
Silos); sólo en los Milagros de Nuestra Señora dice en la segunda copla: 



Yo, maestro Gonzalo de Berceo nomerado, 
Yendo en romería caeci en un prado, 
Verde e sencido, de flores bien poblado. 



Ignoramos, probablemente, el nombre de los autores del Poema de 
Fernán González y de Jusef, por haberse perdido las últimas coplas; en 
las primerasnfida declaraban. El Beneficiado de Úbeda se indica con esta 
circunstancurcomo autor de la Vida de San Ildefonso ocho versos antes del 
final. El autor o traductor castellano del Poema de Alfonso XI se revela en 
la copla 1.841. Y hasta en el códice de París se nombra a Gonzalo de Ber- 
ceo en la última copla. Luego no habia tal uso en la Edad Media. 

3. a El verso escribir usábase por los autores del mester de clerecía en 
el sentido de escribir materialmente o copiar, no en el de componer. Por 
tanto, al leerse en el códice de Madrid que Juan Lorenzo Segura de As- 
torga escribió este dictado, debe entenderse que lo copió o hizo aquel 
códice, no que compusiera el poema. Tampoco es cierta la hipótesis en que 
se funda esta objeción. El verbo escribir empleábase en las dos acepciones 
con que seguimos usándolo hoy. El mismo Libro de Alexandre lo usa mu- 
chas veces en la de componer: el liuro qua escrebió Nason (copla 344), non 
escrebió Omero (copla 2.124), etc.; y Berceo, hablando de los Evangelistas, 
dice que cuanto escribien ellos la Virgen lo enmendaba, y que escribieron 
San Agustín, San Gregorio, San Ugo, San Jerónimo, etc. etc. 

4. a Si en el códice de Madrid hay leonesismos, también castellanis- 
mos, y aun aragonesismos de los fronterizos con Cataluña: así lo notó acerta- 

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XI.- EL SIGLO XIII 

«lamente Morel Fatio en 1875 (1). Y en el códice de París desaparecen todas 
las formas dialectales del leonés, sustituidas por otras genuinamente caste- 
llanas. De aquí se ha deducido que el leonismo del códice en que figura 
Lorenzo Segura no procede del poema, sino de su copia hecha en León. 
Pero este reparo se vuelve a favor de Segura, teniendo en cuenta que, 
según Sánchez, el códice de nuestra Biblioteca Nacional es de letra como 
del siglo xiv, y según Ticknor, que lo examinó detenidamente, de fines 
del xin o principios del xiv, al paso que el de París es de mediados del xv, 
tiempo en que el dialecto leonés había perdido toda su importancia litera- 
ria, y aun social, quedando reducido a modo de hablar, no ya popular, sino 
más bien rústico, al paso que el castellano había subido a la categoría, que 
aún conserva, de verdadera y única lengua nacional. De suerte que no es 
cuerdo suponer que un clérigo de León, esto es, una persona ilustrada, al 
copiar el Libro ingiriese palabras del dialecto rústico de su tierra, sino que 
un copista del siglojcv le quitase los vocablos y giros leoneses, que, a su 
juicio, deslustrarían y envilecerían el lenguaje del texto que copiaba. En 
cuanto a que en el mismo códice de Madrid haya con las formas leonesas 
otras que no lo son, explicase, o porque en León se usaran unas y otras y 
el autor escogiese las más adecuadas para la rima, o porque este mismo 
autor, cuya opulencia de léxico revela el Libro, así como su vasta lectura, 
las conociese y empleara, fueran o no usadas en su comarca natal. 

Los apellidos de Juan Lorenzo Segura constan en documentos auténti- 
cos de Astorga: el de Lorenzo, en una escritura de venta otorgada por Ma- 
rina Romanez y su hija Marina Lorenzo en 1255; el de Segura, en otra 
de 1504, donde constan Martín Alonso Segura de Astorga, vecino de la 
noble ciudad de Córdoba, y Juan Alonso Segura, canónigo de Córdoba y 
propietario en Astorga. Es indudable que Astorga no es apellido, sino indi- 
cación de la procedencia, como era uso en la Edad Media. 

El autor del Libro de Alexandre era clérigo, no sólo en el sentido de 
literato, sino en el canónico; asi, escribe satíricamente: 

Somos siempre los clérigos errados e viciosos, 
Los prelados maores ricos e poderosos. 

(Copla 1.662.) 

Su erudición era vasta, y alardeaba de ella pedantescamente, despre- 
ciando al vulgo ignorante : 

El pueblo que es necjo fazse maravijado, 
Non sabe la natura e es espantado. 
(Copla 1.176.) 



(1 ) Recherehes sur le Libro de Alexandre. (Romanía - 7*75 - IV - 7.) 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Por estas cualidades o defectos distingüese ya profundamente de Ber- 
ceo; pero más todavía por sus facultades creadoras. Era hombre de más 
poderosa fantasía, más original, más descriptivo, y también más desigual y 
menos suavemente gracioso. Por eso admitir que Berceo escribió el Libro 
de Alexandre equivale a creer en un Berceo de doble, y aun contradicto- 
ria naturaleza literaria, pues nada tan opuesto, dentro de las condiciones 
comunes del Mester de Clerecía, como el estilo, manera y carácter reve- 
lados respectivamente por el autor de los Miráculos y por el autor de este 
Libro. 

Pero ¿y la última copla del códice de París? "La suscripción del manus- 
'cripto de París — dice autoridad tan grande como la de D. Ramón Menén- 
M dez Pidal, — un siglo más tardío en fecha que el de Madrid, puede estar 
"tomada de un códice de Berceo por alguien que creyese al clérigo Gonzalo 
"autor único de cuanto se había escrito por la cuaderna vía" (1). Corrobo- 
ran esta conjetura dos circunstancias de la copia: el hacer a Berceo na- 
tural de Madrid, declarando él que lo era de Berceo, como ya se ha apun- 
tado (2), y suponerle notario del abad Juan Sánchez, constando por docu- 
mentos auténticos que sólo figura en las actas notariales de la época como 
testigo. 

B) Ya se ha dicho lo que fué Alejandro Magno en la literatura me- 
dioeval. El autor español sigue preferentemente a Gualterio de Chatillón, sin 
atreverse a contradecirle nunca: 

Et de todas las noblezas vos quessiedes deztr, 
Ant podrían X días e X noches trocir. 
Galter magar quiso, no las pudo complir: 
Yo cuentra él non quiero, ni podrie yr. 

(Copla 1.339.) 

El doctor Macías nota que no debía de haber leído el Román d' Alexan- 
dre, toda vez que afirma non iaz en escrito un pasaje que en el poema fran- 
cés lo está; pudo, sin embargo, conocerlo por otros códices que los conser- 
vados hoy, y que tuviesen variantes. Que era hombre muy leído y que, 
como ya hemos indicado, se jactaba de su saber, resalta en el Libro, muchas 



(1) El Dialecto leones, pág. 7. 

(2) No se refiere a nuestro Madrid, sino a un pueblecillo de este nombre que cita el mismo Berceo en Ja 
Vida de Sant Millón: 

Cerca de Cogolla, de parte de orient. 
Dos leguas sobre Nágera al pie de San Lorent, 
El barrio de Berceo, Madriz la yaz present . . . 



240 

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XI .-EL SIGLO XIII 

veces con graciosa pedantería, aunque cuida de ponerlas en labios de sus 
personajes: 

Connesco bien gramática, sé bien toda natura: 
Bien dicto e versifico: connesco bien figura: 
De cuer (1) sey los autores: de libro non he cura. 



Sé arte de música, por natura cantar, 
Sé fer fremosos puntos, las voces acordar 

Sé de las siete artes todo su argumento: 
Bien sé las cualidades de cada elemento 
De los signos del sol, siquier del fondamento: 
Non se podría celar quanto val un acento. 

(Coplas 38 a 40.) 

Sé bien todas las artes que son de clerecía: 
Sé meior que nul ombre toda estrenomia. 

Ya con todos los sessos en esta arca mia, 
Hy fecieron las artes toda su cofradía. 

(Coplas 1.012 y 1.013.) 



Y, efectivamente, así como introduce en su poema la Historia Troyana, 
con el pretexto de que Alejandro la cuenta a los suyos, intercala el Lapida- 
rio de San Isidoro para dar idea de las maravillas de Babilonia. Morel Fatio 
hace notar que todas las fuentes del Libro (TAlexandre son latinas o france- 
sas, y que lo de procedencia oriental está tomado de reflejo o segunda 
mano. Es un dato para el debido aprecio de la influencia de los árabes en 
nuestras Letras. 

C) He aqui en breve síntesis el argumento: 

Alejandro Magno ha sido muy bien instruido por maestre Arlstótil en 
todas las artes de la clerecía: es armado caballero el día del papa San An- 
tera, ciñendo la espada fabricada por D. Vulcano, y poniéndose una camisa, 
tejida por las hadas, que tenía dos virtudes o bondades: 

Quienquier que la vestiese fuese siempre leal, 
Et nunca lo podiese lujuria tentar. 

(Copla 90.) 



(1) De memorin. 

241 

SALCEDO — Literatura española. — Tomo I. "^ r^A® 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

También un trial, obra de otra hada, con la virtud de hacer inmune al 
que lo usase de fríos y calenturas. Es la primera vez, o por lo menos la más 
antigua conocida, de jugar las hadas en nuestra literatura. 

Con quinientos caballeros emprende 'Alejandro su maravillosa carrera, 
nombrando para gobernar la hueste doce alcaldes e cabdiellos, que, según 
el poeta, son los que 

Pusieron yes después nombres los XII pares, 

recordando a este propósito que 

En Roma otros tantos hay de cardenales. 

(Copla 296.) 

El joven monarca vence al rey Nicolás, castiga al traidor Pausanias, 
somete a los griegos, a pesar del conde D. Demóstenes, que con sus discur- 
sos andaba soliviantando a los atenienses, y al cual la madre de Aquiles 
tiene que esconder en un convento; invade el Asia, y en las ruinas de Troya 

La procesión andada, fizo el rey sermón, 
Por alegrar las yentes, meterlas bon corazón, 
Compezoles la estoria de Troya de fondón, 
Cuerno fué destroyda e sobre cual razón. 

(Copla 311.) 



La historia de Troya que cuenta Alejandro (1.688 versos) es la de la 
Crónica troyana, de Guido de Columna. 

Darío es un fanfarrón que amenaza a su rival con entregarle por escar- 
nio a los rapaces de su reino, y le manda un saco de mostaza, con el recado 
de que le seria más fácil contar sus granitos que el ejército persa. Alejandro 
devuelve el saco lleno de pimienta, y se apodera de Sardis, donde corta el 
nudo gordiano. Se da la batalla de Iso. 

Al aproximarse a Jerusalén, el sumo sacerdote, o, como dice el Poema, 
el maoral de la ley, y todos los moradores de la ciudad 

Fecioron rogaciones por toda la sanctidad, 
Que les feciés Dios alguna pietat. 
Viénol en visión a Jadus do dormie, 
Que quando sopiés que Alejandre venie, 
Exiés contra él el que la missa dezie. 

(Coplas 1.088 y 1.089.) 

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XI.- EL SIGLO XIII 

Al día siguiente por la mañana el bispo (obispo), revestido de sus 
sagrados ornamentos, salió a recibir al Conquistador con toda la clerecía. 

Vienen luego la conquista de Egipto, la batalla de Arbelas y la entrada 
en Babilonia. La descripción de la gran ciudad es de lo mejor del Poema: 

Yaz en logar sano comarca muy temprada, 
Ni la cueta verano nen faz la envernada; 
De todas las bondades era sobre ahondada, 
De los bienes del sieglo ally non mengua nada. 

(Copla 1299.) 

Los habitantes de Babilonia no sufren ningún dolor, efecto de la fra- 
gancia de los árboles, hierbas y flores que allí se crian: 

Ende son los hombres de muy buena color: 
Bien a una jornada sienten el buen odor. 

(Copla 1302.) 



La mar y los ríos están repletos de pescados — siempre los fallan 
frescos — y de piedras maravillosas: 

Unas que de noch a luenga tierra dan lumbre, 
Otras que dan al feble salut e fortedumbre. 

(Copla 1.320.) 

La población tiene muchas dulces fontanas: 

Que son de día frías, tebias a las mañanas; 
Nunca crían en ellas gusanos nin ranas, 
, Ca son perenales, sabrosas e muy claras. 

(Copla 1.324.) 

La campiña es magnifica: abundan en ella los cerezos, y con suma 
facilidad se cogen ciervos, orsos e orsas f puercos, ánades, y, sobre todo, her- 
mosos papagayos. Finalmente, todo el mundo viste bien en Babilonia: 
hasta los pobres van trajeados de pannos de colores y cabalgan en pala- 
frenes y muías. No es extraño que en semejante paraíso las gentes sean 
buenas, como advierte también el poeta. 

Empero Alejandro no se deja cautivar por tantos encantos, y prosigue 

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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

sus conquistas. Cuando sus soldados se niegan a seguirle, los arenga 
poniéndoles de manifiesto el fin científico de aquellas expediciones. 

Enviónos Dios por esto en aquestas partidas 
Por descubrir las cosas que yacien escondidas: 
Cosas sabrán por nos que non serien sabidas: 
Serán las nuestras novas en antigo metidas. 

(Copla 2.127.) 

D) Entre los innumerables episodios del poema son muy curiosos 
los dos viajes que hizo Alejandro, uno por el fondo del mar en una cuba 
de cristal, y otro por los aires en un aparato que describe de este modo: 

Fizo prender dos grifos que son aves valientes: 
Avezólos a carnes saladas y recientes: 
Tóvolos muy viciosos de carnes convenientes 
Fasta que se fecieron gordos e muy valientes. 

Fez facer una copa de coiro muy sovado, 
Cuanto cabria un omne a anchura posado: 
Juntáronla los griegos con un firme filado 
Que non podría falsar por un onme pesado. 

Fizóles el conducho por tres dias toller 
Por amor que oviesen más sabor de comer. 
Fizóse el mientre enno cuero coser, 
La cara descubierta que podiese veer. 

Tomó en una pértiga la carne espetada, 
Enmedio de los grifos, pero bien alongada: 
Ellos por prenderla dieron grant volada, 
Cuidáronse cevar, más non les valió nada. 

Cuanto ellas volaban, él tanto se erguía, 
El rey Alexandre todavía sobía, 
A las veces alzaba, a las veces premia, 
Allá iban los grifos por do el rey quería. 



Alzábales la carne cuando quería sobir, 
Ibala abajando cuando quería descir: 
Do veyan la carne allí iban seguir. 



Termina el poema con la muerte de Alejandro en Babilonia, envene- 
nado por Yolas, instrumento de Antípatro. Según queda dicho, tiene frag- 



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XI." EL SIGLO XIII 

mentos muy hermosos; quizás sea el mejor la descripción de la tienda de 
Alejandro, que inspiró al Arcipreste de Hita; pero también son bellísimos 
otros, como la del mes de Mayo y la de los palacios de Poro, rey de la 
India, el retrato de la reina de Talestres, etc. Claro que éstos son oasis 
perdidos en un desierto de prosa monótonamente rimada, y que difícilmente 
habrá hoy quien tenga la paciencia necesaria para leer todo el Poema de 
Alejandro. El historiador verá en esta composición, tan de Edad Media, un 
reflejo de los anhelos por el saber, por una mayor cultura, por lo maravi- 
lloso científico, que animaba y enardecía a la sociedad europea en el 
siglo XIII. 

106. Poema de Fernán -González. — Ya hemos hablado del 
Poema de Fernán-González (111-23). Como se dijo, el fondo del poema es 
una canción de gesta sobre el famoso Conde de Castilla, unida con tradi- 
ciones o leyendas del Monasterio de Arlanza, como la del monje Pelayo, 
aparición de San Millán, etc. En cuanto a su forma, es una imitación de 
Gonzalo de Berceo y del Libro de Alexandre. El autor empieza como Berceo: 

En el nombre del Padre que fiso toda cosa, 
El que quiso nascer de la Virgen preciosa, 
Del Espíritu Santo que igual de ellos posa, 
Del Conde de Castilla quiero fer una prossa. 



Y en el cuerpo de la composición intercala versos del Alejandro, imita 
sus cuadros y lo cita diferentes veces. Por tanto, debió de ser muy entrado 
ya el siglo xni, quizás avanzada su segunda mitad, cuando fué escrito este 
poema. Que el poeta era castellano viejo, o, mejor dicho, montañés, de la 
Montaña de Burgos — como se decía entonces, — indícanlo los entusiásti- 
cos encomios de Castilla y de la Montaña que abundan en el # poema: 

. . . Castylla la preciada, 

Non serya en el mundo tal provincia fallada. 

(Copla 58.) 

Pero de toda Espagna, Castylla es la mejor, 
Porque fué de los otros el comiendo mayor. 

Aun Castylla la Vyeia, al mi entendimiento 
Meior es que lo al 



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(Copla 159.) 

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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 



Varones castellanos, este fué su cuydado, 



De una alcaldía pobre, fyciéronla condado, 
Tomáronle después cabeza de regnado. 

(Copla 174.) 

Quando decía Castylla, todos con él esforzaban 

(Copla 260.) 

Sobre todas las tierras mejor es la Montanna, 
De vacas e de oveias non hay tierra tamanna, 
Tantos hay de puercos que es fyera fazanna. 

(Copla 148.) 

Precede a la historia de Fernán-González una introducción de ciento 
setenta y tantos versos, resumen de la Historia de España desde su pérdida 
por la conquista musulmana: 

Contar os he primero commo la perdieron 
Nuestros antecesores, en qual coyta visglieron. 



El resumen está tomado en gran parte del Chorícon Mundi, de D. Lucas 
de Tuy, y contiene varias tradiciones; entre ellas, la del Conde D. Julián y 
la de Bernardo del Carpió. 



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LA LITERATURA ESPAÑOLA EN LA 



EDAD MEDIA * XII. - 


EL SIGLO XIII. 


(Conclusión) (1) ^ ^ 


V V V 



Poesía provenzal en esta centuria. La Canción de 
la cruzada. Guillermo de Tudela. — La poesía tro- 
vadoresca se cultivó en España durante todo el siglo xm, y 
en la misma lengua de los trovadores: la provenzal. 

Una de las más famosas composiciones de esta literatura 
en aquel período es la Cansos de la crozada contra' Is erejes d'Abbegés, na- 
rración poética (9.578 versos divididos por grupos o series de versos mo- 
norritmos) de la guerra contra los albigenses, y la cual comienza: 

El non del Payre e del Filh e del Sant Esperit 
comensa la cansos que maestre Guilhem fit, 
un clerc que fo en Navarra, a Tudela, noirit, 
fois vint a Montalbá, si cum l'hestoria dit (2). 



(1) 107. Poesía provenzal en esta centuria. La Canción de la cruzada. Guillermo 
de Tudela. — 108. Trovadores catalanes. Serveri de Gerona. — 109. D. Alfonso el Sabio. 
Cantigas de Santa María. — 110. La prosa castellana en el reinado de San Fernando: 
A) Historia. B) Traducciones del árabe. Calimna e Dimna. Q El Fuero Juzgo.— 111. La 
prosa en el reinado de Alfonso el Sabio: A) Traducción de la Biblia. B) Traducción 
del Sendebar y del Bonnium. C) Trabajos científicos. D) Estoria de Espanna. E) Grande 
et general Estoria. F) Las Partidas. 112. La prosa en el reinado de Sancho el Bravo. 
La Gran Conquista de Ultramar. El Caballero del Cisne. — 113. Libro de los castigos e 
documentos. Lucidario. — 114. La prosa catalana. Crónica de D. Jaime I. 

(2) "En nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo comienza la canción que hizo maestro Gui- 
llermo, un clérigo que fué de Tudela, en Navarra, y vino después a Montalván, como dice la historia*. 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Fauriel puso en duda la persona y patria de este Guillermo de Tudela, 
atribuyendo la Canción de Cruzada a un poeta del Langfledoc. Milá y Fon- 
tañáis encontró en varios pasajes de la obra frases y giros impropios de un 
clérigo, y que parecen revelar a un juglar o trovador ambulante, inclinán- 
dose a que este trovador debió de ser efectivamente español, como reza la 
estrofa trascrita; pero sin duda originario de Gascuña, y establecido en el 
barrio franco de Tudela. Paul Meyer ha estudiado con toda profundidad la 
Canción, y deducido que es obra de dos autores: uno, el primitivo, que es 
nuestro Guillermo de Tudela, familiar del Conde Balduino, hermano de Ra- 
món VI de Tolosa, y el cual la compuso en el sentido más favorable a los 
cruzados y contra los albigenses y sus protectores; vino después el segundo 
poeta, que es, sin duda, el cantor ambulante que sospechó Milá, y que pro- 
fesaba ideas contrarias a las de Guillermo, y la completó y refundió, aun- 
que dejando Íntegros largos trozos denunciadores de la mano antialbigense 
que los habia escrito (1). 

108. Trovadores catalanes. Serverí de Gerona. — No es 
Guillermo de Tudela el único trovador genuinamente provenzal que se 
cita de estas regiones de la Península: hablase de un Pedro de Tolosa, de 
Guipúzcoa, y de un Pedro Español, a quien se supone castellano; pero don- 
de la poesía trovadoresca floreció y brilló con luz propia y gran intensidad 
fué en Cataluña, en torno de D. Jaime el Conquistador y de su hijo Pe- 
dro III. Allí resplandecieron Guillermo de Cervera (2), Guillermo de Mur, 
del cual se conservan un serventesio excitando a Don Jaime a tomar parte 
en las Cruzadas, y tres tensiones con Giraldo Riquier, Guillermo Pedro de 
Casáis (3), y sobre todo Serverí de Gerona. Poco se sabía de este trovador, 
que Milá y Fontanals estudió detenidamente, coleccionando algunas de sus 
poesías, trabajo que se ha completado después con el hallazgo de un can- 
cionero que, según fundadas conjeturas, perteneció a los Condes de Uigel. 
Todos los caracteres del trovadorismo aparecen en Serverí, como en uno 
de tantos maestros de la escuela: tiene sus obligadas canciones en loor 
de una dama que no nombra, y de la cual se dice profundamente ena- 
morado, y se recrea en las más difíciles combinacinoes métricas, llegando 



(1) Bibliothéque de l'Ecole des Chartes, VI Serie. Tomo I. 

(2) Figuraron cinco Guillermos de Cervera en los fastos trovadorescos, y sólo se conserva una poesía 
con esa firma, que, según todas las probabilidades derivadas del asunto y del lenguaje, debe de ser del co- 
rrespondiente a los últimos años del reinado de D. Jaime. 

(3) Probablemente era de la Cerdaña, aunque no cabe afirmarlo en redondo. 

243 

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Sí 

3 






99 



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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 



a componer estancias de versos monosilábicos y bisilábicos, de la si- 
guiente factura: 



Tans 
afans 
pezans 
e dans 
tan grands 
d'amor 

ay 

ses jais, 
qu'esmay, 
esglay 
mi fay 
don flor. 



Mas al lado de esto hay en Serven dos notas distintivas que merecen 
especial atención. Una es el fin moralizador de muchas de sus trovas, que 
toman la forma de proverbios o sentencias propia de algunos libros bíbli- 
cos, y de los que compusieron los árabes y tuvieron por este tiempo tanta 
aceptación entre los cristianos. Serven seguía esta corriente al fulminar sus 
terribles invectivas contra las mujeres malas, y en general contra todos los 
vicios y pecados. "Triste casa, dice, en la que hay hambre; pero más triste 
y odiosa la que alberga una mujer deshonesta". "Para una mujer vale la 
honra más que para una ciudad acometida de enemigos los baluartes que 
la defienden". "Ágil y flexible es la serpiente; pero más agilidad se nece- 
sita para evitar los lazos de una mujer mala". 

La otra nota distintiva de Serven son los catalanismos que invaden su 
dialecto provenzal. Se ve que es ya un poeta de transición, que sostiene 
valientemente su léxico, amenazado por la creciente influencia del catalán. 

109. Don Alfonso el Sabio. Cantigas de Santa María. — 
El más insigne representante de la poesía galaico-portuguesa en el siglo xm 
no fué gallego ni portugués, sino tan castellano como nuestro rey Alfonso X 
el Sabio. Apócrifas son, según ya se ha dicho, las poesías castellanas que 
se le atribuyen, e igualmente las provenzales; pero auténticas de toda auten- 
ticidad las galaico -portuguesas. Hasta la aparición de los Cancioneros no 
eran conocidas otras poesías del Rey Sabio que las Cantigas de Santa 
María, que es la más antigua colección de versos en galaico -portugués; 
después de publicados, ya sabemos que D. Alfonso cultivó en esta lengua 
todos los géneros trovadorescos, sin desdeñar los más procaces y desver- 
gonzados. 



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XII. -EL SIGLO XIII (Conclusión) 

Compuso terribles seruentesios, como dos contra un cobarde o felón 
que desertó de la guerra: 

O que foy passar a serra 
E non quis servir a térra 



Maldito seia 



O que filhou gram soldada 
E nunca fez cavalgada, 
E por non ir a Granada, 

Que favoneia 
Se e'ric ornen ou ha mesnada, 

Maldito seia. 



Compuso una sátira obscena contra el Deán de Calez, del que cuenta 
que tenia un libro mágico y hierbas a propósito para pervertir a las muje- 
res. Compuso una canción a la Balteyra, ramera de gran partido entre los 
trovadores portugueses, que a porfía ensalzaron sus hechizos, sin duda más 
certeros y eficaces que los preparados con tan mala intención por el de 
Calez. Su maestría en el trovar llegó a la meta, y si no hizo, como Serveri 
de Gerona, versos de una y dos silabas, que ya no son versos ni nada, sí 
preciosos de cuatro: 

O ginete 
Poy remete 
Seu alfaraz 
Corredor. . . 

Mas la obra poética del Rey más considerable y más digna de la fama 
son las citadas Cantigas de Santa María (428 cantigas), que compuso efec- 
tivamente para ser cantadas, y en el magnífico Códice del Escorial (1) tie- 
nen la puntuación musical (2). Seguramente estas canciones no fueron com- 
puestas de una vez, sino conforme iban impresionando a Don Alfonso los 



(1) Hay dos códices en El Escorial. Del principal se hizo la edición monumental por la Academia Espa- 
ñola (1889), dirigida por el Marques de Valmar, reproduciendo las miniaturas cromo-litográficamente. En 1889 
era éste el procedimiento mas perfecto de reproducción; en los últimos veinticinco años han adelantado 
tanto estas artes, por virtud de las aplicaciones de la fotografía, que la edición tan esmerada y costosa de 
las Cantigas hace deslucido papel al lado de las de otros códices medioevales que vienen de Bélgica, Francia 
y Alemania. 

(2) El P. Luis Villalba, director de La Ciudad de Dios, y tan buen literato y profundo conocedor de la 
historia de la Música como músico excelente, ha trasportado a la puntuación moderna la de varias de las 
cantigas, y las ha hecho cantar con general aplauso en las fiestas religiosas y académicas del Real Monas- 
terio del Escorial. 

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SALCEDO * LA LITERATURA ESPAÑOLA 

milagros y favores de Nuestra Señora que llegaban a su conocimiento; y 
asi, hay cantigas de todas las épocas de la vida del Rey. Algunos de los 
milagros son los mismos que cantó Gonzalo de Berceo; otros proceden de 
libros piadosos o de la tradición popular. Literariamente consideradas, ad- 
mira la variedad de metros, desde endecasílabos: 



De mi gran fermosura una cjoncela 



hasta octosílabos: 



Bien pesi esta os reys 
Da mar, en Santa María 
Ca e las muy grandes coitas 
La os acorre e os guia. 

De esta riqueza de formas poéticas véanse algunas otras muestras: 

Ben veunas maio con toda saude 
Per que loemos a de gran veturde 
Que a Deus rogue que nos semp'rainde 
Contra o demo et dessi nos escude. 
Ben vennas maio e con lealtade 
Per que loemos a de gran bondade 
Que sempre aia de nos piedade 
et que nos guarde de toda maldade. 



Compárese con esta otra: . 

Dios te salve gloriosa 

Reina Maria 

Lune d'os santos, fermosa 

Et d'os ceos guia 



Y con ésta: 



Non catades como 
Pequeia assas. 
Mais catad o gran 
Ben que en nos ias; 
Ca no me fesestes 
Como quien fas 
Sa cousa quita 
Toda per assí. 

{Santa Maria! ¡Nemmbre vos de mi! 
Non catades a como 
Peque y gren, 



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XII. ■ EL SIGLO XIII (Conclusión) 



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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Mais catad o gran ben 

Que nos Deus den; 

Ca outro ben senon 

Nos non ei eu 

Des cuando nasci. 

¡Santa María! ¡Nemmbre vos de mil 

110. La prosa castellana en el reinado de San Fernando: 
A) Historia. B) Traducciones del árabe. Calimna e Dimna. 
C) El Fuero Juzgo. — En el siglo xm brotan la prosa castellana y la 
prosa catalana, que hasta entonces sólo se habian empleado en escrituras y 
documentos particulares — no en todos. — El P. Risco, Campomanes, Mar- 
tínez Marina, Amador de los Ríos y Ticknor tuvieron por más antiguo do- 
cumento de la prosa castellana el Fuero de Aviles (Alfonso VII- 1151); pero 
D. Aureliano Fernández Guerra demostró su falsedad. 

A) La prosa castellana empieza con San Femando. La lengua latina 
continuaba siendo el instrumento propio de la Historia; en ella compuso el 
obispo D. Lucas de Tuy su Crónica, por encargo de doña Berenguela, que 
terminó en 1236, y el arzobispo de Toledo D. Rodrigo Ximénez de Rada 
(nacido en Puente la Reina hacia 1170, elevado a la Sede primada en 1210, 
y que vivió hasta 1247), su Historia Gothica y su Historia Arabum, que el 
santo Rey le hizo romancear, según consta por el título de Crónica que 
Maestro Rodrigo, argobispo de Toledo, compuso rogado por D. Fernando, 
rey de Castiella, de que existe un códice en la catedral de Toledo, de 1243, 
y otro, con todas las obras del insigne prelado, de 1256. 

B) Por encargo del Santo Rey compusiéronse también probablemente 
el Libro de los Doce Sabios y las Flores de Filosofía, que, aunque contie- 
nen máximas cristianas y otras de moralistas clásicos, y no se conozca un 
original arábigo de que procedan, pertenecen al género didáctico oriental, 
de que ya se ha tratado, y si no tuvieron un original en árabe, es porque 
debieron de tener varios. 

Del tiempo de San Fernando es igualmente la traducción castellana del 
Calimna y Dimna, pues aunque el códice primitivo apunta como fecha la 
era de 1299, es decir, el año de 1261, expresamente declara que fué roman- 
zado por mandato del infante don Alfonso, fijo del muy noble rey don Fer- 
nando. Esta versión es anterior a la latina de Juan de Capua, y precede a 
todas las hechas en lenguas modernas. El Calimna y Dimna castellano lleva 
un prólogo doctrinal sobre la sabiduría y la virtud. En la isla que es teatro 
de los sucesos narrados reina el león, teniendo por ministros a dos chaca- 
les (Calimna y Dimna), los cuales intrigan contra un buey por envidia, con- 

254 

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XII. - EL SIGLO XIII (Conclusión) 




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Facsímil del prólogo y primera Cantiga de los "Cantares y Loores del Rey Sabio" 



siguiendo que el león lo mate; por fin es descubierta su maldad, y ellos 
castigados. Sobre este argumento general desarróllanse multitud de "en- 
xemplos de homes et de aves et de animalias," esto es, de fábulas. Véase 
por muestra la tan famosa de la lechera, que en esta primitiva colección 
no es lechera, ni siquiera mujer, sino un religioso; seguramente, un bralunán 
en el original indio: 



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SALCEDO -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

* Dicen que un religioso había cada día limosna de casa de un merca- 
der rico, pan e miel e manteca et otras cosas, et comía el pan e lo al con- 
densaba, e ponía la miel e la manteca en una jarra, fasta que la finchó, et 
tenia la jarra colgada a la cabecera de su cama. Et vino el tiempo que en- 
careció la miel et la manteca, et el religioso fabló un día consigo mismo, 
estando asentado en su cama, et dixo asi: " Venderé cuanto está en esta 
jarra por tantos maravedís, e compraré con ellos diez cabras, et empreñarse 
han e parirán a cabo de cinco meses; et fizo cuenta desta guisa, et falló que 
en cinco años montarían bien cuatrocientas cabras. Desi disco: 'Venderlas 
he todas, et con el precio dellas compraré cien vacas, por cada cuatro cabe- 
zas una vaca, e haberé simiente e sembraré con los bueyes, et aprovechar- 
me-he de los becerros e de las fembras, e de la leche e manteca, e de las 
mieses habré grant haber, et labraré muy nobles casas, e compraré siervos 
e siervas, et esto fecho casarme-he con una mujer muy rica e fermosa e de 
gran logar, e empreñarla-he de fijo varón, e nacerá cumplido de sus miem- 
bros, et criarlo-he como a fijo de rey, e castigarlo-he con esta vara si non 
quisiere ser bueno e obediente. Et él diciendo esto, alzó la vara que tenia 
en la mano et ferió en la olla que estaba colgada encima del, e quebróla, e 
cayóle la miel e la manteca sobre su cabeza - . 

C) Al llegar al trono San Fernando hacía ya mucho tiempo que 
florecía la ciencia del Derecho, impulsada por el renacimiento de los estu- 
dios de la Jurisprudencia romana, de que era foco potente la Escuela o 
Universidad de Bolonia. España participaba de este resurgir de la ciencia 
jurídica, y ya en la época del arzobispo Gelmirez se marca la presencia en 
Santiago de un profesor de Derecho, retribuido por el mismo Arzobispo, y 
que tenia escuela pública de su Facultad. El docto catedrático de la Uni- 
versidad Central Sr. Canseco ha encontrado en los archivos catedralicios 
testimonios fehacientes de que los cabildos sostenían pensionados en Bo- 
lonia — en cuanto venía uno iba otro, — y estos boloñeses traían a nuestra 
patria la ciencia de los glosadores — civilistas o romanistas y canonistas — 
de que ha partido como de sólida e imperecedera base la Jurisprudencia 
moderna. Al alborear el siglo xm la sociedad española, ya muy desarrollada 
en riqueza y cultura, sentía estrechas y mezquinas las fórmulas del llamado 
Derecho germánico, de que eran aquí expresión los Fueros nobiliarios y 
municipales. Queríase, o mejor dicho, se necesitaba volver atrás, al amplio 
y sabio Derecho romano. 

Desde las esferas del Poder supremo, San Fernando inició este retorno 
a la olvidada Jurisprudencia del pueblo -rey, y a su vez favoreció el entro- 
nizamiento de la lengua vulgar haciendo traducir a ella el Fuero Juzgo, 
44 n .dolo por ley municipal a los cordobeses en 1241, y más tarde a los 

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XII." EL SIGLO XIII (Conclusión) 

sevillanos y murcianos. El lenguaje de esta versión es tal, que fundada- 
mente hace dudar a muchos de que pueda ser la primera composición en 
prosa castellana, a no admitir que ésta nació, como Minerva, armada ya de 
todas armas de la cabeza de Júpiter. Véase, por ejemplo, cómo habla de 
la ley: 

"Fué fecha porque la maldad de los homes fuese refrenada por miedo 
de ella, e que los buenos visquiesen seguramente entre los malos, e que los 
malos fuesen penados por la ley, e dejasen de facer mal por el miedo de 
la pena". 

Y véase también con qué varonil energía establece la obligación de 
defender a la patria con las armas: 

"Si aquéllos aman la tierra que se ponen a muerte por la defender, 
"¿por qué non diremos nos que aquellos que la non quieren vengar que 
"la non aman, e que la desamparan? ¿E como nos podemos creer que aque- 
llos quieren salvar la tierra, los quales quando los amonestan que vayan 
"en la hueste, e non quieren ir, nin quieren estar en la hueste? 

" E por ende establecemos en esta ley que deste día adelante, quando 
"que quier que los enemigos se levantaren contra nuestro regno, tod omne, 
"de nuestro regno, si quier sea obispo, si quier clérigo, si quier conde, si 
" quier duc, si quier ricombre, si quier infanzón o qualquequier omne que sea 
"en la comarca de los enemigos, o si fuere legado de la frontera acerca 
"dellos, o si llegar allí a ellos por aventura dotra tierra, todo que sea cerca 
"de la frontera fasta 6 millas daquel logar o se faz la lid, depues que ge lo 
"dixiere el rey o su omne o pues que lo él sabe por si en qual manera se 
"quier, si mon a mano non fuere presto con todo su poder para defender el 
"regno, e si se quiere escusar en alguna manera, e non quisere ayudar a los 
"otros mano a mano por amparar la tierra, si los enemigos ficieren algún 
"danno, o cativaron algún omne de nuestro pueblo o de nuestro regno, 
"aquel que non quiso salir contra los enemigos por algún miedo, o por 
"escusación o por enganno, e non quiso seer presto por amparar la tierra, 
"si es obispo o clérigo, e non oviese onde faga emienda del danno que 
"ficieren los enemigos en la tierra, ser echado fora de la tierra como man- 
"daré el príncipe". 

111. La prosa en el reinado de Alfonso el Sabio: A) Tra- 
ducción de la Biblia. B) Traducción de Sendebar y del 
Bonnium. C) Trabajos científicos. D) Estoria de Espanna. 
E) Grande et general Estoria. F) Las Partidas. — Alfonso el 

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SALCEDO. — Literatura española. — Tomo I. 17 

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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Sabio "fué (dice el P. Mariana) el primero de los reyes de España que 
mandó que las cartas de ventas y contratos e instrumentos todos se cele- 
brasen en lengua española, con deseo que aquella lengua, que era grosera, 
se puliese y enriqueciese. Con el mismo intento hizo que los sagrados 
libros de la Biblia se tradujesen en lengua castellana. Asi, desde aquel 
tiempo se dejó de usar la lengua latina en las provisiones y privilegios 
reales y en los públicos instrumentos, como antes se solía usar; ocasión de 
una profunda ignorancia de letras que se apoderó de nuestra gente y na- 
ción, asi bien eclesiásticos como seglares". 

Esta ignorancia de que se duele Mariana provino de que, abandonado 
el latín, se cortó la comunicación intelectual con los sabios de otros tiem- 
pos y paises; ya no se supo leer, generalmente, sino lo escrito o traducido 
en castellano, muy poco comparado con la producción científica y literaria 
universal. Sin embargo, los clérigos, y en general los doctos, siguieron cul- 
tivando la lengua latina, y en las Universidades o Estudios no se usaba el 
castellano, ni aun en los patíos y claustros. 

A) La traducción de la Biblia que mandó hacer se hizo, según el 
P. Scio de San Miguel, hacia 1260, y está contenida en cinco códices de la 
Biblioteca de El Escorial, bajo el título de Historia general donde se con- 
tiene la versión española de toda la Biblia, traducida literalmente de la 
latina de San Jerónimo. Pone el P. Scio como ejemplo del estilo este salmo: 
a Alabad al Señor en los santos de Él; alabadle en el firmamento de la su 
verdad de Él; alabadle según la muchedumbre de la su grandes; alabadle 
en sueno de bosina; alabadle en salterio y en cítara; alabadle en atamor y 
en cor; alabadle en cuerdas y en órgano; alabadle en esquiletas de cantar; 
todo espíritu alabe al Señor". 

B) Ya hemos hablado de la traducción del Sendebar, obra del infante 
don Fadrique, titulada Libro de los Engannos de Muger, terminada en 1253, 
que dio a conocer por primera vez don José Amador de los Ríos (1), y ha 
estudiado profundamente Comparetti (2). He aquí una muestra de sus 
cuentos: 

"Señor, oy desir que un omne era celoso de su muger, et compró un 
"papagayo, et metiólo en una jabla, et púsolo en su casa, et mandóle que 
"le dixesse todo quanto viese faser a su muger. .. Et entró su amigo della. . . 
"el papagayo vio quanto ellos fisieron, et quanto el omne bueno vino de 
"su mandado, asentóse en su casa en guisa que non lo viese la muger, et 



(1) Hist. de la Ut. Esp.; tomo III, pág. 536. 

(2) Domenico Comparetti: Ricerche Lntorno al libro di Sindibad. (Actas del Instituto Lombarda — 
Milán -1869.) 



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XII. -EL SIGLO XIII (Conclusión) 



Facsímil de la primera página del "Libro de las Tablas", mandado escribir por el rey 
Don Alfonso el Sabio en Sevilla, era de 1321 

(Biblioteca de El Escorial.) 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

"mandó traer el papagayo et preguntóle todo lo que viera, et el papagayo 
"contógelo todo lo que viera faser a la muger con su amigo; et el omne 
"bueno fué muy sañudo contra su muger, et non entró más do ell^estava. 
"Et la muger coidó verdaderamente que la moga lo descubriera, et llamóla 
"estonce et dixo: Tu dexiste a mi marido todo cuanto yo fise. Et la moga 
"juró que non lo dixiera, mas sabet que lo dixo el papagayo. Et descendiólo 
"a tierra et comengole a echar agua de suso como que era lluvia, et tomó 
"un espejo en la mano et parógelo sobre la jabla, et en la otra mano una 
"candela, et parávagela de suso, et cuidó el papagayo que era relámpago: 
"et la muger comengó a mover una muela, et el papagayo cuidó que eran 
"truenos; et ella estovo así toda la noche fasiendo fasta que amanesció. Et 
"después que fué la mañana vino el marido et preguntó al papagayo: ¿Viste 
"esta noche alguna cosa? Et el papagayo dixo: Non pude ver ninguna cosa 
"con la gran lluvia et truenos et relámpagos que esta noche fiso. Et el omne 
"dixo: ¿En cuanto me has dicho es verdat de mi muger así como esto? Non 
"ha cosa más mintrosa que tú; et mandarte he matar. Et embió por su 
"muger et perdonóla et fisieron pas. Et yo, señor, non lo di este exiemplo, 
"si non porque sepas el engaño de las mugeres, que son muy fuertes sus 
"artes et son muchas, que non an cabo nin fin". 

También es de este reinado la traducción del Bonnium o Bocados 
de oro. 

C) De las obras científicas de D. Alfonso no hay que hacer aquí sino 
ligerísima mención. No es suyo el Libro del Tesoro o del Candado que se 
le ha atribuido, sino de algún alquimista del siglo xv (1); pero compuso o 
hizo componer hasta veintiún trabajos, y entre ellos las Tablas Astronómi- 
cas o Tablas Alfonsles, redactadas en Toledo por los sabios Zehudah-beu, 
Moseh-beu y Rabb Zag-beu-Zaquit-Metolitolap, que hasta el siglo xvii sir- 
vieron de texto en nuestras Universidades; el Libro de la octava esfera y 
de sus cuarenta y ocho figuras, traducido del árabe, así como otros varios 
de este género; el Libro de la propiedad de las piedras, dividido en tres 
lapidarios, etc. En libros orientales está también inspirado el tratado de 
Juegos de ajedrez, dados e tablas. Obra de D. Alfonso X es, finalmente, 
por el irrecusable testimonio de su nieto D. Juan Manuel, el Tratado de 
Montería, aunque posteriormente se haya atribuido a D. Alfonso XI. 

Igualmente, reinando Alfonso el Sabio fué concluido El Setenario que 
mandó componer San Fernando, libro que muchos han supuesto equivoca- 
damente obra legislativa — el boceto de las Partidas, — y en realidad es 
un compendio enciclopédico de la ciencia en el siglo xm, o sea de las siete 

(3) José Ramón de Luanco: La Alquimia en España; tomo 1. 

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XII. - EL SIGLO XIII (Conclusión) 

naturas éngendradoras de los siete súberes; el trivio: Gramática, Retórica y 
Lógica, y el cuatriulo: Música, Astronomía, Física y Metafísica, con nociones 
de Aritmética y Geometría. 

D) El género histórico debe al Rey Sabio dos obras maestras en su 
línea. 

Una es la Estoria de Espanna que fizo el muy noble rey don Alfonso, 
fijo del rey don Fernando et de la reyna donna Beatriz. No se sabe cuándo 
fué concluida; pero sí que no la vio terminada D. Alfonso, y que se conti- 
nuaba bajo Sancho IV en 1289. Don Juan Manuel hizo un compendio o 
Crónica abreviada. En 1344, otra Crónica general, siguiendo el plan de la 
primera, e hiciéronse nuevas crónicas y diversas ediciones, engendrándose 
tal confusión, que Gonzalo Fernández de Oviedo pudo decir. *En todas las 
"que andan por España que General Historia se llaman (al menos las que 
"yo he visto) no hallo una que conforme con otra, e en muchas cosas son 
"diferentes". En 1541 imprimióse en Zamora la Estoria de Espanna por 
una edición o códice que no es de los actualmente conocidos, vista y emen- 
dada mucha parte de su Impresión por el maestro Florión de Ocampo, 
cronista del Emperador. A D. Ramón Menéndez Pidal le corresponde la 
gloria de haber restaurado el texto de la primitiva Estoria, distinguiéndolo 
de las modificaciones posteriores, y publicándolo en la Nueva Biblioteca de 
Autores Españoles (tomo V). 

Tiene la Estoria de Espanna un prólogo de D. Alfonso en que hace 
constar las fuentes de que se valió. M . . . mandamos ayuntar, dice, cuantos 
"libros pudimos aver de estorias en que alguna cosa contassen de los fechos 
*d 'Espanna, et tomamos de la crónica dell Arzobispo D. Rodrigo que fizo 
"por mandado del rey D. Fernando nuestro padre, et de la de Maestre 
•Lucas, Obispo de Tuy, et de Paulo Orosio. . ., etc. a Comienza contando 
"De cuomo Moysen escrivló el libro que ha nombre Génesis, e del diluvio", 
y llega hasta la muerte y entierro del rey San Fernando. 

Son desconocidos los colaboradores o redactores de la Estoria de Es- 
panna, que por su mezcla de verdadera historia y poéticas leyendas, por su 
espíritu grave y a la vez candoroso y por su estilo pintoresco, tiene singular 
encanto para cuantos sienten la belleza de lo antiguo y no son refractarios 
al lenguaje arcaico. Cítanse como muy probables auxiliares del Rey sabio 
en esta obra al franciscano Juan Gil de Zamora, preceptor de Sancho IV, y 
autor de dos libros históricos en latín, y al canónigo de Toledo Jofsé de 
Loaisa, autor de una continuación de la Historia Gótica, cuyo original se 
ha perdido, conservándose una traducción de Armando de Cremona. 

Como muestra del estilo de la Estoria de Espanna, he aquí un frag- 
mento de la postrera Comunión de San Fernando: 

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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

"Et pues que este bienaventurado et sancto rey don Fernando vio que 
•era conplido el tiempo de la su vida, et que era llegada la ora en que avia 
" de finar, fizo traer y el su Salvador, que es el Cuerpo de Dios, y la Cruz 
" en que está su semejanza de Nuestro Sennor Jeshu Cristo. Et vio venir 
"contra sí el freyre que lo aduzie, fizo una muy maravillosa cosa de grant 
" omildat; ca a la ora que lo asomar vio, dexose derribar del lecho en tierra, 
"et teniendo los ynoios fincados, tomó un pedago de soga que mandara y 
"apegar, et echosela al cuello. Et demandó primero la cruz, et pararongela 
"delante, et encrimose mucho omildosamente contra ella; et tomóla en las 
"manos con muy grant devoción, et comentóla a orar nombrando quantas 
"penas sopiera Nuestro Señor Jeshu Cristo en ella por nos, cada una sobre 
"sy, et en como las recibiera, besándola muchas vezes, feriendo en los sus 
"pechos muy grandes feridas, llorando muy fuerte de los oios, et culpán- 
dose mucho de los sus pecados, et manefestandolos a Dios et pendiendo 
"merced et perdón, et creendo et otorgando todas creencias verdaderas que 
"a todo el fiel cristiano convienen creer et otorgar. 

"Desi demando el cuerpo de Dios su Salvador, et pararongelo delante 
"otrosy; et el teniendo las manos iuntas contra él con tan grant omildat 
"llorando muy de rezio, deziendo muchas palabras de grant creencia et de 
"grant dolor; et desque el sancto rey uvo complido todas estas convenibles 
"cosas de grant creencia que el fizo, recibió el cuerpo sancto de Dios de 
"mano del dich arzobispo don Raymundo de Sevilla". 

E) La otra obra importante del género histórico es la Grande et Ge- 
neral Estoría, de que aún no se han publicado sino breves trozos, como el 
referente a la historia de José, el hijo de Jacob, por D. Ramón Menéndez 
Pidal en su estudio sobre el Poema de lussuf (1). 

F) Donoso Cortés ha dicho que las tres obras maestras de la Edad Media 
son la Catedral de Colonia, la Divina Comedia, del Dante, y las Partidas. 
De las Partidas puede afirmarse, por lo menos, con el primer Marqués de 
Pidal, que así como la Divina Comedia fijó definitivamente la lengua italia- 
na, fijaron ellas nuestro romance, que en los siglos posteriores ha podido 
modificarse, pulirse y perfeccionarse; pero sus frases y giros y su índole 
sintáctica son fundamentalmente los mismos. Los redactores de las Partidas 
hubieron de ensanchar prodigiosamente las fronteras del castellano, incor- 
porando a él muchedumbre de palabras y frases que aún no tenía y eran 
indispensables para expresar, no sólo todo el Derecho romano y el Canóni- 
co, sino casi cuanto se sabía en aquella época, pues en este Código se 
cumple al pie de la letra la fórmula estoica de ser la jurisprudencia "noticia 



(1) Rev. de Archivos - 1802. 

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XII. ■ EL SIGLO XIII (Conclusión) 



Facsímil de la IX página del "Libro de las Tablas", mandado escribir por el rey 
Don Alfonso el Sabio en Sevilla, era de 1321 

(Biblioteca de El Escorial) 
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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

de todas las cosas divinas y humanas, a la vez que ciencia de lo justo y de 
lo injusto". Asi que esa obra tan singular es interesante en el más alto 
grado, no sólo para los juristas, sino para el historiador y el literato, ya 
que el autor no se limita a formular secamente las leyes, sino que las 
comenta como sociólogo y como filósofo las discute, presentándonos un 
cuadro completo de todas las clases de la sociedad, haciéndonos conocer las 
virtudes y los vicios y describiéndonos las costumbres, de tal suerte que, 
como dice Ernesto Merimée, no hay libro más útil para comprobar y, fre- 
cuentemente, para explicar las noticias de las obras literarias contemporá- 
neas y posteriores 41 . 

El lenguaje de las Partidas es maravilloso por su precisión y claridad, 
y encantador por su gracia. Véase, por ejemplo, cómo explica lo que es el 
matrimonio: 

"Honras señaladas dio nuestro Señor Dios al orne sobre todas las cria- 
turas quel fizo. Primeramente, en facerlo a su imagen e a su semejanza, se- 
gund él mismo dijo, ante que lo ficiese; en darle entendimiento de conocer 
a El e a todas las otras cosas. . . Otrosí honró mucho al orne en que todas 
las criaturas que El avia fecho le dio para su servicio. E sin todo esto, ovóle 
fecho muy grand honra, que fizo mujer que le diese por compañera, en 
que ficiese su linaje; e establesció el casamiento dellos ambos en el Paraíso, 
e puso ley ordenadamente entre ellos, que asi como eran de cuerpos depar- 
tidos segund natura, que fuesen uno en cuanto a su amor, de manera que 
non se pudiesen departir, guardando lealtad uno a otro, e otrosí que de 
aquella amistad saliese linaje de que el mundo fuese poblado, e El loado 
e servido*. 

Pues véase también de qué modo tan donoso prohibe que las mujeres 
ejerzan la profesión de abogado: 

"Ninguna mujer, cuanto quiera que sea sabidora, non puede ser abo- 
gado en juicio por otri. E esto por dos razones: La primera, porque non es 
guisada nin honesta cosa que la mujer tome oficio de varón, estando pú- 
blicamente envuelta con los ornes para razonar por otri. La segunda, por 
que antiguamente lo defendieron los sabios, por una mujer que decían Cal- 
furnia, que era sabidora, porque era tan desvergonzada, que enojava a los 
jueces con sus voces que non podían con ella. Onde ellos catando la pri- 
mera razón que dijimos en esta ley, e otrosí veyendo que cuando las mu- 
jeres pierden la vergüenza es fuerte cosa de oirías e de contender con ellas, 
e tomando escarmiento del mal que sofrieron de las voces de Calfurnia, 
defendieron que ninguna mujer non pudiese razonar por otri". 

Nadie sostiene hoy la opinión del P. Burriel, hija de un entusiasmo 
irreflexivo, según la cual, el mismo Alfonso el Sabio hubo de redactar las 

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XII. - EL SIGLO XIII (Conclusión) 

Partidas. Fueron obra de varios, probablemente de muchos. Suele decirse 
en todos los libros que sus principales redactores fueron Jácome Ruiz, ayo 
que había sido del Rey, y para cuya instrucción compuso la Suma de leyes 
o Flores de las leyes, el maestro Roldan y el obispo Fernando Martínez; 
pero no hay ningún fundamento positivo para atribuirlas a estos juriscon- 
sultos, y no a otros de la época. Lo único que puede afirmarse es que las 
Partidas, consideradas en su fondo o jurídicamente, son producción de la 
escuela boloñesa, que tenía en España muchos e insignes representantes, y, 
por lo que se refiere a la forma, que las escribió, o revisó para darles uni- 
dad de estilo, un gran literato. No hay sino compararlas con las otras leyes 
contemporáneas suyas; v. gr., el Fuero Real, que está bien escrito, con 
mucha precisión de términos y en lenguaje imperativo y seco, que se acerca 
más al de la legislación moderna que el de las Partidas; pero ni en el Fuero 
Real ni en ninguna otra ley o compilación legislativa del siglo xm ni de las 
centurias siguientes se encuentran la riqueza de vocabulario, la flexibilidad 
sintáctica, el espíritu propio de nuestra lengua, el jugo, la intensidad de ex- 
presión, la riqueza de colorido, la gracia y hechizo, en suma, que ofrecen 
las Partidas, aun tratando de las más áridas materias del Derecho. El Fuero 
Real es la obra de un legislador que sabía escribir; las Partidas, de un lite- 
rato, un gran literato, como decimos. 

Las Partidas empezaron a componerse el día 23 de Junio de 1256, y se 
terminaron, según unos códices, nueve años y dos meses después, y según 
otros (los más), a los siete: E fué acabado desde que fué comenzado a siete 
años sumplidos. 

112. La prosa en el reinado de Sancho el Bravo. La 
Gran Conquista de Ultramar. El Caballero del Cisne. — 
Ha sido atribuida a Sancho el Bravo la compilación o traducción del libro 
La Gran Conquista de Ultramar o Historia de las Cruzadas (1); pero aunque 
quizás se concluyera o adicionara en el reinado de Don Sancho, es induda- 



(1) De La Gran Conquista de Ultramar se conservan tres códices: dos en la Biblioteca Nacional y uno 
en Palacio. Fué impresa en Salamanca (1503). La edición corriente es la de la Biblioteca de Autores Espafio- 
ftoles, dirigida por D. Pascual Gayangos. Gayangos se empeñó en que este Rey Alfonso de que habla el có- 
dice de Palacio es Alfonso XI y, por tanto, su padre Fernando IV, suponiendo que reina Beatriz era equi- 
vocación del copista, debiendo decir Constanza, y sustituyendo también el adjetivo santo que usa el códice 
por el de esforzado. Todo esto lo pone en claro el docto profesor de la Universidad de Zaragoza doctor Eme- 
terio Mazorriaga, en su libro 'La Leyenda del Caballero del Cisne*— Trascripción anotada del códice de la 
Biblioteca Nacional 2.454. Volumen I- Texto. — Madrid, 1914,* demostrando en el Prólogo la imperfección 
suma de la edición de Gayangos, el cual, a pesar de su nombradla, procedió al hacerla con inconcebible li- 
gereza. No hay que maravillarse demasiado, después de todo : los eruditos de la época de Gayangos mere- 
cen alabanza por haber iniciado en España, puede decirse, este linaje de estudios, o representar, por lo me- 
nos, en este orden un progreso extraordinario respecto de los del siglo XVIII y primera mitad del XIX, asi 

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SALCEDO - LA UTERATURA ESPAÑOLA 

ble que mandó hacerla Alfonso X. El códice de la Biblioteca de Palacio lo 
dice terminantemente: "Aquí acaba la estoría de la conquista de ultra- 
mar. . . e mandola sacar de francés en castellano el muy noble rrey don 
Alfonso de Castilla, el seteno rrey de los que fueron en Castilla que ovieron 
ansí nombre, fijo del muy noble e santo rrey don Fernando e de la rreina 
donna Beatriz. . . u No es conocido el original francés — o, según sospechan 
algunos, provenzal — de donde se sacó la versión; quizás el texto, manda- 
do componer por Alfonso X, fué adicionado o amplificado con otros. 

Lo cierto es que si como libro histórico vale éste muy poco, literaria- 
mente vale mucho, ya se considere su expresivo y pintoresco lenguaje cas- 
tellano, ya se atienda a las muchas leyendas que lo enriquecen. Allí tene- 
mos la historia carolingia de Pipino y Berta, hija de Flores y Blancaflor, 
convertidos en reyes de Almería — de Hungría, según los relatos trance- 
ees, — y con circunstancias reveladoras de haber seguido el traductor cas- 
tellano una versión más antigua que la francesa directamente conocida por 
el poema del trovero Adanes (últimos de este siglo xm) y que la que ha 
llegado hasta nosotros por la traducción italiana del siglo xiv, titulada 
Ireali di Francia; allí la leyenda de la acusación de la reina Sevilla, identi- 
ficada con Galiana, de cuyos palacios en Toledo nos da ya noticia la Gran 
Conquista (1); allí la Canción de los Sajones, también según una versión o 
texto más antiguo que el del poema francés de Bodel, contemporáneo de 
nuestro libro; allí la historia de Mainet, distinta de la contenida en la Esta- 
ría de Espanna de que hablamos más arriba (11-16) (2); allí la de Corbalán, 
sultán de Mossul, y de su madre la profetisa Halabra, la de Baldovin y la 
sierpe, la del Conde Harpín de Bourges, etc. Sin embargo, ninguna tan in- 



como éstos lo marcan en relación con los de los siglos XVI y XVII ; pero comparados con los de la época ac- 
tual valen muy poco o nada. Lo que el Sr. Mazorriaga ha comprobado en el caso concreto del Sr. Gayangos 
y de la Gran Conquista de Ultramar suelen comprobarlo cuantos, aplicando los métodos novísimos, se de- 
dican reposadamente a cualquier estudio de erudición ya hecho por cualquier autor de los más reputados 
de la generación precedente; claro que en todo hay excepciones. Además, todo cultivo extensivo es a expen- 
sas de la intensidad; el que hace muchas cosas de gran trabajo, pocas hace bien. En el mismo veneradi- 
simo D. Marcelino, ¿no hay sus lunares? Véase, por ejemplo, lo que dice de la comedia Vetula (Antolo- 
0ta-UI-LXXIII) y lo que escribe en Orígenes de la novela, XCIX, nota 2. Pero no deja el Sol de ser Sol por- 
que tenga manchas. 

(1) En Burdeos existen también unas ruinas de Gallien que se han supuesto de Galiana, o, mejor di- 
cho de Galiena, como escribió nuestro arzobispo D. Rodrigo, admitiendo la localizadón de la leyenda en la 
ciudad francesa. Sobre los palacios de Galiana en Toledo (véanse Amador de los Ríos: 'Toledo pintoresca, 
Madrid, 1845 • y V. de Palazuelos Guia artístico -práctica de Toledo.— Toledo, 1890) fantasearon mucho 
los escritores toledanos del siglo XIII; pero el origen de sus fantasías encuéntrase en La Gran Conquista de 
Ultramar. . . m en el alcázar menor que llaman agora los palacios de Galiana que él entonces había hecho 
muy ricos a maravilla en que se tuviese viciosa aquella su fija Halia, e este alcázar e el otro mayor de 
tal manera fechos que la infanta iba encubiertamente del uno al otro cuando quería*. 

(2) Véanse Gastón París: La chanson d'Antioche provéngale et La Gran Conquista de Ultramar (Ro- 
manía, tomo XVI). Puymagre: Les Vieux Auteurs Castillans (2. a Edición, 1890). Tomo II, capitulo VII. Me- 
néndez Pelayo: Tratado de los Romances. Tomo II. Página 338. 



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XII. - EL SIGLO XIII (Conclusión) 

teresante, ya por su poético contenido, ya por la extensión con que está na- 
rrada, ya por el interés que despierta entre nosotros por su vulgarización en 
nuestros días, merced al genio de Wagner, que la del Caballero del Cisne. 

Entra esta leyenda en La Gran Conquista de Ultramar bajo la suposi- 
ción de ser el fantástico caballero uno de los antepasados de Godofredo de 
Bouillón. He aquí una breve noticia de su argumento: 

Doña Isoberta, hija de los reyes Pompeo y Genesa, temerosa de que 
sus padres la casasen contra su gusto, se fugó de Palacio, y anduvo hasta 
que llegó a orillas de un brazo de mar, donde halló un barco amarrado a 
un árbol. Embarcóse a la ventura, dejó andar el barco a gusto del agua, y 
llegó al coto de casa del Conde Eustacio. Acometieron a la doncella los 
perros del Conde, y ella se guareció dentro del carcomido tronco de una 
encina; allí la encontró el Conde, y la mandó con su madre la Condesa Gi- 
nesa. Enamorado de Isoberta, se casó con ella; pero la suegra Ginesa llevó 
a mal su casamiento, y sólo pensó en perder a su nuera. Eustacio tuvo que 
marchar a la guerra, llamado por su señor el rey Rincumberte el bravo, y 
durante su ausencia parió Isoberta M siete infantes, todos varones, las más 
"fermosas criaturas que en el mundo podían ser, e así como cada uno na- 
"ció, venia un ángel del Cielo, e ponía a cada uno ün collar de plata al 
"cuello*. Sintió mucho el caballero en cuya casa había dejado el Conde a 
su mujer la fecundidad de ésta, "ca en ese tiempo toda mujer que de un 
"parto pariese más de una criatura, era acusada de adulterio, e matábanla 
"por ello - . La infame suegra, aprovechando el sueño del mensajero que 
iba a noticiar a Eustacio el maravilloso parto, le quitó la carta que llevaba, 
y la sustituyó con otra en que se decía haber parido Isoberta M siete póden- 
meos, e cada podenco con un collar de oro fres al cuello u . 

Eustacio era tan prudente caballero, que a pesar de haber leído la ho- 
rrible noticia, contestó a Bondaval — el caballero que guardaba a Iso- 
berta — que cuidase las criaturas hasta que las viera él; pero la infame sue- 
gra sustituyó también esta carta con otra en que le mandaba matar a la 
madre y a los siete infantes. Bondaval no se atreve a matar a la madre, y 
lleva los hijos al monte para sacrificarlos; pero tampoco se atreve, y los 
deja abandonados. Una cierva les dio de mamar, y al cabo los recogió el 
ermitaño Galliel. Enterada Ginesa, su perversa abuela, de que vivían, los 
atrajo con falso cariño al castillo en que moraba, y fué para hacerlos dego- 
llar, quitándoles antes los collares de plata; asi se comenzó a poner por 
obra, y ya estaban descollarados, e ibanlos a matar, cuando se tornaron en 
cisnes, y volando escaparon. Esto no les sucedió más que a seis de los her- 
manos, pues uno se había quedado con el ermitaño. Comprendió la chas- 
queada Ginesa que en los collares estaba el encanto, y mandó a un platero 

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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

que los deshiciese y con la plata fabricase una copa; fundió el platero el 
metal de uno de los collares, y a medida que la fundía iba agrandándose la 
plata, de suerte que resultaba más plata de un solo collar que la que apa- 
rentaban tener los seis. Tentado de codicia, el orífice — orez dice La Gran 
Conquista de Ultramar — hizo la copa de aquel collar, y guardó los restan- 
tes. Los niños, convertidos en cisnes, bogaban por un lago; un día encon- 
traron a su hermano y al ermitaño, y "fueron se le subir en los ombros, en 
"el regazo, e comenzaron muy fuertemente a f erir de las alas e a fazer muy 
"grandes alegrías*. No menos contentos quedaron el ermitaño y el hermano 
de aquellas aves tan inteligentes y cariñosas. 

Volvió Eustacio de la guerra, y se descubrió el enredo de su madre; 
pero ésta le dijo que había mandado matar a los niños porque, conforme al 
fuero de aquella tierra, mujer que paria más de un infante se tenia por adúl- 
tera, a no probar su inocencia en judicial combate, y que él quedaría des- 
honrado si no demandaba a su mujer. Asi lo hizo el Conde, y ya no falta- 
ban más que dos días del plazo concedido a Isoberta para presentar cam- 
peón que la defendiese, cuando su hijo — el único que conservaba forma 
humana, — avisado por un ángel, corrió a lidiar por su madre, y vence. 
Entonces la castigada fué Ginesa: "e por ende, fizo luego justicias a su ma- 
M dre; e mandóla tapiar de tapias muy altas, e allí la encerró, e defendió que 
"non la diesen a comer nin a bever, e de esta guisa morió la condesa Gi- 
"nesa entre aquellas tapias". 

Recuperáronse del platero los collares, y en cuanto fueron puestos a 
los cisnes, se tornaron de nuevo en hombres o mozos de diez y seis años 
que tenían de edad; uno de ellos hubo, sin embargo, de quedar en cisne, 
por ser su collar el que se había convertido en copa. "Estos mozos salieron 
"todos muy buenos caballeros de armas. . . Mas el mozo que lidió por sal- 
"var a su madre fué el mayor dellos, el mayor de cuerpo e el más apuesto 

"e el que nasció primero el que fincara cisne era el menor de todos. 

"E este cisne, desque vido que aquella era su madre, fuéle besar las ma- 
"nos con su pico, e comenzó a ferir de las aléis, e a facer grand alegría, e a 

"sobirle en el regazo, e nunca todo el día se quería partir della nunca 

"comíe sy cuando comíe su madre, e non facía comano otra ave: más an- 

"tes se apartaba como orne, e nunca se quitaba de los ornes e no le 

"menguaba al para ser orne, sy non la palabra e el cuerpo: ca también avía 
"el entendimiento". Al mozo que lidió por su madre le concedió Dios la gra- 
cia de salir vencedor en todos los rieptos por mujer injustamente deman- 
dada, y al cisne, la de guiar a su hermano adondequiera que hubiese una 
mujer necesitada del amparo de su brazo, "e por esto ovo nombre el Caba- 
llero del Cisne, e no le dieron otro nombre". 

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XII .-EL SIGLO XIII (Conclusión) 

El resto de la novela, menos poético que esta primera parte, son las 
aventuras del Caballero del cisne y del cisne que le guiaba. 

113. Libro de los castigos e documentos. Lucidario. — 
De Sancho IV, o por lo menos escrito bajo su inmediata dirección y toman- 
do él activa parte, es el Libro de los castigos e documentos, terminado 
en 1292, y dedicado a la educación de su hijo Don Fernando. Del género 
del Collar de perlas de Abuhamu y del Solovan de Aben Zafer, no es tra- 
ducción, sino obra original, de carácter y estilo más latinos que árabes, to- 
madas sus. máximas e historias de diversas fuentes, y que demuestra exten- 
sísima erudición sagrada y profana. En él se hallan la leyenda épica de los 
Velas, asesinos del conde Don García; consejas piadosas, como la de la 
monja que, resuelta a huir del convento con su amante, es castigada por el 
Crucifijo; cuentos tomados de la Disciplina clericalis, etc. (1). 

También de carácter didáctico, aunque de otro asunto, es el Lucidario, 
igualmente de Sancho el Bravo, en que se plantea una cuestión de gran 
actualidad en nuestra época: la armonía entre la ciencia y la fe, o sea en- 
tre la revelación y el conocimiento de la Naturaleza. Un estudiante resi- 
dente en una ciudad que tenía muchas escuelas en que se leían los saberes 
entró en la cátedra del arte que llaman de natura, y oyó cosas que le es- 
candalizaron profundamente por juzgarlas incompatibles con sus creencias 
religiosas; acudió a un maestro para que le resolviese aquellas contradic- 
ciones, y las explicaciones de tal maestro forman el cuerpo doctrinal del 
Lucidario. 

114. La prosa catalana. Crónica de Don Jaime I. — Lo que 
para la prosa castellana San Fernando, representa Don Jaime I para la ca- 
talana, con la diferencia de que el Conquistador la inicia, no excitando a 
escribir a otros, sino escribiéndola él mismo; su Crónica autobiográfica o 
comentarios de su reinado es el primer monumento de la prosa en dialec- 
to catalán, derivado de la lengua de oc, que con aquella hermosa obra 
elevó a idioma literario, emancipándolo por este concepto del provenzal 
que continuaron usando los trovadores catalanes en todo el siglo xm, y 
aun en el siguiente. La Crónica de Eu Jaume le Conquesidor fué impresa 
en Valencia en 1557; en 1848 la tradujeron al castellano D. Antonio Bofa- 
rull y D. Mariano Flotats; el sabio bibliotecario de la Universidad de Barce- 



(1) También publicado por Oayangos en la Biblioteca de Autores Españolea. Después de la critica del 
Dr. Mazorriaga sobre la Gran Conquista de Ultramar, impónese una prudente desconfianza respecto de 
todos los trabajos semejantes de Oayangos. 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 



Miniaturas de la Crónica de Don Jaime el Conquistador 

(Códice inédito procedente de Poblet, que se guarda en la Biblioteca de San Juan 

(Barcelona) 



lona D. Mariano Aguiló reprodujo tipográficamente el códice del Monaste- 
rio de Ripoll, escrito en 1343, marcando sus diferencias con la edición 
de 1557, y con motivo del centenario del nacimiento de Don Jaime, ocu- 
rrido el 2 de Febrero de 1208, y celebrado en 1908 en Montpelier, donde 
vino al mundo, y en todo el antiguo reino de Aragón, se hizo una edición 
verdaderamente regia de la Crónica Real. No dimana el mérito de esta his- 
toria únicamente de la condición de su autor, ni de la circunstancia de ser 
la primera obra escrita en catalán, sino también en gran parte de la obra 



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XII. -EL SIGLO XIII (Conclusión) 

misma, que, sin perder su carácter de historia objetiva, refleja intensamente 
la personalidad de su autor, y es, como éste, de un estilo enérgico, resuelto 
y vigoroso, templado por una encantadora sinceridad, o, mejor dicho, inge- 
nuidad, que trasparente la bondad natural del Rey, su acendrada fe religio- 
sa, su entusiasmo por todo lo grande y bello, su optimismo generoso, su de- 
seo de ser útil a la Cristiandad y a todos sus semejantes y de gobernar bien 
a sus subditos, y también sus flaquezas o debilidades humanas, hijas de lo 
mucho que le gustaron las mujeres. La Estoria d'Espanna, de Alfonso X, 
es una obra impersonal; parece escrita por Castilla, o, mejor dicho, por to- 
das las generaciones castellanas que habían sido hasta entonces, y que allí 
dejaron impresas sus leyendas y tradiciones. La Crónica de Don Jaime es 
la obra de un hombre, pero de un hombre grande que fué, no sólo caudillo, 
sino representación cumplida de todo su pueblo. 

También compuso Don Jaime — o quizás tradujo, aunque no se co- 
nozca hoy el original árabe — el Libro de la Saviesa, del mismo género que 
los Doce Sabios, de Castilla. 



Vista exterior del Monasterio de Ripoll (Gerona) 



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LA LITERATURA ESPAÑOLA EN LA 
EDAD MEDIA * XIII. - EL SIGLO XIV <*> 




Reseña política: Reyes de Castilla, Aragón y Por- 
tugal. — El siglo xiv es inaugurado en Castilla por Fernando IV 
el Emplazado (1295-1310). Vienen luego el largo reinado de Al- 
fonso XI (hasta 1350), el de D. Pedro el Cruel (hasta 1369), el 
de su hermano bastardo Enrique II (hasta 1379), el de Juan I (hasta 1390), 
y empieza el de Enrique III, que duró seis amos de la centuria siguiente. 
Alfonso XI salvó a España de la última gran invasión africana con su me- 
morable victoria del Salado (30 Octubre 1340), y fué durísimo en la repre- 
sión de la prepotente y anárquica oligarquía castellana, a cuyo frente figu- 
raban los Infantes descendientes de Alfonso el Sabio. Entre estos infantes, 
y por cierto de los más revoltosos, brilló D. Juan Manuel (nacido en Esca- 
lona el 5 de Mayo de 1282, y que debió de morir hacia 1349), hombre que 
si tuvo durante su vida gran importancia política, túvola, y la tiene har- 
to mayor en el orden literario. Pedro I no heredó la gloria de su padre, 
sin duda por falta de ocasión, pues condiciones tuvo para ganar batallas 



(1) 115. Reseña política: Reyes de Castilla, Aragón y Portugal. — 116. Caracteres 
generales de este periodo. — 117. Poesía épico-nacional: A) Emplazamiento de los 
Carvajales. B) Don Pedro el Cruel. C) El primer romance fronterizo. — 118. Mester de 
clerecía; literatura aljamiada: A) Poema de José. B) Vida de San Ildefonso. — 119. El 
Rabino de Carrión. — 120. Doctrina cristiana. Trabajos mundanos. La revelación de 
un ermitaño. Danza de la muerte. — 121. El Canciller Ayala como poeta. Rimado de 
Palacio. — 122. Intento de restauración de la poesía trovadoresca en Tolosa de Fran- 
cia. Sobregaya compañía de los siete trovadores. Breve noticia de los juegos florales 
hasta nuestros días. — 123. La poesía catalana en esta centuria. 

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i 



XIII. -EL SIGLO XIV 

del Salado si se le hubiera ofrecido; en cambio, sobrepujó a su progenitor 
en dureza de carácter, llegando a extremos de crueldad inconcebibles, y 
que inducen a sospechar un trastorno patológico de sus facultades menta- 
les. Con su barbarie facilitó a su hermano Enrique II la empresa de quitarle 
corona y vida. Y la lucha entre ambos hermanos y entre sus respectivos 
descendientes originó un fenómeno que después se ha repetido varias 
veces en nuestra historia: la dinastía enriqueña buscó y obtuvo el apoyo 
de Francia, y D. Pedro y sus desposeídas hijas, 
el de Inglaterra; así franceses e ingleses toma- 
ron parte activa y principal en las guerras civi- 
les de Castilla. 

Pedro IV el Ceremonioso fué el gran rey 
de Aragón en el siglo xiv (1335-1387). Suce- 
diéronle Juan el Cazador (1387-1395) y Martín 
el Humano, que reinó hasta 1410. La monar- 
quía aragonesa domina en este período, ya di- 
rectamente, ya por medio de príncipes de su 
dinastía, en todas las islas italianas del Medite- 
rráneo: es una potencia marítima de primer or- 
den, y tan italiana COmO española. Enrique II de Castilla, el de 

Ocuparon el trono de Portugal: Dionisio I— las Mercedes 

Don Dioniz — (1279-1325), Alfonso IV (1325- 13331OT 

1357), Pedro I (1357-1367), Fernando I (1367- £££ SSS5KW qESXl 
1383). Debió heredarle doña Beatriz, su hija, y de Tolcdo) 

mujer de Juan I de Castilla; pero los portugue- 
ses proclamaron al maestre de Avis D. Juan: la batalla de. Aljubarrota le 
aseguró la corona, y reinó hasta el año 33 del siglo xv. 

116. Caracteres generales de este período. — El siglo xiv lo 
consideran muchos historiadores — nuestro Amador de los Ríos, por ejem- 
plo — como un periodo decadente en el orden social y político, y aun 
artístico y literario, respecto de la anterior centuria. Mirando sólo a la 
esfera política y concretando la observación a España, nótase desde luego 
que los monarcas de este siglo carecen de la grandeza de los del prece- 
dente, que algunos son extremadamente crueles, y que en las luchas civiles 
hay como un espantoso recrudecimiento de la barbarie reinante en los 
primeros tiempos de la Edad Media. También se advierte que, considerado 
en conjunto, el progreso no es tan acelerado ni trascendental en ningún or- 
den de la vida como lo había sido en la centuria decimotercia: en el siglo xiv 
la civilización caminó por las sendas abiertas o ensanchadas en el xm, y si 

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SALCEDO. —Literatura española,— Tomo I. 13 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

de algún periodo histórico puede decirse con fundamento que es de transi- 
ción — lo que en su más genuino sentido debe afirmarse de todas épo- 
cas, — es de este siglo xiv, en que se desarrollaron tantos gérmenes y se 
desenvolvieron y lucharon los elementos creados en el anterior. 

El gran cisma de Occidente, que comenzó en Septiembre de 1378 y 
duró hasta 1416, es el acontecimiento europeo más importante, preparado 
de tiempo atrás por la corrupción del clero, poseedor de grandes riquezas 
y de inmensa influencia social, y por la oposición al Poder eclesiástico del 
Poder civil, engendrada por una triple corriente: la codicia sentida por los 
príncipes de los bienes y poderío de la Iglesia, el progresivo desarrollo del 
estudio del Derecho romano, que traia consigo el de las ideas cesaristas, 
contrarias a la supremacía pontificia, y el despertar del sentimiento nacio- 
nal en los diversos Estados, que hacia predominar en muchos entendimien- 
tos y corazones el amor a la patria nativa (Francia, Castilla, Aragón, Alema- 
nia, etc.) sobre la unidad universal o católica representada por la Iglesia. 
En la primera Edad Media se suspiraba por el restablecimiento del César 
romano, pero como habia sido aquel César: un emperador de toda la Cris- 
tiandad. Ahora se concebía el César de distinto modo: cada nación quería 
tener su César, y dábase a su autoridad cesárea un sentido, o francamente 
antipontifical, o por lo menos de contrarresto y limitación del Poder pon- 
tificio. A las reservas papales, en cuya virtud los insignes Pontífices de la 
Edad Media pudieron establecer la eutarquía cristiana, opusieron los legistas 
las regalías de la Corona. Uno de los poetas del siglo xiv de que habla- 
remos luego nos presenta a los clérigos de Talavera tratando de apelar 
al Rey de Castilla de una providencia del Papa, y alegando para ello que 
si eran clérigos, también naturales del Reino, y, por tanto, merecedores de 
la protección del soberano temporal contra los acuerdos del Poder soberano 
de la Iglesia. Otro gran poeta — el Dante — formuló atrevidamente los 
principios del cesarismo en su famoso libro De Monarquía. 

Dentro de cada nación no era menos violenta la lucha social entre el 
estado llano, ya fuerte, ilustrado y rico en las ciudades, y descontento de 
su antigua servidumbre en los campos, contra la oligarquía feudal, derivada 
de la invasión germánica. También el estado llano buscaba su redención 
o predominio en las formuléis del Derecho romano, y apetecía el robuste- 
cimiento de la autoridad real como único medio de librarse de los tiranue- 
los que le oprimían. Y a su vez los reyes encontraban en ese nuevo poder 
social el apoyo que les era menester para tener a raya a los oligarcas: de 
aquí las terribles luchas que ensangrentaron a toda Europa, y que en nues- 
tra patria llegaron a extremos de inconcebible dureza. Pero a través de 
ellas descúbrense inequívocos síntomas de un intenso desenvolvimiento 

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XIII. -EL SIGLO XIV 

social: surge la clase media, funcionan las Universidades o Estudios gene- 
rales, de donde salen los letrados a intervenir con eclesiásticos y nobles en 
el gobierno y a tomar parte activa en el cultivo de las Letras; las palabras 
clérigo y docto no son ya sinónimas; a últimos del siglo empiezan a circu- 
lar estampas con rótulos o versos al pie, impresos con caracteres fijos; la 
brújula, de que hay noticias ciertas desde mediados del siglo xm, desairó- 



Dante Allghlerl (i) 
1265-1321 



liase en esta centuria, desde cuya primera mitad empezó también a usarse 
la pólvora como elemento militar. 

En la esfera literaria se caracteriza esta época por el cambio de hege- 
monía europea, ejercido hasta entonces por Francia, y que pasó a los ita- 
lianos. Italia, que había seguido un desarrollo literario semejante al nuestro, 



<1) "Sainte Beuve significa la impresión que las metamorfosis psiquicas del tiempo producen en quien no 
ha sido espectador de sus fases relativas, recordando el sentimiento que experimentamos ante el retrato del 
Dante adolescente pintado en Florencia, el Dante cuya dulzura casi jovial es viva antitesis del gesto amargo 
y tremendo con que el Gibellno dura en el monetario de la gloria*. (José Enrique Rodó. Motivos de Proteo. 
Montevideo, 1910. Página 10.) Nos ha parecido interesante reproducir los dos retratos del Dante y recordar 
estas palabras de Rodó, cuya exactitud demuestra la comparación de ambas imágenes. — (Nota del editor.) 

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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 



salvo en la poesía épica, pues allí no hubo otra que la francesa, y que se 

movió bajo la doble influencia de la Francia del Norte y de la Provenza, a 

últimos del siglo xn 
empezó a cultivar la 
poesía en sus propios 
dialectos. San Francis- 
co de Asís (1182-1226) 
iba por los caminos 
cantando en lengua 
vulgar los deliquios 
del amor divino, la 
grandeza y bondad de 
Dios reflejándose co- 
mo un sol de belleza 
inenarrable en la Na- 
turaleza y en el espí- 
ritu; en pos del Serafín 
de la Umbría, Ranieri 
Fasani (1250 y tan- 
tos), Jacopone de Todi 
(1230-1306) y otros in- 
flamados poetas ele- 
van, al par que el alma 
a las alturas del Cielo, 
el lenguaje común a 
instrumento poético 
de admirable precisión 
y encantadora armo- 
nía, mientras que en 
Toscana otros cantores 
más terrenales, Gui- 
do Guinozzeli (1240- 
1276), Guido Caval- 
canti (1250-1310), Ciño 
da Pistoia (1270-1337), 

etcétera, italianizaban la poesía provenzal creando el dolce stil nuouo. 

Apenas nacida esta nueva literatura, produjo tres colosos que habían de 



Fot Bernabeu. 



BOLONIA (Italia). -Colegio de España (1) 

(Exterior. — Portada.) 



(1) Fundado en 1364 por el cardenal Albornoz. Este Colegio tiene una brillante historia y, derivado de 
ella, un sólido prestigio. Reproducimos estas fotografías que muestran dos aspectos del bello edificio. 



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XIII. -EL SIGLO XIV 



imprimir nuevos rumbos al movimiento literario universal. Tales fueron: 

Dante (1) Alighieri (1265-1321). Sus obras son: la Vita nuoua, memo- 
rias autobiográficas; el Volgare Eloquio, poética; la Monarquía, defensa de 
la dignidad imperial en sentido romanista o gibelino, y la Divina Comedia, 
que escribió de 1302 a 1321. 

Francisco Petrarca (1301-1374). Su personalidad literaria tiene varios 
aspectos: de enamorado de la antigüedad clásica y gran humanista, de poeta 
religioso y de poeta patriota o civil; pero su carácter predominante es el de 
gran poeta del amor, o, mejor dicho, el de primer lírico moderno. En efecto; 
cabe decir que el can- 
tor de Laura — o del 
reflejo de Laura en su 
alma — ha creado la 
lírica en el sentido que 
damos hoy a esta pa- 
labra. 

Juan Boccacio 
(1313-1375) fué en la 
prosa lo que Dante y 
Petrarca en la poesía. 
Se cuenta que en su 
juventud compuso ver- 
sos italianos, que rom- 
pió al leer los de Pe- 
trarca: su gloria litera- 
ria está en los ligeros, 
salados y escandalo- 
sos cuentos, escritos 
en prosa verdadera- 
mente artística. 

Estos tres inge- 
nios, tan profundamen- 
te originales y tan po- 
derosos, revoluciona- 
ron la literatura uni- 
versal. La supremacía 
literaria pasó a Italia, y 

Fot. Bernabeu. 



(1) Durante; por contrac- 
ción, Dante. 



BOLONIA (Italia). -Colegio de España 

(Interior. — Patio.) 



.Digitized by 



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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

en todas partes fué notoria y avasalladora la influencia del gusto italiano. 

¿Cómo no habia de serlo en nuestra patria, unida a Italia tan íntima- 
mente por el vinculo religioso del Pontificado, por el político de la corona 
de Aragón, por el de la enseñanza del Derecho que nuestros juristas iban 
a recibir en Bolonia, y por el mercantil, que ha sido constante entre los 
puertos mediterráneos de ambas penínsulas? 

Sin embargo, hasta el siglo xv no fué en España completo este predo- 
minio. En el siglo xiv se anuncia y se prepara. 

117. Poesía épico- nacional: A) Emplazamiento de los 
Carvajales. B) Don Pedro el Cruel C) El primer romance 
fronterizo. — Ya se ha dicho que al siglo xiv pertenecen los últimos 
cantares de gesta sobre el Cid Campeador. En esta centuria debió de ser 
muy activa la elaboración de los romances, y no satisfecha la musa épica 
con desgranarlos de la vieja epopeya, los creó nuevos con asuntos contem- 
poráneos. De esta clase son: 

A) Romances del emplazamiento de los Carvajales. — Hay dos: uno 
que ya recogió Qalíndez de Carvajal en el siglo xv de boca del pueblo, di- 
ciendo que "lo solia oir cantar muchas veces la Reina Católica, enterne- 
"ciéndose del agravio que hizo D. Fernando IV a estos caballeros, y con 
"admiración del justo castigo con que Dios manifestó el testimonio de la 
"verdad que dijeron poniendo al Señor por testigo que estaban inocentes 
"de los delitos de que los acusaban*. Empieza el romance: 

En Alcaudete está el buen rey, 
en ese lugar honrado; 
en Jaén tuvo la fiesta, 
en Marios al cabo de ano. 



Cuenta cómo fueron acusados los Carvajales, presos en Medina del 
Campo, y sentenciados a que les cortasen pies y memos, les sacasen los ojos 
y los tirasen por la Peña de Marios. El emplazamiento es así: 



Mas pues lo mandáis, señor, 
cúmplase vuestro mandado; 
mas, emplazárnoste, Rey, 
ante Dios el soberano, 
que de hoy en treinta días 
seas con nos al plazo, 



278 

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XIII.- EL SIGLO XIV 

y tomamos por testigos 
a San Pedro y a San Pablo, 
y nuestra procuradora 
a la Virgen sin pecado. 
Tomamos por acusador 
a Lucifer el diablo. 

A los veinticinco días estaba el Rey muy malo, a los veintisiete con- 
fesó, al otro día le dieron el Viático, y 

Non eran cumplidos los treinta, 
cuando el Rey era finado. 
Roguemos todos a Dios, 
porque Él quiera perdonallo. 



El otro romance debe de ser más antiguo, y omite lo de haber confe- 
sado y comulgado Don Fernando antes de morir, cosa conforme con la Cró- 
nica de aquel monarca, escrita a mediados del siglo xiv, según la cual, 
". . . otro día, jueves, siete días de Setiembre, víspera de Sancta María, 
•echóse el Rey a dormir, e un poco después de mediodía falláronle muerto 
"en la cama, en guisa que ninguno lo vieron morir. E este jueves se cum- 
plieron los treinta días. . ." etc. (1). 

B) Romances del rey Don Pedro. — Constituyen un verdadero ciclo, 
y debe decirse, con Menéndez Pidal que brotaron al calor de los odios 
provocados por el cruel monarca en el campo de sus enemigos. a El Don 
* Pedro de los romances, dice Menéndez Pelayo, no es el monarca justiciero, 
"grato todavía a nuestro pueblo por influjo del teatro y de la novela ro- 
"mántica: su figura es siempre torva, y parece marcada con un anatema; 
"visiones del otro mundo le perturban; aparece envuelto en una atmósfera 
"de tempestad y circundado de prestigios trágicos y siniestros". 

Es natural que así sea: la floración épico -popular es siempre próxima 
a los héroes o personajes asunto de sus cantares; y así, debe creerse que los 
romances de Don Pedro fueron compuestos en el último tercio del siglo xiv 
— lo que no significa que la forma en que los conocemos no fuese modificada 
posteriormente, — y habiéndolo sido entonces, tienen que reflejar la tradi- 
ción enriqueña; es decir, la de los vencedores, la de los que justificaban su 



(1 ) Don Antonio Benavides (Memorias de Fernando IV. — Academia de la Historia, 1860) niega el hecho 
del emplazamiento. Sin entrar en esta cuestión, que no es propia de la historia literaria, se debe apuntar que 
desde la muerte del Rey (1310) hasta que apareció la Crónica — mediados del siglo - hubo un periodo de 
treinta o cuarenta anos, más que suficiente para que se formase la leyenda, sin duda sobre el hecho cierto 
de alguna coincidencia o circunstancia que fuera interpretada por el pueblo en ese sentido. 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

alzamiento y la posesión del Poder con los crímenes cometidos por el rey 
destronado y muerto. Lo que no obsta a que hubiese también una tradi- 
ción más favorable a Don Pedro. En nuestros días 
notamos la coexistencia de una doble comente de 
tradición popular sobre las guerras civiles del si- 
glo xix: si oímos a los liberales, los carlistas en 
armas fueron cuadrillas de ladrones y asesinos 
que cometían crímenes a porrillo; si oímos a los 
carlistas, todo es al revés, y los asesinos y ladro- 
nes fueron los liberales. Petristas y enriquistas es- 
taban en la misma posición respectiva: 

Y los de Enrique 
Cantan, repican y gritan: 

"n v iViva Enrique! 

Y los de Pedro 
fnaS S^5T^ Clamorean, doblan, lloran 

Facsímil de una miniatura SU re * muert °» 

del manuscrito De Viris illustri- 
bus, conservado en la Biblioteca 
áePañs(fond8latinno.6j069f.) ,. , . ,, .. , . _. . 

Está hecho en unta y realza- como dice uno de los romances artí sucos del Siglo 

do con ligeros toques de ciña- , ~ . . . 

brío. de oro. Oralmente, por cuentos y narraciones, con- 

El ejemplar del manuscrito , . ,. . c . . . . , 

fué terminado en Padua en 1379, serváronse tradiciones favorables al venado en 

cuatro anos y medio después de w .. t ■ i *_ « i A - 

ía muerte de Petrarca, por su Montiel, que con el trascurso del tiempo acrecen- 
amigo Lombardo della Seta. El ,, ,, 
retrato que lo orna tiene todos táronse por aquello 
los caracteres de la autenticidad. , , • . , 

del ser el vencido 

más simpático que 
el vencedor; y así, Lope de Vega, el dramá- 
tico leyendario y tradicional, pudo presentar- 
nos a Don Pedro, tal como le pintaban los 
enriquistas, en algunas de sus comedias; y en 
otras, como El médico de su honra y El in- 
fanzón de /líeseos, por el aspecto de justi- 
ciero, y aun combinar ambas versiones para 
trazar el complicado carácter de El Rey Don 
Pedro en Madrid. 

Los romances de Don Pedro deben ser 
estudiados en relación con las consejas tra- 
dicionales, como la de la Vieja del Candilejo 
en Sevilla, y con el folk-lore andaluz, y así ^iÍST* 

nos ofrecen el reflejo de una porción de tra- 

j. . . ,. . . . , , (De un grabado ,antÍguo xistente en 

dlClOneS Contradictorias, CUyO COnjUntO amal- la Biblioteca Nacional de Madrid.) 

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XIII. -EL SIGLO XIV 

gamado por los poetas del Siglo de oro es el causante del carácter compli- 
cado, y por su extrema complicación enigmático, con que el Don Pedro de 
la leyenda ha llegado hasta nuestros días. Aun sólo en los romances nó- 
tanse ya las contradicciones, hijas de la diversa procedencia: los hay, por 
ejemplo, que disculpan las crueldades del Rey con su hermano el Maestre 
de Santiago y la inocente Doña Blanca, suponiendo calumniosamente in- 
cestuosas relaciones entre ambos: 



Entre las gentes se suena, 
y no por cosa sabida, 
que de ese buen Maestre 
don Fadrique de Castilla 
la Reina estaba preñada, 
otros dicen que parida. 
No se sabe por de cierto, 
mas que el vulgo lo decia . 



Otros romances atenúan la responsabilidad de Don Pedro en las mis- 
mas muertes del Maestre y de Doña Blanca, suponiéndolas sugeridas por 
D. a María de Padilla, y presentando al Monarca arrepentido de haberlas 
consentido. Mientras que López de Ayala, tan enemigo de Don Pedro, nos 
refiere de la Padilla que "era dueña muy buena, e de buen seso, e non se 
"pagaba de las cosas que el rey facía, e pesábale mucho de la muerte que 
a era ordenada de dar al Maestre", el romance nos la presenta, no sólo ex- 
citando al Rey al fratricidio, sino recreándose al ver la cabeza del Maestre 
en un plato, y tirándola a un perro: 

Asióla por los cabellos, 
echado se la ha a un alano; 
el alano es del Maestre, 
púsola sobre un estrado; 
a los ahullidos que daba 
atronó todo el palacio 



o, según otra versión, 



Mañanita de los Reyes, 
la primer fiesta del año, 
cuando damas y doncellas 
al Rey piden aguinaldo, 
unas le pedian seda, 
otras el fino brocado; 



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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

otras le piden mercedes 
para sus enamorados. 
Doña María, entre todas, 
viene a pedirle llorando 
la cabeza del Maestre, 
del Maestre de Santiago. 
El Rey se la concediera, 
y al buen Maestre ha llamado. 



Doña María que la vido, 
mucho se ha maravillado. . . 
Prendióla de los cabellos, 
de bofetadas le ha dado: 
— ¡Agora me pagas, perro, 
lo de aguarlo y lo de antaño, 
cuando me llamaste puta 
del rey Don Pedro tu hermano! - 
Prendióla de los cabellos, 
y lanzóla allí al alano. 
El alano es del Maestre, 
e bien conoce a su amo. 
Cogióla con los sus dientes, 
e llévesela a sagrado. 



Consta históricamente que ya en el siglo xv estaba divulgada la le- 
yenda de que Doña Blanca trajo de Francia en su ajuar de boda una cinta 
de oro de mil diamantes sembrada, como dice el romance Doña Blanca 
está en Sidonia, y que por medio de un hechicero judío D. a María de Padi- 
lla consiguió convertirla en serpiente. En las tradiciones folklóricas andalu- 
zas D. a María de Padilla engatusó al Rey con brebajes y hechicerías, dán- 
dole la jaba y ligándole con oraciones nocturnas en medio del campo, y en 
algunos conjuros de las gitanas aparece María Pailla como la mujer del 
diablo mayor (1). 

C) Los romances fronterizos, última manifestación de la épica popu- 
lar castellana, son del siglo xv, pero el primero de ellos es del xrv. Reduci- 
dos los moros al reino de Granada, sostúvose a todo lo largo de sus fronte- 
ras una guerra permanente, y muy semejante a la que en la Edad moderna 
se ha mantenido en los campos de Ceuta y Melilla. Había ciertos períodos 
de relativa quietud, pero nunca verdadera paz, ni aun tregua. Los castillos 
y villas que protegían las tierras cristianas de Andalucía estaban siempre 



(1) Véase El Folck-Lore Andaluz* revista de Sevilla (1882, pág. 83). Tratado de los romances viejos, de 
M. Pelayo. (Tomo U, nota a la página 123.) 



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XIII. -EL SIGLO XIV 

apercibidos, no sólo a la defensa, sino a la incursión por tierra de moros o 
a rechazar las de los granadinos, que a lo mejor escurríanse por los inters- 
ticios o claros de la linea militar, apareciendo en comarcas que se creían 
seguras de tales ataques. Para la debida unidad en la dirección de esta gue- 
rra permanente había un capitán general de la 'frontera. Y, como ha suce- 
dido desde el siglo xvi hasta nuestros días en Ceuta y en Melilla, los caste- 
llanos de los siglos xiii, xiv y xv hasta la conquista de Granada, ignoraban 
cuanto había en tierra de moros más allá de la frontera que presidiaban. 
Granada tenia para ellos el encanto de un impenetrable misterio: era una 
ciudad mucho más remota que París, Roma, Constantinopla y Jerusalén; lo 
que no se oponía a que en la misma línea fronteriza hubiera frecuentes re- 
laciones entre moros y cristianos, como las ha habido en Melilla entre los 
rífenos y la guarnición y vecinos de la plaza, a pesar de no conocer estos 
últimos ni la situación y topografía del Barranco del Lobo, que tenían ante 
los ojos, hasta que tan trágicamente hubieron de aprenderlas. 

Aquella lucha secular engendró los romances fronterizos, que, como 
bellamente los describe Menéndez Pidal, son poemitas * nacidos en medio 
"de la guerra, relatos históricos, cuadros brillantes y concisos, instantáneas 
"tomadas por los combatientes, vibrantes diálogos que más bien parecen 
"oídos que cantados, pinturas rápidas que parecen vistas más bien que 
descritas* (1). El más antiguo de estos romances nos ha sido conservado 
por Argote de Molina, en su libro Nobleza de Andalucía (2), y empieza así: 

Cercada tiene a Baeza 
ese arráez Andalla Mir 
con ochenta mil peones, 
caballeros cinco mil. 
Con él va ese traidor, 
el traidor de Pero Gil. 
El rey moro Mohamed 
mandó tocar su anafil. . . 

Este cerco de Baeza se refiere a las guerras entre D. Pedro el Cruel y 
su hermano D. Enrique, uno de cuyos episodios fué la invasión de parte 
de Andalucía por el rey de Granada Mohamed V, aliado de D. Pedro. Don 
Ángel de los Ríos y Ríos (3) y Menéndez Pelayo (4) tienen por seguro que 



(1) L'Épopee CasiUlane. (Pag. 172.) 

(2) Primera edición: Sevilla - 1588. — Reimpresión moderna (Jaén - 1867), con un prólogo de D. Manuel 
Muñoz Garatea. 

(3) Bol. de la Acad. de la Hist Tomo XXXVI. 

(4) Tratado de los romances viejos. Tomo II. Pag. 172. 

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SALCEDO -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

el Pero Gil del romance es el mismo D. Pedro, a quien así llamaban D. En- 
rique y sus partidarios por mote afrentoso, suponiéndole hijo adulterino de 
la mujer de Alfonso XI, que, según esta calumniosa conseja, lo concibió 
de D. Juan Alfonso de Alburquerque, que tenia, entre otros, el apellido Gil. 

118. Elmester de clerecía; literatura aljamiada: A) Poe- 
ma de José. B) Vida de San Ildefonso. — El mester de clerecía con- 
tinuó durante el siglo xiv produciendo sazonados frutos, y a esta escuela 
o tendencia pertenecen el mayor poeta de la centuria, que fué el Arcipreste 
de Hita, a quien por su extraordinaria importancia dedicamos capítulo espe- 
cial después del presente, el Rabino de Carrión y el Canciller Ayala. 

De los primeros años del siglo son dos poemas, muy semejantes a los 
del siglo xni, ya estudiados: el de Jusuf y el de San Ildefonso. 

El primero tiene la particularidad de estar escrito en correcto castella- 
no, pero con caracteres árabes: por tanto, es monumento, y el más precioso 
de todos, de la literatura aljamiada. Esta palabra viene, según unos, de 
aljaml — extranjero, nombre que daban los árabes a los mudejares, o sean 
sus correligionarios sometidos a los cristianos, y, según otros, de aljama — 
junta o reunión. Lo cierto es que los mudejares de Castilla adoptaron, no 
sólo la lengua de sus dominadores, sino sus géneros literarios, pero con- 
servando el uso de su alfabeto. Es tan copiosa esta literatura aljamiada, 
que ya en 1878 D. Eduardo Saavedra registró ciento treinta y cinco obras 
(índice general de textos aljamiados), y después ha crecido notablemente 
su número (1). Paráfrasis del Corán y cuentos orientales alternan en esta 
literatura con poemas de sabor cristiano medioeval, y hay obras en que 
orientalismo y occidentalismo se amalgaman en síntesis más o menos feli- 
ces. Para los que se dedican a la historia de la fonética castellana son pre- 
ciosos los textos aljamiados, toda vez que al representar los sonidos léxicos 
con letras árabes, indican cómo se pronunciaban en aquel tiempo. 

A) Prez de esta literatura es el Poema de José, o Alhadits de Jusuf, 
trascrito en lengua vulgar por D. Pascual Gayangos para su inserción en la 
Historia de la Literatura Española, de Jorge Ticknor, publicado luego en 
caracteres arábigos, bien estudiado por Ramón Menéndez Pidal, como que- 
dó anotado al tratar de la Grande e General Historia. Tiene por argumento 
la historia de José, el hijo de Jacob, no según el bellísimo relato del Géne- 
sis, sino conforme a una de las varias amplificaciones coránicas. La mujer 
de Putifar (Zuleika o Zalija) tiene un papel harto más rico en pormenores 
que en el Génesis: por ejemplo, aquella señora dio un convite a sus amigas 



(1) Textos aljamiados. P. Gil - J. Ribera. M. Sánchez (1880). 

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Xlll.-EL SIGLO XIV 

— las duermas del logar, dice el poema, — las cuales reprochaban a Zalija 
su adúltera pasión; pero la hermosura de José hizo que al verle todas se 
enamoraran de él. 

B) El Poema, o, mejor dicho, Vida de San Ildefonso, fué compuesto 
reinando Fernando IV; es decir, antes de 1310, y de su autor sólo se sabe 
lo que él cuenta: " haber rimado la historia de la Magdalena, siendo bene- 
ficiado de Úbeda". Menéndez Pelayo juzga severísimamente la Vida de 
San Ildefonso. Es obra, dice, "de las que sólo sirven para marcar la decre- 
pitud de una escuela; intenta reproducir la candorosa sencillez de las le- 
" yendas de Berceo, pero sin estilo, sin armonía y sin rastro de sentimiento 
"poético*. 

119. El Rabino de Camón. — El Rabí Don Sem Tob — en cas- 
tellano, Don Buen Nombre, y por corrupción, Don Santo — sólo es cono- 
cido por sus versos, a que se ha dado el título de Consejos y Documen- 
tos al rey D. Pedro (1), conservados en dos códices: el de la Biblioteca del 
Escorial (686 estrofas) y el de la Biblioteca Nacional (627 estrofas), que es 
una refundición del verdadero texto, contenido en el primero, y obra de un 
ignorado comentador, como acredita él mismo escribiendo: "Plasyendo a 
"Dios declararé algo de las trovas del Rabí Sem Tob, el judío de Camón, 
"en algunas partes que parescen escuras. . . etc." Este imperfectísimo códi- 
ce fué primeramente publicado en la Historia de la Literatura Española de 
Ticknor; los traductores españoles de ésta lo sustituyeron por el Escurialen- 
se, previamente cotejado por Coll y Vehí. 

El Rabino de Carrión compuso sus versos, o por lo menos la mayor 
parte de ellos, reinando Alfonso IX; murió éste, y los dedicó a su hijo y 
sucesor D. Pedro; así se deduce de la única alusión a D. Pedro que se 
halla en la colección: 

El rey Alfonso finando 
asi fincó la gente, 
como el pulso cuando 
fasllece el doliente. 
Ca ninguno cuidaba 
que tan grand mejoría 
en el reino fincaba 
ni hombre lo creía. 
Cuando es seca la rosa 
que ya su sazón sale, 
queda el agua olorosa 
rosada que más vale. 



(1) En ei códice sólo se dice: ■ Condensan los versos del rabí Don Santo al rey Don Pedro". 
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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Así quedastes vos del 
para mucho durar 
y librar lo que él 
cobdiciaba librar. 



No hay, pues, en los versos del Rabino nada particular respecto de 
D. Pedro, ni mucho menos censuras concretas de sus actos de crueldad y 
lascivia, y, por tanto, huelgan los encomios de muchos escritores al valor 
del poeta judio, por haber escrito con tanta libertad bajo el yugo de un 
tirano. Seguramente que si D. Pedro leyó los poéticos Proverbios de Sem 
Tob, los encontraría muy bien, y no sospecharía, como tampoco lo sospe- 
charía Sem Tob al escribirlos, que nadie pudiese atribuirles un sentido de 
corrección o saludable aviso a su persona. La obra de Sem Tob es, sena- 
llámente, una colección de sentencias o proverbios filosóficos, y especial- 
mente morales, de que hay tantos precedentes en la literatura árabe y 
hebraica. Ni tampoco cabe decir que fuera él quien primero cultivase este 
género en nuestra lengua, pues anteriores a los suyos son los Proverbios 
en rimo del sabio Salomón rey de Israel (56 estrofas), obra de Pedro Gó- 
mez, publicados por Paz y Meliá (1). La gloria del Rabino está en haber 
sido el primero que lo hizo bien, con originalidad y sentido poético. Don 
Sem Tob era un hombre reflexivo y de paciencia, que no se dejaba arrastrar 
por la imaginación, que pensaba mucho antes de ponerse a escribir, y que 
limaba y relimaba lo escrito hasta dar con la forma perfecta, o que tal le 
parecía. De aquí su gran cualidad, la concisión, sin perjuicio de la claridad, 
que si alguna vez parece eclipsarse, es por lo que con muy buen sentido dijo 
el glosador del códice de la Nacional: "Las trobas de Rabí Sem Tob en algu- 
nas partes parecen escuras, aunque no son escuras, salvo por cuanto son 
"trobas, e toda escritura rimada parece entreportada e non lo es, que por 
"guardar los consonantes, algunas veses lo que ha de desir después diselo 
a antes\ 

En otros términos: que el Rabí tenía mucho talento y sabia muy bien 
lo que debe ser la poesía, y cómo el bello desorden en la dicción y algo de 
misterio en el pensamiento le sientan a maravilla, y procuró dárselo a sus 
proverbios. 

Clasifícase a Don Sem Tob entre los poetas del Mester de clerecía; pero 
ni sigue, al menos no lo dice, un dictado u original, ni usa el metro de la 



(1) Opúsculos literarios de los siglos XIV a XVI. (Bibliófilos Españoles - 18824 

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XII I .'EL SIGLO XIV 

escuela, sino cuartetas de versos eptasílabos, admirablemente cincelados 
muchos de ellos. Conocidísima es su disculpa por ser judio: 

Si mi razón es buena, 
non sea despreciada 
porque de hombre suena 
rahez; que mucha espada 
de fino acero sano 
sale de rota vaina. 



Por nascer en espino 
la rosa, yo non siento 
que pierde, ni el buen vino 
por salir del sarmiento; 
Nin vale el azor menos 
porque en vil nido siga, 
nin los exemplos buenos 
porque judío los diga. 



El P. Restituto del Valle Ruiz lamenta que el Rabino de Camón no 
hubiera expuesto en forma metódica sus Consejos (1). A nuestro juicio, fué 
deliberado ese desorden para dar aire poético a unos versos que por su 
asunto fácilmente podían degenerar en una rima 
didáctica. Bien ordenados, harían de la colec- 
ción un tratado de filosofía moral: tal como es- 
tán, parece que han ido brotando espontánea- 
mente de la inspiración del poeta. Constituyen- 
do, además, por el método una composición or- 
gánica rigorosamente didáctica, habriase visto 
Don Sem Tob en el grave compromiso de armo- 
nizar la contradicción entre el aspecto de fata- 
lismo que nos ofrece el Universo, sometido a 
inexorables leyes, y el sentimiento intimo de 
nuestra libertad, base insustituible de la respon- 
sabilidad y, por tanto, de toda moral. iQué difí- 
cil es explicar esto a los filósofos! El insonda- ^"TS^j.^tí 
ble misterio de las cosas, quizás en ningún otro paisano de d. Santos. 

punto se nos muestra más oscuro ni más an- 
gustioso para nuestro entendimiento y para nuestro corazón. Pero a lo poeta 
no hay que explicar nada: los términos irreducibles del problema nos apa- 



(1) Estudios Literarios. Barcelona - 1903. (Cartas literarias acerca del Rabi Don Sem Tob). 

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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

recen como aspectos diversos de la realidad. Por eso Sem Tob cuando mira 
al mundo exterior lo ve con su soberana, majestuosa e irritante indiferencia 
respecto de nosotros: 

El mundo no ha ojo, 
Ni entiende de faser 
A un hombre enojo 
Nin a otro plaser 



Non se paga ni ensanna, 
Nin ama nin desama, 
Non ha ninguna manna, 
Nin responde nin llama 



Y ve también al hombre dominado por una ley fatal que le conduce 
a pesar suyo, y que, con arreglo a las ideas de su tiempo, hacia radicar en 
los astros: 

El hombre más non val 
Nin su persona entera 
Más de bien ni de mal 
Que dó le pon la esfera. 

Pero ¿es fatalista por eso? De ningún modo. Oye la voz de su concien- 
cia, y proclama: 

El plaser de la ciencia 
Es complido plaser, 
Obra sin sepetencia 
Es la del bien faser. 
Cuanto más aprendió, 
Tanto más plaser tien; 
Nunca se arrepintió 
Honbre de faser bien. 



Y dice: 



Del mundo maldesimos, 
Y non hay otro mal 
En él, sinon nos mismos, 



En todo resplandece el perfecto equilibrio del espíritu de aquel Rabino: 
equilibrio entre la forma y el fondo de su composición, entre sus ideas y 
sus metáforas, y en todas las manifestaciones de su pensamiento sobre las 



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XIII. -ÉL SIGLO XIV 

cosas trascendentales. No fué, ciertamente, un gran poeta; pero sí un pen- 
sador sano y profundo, adherido a la realidad de la vida, sin naturalismo 
grosero ni fantasmagórico idealismo, y que sabía escribir por modo admi- 
rable, con toda la poesía de que son capaces los hombres equilibrados. El 
Judio de Camón acredítase más como de Carrión que como judío. Su sen- 
tido filosófico y moral es el buen sentido de Castilla la Vieja. 

120. Doctrina cristiana. Trabajos mundanos. La reve- 
lación de un ermitaño. Danza de la muerte. — En el mismo có- 
dice Escurialense que contiene los versos de Don Sem Tob hay otras com- 
posiciones que Amador de los Ríos atribuyó sin fundamento al Rabino de 
Carrión. Tales son: 

A) Una Doctrina cristiana en verso, el más antiguo catecismo castella- 
no que se conoce, y cuyo texto declara el nombre de su autor: 

Malos vicios de mi arriedro, 
E con todo esto non medro 
Sy non este nombre Pedro 
de Berague (1). 

Este catecismo se hizo tan popular, que fué impreso en el siglo xvi. 

B) Trabajos mundanos, que, según el P. Restituto del Valle, es conti- 
nuación de la Doctrina. Una y otros son de pedestre verificación y pensa- 
miento. Una de las mayores bellezas de la Divina Comedia es, sin duda, 
la enérgica frase con que expresa ser el Amor que Dios tiene a los hombres 
quien ha creado el Infierno; encontramos la misma idea en los trabajos 
mundanos, si bien expresada deplorablemente: / 

El amor tiene jurado 

Que non será perdonado 

El que fuere bien amado 

Si non ama. 



C) La revelación de un ermitaño. Es una nueva forma de la Disputa 
entre el alma y el cuerpo. Por vía de introducción dice el Códice: "Esta es 



(1) Para comprender lo difíciles que son los estudios eruditos, sépase que Amador de los Ríos no vio 
el códice del Escorial, sino una copia, y el copista se había descuidado, y no copió este último verso. Al in- 
signe catedrático le extravió de tal modo la omisión, que creyó ser el Pedro citado en el tercer verso nada 
menos que D. Pedro el Cruel. Cuando maestros como Amador se ofuscan de esta manera, ¿qué benevo- 
lencia no hemos de necesitar escritores de mera vulgarización como nosotros? 

289 

SALCEDO. — Literatura española. — Tomo /. ^ ^ 19 T ~ 

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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

"una revelación que acaeció a un orne bueno ermitaño de santa vida que 
"estaba rezando una noche en una hermita e oyó esta revelación, el cual 
"luego la escrívió en rimas ca era sabidor en esta ciencia gaya". Y empieza: 

Después de la prima la hora pasada 
En el mes de Enero, la noche primera, 
En C C C C e beynte durante la hera, 
Estando acostando allá en mi posada. . . 



O lo que es igual, la noche primera de Enero de 1420. La composi- 
ción, en efecto, es del siglo xv. 

D) La Danza de la Muerte, que seguramente es posterior a la Revela- 
ción de un ermitaño. Este género de composiciones fué frecuentísimo en 
Alemania y en el norte de Francia; pero a España no llegaron hasta fines 
del siglo xiv, y por traducciones o imitaciones del francés. 

121. El Canciller Ayala como poeta. Rimado de Pala- 
ció. — Don Pero López de Ayala es una de las más importantes figuras 
del siglo xiv, tanto en la esfera social y política como en la literaria. Nacido 
en Vitoria (1332) de muy nobles padres, fué educado, no sólo en los ejerci- 
cios cortesanos y caballerescos propios de su condición social, sino en las 
bellas letras. "Su larga vida, dice Menéndez Pelayo, fué una obra maestra 
de engrandecimiento y medro personal, una verdadera obra de arte más 
interesante que su Rimado de Palacio, aunque menos noble y severa que 
sus Crónicas. Es cierto que la fortuna no le desamparó nunca; pero fué 
porque él supo forzar a la fortuna y someterla a la fría combinación de sus 
cálculos, que no le fallaron ni una vez sola, porque iban fundados en pro- 
funda observación de la naturaleza humana. Quien escriba la historia de 
nuestra Edad Media, verá en él el primer tipo de hombre moderno" (1). 

A los veintisiete años era ya capitán de la flota del rey D. Pedro y al- 
guacil mayor de Toledo. Pero alzado D. Enrique, entendiendo que los fechos 
de D. Pedro no iban de buena guisa, determinó partirse de él con acuerdo 
de non volver más. Su fortuna fué creciendo siempre con Enrique II, Juan I y 
Enrique III, con sólo dos contratiempos: haber caído prisionero de los in- 
gleses en la batalla de Nájera, y de los portugueses en la de Aljubarrota. 

Su vida literaria es aún más notable que la política. Por sí o por sus 
secretarios hizo muchas e importantes traducciones de Boecio, de San Gre- 
gorio Magno, de San Isidoro y de Boceado, amén de la Crónica troyana de 



(1) Menéndez Pelayo: Antología. 

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XIII. -EL SIGLO XIV 

Gruido de Columna, y Ia % notabilísima de las Tres Décadas de Tito Livio 
(1. a , 2. a y 4. a ), valiéndose, no sólo del texto latino, sino de la traducción 
francesa de Bercbeur. Estas labores enderezan para juzgar de sus trabajos 
históricos originales en los cuales se ajustó al modelo clásico, poniendo 
en sus narraciones intención moral y política, y procurando con gran 
artificio presentarlas con colorido dramático: por eso dice Menéndez Pelayo 
que entre la Crónica de Alfonso XI y la de D. Pedro el Cruel, primera de 
las que escribió Ayala, parece que media un siglo de distancia. 

Más adelante volveremos a tratar del Canciller como prosista e histo- 
riador. Como poeta, es el autor del libro que el Marqués de ¿antillana llamó 
Rimas de las maneras de Palacio, y que luego se ha denominado Libro de 
los fechos de Palacio, y más comúnmente, Rimado de Palacio. Ha llegado 
hasta nosotros en dos códices: uno de la Biblioteca del Escorial, y otro que 
fué de los Condes de Campo Alange, y ahora está en la Nacional. Janer 
publicó el escurialense en el tantas veces citado tomo de Poetas castellanos 
anteriores al siglo xv (Biblioteca de Rivadeneyra). 

Ayala es principalmente un moralista didáctico, como el Rabino de 
Carrión; pero ni se eleva a las cumbres de la Filosofía, ni se mantiene en la 
esfera de la Ética general: prohombre de su época, la política le atrae y la 
actualidad le seduce. Le indigna el espectáculo de la corrupción del clero, 
que atribuye al Cisma de Occidente: 

Los físicos lo dicen, si bien me vien en mente, 
Si la cabeza duele, todo el cuerpo es doliente. 



Agora el Papazgo es puesto en riqueza: 
De lo tomar cualquiera no toman a pereza! 
Et maguer sean viejos, nunca sienten flaqueza, 
Ca nunca vieron Papa que moriesse en pobreza. 

La nave de San Pedro está en gran perdición 
Por los nuestros pecados et la nuestra ocasión. 

¡Cuales ministros tiene el que por nos murió! 
Vergüenza es decirlo quien esta cosa vio. 

Y cuenta que los obispos sólo se cuidaban de cohechar a sus subditos, 
que los sacerdotes decían Misa sin confesarse, que eran ordenados por 

dinero. 

Cuando van a ordenarse, tanto que tienen plata, 
Luego pasan l'examen sin ninguna barata, 
Ca nunca el Obispo por tales cosas cata: 



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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Que los había t^n ignorantes, que no sabían Jas palabras de la consa- 
gración — cosa que parece ya inverosímil o muy exagerada, — que los 
clérigos de aldea lo que procuraban era tener tres perros, un galgo et un 
furon, y que los mismos feligreses proporcionábanles barragana. 

Et nunca por tal fecho reciben escarmiento, 
Ca el su señor obispo ferído es de tal viento. 

Semejante pintura de costumbres es realmente un argumento decisivo 
contra los que ven en la Edad Media la realización social del ideal católico; 
pero también contra los que, induciendo de los hechos prácticos la doctrina 
o la ley, sostienen que esas cosas eran entonces, no ya toleradas, sino 
admitidas como buenas. Nada de eso: eran hechos contrarios a la ley, y por 
eso indignaban profundamente al Canciller y le hacían decin 

Si estos son ministros, sónlo de Satanás, 
Ca nunca buenas obras tú facer los verás: 
Gran cabana de fijos siempre les fallarás 
Derredor de su fuego: que nunca y cabrás. 

En toda la aldea non ha tan apostada 
Como la su manceba et tan bien afeytada! 
Cuando él canta Misa, ella le da el oblada. 
Et anda (¡mal pecado!) tal orden bellacada. 

No sólo truena el Canciller contra los clérigos, sino contra los merca- 
deres que tienen fecha cofradía 
tiendas para engañar a los con 
por buenos; contra los letrados 

Si toviese el malfe< 
Luego fallo veinte le^ 



Si el cuitado es muy 
Non le valdrán las P< 
Crucifige . . . crucifig 
Ca es ladrón manifies 



Contra los contadores, o empleí 
contra los reyes de su tiempo. P< 
emprendió la guerra de Portuga 
barrote, sin dinero, sin armas, 
sub solé. 



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XIII. -EL SIGLO XIV 

Vivió el Canciller hasta 1406, y fué el último de los poetas medioeva- 
les que versificó por la cuaderna vía. Con él quedó enterrado el verso ale- 
jandrino, de tal suerte que cuando Gil Polo lo resucitó en la Diana enamo- 
rada lo llamó rima francesa, y Trigueros, en el siglo xvni, al tomarlo del 
francés, creyó de buena fe ser el primero que lo empleaba en castellano. El 
mismo Ayala cedió a la corriente de su época, y en sus Cantigas a la 
Virgen usó la métrica trovadoresca, demostrando su aptitud para versificar 
como quería, y fué de los primeros que compusieron octavas de versos 
dodecasílabos, que había de ser el metro favorito de Juan de Mena. Gozó de 
gran autoridad mientras vivió, y los trovadores jóvenes lo consideraban 
como un maestro digno de todo respeto, a quien consultaban y nombraban 
arbitro en sus disputas, pero sin seguirle. Su posición de poeta viejo vino a 
ser como la de Núñez de Arce entre los modernistas, que alcanzó en su 
tiempo: la de un vate insigne pasado de moda, deplorando algunos que no 
hubiese nacido más tarde, para que hubiese podido producir de lleno en la 
nueva manera. Ayala concluyó su carrera volviendo resueltamente a la cua- 
derna vía, en que se había formado su gusto, y a esta su evolución postrera 
pertenecen los versos que hizo sobre la vanidad de las cosas humanas, 
anuncio de las coplas de Jorge Manrique. 

¿Do están los muchos años que avernos durado 
En este mundo malo, mesquino et lazrado? 
¿Do los nobles vestidos de paño honrado? 
¿Do las copas et vasos de metal muy presciado? 

¿Do están las heredades et las grandes posadas, 
Las villas et castillos, las torres almenadas, 
Las cabanas de ovejas, las vacas muchiguadas, 
Los caballos soberbios de las sillas doradas? 

¿Los fijos plasenteros et el mucho ganado, 
La muger muy amada, el tesoro allegado, 
Los parientes et hermanos que Heñían compaflado? 
En una cueva muy mala todos le han dexado. 

Con estos versos, dice bellamente Menéndez Pelayo, a se iba algo más 
"que un metro, se iba algo de la antigua Castilla: un modo de pensar y de 
"sentir que no era ya el del siglo xv". 

122. Intento de restauración de la poesía trovadoresca 
en To/osa de Francia. Sobregaya compañía de los siete tro- 
vadores. Breve noticia de los juegos florales hasta nuestros 
días. — La poesía trovadoresca y los mismos trovadores habían desapa* 

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SALCEDO.- LA LITERATURA ESPAÑOLA 

retido de su tierra natal, el Mediodía de Francia; pero no su memoria ni su 
rastro, conservados por poetas oscuros que procuraban remedar las cos- 
tumbres y las formas de los antiguos. Cuéntase que en los primeros años 
del siglo xiv los últimos trovadores de Tolosa se reunían como sociedad 
secreta en un jardín cercano a la ciudad, y que al pie de un laurel recitaban 
o cantaban sus versos. ¡Vaya usted a saber! Lo positivo es que en 1323, 
o 1327 según otros, estaba constituida por iniciativa de unos ciudadanos, 
que no parece fuesen trovadores, la sobregaya compañía de los siete trova- 
dores de Tolosa, con el fin de restaurar la poesía en lengua de oc, y que a 
tal efecto dirigió a todas las comarcas en que se hablaba una circular en 
verso que comenzaba: 

Ais honorables et al pros 
senhors, amic e compahós, 
ais quals es donat lo sabers 
don eréis ais bos gang e placers. . . 

convocando un certamen con premio de una violeta de oro al poeta que 
mejor cantase a la Virgen María. Celebróse la fiesta, y ganó la flor Arnaldo 
Vidal de Castelnourdary. El Ayuntamiento o Capitolio de Tolosa tomó bajo 
su protección estos juegos, acordando que fuese la flor costeada por el 
erario municipal, y que Guillermo Molinier, canciller de la Compañía, 
redactase las Leyes de amor o arte de trovar. El trabajo quedó concluido 
en 1356, y se enviaron copias a diferentes puntos, y una nueva circular en 
que se titulaban los siete miembros de la Compañía mantenedores de la 
violeta de Tolosa, y la Compañía misma, Consistorio delgay saber. Parece 
que durante todo el siglo xiv no dejaron de celebrarse los certámenes, 
concediéndose en ellos, además de la violeta para la poesía más noble 
(canción, verso y descort), un jazmín a la mejor pastorela y una calén- 
dula a la danza. Pero todo esto era puro artificio: la época de los trova- 
dores había pasado; y aunque hubo quien supo remedarlos perfecta- 
mente — v. gr., Pedro Duran de Limoges, que se ganó la violeta en 1373, - 
las nuevas obras no eran sino imitaciones frías y retóricas de un género 
que nunca se distinguió por su calor y espontaneidad, y que a nadie inte- 
resaba, ni aun en la misma Tolosa, donde el idioma provenzal iba rápida- 
mente olvidándose, sustituido por el francés. 

En fecha que no cabe precisar — ya en el siglo xv, según varios auto- 
res — dejaron de celebrarse los concursos; pero a fines de la citada centu- 
ria una señora llamada Clemencia Isaura, nacida en 1464, y que en su 
juventud había sido novia de un tal Renato, poeta trovadoresco arcaico 

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XIII. -EL SIGLO XIV 



é 



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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

que murió en la guerra, dedicó su fortuna a crear una institución que 
perpetuara el cultivo de la poesía que tanto había entusiasmado a su 
novio: tal es el verdadero origen del Colegio de los juegos florales, que 
en 1694 cambió este titulo por el de Academia de los juegos florales, y 
que en el siglo xvi, sin duda por no haber ya poetas en lengua de oc, hubo 
de admitir la francesa y conceder sus premios a los cultivadores de la poe- 
sía, fuese cualquiera el género o escuela que siguiesen, pues también las 
Leyes de amor habían caducado como Poética. En 1554 aún hubo que 
hacer más, y fué mandar la flor a Ronsard sin haberla solicitado, cosa que 

se repitió en 1586 con Baif, en 1638 con May- 
nard, y posteriormente con todos los poetas que 
han ido descollando en Francia, desde Marmontel 
hasta Chateaubriand. Víctor Hugo nació a la cele- 
bridad literaria presentándose al certamen de 1819, 
contando él diez y siete años de edad, y ganando 
tres premios: lirio de oro por su oda A la estatua 
de Enrique IV, amaranto de oro por su poemita 
Las Vírgenes de Verdun, y mención honorífica por 
otro poemita, Los últimos bardos; al año siguien- 
te triunfó de nuevo, y le fué otorgado el diploma 
de maestro en juegos florales o en gay saber, que 
v itaír (i) con arr ^° a los Estatutos debe concederse a 

1694-1778 cuantos ganan tres flores, y que la Academia sue- 

(De un pastel de Latour que se le mandar espontáneamente a los poetas más fa- 

conserva en Ferney (Francia). m()S0S VoHaire lo S() l ¡cit6> y J e fo é concedido por 

aclamación. La Academia de los Juegos Florales 
compónese hoy de cuarenta mantenedores y un número indeterminado de 
maestros; tiene su domicilio en el Capitolio o Casa Consistorial en Tolosa, 
y el 3 de Mayo celebra anualmente los Juegos que le dan nombre: es nú- 
mero obligado de estas fiestas el elocuente panegírico de Clemencia Isaura 
por uno de los cuarenta mantenedores (2). 

Volviendo al siglo xiv, es seguro que la creación del Instituto de To- 



(1) Su verdadero nombre era Francisco María Arouet 

(2) Algunos escritores del siglo XIX negaron la existencia de Demencia Isaura, y aun hubo quien sos- 
tuvo que su nombre no fué sino una invocación de la Virgen, Patrona de los Juegos Florales. Dimanó esto, 
según parece, de la confusión en que incurrieron los mismos académicos de Tolosa haciendo intervenir a 
Clemencia, no en la restauración de los poéticos concursos a fines del siglo XV, sino en su primera institu- 
ción a los comienzos del XIV; buscáronse con afán los documentos del Archivo del Capitolio referentes a 
esta última época, y nada se halló de Clemencia. Es apócrifa, según todas las probabilidades, una canción a 
la Primavera que se atribuye a Demencia Isaura. La Academia de Tolosa es, seguramente, la más antigua 
de su clase que existe hoy en Europa, y no tiene más que una interrupción en su larga historia: la de la Re- 
volución (de 1791 a 1808). 



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XIII. -EL SIGLO XIV 

losa no tuvo ninguna eficacia al efecto que se propusieron sus organizado- 
res de restaurar la poesia trovadoresca. Esta poesía, sin embargo, floreció 
en España, no por el impulso de sus pretensos restauradores, sino por el 
recibido en las anteriores centurias, y a este impulso fué debido el aprecio 
en que se tuvo lo hecho en Tolosa, sobre todo Las Leys d'Amor, en que se 
habia condensado la técnica de los auténticos y genuinos trovadores. 

123. La poesía catalana en esta centuria. — A últimos de la 
centuria decimocuarta la Institución tolosana fué imitada en Barcelona. 
Don Enrique de Villena, en su libro El arte de trobar, después de referir, 
con varias inexactitudes por cierto, la fundación del Consistorio de la gaya 
Ciencia, dice: "Tanto es el provecho que viene desta dotrina a la vida 

* quitando ocio e ocupando los generosos ingenios en tan honesta investí- 
•gación, que las otras naciones desearon e procuraron haver entre sí 
"escuela desta dotrina, e por eso fué ampliada por el mundo en diversas 
M partes. A este fin el rei D. Juan de Aragón . . . fizo solemne embajada al 
*rey de Francia pidiéndole mandase al Colegio de los Trovadores que 

* viniese a plantar en su reino el estudio de la Gaya Sciencia, e obtóvolo, e 
'fundaron estudio della en la cibdad de Barcelona dos mantenedores que 
•vinieron de Tolosa para esto ... En tiempo del rey D. Martín su hermano 

* fueron más privilegiadas e acrecentadas las rentas del Consistorio . . . Des- 
a pués de muerto el rei D. Martín, por los debates que fueron en el reino 
"de Aragón sobre la sucesión, o vieron de partir algunos de los mantene- 

* dores e los principales del Consistorio para Tortosa, i cesó lo del Colegio 
"de Barcelona 41 . 

La embajada de D. Juan el rey de Francia pidiéndole trovadores tolosa- 
nos que vinieran a fundar el Consistorio de Barcelona no fué, seguramente, 
invención de D. Enrique de Villena; pero sí apócrifa la especie que debía 
de correr en la capital de Cataluña, cuando, reinando ya D. Fernando el 
de Antequera, fueron restaurados los juegos florales, en cuya restauración 
tomó parte activa el célebre magnate castellano (1). La verdad histórica es 
la que resulta de un diploma de D. Juan I autorizando a Luis de Aversó y 
Jaime March para establecer una academia de gaya ciencia "en que hicie- 
sen cuanto acostumbraban los maestros de gay saber en París, Tolosa y 
otras ciudades". Don Martín protegió la Institución, señalándole cuarenta 
florines de oro anuales para compra de las joyas que habían de ofrecerse 
como premios. La influencia de este hecho en la poesia catalana no pudo 



(1) Don Joaquín Rubio y Orts fué quien primero puso en duda la tal embajada, en un articulo publi- 
cado en la revista El Arte (Mayo - 1859). 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

ser muy sensible en el siglo xiv, ya que tan en sus postrimerías se produjo. 
El influjo directo del Consistorio de Tolosa no se nota en los poetas catala- 
nes de esta centuria. 

Hay, sí, el trovadorismo o provenzalismo tradicional, derivado de la 
época de D. Jaime el Conquistador, y que se conservaba en el lenguaje, 
aunque cada vez más desviado de su origen por el creciente predominio 
del dialecto catalán, y en las formas rítmicas, si bien degeneradas de su 
tipo primitivo. En cuanto al fondo, los poetas de este periodo rara vez 
siguen la tradición trovadoresca: síguenla, por ejemplo, en la questió sos- 
tenida entre Jaime March y el Vizconde de Rocaberti sobre tema tan baladi 
como si es mejor el verano que el invierno, resuelta por Pedro IV el Cere- 
monioso a favor del verano; pero se apartan de ella, dando a sus composi- 
ciones un fin didáctico, Ramón Muntaner, en su Sermó per lo pasatje de 
Serdenya e Córcega (1323), aconsejando a Jaime II la manera de preparar 
su expedición a dichas islas, y otros poetas de la época, o inspirándose en 
la devoción popular, como Mayol en su Canción a la Virgen, o inclinándose 
a los grandes modelos italianos, como el mismo Mayol, que imitó a Petrar- 
ca, o Rocaberti que calcó en el poema de Dante su Comedia de la gloria 
damor. En los últimos años del siglo xiv, es decir, cuando fueron estable- 
cidos en Barcelona los juegos florales, la poesía catalana era verdadera- 
mente catalana, y no provenzal, por el lenguaje, e italiana por su carácter 
y tendencias, lo que no se opone a que hubiese trovadores de certamen 
que para ganar las flores hiciesen canciones puramente retóricas, artificio- 
sas, remedando los antiguos modelos, ni para que se conservase siempre 
cierto respeto general, más externo que intimo, a la lección poética de las 
Leyes de amor. 



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LA LITERATURA ESPAÑOLA EN LA 
EDAD MEDIA * XIV. - EL SIGLO XIV. 
(Conclusión) (1) ^ ^ ^ ^ ^ ^ 



Raimundo Lu/io: A) Su vida. B) Sus obras. Poe- 
sías. C) Libre del Gentil e los tres sabís. D) Li- 
bre de Cavay feria. E) Blanquerna y el Cántico del 
Amigo y del Amado. F) Libre de Maravelles y 
Libre de les Besties. — En la evolución de la literatura 
provenzal a la catalana tuvo grandísima parte un hombre extraordinario 
que floreció en el último período del siglo xm y primero del xiv (de 1235 (?) 
a 1315), honra y prez de la literatura catalana y de toda nuestra nación: tal 
fué Raimundo Lulio. 

A) Su vida, aun despojada de los episodios con que la ha desfigurado 
la leyenda, parece más propia de la poesia que de la historia. Ramón Lull 
nació en Palma de Mallorca, y era un caballero rico, senescal de Jaime II, 
de poderoso entendimiento y vivisima imaginación; pasó su juventud en la 
galantería y en los placeres mundanos, y, según parece, llegó a casarse y 



(1) 124. Raimundo Lulio: A) Su vida. B) Sus obras. Poesías. C) Ubre del Gentil e 
los tres sabís. D) Ubre de Cavay leria. E) Blanquerna y el Cántico del Amigo y del Ama- 
do. F) Ubre de Maravelles y Ubre de les Besties. — 125. Poesia trovadoresca en galai- 
co-portugués. Tránsito al castellano. — 126. Poema de Alfonso XI. — 127. Trovadores 
castellanos: A) Pero Ferrús. B) Alvarez de Villasandino. C) Fernández de Gerena. 
D) Sánchez de Talavera y Fr. Diego de Valencia, — 128. Escuela italiana: A) Imperial. 
B) Páezde Ribera. Los hermanos Martínez. González de Uceda. — 129. Prosa castella- 
na. Don Juan Manuel. — 130. Prosa histórica. Ayala como prosista. — 131. Novelas; 
A) Amadis de Gaula. B) El Caballero Cifar. 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

a tener hijos; pero a los treinta años dio de mano a todas las cosas del siglo: 
hízose, no fraile, sino hermano de la Orden tercera de San Francisco, vivió 
como ermitaño en el monte Randa, fundó un colegio en Miramar, se de- 
dicó al estudio de las lenguas orientales, ideó un sistema filosófico que 
enseñó en Montpeller (1267), en Roma (1285), en París (1287) y en Ge- 
nova (1289), escribió muchísimo en verso y en prosa de las materias más 
diversas, y en latín, en árabe y en catalán. Como cuantos emplearon esta 
última lengua en su tiempo y en los inmediatos siguientes, conservaba el 
giro provenzal en la poesía y usaba el catalán en la prosa. Peregrinó de 
corte en corte excitando a los reyes a mover nueva y definitiva Cruzada 
que libertase los Santos Lugares y abriera las tierras orientales a la libre 
predicación del Evangelio, creyendo firmemente que bastaba esto para que 
todo el mundo se convirtiese a la fe cristiana. 

Cuanto hizo y escribió Raimundo Lulio enderezóse a este fin, "que ab- 
" sorbió su pensamiento y llenó su corazón por entero: conversión de los in- 
fieles, nueva cruzada, encender más' y más a los cristianos en el amor de 
"Dios y en el horror de las doctrinas averroistas; en una palabra, evangeli- 
zar el mundo. Más que filósofo y teólogo, más que novelista y poeta, más 
"que gramático y físico, Lulio fué misionero y apologista, fué evangeliza- 
"dor, valiéndose de cuantos medios estimó adecuados para la realización 
"de ese ideal, que inspiró todos los conceptos de su mente y rigió todos los 
"pasos de su vida, y para el cual fueron hasta el último pensamiento y la 
"última palabra de aquella existencia tan agitada" (1). Victima de su celo 
pereció Lulio a manos de la plebe tunecina, irritada por sus audaces y fo- 
gosas predicaciones. Trasladado su cuerpo a Palma de Mallorca, reposa en 
un sepulcro del siglo xv en la iglesia del Convento de San Francisco, y su 
fama como filósofo y como sabio es universal: todavía hay quien sostiene 
su sistema como la última y definitiva palabra de la ciencia trascendental, 
si bien otros, especialmente los arabistas españoles contemporáneos, indi- 
nanse a no ver en sus obras sino traducciones arábigas más o menos des- 
figuradas. 

Entre las leyendas que se han incorporado a la biografía de Lulio, la 
más conocida es la de sus amores con una hermosa dama genovesa, deter- 
minadora de su conversión. El brillante y ardoroso caballero perseguía a la 
dama con tal insistencia, que un día se metió a caballo en la Catedral si- 
guiendo sus pasos; ella entonces le mandó llamar a su casa, hizole entrar 
en su aposento, y le dijo: "Pues que tanto me queréis, soy vuestra". Y des- 



(1) P. Restituto del Valle. — Raimundo Lulio - Discurso pronunciado en la fiesta dedicada por el Ayun- 
tamiento de Palma a la memoria del insigne mallorquín - 3 Julio, 1897. (Estudios Literarios^ 



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XI\.-EL SIGLO XIV (Conclusión) 



Fot. Lacoste. 



Sepultura de Raimundo Lullo 

en la iglesia del convento de San Francisco (Palma de Mallorca). 



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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

abrochándose, le mostró el seno. ¡Pero qué seno! Un cáncer lo tenia corroí- 
do, y era la más repugnante vista que pudiera ofrecerse a ojos humanos. 
Ramón quedó inmovilizado al ver cosa tan distinta de la que su imagina, 
ción sensual habia concebido, y ante aquella podredumbre discretamente 
exhibida por la dama, comprendió la falsedad de la terrena hermosura, y 
su amor lascivo convirtióse de súbito en amor divino. El origen de esta cu- 
riosa historia está en uno de los cuentos o ejemplos del Libro Félix, refi- 
riéndola Lulio a un bisbe luxurtós qui amaua una dona qui molí amana 
castedat El ejemplo de Lulio es harto más sucio que el paso atribuido a él 
pues lo que la dona mostró al bisbe fué sa camisa, que era sutza de sai- 
zedat vergonzosa a nomenar e a tocar. Se ve que el cuentecillo fué adecen- 
tado para tejer la leyenda de Lulio. 

B) No hay que hablar aquí de las obras teológicas, filosóficas y cientí- 
ficas de Ramón Lull. Antes de su conversión compuso poesías amatorias, 
que se han perdido, y que seguramente serian de un vulgar trovadorismo. 
A esta tradición en la forma métrica permaneció siempre fiel, aunque apar- 
tándose de ella por lo que se refiere al fondo, que, ya convertido, fué ascé- 
tico, y en ocasiones místico. Por desdicha, con estas efusiones de su alma 
sincera y apasionadamente religiosa, tan propias para la poesía, mezcló la 
exposición de sus especulaciones doctrinales y de sus propósitos de cruza- 
da, lo que disminuye, y muchas veces anula, el valor poético de sus versos. 
De tal defecto adolecen las Horas de nostra dona sancta María, Els cent 
noms de Deu, la Medicina de pecat, y en menor medida el Desconort. Las 
mejores, o sean aquellas en que el poeta parece olvidado de su didáctica, 
son el Plany de nostra dona y Lo Cant de Ramón. Pero la poesía de Lulio 
no hay que buscarla en sus versos, sino en su prosa catalana. De los libros 
que se conservan de él en su original catalán, cuatro merecen calificarse de 
obras literarias, y aun poéticas; es a saber: 

C) Libre del Gentil e los tres Sabís. — Compuesto primeramente en 
árabe, y vertido después al catalán por su autor, en el mismo siglo xrv fué 
traducido al latín, al hebreo, al francés y al castellano (1378. Traductor, el 
cordobés Gonzalo Sánchez de Uceda). Su modelo es el Cuzari de Judá 
Leví (véase X-92), siendo de notar que los sabios contradictores se des- 
piden después de haber disertado, sin haberse convencido ninguno de ellos, 
y todos en la mejor armonía, lo que ha hecho creer a ciertos críticos en 
una indiferencia filosófica de Lulio respecto de las religiones positivas. Esta 
interpretación, tan contraria al espíritu propagandista del misionero mallor- 
quín, destruyese concreta y directamente con el Líber de Sancto Spíritu, 
continuación o complemento del Libro del Gentil, y con el Libro del Tártaro 
y del cristiano, que es una versión de éste: en ambos la controversia reli- 

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XIV. -EL SIGLO XIV (Conclusión) 

giosa llega hasta dejar sentada perfectamente la verdad única del cristia- 
nismo, y aun de la ortodoxia católica contra los herejes ne?torianos y. ja- 
cobitas. 

C) Libre del Ordre de Cavaylerla. — Parece a primera vista de asunto 
profano, ya que trata de los caballeros; pero muy luego se advierte que 
Lulio, fiel a su pensamiento fundamental de Instaurare omnla In Chrtsto, 
expuso en esta obra cómo debian ser los caballeros u hombres de armas 
para que mereciesen el titulo de verdaderos caballeros cristianos. En otro 
libro que se ha perdido, y a que se refiere en éste, hizo lo propio respecto 
del orden de clerecía, de suerte que Raimundo iba aplicando a todos los es- 
tados, como a todas las disciplinas intelectuales, su idea trascendental, por 
modo semejante, v. gr., a Herbert Spencer en nuestra época, que en los Pri- 
meros principios expone los fundamentales de su filosofía positivista, y luego 
va desarrollándolos en múltiples tratados particulares. El Ubre del Ordre de 
Cavaylerla expresa el ideal religioso -social de los caballeros, según inten- 
taron realizarle las Órdenes Militares bajo una forma monástica, y secular- 
mente tantos paladines medioevales. Don Quijote estaba imbuido de este 
alto ideal: no es otro el sentido del discurso a los cabreros. Fenecidas en el 
mundo las virtudes de la Edad de oro, fué necesario instituir "la Orden de 
"los caballeros andantes para defender las doncellas, amparar las viudas, 
"y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos". Lo mismo enseña Rai- 
mundo Lulio: "Habían desfallecido en el mundo, dice, la caridad, la lealtad, 
"la justicia y la verdad . . . Como el menosprecio de la justicia habia sido 
"causado por falta de caridad, fué menester que la justicia tornase a ser 
"honrada por temor. . . De cada mil fué elegido un hombre más amable, más 
"sabio, más leal, más fuerte, dotado de más noble valor, de más experien- 
cia y más perfecta crianza que los restantes. Y se buscó entre todas las 
"bestias cuál era más hermosa, más ligera y corredora, más sufrida de tra- 
bajos. . . Y como es el caballo, por eso fué elegido y entregado al hombre 
"que había sido preferido entre mil, y por eso a ese hombre se le llamó ca- 
"ballero". 

La influencia del Libro de Ramón Lull en la literatura caballeresca es 
notoria y grandísima. Al elemento fantástico y simbólico que viene de la 
poesía bretona, a la exaltación del valor militar derivada de los cantares de 
gesta, a la idolatría de la mujer, también de origen bretón, pero modificada 
y sistematizada por los trovadores, y al espíritu aventurero en que pudieron 
tener alguna parte los árabes, añádese aquí un factor ético -religioso que 
hace del caballero una especie de monje o fraile armado, y queda completo 
el tipo de cualidades incompatibles — v. gr., a la vez idolátricamente ena- 
morado y casto, — en que se combinan un alto ideal de perfección moral 

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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

con multitud de extravagancias, tipo que por sus ladps buenos como por 
los malos habida de seducir las imaginaciones, y acabar por enloquecer al 
ingenioso hidalgo manchego (1). 

E) Blanquerna. — Es una novela filosófica con mucho de social, y aun 
de costumbres. Blanquerna es el nombre del protagonista, en el cual indu- 
dablemente Raimundo Lulio quiso retratarse, no en los pormenores de su 
vida exterior, pero si en lo intimo y fundamental de ella. Blanquerna reco- 
rre todos los estados, y llega nada menos que a papa; pero no encuentra la 
felicidad sino cuando lo deja todo y se hace ermitaño; es decir, contempla- 
tivo. Como se ve, la idea primordial es la del Barlaan y Josafat; pero Lulio 
la desenvuelve de modo muy diferente. Refléjanse perfectamente en el 
Blanquerna el altísimo ideal de vida cristiana que Raimundo se había for- 
mado, y su cabal conocimiento de la realidad contemporánea, muy lejana 
de aquel ideal: por eso no faltan en el libro las pinturas de los vicios de la 
burguesía y del clero secular y regular, debiendo esto último tenerse muy 
en cuenta para juzgar con acierto de las del Arcipreste de Hita. Leyendo al- 
gunos autores modernos, parece que el autor del Libro del Buen Amor fué 
el único que se propasase a presentar a los clérigos y religiosos de su tiempo 
por un aspecto tan desfavorable, y ya hemos visto cómo un varón grave 
cual el Canciller Ayala no se quedaba corto en el mismo punto; ahora ve- 
mos que un misionero de la calidad de Ramón Lull, tenido por beato en 
las Baleares, escribía en igual sentido. La corrupción de los eclesiásticos en 
el siglo xiv es un hecho histórico, y su acre censura, un lugar común en 
los buenos escritores de la época; y aun debe añadirse que ni Ayala, ni 
Raimundo Lulio, ni Juan Ruiz derivaban esa corrupción del estado clerical 
o religioso considerado en si mismo, sino, todo lo contrario, de la perver- 
sidad de los hombres, que debía ser corregida, como al fin y al cabo lo hizo 
la Iglesia en los siglos siguientes. 

Intercaló Lulio en el Blanquerna algunos versos; pero lo verdadera- 
mente poético del libro es el Cántico del Amigo y del Amado (2), que está en 
prosa, y, según el relato, fué compuesto por Blanquerna siendo ya ermita- 
ño, y acordándose de que, cuando fué papa, un moro le refirió las oracio- 
nes explicadas que solían componer los sofies o morabitos para encender 
la devoción. En este Cántico "sí que aparece Lulio poeta altísimo y genial, 
"alma gemela de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa, verdadero trova- 
dor de los divinos amores, poeta de temple místico tan acendrado como el 



(1) Hay una preciosa edición elzeviriana del Libre del Ordre de Caoayleria. (Biblioteca d 'óbreles *w- 
gulars del bon temps de nostra llengua materna estampades en letra lemosina. — D. Mariano AguOó y 
Trister. Barcelona - Verdaguer, 1879.) 

(2) Libre d'amíc e d'amat. 



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XIV. -EL SIGLO XIV (Conclusión) 

"propio Serafín de Asís, y digno de emular las resplandecientes estrofas 
"del Paradiso de Dante y las ternuras e inocencias angelicales que por 
"por aquella sazón metrificaban y difundían por Italia algunos de los hijos 
"de San Francisco 41 (1). 

F) Libre de les maravelles o Libre apellat Félix de Maravelles del 
*mon. Su argumento es el siguiente: Félix va por el mundo maravillándose 
de cuanto ve, y sacando de todo argumentos poderosos para loar y glorifi- 
car a Dios. Cada persona que halla Félix en su camino le cuenta historias 
o ejemplos. Viene a ser, pues, bajo esta forma novelesca, una enciclopedia 
de cuanto sabía Raimundo Lulio; es decir, de cuanto sabían en su tiempo 
los hombres más sabios, con algo más que sólo el mismo Raimundo 
alcanzaba. Las historietas intercaladas son 365. Divídese en diez partes o 
libros, y el séptimo es el Libre de les Besties, que Gonzalo Hofmann publicó 
aparte (Munich -1872) bajo el título de Thierepos (epopeya animal). El 
Libre de les Besties es un largo apólogo, inspirado por el Callmna y Dimna 
(véase IX - 81), con algo, aunque poco, del Román du Renart, francés, de 
quien toma el nombre del protagonista (2). 

125. Poesía trovadoresca en galaico-portugués. Tránsito 
al castellano. — Los primeros años del siglo xiv son el apogeo de la 
poesía trovadoresca en galaico-portugués, común a las regiones occidenta- 
les y a Castilla, y manifestándose, como ya sabemos, de dos modos: en frías 
imitaciones de la lírica provenzal, ya de suyo tan fría, y como corriente 
caudalosa de verdadera poesía campesina y marinera, que se desborda de 
los estrechos cauces de aquella imitación retórica. Los trovadores gallegos, 
en los que hay que comprender a los castellanos que escribían como ellos, 



(1) P. Restituto del Valle (Dis. citado). Del Blanquerna hay una traducción castellana (Mallorca, 1749). 
El Cántico del Amigo y del Amado se ha publicado aparte varias veces en castellano, como libro de devo- 
ción; entre ellas, por la Casa Calleja — editora de este libro, — en su copiosa e interesante colección 'Joyas 
del cristiano". 

(2) El Libro las Maravelles está publicado en su original catalán por D. Jerónimo Roselló (Biblioteca 
Catalana de D. Mariano Aguiló). Hay una traducción castellana (Mallorca • 1750) hermana de la del Blan- 
querna, y ambas se atribuyen al P. Luis de Flandes. En la monumental Histoire Litteraire de la France. . . 
commencé par les religieux benedictina de la Congregation de St. Maur et continué par des membres 
de l'Institut, hay un largo estudio sobre Raimundo Lulio, a titulo de cabeza de una escuela que ha tenido en 
Francia muchos partidarios, empezado por Littré y concluido por Haureau. Es muy erudito, pero de cri- 
terio positivista, el menos adecuado, como dice Menéndez Pelayo, para penetrar en el alma de un teólogo, 
de un metafisico y de un místico del siglo XIV". Los críticos alemanes también han trabajado mucho sobre 
Lulio. Adolfo Helfferich publicó un libro sobre él (Berlin 1858). En España indudablemente lo mejor es lo 
de Menéndez Pelayo: Los grandes polígrafos españoles, Orígenes de la novela, etc. La originalidad filosó- 
fica y literaria de Lulio está hoy en crisis, por negarla los arabistas. — Ribera (Origen de la filosofía de 
R. Lulio), Asin (Mohidlu, en el Homenaje a M. Pelayo y Abenmasarra y su escuela), los cuales sólo ven en 
las obras del filósofo mallorquín imitaciones o plagios de autores árabes. Un libro como el nuestro no es 
adecuado para exponer esta cuestión, sino sencillamente para indicarla. 

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SALCEDO. — Literatura española. — Tomo I. 20 

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SALCEDO.* LA LITERATURA ESPAÑOLA 

aspirábanse unas veces en los modelos de Provenza, y otras en las can- 
( dones indígenas del pueblo galaico-portugués. Los ejemplos citados más 
arriba pertenecen a esta época. Mas desde la muerte de D. Dionís empieza 
a notarse la decadencia. Un tal Juan de León, lamentábase de que con la 
desaparición de aquel principelas artes trovadorescas no eran ya protegidas 
ni estimuladas: 

Os trotadores que poys ficaron 
En o sen regno et no de León, 
No de Castella, no de Aragón, 
Nunca poys de sa morte trobaron; 
Et dos jograres vos quero dizer 
Nunca cobraram pannos nem aber 
Et o sen bem muyto desejaron: 



Fuera por la predominante posición de Castilla, o por otras causas; o 
simplemente porque los poetas castellanos fueran poco a poco acostum- 
brándose a usar de su idioma para versificar, es el hecho que antes de 
mediar el siglo xiv empiezan las poesías líricas castellanas del mismo estilo 
que las galaico-portuguesas, siendo de notar tres cosas: primera, que los 
más antiguos trovadores de nuestra lengua no la usaban exclusivamente, 
sino unas veces, y otras el gallego: eran, pues, poetas bilingües; segunda, 
que el castellano empleado por nuestros líricos primitivos está plagado de 
galleguismos; y tercera, que los poetas portugueses alternaron también en 
el uso de los dos idiomas, y aun llegaron muchos de ellos a preferir el 
castellano al suyo nativo. Todo lo cual demuestra que durante una larga 
época se creyó que para componer poesías líricas al estilo trovadoresco 
había que hacerlo en gallego por no ser el castellano instrumento adecuado 
para eso, y que después, sin duda merced a la labor de los ingenios de 
nuestra tierra, y previos los inevitales tanteos y fracasos en las primeras 
tentativas, la experiencia convenció de que el habla de Castilla era tan buena 
como cualquiera otra para todas las combinaciones métricas ideadas en 
Provenza y trasportadas al occidente de España. 

La trova más antigua en castellano conocida hoy es del rey D. Alfon- 
so XI, sin valor poético, aunque si histórico-literario por señalar claramente 
la transición de uno a otro idioma. 

126. Poema de Alfonso XI. — Probablemente, el mismo Alfon- 
so XI fué quien hizo traducir del gallego al castellano la Crónica rimada o 
Poema de Alfonso XI que halló en Granada D. Diego Hurtado de Mendoza 
en 1573, y se la remitió a Jerónimo de Zurita como un cantar de gesta. 

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XIV. -EL SIGLO XIV (Conclusión) 

Sepultada después con tantos otros tesoros literarios en la Biblioteca del 
Escorial, no fué publicada hasta 1863 por D. Florencio Janer, gracias 
a la regia munificencia de Isabel II (1). 
El poema de Alfonso XI es, indudable- 
mente, un cantar de gesta, o sea de historia; 
pero no del ciclo de los primitivos, o propia- 
mente llamados tales, sino composición de 
un poeta erudito del siglo xiv, contemporá- 
neo, y aun actor, como soldado, de las gue- 
rras que narra. Que el autor fué gallego, 
pruébalo: 1.° La manera como se cita el que 
lo puso en castellano: 

La profesia conté 

E torné en desir llano 

Yo Ruy Yannes la noté Isabel ll 

En lenguaje castellano. 1830 - 1904 

Y 2.° y principal, por la aguda y exacta observación del Dr. Julio 
Cornn, profesor de Praga. La versificación castellana es desdichada; pero 
si se trasporta al portugués, resulta muy bien. 

Ejemplos: 

Texto castellano Trasporte al portugués 



Non ayades que temer Non ajades que temer 

Estos moros que son pocos: Destes mouros que son poucos: 

Con vusco cuido vencer Comvosco cuido vencer 

Este dragón de Marruecos. Este dragáo de Marrocos. 

Vos, buen rey, non lo buscastes Vos, bom rey, nom o buscastes 

E por vos cobraré corona, E por vos cobrarei croa 

E pues muy bien comenzastes, E pois mui ben comengastes 

La cima sea muy buena agora. A cima seja mui boa. 



(1) El códice del Escorial se titula: Historia del rey don Alonso, en metro, letra antigua, en romance 
e Historia del rey don Alonso el onceno, que ganó las Algeciras, en metro, sin principio ni fin. Argote 
de Molina (Nobleza de Andalucía - 1588) publicó treinta y cuatro coplas, titulándola: Crónica en coplas 
redondillas por el rey don Alonso el último, de donde dedujo don Nicolás Antonio que el mismo Rey habia 
sido su autor. Amador de los Ríos citó ya el nombre de éste, o mejor dicho, del traductor castellano, en sus 
Estudios sobre los judíos, copiando esta indicación Gil y Zarate (Manual de Literatura - 1851). El libro pu- 
blicado en 1863 se titula: * 'Poema de Alfonso onceno, rey de Castilla y de León; manuscrito del siglo XIV, 
publicado por vez primera de orden de Su Majestad la Reina. Con noticias y observaciones de Florencio 
Janer- 1863- Madrid. Impreso por don Manuel Rivadeneyra; calle de la Madera, 8*. Es una bonita edición, 
digna de la regia editora, sin lujo aparatoso, pero con excelente papel y clarísimos y hermosos tipos de 
imprenta. 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Se ve que el traductor castellano era un pésimo versificador que fué 
siguiendo palabra por palabra el texto gallego, sin hacer los cambios im- 
prescindibles en toda versión de uno a otro idioma, y mucho más en las 
versiones de versos. Teófilo Braga ha creído que el original del poema fué 
uno compuesto por el portugués Alfonso Giraldes sobre la batalla del Sa- 
lado, de que se conservan fragmentos en el texto de algunos antiguos 
historiadores lusitanos; ambos, en efecto, están escritos en versos octosíla- 
bos agrupados en coplas redondillas, y hay dos versos idénticos: 

Fragmento de Giraldes Poema de Alfonso XI 

Todas estas cortezias Todas estas cortesías 

Este rey mandou fazer El buen rey mandó facer. 



Mas el poema de Giraldes se limitaba a la batalla del Salado, y com- 
parando los fragmentos que poseemos con la parte del poema de Alfon- 
so IX correspondiente a ese episodio, no se advierte correspondencia. 
Parece que Giraldes copió al autor del poema, o éste a Giraldes, pero que 
se trata de dos composiciones distintas. 

Dozy pondera mucho la belleza literaria del poema de Alfonso XI. 
Menéndez Pelayo dice que, a no ser por su defectuosa versificación, nin- 
gún canto épico de nuestra Edad Media sería leído con tanto gusto, a 
excepción de Mío Cid. Que sus cuadros de guerra son animados, es indu- 
dable. Sirva de muestra: 



Los moros fueron fuyendo 
Maldiciendo su ventura; 
El maestre los siguiendo 
Por los puertos de Segura. 
E feriendo e derribando, 
E prendiendo a las manos, 
E Sanctiago llamando, 
Escudo de los cristianos. 
En alcance los llevaron 
A poder de escudo y lanza; 
E al castillo se tornaron, 
E entraron por la matanza, 
E muchos moros faltaron 
Espedazados jacer; 
El nombre dé Dios loaron 
Que les mostró gran plazer. 



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XIV. -EL SIGLO XIV (Conclusión) 

127. Trovadores castellanos: A) Pero Ferrús. B) Álvarez 
de Villasandino. C) Fernández de Gerena. D) Sánchez de 
Ta/avera y Fr. Diego de Valencia. — La escuela trovadoresca 
castellana estaba ya formada en el reinado de Enrique II, y es igual a la 
portuguesa, de que directamente se derivaba, en cuanto a las rimas y a todo 
lo que constituía imitación provenzal; pero inferiorísima por carecer de 
aquel intenso fondo poético que los trovadores portugueses tomaron de 
campesinos y marineros. Los trovadores de Castilla son poetas cortesanos, 
académicos, que se hubiera dicho siglos más tarde, inagotables composito- 
res de versos bien hechos, falsificadores de afectos que no sentían; gente, 
en suma, de la que no canta por satisfacer un intimo e irresistible anhelo 
del alma, sino para lucirse, figurar y ganarse la vida. De aqui que, proce- 
diendo la escuela de la portuguesa, más que a ésta se parezca a la genui- 
namente provenzal, madre de la lusitana. 

A) El más antiguo de estos poetas de que tenemos noticia es Pero 
Ferrús, que llamaba a su dama Bellaguisa, muy documentado en las 
leyendas del ciclo bretón, y al que debemos la noticia de existir ya en su 
tiempo los tres primeros libros de Amadis de Gaula; conoció la muerte de 
Enrique II, al que compuso un epitafio encomiástico. 

B) Alfonso Álvarez de Villasandino, o de Illescas, incansable versifi- 
cador, que lo mismo hacía cantigas a la Virgen que versos difamatorios y 
obscenos; comerciaba con su habilidad, ora, v. gr., componiendo anual- 
mente por Nochebuena un loor de Sevilla que cantaban los juglares por 
las calles, y que le valia cien doblas de oro pagadas por el Cabildo, ora 
sirviendo a los grandes de mediador poético en sus amores o en sus odios. 
Por su cuenta cantó a muchas damas, desde la reina de Navarra hasta una 
mora, a quien dedicó graciosos versos: 

Linda rosa muy suave 
Vi plantada en un vergel, 
Puesta so secreta llave 
De la línea de Ismael. 



Mohamad el atrevido 
Ordenó que fuese tal, 
De aseo noble complido, 
Alóos pechos de cristal. 
De alabastro muy broflido 
Devie ser con grant razón 
Lo que cubre su alcandora. 



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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Aún vivía Villasandino en 1424, ya entonces muy viejo y pasadísimo 
de moda. Empleaba lo que le quedaba de ingenio en pedir limosna a los 
grandes, o, como diriamos hoy, en dar sablazos a diestro y siniestro: 

Sennores, para el camino 
Dat al de Villasandino. 



C) Garci-Fernández de Gerena se casó con una juglaresa morisca, 
pensando que avia mucho tesoro; pero lueyo falló que su muger non tenía 
nada. Se retiró a vivir en una ermita, enfingiendo de muy devoto, y con 
este motivo compuso algunos versos piadosos que son de lo mejor de su 
repertorio: 

Virgen, flor de espina, 
Siempre te serví: 
Santa cosa e dina, 
Ruega a Dios por mi. 

Dijo después que iba en romería a Jerusalén, y se fué realmente a 
Granada, donde apostató y vivió trece años con su mujer y su cuñada, 
hasta que a principios del siglo xv volvió a Castilla miserable y arrepenti- 
do, siendo objeto de los más virulentos escarnios de Villasandino y otros 
hermanos en la gaya ciencia. Conviene advertir que las noticias biográficas 
que tenemos de este pobre trovador proceden de las sátiras de sus cofrades. 

D) Al comendador Fernán Sánchez de Talavera le dio por las altas 
especulaciones teológicas, y armó una cuestión poética en que intervinie- 
ron el canciller Ayala, un paje de Juan I, un escribano real, un médico 
moro de Guadalajara, un monje de Guadalupe y el franciscano leonés fray 
Diego de Valencia, sobre tan difícil tema como el de la predestinación y la 
libertad humana. Él sostuvo la tesis maniquea, o sea que hay un principio 
del mal, como otro del bien, fundándose en que, de no haber más que un 
principio, 

se podría seguir 

Una conclusión bien fea atal: 

Que Dios es causa e ocassion de mal. 

Todo concluyó ortodoxamente por las explicaciones de Fr. Diego de 
Valencia, u que era muy grant letrado et grant maestro en todas las artes 
liberales, e otrosí era muy grant físico, estrólogo et mecánico*, lo cual, ni 
la doctrina ortodoxa que profesaba en orden a la predestinación, le impi- 
dió ser poeta erótico y trovar en loor "de una donsella que era muy fer- 

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XIV. -EL SIGLO XIV (Conclusión) 

mosa e muy resplandeciente, de la cual era muy enamorado". Su trova que 
empieza En un vergel deleitoso es la mejor amatoria del Cancionero de 
Baena, y, no contento con esto, rivalizó en el género burlesco con sus más 
desvergonzados contemporáneos, llegando a componer al servicio de La 
Cortabota, dama — llamémosla así — de León. 

128. Escuela italiana: A) Imperial. B) Páez de Ribera. 
Los hermanos Martínez González de Uceda. — La escuela tro- 
vadoresca estaba en su apogeo, cuando surgió otra que habia de compartir 
primero con ella el favor de los aficionados a la poesía, y acabar por destruir- 
la o suplantarla: tal fué la italiana, iniciada por la imitación de los grandes 
poetas que se habían elevado en Italia. Dante fué el primero que halló eco 
en nuestra Península. 

A) Micer Francisco Imperial, hijo de un joyero genovés establecido en 
Sevilla, reinando todavía Pedro I, hombre instruidísimo, como lo declara él 
mismo, 

En muchos libros leí: 

Homero, Virgilio, Dante, 

Boecio, Lucán, dessy 

En Ovidio de Amante. . . 

que sabía el francés, el inglés y el árabe y tenia buenas condiciones de 
versificador, acometió conscientemente la empresa de hacer sentir a los cas- 
tellanos la belleza dantesca. Asi decía: 

¡Oh, suma luz que tanto te ensalzaste 
Del concepto mortal! A mi memoria 
Represta un poco lo que me mostraste, 
E faz mi lengua tanto meritoria 
Que una scentella sol de la tu gloria 
Pueda mostrar al pueblo aquí presente 



Cá'assy como de poca scintella 
Algunas veces segundó grand fuego, 
Quisa segunde d'este sueño, estrella 
Que lusirá en Castiella con mi ruego. 



La obra más importante de Imperial es el Desyr de las Siete Virtudes, 
formado de pasajes del Purgatorio y del Paraíso traducidos en endecasíla- 
bos, algunos admirables, y los defectuosos deben de serlo por la extrema 
incorrección del códice en que se han conservado. En el Dezyr el poeta, no 
llegado todavía a la cumbre de la vida, se duerme en un verde prado, y allí 

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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

se le aparece Dante para guiarle al conocimiento de las matronas hermosí- 
simas, que resultan ser las siete virtudes: tres teologales y cuatro cardina- 
les. He aqui cómo era el Dante aparecido: 

Era en la vista benigno e suave 
E en color era la su vestidura 
Cenisa o tierra que seca se cave 
Barba e cabello alvo sin mesura, 
Traya un libro de poca escriptura, 
Escripto todo con oro muy fino, 
E comenza, En medio del camino 
E del laural corona e centura. 
De grant abtoridad avia semblante, 
De poeta de grant excelencia, 
Onde homilde enclineme delante, 
Fasyéndole devida reverencia: 
"Afectuosamente a vos me ofrezco, 
Et maguer tanto de vos no merezco, 
Sea mi yuga vuestra alta cyencia. 



B) El ejemplo dado por Imperial fué seguido por innumerables poetas. 
Al principio la escuela italiana se localizó en Sevilla, brillando allí Ruy Páez 
de Ribera, autor del Proceso que ovieron en uno la Dolencia e la Vejez e el 
Destierro e la Pobreza y del Proceso entre la Soberbia y la Mesura, los her- 
manos Diego y Gonzalo Martínez, y Pero González de Uceda, hombre de 
gran valía como filósofo — profesó la doctrina de Raimundo Lulio — y 
como poeta; en este último orden compuso una graciosa y muy verdadera 
poesía, en que pinta con viveza y donosura sus castillos en el aire, o sean 
las historias que forjaba su imaginación, dándose a si mismo el papel de 
protagonista. González de Uceda, como Azorin en nuestro tiempo, quería 
vivir una porción de vidas diversas. Ya se figura que viaja por el Oriente, 
ya que es alumno de la Universidad de Bolonia, ya que es un caballero 
francés vencedor en innumerables torneos y de los moros en la guerra, ya 
que es astrólogo o alquimista que hace oro del plomo, o labrador y caza- 
dor. He aquí una muestra de tan bella composición: 

Cuando me cato, con grand ligeresa, 
Véome en Flandes merchante tornado, 
Do cargo dies naos de paño presciado 
E de otras joyas de grande realesa, 
E con todo ello vengóme a Sevilla 
Onde lo vendo con gran maravilla, 
E dó grand presente al rey de Castilla. 



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XIV - EL SIGLO XIV (Conclusión) 



A poco de rato non me pago d'esto, 
E fágome pobre que va por el mundo, 
E luego de cabo sobre él me fundo 
En ser ermitaño, santo muy honesto. 
En estas comedías muere el Padre Santo. 
E mi fama santa allí suena tanto 
Que los cardenales me cubren el manto, 
E me crían papa con alegre gesto. 

Lindo, fidalgo, garrido et donoso: 
Todas las donsellas me dan sus amores, 
Mejor les parezco que Mayo con flores. 
En esto traspuesto privanme dolores 
E fallóme triste, doliente, cuitoso. 



129. Prosa castellana. Don Juan Manuel. — Los grandes 
prosistas del siglo xiv fueron Don Juan Manuel y el Canciller Ayala. 

Ya se ha dicho cuándo y dónde nació Don Juan Manuel, y queda in- 
dicada la fecha probable de su muerte. Con razón dice Ticknor que parece 
mentira que un hombre como este infante, tan metido en las intrigas políticas 
y empresas militares de su tiempo, habiéndose mantenido muchos años con 
las armas en la mano contra reyes poderosos y rivales temibles, tuviese va- 
gar y humor para escribir tanto y tan bien como él lo hizo. 

Algunos de los libros de Don Juan Manuel se han perdido, como las 
Reglas de trovar, el Libro de las cantigas, el Libro de los sabios y el Libro 
de los engannos; otros los tenemos incompletos, como el Libro de la caza 
y el de Los castigos, y de otro (el de la Caballería) sólo conocemos el ar- 
gumento. Quédannos los coleccionados en la Biblioteca de Rivadeneyra 
(tomo 51). 

Los principales son: 

El Libro del caballero et del escudero, dedicado a su cuñado Don Juan, 
arzobispo de Toledo. Es un tratado de educación caballeresca en forma dia- 
logada y anecdótica, inspirado, y casi copiado en sus primeros capítulos, del 
Libre del Ordre de Cavaylerla, de Raimundo Lulio (1). Así lo reconoce el In- 
fante, aunque sin citar al beato Raimundo: a Yo — dice, — Johan, fijo del 
infante D. Manuel, fiz este libro, en que puse algunas cosas que fallé en 
un libro". 



(1) Quien primero notó esto fué D. Francisco de P. Canalejas. (Revista de España. Mayo y Octu- 
bre, 1868.) D. Mariano Aguiló exageró las cosas, llegando a decir de la pluma de D. Juan Manuel: gran salte- 
¡adora de tas obras de Ramón Lutl. El principio del libro del infante castellano está efectivamente copiado 
del de Lulio. 

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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

El Libro de los Estados, compuesto entre 1328 y 1330, es un Barloan 
y Josafat, según Menéndez Pelayo, el más antiguo y el más interesante que 
tenemos en nuestra lengua; pero difiere del Barloan cristiano vulgarmente 
conocido en la Edad Media, lo que hace suponer otra versión o variante de 
la leyenda, indica, árabe o judia, probablemente utilizada por nuestro autor. 
Cuatro interlocutores introduce Don Juan Manuel: M Un rey et un infante su 
fijo, et un caballero que crió al infante, et un filósofo, et puse nombre al 
rey Morovan, et al infante Johas, et al filósofo Julio". 

El Tractado que fizo sobre las armas que fueron dadas a su padre, et 
porque él et sus descendientes pudiesen facer caballeros non lo siendo, et de 
como pasó la fabla que con el rey D. Sancho ovo ante que finase es un es- 
crito breve y sin importancia literaria, fuera de estilo, pero de mucha bio- 
gráfica e histórica, porque da detalles muy curiosos y significativos sobre 
la muerte de San Fernando y de Sancho el Bravo, sobre el carácter moral 
de este último rey y sobre las costumbres de aquel tiempo. Infunde in- 
tensa melancolía la figura de D. Sancho agonizante, doliéndose de no po- 
der dar la bendición a su primo Don Juan Manuel, ca ninguno non puede 
dar lo que no há. . . Yo non vos puedo dar bendición, que la non he de mió 
padre, ante por mios pecados et por mios malos merecimientos que le yo 
fiz hobe la su maldición, et dióme la su maldición en su vida muchas ve- 
ees, seyendo vivo et sano, et diómela cuando se moría. Sin duda pecó San- 
cho el Bravo alzándose contra su padre, aunque el mal gobierno de éste 
justificara en cierto modo un acto político que D. Sancho procuró atenuar 
con la posible delicadeza evitando cuidadosamente todo encuentro perso- 
nal con su progenitor, y dejándole hasta el fin de sus días reinar en Sevi- 
lla; pero este remordimiento tan profundo, y, por decirlo asi, tan sereno, 
expresado a la última hora, no con terrores nerviosos, sino con la firmeza 
de un varón que comprende la gravedad de las relaciones entre padres e 
hijos, es de suma elevación moral y digna de un nieto de San Fernando. 

La gloria literaria de Don Juan Manuel radica principalmente en el 
Libro de Petronio o Conde Lucanor. Este libro, compuesto en 1335, trece 
años antes, por lo menos, del Decameron de Boceado, es seguramente la 
raíz o el tronco de la novela moderna, y, por tanto, de la castellana. En sus 
cincuenta cuentos los hay de todos los géneros, menos del amoroso, y estos 
cuentos vienen de las fuentes más diversas, especialmente de las narracio- 
nes orientales y de la tradición nacional. Es seguro que no hay en toda la 
colección un solo cuento original, en el sentido de ser inventado su argu- 
mento por D. Juan Manuel; pero todos lo son en cuanto que el Infante 
supo castellanizarlos y darles forma propia. Véase, por ejemplo, cómo El 
cuento de la lechera, que ya hemos visto en Calimna et Dimna, reaparece 

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XIV. -EL SIGLO XIV (Conclusión) 

igual en su fondo, pero distinto en sus accidentes, en el Conde Lucanor: 

"Señor conde, dixo Petronio, una mujer fué que avie nombre doña 
" Truhana, et era assaz más pobre que rica; et un día yua al mercado, et 
"leuaua una olla de miel en la cabera. Et yendo por el camino, comenzó a 
" cuidar que vendería aquella olla de miel e compraría una partida de hue» 
"vos, et de aquellos huevos nazgerían gallinas, et después de aquellos di* 
"ñeros que valdrían compraría ovejas; et assi comprando, de las ganancias 
"que faria, fallóse por más rica que ninguna de sus vecinas. Et con aquella 
"riqueza que ella cuydava que avia, asmó que casaría sus fijos et fijas, et 
"como dirían guardaba por la calle con yernos et con nueras; et como di- 
"rían por ella como fuera de buena ventura en llegar a tan grant riqueza, 
"seyendo tan pobre como solía seer. Et pensando en esto comenzó a reyr 
"con grant plazer que avía de la de su buena andanza, et en riendo, dio 
"con la mano en su frente, et estonce cayol la olla de la miel en tierra et 
"quebróse. Cuando vio la olla quebrada, comenzó a facer muy grant duelo, 
"tuviendo que auia perdido todo lo que cuydava que auria si la olla no se 
"quebrara. Et porque puso todo su pensamiento por finza vana, non se fizo 
"nada al cabo de lo que ella cuidava". 

Y he aquí otro ejemplo de cuento que había de tener insigne descen- 
dencia en nuestra literatura: 

"Otro día fablaba el conde Lucanor con Petronio, su consejero, en esta 
"manera: "Petronio, bien conozco a Dios que me ha fecho muchas merce- 
des más de lo que yo podría servir, et en todas las otras cosas entiendo 
"que está la mi facienda asaz bien et con honra; pero algunas vegadas 
"acaésceme de estar tan afincado de pobreza, especialmente, de manera 
"que querría tanto la muerte como la vida, et ruégovos que algunt conorte 
"me dedes para esto. 

"Señor conde, dijo Petronio, para que vos conortedes cuando tal cosa 
"vos acaesciere, seria muy bien que supiésedes lo que contesció a dos 
"homes muy ricos que fueron después pobres. Et el conde le rogó le dijese 
"cómo fuera aquello. 

"Señor conde, dijo Petronio, destos dos homes el uno llegó a tan grant 
"pobreza, que le non fincó en el mundo cosa que pudiese comer, et desque 
"fizo mucho por buscar alguna cosa que comiese, non pudo haber cosa 
"alguna sinon una escudilla de altarmuces, et acordándose de tan rico que 
"solía ser, et que agora con fame et con mengua comía altarmuces, que 
"son tan amargos et de tan mal sabor, comenzó de llorar mucho fieramente; 
"pero con la grand fame comenzó de comer de ellos, et comiéndolos estaba 
"llorando, et echaba las cascaras dellos en pos de si; et él estando en este 
"pesar et en esta cuita, sintió que estaba otro home en pos del, et volvió 

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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

*la cabeza, et vio un home cabe si que estaba comiendo de las cascaras 
"que él desechaba, et era aquel de que vos fablé desuso. Et cuando él vio 
" aquel que comía las cascaras de altarmuces, dijo que por qué hacia aque- 
"11o, et él dijo que supiese que fuera muy más rico que non él, et agora 
"que habia llegado a tan grant pobreza et a tan grant hambre, que le piada 
• mucho cuando fallaba aquellas cortezas que él dejaba. Et cuando esto vio 
"el que comía los altarmuces, amortóse, pues entendía que otro había más 
" pobre que non él, et que habia menos razón porque lo debía sen et con 
"este conorte esforzóse, et ayudóle Dios, et cató manera como saliese de 
" aquella pobreza, et salió della, et fué muy bien andante. 

M Et vos, señor conde, debedes saber quel mundo es tal, et aun Dios 
" Nuestro Señor lo tiene por bien, que ningún home non haya cumplida- 
" mente todas las cosas; mas en todo lo al vos face Dios merced, et estades 
"con bien et con honra. Si alguna vegada vos menguaren dineros, et 
"stuvieredes en algún afincamiento, non desmayedes por ello, et creed por 
"cierto que otros más honrados et más ricos que vos están asimesmo pa- 
"gados si pudiesen dar a sus gentes, et les dieses aun muy menos de cuanto 
"vos bades a los vuestros. 

"Et al conde plogo mucho de este consejo que Petronio le dio, et 
"conortose, et ayudóse él et ayudóle Dios, et salió muy bien de aquel 
"quexo en que estaba. Et entendiendo D. Johan que enxemplo era muy 
" bueno, fizólo poner en este libro, et fizo estos viesos que dicen asi: 

"Por pobreza nunca desmayades, 
"Pues otros más pobres que vos veredes\ 

13(h Prosa histórica: Ayala como prosista. — La prosa his- 
tórica fué muy cultivada en este siglo. A él pertenecen la traducción de la 
Crónica Troyana, que en el siglo xv fué vertida al gallego; la de la crónica 
árabe de Ahmed-br-Razi (siglo x), conocida entre nosotros por Crónica del 
moro Rasis, y que, como se ha dicho, no es directa del árabe, sino de una 
traducción portuguesa; la nueva Historia dEspanna, o refundición de la 
Crónica general del siglo anterior, en 1344, añadiendo a la primitiva los 
reinados de Alfonso X, Sancho IV, Fernando IV y parte del de Alfonso XI; 
la Crónica de veinte reyes (de Fruela II a San Fernando), que se compuso 
ya en la segunda mitad de la centuria, y especialmente las crónicas del 
Canciller de Ayala, mucho mejor prosista que poeta. 

Ya hemos hablado de las notables traducciones del Canciller. Suyo 
es también el Libro de cetrería o de las aves de caza, modernamente pu- 
blicado por los Bibliófilos españoles (tomo V) y en la Biblioteca venatoria 

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XIV. -EL SIGLO XIV (Conclusión) 

de Gutiérrez de la Vega (1879). Como escritor de historia, parece haberse 
adelantado a su tiempo un par de siglos. He aqui dos ligeras muestras de 
su estilo. 

Retrato del rey don Pedro I: 

* E fué el rey D. Pedro asaz grande de cuerpo, e blanco e rubio, e 
ceceaba un poco en la fabla. Era muy cazador de aves. Fué muy sofridor 
de trabajos. Era muy temprado e bien acostumbrado en el comer e beber. 
Dormía poco, e amó mucho mujeres. Fué muy trabajador en guerra. Fué 
cobdicioso de allegar tesoros e joyas; tanto, que se falló después de su 
muerte que valieron las joyas de su cámara treinta cuentos en piedras pre- 
ciosas e aljófar e bascilla de oro e de plata e en panos de oro e otros apos- 
tamientos. E avia en moneda de oro e de plata en Sevilla en la Torre del 
Oro e en el castillo de Almodóvar setenta cuentos, e en el Regno e en sus 
Recabdadores en moneda de novenes e cornados, treinta cuentos, e en deb- 
das en sus arredadores, otros treinta cuentos; asi que ovo en todo sus con- 
tadores de cámara e de las cuentas. E mató muchos en su Regno, por lo 
cual le vino todo el daño que avedes oido. Por ende, dirmos aqui lo que 
dixo el profeta David: Agora los reyes aprended e sed castigados todos los 
que juzgades el mundo: ca gran juicio e maravilloso fué este, e muy res- 
petable". 

Preliminares de la noche de Montiel: 

"El rey D. Enrique partió del real de Toledo, e fuese para un villa que 
dicen Orgaz, que es a cinco leguas de Toledo, e allí vinieron a él los maes- 
tres de Santiago e de Calatrava e D. Juan . . ., etc. E así ajuntó el rey don 
Enrique allí todas sus compañas para pelear, que podían ser fasta tres mil 
lanzas . . . E partió de Orgaz, e luego supo cómo el rey D. Pedro pasara 
por el campo de Calatrava, e que era cerca de un logar e castillo de la 
Orden de Santiago, que dicen Montiel . . . E sopo cómo el rey D. Pedro era 
en Montiel; pero le decían que quería desviar el camino que primero tro- 
xiera, e ir camino de Alcaraz, que estaba por él, pero no lo sabía cierto. 

"El rey D. Enrique ovo su consejo de acuciar su camino cuanto más 
pudiese e catar manera como pelease con el rey D. Pedro; ca sabía que si 
la guerra se alongase, que el rey D. Pedro avria de cada día muchas aven- 
tajas; e por esto acordó de acuciar la batalla, e asi lo fizo, e anduvo quanto 
pudo, en guisa que llegó cerca del dicho castillo de Montiel do estaba el 
rey D. Pedro; e algunos de los que iban con él ponían fuegos por la tierra 
por ver el camino, ca la noche era muy escura. E el rey D. Pedro non sabía 
nuevas ciertas del rey D. Enrique, nin que era partido del real que tenía 
sobre Toledo e tenía sus compañas derramadas por las aldeas enderredor 
de Montiel, ca de ellos posaban dos leguéis dende, e otros a una legua de 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Montiel donde él estaba, e asi estaban todos. E aquella noche el alcayde 
del castillo de Montiel, que era un caballero de la Orden de Santiago, co- 
mendador de Montiel, que decían Garci Moran, que era asturiano, él e los 
suyos vieron grandes fuegos a dos leguas del logar de Montiel e fideron 
saber al rey D. Pedro que parescian grandes fuegos a dos leguas del casti- 
llo donde él estaba e que catase si eran de sus enemigos. E el rey D. Pedro 
dixo que pensaba que serían D. Gonzalo Mexía e D. Pedro Moñiz e los que 
partieran de Córdoba, que por aventurar se iban juntar con los que estaban 
en el real sobre Toledo; e esto era porque non sabía ningunas nuevas; pero 
envió luego sus cartas a todos los suyos que posaban en las aldeas, que al 
alva del dia fuesen todos con él en el logar de Montiel donde él estaba. 
E cuando fué gran mañana otro día, llegó el rey D. Enrique e los suyos, 
que desde media noche avian andado, a vista del logar de Montiel, e las 
gentes que el rey D. Pedro enviara al camino do parescian los fuegos tor- 
náronse diciendo cómo el rey D. Enrique e los suyos venían muy cerca. 
E el rey D. Pedro e los suyos armáronse e posieron su batalla cerca del 
dicho logar de Montiel, e los suyos que posaban en las aldeas aún non 
eran todos llegados. E el rey D. Enrique aderezó con sus gentes para la 
batalla, e mosén Beltrán de Claquín e los maestros de Santiago e de Cala- 
trava e los otros señores e caballeros e escuderos, e los de Córdoba, que 
eran en la avanguarda, quando movieron por ir a la batalla por se juntar 
con los del rey D. Pedro, toparon en un valle que non pudieron pasar*. 

131. Novelas: A) Amadís de Gaula. B) El Caballero 
Cífar. — En el siglo xiv aparecen también las primeras novelas. El Ama- 
dís de Gaula, o sus tres primeros libros por lo menos, eran populares desde 
principios de la centuria; volveremos sobre este punto al tratar de la publi- 
cación de esta famosa historia en el reinado de los Reyes Católicos. Del 
primer tercio del siglo es El Caballero Cifar, o Historia del Caballero de Dios 
que avía por nombre Cifar, el quel por sus virtuosas obras et hazañosas 
cosas fué rey de Mentón. El libro cuenta, no sólo la vida del héroe que anun- 
cia el largo titulo, sino la de sus hijos Garfin y Roboan, de los cuales el 
segundo llegó a emperador de Tigrida. Tiene por núcleo esta enmaraña- 
disima narración una copia de la leyenda de San Eustaquio o Plácido, muy 
popular en la Edad Media y de origen bizantino, modificada en su des- 
enlace, ya que la vida de San Eustaquio tiene por remate el martirio del 
Santo protagonista, y la de Cifar concluye con su triunfo mundano; méz- 
clanse con el núcleo mil leyendas y consejas tomadas de mil partes diver- 
sas, y lo más digno de mención es el tipo del escudero Ribaldo, que parece 
un vago antecesor de Sancho Panza, ya por su carácter socarrón y ladino, 

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XIV -EL SIGLO XIV (Conclusión) 

ya por su propensión a echar refranes a cada paso. Cervantes nunca cita 
este libro entre los muchos de caballerías que enloquecieron a Don Quijote. 
Es muy posible que no lo conociera; porque, si bien impreso en Sevi- 
lla (1512), nunca debió de ser popular, ni menos en la época de escribirse el 
Quijote. Sin embargo, pudo llegar al Principe de los Ingenios alguna noti- 
cia del escudero Ribaldo, o quizás, y es lo que juzgamos más probable, 
coincidió inconscientemente con aquel vago y desdibujado tipo en la con- 
cepción de su inmortal Sancho Panza. 



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LA LITERATURA ESPAÑOLA EN LA 
EDAD MEDIA + XV. - EL ARCIPRESTE 
DE HITA (1) * * * * * * 



\ 




Poesías del Arcipreste: códices y publicaciones. 
Consérvanse de las poesías del Arcipreste de Hita tres có- 
dices: uno en la Biblioteca de Palacio, procedente del Colegio 
Mayor de San Bartolomé (Salamanca), y es de fines del 
siglo xiv o principios del xv; otro en la Academia española, 
de 1383, llamado Códice de Gayoso, el tercero en la Aca- 
demia de la Historia, de igual fecha que el de Gayoso, y que perteneció a 
la Catedral de Toledo. En la Biblioteca de Palacio hay, además, en otro 
códice un fragmento de la misma colección de versos (2). 



(1) 132. Poesías del Arcipreste: códices y publicaciones. — 133. Elogios del Arci- 
preste (Sánchez, Martínez de la Rosa, Amador de los Ríos, Clarus, Wolf, Dozy, Pui- 
busque, Puymaigre, Leclerc, Vlardot, Mérimée, Fitzmaurice-Kelly, Menéndez Pelayo, 
Puyol y Alonso, Cejador).— YM. Biografía de Juan Ruiz.— \35. Su retrato. - 136. Cul- 
tura del Arcipreste. — 137. Unidad de las Poesías del Arcipreste: cómo debe ser enten- 
dida esta unidad. — 138. Análisis del Libro del Buen Amor. Introducción. (Oración 
preliminar, proemio en prosa, Gozos de Santa María, Alegría de vivir, Lo que es el 
mundo). - 139. Cuerpo del Libro. Primeras aventuras. ¿Es el Libro del Buen Amor una 
relación auto-biográfica? La Astrologla. — 140. Don Amor. Lo que puede el dinero 
ne este mundo. — 141. Don Melón y Doña Endrina. Serranas. Don Carnaval y Doña 
Cuaresma. Doña Garoza. - 142. A) Fábulas. B) Historietas. C) Cánticas piadosas. — 
143. Conclusión del Libro del Buen Amor. — 144. Cantares suplementarios: A) Otros 
Gozos de Santa María. B) Cántica de escolares. C) Paráfrasis del Ave María. D) Otros 
cantares de la Virgen. E) Cántica de los clérigos de Talavera. F) Cantares de ciego. 
145. Juicio criüco del Arcipreste. 

(2) En la Biblioteca de Oporto existen fragmentos de una traducción portuguesa de las poesías del Arci- 
preste, que debe de serlo de algún códice castellano anterior a los conocidos actualmente. Dona Carolina 
Michaelis de Vasconcellos lo indicó al Sr. Solalinde. Fragmentos de una traducción del Libro del Buen 
Amor (Rev. de Filología Española, 1914. Cuaderno segundo). 

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XV. - EL ARCIPRESTE DE HITA 

Valiéndose de todos estos manuscritos, y con el título de Poesías del 
Arcripreste de Hita, las publicó D. Tomás A. Sánchez en el tomo IV de sus 
Poetas anteriores al siglo XV (1790). Limitóse Sánchez a copiar de corrido, 
sin critica filológica, y escardó el texto, como él decía, o sea que suprimió 
cuanto Je pareció licencioso, cosa que censuró duramente Jovellanos en su 
informe redactado a nombre de la Academia de la Historia. Don Eugenio 
de Ochoa reimprimió la edición de Sánchez en 1842. La Biblioteca de Auto- 
res Españoles, de Rivadeneyra, insertó en su tomo LVII los versos del Ar- 
cipreste bajo el título de Libro de los Cantares, en nueva edición preparada 
por Janer sobre el códice de Gayoso, y con los pasajes que Sánchez había 
poscrito por deshonestos. Publicados fueron también estos trozos por Ama- 
dor de los Ríos en un apéndice al tomo IV de su Historia de la Literatura 
Española. 

A un francés, Juan Ducamin, se debe la primera edición paleográfica 
de estas poesías: "Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, Libro del buen Amor; Tex~ 
te du XIVsiécle publiépor la premiére fois, aoec les leQons des trois ma- 
nuscrits connus t parJean Ducamin. Toulouse, 1891 a . 

De 1913 es la última edición: "Clásicos Castellanos: El Arcipreste de 
Hita. Libro del buen amor, edición y notas de Julio Cejador y Franca; edi- 
ciones de La Lectura (Tomos XIV y XVII). Madrid - 1913 a . En la revista £s- 
paña y América (15 Oct 913), el P. Atilano Sanz, en una Revista literaria 
muy desfavorable a esta edición, emite dudas hasta sobre la fidelidad y es- 
crupulosidad del texto, aunque sin fundarlas en otra cosa que en el dicho 
de un literato amigo suyo, que no nombra. 

133. Elogios del Arcipreste (Sánchez, Martínez de ¡a 
Rosa, Amador de los Ríos, Clarus, Wolf, Dozy, Puibusque, 
Puymaigre, Leclerc, Viardot, Mérimée, Fitzmaurice- Kelly, 
Menéndez Pe/ayo, Puyol y Alonso, Cejador). — La fama del 
Arcipreste ha ido creciendo a través del tiempo, y hasta nuestros días puede 
decirse que no ha sido cumplida. 

Del ruido que hiciera en su época quedan escasos vestigios. Sus ver- 
sos fueron traducidos al galaico -portugués. Uno de los poetas del Cancio- 
nero de Baena parece aludir a uno de sus episodios. El Arcipreste de Tala- 
vera le cita dos veces: e mi exemplo antiguo es, el qual puso el Arcipreste 
de Fita en su tractado. . . Dice el Arcipreste de Fita. El Marqués de Santi- 
llana cita también el Libro del Arcipreste de Hita, sin añadir ningún comen- 
tario. Notoria es la influencia de Juan Ruiz en obras de los siglos xv y xvi; 
pero la más profunda oscuridad encubre su nombre hasta el xvni. 



321 

SALCEDO. — Literatura española. — Tomo I. 



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Gcftgle 



SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Don Tomás A. Sánchez comprendió su mérito, diciendo de él que "fijó 
nueva y venturosa época a la poesía castellana, asi por la hermosa varie- 
dad de metros en que ejercitó su ameno y festivo ingenio, como por la in- 
vención, por el estilo, por la sátira, por la ironía, por la agudeza, por las 
sales, por las sentencias, por los refranes de que abunda, por la moralidad 
y por todo. Podemos casi llamarle el primer poeta castellano conocido, y 
el único de la antigüedad que puede competir en su género con los mejo- 
res de Europa, y acaso no inferior a los mejores de los latinos. Las pinturas 
poéticas que brillan en sus composiciones muestran bien el ingenio y la 
valentía del poeta. Véase la que hace de la tienda de campaña de Don 
Amor, que en sublimidad y gracia puede competir con la que hizo Ovidio 
del palacio y carro del Sol, que sin duda tuvo presente para unitaria e 
igualarla". 

No menos elogiaron a Juan Ruiz desde su punto de vista clasicista 
Quintana y Martínez de la Rosa; del segundo es la frase, tan repetida por 
los más modernos panegiristas del Arcipreste, y siempre con comentario 
desfavorable, y aun despectivo, para su autor: ¡Qué lástima que un hombre 
de tanto ingenio naciese en un siglo tan rudo! Amador de los Ríos estudió 
detenidamente las fuentes en que había bebido; considéralo como gran 
poeta y gran moralista que fustigó los vicios de su siglo. Mas, igual que en 
otros casos, del extranjero nos han venido los más estupendos elogios de 
nuestro primer poeta del siglo xiv. Guillermo Wolk (Clarus) ha escrito: *La 
'ingeniosa fantasía, la viveza de los pensamientos, la exactitud en la pin- 
"tura de caracteres y costumbres, la movilidad encantadora, el interés que 
*a todo comunica, el justo colorido y la ironía profunda e incomparable, 
"que a nadie perdona, incluso a si mismo, elévanle, no sólo sobre los poe- 
sías españoles que le siguieron, sino sobre casi todos los medioevales en 
"Europa entera \ Wolf le compara con Cervantes por haber compuesto su 
obra en una cárcel y por las dotes de su ingenio. Para Dozy es un genio 
fecundísimo que pintó con hechicera gracia la sociedad española de su si- 
glo. Para Puibusque es el primer español que mereció el título de poeta. 
Puymaigre no le encumbra menos, aunque procurando, como buen francés, 
llevársele a casa. Según el crítico de Les Vieux Auteurs Castillans, "elArci- 
"preste no tiene de español más que la lengua, y ésa mezclada con gran 
"número de vocablos originarios del extranjero", aserción, sin embargo, 
que niega en redondo otro francés — Víctor Leclerc (Histoire Litteraire de la 
France, tomo XXIII), — yendo más allá de lo justo, porque la influencia 
francesa es notoria en importantes pasajes y episodios de la obra de Juan 
Ruiz. Viardot ve en éste a uno de esos genios excepcionales que sacan de 
sí propios toda su fuerza y que no deben nada a las circunstancias; aserción 

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XV. - EL ARCIPRESTE DE HITA 

también exagerada, porque no hay genio alguno, por excepcional que sea, 
en quien no influyan las circunstancias. Ernesto Mérimée dice que "el Libro 
del Buen Amor es el más significativo y brillante del siglo xiv a . 

Los críticos ingleses suelen comparar al Arcipreste de Hita con Chau- 
cer, que también floreció en la centuria decimocuarta (1328-1400). Prote- 
gido de Eduardo III, fué embajador de este rey en Francia y en Italia, 
soldado, habiendo sido hecho prisionero por los franceses en una batalla, 
miembro de los Comunes e inspector general de Aduanas. Sus últimos 
años fueron de pobreza y olvido. Tradujo al inglés 
la Consolación, de Boecio, y el Román de la Rose, 
y compuso varios poemas; pero su gloria provie- 
ne de los Cuentos de Canterbury (Canterbury Ta- 
les). Supone Chaucer que treinta personas de casi 
todas las condiciones sociales (un caballero, un 
escudero, un médico, una abadesa, un fraile, un 
ujier del Tribunal eclesiástico, un escolar, un ven- 
dedor de indulgencias, etc.) .hicieron una peregri- 
nación de Londres a Canterbury para orar en la 
tumba de Santo Tomás de Beckett. El hostelero de 
Tabordo, en cuyo establecimiento se juntaron los 
peregrinos, quería partir de Londres; se va con 
ellos, y les propone que cada uno cuente un cuen- 
to a la ida y otro a la vuelta. Chaucer no pudo Francl8C0 *«*»******" 
acabar su obra, y así, no tenemos más que los 1789-1862 

cuentos de la ida; pero son variadísimos en el ca- 
rácter y estilo, ofreciendo en conjunto la representación de la Edad Media 
por todos sus aspectos, desde el más elevado e idealista al más obsceno. 
Chaucer fundió en su lenguaje los dos que se hablaban entonces en Ingla- 
terra, el normando y el sajón, y los historiadores británicos ven en él el 
comienzo de la Literatura artística. 

"Juzgando a Juan Ruiz por sus positivos y propios hechos literarios — 
"escribe Fitzmaurice- Kelly, — podemos decir en conclusión que merece ser 
"colocado al lado de Chaucer, el poeta con quien ha sido tan frecuente- 
mente comparado". 

Nuestros escritores modernos extreman el elogio al llegar al Arcipreste 
de Hita. Así, Menéndez Pelayo, en la Antología (tomo III) y en los Orígenes 
de la novela (tomo I-XCVI y siguientes), dice de él que "considerado como 
poeta, se levanta a inmensa altura, no sólo sobre los ingenios de su siglo, 
sino sobre todos los de la Edad Media española", que "escribió en su libro 
multiforme la epopeya cómica de una edad entera, la comedia humana del 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

siglo XIV, que tuvo el don literario por excelencia, rarísimo o único en los 
poetas de la Edad Media, rarísimo todavía en las del siglo XV, de tener 
estilo m , etc. 

Don Julio Puyol y Alonso dedicó al Arcipreste un extenso estudio crí- 
tico ponderando sus méritos (1); y Cejador, en la Introducción a la edición 
de La Lectura, lleva las alabanzas a su colmo: El libro del Arcipreste es el 
libro más valiente que se ha escrito en lengua castallana. Nuestra lite- 
ratura ofrece tres cimas que se yerguen hasta las estrellas y sobresalen en- 
tre las obras más excelsas del ingenio humano: El Quijote en el género no- 
velesco, La Celestina en el dramático, El Libro del buen amor en todos los 
géneros. . . Juan Ruiz es el gigantazo aquel, llamado Polifemo, que nos 
pintó Homero, metido a escritor. . . Tan grande, tan colosal es, que, sobre- 
pujando a toda previsión y escapándose de toda medida, se les ha ido de 
vuelo a los escritores más avizores y de más firme mirar. El Greco se queda 
corto en pintura para lo que en literatura es Juan Ruiz . .. No es lienzo ni 
pintura este libro; es de piedra berroqueña, grabada a martillazo limpio 
por un cíclope. La literatura griega es de alfeñique ante esta obra. . . Sólo 
Esquilo puede aparearse con él en la fuerza etc. 

134. Biografía de Juan Ruiz. — No tenemos del Arcipreste otros 
datos biográficos que los que pueden deducirse de sus versos. Su nombre 
y su arciprestazgo constan varias veces en ellos, por ejemplo: 



Porque de todo bien es comienzo e rais 
La Virgen Santa María, por end yo Juan Ruiz 
Arcipreste de Fita, della primero fis 
Cantar de los sus gosos siete, que asi dis. 



El códice de Salamanca contiene la siguiente indicación cronológica, 
puesta según parece por el copista: 

Era de mil e trescientos e ochenta e un años 
fué compuesto el romance. 



El códice de Toledo señala trece años antes. El de Salamanca añade: 
Este es el libro del Archipreste de Hita, el cual composo seyendo preso por 



(1) El Arcipreste de Hita. — Estudio critico, por Julio Puyol y Alonso, Madrid 190& (En &• 306 página* 

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XV. - EL ARCIPRESTE DE HITA 

mandato del cardenal D. Gil, arzobispo de Toledo, lo que, en parte, confir- 
ma el poeta varias veces: 

Sennor, de aquesta cuita saca al tu Archipreste 

Libra a mi Dios desta presión do yago. 

De aqueste dolor que siento 
En presión, sin merescer 
tú me daña estorger. 

Cuáles fueran las causas de la prisión, ni cuánto durara, no se sabe. 
De ciertas frases parece deducirse que Juan Ruiz escribía en Toledo: 

"De todo se escribe. . . en Toledo no hay papel 
"entraba la cuaresma, vineme para Toledo. . . 

Y de otra frase, a la verdad de muy dudoso significado, que era de Al* 
cala de Henares: 

Fija mucho vos saluda uno que es de Alcalá. 

Pero si no fué natural de esta ciudad, en la región del Guadarrama 
trascurrió sin duda gran parte de su vida, ya que en las canciones del Arci- 
preste los nombres de Lozoya, Sotos Albos, Terreros, El Vado, Riofrio, etcé- 
tera, suenan familiarmente, como en labios de quien conocía muy bien los 
rincones de la Sierra. 

Como en 1351 figuraba de Arcipreste de Hita un tal Pedro Fernández, 
y parece que una de las poesías de Juan Ruiz es de 23 de Julio del mismo 
año, se ha supuesto que el poeta debió de morir dentro del año, y con an- 
terioridad suficiente a su conclusión, para que Pedro Fernández fuese nom- 
brado y tomara posesión de su cargo. No es más que una congetura. 

135. Su retrato. — En el episodio de Doña Garoza se lee: 

Dixol donna Garoza: "hayas buena ventura 
Que de ese archipreste me digas su figura: 



"Sennora (dis la vieja): yol veo a menudo, 

El cuerpo ha bien largo, miembros grandes, trefudo, 

La cabeza non chica, belloso, pescozudo, 

El cuello non muy luengo, cabel prieto, orejudo. 

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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Las cejas apartadas, prietas como carbón, 
El su andar enfiesto bien como de pavón, 
Su paso sosegado; e de buena ratón, 
La su nariz es luenga: esto le descompon, 
Las encías bermejas, et la fabla tumbal, 
Lá boCa non pfcquenna, labros al comunal, 
Más gordos que delgados, bermejos como coral 
Las espaldas bien grandes, las munnecas atal 
Los ojos ha pequennos, es un poquillo bazo, 
Los pechos delanteros, bien trefudo el brazo, 
Bien cumplidas las piernas, del pie chico pedazo: 
Sennora, del non vi más: por su amor vos abrazo. 
— Es ligero, valiente: bien mancebo de días, 
Sabe los instrumentos e todas juglerías, 
Donneador alegre para las zapatas mías. 
Tal ornen como este non es en todas erías\ 



Se cree que este retrato, admirablemente pintado por cierto, es el del 
poeta: un autorretrato. Así presenta Pérez Galdós, en su episodio Carlos VI 
en la Rápita, al Arcipreste de Uldecona, que quiere ser una reproducción 
moderna del de Hita. Pérez Galdós admite la versión del carácter licencioso 
de Juan Ruiz, y hace muy grotesco el tipo. 

136. Cultura del Arcipreste. — Alardeaba el Arcipreste de in- 
docto 

So rudo e sin ciencia . . . 



Escolar soy muy rudo, nin maestro, ni dotor, 
aprendí e sé poco para ser demostrador; 



pero era realmente un clérigo ilustrado, no ya para lo que se usaba en el 
siglo xiv, sino para Lo que se acostumbra en nuestra época: de teólogo y 
escriturario más que adocenado acredítale el Proemio de su libro; cita con 
frecuencia la Sagrada Escritura y los Santos Padres, y sobre todo trata con 
mucha seguridad y precisión de términos el difícil punto de la predestina- 
ción y la gracia; su competencia como canonista se refleja en sus citas de 
las Clementinas, del Ostiense, de Inocencio IV, del Rosario de Guido, del 
Espéculo y de maestre Roldan, así como el proceso ante el alcalde de 
Buxia demuestra que conocía muy bien los procedimientos judiciales; 
de autores profanos, los nombres de Platón, Aristóteles, Hipócrates, Ptolo- 
meo, Catón, Virgilio, Ovidio, etc., son prueba de su cultura. 

A pesar de esto, don Julio Cejador afirma que "su biblioteca debió de 



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XV. - EL ARCIPRESTE DE HITA 

"ser harto menguada. Por su libro se saca que conocía la Biblia, varias 
"obras canónicas y jurídicas, el Conde Lucanor, del cual sacó el asunto de 
"varias fábulas, el poema de Alexandre, al cual imita, algún Isopete, del 
"que sacó el de otros apólogos, el Pamphilus que glosó, los Aforismos 
*de Catón, Aristóteles, Ptoloemo, Hipócrates, pero sin duda de segunda 
"mano. No tenía ningún clásico latino, ni menos griego, pues aunque cita 
"a Ovidio, para él y sus contemporáneos Ovidio Nasón era el Phamphllus 
"medioeval, imitador del verdadero Ovidio". En esto último hace hincapié, 
refutando a Menéndez Pelayo, quien afirma que "formó el Arcipreste su 
"estilo principalmente a imitación del de Ovidio, de cuyas buenas y malas 
"condiciones participa en alto grado". Cejador dice: a ni se formó en Ovi- 
"dio, ni leyó siquiera un solo verso suyo", y en nota de la página 163: "El 
"Arcipreste no ha tomado nada de estos tres libros (de Ovidio), por más que 
"lo hayan repetido algunos... Es gran lástima que autores del valer de Puy- 
"maigre hagan tamañas afirmaciones, y que maestros como nuestro Menén- 
"dez Pelayo las repitan: Los castigos o amonestaciones que le dirige el 
"Amor están puntualmente tomados de Ovidio. Yo desearía saber de dónde 
"están puntualmente tomados, pues me he leído los tres tratados de Ovidio 
"para cerciorarme de ello, y no lo veo. Duro se me hace decir esto de mi 
"maestro; pero la verdad ante todo. Don Marcelino se fió de Puymaigre, y 
"Puymaigre no leyó a Ovidio. Para el Arcipreste, Ovidio era el falso Ovidio 
"o Panfilo, y de él sacó cuanto han creído que sacó de Ovidio. Puyol cita 
"algunos pasajes ovidianos que cree tomó el Arcipreste. Muchas ganas se 
"necesitan para ver lo que no hay, como parece lo vio Puyol en esos pasa- 
"jes que yo he leído, sin ver nada de parecido con los del Arcipreste - . 

El P. Atilano Sanz refuta estéis afirmaciones de Cejador, en el citado 
artículo de España y América. 

" Vamos a puntualizar — dice — los lugares de Ovidio donde se en- 
cuentran los consejos que don Amor y doña Venus, su mujer, según el 
Arcipreste, le dan a él mismo, porque esto nos sirve de paso para probar 
que Menéndez y Pelayo no siguió ni copió a Puymaigre, sino que los leyó 
en el propio Ovidio Nasón. 

"Pasaremos por alto aquellos lugares que el mismo Cejador cita tradu- 
cidos al pie de la letra, como, por ejemplo: 



Sabe primeramente la mujer escoger. 

Libro del Buen Amor, estr. 430, v. 4. 

Principio, quod amare velis, reperire labora. 
Ara amandi, can. 1.°, v. 35. 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Muy blanda es el agua; mas, dando en piedra dura, 
muchas vegadas dando, face gran cavadura. 

L del B. A, estr. 526, vs, UZ 

Quid magis est saxo durum? Quid mollius unda? 
Dura tamen molli saxa, cavantur aquae. 

Ars am^ can. 1.°, v. 474. 



"Y cotejemos otros en los cuales el Sr. Cejador parece no haberse fijado: 

Non le seas ¡refertero en lo que te pidiere, 
nin le seas porfioso contra lo que te dixiere. 

L del B. A* estr. 453, vs. 3-1 

Cede repugnanti . . . 
Quod dices dicas, quod negat illa, neges. 

Ars anu, c. 2.*, vs. 107-200. 

Otrosí cuando veyeres a quien usa con ella, 
quier sea suyo o non fablale por amor della, 
si podieres dal'algo, non le hagas querella, 
ca estas cosas pueden a la muger traella. 

L. del B. A* estr. 488, vs. 1 , 2, 3 y 4. 

Nomine quemque suo, nulla est jactara, saluta 
junge tuis humiles, ambicióse, manus. 
Sed tamen et servo, levis est impensa, roganti, 
porríge fortunae muñera parva tuae. 

Ars artL, c 2.°, v. 253. 

Sy sabes estrumentes byen tañer e tocar, 
sy sabes e avienes, en fermoso cantar, 
a las vegadas, poco, en onesto lugar: 
do la muger te oya, non dexes de provar. 

L.delB. A, estr. 515. 

si vox est canta; si mollía brachia, salta, 
et, quacumque potes dote placeré, place. 

Ars am y c. 1.°, v. 504. 



* Creemos que bastan las pruebas apuntadas para dejar claramente 
sentado que el Arcipreste no solamente leyó a Ovidio, sino que también 
tomó puntualmente cuanto le convenía para su libro, puesto que muchos 



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XV.- EL ARCIPRESTE DE HITA 

de los versos latinos que anteceden están traducidos al pie de la letra 11 . 

En cuanto a que no tuviese ningún clásico en su biblioteca, el mismo 
Juan Ruiz, añade el articulista de España y América, cita a Platón, Aristó- 
teles, Hipócrates, Catón, Ptolomeo, Ovidio, Virgilio, etc.; y no sólo los cita, 
sino que suele traer alguna sentencia, dicho o materia tratada por ellos, 
apropiados al asunto que desenvuelve en su libro: luego debemos concluir 
diciendo que si no tenia ningún clásico, por lo menos los conocía y los 
habia estudiado. 

Y, por último, respecto de que el Arcipreste y sus contemporáneos 
confundiesen a Ovidio con Panfilo, ni de aquí se deduce que no conocie- 
ran a otros escritores, ni es cierto tampoco que los confundían. El mismo 
Juan Ruiz cita a los dos por sus nombres, Pamphilo e Nason; y si esto fuera 
poco, en los castigos de doña Venus al Arcipreste éste escribe: 

Don Amor a Ovydyo leyó en la escuela. 

Estr.512,v.l. 

137. Unidad de las Poesías del Arcipreste: cómo debe 
ser entendida esta unidad. — Por mucho tiempo se ha creído que 
las poesías del Arcipreste no forman más que una colección, esto es, que 
los códices existentes eran cancioneros de composiciones diversas, escritas 
sin unidad de plan. Después se ha reparado que no es asi, y que todas las 
canciones se ordenan a un fin único preconcebido, constituyendo una espe- 
cie de poema lírico o un libro. Se ha denominado este libro del Buen Amor, 
porque así parece indicarlo el mismo poeta en la invocación con que co- 
mienza: 

Tu, sennor Dios mío, que el home crieste, 
Enforma et ayuda y mi el tu arcipreste, 
Que pueda faser un libro de buen amor aqueste, 
Que los cuerpos alegre et a las almas preste. 

Y en el preámbulo en prosa contrapone el Buen Amor, que es el de 
Dios, al loco amor del mundo que usan algunos para pecar. 

No están conformes los críticos sobre si todas las canciones contenidas 
en el códice de Salamanca son parte del Libro del Buen Amor. El señor 
Puyol, v. gr., entiende que los Gozos de Santa María, la Cántica de los 
escolares que demandan por Dios, el Ave María y la Cántica de los clérigos 
de Talauera, que no están en el códice de Toledo, así como los Cantares 
de ciego, que sólo se hallan en el de Gayoso, no tienen ninguna relación 
con el cuerpo del poema. A nuestro juicio, ni aun las canciones que indis* 

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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

qutíblemente están ordenadas por el Arcipreste para constituir ese conjunto 
fueron compuestas de una vez o seguidas, con el propósito de haca un 
poema o libro. Juan Ruiz debió de ir componiéndolas en diferentes ocasio- 
nes y circunstancias de su vida, fruto cada una de distintos momentos de 
feliz inspiración: sólo asi nos explicamos la frescura e intensidad poética de 
todas ellas, sin esas caídas en el prosaísmo que son inevitables, aun para 
los mayores ingenios, al escribir una tan larga tirada de versos encamina- 
dos todos al mismo fin, y también la exuberancia de unas y la sobriedad 
de otras, y su distinto tono y carácter. Los cantares del Arcipreste son, sin 
duda, la colección de los versos selectos que escribió durante toda su vida, 
colección hecha en el ocio forzado de la cárcel, con el gusto depurado y la 
experiencia de la vejez. Al ordenarla hubo de advertir el poeta que su obra 
de tantos años tenia una unidad de asunto que enlazaba perfectamente 
entre si todas sus felices inspiraciones, y que esa unidad era el amor, que 
por irresistible impulso de su temperamento habia él cantado siempre, 
unas veces por lo divino y otras por lo humano, y esta idea le sirvió para 
ir enlazando y organizando aquella materia poética dispersa. Como es 
hatural, no todos los versos pudieron ser soldados con la misma perfección. 

138. Análisis del Libro del Buen Amor. Introducción. 
(Oración preliminar, proemio en prosa, Gozos de Santa 
María, Alegría de vivir, Lo que es el mundo). — Los versos del 
Arcipreste están distribuidos en cerca de 1.700 coplas. Empiezan por una 
Oración qu'el Arcipreste fizo a Dios quando comento este libro suyo: 

Señor Dios que a los jodíos, pueblo de perdición, 
Sacaste de cabtivo del poder de Faraón 
A Daniel sacaste del pogo de Babilón; 
Saca a mi coytado desta mala presión. 



Viene luego el proemio en prosa, donde nos dice que ha de contra- 
poner "el Buen Amor, que es el de Dios, al loco amor del mundo que usan 
algunos para pecar. Añade que ha escrito su libro para "exemplo de bue- 
nas costumbres e castigos de salvación, et porque sean todos apercibidos 
e se puedan mejor guardar de tantas maestrías como algunos usan por el 
loco amor a . Bien es verdad que en el mismo prólogo escribe también: Em- 
pero porque es humanal cosa el pecar, si alguno (lo que non los consejo) 
quisiesen usar del loco amor, aquí fallarán algunas maneras para ello 9 e 

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XV. - EL ARCIPRESTE DE HITA 

ansí, este mi libro a todo orne o mujer, al cuerdo e al non cuerdo, al que 
entendiere el bien et escogiere la salvación e obrare bien amando a Dios, 
otrosí al que quisiere el amor loco, en la carrera que anduviere, puede cada 
uno bien decir: Intellectum tibi dabo". Este pasaje, que fué de los suprimi- 
dos por Sánchez, y en que Menénez Pelayo ve un rasgo humorístico denun- 
ciador de la condición apicarada y maleante del Arcipreste, significa, a 
nuestro entender, el propósito de Juan Ruiz de tratar sinceramente del 
amor en sus dos manifestaciones, sin ocultar nada, ni las delicias del uno, 
ni los trabajos del otro, intento que puede ser muy peligroso en el orden 
moral, por cuanto el hombre suele inclinarse más a lo malo que a lo 
bueno, y de aquí la inconveniencia de los espectáculos y pinturas del vicio, 
aunque sea para execrarlo; pero que no es incompatible con el propósi 
to de mostrar la excelencia del amor divino sobre el mundano. 

También es muy notable lo que cuenta respecto de sus intenciones 
literarias: m E composele otrosí a dar algunos leción e muestra de metrificar 
"e rimar e de trobar: ca trobas e notas e rimas e altados e versos, que fiz 
• ' Cumplidamente según que esta ciencia requiere 1 ". Este pasaje nos declara 
que el Arcipreste era realmente un trovador, ya procediese su trovadorismo 
directamente del provenzal, como creyeron Ticknor y Puymaigre, ya, como 
sostiene Menéndez Pelayo, y parece lo más probable, de la escuela trovado- 
resca galaico-portuguesa, que en su tiempo se hacía castellana. Pero su 
trovadorismo difería del de sus contemporáneos castellanos: 1.° En combi- 
narse con otras corrientes no trovadorescas; v. gr., la tradición del Mester 
de clerecía (1), y en admitir elementos que hasta entonces no habían tras- 
cendido de la prosa. En suma, que, como poeta, Juan Ruiz es la síntesis de 
toda la poesía de su tiempo: nada rechazó, todo lo hizo servir a su propó- 
sito, o en todo halló pábulo su inspiración. Ordinariamente se valió de la 
copla de cuatro versos aconsonantados de catorce o diez sílabas (cuaderna 
vía o alejandrino); pero usó además hasta veinticuatro clases de -estrofas y 
versos de todas sílabas. Y 2.° En que Juan Ruiz no por ser tan excelente 
versificador dejó nunca de ser poeta, cualidad principal, y que le separa 
y eleva sobre todos los trovadores de su tiempo. Las combinaciones métri- 
cas son en él siempre forma, expresión de su sentir, y lo que le engran- 
dece es que este sentir suyo es real y altamente poético. Aparte de sus ex- 
celsas condiciones de poeta, o, mejor dicho, por natural impulso de estas 
condiciones, Juan Ruiz no perdió nunca el contacto con la poesía popu- 



(1) Dice Cejadon él fué quien enterró el Mester de clerecía. Después del Arcipreste escribió por la 
cuaderna vía el Canciller Ayala. (Véase IX - 95.) 

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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

lar, y, siendo un erudito, un maestro de clerecía y un trovador o versifica- 
dor refinado, quería ser, y lo era también siempre, juglar o poeta populan 

Señores, hevos servido con poca sabiduría: 
Por vos dar solas a todos, flablévos en juglería. 

Y había cultivado mucho la poesía en sus más populares formas: 

Depués fis muchas cantigas de danga e troteras 
Para judias e moras e para entenderás, 
Para en instrumentos de comunales maneras: 
El cantar que non sabes oylo a cantaderas. 
Cantares fis algunos de los que disen los ciegos, 
E para los escolares que andan nocherniegos, 
E para muchos otros por puertas andariegos, 
Cazurros e de burlas non cabrían en dies priegos. 

Tras el proemio en prosa, otra oración en verso (cuaderna vía) pidien- 
do a Dios su gracia para escribir el Libro del Buen Amor, la cual concluye 
con los versos: 

Porque de todo bien es comienzo e rais 

ya citados en la página 324. 

Los Gozos de Santa María son dos preciosas cantigas, no de argumento 
continuado o sucesivo, sino ambas con el mismo tema; circunstancia sobre 
que llamamos la atención, por demostrar lo dicho arriba, o sea que el Ara- 
preste no escribió su libro de un tirón, sino que el libro es una colección 
hecha por él de las mejores poesías que había ido componiendo durante 
toda su vida. Probablemente, tendría él varias composiciones sobre los 
Gozos o Alegrías de Nuestra Señora, devoción corriente ya en la Edad 
Media que se ha perpetuado hasta nuestro tiempo, y escogería las que le 
parecieran mejor. Obsérvese de paso que para la fama del Arcipreste ha 
debido de ser fortuna la pérdida de lo muchísimo que indudablemente com- 
puso y que no se haya conservado, sino lo que, ya viejo y con el gusto 
depurado por la experiencia, seleccionó con calma, quizás buscando solaz 
para entretenerse en su prisión. Figurémonos lo que hubiesen ganado las 
colecciones de versos de Zorrilla o de Gabriel y Galán si en esa edad, fatal 
por lo común para las facultades creadoras, pero en que las criticas llegan 
a su completa sazón, sus autores hubieran podido escardar lo vicioso de su 
producción y no dejar a la posteridad sino lo selecto. Pues eso es lo que 
ha debido de suceder al Arcipreste. 

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XV.- EL ARCIPRESTE DE HITA 

Como decimos, las dos cantigas de los Gozos son preciosas. He aquí 
una muestra de ambas: 

De la primera. De la segunda. 

lOh María! Virgen del Cielo Reina, 

Luz del día, E del mundo melecina, 

Tu me guía Quiérasme oir muy dina, 

Todavía! Que de tus gozos aína 

Dame gracia e bendición Escriba yo prosa dina 

E de Jhesú consolación, Por te servir. 
Que pueda con devoción 
Cantar de tu alegría. 

Después de los Gozos vuelve a la cuaderna vía, para recomendar con 
la autoridad de Dionisio Catón que el hombre cultive la alegría, la jote de 
vlvre que dicen los franceses, o el genio alegre de nuestros Quintero. La 
alegría no puede ser sin motivo, y Juan Ruiz se propone alegrar el ánimo 
de sus lectores, pero pide que no se tomen a mala parte sus donaires: 

La burla que oyeres no la tengas en vil, 
La manera del libro entiéndela sotil, 
Que saber bien e mal, desir encobierto e donnegil 
Tu non fallarás uno de trovadores mil. 



En esta idea de que su libro tiene un sentido moralísimo, encubierto 
bajo sus ligeras o retozonas formas, insiste mucho. Dice, por ejemplo: 

Las del Buen Amor son razones encubiertas. 

Y aquí introduce el gracioso cuento, que aún se refiere en Andalucía, 
del examen por señas: uno, pretextando ser mudo y siendo en realidad 
ignorante, pidió ser examinado por señas. El examinador levantó un dedo, 
y el examinando dos; aquél extendió la mano, y éste cerró el puño, lo que 
interpretó el primero en el sentido de haber preguntado si había un solo 
Dios, y respondídole el otro distinguiendo la doble persona, divina y hu- 
mana de Jesucristo, etc., y el examinando 

Dizom que con su dedo me quebraría el ojo 



Respondile . . . 

Que yo le quebraría . . . 

Don dos dedos los ojos . . . etc. 

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SALCEDO -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

De aqui deduce el poeta que las palabras son como se toman por 
quien las oye: 

Non ha mala palabra, si non es a mal tenida; 
Verás que bien es dicha, si bien fues entendida: 
Entiende bien mi libro . . . 

Y pasa luego a explicar 

Como dice Aristóteles, cosa es verdadera: 
El mundo por dos cosas trabaja: la primera. 
Por aver mantenencia; la otra cosa era 
Por aver juntamiento con fembra plasentera. 

Verdad como un templo, y sin otra excepción que las pertenecientes 
al reino de Dios, de que habló Jesucristo, reino que, como Nuestro Señor 
dijo también, no es de este mundo. El mundo propiamente dicho, a que se 
refiere el poeta, no trabaja por otra cosa, y ya es virtuoso cuando por la 
mantenencia trabaja en realidad, y no roba o se abandona viciosamente a 
vivir del trabajo de los otros, haciéndose gorrón o sablista, y busca el jun- 
tamiento con la fembra plasentera por el medio decoroso y regular del 
matrimonio, sin caer en el libertinaje; pero aun los que así lo hacen, que 
son la aristocracia moral del mundo, suelen caer con harta frecuencia en la 
disolución, hija del loco amor del mundo, según la frase del mismo Arci- 
preste, que llevamos todos dentro y en lucha constante con el amor de 
Dios. No hay que asustarse, pues, ni hacer remilgos. Juan Ruiz sabia per- 
fectamente estéis cosas, como las han sabido y saben todos los teólogos 
antiguos y modernos y cuantos sacerdotes han oído confesiones, como, sin 
duda, oyó él muchas en su ministerio. En este punto estamos como en el 
siglo xiv, y como estaremos, con seguridad, en el xxxiv, si para entonces 
sigue viviendo la Humanidad en este mundo. 

El Arcipreste reconoce francamente que tampoco necesitaba de los 
libros de Moral ni de la práctica del confesonario para conocer eso, sino 
que le bastaba su condición de hombre: 

Digo muy más el home que de toda críautura: 
Todas a tiempo se juntan con natura; 
£1 orne de mal seso todo tiempo sin mesura. 
Cadaque puede e quier facer esta locura. 
* El fuego siempre quiere estar en la ceniza, 
Como quien que más arde, cuanto más se atiza: 
El orne, cuando peca, bien vee que se desliza; 
Mas no se parte ende, ca natura lo enriza. 



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XV. - EL ARCIPRESTE DE HITA 



E yo, porque so orne, como otro pecador, 
Ove de las mugeres a veces grand amor: 
Provar home las cosas non es por ende peor* 
E saber bien e mal, e usar lo mejor. 



Adviértase que no dice aquí Juan Ruiz que él tuviera relaciones amo- 
rosas con mujeres, sino que les tuvo, no siempre, sino a veces, gran amor, 
lo cual, rectamente interpretado, significa deseos carnales. 

139. Cuerpo del Libro. Primeras aventuras. ¿Es el Libro 
del Buen Amor una relación autobiográfica? La Astrología. — 
Con la copla 77 empieza el cuerpo del poema. "Lo que desde aquí — escribe 
"Cejador — comienza a decir como de sí y que le hubiese acontecido, no 
"es sino farsa y traza artística, falsedat, para que el mundano que nos 
"quiere pintar sea persona concreta y viva - . Semejante artificio de ponerse 
el autor como la persona del protagonista y hablar por él, en uso siempre, 
tiene en la literatura popular del siglo xiv dos ejemplos señalados: son dos 
romances del rey don Pedro, en que las víctimas del tirano cuentan su pro- 
pia muerte. Uno es el romance de D. Fadrique: 

Yo, como estaba sin culpa, 

de nada hube curado; 

fuime para el aposento 

del rey don Pedro mi hermano. . . 

El otro es el romance de la muerte del Señor de Vizcaya: 

Yo me fui para Vizcaya 
donde estaban los hidalgos, 
que mandado me lo habia 
don Pedro mi primo hermano. . . 

El Arcipreste habló también en primera persona. Pero ¿quién es esta 
primera persona? ¿Es el mismo Arcipreste que va a contarnos su autobio- 
grafía, o es el personaje lírico creado por el poeta para expresar, no sus pro- 
pias acciones, sino su modo de sentir la vida? Tal es la cuestión crítica más 
interesante que sugiere este libro famoso. Basta un ligero examen del texto 
para convencerse de que no lo es: el yo del Arcipreste no es el arcipreste 
mismo, sino el hombre pegado a la Tierra por sus necesidades e impulsos 
materiales, por el aver mantenencia y el instinto sexual que le arrastra a 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 



Fot. 'Nueoo Mundo'. 
i famosa Biblioteca del Monasterio de El Escorial, machas veces citada en este libro 



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XV. - EL ARCIPRESTE DE HITA 

las fembras plasenteras, y con anhelos superiores a estos lazos terrenos que 
le mueven hacia arriba, hacia el mundo sobrenatural de la pureza y de lo 
ideal. Ésta es la filosofía de Juan Ruiz, o, si se quiere, el punto de vista des- 
de el cual contempló él y cantó la vida humana; y por haberse puesto en 
ese punto tan fijo, tan real, tan inabordable, y por haber dicho con absoluta 
sinceridad cuanto desde allí vio, esto es, cuanto había observado en sí pro- 
pio y en los demás, fué tan fuerte, y su voz se oye hoy tan clara y distinta 
y tan verdadera a través de seiscientos años. El Arcipreste nada puede te- 
mer de la distancia del tiempo, ni dé los cambios de la civilización y de las 
costumbres: él cantó lá naturaleza humana, y ésta no varía ni variará 
nunca. 

El personaje en cuyo nombre habla el poeta enamoróse de una dama 
de calidad, a la que guardaban, nos dice, mucho más que los judíos la ley 
de Moisés. Con una mensajera le mandó una cantiga; pero ella no hizo nin- 
gún caso, y el galán no sacó de la aventura más que disgustos: hubo ha- 
bladurías, y la recatada dueña se quejó de que él se había jactado de lo 
que no había conseguido. Todo esto, pintado con una fuerza descriptiva 
tal, que nos hace figurarnos vivir en el siglo xiv y oir todo aquel chismo- 
rreo que se arma. Las cosas terminan, no sin que antes el galán enviase a 
la dueña el ejemplo del león enfermo, y la dueña, como era mucho letra- 
da, dijese a la mensajera la fábula de la tierra que con gran estruendo parió 
un ratoncillo. 

El galán piensa cuerdamente que 

Como dice Salomo, e dice la verdat: 
Que las cosas del mundo todas son vanidat, 
Todas son pasaderas, vanse con la edad, 
Salvo amor de Dios, todas son liviandat. 

Yo desque vi la dueña partida e mudada, 
Diz: "Querer de non me quieren, faría una nada, 
Responder do non llaman, es vanidad privada: 
Partime de su pleito, pues de mi es redrada. 

Y viéndose solo, puso el ojo en otra non santa, y le manda por men- 
sajero a Fernand García, el cual 

soponi el clavo echar: 
Él comió la vianda, a mi fazie rumiar. 

El chasqueado galán se venga componiendo una troba cazurra: 

Ca devrien me decir necio mas que bestia burra 
Si de mi grand escarnio yo non trobase burla. 

337 

SALCEDO — Literatura española. — Tomo I. * sJt?^]^ 

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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

El desengaño hace pensar al galán en que de todo tienen la culpa las 
estrellas, o sea el hado o sino de la criatura; mas aquí interviene el sacer- 
dote, que pone tal creencia en su punto acomodándola a la doctrina cris- 
tiana: 

Yo creo los astrólogos verdad naturalmente; 
Pero Dios que crió natura e acídente, 
Puédelos desnudar, et faser otramente: 
Segund la fe católica, yo desto so creyente. 



No son por todo aquesto los estrelleros mintrosos, 
Que judgan natura por sus cuentos fermosos: 
Ellos e la ciencia son ciertos et non dubdosos, 
Mas no pueden contra Dios ir, nin son poderosos. 

Hoy no creemos, como en la Edad Media, en el influjo de las estrellas; 
pero sí en las circunstancias determinantes de la herencia, educación, medio 

social, etc. Un teólogo moderno no armonizaría 
la influencia de estas circunstancias naturales en 
la vida del individuo con el Poder divino de otro 
modo que lo hizo el Arcipreste de este Poder con 
lo que se tenía por verdad natural en su tiempo. 
Fitzmaurice-Kelly afirma que Juan Ruiz se olvida 
de su ortodoxia al decir que él, o mejor dicho, el 
personaje de su poema, se regocija de haber na- 
cido bajo la influencia de Venus: hoy seguramen- 
te ese personaje eterno — pues es el hombre — 
no hablaría de ese modo, sino diría que había 
nacido con un temperamento amoroso o erótico, 
lo que relativamente a la ortodoxia seria igual. 
Una cosa es la propensión natural, otra el libre 

Jame. Fitzmaurice-Kelly a/6cdr/o> y otra [a gmcia dMna: son fr^ elemen- 

tos o factores concurrentes que la ortodoxia ha 
distinguido siempre en los actos humanos. El Arcipreste de Hita sabia más 
de ortodoxia que el simpático profesor inglés. 

140. Don Amor. Lo que puede el dinero en este mundo. 
Una tercera aventura emprende el chasqueado personaje, y se lleva un ter- 
cer desengaño. Mohíno estaba por tantos golpes, cuando le visita Don Amor. 
Los coloquios entre Don Amor y el héroe son sabrosísimos y llenos de en- 
jundia moral, aunque todo lo desenvueltos que exige la naturaleza del 
asunto. Aquí es donde se trata de los siete pecados capitales, poniendo por 

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XV. - EL ARCIPRESTE DE HITA 

raíz de ellos la codicia, como enseña San Pablo, y dice de la lujuria que 
enerva las fuerzas mentales y físicas del hombre, y que sus anhelos impe- 
riosos sólo producen hastío. Don Amor aconseja a su interlocutor que se 
deje de perseguir damas linajudas, que las grandes señoras no son para él, 
que la belleza vale para estas cosas más que el linaje, que estudie a Ovi- 
dio y Panfilo, se busque una alcahueta, y sobre todo que no salga a más 
aventuras amorosas sin una bolsa bien repleta. 

A nuestro juicio, este pasaje del poema es de lo más hermoso, de lo 
más humano y de lo más profundamente moral que ha producido nunca la 
literatura. La observación psicológica y social no puede ser más exacta. El 
amor mundano ofrécese al joven como un sueño ideal tras el cual corre 
desolado y alucinado; pero llega un día en que el mismo Don Amor encár- 
gase de abrirle los ojos y hacerle comprender que no es lo que había 
imaginado, sino harto más prosaico y vil, cuestión de artificio, de infames 
tercerías y de dinero contante y sonante. Para un temperamento deli- 
cado, toda la magia del donjuanismo concluye aquí: de ahí en adelante 
la bestia humana podrá seguir algunas o muchas veces el camino de la 
disipación; pero el espíritu no irá ya acompañándola, sino que buscará 
horizontes más puros, aunque no siempre tenga la necesaria virtud para 
encontrarlos. 

También es en este pasaje donde Don Amor canta las excelencias 
mundanas del dinero, trozo magnífico de que tanto afectan escandalizarse 
los tontos y los hipócritas, y que en realidad habla mucho en favor de la 
sinceridad y del celo apostólico del Arcipreste. "Su voz — dice muy bien 
•Cejador — se sobrepone a la del mismo Don Amor, no pudiendo sostener 
•la ficción poética por la fuerza del asco que le causa ver la simonía seño- 
"reando en el Santuario . Ya hemos notado en anteriores capítulos que las 
censuras contra los vicios de los eclesiásticos son frecuentísimas en el 
siglo xiv; el Arcipreste lo único que pone nuevo en ellas es su generosa 
indignación de hombre de bien y de creyente sincero: 



Mucho faz el dinero, mucho es de amar 
Al torpe faze bueno, et orne de prestar, 
Faze correr al cojo, et al mudo fablar, 
El que non tiene manos, dineros quier'tomar, 

Sea un orne nescio, et rudo labrador, 
Los dineros le fazen fidalgo e sabidor, 
Cuanto más algo tiene, tanto es de más valor. 
El que non há dineros, non es de si sennor. 



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SALCEDO.- LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Si tovieres dineros, havrás consolación, 
Plazer e alegría e del papa rabión, 
Comprarás paraíso, ganarás salvación, 
Dó son muchos dineros, es mucha bendición. 

Yo vi allá en Roma, dó es la santídat, 
Que todos al dinero fazianl'omilidat, 
Grand honra le fazian con grand solenidat, 
Todos a él se homillan como a la magestat 



El dinero quebranta las cadenas dannosas, 
Tira cepos e grillos, et cadenas plagosas, 
A que non da dineros, échanle las esposas, 
Por todo el mundo fase cosas maravillosas 

Yo vi fer maravilla do él mucho usaba, 
Muchos meresgian muerte que la vida les daba, 
Otros eran sin culpa, et luego los mataba. 
Muchas almas perdía, et muchas salvaba. 

Faze perder al pobre su casa e su vinna, 
Sus muebles e raices todo los desalinna; 
Por todo el mundo anda su sarna e su tinna, 
Do el dinero juzga, allí el ojo guinna, 

El faze caballeros de necios aldeanos. 
Condes, e ricos homes de algunos villanos; 
Con el dinero andan todos ornes lozanos, 
Cuantos son en el mundo, le besan hoy las manos. 

Vi tener al dinero las mejores moradas, 
Altas e muy costosas, fermosas e pintadas, 
Castillos, heredades, et villas entorreadas. 
Todas al dinero sirven, et suyas son compradas. 

Comía muchos manjares de diversas naturas, 
Vistia los nobles pannos, doradas vestiduras, 
Traía joyas preciosas en vicios et folguras, 
Guarnimientos estrannos, nobles cabalgaduras. 



Toda mujer del mundo, et duenna de alteza 
Págase del dinero et de mucha riqueza: 
Yo nunca vi fermosa que quisiese poblesa: 
Do son muchos dineros y es mucha noblesa. 

El dinero es alcalle et juez mucho loado, 
Este es consejero, e sotil abogado, 
Alguacil e merino, bien ardit, esforzado, 
De todos los oficios es muy apoderado. 



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XV.- EL ARCIPRESTE DE HITA 



En suma te lo digo, tómalo tu mejor, 
El dinero, del mundo es gran revolvedor, 
Sennor faze del siervo, e del siervo sennor, 
Toda cosa del sigro se faze por su amor. 

Por dineros se muda el mundo e su manera. 
Toda mujer, cobdigiosa del algo, es falaguera, 
Por joyas et dineros salirá de carrera: 
El dar quebranta pennas, fiende dura madera. 

Derrueca fuerte muro, et derriba grandt torre, 
A coyta, et a grand priesa el dinero acorre, 
Non a siervo captivo, que'l dinero non Taforre, 
El que non tiene que dar, su caballo non corre, 

Las cosas que son graves, fázelas de ligero: 
Por ende a tu vieja sé franco e llenero, 
Que poco o que mucho, non vaya sin logrero. 
Non me pago de juguetes, do non anda el dinero. 

Si algo non le dieres, cosa mucha nin poca, 
Sey franco de palabra, non le digas razón loca. 
Quien no tiene miel en orza, téngala en la boca, 
Mercader que esto faze, bien vende, e bien troca. 



141. Don Melón y Doña Endrina. Serranas. Don Car- 
naval y Doña Cuaresma. Doña Garoza. — Después de la entre- 
vista con Don Amor se desarrolla el episodio de Doña Endrina, que ocupa 
la quinta parte del Libro (3.244 versos), y que no es sino imitación, a veces 
traducción parafraseada y embellecida, de la comedia latina Pamphllus, la 
más antigua conocida de asunto amoroso, y cuyo argumento se reduce a la 
seducción de una muchacha con la intervención de una comadre o alca- 
hueta. 

En El Libro del Buen Amor el amante es Don Melón de la Uerta; la 
amada, Doña Endrina, viuda de Calatayud. 

De talle muy apuesta, de gestos amorosa, 
Donegil, muy lozana, plasentera et fermosa, 
Cortés et mesurada, falaguera, donosa, 
Graciosa et risueña, amor de toda cosa. . . 

Y la tercera es la vieja Urraca, por apodo Trotaconventos. Todo acaba 
en bien, casándose Don Melón con Doña Endrina. 

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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Tras un pasaje tan largo e interesante vienen otros no menos bellos y 
de lo más inesperado que cabe. El Arcipreste era maestro en el arte di- 
ficil de las transiciones. Ahora el personaje sube a la sierra en el mes de 
Marzo, y sus aventuras amorosas son con robustas campesinas, nada her- 
mosas por cierto: 

Nunca, desque nasci, pasé tan gran periglo 
De frío: al pie del puerto fálleme con vestiglo, 
La más grande fantasma que vi en este siglo. 

Sus miembros e su fabla no son para callar, 
Ca bien creed que era grand yegua caballar 

Su boca de alana et los rostros muy gordos, 
Dientes anchos et luengos, asnudos e muy mordos; 

Mayores que las mías tiene sus prietas barbas. 



Por el mismo o semejante estilo son las otras serranas del Arcipreste. 
O quiso reflejar la impresión realista que a él hicieron las hombrunas y mo- 
renotas muchachas de la sierra, o quizás hay en estos pasajes algo de burla 
del idealismo trovadoresco de la poesia galaico -portuguesa. Es indudable 
la influencia que los cantos de ladino han ejercido en Juan Ruiz, que con 
estas serranillas trae a la poesia castellana ese nuevo factor, al cual su po- 
derosísimo temperamento de poeta imprime inconfundible sello perso- 
nal. La cantiga de la serrana de Tablada nos ofrece otra prueba de no ser 
el Arcipreste quien habla como héroe de la narración, pues el héroe dice a 
la serrana: mas soy casado, aquí en Terreros. 

Al pasaje bucólico sigue la disputa entre Don Carnaval y Doña Cuares- 
ma, copia del francés por lo que se refiere al argumento (Bataille de Caréme 
et de Charnage); pero que, como todo lo que tocó el Arcipreste, toma en 
sus manos de mago un color y un brillo que no tenia en los fablteux trans- 
pirenaicos que fueron sus modelos. 

Nuevas empresas amorosas, y, como siempre, desgraciadas: una viuda 
joven y rica, una dueña vista en la iglesia de San Marcos, y, por último, 
una monja — Doña Garoza — son ahora las amadas del incansable peca- 
dor. Doña Garoza pide a Trotaconventos que le describa la figura del pre- 
tendiente, y con este motivo la alcahueta traza el retrato arriba trascrito. 

Los amores con doña Garoza — que sólo duraron dos meses, al cabo de 
los cuales murió la dama — se redujeron a una amistad platónica o lymplo 

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XV. - EL ARCIPRESTE DE HITA 

amor, en que la monja rogaba a Dios por su amigo y procuraba elevar su 
espíritu sobre los torpes instintos carnales. De todos los episodios del poe- 
ma, éste es el que deja la impresión de haber sido realmente vivido por el 
Arcipreste. Se ve, por lo menos, que el poeta conocía y sentía todas las 
variedades del amor terreno, desde la brutal acometividad de la serrana de 
Tablada, inferior al celo de las bestias, toda vez que el de éstas no lleva 
consigo la repugnante retribución, hasta el esplritualismo idealista de esta 
monja, cuyo afecto es pura amistad del alma encaminada a la perfección 
moral del amado. Pero, lay, que tales amoríos, si alguna vez pueden darse 
en la vida, son fugaces como el de doña Garoza, que sólo duró dos meses, 
y cuando desaparecen no dejan en el corazón un sedimento de virtud, sino 
todo lo contrario! El protagonista del Libro del Buen Amor después de 
haber probado Jas dulzuras de este afecto superior — imposible, jay!, en el 
mundo — es cuando cae más bajo. 

La pretensión, como todas desgraciada, de una moza, la muerte de 
Trotaconventos y la última empresa del género, y con el resultado de todas, 
en que interviene como corredor D. Furon, cierran la parte narrativa del 
Libro del Buen Amor. 

Avaloran el relato: A) Las fábulas intercaladas en él; ya hemos citado 
las del león doliente y la vulgarmente conocida por el "parto de los mon- 
tes 4 . Encuéntrase además el ladrón y el mastín, el alano, el caballo y el 
asno, el lobo, la cabra y la grulla, el águila y el cazador, el pavón y la 
corneja, el león y el caballo, el león que se mató con ira, el lobo y la rapo- 
sa, el hortelano y la culebra, el galgo y el señor, las liebres, etc. 

Como ejemplo de las fábulas del Arcipreste, véase la del león que se 
mató con ira: 



Ira e vanagloria el león orgulloso, 
Que fué a todas bestias cruel e muy dañoso, 
Matóse a si mismo irado e muy sañoso; 
Decirfhe el exiemplo, séate provechoso. 

El león orgulloso con ira y valentía, 
Cuando era mancebo, a las bestias corría: 
A las unas matava, a las otras feria; 
Vinole vegedat, flaqueza e peoría. 

Fueron aquestas nuevas a las bestias cosseras: 
Riéronse muy alegres; porque andavan solteras. 
Contra él vinieron todas por vengar sus denteras, 
Aun el asno nescio vino en las delanteras. 



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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Todos con el león ferien non poquillo. 
El javalin sañudo davale del colmillo, 
Ferianlo de los cuernos el toro y el novillo, 
El asno perezoso en él ponía su silla: 

Diole grand par de coces; en la frente gelas pon. 
El león con grand ira travo de su corazón, 
Con las sus uñas mesmas murió e con él non: 
Ira y vanagloria dieronle cual galardón. 

El orne que tien'estado, honra e grand poder, 
Lo que para si non quiere, non lo deve a otros fer, 
Que mucho ayna puede todo su poder perder, 
E lo qu'el fizo a otros, dellos tal puede aver. 



La vocación de fabulista, dice Menéndez Pelayo, era en el Arcipreste 
tan innata como en Lafontaine. Ni uno ni otro se cuidaban de inventar sus 
apólogos: los tomaban en cualquier parte, haciéndolos suyos por derecho 
de conquista. Antes de Samaniego, nunca fué cultivado el arte del apólogo 
por ningún poeta castellano con la sal y agudeza que se derrama en los 
enxlemplos de Juan Ruiz. 

B) No menos dignas de mención que las fábulas son las historietas, 
como las del garzón que quería casar con tres mujeres, y la de D. Pitas 
Payas, pintor de Bretaña, que también se halla en el Cancionero de Baena 
con el título de Señor Juan Alfonso, pintor de taurique cual fué Pitas Pa- 
yas, el de la fablilla. Cejador no cree que sea este cuento un fabliau fran- 
cés, y dice que "el chapurreado medio gabacho, para darle color, es inven- 
"ción del guasón del Arcipreste, y no porque lo tomara del soñado fabliau 
"francés - . El chapurreado es, en efecto, chistosísimo. Don Pitas se casó con 
mujer moza, y 

Antes del mes cumplido dixo él: "Nostra dama 
Yo voló ir a Frandes, portaré muita dona", 
Ella diz: "Monseuer, andes en ora bona; 
Non olvides casa vostra nin la mia presona". 

C) Las cantigas piadosas intercaladas, como la preciosa a Santa María 
del Vado: 



Cerca de aquesta sierra hay un lugar honrado, 
Muy santo e muy devoto: Santa María del Vado. 
Fui tener y vigilia, como es acostumbrado; 
A honra de la Virgen ofreciTeste ditado. 



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XV. - EL ARCIPRESTE DE HITA 



Muda el metro: 



Omillome, Reina, 
Madre del Salvador, 
Virgen Santa e dina, 
Oy'a mí, pecador. 

Y derivación de ésta son otras dos cantigas a la Pasión. 

142. Conclusión del Libro del Buen Amor. — Con la co- 
pla 1.634 termina, indudablemente, el Libro del Buen Amor, aunque los 
versos que siguen (coplas de la 1.635 a la 1.713) debieron de ser puestos en 
el códice primitivo por el mismo Arcipreste, ya que dice: 



Porque Santa María, segund que dicho hé, 
Es comienzo e fin del bien, tal es mi fe, 
Fizle cuatro cantares, e con tanto fase 
Punto a mi líbrete; mas non le cerraré. 



Lo que nos confirma en la idea de que en su prisión quiso hacer un 
cancionero o colección de todas sus poesías selectas; pero cancionero orgá- 
nico, o subordinado a un pensamiento fundamental que había sido el de 
toda su vida de poeta: el Amor, considerado a la manera trovadoresca; es 
decir, como alma del mundo y principio y fin de todas las cosas; pensa- 
miento a que su fe cristiana y su ciencia teológica dieron un sentido reli- 
gioso que no tenia en los trovadores, el de la contraposición del Amor 
divino, que es el Buen Amor, con el humano, que es el Amor pecaminoso. 
Todo es Amor, y en cuanto amor, bueno; y por eso, aun el amor del vicio 
seduce, pues se funda en nuestra naturaleza; pero difieren ambos amores 
fundamentalmente por su objeto y por su desenvolvimiento: el amor vicio- 
so, si al principio agrada, no trae consigo más que disgustos, contratiempos 
y ridiculeces, y el Buen Amor aquieta definitivamente al hombre, ya que su 
corazón para ese- altísimo amor ha sido creado. El Arcipreste coleccionó 
sus poesías, compuestas en diversas épocas y en distintas situaciones de 
ánimo, siguiendo esta idea, y de aquí el poema lírico; pero le sobraron 
algunas, y por eso las dio como apéndice al libro. 

Para concluir vuelve sobre lo que había hecho, y juzga su obra: 

E fizvos pequeño libro de texto; mas la glosa 
Non creo que es pequeña; ante es muy gran prosa. 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

En esta distinción entre el libro de texto y la glosa se refleja lo que 
Juan Ruiz tenía de maestro de clerecía. Escribía como Berceo y todos los 
poetas de esta escuela, siguiendo un dictado y glosándolo o comentándolo, 
con lo que no hacían sino acomodarse a la manera de enseñar entonces en 
los monasterios y en las nacientes Universidades. El profesor, en efecto, 
explicaba comentando o glosando el libro de texto; pero el Arcipreste nos 
advierte que en su Libro del Buen Amor el dictado era corto y la glosa 
larga, diferencia que le separaba de cuantos habían profesado el Mester de 
clerecía. Por análogo modo que Bartolo, en la Universidad de Bolonia, 
glosando un breve texto del Digesto creó como quien no quiere la cosa la 
doctrina de los Estatutos, o sea el Derecho internacional privado, de que 
no tuvieron idea los jurisconsultos romanos, Juan Ruiz, glosando también 
textos brevísimos, compone un poema que nada se parece a los que se 
habían hecho por ese procedimiento. Y es que además de maestro de cle- 
recía era juglar, y sobre ser maestro, juglar y trovador, era él, Juan Ruiz; 
esto es, una poderosa individualidad de las que viven por si mismas, de 
las que no siguen, aunque quieran seguir, aunque se figuren que siguen, 
sino que por el espontáneo movimiento de su propio ser se destacan siem- 
pre, y siempre van delante acaudillando. Son de aquellos de que dijo con 
profundísimo sentido Aristóteles que nacen para señores aunque vengan al 
mundo en condición social de siervos. 

Insiste el Arcipreste en señalar el buen fin ético de su libro: 

De la santidad mucha es muy grand licionario; 
Mas de juego e de burla es chico breviario. 

Pide a los lectores una oración: 

Yo un galardón vos pido: que por Dios en romería 
Digades un Pater noster por mi e Ave María. 

Y concluye así: 

Era de mi] e tresientos e ochenta y un años 
Fué compuesto el romance, por muchos males e daños, 
Que fasen muchos e muchas a otras con sus engaños, 
E por mostrar a los simples labias e versos estraños. 

143. Cantares suplementarios: A) Otros Gozos de Santa 
María. B) Cántica de escolares. C) Paráfrasis del A ve María. 
D) Otros cantares de la Virgen. E) Cántica de los clérigos 
de Talayera. F) Cantares de ciego. — Las poesías suplementarias 

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XV.- EL ARCIPRESTE DE HITA 

del Libro del Buen Amor son: A) Otras dos composiciones de Gozos de 
Santa María. Empieza la una: 

Madre de Dios gloriosa, 
Virgen Santa María, 
Fija e leal esposa 
De tu Fijo Mexia: 
Tú, Señora, 
Dame agora 
La tu gracia toda hora 
Que te sirva todavía. 



Y la otra: 



Todos bendigamos 
A la Virgen Santa, 
Sus gozos digamos, 
E su vida, cuanta 
Fué, según fallamos 
Que la estoria canta. 
Vida tanta 
El año doseno 
A esta donsella 
Ángel de Dios bueno 
Saludó a ella, 
Virgen bella. 
Parió su fíjuelo, 
¡Qué goso tan maño! 
A este mozuelo 
El treseno año, 
Reyes venieron luego 
Con presente estraño 
Dar, adorallo. 



B) Cantiga de los escolares pidiendo limosna, que comienza: 

Señores, dat al escolar; 
Que vos vine demandar. 

C) Paráfrasis del Ave María en esta forma: 

Ave María, gloriosa, 

Virgen Santa preciosa: 

Como eres piadosa 

Todavía. 

Grafía plena, sin mansilla, 

Abogada 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

D) Otras tres cánticas de loores de Santa María. 

E) La célebre cántica de los clérigos de Talavera. Para comprenderla 
es menester ponerse en el siglo xiv. El celibato eclesiástico hacia mucho 
tiempo que estaba canónicamente establecido; pero en la práctica había 
sus más y sus menos, y en España tolerábase o se hacia muchas veces la 
vista gorda sobre el particular, llegándose en algunos pueblos a no querer 
los feligreses cura sin barragana, y reconociendo las leyes efectos civiles a 
estas uniones, directamente derivadas del concubinato romano. Y no era 
esto corrupción propiamente dicha, ya que la corrupción supone un estado 
anterior perfecto o menos malo, y, miradas las cosas en conjunto, lo que 
sucedía es que aún no había entrado del todo en las costumbres clericales 
la ley rigorosa del celibato. Había, pues, una lucha constante, aunque con 
alternativas diversas, entre el estado legal y el estado social. Cuando un 
prelado celoso tomaba por lo serio hacer cumplir la ley, hallaba viva resis- 
tencia, unas veces activa, y pasiva otras. Y era incidente usual de estas 
contiendas que los clérigos al verse acosados por los obispos acudieran al 
Poder civil, ora al rey mismo, ora a los concejos o a los grandes en busca 
de apoyo y protección; y como los seglares no miraban entonces tan mal 
como después que sus párrocos y sacerdotes seculares viviesen en un 
cuasi-matrimonio, los amparaban efectivamente. Semejante estado social es 
el que refleja por modo admirable la cantiga del Arcipreste. El arzobispo 
D. Gil de Albornoz envió al Arcipreste a Talavera con unas letras del Papa 
relativas al celibato, y encargo de poner allí las cosas como era de ley; pero 

Con aquestas razones que la carta desia 
Fincó muy quebrantada toda la cleresía. . . 



A todo estaban juntados todos en la capilla, 

Levantóse el Deán a mostrar su mansiila. 

Dis: "amigos, yo querría que toda esta quadrilla 

Appellásemos del Papa antel rey de Castilla. 

Que maguer que somos clérigos, somos sus naturales, 

Servírnosle muy bien, fuemos siempre leales; 

Demás que sabe el rey que todos somos carnales, 

Creed se ha de adolescer de aquestos nuestros males. 



No se consiguió nada. 



Apelaron los clérigos, otrosí los clerizones, 
Fesieron luego de mano buenas apelaciones 
E dende en adelante ciertas procuraciones. 



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XV.- EL ARCIPRESTE DE HITA 

F) Cierran el códice más completo dos cantares de ciego, como los 
de escolares pidiendo limosna. 

144. Juicio crítico del Arcipreste. — Puymaigre y otros autores 
ven en el Arcipreste un clérigo de costumbres disolutas, y, además, un 
pagano, enemigo del cristianismo, que cantó el triunfo del Carnaval sobre 
la Cuaresma, del amor mundano sobre el ascetismo. Sánchez y Amador de 
los Ríos, en cambio, considerante como un moralista que para corrección y 
edificación de las gentes compuso sus versos. Menéndez Pelayo adopta una 
posición intermedia: para él, Juan Ruiz fué un sacerdote de vida inhonesta 
y anticanónica, que como poeta no tuvo el menor intento de propaganda 
moral ni inmoral, religiosa ni antirreligiosa; cultivador del arte puro, sólo 
tuvo el propósito de hacer reir y dar rienda suelta a la alegría de su alma y 
a la malicia picaresca con que contemplaba las ridiculeces y aberraciones 
humanas, no sin indulgencia por reconocerse cómplice de todas ellas. 

A nuestro entender, el Arcipreste debe ser mirado por este concepto 
de la moralidad dentro de la época en que floreció, y sin el prejuicio de 
que su libro sean sus Memorias, ya por lo que se refiere a su verdadera 
biografía o actos que realizara en la vida, ya tampoco a los sentimientos 
que realmente predominasen en su alma. Un poeta, y más si es gran poeta, 
puede expresar perfectamente afectos y modos de ver y de sentir que no 
sean los suyos ordinarios o habituales, a los que nunca se haya abando- 
nado, aunque inicialmente claro es que en los corazones humanos están 
los gérmenes de todo. La mayoría de los hombres no han asesinado a 
nadie, y, sin embargo, ¿cómo desconocer que un hombre de sensibilidad 
viva, de imaginación y alguna experiencia puede representarse muy bien 
la emoción del remordimiento experimentado por el asesino? En materias 
libidinosas, dejando aparte gazmoñerías, pocos serán en el mundo los no 
afligidos por las tentaciones de la carne, y que por lo mismo no hayan 
podido formarse un caudal de personales observaciones más que suficiente 
para cuanto en este orden — o si se quiere desorden — encuéntrase en los 
versos del Arcipreste. No es exacto que para sentir bien las cosas sea me- 
nester vivirlas. 

Juan Ruiz es escrupulosamente ortodoxo. No creemos que haya en 
todos sus cantares una sola proposición que pueda ser censurada, ni como 
sospechosa, con relación al dogma. De lo que se le acusa es: 1.° De proca- 
cidad o desvergüenza. 2.° De tratar irreverentemente las cosas san- 
tas; v. gr., intercalando palabras del oficio divino en composiciones profa- 
nas y para usos profanísimos; y 3.° De sus ataques a la gente de iglesia, 
sin exceptuar a la corte pontificia. 

349 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

A lo primero se debe decir que la Edad Media fué un tiempo de fe y 
piedad, pero no de compostura o decencia. Entonces todo se decía en 
crudo: al pan se le llamaba pan, y al vino vino, y nadie sentía la necesidad 
de las hojas de parra ni de los eufemismos y circunloquios, que son las 
hojas de parra en la literatura. Creemos un progreso positivo en las cos- 
tumbres y en el lenguaje la circunspección actual, contra la cual truenan 
sin razón los desvergonzados del día, porque pretenden revivir la antigua 
licencia, sin el antiguo relativo candor que la hacia en cierto modo tolera- 
ble. Pero, reconociendo que hemos adelantado en esto, seria injustísimo 
juzgar a los escritores del siglo xiv con el criterio que predomina hoy. 

A lo segundo, que esas irreverencias de lenguaje, inconvenientísimas 
sin duda, eran habituales en la Edad Media, y las usaban sin escrúpulo 
todos los poetas y escritores. Quizás fuera efecto de la misma unanimi- 
dad en la fe. En nuestra época el cristiano teme siempre que una expre- 
sión suya poco recatada dé pábulo al impio, o para argüirle de no profesar 
sinceramente su fe, o de argumento contra la religión misma. Hace seis- 
cientos años no sucedía asi: el más timorato del siglo xiv no hubiese 
siquiera comprendido la indignación de las personas piadosas de nuestra 
centuria contra los que dicen, por ejemplo, comprar la bula, en vez de 
tomar la bula y dar una limosna, perífrasis con que se quiere dejar sentado 
que las gracias espirituales no son objeto de contrato de compra-venta. 

A lo tercero, por último, que, efectivamente, a fines de la Edad Media, 
no la Iglesia, de suyo incorruptible, pero si los eclesiásticos, ofrecían un 
espectáculo nada edificante, que en el siglo xv hizo necesaria la reforma 
por Cisneros de los Institutos religiosos españoles, y en el xvi la general 
del Concilio de Trento. El Arcipreste vivió mucho antes de ambas reformas, 
en los tiempos que las hicieron indispensables. ¿Cómo maravillarse, pues, 
de que tronara contra los abusos y las corrupciones de la curia eclesiástica 
y de los clérigos de su tiempo? Lo que podría censurarse a este propósito 
es que no manifestase toda la indignación que a un buen eclesiástico 
deben producir tales excesos. 

El P. Bernardo de Echalar, en un reciente articulo crítico de la revista 
Estudios Franciscanos (tomo XI - número 79), distingue la sátira del Arci- 
preste contra las pasiones amorosas de la que escribió contra la afición al 
dinero. La primera manifiéstase por un humor festivo, una ironía blanda, 
indulgente, regocijada, de tonos un si no es rabelesianos, cuando Rabelais 
no es obsceno, caricaturesco ni grosero, y sí de fina y cosquilleante gracia. 
Pero por lo tocante a la codicia, la blandura y condescendencia se convier- 
ten en diatriba, y añade: 

" Antes que el de Hita, y antes que los abusos de la curia de Aviñón, 

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XV.- EL ARCIPRESTE DE HITA 

se había levantado la voz con la franqueza ruda de aquellas edades, que 
es la vierdadera libertad de imprenta de la época feudal, contra aquel mal 
social que radicaba en buena parte en el alto clero y en aquellos opulentos 
monasterios que, verdaderos civilizadores de Europa y primeros explotado- 
res de su riqueza en su parte media y septentrional, por esa misma misión 
providencial y esas mismas causas históricas habían degenerado de su 
observancia primitiva. ¿Por qué tanta indulgencia en una materia y ese 
súbito cambio de decoración de relativa severidad en la otra? Dejamos a 
los conocimientos histórico-psicológicos del lector la explicación de la pre- 
gunta. Concretándonos a nuestro papel, diremos que la indignación del 
Arcipreste, aun en este punto, queda atrás de la que sobre el particular 
puede leerse en el Libro de los gatos, traducción castellana de las Narratio- 
nes del monje inglés Odón de Cheriton, muerto en 1247, y no se pueden 
comparar con las formidables imprecaciones del español Alvaro Pelayo en 
su historiare planctu ecclesice: Luplsunt dominantes in ecclesia; pascuntw 
sanguine. . . 

"Con relación a nuestros tiempos, bueno será advertir que no en balde 
corren seis siglos, y que, fuera lo que fuese entonces, su lectura en nuestros 
días, a mi parecer, es de las que se pueden considerar inofensivas. La 
razón no puede ser más obvia y sencilla. Para el que no se ha dedicado 
algo al cultivo de la literatura, las páginas de este libro serán letra muerta. 
El que ha sido beneficiado por Dios con la afición del leer, en el siglo xx 
no hemos de suponerle materia escandalizable por lo que le enseñe y 
aprenda en el Buen amor. . .* 

La blandura del Arcipreste con los pecados de la carne, si es que real- 
mente hay tal blandura, dimana de su temperamento o carácter, propenso 
a tomar a risa lo que en otros provoca severa indignación, y en otros aspa- 
vientos farisaicos. Él era poeta, y sentía como lo que era; pero nunca pierde 
Juan Ruiz su condición de poeta cristiano, y en su obra se ve claro el fin 
ético trascendental de la superioridad del amor divino sobre todas las 
formas y manifestaciones del amor terreno, a pesar de los hechizos que este 
amor terreno tiene, y que él comprendía perfectamente. Tal fin ético no es 
quizás en el poema del Arcipreste una tesis preconcebida y para cuya de- 
mostración escribiera él sus versos, sino resultado de su experiencia per- 
sonal, o, mejor dicho, de su modo de ver y sentir la vida, y este modo se 
trasparenta en todos sus versos, aun en los que parecen más libres o más 
chocarreros. 

i Y qué gran poeta fué Juan Ruiz! En vano buscaréis en sus coplas 
cascote o relleno: allí todo es pensamiento galanamente expresado, sirvién- 
dose admirablemente del idioma, todavía tosco, que su pluma ensancha y 

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SALCEDQ. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

moldea con tanto artificio como gracia, para que se adapte a cuanto quiere 
el artífice maravilloso. Y si como reflejo exacto de las costumbres de su 
tiempo tiene su libro la importancia excepcional que ha reconocido Dozy, 
y por la cual ocupa en nuestra literatura el puesto eminente que Chaucer 
en la inglesa, todavía Ruiz es más grande, por cuanto escribió — ¡y en qué 
época! — el poema eterno del corazón humano, siempre atraído por el 
amor, pero en tan varias manifestaciones este amor, que unas veces lo 
eleva al Cielo, y otras — quizás, por desgracia, las más— lo tira en el fango 
y lo pone en ridículo. 



352 

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LA LITERATURA ESPAÑOLA EN LA 
EDAD MEDIA * * XVI. ~ El SIGLO XV 
HASTA LOS REYES CATÓLICOS (1) * * 



Reseña política. Juan II. Enrique IV. Don Fernando 
de Antequera. Alfonso Vde Aragón. — Reinan en Cas- 
tilla: Juan II hasta 1454, y Enrique IV (1454-1475). El reinado del 
primero se divide en dos períodos: el de la minoría y el de la 
mayor edad. Proclamado rey cuando aún no contaba dos años de 
edad, estuvo bajo la regencia de su tío Don Fernando, apellidado de Ante- 
quera por haber reconquistado esta ciudad, hasta que, elegido el Regente 
monarca de Aragón por virtud del Compromiso de Caspe, pasó a tomar po- 
sesión de su reino (1412). Don Juan no fué mayor de edad hasta 1419. 

El reinado de Juan II tiene verdadera importancia en la historia de la 
Literatura. Todas las corrientes literarias de que se ha ido dando cuenta en 
anteriores capítulos, parecieron juntarse en la corte de este monarca y for- 
mar como un inmenso lago. Nada menos que 218 poetas de algún nombre 



(1) 145. Reseña política. Juan ¡I. Enrique IV. Don Fernando de Antequera. Al- 
fonso V de Aragón. — 146. Acontecimientos importantes. Conclusión del Cisma de Oc- 
cidente. El Renacimiento. Invención de la imprenta. — 147. Carácter general de nues- 
tra literatura en este periodo. Creciente influencia italiana. Traducciones clásicas. 
Los humanistas. D. Alonso de Cartagena. Nueva prosa castellana.— US. Poesía épico- 
popular. Romances: A) Del Duque de Arjona. B) Del Conde de Luna. C) Del cerco de 
Alburquerque.—\49. Romances fronterizos: A) De la defensa de Baeza. B) De la defen- 
sa de Jaén. C) Del Alcaide de Cañete. D) De la conquista de Antequera. E) De Abená- 
mar. F) De Ben Zulema. G) Del obispo de Jaén. — 150. Últimos trovadores: A) El 
Enamorado Maclas. B) Juan Rodríguez del Padrón. 



353 

SALCEDO. — Literatura española. — Tomo I. 



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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 



contó Amador de los Ríos en este periodo, y todavía, dice Fitzmaurice-Keily 
con fino humorismo británico, hay que agradecer al buen gusto, a la bon- 
dad o al descuido del historiador de nuestra litera- 
tura el no haber agotado la materia. El mismo Rey, 
aunque tan detestable como monarca, era litera- 
to y músico; "hombre, según Pérez de Guzmán, que 
hablaba cuerda e razonadamente e habla conosci- 
mlento de los hombres — no, por desgracia, para 
emplear a cada uno con arreglo a sus aptitudes, 
como hizo luego su insigne hija Isabel la Católica en 
el gobierno del reino, — sino para entender cuál 
hablaba mejor e más atentado e más gracioso. Sa- 
bía hablar y entender latín, leía muy blen t placíanle 
mucho libros e historias, oía muy de grado los de- 
cires rimados, y conocía los vicios dellos". Más le 
hubiese valido, ciertamente, saber regir a Castilla y 
conocer los vicios del gobierno para corregirlos; pero 
D. Juan era. . . como era. ¿Y cuál será la adulación 
a los principes, cuando después de más de cuatro 
siglos de haber pasado de este mundo aquel inge- 
nioso e infeliz monarca todavía hay críticos que 
hallan bellas y sentidas sus composiciones poéticas? Mucha sencillez y ter- 
nura asegura uno de esos críticos que tiene, por ejemplo, la contestación 
que dio Don Juan a su tocayo y secretario de cartas latinas, el autor del 
Laberinto, cuando éste le felicitó por la paz de 
Madrigal, y en la que, refiriéndose a los magnates 
revoltosos, decía el Rey: 



Joan II de Castilla 

1406-1454 

(De un retablo del siglo XV 
que representa a este Rey 
haciendo oración, obra au- 
téntica existente en la Car- 
tuja de Miraflores (Burgos). 



Más que mármoles de Paro 
Con mi corazón los tiemplo; 
E sus quereres contemplo 
Más omildoso que amaro. 
Nunca jamás desamparo 
Contra ellos la paciencia; 
Mas con alegre presencia 
Apiado la inocencia 
Del culpante e del ignaro. 



o r . A r ,. tv i, . t D. Alvaro de Lana 

Su favorito y victima D. Alvaro de Luna era f 1453 

también literato; y Si COmO prOSiSta eSClibiÓ SUS (De la estatua yacente de 

Virtuosas mujeres, que es un libro apreciable, pulcro ' exi de ToiedoJ a a 



Catedral 



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XVI. ■ EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS 



Fot. Laurent 

Capilla y sepulcros del condestable D. Alvaro de Luna y de sn mujer en la Catedral 

de Toledo 



355 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

como poeta, o, mejor dicho, como versificador, nos ha dejado decires en 
que el alambicamiento de los conceptos toma una forma sacrilega y blasfe- 
ma repugnante, como 
cuando dice a su da- 
ma, probablemente 
fantástica: 

Si Dios nuestro Salvador 
Ovier de tomar amiga. 
Fuera mi competidor. 



También de Enri- 
que IV cuentan los 
cronistas que cantaba 
muy bien toda suerte 
de música, asi religio- 
sa como de romances 
y canciones, y que gus- 
taba mucho de oírlos. 
Esta Casa de Castilla, 
trasportada al trono de 
Aragón, no habia de 
renegar allí de su ca- 
rácter. Fernando de 
Antequera restauró 
los juegos florales de 
Barcelona. Alfonso V 
tuvo en Ñapóles una 
corte de poetas, como 
en Castilla Juan II. 

146. Aconteci- 
mientos impor- 
tantes. Conclusión del Cisma de Occidente. El Renacimien- 
to. Invención de la imprenta. — En 1416 concluyó el Cisma de Oc- 
cidente, pero dejando en las ideas y en el ambiente social rastros que habían 
de ser gérmenes de la revolución religiosa del siglo xvi. En el decimoquinto 
llegó a su apogeo el Renacimiento en Italia, favorecido por los sabios y 
gramáticos bizantinos que venían huyendo de la invasión de los turcos. 



Enrique IV de Castilla 

1454-1475 
(Retrato auténtico, recientemente descubierto y publicado en el Bo- 
letín de la Real Academia de la Historia, con cuya autorización se 
reproduce aqui este documento.) 



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356 



XVI. -EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS 

Teodoro Gaza, Jorge de Trebisonda, Juan Lascan, etc., abrieron cátedras de 
Humanidades, esto es, de griego, latín y letras clásicas, y no sólo la juven- 
tud estudiosa, sino el mundo elegante, puso de moda el hablar y escribir a 
lo clásico. Poseer un manuscrito antiguo era prueba decisiva de distinción 
social y el adorno más preciado de una casa de buen tono: asi, se cuenta 
de Antonio Panormita que malbarató su patrimonio paterno para comprar 
una carta de Tito Livio; y de un caballero de Brescia, que se jactaba de 
vender, no ya sus bienes, sino a su mujer, hijos, y aun a sí mismo si lo 
necesitase, para acrecentar su biblioteca con 
obras clásicas. Constantinopla cayó en poder 
de los otomanos el 29 de Mayo de 1453, y este 
suceso, considerado por los hombres religio- 
sos y por los políticos como una tremenda ca- 
lamidad europea, fué mirado por artistas y li- 
teratos como feliz, pues asi fué muchísimo 
mayor el número de doctos bizantinos que se 
derramaron por Occidente anunciando la bue- 
na nueva de la civilización clásica. 

Desde últimos del sigo xiv empezaron a 
circular estampas con rótulos o versos al pie, 
impresas con caracteres fijos. Se atribuye a 
un sacristán de Harlen — Lorenzo Coster — la 
idea de usar caracteres movibles, y haberla aiíodw v de Aragón 

ejecutado en algunos opúsculos que aparecie- El Ma o ndnimo 

j 1 Af\r\ 4 a a*\ t r* j. i_ <De una pintura en tabla española de 

ron de 1400 a 1440; pero a Juan Gutenberg ia época: que se guarda en ia casa- 

... í i i • j ± Ayuntamiento de Valencia.) 

corresponde justamente la gloria de este ma- 
ravilloso invento. El primer libro impreso con 

caracteres movibles metálicos — la Biblia — vio la luz hacia 1450; en 1454 
imprimiéronse una exhortación del Papa Nicolás V contra los turcos y un 
almanaque. Los copistas e iluminadores de códices, los libreros y los par- 
ticulares que tenían empleado su dinero en manuscritos trataron de opo- 
nerse a la difusión de la imprenta, y el mismo inventor procuró conservar 
su invención como un secreto; pero en 1465 había ya una imprenta en Su- 
biaco; en 1467, en Roma y Colonia, y en 1469, en Venecia, París, Milán y 
otras ciudades. El libro dejó de ser patrimonio de los monasterios y de los 
ricos, y llevó a todas las clases de la sociedad las ideas, buenas o malas, y 
el encanto de la literatura. 

147. Carácter general de nuestra literatura en este pe- 
ríodo. Creciente influencia italiana. Traducciones clásicas. 

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SALCEDO - LA UTERATURA ESPAÑOLA 

Los humanistas. Don Alonso de Cartagena. Nueva prosa 
castellana. — El carácter de la literatura en el siglo xv hace preciso tra- 
zar un cuadro sintético de su desenvolvimiento. 

Los primeros años de la centuria son mera continuación de la segunda 
mitad de la precedente. Siguen las dos escuelas, trovadoresca e italiana, re- 
partiéndose la soberanía del Parnaso; pero a medida que pasa el tiempo la 
segunda va ganando terreno, hasta concluir con la otra. Lo que al término 
de esta evolución se conserva de trovadorismo, ya no es de procedencia 
provenzal ni galaico -portuguesa, sino lo que la poesía italiana llevaba 
dentro o habia tomado de aquella escuela. El amor ya no es cantado a 
la manera provenzal, sino imitando al Petrarca. La Divina Comedia fué tra- 
ducida al castellano en 1427 por D. Enrique de Villena, a preces de Iñigo 
López de Mendoza, y al catalán por Andre Ferreu. Del Petrarca abundaban 
los códices en la biblioteca del Marqués de Santillana, y corrían traduccio- 
nes de sus obras, especialmente de las morales y de Humanidades; y Boc- 
eado andaba también en castellano, inspirando cada uno de sus libros a 
un grupo de escritores españoles. Cuanto ganaba la influencia italiana lo 
perdia la francesa, y ya son pocos los libros que se traducen del francés, 
aunque algunos sean tan notables como el Mar de Historias, de Fernán 
Pérez de Guzmán, y el Árbol de Batallas; pero esto es la excepción, así 
como que se tradujese del inglés, a lengua portuguesa primero y a la cas- 
tellana más tarde, el poema Confesión del amante, de Gower. Lo usual, lo 
que lo llena todo, son las traducciones e imitaciones del italiano y del latín, 
porque por conducto de Italia nos entra el Renacimiento. Algunas obras 
de la antigüedad clásica son vertidas directamente del latín, y otras, de 
versiones italianas; las griegas, o también del italiano o de traducciones 
latinas. 

Así fueron apareciendo en castellano — Tito Livio había sido ya tradu- 
cido por Ayala en la centuria precedente — Salustio, Julio César, Quinto 
Curdo, Séneca, Plutarco, Josefo, y también los poetas, especialmente Ovi- 
dio, y no faltaban imitaciones del mismo Horacio. De los griegos, Platón y 
Homero, por intermedio de sus traductores latinos, tomaron desde luego 
carta de naturaleza entre nosotros; y no se olvidó la Biblia, hecha traducir 
por el Maestre de Calatrava, que encomendó su versión a doctos judíos y 
cristianos, ni San Agustín, San Gregorio el Magno, San Bernardo, San Juan 
Clímaco, Casiano, Jacobo de Vorágine, etc. Todo se quería saber y leer en 
su lengua original; estudiábase con afán y creciente entusiasmo la antigüe- 
dad clásica, viendo en ella la insuperable perfección en todos géneros, y de 
este estudio y entusiasmo nacieron los humanistas o cultivadores de las 

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XVI.' EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS 

Humanidades o Letras humanas, que traducían a los clásicos y aspiraban 
a escribir como ellos (1). 

Tipo acabado de estos humanistas en el periodo que reseñamos fué el 
obispo de Burgos D. Alonso de Cartagena, traductor de Cicerón y de Sé- 
neca, autor de obras latinas, algunas de las cuales tradujo él mismo al cas- 
tellano, y de otras romanceadas en su origen. Estuvo en el Concilio de Ba- 
silea, distinguiéndose por su defensa de la soberanía pontificia en el orden 
espiritual, y en el temporal, de la preeminen- 
cia del rey de Castilla sobre el de Inglaterra. 
Teníasele por tan sabio, que corría la especie 
de haber dicho el Papa Eugenio IV: "Sí el 
obispo de Burgos viene a Roma, con gran 
vergüenza nos sentaremos en la cátedra de 
San Pedro. Fué amigo de Eneas Silvio, y con 
Leonardo Aretino ovo dulce comercio por 
epístolas, discutiendo con él sobre la traduc- 
ción de la Moral de Aristóteles, de cuyo de- 
bate salió su libro Declinaciones sobre la tra- 
ducción de las Ethicas. Con el Aretino car- 



Don Alonso de Cartagena 

1481 - 1456 

(De la estatua yacente de su sepultura, 
Catedral de Burgos.) 



(1) Para el conocimiento de la cultura española en esta 
época es obra capital La Bibliothéque du marquls de Santilla- 
ne (1006 -Fase. 153 de la Biblioteca de Estudios Superiores, de 
París), por Mario Schiff, de que es complemento la Notice sur la 
traduction castillane des Evangtles et des Épitres de Saint 
Paul, faite par le docteur Martin de Lucena pour le marquls 
de SantUlane (Bulletin Hlspanlque -Burdeos- 1908- X- 307 - 314). 
Mario Schiff era italiano, de padres alemanes, y estudió en Suiza 
y Francia. Nació en 1860, y ha muerto en Ñapóles (8-Marzo-1915), 
siendo profesor de Literatura francesa en el Instituto de Estudios 

Superiores y en el de la Enseñanza de la mujer, de Florencia. Alumno de la École de Chartres, de París, 
discípulo de Gastón París, de Paul Meyer y de Morel Fatio, que le inspiró el amor a las cosas de Espafla, vino 
a Madrid a preparar su discurso de reválida sobre la citada biblioteca de Santillana, de cuyo estudio habla 
ya hecho Amador de los Ríos un esbozo. Ayudáronle en sus trabajos de investigación Menéndez Pelayo y 
Paz y Meliá. Volvió a Espafla en 1901, comisionado por la Sociedad de Historia y Arqueología, de Ginebra, 
a recoger en Simancas documentos sobre el asalto nocturno de Ginebra por el Duque de Saboya el 22- Di- 
ciembre - 1602; fruto de este viaje es su colaboración en el libro Documente sur l'escalade de Genéve, tires 
des Archives de Simancas, Turin, Milán, Róme, Parts et Londres, publicado en Ginebra (1903) con motivo 
del centenario de aquel suceso. Su tercero y último viaje fué en 1907 para preparar una publicación crítica 
del Proemio de Santulona al Condestable de Portugal; pero el haber obtenido la cátedra de Florencia y 
sus enfermedades, malograron el propósito. Además de los citados son estudios notabilísimos de Schiff 
Editions et traduettons ¡tallones des aeuvres de J. J. Rousseau (1908); Marle de Gournay (1910), que es un 
amenísimo estudio sobre esta admiradora de Montaigne, a que muchos consideran como iniciadora del 
feminismo en el siglo XVII; Una traducción española del Afore Nebuchln de Malmonldes (1897), publicado 
en la Revista critica de Historia y Literatura (pág. 160-176); y La premiare traduciion espagnole de La 
Divina Commedla par D. Enrique de Villena, en el Homenaje a Menéndez Pelayo. Schiff ha sido uno de 
los grandes eruditos de nuestro tiempo. Pió Rajna le ha dedicado una necrología en // Marzocco, de Floren- 
cia (14- Marzo - 1915). Otra anónima, la Revista de Filología Española (Enero - Marzo - 1015). 



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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

toábase también Juan II, y era tal el entusiasmo del Monarca por el huma- 
nista de Florencia, que le mandaba embajadores, con orden de hablarle 
de rodillas. Del mismo género que Cartagena fueron Fernán Pérez de Guz- 
mán, autor de la Floresta de los Philosophos, colección de máximas de 
Sócrates, Platón, Aristóteles, Salustio, Boecio, San Bernardo, etc., pero más 
que de ninguno, de Séneca; Juan de Lacena, embajador que fué de Juan II 
en varias cortes extranjeras, y autor de la Vita Beata; el celebérrimo obis- 
po de Avila Alfonso Madrigal, el Tostado, etc. 
El influjo de los humanistas trajo dos in- 
mediatas consecuencias literarias: 1. a Que el la- 
tín fué escrito, o se aspiró a escribirlo como en 
la edad clásica, resucitando, por tanto, el sermo 
nobilís, hacía tantos siglos en desuso. Y 2. a Que 
también se quiso escribir el castellano como el 
sermo nobilis latino, con lo cual nació desde 
luego una prosa castellana artística o literaria, 
antes completamente desconocida. La prosa de 
las Partidas, la de Don Juan Manuel y toda la 
buena prosa castellana anterior a la influencia 
de los humanistas es sumamente expresiva por 
429-347 a. de j. c. e * uso d e las palabras más adecuadas y por los 

(De una escultura que se guarda en giros y rodeos de que se vale el prosista para 
d vaticano, Moma.) manifestar por completo su pensamiento, pro- 

curando remedar siempre el lenguaje familiar, 
de donde le vienen la llaneza e ingenuidad, que son sus principales encan- 
tos. Las explicaciones, por ejemplo, de las Partidas, parecen la conversa- 
ción de un hombre de talento y de gracia con personas de toda clase y 
condición, a las cuales trata de persuadir o enseñar bien lo que va expli- 
cando, sin que jamás os infunda la sospecha de que aquel hombre dice las 
cosas de ese modo, y no de otro, para lucirse o para que admire o deleite 
la manera como va diciéndolo; ahora con estos prosistas latinos, empe- 
ñados en dar a sus palabras el tono solemne y majestuoso y la cadencia 
musical de los oradores, historiadores y tratadistas de Roma, ya no se en- 
filan las palabras para que manifiesten con la mayor concisión y claridad 
las ideas que quiere comunicar el escritor, sino para que suenen bien, con- 
certando vocablos, oraciones y cláusulas en períodos rítmicos. Al principio 
quedaba el intento en que lo castellano se pareciese a lo clásico latino; des- 
pués se quiso introducir el latín en el castellano con el pretexto "de non fa- 
llar equivalentes vocablos en la romancial texedura, en el rudo y desierto 
romance, para exprimir los angélicos concebimientos uirgilianos* . En su vir- 

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XVI. - EL SIGLO XV 

tud, brotó una prosa artística o 
artificial, que en algunos llegó 
a ser estrafalaria. Don Enrique 
de Villena, por ejemplo, para 
quejarse de que no eran leí- 
dos sus libros, escribía: "Pocos 
fallo que de las mías se pa- 
guen obras". 

148. Poesía épico- 
popular. Romances: A) 
Del Duque de Arjona. 

B) Del Conde de Luna. 

C) Del cerco del Albur- 
querque. — La épica caste 
llana continúa en este período, 
no sólo siendo la poesía ver- 
daderamente popular, la que 
endulzaba las melancólicas ho- 
ras de Enrique IV y cantaba su 
hermana la princesa Isabel, fu- 
tura Reina Católica, y canta- 
ban u oían cantar con embele- 
so grandes y chicos, sino que 
en su árbol archisecular, y 
siempre verde y frondoso, pro- 
dujo nuevas y bellísimas hojas 
y flores. En dos grupos se pre- 
sentan estas manifestaciones: 
romances referentes a sucesos 
interiores, y romances fronte- 
rizos. 

A) Don Fadrique de Cas- 
tro, duque de Arjona y conde 
de Trastamara, fué preso por 
el Rey, que sospechó de él, no 
se sabe si con fundamento, que 
trataba de pasarse con su hues- 
te al campo del rey de Aragón. 

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SALCEDO -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Murió en la prisión — castillo de Peñafiel — en 1430, según la Crónica de 
Juan II, o en 1432 según su epitafio en el monasterio de Benevivere, a 
media legua de Cardón. La citada Crónica, asi como la de Don Alvaro de 
Luna, no acusan al Duque más que de esta tentativa de traición, o, mejor 
dicho, refieren la sospecha del Rey, sin añadir si fué o no comprobada; el 
Marqués de Santillana, cuñado del Duque, cuenta de él que fizo asaz gen- 
tiles canciones e decires, e tenía en su casa grandes trovadores. En el 
romance, indudablemente compuesto a raíz de su muerte, pues a fines del 
siglo xv pasaba por antigualla, pintase al Duque como un tiranuelo feudal. 
El Rey le dice: 

De vos, el Duque de Arjona 

grandes querellas me dan : 

que forzades las mugeres 

casadas y por casar. 

Que les bebiades el vino 

y les comiades el pan; 

que les tomáis la cebada 

sin se la querer pagar. 

Seguramente, el romance fué escrito por un partidario de la política de 
Don Alvaro de Luna; esto es, del acrecentamiento del Poder real a costa de 
la oligarquía. 

B) Del mismo carácter es otro romance que se conserva, en versión 
sin duda muy estragada, en la Tercera parte de la Silva de Zaragoza, y que 
se refiere al Conde Don Fadrique de Luna, sucesor del Duque de Arjona en 
el señorío de esta villa y de Arjonilla: 

Sed preso, Conde de Luna, 
que el Rey por mi os lo manda, 
porque os alzáis con Sevilla, 
con Sevilla y con Triana, 
y robáis los mercaderes 
que por esta tierra pasan, 
y forzáis vos las doncellas, 
esas que más os agradan. 

El lance del Conde de Luna está referido también en la Crónica de 
Juan II, de donde quizás lo tomó el anónimo autor del romance. El rasgo 
de forzáis vos las doncellas es, probablemente, imitación del romance del 
Duque de Arjona. 

C) Barbieri encontró en el Cancionero musical de los siglos XV y XVI, 
existente en la Biblioteca de Palacio y en un manuscrito (F. 18) de la Na- 

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XVI. - EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS 

cional, un fragmento de otro romance de la época de Juan II, con la parti- 
cularidad de ser el más antiguo que poseemos con notación musical: 

¡Alburquerque, Alburquerque, 
bien meresces ser honrado! 
En ti están los tres infantes, 
hijos del rey don Fernando. 

Destérrelos de mis reinos, 
destérrelos por un año. 
Alburquerque era muy fuerte, 
con él se me habian alzado. 
jOh don Alvaro de Luna; 
cuan mal que me habéis burlado! 

Dixisteme que Alburquerque 
estaba puesto en un llano; 
véole yo cavas hondas 
y de torres bien cercado; 
dentro, mucha artillería, 
gente de pie y de caballo, 
y en aquella torre mocha 
tres pendones han alzado: 
el uno por don Enrique; 
otro por don Juan su hermano. 



La Crónica de Juan II refiere este cerco de Alburquerque, donde se 
alzaron los infantes Don Enrique y Don Pedro — la Historia no menciona 
a Don Juan; — pero si que los sitiados tremolaron tres pendones: el tercero 
con las armas reales. También es histórico el detalle de la mucha artillería. 
"Lanzaron — dice la Crónica — en número de cincuenta truenos e bombar- 
das. . . plugo a Dios que de las dichas bombardas e truenos no fué herida 
persona alguna". 

149. Romances fronterizos: A) De la defensa de Baeza. 
B) De la defensa de Jaén. C) Del Alcaide de Cañete. D) De 
la Conquista de Antequera. E) De Abenámar. F) De Ben Zu- 
lema. G) Del Obispo de Jaén. — Harto más interesantes y bellos 
son los romances fronterizos de este periodo. 

El más antiguo se refiere a la heroica defensa de Baeza (Agosto- 1407) 
contra los granadinos. Lafuente Alcántara cree fundadamente que es algo 
posterior al hecho, toda vez que menciona el apellido Venegas entre los 
moros, y no lo hubo entre ellos hasta que cautivaron a Pedro Venegas, ter- 
cer hijo de los señores de Luque, de edad de ocho años, y lo hicieron mu- 
sulmán. Verdad que no porque un romance o cualquier cantar popular haya 

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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 



Fot. Lóeoste. 
La Alhambra de Granada 

Vista general de la Alcazaba 



sido compuesto en una época determinada, puede afirmarse que la versión 
hoy conocida sea la primitiva; los cantos del pueblo están sometidos a con- 
tinuas variantes. El romance empieza: 

Moricos, los mis moricos, 
los que ganáis mi soldada, 
derribésme a Baeza, 
esa villa torreada . . . 



B) En el orden cronológico viene luego el romance de la defensa de 
Jaén, en que murió el alcaide Reduan, "el mayor caballero — dice la Cró- 
nica de Juan II — que traía el rey de Granada 

Reduan, bien se te acuerda 
que me distes la palabra 
que me darías a Jaén 
en una noche ganada. . . 



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XVI. -EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS 

La poesía popular concuerda con la narración histórica del hecho, que 
sucedió en Octubre de 1407. 

C) También concuerda con la historia — como que está sacado de la 
Crónica, pues indudablemente es composición erudita de la primera mitad 
del siglo xvi, refundida luego por el Caballero Cesáreo, amigo de Sepúlve* 
da — , el romance del Alcaide de Cañete y de la venganza que tomó su pa- 
dre Fernán Arias de Sayvedra en los moros de Ronda. El hecho sucedió 
en 1410. Hernando de Sayvedra, alcaide de Cañete, faltando a sus deberes 
de gobernador de fortaleza, salióse a correr la tierra de moros con treinta 
jinetes; cayó en una emboscada, y pereció con todos los suyos. Fernán ven- 
gó el desastre haciendo una gran matanza de moros en otro encuentro. Es 
de admirar la energía militar con que los poetas eruditos del siglo xvi cen- 
suran al heroico, pero imprudente alcaide por haberse salido de su puesto: 

Harto hace el caballero 
que guarda lo encomendado 
y muere en la fortaleza 
donde lo han juramentado. 



La Alhambra de Granada Fot Lacoste. 

Los Adarves y la Torre de la Vela 



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SALCEDO. -LA UTERATURA ESPAÑOLA 

D) La gloriosa conquista de Antequera por el principe regente don 
Fernando (1410) inspiró tres romances, bellísimos sin duda, juzgando por 
los trozos que conservamos; pero las versiones que han llegado hasta nos- 
otros están mezcladas con poesías posteriores, y hasta se ofrecen dudas 
sobre su antigüedad. Anterior a ellos es, de todas suertes, una canción po- 
pular, no romance, sino serranilla morisca, que, según Menéndez Pelayo, 
debió de ser compuesta por "algún soldado de la frontera que entendía y 
* hablaba el árabe, como lo muestran las palabras que pone en boca de la 
"mora, ejemplo que ya habla dado el Arcipreste de Hita". Consta de nueve 
estrofas, y trascribimos las tres primeras, que dan cumplida idea de su 
eátilo y carácter: 

{Sí; ganada es Antequera! 

¡Oxalá Granada fuera! 

¡Sí! Me levantara un día 

Por mirar bien Antequera. 

Vi mora con ossadia 

Passear por la rivera. 

Sola va, sin compannera, 

En garnachas de un contray. 

Yo le dixe: [Alá culay\ (1). 

¡Quema! (2) me respondiera. 

¡Sí; ganada es Antequera!... 
Por la fablar más seguro, 
Púseme tras d'una almena. 
Un perro tiró del muro. 
¡Dios que le dé mala estrena! 
Dixo mora con grand pena: 
¡Oh; mal hayas, alcairanl (3) 
Heriste a mí, artizarán (4). 
¡Mueras a muerte muy ñera! 

¡Sí; ganada es Antequera! 
Díxele que me dixese 
Las sennas de su possada, 
Por si la villa se diesse 
Su casa fuesse guardada. 
— "En l'alcazaba assentada 
Hallarás, cristiano a mi 
En brazos del moro Alí, 
Con quien vivir no quissiera...(5). 



(1) , Dios sea contigo! 

(2) / Y contigo, la salud! 

(3) Flechero. 

(4) Nazareno o cristiano. 

(5) Fijó el texto de esta singular canción D. Aureliano Fernández Querrá. (Véase su discurso en la 
recepción de su hermano don Luis en la Acad. Esp. 1873.) 



JDO 

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XVI. -EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS 



Fot. Lacoste. 
La Alhambra de Granada 



El tocador de la Reina 

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SALCEDO.- LA LITERATURA ESPAÑOLA 

E) Esta mezcla de lo morisco con lo cristiano, que tanto encanta en 
la canción citada, donde se manifiesta por modo más profundo, alto y poé- 
tico es en el romance de Abenámar, joya de los fronterizos e incluido por 
Menéndez Pelayo entre las Cíen mejores poesías de la lengua castellana. 

(Abenámar, Abenámar, 
moro de la morería, 
el dia que tú naciste 
grandes señales habia! 
Estaba la mar en calma, 
la luna estaba crecida: 
moro que en tal signo nace, 
no debe decir mentira. — 
Allí respondiera el moro, 
bien oiréis lo que decía: 

— Yo te la diré, señor, 
aunque me cueste la vida, 
porque soy hijo de un moro 
y una cristiana cautiva; 
siendo yo niño y muchacho, 
mi madre me lo decía: 

que mentira no dijese, 
que era grande villanía: 
por tanto, pregunta, rey, 
que la verdad te diría. 

— Yo te agradezco, Abenámar 
aquesa tu cortesía. 

¿Qué castillos son aquéllos? 
¡Altos son y relucían! 

— El Alhambra era, señor; 
y la otra, la mezquita; 

los otros, los Alixares, 
labrados a maravilla. 
El moro que los labraba 
cien doblas ganaba al día, 
y el dia que no los labra 
otras tantas se perdía. 
El otro es Generalife, 
huerta que par no tenía; 
el otro, Torres Bermejas, 
castillo de gran valía. — 
Allí habló el rey don Juan, 
bien oiréis lo que decía: 

— Si tú quisieses, Granada, 
contigo me casaría; 
daréte en arras y dote 

a Córdoba y a Sevilla. 



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4 



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SALCEDO - Literatura española. - Tomo I. D¡g¡t¡zed by @QOgIe 



SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

— Casada soy, rey don Juan; 
casada soy, que no viuda; 
el moro que a mi me tiene 
muy grande bien me quería. 



Refiérese este lindísimo poemita a la gran expedición que acaudilló 
Juan II a la vega de Granada, y que dio lugar a la batalla de la Higueruda 
o Sierra Elvira (1.° - Julio - 1431). Era tal la incomunicación del reino moro 
con el resto de la Península, que en Castilla no era conocida la mágica ciu- 
dad del Darro y del Genil, a no ser por vagas relaciones de algunos cauti- 
vos. Debió de ser una gran sorpresa para las huestes de Juan II el espec- 
táculo que les ofreció la encantada ciudad el 27 de Junio, cuatro días antes 
de la batalla, al descubrirla desde la falda de Sierra Elvira. Las preguntas 
que hace el Rey al moro Abenámar no pueden ser más naturales, y quizás 
sonaran entonces por primera vez en oídos castellanos los nombres del 
Alhambra, los Alijares, el Generalife y Torres Bermejas. Extasiado el Mo- 
narca, requiebra a la ciudad misteriosa y hermosísima como a una novia, 
y le pide su mano. 

Esta bella imagen del requiebro y de la petición de mano a la ciu- 
dad delata su origen oriental, asi como el detalle de lo que ganaba el ala- 
rife constructor de los Alijares descubre la leyenda granadina sobre aquel 
palacio, repetición o eco de otra árabe preislamitica. "El romance — dice 
"don Ramón Menéndez Pidal — es de procedencia musulmana. Fué can- 
"tado en su origen, ya en árabe, ya en castellano, por un moro impreg- 
nado de la cultura latina, y nos revela un aspecto muy curioso de la poesía 
"épica, es a saber; el contacto que tuvo en su tarde con la poesía árabe, 
"poco tiempo antes de la total expulsión de los mahometanos. Este roman- 
ice es árabe, no solamente por el sentimiento histórico, sino por la ins- 
piración poética" (1). 

Schack cree que el romance de Abenámar debió de ser compuesto 
por un castellano que había oído una poesía arábiga, sin entenderla por 
completo, pero al cual le chocó la comparación de Granada con una novia, 
requebrada por Juan II (2), opinión que a Menéndez Pelayo le parece la más 
discreta. Sea lo que fuere, la belleza de la canción es indudable, y Cháteau- 



(1) L'Épopée Casttllane; pág. 174. 

(2) Poesía y arte de los árabes en España y Sicilia (Z* Ed. esp.); tomo L pág. 222. 



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XVI. ■ EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS 



Fot. Lacoste. 
La Alhambra de Granada 

Entrada al Patío de los Leones 



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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

briand la imitó en una balada que intercaló en El último Abencerrage (1). 

F) Don Ramón Menéndez Pidal descubrió en un manuscrito de la 
Biblioteca de Palacio un romance fronterizo referente a una batalla ganada 
por los antequeranos al moro Ben Zulema: 

De Granada partió el moro 
que se llama Ben Zulema (2). 

G) Dejando de citar algunos otros de estos bellos poemitas militares, 
mencionaremos el de la derrota de la hueste de Jaén por los moros, con la 
prisión y cautiverio del obispo don Gonzalo de Zúñiga, o mejor dicho, 
los romances, pues hay varias versiones fragmentarias. Después del caboso 
coronado don Jerónimo, compañero de las empresas del Cid, ésta es — 
dice Menéndez Pelayo — la única efigie de prelado batallador que aparece 
en nuestra poesía épica, con haber tantos en las crónicas. De un romance 
perdido son estos versos: 

¡Ay mi Dios! ¡Qué bien parece 
el obispo don Gonzalo 
armado de todas armas 
hasta los pies del caballo! 



Y una copla popular que nos ha conservado Ortiz de Zúñiga, el ana- 
lista sevillano, dice: 

El obispo de Jaén 
suele decir misa armado. . . 



150. Últimos trovadores: A) El enamorado Mac fas. 
B) Juan Rodríguez del Padrón. — La escuela trovadoresca ofré- 



(1) Hay dos traducciones modernas de la balada de Chateaubriand: una de Arólas (Valencia - 1846); 
otra del Marqués de Gerona, que empieza: 

Don Juan, rey de España, 
Cabalgando un día, 
Desde una montana 
A Granada vía. 

Díjole prendado: 
"Hermosa ciudad, 
Mírame afanado 
Tras de tu beldad. . . " 

(2) Publicado y comentado en el Homenage a Almeida-Garrett (Génova-1900). 

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XVI. -EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS 

ceños entre la turba de sus últimos representantes dos poetas que deben 
la celebridad, más que a sus versos, a otras circunstancias de su vida. 

A) Uno de ellos es Macias, del que han llegado hasta nosotros cinco 
canciones insignificantes; pero su persona se convirtió en simbolo de 
amantes finos y desgraciados, de verdadero mártir de amor. La leyenda de 
Macias tiene dos versiones: según una, era doncel de la casa de D. Enrique 
de Villena, y, enamorado de una señora casada, el marido le atravesó con 
su lanza en la fortaleza de Arjonilla; Macias fué sepultado en la iglesia de 
Santa Catalina de aquella villa, y sobre su tumba pusiéronse estos versos 
del trovador: 

Aquesta lanza sin falla 

¡Ay coytado! 
Non me la dieron del muro, 
Nin la prise yo en batalla 

¡Mal pecado! 
Mas viniendo a ti seguro, 
Amor falso e perjuro 
Me firió, e sin tardanza, 
E fué tal la mi andanza 

Sin ventura. 

Según la otra versión, Macias salvó de la muerte, sacándola en brazos 
de un río, a una gentil doncella. Andando el tiempo, la encontró por un 
camino, ya casada, y le pidió que se bajase de la muía, a lo que accedió 
ella; ya era partida, cuando llegó el marido y le mató con la lanza. Macias 
murió encomendándose devotamente a la señora de sus pensamientos. 
El marqués de Santularia, Juan de Mena, cuantos imitando al Dante com- 
pusieron infiernos de amor, Lope de Vega en su comedia Porfiar hasta 
morir, Larra en la época moderna, han enaltecido y glorificado a Macias. 
Véase, por ejemplo, cómo le pintaba Garci -Sánchez de Badajoz en su 
Infierno: 

En entrando, vi asentado 
En una silla a Macias, 
De las heridas llagado 
Que dieron fin a sus días 
Y de flores coronado, 
En son de triste amador, 
Diciendo con gran dolor, 
Una cadena al pescuezo, 
De su canción al empiezo: 
" ¡Loado seas, Amor, 
Por cuantas penas padezco! 



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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

B) Juan Rodríguez del Padrón puede ser considerado como el último 
trovador gallego, aunque, al menos que se sepa, no escribió nada en su len- 
gua nativa, sino en castellano. Fué amigo de Marías, y por él sabemos que 
Macias era también gallego: 



Si te place que mis días 
Yo fenezca mal logrado 
Tan en breve, 
Plégate que con Macias 
Ser merezca sepultado; 
Y decir debe 
De la sepultura sea: 
Una tierra los crió, 
Una muerte los llevó, 
Una gloria los posea. 



Rodríguez del Padrón era hombre de buen linaje y muy orgulloso de 
sus pergaminos, de cuya materia entendia mucho, como acredita su libro 
Cadira del honor, compuesto a ruegos de varios caballeros de la corte de 
Juan II, y sobre lo mismo versaban el Oriflama, cuyo manuscrito, según 
declara él mismo, dejó olvidado en Italia, y un Nobiliario, que también se 
ha perdido. Estaba imbuido en el clasicismo propio de su tiempo, y se le 
atribuye con fundamento una traducción de las Hervidas de Virgilio, con el 
estrambótico título de Bursarío (1). Alardeaba de indigesta erudición; sus 
lecturas favoritas y las que se reflejan en sus obras son, sin embargo, las 
caballerescas bretonas. En su figura literaria hay que distinguir su vida, 
sus versos y su prosa. 

De la primera se sabe que sirvió al Cardenal Cervantes (obispo de Se- 
govia en 1442 y arzobispo de Sevilla en 1449), con quien viajó mucho por 
Italia — quizás estuvo también en el concilio de Basilea; — que, probable- 
mente, peregrinó a Jerusalén, y aun recorrió otras regiones de Asia; que en 
lá corte de Castilla tuvo amores con una altísima dama — algunos han su- 
puesto que con la reina madre de la Beltraneja, y otros, que con la madre 
de Isabel la Católica; pero lo primero es cronológicamente imposible, y lo 
segundo también, ya que las bodas de Doña Isabel de Portugal fueron 
en 1447, y por el Cancionero de Baena consta que Rodríguez era ya fraile 



(1) ' . . . porque assi como en la bolsa hay muchos pliegues, assí en este tratado hay muchos obscuros 
vocablos y dudosas sentencias, y puede ser llamado bursarío ..." 



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XVI.' EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS 

antes de 1445; — que habiéndose alabado con un amigo de su buena fortu- 
na en los elevados amores, trocóse aquélla en desventura y peligro, y, o te- 
meroso de la pavorosa muerte huyó de la corte, o fué desterrado, parando 
en su tierra natal, y que, por último, se hizo religioso; según algunos, en Je- 
rusalén. Un cuentista anónimo del siglo xvi supuso que, fugitivo de Castilla, 
se fué a Francia, donde la Reina, que muy moza y hermosa era también, se 
enamoró de él, con lo que tuvo que huir hacia Inglaterra; pero en el cami- 
no le mataron unos caballeros franceses (1). Aquí se ve el intento de asi- 
milarle a Macias. 

Las poesías de Rodríguez de autenticidad probable son diez y siete. 
Todas son amorosas, excepto Flama del divino rayo, que es el canto de su 
conversión, y muchas irreverentes, como Los siete goses de amor y Los 
mandamientos de amor, en que se trata de amoríos profanos con la forma 
de aquella devoción y de estos preceptos. Como poeta, es superiorisimo a 
Macias, para lo. cual realmente hace falta muy poco; sus versos, o son ano- 
dinamente trovadorescos, o disuenan por el mal gusto en la expresión del 
ímpetu amoroso; v. gr., aquel en que se compara con un perro rabioso y 
ladra: 

¡Harn, ham! ¡Huid, que rabio! . . 

Parece, sin embargo, al menos en algunos trozos, que no era todo re- 
tórica en este trovador, sino manifestación sincera de un sentir corrompido 
por la lectura de las fábulas bretonas y abandonado a la fantasmagoría ro- 
mántica. 

En prosa, además de los libros citados, Rodríguez del Padrón compuso 
al Triunfo de las donas, uno de los muchos que se escribían entonces, ya 
censurando a las mujeres, como había hecho Boceado en // Corbaccio o 
Laberinto d'Amore, o defendiéndolas, como hizo también el mismo Bocea- 
do en su tratado De claris mulieribus. El de Rodríguez pertenece al 
grupo apologético, en que figuran el ya citado de Don Alvaro de Luna, Libro 
de las virtuosas et claras mujeres, la Defensa de virtuosas mujeres, de mo- 
sen Diego de Valera, el Carro de las donas del catalán Fr. Fracisco Exime- 
nís, otro que se ha perdido de Don Alonso de Cartagena, etc. Más impor- 
tante que el Triunfo de las donas es El siervo libre de Amor, confusa na- 
rración que puede ser considerada como la más antigua novela sentimental, 



(1) Este cuento hállase en un códice de la Biblioteca Nacional. Fué publicado por el primer Marqués de 
Pidal (Rev. de Madrid -1839), reproducido en las notas del Cancionero deBaena, y últimamente en las Obras 
de Juan Rodríguez de la Cámara o del Padrón, coleccionadas por Paz y Mella. (Bibliófilos españoles, 1884), 

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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

y así la clasifica Menéndez Pelayo en sus Orígenes de la novela. Contiene 
dos elementos: una especie de memoria autobiográfica o confesión de sus 
amores, y la historia de los dos amadores Andarller e Uesa, cuento entre 
caballeresco y sentimental. Es de notar la exactitud de los detalles descrip- 
tivos de la comarca de Galicia en que se desarrolla la acción (1). La prosa 
de Rodríguez del Padrón está plagada de galicismos, y muchas veces es 
enrevesada y laberíntica. 



(1) La 1.* edición de esta novela fué la hecha por D. Manuel Munguia (Diccionario de Escritores galle- 
gos. Vigo, 1802). La 2.» es la de la citada Colección de Paz y Meliá. Ambas están sacadas del códice Z. 224 de 
la Biblioteca Nacional, único manuscrito que se conserva. 



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LA LITERATURA ESPA ÑOLA EN LA 
EDAD MEDIA * XVII. ** EL SIGLO XV HASTA 



LOS REYES CATÓLICOS (Continuación) 



(i) 



El Marqués de Santularia: Su vida y sus obras. — 

La principal y más simpática figura literaria de la época de 

Juan II es D. íñigo López de Mendoza, primer marqués de 

Santularia. Fué "hombre de mediana estatura, bien pro por- 

"donado en la contextura de sus miembros, e fermoso en las 

"facciones de su rostro . . . Agudo e discreto . . . Fablaba muy 

"bien, e nunca le oian decir palabra que non fuese de notar, quier para 

"doctrina, quier para placer. Era cortés, e honrador de todos los que a él 

"venian, especialmente de los hombres de sciencia . . . Muy templado en 

"su comer y beber . . . Caballero esforzado ... ni su osadía era sin tiento, 

"ni en su cordura se mostró jamás punto de cobardía . . . Tenia gran copia 

"de libros, e dábase al estudio, especialmente de la filosofía moral e de 

"cosas peregrinas e ambiguas; e tenia siempre en su casa doctores, con 

•quienes platicaba en las sciencias e lecturas que estudiaba" (2). Nació en 

Carrión de los Condes (19 - Agosto - 1398), y murió en Guadalajara (25 - 

Marzo -1458). 



(1) 151. El Marqués de Santularia: Su vida y sus obras. — 152. Los sonetos del 
itálico modo del Marqués de Santillana. Cuestión histórico-critica que plantean. — 
153. Juan de Mena. — 154. Otros poetas: Pedro Guillen de Segouia. — 155. La sátira 
política. Coplas de la Panadera, de Gómez Manrique, de Mingo Reuulgo y del Provin- 
cial.— 156. Los prosistas. D. Enrique de Villena. — 157. Fernán-Pérez de Guzmán. 

(2) Pulgar. Claros varones de Castilla. 

377 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

m 

Señor de vastos y ricos Estados, valeroso guerrero y buen capitán, 
astuto político y hábil diplomático, mantuvo su influencia y acrecentó sus 
señoríos en las luchas civiles de su tiempo, pareciéndose por ello a don 
Juan Manuel, con quien tanta semejanza tiene por el amor a las bellas 
Letras y la fortuna en su cultivo. La diferencia entre el oligarca de la pri- 
mera mitad del siglo xiv y el de la primera mitad del siglo xv es, sin em- 
bargo, notoria: don Juan Manuel parece un reyezuelo independiente que 
no tiene otro fin en su acción política sino el aumento de su poderío; en el 
Marqués de Santularia se ve siempre al magnate que, sin olvidar su fortu- 
na, toma parte activa en la política general del reino, y puede creerse que 
el celo del bien público guió frecuentemente sus pasos; v. gr., en su opo- 
sición al condestable don Alvaro de Luna, a quien apoyó durante Iaigo 
tiempo, para convertirse luego en el más implacable de sus enemigos. El 
Marqués es un oligarca medioeval, en que ya se dibuja con vigorosos tra- 
zos la figura del personaje o prohombre de la Edad Moderna: de haber flo- 
recido en la generación siguiente a la suya, hubiera sido, como lo fué su 
hijo el cardenal Mendoza, el más firme sostén del trono. Era hombre de 
buenas costumbres, enamoradísimo de su mujer doña Catalina de Figueroa, 
su 'sabia, honesta, virtuosa e obediente compañera*, del que no se sabe 
que tuviera otros amoríos fuera de casa que los fingidos o literarios de las 
Serranillas, amantísimo de sus hijos (1), como se refleja en el Cantar que 
fizo a sus fijas loando la su fermosura, donde dice que al contemplarías 
tan bellas, 

Los finojos he fincado 

segund es acostumbrado 

a dueñas de grand altura: 

ellas por la su mesura 

en los pies m'an levantado. 

Gobernaba blanda y cariñosamente sus Estados: "criaba las hijas e 
u hijos de los vecinos de Guadalajara en su casa, e las hijas casaba e dota- 
a ba, e a los hijos criábalos y dábales oficios y casábalos" (2). En Guadala- 
jara fundó un hospital. Llevaba por mote en su escudo Ave María, y en su 
celada, Dios e vos. En su edificante agonía declaró que este vos referíase a 
la Virgen Santa, y no a ninguna hermosura terrena. Tres años antes de 



(1) Juan de Lucena, en el diálogo de Vita bona, pone en sus labios el siguiente bellísimo recuerdo de 
su hijo D. Pedro Laso, fallecido meses antes que D." Catalina: "Oh suavísimo fijo don Pedro Laso! Cuando 
"de ti me acuerdo, olvido tus hermanos, olvido mis nietos, e toda mi gloria amata el dolor de tu muerte. 
"Ninguna consolación redime mi alma, salvo pensar que te veré, sin temor que más mueras*. 

(2) Medina y Mendoza: Vida del Cardenal Mendoza. 



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XVII.-EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS (Continuación) 

morir, de regreso de la última de sus campañas — la incursión en el reino 
de Granada, que no se siguió adelante por la pusilanimidad de Enri- 
que IV, — peregrinó, a Guadalupe, y compuso en loor de Nuestra Señora 
los bellos versos que empiezan: 

Virgen, eternal esposa 
del Padre, que á'ab initio 
te crió, por beneficio 
desta vida congossosa; 
del jardín sagrada rosa 
e preciosa margarita, 
fontana d'agua bendita, 
fulgor de gracia infinita 
por mano de Dios escrita, 
jOh Domina gloriosa! . . . 



Más que de sabio, merece ser calificado el Marqués de Santillana de 
hombre de inmensa cultura, el tipo cabal de un magnate ilustrado del 
Renacimiento. No sabia latín; pero mandaba hacer traducciones de Virgilio, 
Ovidio y Séneca, o se las procuraba, y reunió una magnifica biblioteca (1). 
Por sus escritos, pertenece a todas las escuelas y tendencias de su tiempo. 

En prosa, conservamos del Marqués algunos opúsculos. Lo más impor- 
tante es el proemio de su cancionero, o carta al Condestable don Pedro de 
Portugal remitiéndoselo. Es, por decirlo así, su poética y el primer ensayo 
de Historia y critica literaria que se ha hecho en España. Define la Poe- 
sía: "fingimiento de cosas útiles, cubiertas o veladas con muy fermosa 
•cobertura, compuestas, distinguidas et scandidas por cierto cuento, peso y 
"medida 41 (2). La encarece como la ciencia más noble e dina del hombre. 
*. . . las escuridades et cerramientos de las sciencias, ¿quién las abre, quién 
"las esclaresce, quién las demuestra e face patentes, sinon la elocuencia 
a dulce e fermosa fabla, sea metro sea prosa?" Revélase el literato del Re- 
nacimiento en no considerar sublimes sino las poesías clásicas (griegas y 
latinas); mediocre es para él toda poesía en lengua vulgar, e ínfima la 
popular. Tal es su doctrina; pero él gustaba y cultivaba la poesía que cali- 
ficaba de mediocre e ínfima. Muéstrase conocedor de la poética provenzal, 



(1) Su hijo don Diego vinculó la librería, soberbia colección de códices del Marqués, y de este modo 
ha podido llegar, al menos en parte, hasta el desbarate de la Casa de Osuna: hoy la mayor parte están en la 
Biblioteca Nacional; algunos preciosísimos emigraron al extranjero. Ya hemos tratado de esta Biblioteca a 
propósito de Schiff. 

(2) Menéndez Pelayo explica esta definición: Fingimiento, o sea la creación o ficción poética; Fermosa 
cobertura, es decir, bella forma; y Cosas útiles o fondo de útil doctrina. 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

aunque parece que no había leido a estos poetas — de Amoldo Daniel lo 
declara expresamente, — y admirador de la poesía francesa del género 
alegórico del Román de la Rose, y esto se relaciona con el detalle de las 
Coplas de la Panadera, que nos presentan al Marqués en la batalla de 
Olmedo 

Con fabla casi stranjera, 
Armado como francés. 

Pero su entusiasmo no era por los franceses, sino por los grandes 
maestros italianos. Sólo reconocía superioridad a los primeros en el guar- 
dar del arte; esto es, en la técnica. Como ya se ha dicho en otro lugar, 
reconoce los orígenes gallegos de la lírica castellana; ensalzó a catalanes y 
valencianos, admirando a sus contemporáneos Pedro March, mosén Jordi 
de Sant- Jordi, y Ausias March. No conocía o desdeñaba la épica popu- 
lar, y en el proemio no suena ni el nombre de cantar de gesta. Tampoco 
nombra a Gonzalo de Berceo; pero si habla rápidamente del Mester de 
clerecía, citando un poema — Los Votos del Pavón — hoy desconocido; 
para Santillana, Micer Francisco Imperial era el mejor poeta castellano. 

Además, en prosa tenemos del Marqués una carta a su hijo don Pedro 
sobre la utilidad de las traducciones, las glosas que puso a sus proverbios, 
una consulta a D. Alonso de Cartagena sobre el oficio de la caballería, la 
Lamentación en profecía de la segunda destruyción de España (trozo de 
elocuencia declamatoria), y una colección de Los repanes que dicen las 
viejas tras el fuego, la más antigua paremiologla conocida en ninguna 
lengua vulgar, y que demuestra cómo el Marqués, a pesar del desprecio 
que afecta en el proemio por todo aquello de que la gente baja e de servil 
condición se alegra, sentía lo popular. 

Como poeta también lo sentía, y en ello se inspiraba, ya siguiendo 
la tradición lírica galaico -portuguesa, que había llegado a él directamente 
leyendo en casa de su abuela D. a Mencía de Cisneros, cuando era assaz 
pequeño mozo, un cancionero de cantigas, serranas e decires portugueses e 
gallegos, ya prestando atento oído a las coplas que oía en su tiempo; pero 
el carácter popular de Santillana hay que entenderlo considerando que no 
pertenecía él al pueblo, sino que era gran señor y poeta cultísimo, corte- 
sano o de sociedad: así, lo popular que a él llegaba depurábase, o, mejor 
dicho, elegantizábase por su buen gusto aristocrático, perdiendo en la 
trasformación no sólo defectos, sino también bellezas; perdíase lo crudo, 
saliente y resonante, ganando en cierta ligereza y gallardía de buen tono, 
y conservándose grato a todos los oídos, aun a los populares, merced al 
sentido musical del poeta. "¿Quién duda — escribió en el proemio — que 

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XVIL-EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS (Continuación) 



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Página del Códice conocido por "El Doctrinal de Caballeros" 

(Biblioteca de El Escorial.) 
(Véase la nota de la pág. 19.) 



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SALCEDO.- LA LITERATURA ESPAÑOLA 

"asi como las verdes fojas en el tiempo de la primavera guaní escen e 
"acompañan los desnudos árboles, las dulces voces e fermosos sones nos 
"apuestan e acompañen todo rimo, todo metro, todo verso, sea de cual- 
"quier arte, peso e medida?". El Marqués componía siempre musicalmente, 
para que sus poesias fuesen cantadas y tocadas, y a eso deben, sin duda, 
sus Serranillas la vida perdurable que han alcanzado. 

Ocho Serranillas se conservan del Marqués; y si no hay que buscar en 
ellas el hondo lirismo de las poesias populares gallegas ni los desvergon- 
zados bríos del Arcipreste de Hita, son — como dice Puymaigre, afortunado 
traductor francés de La Vaquera de la Finojosa — "más graciosas que las 
"canciones de Teobaldo de Champagne, pastorelas más lindas que las de 
"Ricardo Riquier". Una de las Serranillas, la que empieza 

Entre Torres y Canena, 
acerca de Sallocar, 
fallé mora de Bedmar 
sanct Julián en buen estrena. . . 

fué compuesta por D. íñigo estando de capitán mayor en la frontera de 
Jaén, o sea general en jefe de la hueste castellana, dirigiendo la gloriosa 
campaña de 1438, en que por fuerza de armas tomó las villas de Huelma y 
Bexix, y obligó a los moros a pedir treguas por tres años, con entrega de 
550 cautivos cristianos y pago de 24.000 doblas de oro como indemnización 
de guerra. La que se ha hecho más célebre de las Serranillas es la citada 
de La Vaquera de la Finojosa: 

Mosa tan f ermosa 
Non vi en la frontera 
Como una vaquera 
De la Finojosa. 
Faciendo la via 
Del Calatraveflo 
A Sancta María, 
Vencido del sueño 
Por tierra fragosa 
Perdí la carrera, 
Do vi la vaquera 
De la Finojosa. 
En un verde prado 
De rosas e flores, 
Guardando ganado 
Con otros pastores, 
La vi tan graciosa, 

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XVII.- EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS (Continuación) 

Que apenas creyera 
Que fuese vaquera 
De la Finojosa. 
Non tanto mirara 
Su mucha beldat, 
Porque me dexara 
En mi libertat. 
Mas dixe: "Donosa 
(Por saber quién era) 
¿Dónde es la vaquera 
De la Finojosa? 14 
Bien como riendo 
Dixo: "Bien vengades; 
Que ya bien entiendo 
Lo que demandades: 
Non es desseosa 
De amar, nin lo espera 
Aquesa vaquera 
De la Finojosa. 

Las otras no son menos bellas, y la misma frescura, primor y gentileza 
nos ofrecen muchos de los decires, canciones y billancillos. 

Imitando al Dante, hizo también preciosidades: Coronario de Mossen 
Jordi, Infierno de los enamorados, Querella de amor, Comedieta de Ponga, 
etcétera. Esta última es un poemita sobre la derrota naval cerca de la isla 
de Buza sufrida por Alfonso V de Aragón, y aquí se encuentran (estan- 
cias XVI, XVII y XVIII) los versos que inician en España la larguísima serie 
de imitaciones de Horacio: lo son de la oda Beatus Ule, que inspiró a Fray 
Luis de León la suya ¡Qué descansada vida . . . / El marqués de Santularia 
la imitó asi: 

(Benditos aquellos que con el azada 
Sustentan su vida e viven contentos, 
E de cuando en cuando conoscen morada 
E sufren pascientes las lluvias e vientos! 

Ca éstos non temen los sus movimientos, 
Nin saben las cosas del tiempo pasado, 
Nin de las presentes se fasen cuydado, 
Nin las venideras dó han vastimiento. 

(Benditos aquellos que siguen las fieras 
Con las gruesas redes e canes ardidos, 
E saben las trochas e las delanteras, 
E fieren del arco en tiempos debidosl 



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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Ca éstos por saña non son conmovidos, 
Nin vana cobdicia los tiene subgetos; 
Nin quieren tesoros, nin sienten defetos, 
Nin turban temores sus libres sentidos. 

¡Benditos aquellos que cuando las flores 
Se muestran al mundo desciben las aves, 
E fuyen las pompas e vanos honores, 
E ledos escuchan sus cantos suaves! 

¡Benditos aquellos que en pequeñas naves 
Siguen los pescados con pobres traynas! 
Ca éstos no temen las lides marinas, 
Nin sierra sobre ellos Fortuna sus llaves. 



Como didáctico, escribió el Doctrinal de privados, severisima censura 
de D. Alvaro de Luna, que ya habia muerto cuando la compuso Don Iñigo, 
circunstancia que permite interpretar la composición de dos modos: o como 
indelicadeza del Marqués, hija de un encono que no se satisfizo ni con la 
terrible ejecución del Condestable, o como efecto de su profundo conven- 
cimiento de ser el valido de Juan II un enemigo funesto del bien público. 
Los que propenden a descubrir en las acciones de sus semejantes, sobre 
todo si son reyes o grandes señores, cuanta perversidad y bellaquería son 
posibles, se acogen a la primera interpretación: nosotros nos inclinamos a 
la segunda, por lo cual no dejamos de sentir allá en lo intimo cierto enva- 
necimiento. 

También compuso en este género didáctico el Diálogo de Blas contra 
Fortuna, y los Proverbios, dirigidos a su hijo, y que son una colección de 
enseñanzas sacadas de la Sagrada Escritura y de la sabiduría popular, por 
este tenor: 

Fijo mío mucho amado, 
Para mientes, 

E non contrastes las gentes, 
Mal de su grado: 
Ama, e serás amado, 
E podrás 

Faser lo que non farás 
Desamado. 

¿Quién reservará al temido 
De temer, 

Si descripción e saber 
Non ha perdido? 
Si querrás, serás querido, 
Cá temor 



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XVII.' EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS (Continuación) 

Es una mortal dolor 
Al sentirlo. 

E sea la tu respuesta 

Muy graciosa: 

Non terca nin soberbiosa, 

Mas honesta. 

¡O fijo! . . . ¡Cuan poco cuesta 

Bien fablar! * 

E sobrado amenasar 

Poco presta. 

Tanto tiempo los romanos 

Prosperaron 

Cuanto creyeron e onraron 

Los ancianos; 

Mas después que a los tiranos 

Consiguieron, 

Muy pocos pueblos vencieron 

A sus manos. 

152. Los sonetos al itálico modo del Marqués de San- 
tularia. Cuestión histórico- crítica que plantean. — Grave cues- 
tión histórico -literaria suscitan cuarenta y dos composiciones del Marqués 
de Santillana: tales son los sonetos al itálico modo- En 1444 remitió diez y 
siete con la Comediata de Poma y otras poesías a la Condesa de Módica, 
diciéndole: "Envíovos la Comedieta, señora, asimesmo los cient Proverbios 
"míos e algunos otros SONETOS que agora nuevamente he comenzado de 
"facer al itálico modo. E en este arte falló primeramente en Italia Guydo 
"Cavalgante (Cavalcanti), e después usaron della Checo Dasculi e Dante, 
"e mucho más que todos, Francisco Petrarcha, poeta laureado". Después 
escribió veinticinco sonetos más. Los asuntos de esta colección de sonetos 
son variados: los hay religiosos, doctrinales, políticos y amatorios. Todos 
los versos son endecasílabos, pero varían la acentuación y la rima. Ejem- 
plos: De rima cruzada (tipo italiano primitivo): 

Cual se mostraba la gentil Lavina 
En los honrados templos de Laurencia, 
Cuando solepnizaban a Heretina 
Las gentes della con toda fervencia; 

E cual paresce flor de clavellina 
En los frescos jardines de Florencia, 
Vieron mis ojos en forma divina 
La vuestra imagen e deal presencia. . . 

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SALCEDO. — Literatura española, — Tomo I. ^ 25 



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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 



De forma italiana moderna: 



Cuando yo so delante aquella dona 
A cuyo mando me sojuzgó Amor, 
Cuido de ser uno dé los que en Tabor 
Vieron la grand claror que se razona: 

O que ella sea fija de Latona, 
Segund su aspetto e grande resplandor 
Assí que punto yo non he vigor 
De mirar fijo su ideal persona. . . 



De variación de las rimas centrales del segundo cuarteto (tipo deseo- 
nocido en Italia): 

Non es el rayo de Febo luciente 
Nin los filos de Arabia más fermosos 
Que los vuestros cabellos luminosos, 
Nin gema de estopaba tan fulgente. 

Eran ligados d'un verdor placiente 
E flores de jazmín, que los ornaba: 
E su perfetta belleza mostrava, 
Cual viva flama o estrella d'Oriente. . . 



De la misma variación que el anterior, y cruzamiento de las rimas del 
primer cuarteto (también tipo desconocido en Italia): 

Venció Aníbal el confuto de Canas 
E non dubdava Livio, si quisiera, 
Qu'en pocos días o pocas semanas 
A Roma con Italia poseyera. 

Por cierto al universo la manera 
Plogo e se goza en gran cantidat 
De nuestra tan bien fecha libertat, 
Donde la Astrea dominar espera. . . 



Al introducir Boscán en nuestra Poética las formas italianas, sus críti- 
cos recordaron en seguida los endecasílabos y sonetos de Santillana, y 

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XVII.-EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS (Continuación) 

aun de otros poetas anteriores a la reforma. Así, Cristóbal de Castillejo, el 
adversario de aquella reforma, negó en redondo su novedad: 

Juan de Mena, como oyó 
La nueva trova pulida, 
Contentamiento mostró, 
Caso que se sonrió 
Como de cosa sabida, 
Y dixo: según la prueba, 
Once sílabas por pie, 
No hallo causa por qué 
Se tenga por cosa nueva, 
Pues yo también las usé. 



Argote de Molina señaló la presencia del endecasílabo en El Conde 
Lucanor, de D. Juan Manuel: 

Non aventures mucho la riqueza 
Por consejo del home que ha pobreza. 

Y dice: "No fueron los primeros que los restituyeron (los endecastla- 
*bos) a España el Boscán y Garci-Lasso, como algunos creen, porque ya en 
"tiempo del rey don Juan el segundo eran usados, como vemos en el libro 
"de los sonetos y canciones del Marqués de Santularia, que yo tengo 
Y Herrera, comentando a Garcilaso, añade: * ... el Marqués de Santularia, 
"gran capitán español y tortísimo caballero, tentó primero con singular 
"osadía y se arrojó ventajosamente en aquel mar no conocido, y volvió a 
*su nación con los despojos de las riquezas peregrinas. Testimonio de esto 
"son algunos sonetos suyos dinos de veneración por la grandeza del que 
"los hizo, y por la luz que tuvieron en la sombra y confusión de aquel 
"tiempo". Por este camino se llegó a sostener que, lejos de haber venido 
endecasílabos y sonetos de Italia, fué al revés. Juan de la Cueva lo afirma 
resueltamente, diciendo del endecasílabo en el Exemplar poético: 

primero 

Floreció qu'en el Lacio en nuestro clima. 

El Provenzal antiguo, el sacro Ibero 
En este propio número cantaron, 
Antes que del hiziesse el Arno impero. 

El Dante y el Petrarca lo ilustraron 

Y otros autores, y esto les devemos, 

Y ellos que de nosotros lo tomaron. 



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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

La justa posesión que del tenemos, 
Que a la musa del Tajo y Cataluña (1) 
Se atribuye, tampoco Tapliquemos. 

Primero fué el Marqués de Santillana 
Quien lo restituyó de su destierro, 
Y sonetos dio en lengua castellana. 

Fundábase la supuesta primada de España en desconocimiento de la 
evolución histórica de la métrica en las lenguas romances, derivada de los 
versos latinos, y en no menor ignorancia de la influencia provenzal en 
Cataluña y Galicia, y por estas regiones en Castilla, así como de la crono- 
logía literaria. A mosén Jordi de Sant Jordi, poeta catalán del siglo xv que 
imitó o tradujo algunos versos del Petrarca, se le supuso un caballero de 
la corte de don Jaime el Conquistador, y se dedujo, por tanto, que sus 
sonetos, sextíles y terceroles, lejos de ser imitación o traducción del Pe- 
trarca, habían sido inspiración y modelo de éste. Lo mismo se dijo de 
Ausias March, contemporáneo de Santillana, y que se supuso muy an- 
terior al Marqués. La crítica moderna es la que ha puesto en claro el 
orden cronológico de los poetas y, lo que más importa, del desenvol- 
vimiento métrico. 

Al alborear la poesía en romance aparecen tres versos análogos, pro- 
cedentes del latín: el decasílabo francés (verdadero endecasílabo casi siem- 
pre, y algunas veces de doce), que es el verso de la Chanson de Rollaos y 
de otros muchos cantares de gesta; el endecasílabo provenzal, que en Es- 
paña tuvo dos formas o derivaciones, catalana y gallega, y el endecasí- 
labo italiano, que es el de Dante y Petrarca. El decasílabo francés no entró 
en España, por más que el Mío Cid nos ofrezca algún que otro verso suel- 
to; v. gr., el primero: 

De los sos oíos tan fuertemente ¡orando . . . 

Nuestro metro épico es el verso de diez y seis silabas, alejandrino (ca- 
torce). El endecasílabo provenzal, usado por Girardo de Calansó, Aimerico 
de Pegulhan, Guillen de Bergadam y Serveri de Gerona, es también el de 
los catalanes Rocaverti, Jaime March, Pere March el viejo, Jordi de Sant 
Jordi y Ausias March, mientras que en su forma gallega encuéndasele en 
las cantigas alfonsinas y en la mayor parte de los trovadores galaico-portu- 



(1) Garcilaso y Boscán. 

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XVII.-EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS (Continuación) 

gueses. En el siglo xiv aparece en una cantiga del Arcipreste, combinado 
con versos de nueve y siete silabas: 

Quiero seguir a ti, flor de las flores, 
Siempre decir cantar de tus loores, 
Non me partir de te servir, 
Mejor de las mejores, * 
Grand fianza he yo en ty, sennora, 
La mi esperanza en ty es toda hora, 
De tribulación sin tardanza 
Ven me librar agora. . . 



Y en el Libro de Petronio, de don Juan Manuel: 

Ganará de tal salto un orne el cielo 
Si a Dios obedeciere acá en el suelo. 



No se halla este metro en el Rimado de Palacio, de Ayala, que es 
donde aparece el verso de arte mayor impropiamente llamado docecasllabo, 
y de Juan de Mena por haber sido el empleado por el poeta cordobés. El 
endecasílabo italiano no vino a España hasta que lo introdujo Boscán, y 
sonetos los hizo antes Santularia; pero, como hemos visto, no todos al itá- 
lico modo, sino algunos con rimas desconocidas en Italia. Otro poeta del 
siglo xv — mossén Juan de Villalpando — nos ha dejado también cinco 
sonetos, mas no en endecasílabos, sino en versos de arte mayor: 

Doncella discreta, en quien la virtut 
Tiene reposo e faze morada, 
Amiga del seso qu'en tal joventut 
Muger nunca vi de más bien dotada ... (1) 

153. Juan de Mena. — Juan de Mena nació en Córdoba (1411). 
De su biografía sólo se sabe lo que cuentan las coplas de Valerio Francisco 
Romero: que era nieto de Rui Fernández de Peñalosa, señor de Almenara; 



(1) Cuanto se dice en este número no es sino ligerisimo extracto — por ligero puede parecer a muchos 
confuso — de lo ensenado magistralmente por Menéndez Pelayo en el capitulo segundo de su estudio 'crítico 
Juan Boscán (Pag. 161 a la 239 del tomo XIII de la Antología). La Índole de nuestro trabajo no permite más 
circunstanciada exposición. Los que deseen conocer mas a fondo esta cuestión, acudan al Juan Boscán del 
maestro. También es recomendable la tesis doctrinal en Filosofía y Letras de D. Ángel Vegue y Ooldoni: 
m Los sonetos al itálico modo de D. tftigo López de Mendoza, marqués de Santulona - Madrid - 1911'. Res- 
pecto del Marqués, merece ser citada con encomio la edición de las Canciones y Decires, tomo 18 de Clási- 
cos castellanos, de La Lectura, con prólogo y notas de D. Vicente García de Diego. 

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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

hijo de Pedrarias, jurado de Córdoba; huérfano muy niño, y sostenido por 
sus deudos; que a los veintitrés años empezó sus estudios, primero en su 
ciudad natal y después en Salamanca; que estuvo en Roma; que casó, y no 
tuvo hijos, o, como dice el coplero: 



Hijos no tuvo, que inútil fué y flaca 

Su generación en partos humanos. 

Mas tres enjendró, que ser soberanos 

No dudo, en los siglos que teman memoria, 

Que son tres poemas que hizo la gloria, 

Que todos tenemos hoy entre las manos. 



Fué secretario latino — o de cartas latinas — y cronista de Juan II y 
veinticuatro de Córdoba; no vivió más que cuarenta y cinco años, murien- 
do, según Valerio Francisco Romero, 

de rabioso dolor de costado, 

Y fué sepultado en Torrelaguna, 

donde a costa del Marqués de Santillana se le hizo un sepulcro junto al 
altar mayor de la iglesia. Fernández de Oviedo (Quincuagenas) dice: "De su 
muerte hay diversas opiniones, e los más concluyen que una muía le arras- 
tró, e cayó della de tal manera, que murió en la villa de Torrelaguna". 

Pocos poetas habrán disfrutado en la medida de Juan de Mena el apre- 
cio de sus contemporáneos, ni habrán sido tan honrados por la posteridad. 
Juan II, don Alvaro de Luna y el Marqués de Santillana compitieron en 
admirarle. Fernández de Oviedo escribía en América: "Yo espero en Dios 
"de ir pronto a España, y le tengo a Juan de Mena ofrecida una piedra con 
"epitafio, de la cual obligación yo saldré, si la muerte no me escusare el 
"camino". Cervantes dijo: aquel gran poeta cordobés . . . Antonio de Ne- 
brija: "Por el poeta entendemos Virgilio e Juan de Mena"; es decir, que 
Mena es el poeta por antonomasia. Sus discípulos son innumerables. El 
dodecasílabo o verso de arte mayor es llamado, como ya se ha dicho, verso 
de Juan de Mena, y durante mucho tiempo se le consideró forma insusti- 
tuible, o, por lo menos, la más perfecta y hermosa de la métrica castellana; 
lo adoptan todos los poetas del reinado de los Reyes Católicos y del de 
Carlos V hasta Boscán. Los boscanistas y garcilasistas, es decir, los moder- 
nistas del siglo xvi, son los que levantan bandera contra Mena, y en la lu- 
cha empeñada entonces, Mena representa la buena tradición poética de Cas- 
tilla: es el símbolo de esta tradición enfrente de las innovaciones toscanistas. 

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XVII.-EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS (Continuación) 

'Los partidarios de éstas acabaron con el crédito del cordobés; pero sólo en 
cuanto a su forma métrica; mas siempre se le respetó. "El metro es grose- 
ro, — decía el P. Mariana, — el ingenio elegante, apacible y acomodado 
"a las orejas y gusto de aquella edad 11 . 

Escribió Mena en prosa el comentario a su poema la Coronación del 
Marqués de Santlllana y la Illada en romance, que es un extracto del poe- 
ma homérico. La prosa de Mena es de lo más artificioso, afectado, rimbom- 
bante y ridiculo que imaginarse puede. Los que atribuyeron a Mena el 
primer acto de la Celestina, seguramente no hablan leído la dedicatoria a 
Juan II de la Illada en romance. Léase un poco: 

"E aun esta virtuosa ocasión, Rey muy poderoso, trae a la vuestra 
"rreal casa todavía las gentes extranjeras con diversos presentes y dones. 
"Vienen los vagabundos atorros, que con los nopales y casas movedizas se 
"cobijan, desde los fines de la arenosa Libia, dexando a sus espaldas el 
"monte Athalante, a vos presentar leones iracundos. Vienen los de Gara- 
" manta y los pobres areyes concordes en color con los etíopes, por ser ve- 
rnos de la adusta y muy caliente zona, a vos ofrecer las tigres odoríferas. 
"Vienen los que moran cerca del bicorne monte Urontio y acechan los que- 
"mados spiráculos de las bocas Cirreas, polvorientas de las cenizas de Phi- 
"tón, pensando saber los secretos de las trípodas y fuellar la desolada 
"Thebas, a vos traer esfinges quistionantes. Traen a vuestra alteza los orien- 
tales indios los elefantes mansos, con las argollas de oro, y cargados de li- 
"naloes, los quales la cresciente de los quatro ríos por grandes aluviones 
"de allá do mana destirpa y somueve. Traen vos estos mesmos los relum- 
brantes piropos, los nubíferos acates, los duros diamantes, los claros rrubís 
" y otros diversos linajes de piedras, los cuales la circundanza de los sola- 
ces rrayos en aquella tierra más bruñen y clarifican. Vienen los de Siria, 
•gente amarilla de escodreñar el tibar, que es fino oro en polvo, a vos pre- 
sentar lo que excaban y trabajan. Traen vos, muy excellente Rey, los fríos 
"setentrionales que beven las aguas del ancho Danubio, y aun el helado 
" Reno y sienten primero el boreal viento quando se comienza de mover, 
"los blancos armiños y las finas martas, y otras pieles de bestias diversas, 
"las quales la muy discreta sagacidad de la naturaleza, por guardarlas de 
"la grant intemperanza de frigor de aquellas partes, de más espeso y mejor 
"pelo puebla y provee. Vengo yo, vuestro umill siervo y natural, a vuestra 
"clemencia benigna, non de Etiopía con relumbrantes piedras, non de Asi- 
"ria con oro polvo, non de África con bestias monstruosas y fieras, mas de 
"aquella vuestra caballerosa Córdova. E como quier que de Córdova aque- 
llos dones nin semblantes de aquellos que los mayores y más antiguos 
"padres de aquella a los gloriosos principes vuestros antecesores y a los 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

"que agora son y aun después serán, bastaron ofrescer y presentar: coma 
41 sy dixessemos de Séneca el moral, de Lucano su sobrino, de Abenmiys, 
"de Avicenna y otros non pocos. . . Ca éstos, Rey muy magnifico, presen- 
"tavan lo que suyo era y de los sus ingenios manava y nascie, bien como 
"fazen los gusanos, que la seda que ofrescen a los que los crian, de las sus 
"entrañas las sacan y atraen. Pero yo a vuestra alteza sirvo agora por el 
"contrario, ca presento lo que mío non es*. 

En las canciones y poesías ligeras, siempre queda muy por debajo de 
Santillana. Pasa por lo mejor suyo en este género la Canción que hizo es- 
tando mal, que así comienza: 

Donde yago en esta cama, 
La mayor pena de mí 
Es pensar cuando partí 
De entre brazos de mi dama. 

A vueltas del mal que siento 
De mi partida, par Dios, 
Tantas veces me arrepiento 
Quantas me miembro de vos. 

Tanto, que me hazen fama 
Que de aquella adolescí 
Los que saben que partí 
De entre brazos de mi dama. 

Aunque padezco y me callo 
Por esso mis tristes quexas, 
No menos cerca los fallo 
Que vuestros bienes de lexos. 
Si la fin es que me llama, 
¡Oh; qué muerte que perdí 
En vivir quando partí 
De entre brazos de mi dama! 



De la Coronación del marqués de Santillana dice Menéndez Pelayo 
que apenas se ha encontrado en toda ella más que cinco versos dignos de 

un poeta: 

Los sus bultos virginales 
De aquestas doncellas nueve, 
Se mostraron bien atadas 
Como flores de rosales 
Mezcladas con blanca nieve. . . 

Con perdón del maestro, diríamos nosotros que únicamente la compa- 
ración de los pechos de la musa con las rosas nos parece digna de un poeta; 

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XVII.-EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS (Continuación) 



Folio 24 vuelto del Apocalipsis de San Juan 

(Biblioteca de El Escorial.) 

(Véase la nota de la pág, 19.) 



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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

de suerte que los cinco versos buenos pueden reducirse a tres: 1.°, 4.° y 5.° 
El Debate de la razón como la voluntad, según rezan los códices, o el 
Poema de los siete pecados mortales, como suelen titularle los modernos, 
es un sermón moral que, literariamente considerado, ofrece un estilo singu- 
lar en Mena: nada de pujos latinistas; todo llano y grave, doctrinal y nada 
poético. Véase como muestra la invectiva de la Razón contra la Lujuria: 



Tú te bruñes y te alucias: 
Tú haces con los tus males 
Que los limpios corporales 
Tracten manos mucho sucias. 

Muchos lechos maritales 
De ajenas pisadas huellas, 

Y siembras grandes querellas 
En deudos muy principales. 

Das a las gentes ultrajes, 
De muerte no las reservas: 
Tú hallas las tristes yerbas, 
Tú los crueles potajes. 

Por ti los limpios linajes 
Son bastardos, y no puros: 
De claros haces escuros, 

Y de varones salvajes. 

Tú haces hijos mezquinos 
De ajena casa herederos: 
Pones los adulterinos 
En lugar de verdaderos. 

Haces con tus viles fueros 
Que, por culpa de las madres, 
Muchos hijos a sus padres 
Saluden por extranjeros. 

La fuerza tú la destruyes; 
Los días tú los acortas: 
Quanto más tú te deportas, 
Tanto más tu vida huyes. 

Los sentidos disminuyes 

Y los ingenios ofuscas: 

La beldad que tanto buscas, 
Con tu causa la destruyes. 



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XVII.-EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS (Continuación) 



¿Qué diré de tus maldades, 
Sino que por ti perdidos 
Son reynos, y destruidos, 
Sumidas grandes ciudades, 

Deshechas comunidades, 
El vicio hecho costumbre, 
Y dadas en servidumbre 
Muchas francas libertades? 



La obra maestra de Juan de Mena es el Laberinto, poema alegórico, 
imitación de la Divina Comedia, mezclada con la de otras composiciones 
antiguas, como las de Virgilio y Lucano. Llamóse también Las Trescientas, 
porque al presentarlo a Juan II (22 Febrero, 1444) constaba de trescientas 
estancias. El Rey mandó que se le añadiesen veinticuatro más. 

No es el Laberinto lectura para un aficionado a las bellas Letras, por 
erudito que sea y pof hábito que tenga de ponerse en situación de época 
para gustar de la poesía antigua. Tiene, sin duda, trozos interesantes, pen- 
samientos elevados, y hasta versos agradables. Cervantes recordaba aquella 
sentencia: 

¡Oh vida segura la mansa pobreza, 
Dádiva santa desagradecida: 
Rica se llama, no pobre la vida 
Del que se contenta vivir sin riqueza! . . 



Hermosas son también las estancias en que se celebra la victoria de 
Sierra Elvira y canta la guerra contra moros, contraponiéndola a la estúpida 
lucha civil: 

Con dos quarentenas y más de millares 
Le vimos de gentes armadas a punto, 
Sin otro más pueblo inerme allí junto, 
Entrar por la vega talando olivares, 
Tomando castillos, ganando lugares. 
Haciendo con miedo de tanta mesnada 
Con toda su tierra temblar a Granada, 
Temblar las arenas, fondón de los mares. 



¡Oh virtuosa, magnifica guerra! 
¡En ti las querellas volverse debrian, 
En ti do los nuestros muriendo vivían 
Por gloria en los cielos y fama en la tierra; 



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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

En ti do la lanza cruel nunca yerra, 
Ni teme la sangre verter de parientes: 
Revoca concordes a ti nuestras gentes, 
De tanta discordia y tanta desterra! 



Con la descripción de la heroica muerte del Conde de Niebla delante 
de Gibraltar (Agosto- 1436) encabezó Quintana su colección de Poesías, 
proclamando que tiene " estilo animado, vivo y poético, según lo permitía 
"la infancia del arte, y un número de fuerza en los versos, no conocidos 
•antes". Puymaigre ha traducido ese trozo al francés, diciendo que, a vuel- 
tas de ciertas pesadeces y de algunos rasgos enfáticos, "hay en él octavas 
•llenas de movimiento, versos de grande estilo, comparaciones que no hu- 
"biera desdeñado Dante, y sincera inspiración patriótica en el conjunto". 

A pesar de todo, ¿quién se atreverá hoy a leerse Las Trescientas, o 
Las Trescientas ueintiquatro que resultaban del añadido ordenado por 
Juan II? Para quien será siempre interesantísimo el estudio del Laberinto 
es para los filólogos e historiadores del lenguaje. El intento de incorporar 
a nuestra lengua el hipérbaton del latín clásico, característico del siglo xv, 
en ningún otro documento literario puede observarse como en este singu- 
larísimo poema, donde hay versos por este tenor : 

Las maritales tragando cenizas 



A la moderna volviéndome rueda, 
Fondón del Cyllénico cerco segundo . . 



Por lo que se refiere a neologismos, casi siempre muy bien formados, 
porque Mena sabia perfectamente el latín y el castellano, sería el cuento de 
nunca acabar enumerarlos. Baste decir que llegó al extremo de que tanto 
se reía Lope de Vega, calificando al amor: 

El amor es ficto, vaniloco, pigro . . . 

Algunos de sus neologismos han prevalecido hasta en el lenguaje fa- 
miliar; v. gr., diáfano, nítido, confluir, ofuscar, inopia. Otros, en algunos 
géneros poéticos, como belígero, armígero, etc. Otros han sido rechazados, 
como subverter, insuflar, esciente (sabio), esculto (esculpido), funéreo, etcé- 
tera. Mena inventó el verbo prestigiar, que tampoco fué admitido, y al cabo 
de los años mil oímos decir a cada paso: D. Antonio Maura es un político 
prestigioso. El autor del Laberinto no se paraba en barras: suprimía sílabas, 

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XVII.-EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS (Continuación) 

modificaba las frases, alargaba o acortaba las palabras, y cuando no las ha- 
llaba a su gusto, las inventaba tomándolas del latín, del francés o del ita- 
liano. Decíamos antes que en la querella promovida por los modernistas 
del siglo xvi tocó a Juan de Mena representar el papel de símbolo de la 
tradición literaria, contra la cual se revolvían aquéllos: por este otro aspecto 
quien se parecía a los modernistas de hoy es Mena. El poeta cordobés 
quiso ensanchar, ennoblecer y hacer más rica, variada y flexible la lengua 
castellana, que conceptuaba estrecha, plebeya y rígida para las grandes 
ideas que traía el Renacimiento. Fracasó, porque su genio no estuvo a la 
altura de su intento. Si hubiera sido un poeta del fuste de Dante, no hay 
duda de que el castellano se llamaría hoy la lengua de Juan de Mena, y es 
probable que el casticismo se hubiera buscado por la vía de la más amplia 
libertad, en vez de por la sumisión a la autoridad de los declarados o con- 
sagrados por clásicos. 

154. Otros poetas. Pedro Guillen de Segó vía. — El Mar- 
qués de Santillana y Juan de Mena son los dos grandes poetas de este pe- 
ríodo. Otros muchos pueden citarse: v. gr., Pedro Guillen de Segoula (1413; 
murió después de 1474), traductor en verso de los Salmos, autor del Dis- 
curso de los doce estados del mundo, de La Gaya de Segoula, primer dic- 
cionario de rimas castellanas, y de muchas poesías amorosas y satíricas. 
Fernán-Pérez de Guzmán, señor de Batres, y mosen Diego de Valera, aun- 
que compusieron versos, tienen como prosistas su principal representación 
literaria; además, el segundo alcanzó la época de los Reyes Católicos, y en 
el mismo caso están Antón de Montero, Gómez Manrique, señor de Bembi- 
bre, y su sobrino el comendador de Montizón, autor de las famosísimas co- 
plas, Juan Álvarez Gato, Garci-Sánchez de Badajoz, etc., todos los cuales 
comenzaron a brillar en tiempo de Enrique IV. 

155. La sátira política. Coplas de la Panadera, de Gómez 
Manrique, de Mingo Pevulgo y del Provincial . — En el orden 
político, como en el literario, este desastroso reinado es la preparación del 
de los Reyes Católicos. En la esfera política, por dos razones: una, el des- 
gobierno de aquel príncipe, efecto de sus vicios y debilidad de carácter, 
que hizo deseable a todos el régimen enéigico y severo de unos reyes 
buenos y fuertes; es decir, lo que dieron á la nación D. Fernando y doña 
Isabel, y asi, la popularidad de estos monarcas fué en mucha parte conse- 
cuencia de la impopularidad de D. Enrique; otra, que al subir al trono el 
degenerado Impotente la nación estaba ya por su cultura, saber, riqueza, 
importancia del estado llano, ilustración de la aristocracia, relaciones con 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

los otros pueblos e ideas y deseos comunes, en estado a propósito para 
poner definitivo término al régimen y manera de ser propios de la Edad 
Media e inaugurar la Moderna. El pueblo, que se revolvió airado contra 
Enrique y casi le desposeyó del heredado solio, y seguramente hubiérale 
destronado como a Pedro el Cruel a no morir el infante D. Alfonso y a no 
ser tan delicada doña Isabel, era el mismo pueblo que, habiendo encontra- 
do en esta señora y en su insigne marido D. Fernando los reyes que nece- 
sitaba, hizo maravillas bajo su cetro. 

El descontento general y la oposición contra Enrique IV, que habían 
ya despuntado contra Juan II, explica la aparición en este periodo de la 
sátira política. A la época de Juan II corresponden las Coplas de ¡ay, pana- 
dera!, que algunos atribuyen a Juan de Mena: no le parece inverosímil a 
Menéndez Pelayo, y Argote de Molina las supone obra de Iñigo Ortiz de 
Stúñiga. Esta sátira se reduce a poner en solfa el valor demostrado por 
algunos caballeros, que cita por sus nombres, en la batalla de Olmedo. 

El desenfreno llegó a su colmo reinando Enrique IV. El grave Gómez 
Manrique censuró en su Exclamación o querella de la gobernación, vulgar- 
mente llamada Coplas al mal gobierno de Toledo, la anarquía que reinaba 
en esta ciudad: puede creerse que se referia directamente a la localidad, e 
indirectamente al reino. El sentido de su sátira, concordante con otros mo- 
chos documentos, nos ilustra sobre cuál era la corriente de ideas y senti- 
mientos generales en materia social y política. No se aborrecía a Enri- 
que IV porque fuera tirano, sino porque no gobernaba, porque carecía del 
vigor suficiente para mantener en orden al reino asegurando la tranquilidad 
general, y a cada uno en el ejercicio de su derecho y el disfrute de su vida 
y hacienda; protestábase contra la anarquía que venía dominando hacía 
siglos, y que en el xiv y xv había llegado a ser insoportable, quizás no por 
ser mayor que antes, sino por no haber ya en la sociedad resignación para 
sufrirla. Las coplas de Gómez Manrique, señor de Bembibré, están impreg- 
nadas de esta idea: 

Todos los sabios dixeron 
Que las cosas mal regidas 
Cuanto más alto subieron 
Mayores dieron caydas. 
Por esta causa reselo 
Que mi pueblo con sus calles 
Avrá de venir al suelo 
Por falta de governalles. 

Recuérdese cómo Juan de Mena maldecía en el Laberinto las luchas 
civiles, bendiciendo la guerra noble y magnifica contra los moros, y se verá 

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XVII.-EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS (Continuación) 

que cuanto se realizó en el reinado de D. Fernando y doña Isabel no fué 
sino la satisfacción de un deseo nacional alimentado durante todo el siglo. 

Las coplas de Manrique son graves y mesuradas, lo que llamaríamos 
hoy un artículo sensato de oposición. Donde ésta se manifestó con desver- 
güenza, o, mejor dicho, con cinismo e inaudita virulencia, es en las Coplas 
de Mingo Revulgo y en las Coplas del Provincial. 

Las primeras, atribuidas por el P. Mariana a Hernando del Pulgar, son 
obra, indudablemente, de un hombre culto y hábil que quiso hacerse oir 
del pueblo. Se desarrollan en forma dialogada entre dos poetas: Mingo 
Revulgo, que simboliza al pueblo, y Gil Arríbate, que es una especie de 
sabio o adivino. El lenguaje parece imitado del dialecto de la alta Extrema- 
dura, que en nuestros dias ha tenido expresión poética en los versos extre- 
meños de Gabriel y Galán, y cada copla se compone de una redondilla y 
una quintilla, en octosílabos desligados entre si, o cada una con consonan- 
tes independientes. La sátira es punzante, comparando al Rey con aquel 
Candaulo de que habla Herodoto, que perdió él reino de Lidia por maja- 
dero, y del cual dice: 

Ándase tras los zagales 
Por esos andurriales 
Todo el día embebecido, 

echándole en cara sus amores con doña Guiomar de Castro, a la que llama 
La de Nava lusiteja, así como a D. Beltrán de la Cueva lobo carnicero, y 
así va repartiendo epítetos y alusiones mortificantes. 

Las 149 Coplas del Provincial no son más que un libelo infamatorio y 
cínico contra todos los personajes de la época. Fueron escritas por varios, 
y asi, en algunas hay cierta gracia que templa algo la brutal procacidad, y 
en otras ni aun esta atenuación relativa puede advertirse. Para que el lec- 
tor se forme idea de la insolencia de tales coplas, escritas en vida de las 
personas zaheridas, ahí van dos muestras de las menos indecentes: 

Vos, dofla Isabel de Estrada, 
Declaradme sin contienda, 
Pues tenéis abierta tienda, 
¿A cómo pagan la entrada? 

A ti, Fr. Diego de Ayala, 
Marido de doña Aldonza, 
¿A cómo vale la onza 
De cuerno? (asi Dios te vala). 

Con esta repugnante literatura despedíase de nosotros la Edad Media. 
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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 



156. Los prosistas: Don Enrique de Villena. — Figura sin- 
gularísima nos ofrecen las postrimerías del siglo xiv y principios del xv 
(1384-1434) en Don Enrique de Villena. Fernán-Pérez de Guzmán sintetizó 
admirablemente su vida y carácter con estas palabras: "Este caballero, aun- 
que fué tan grand letrado, supo muy poco en lo que le compila*; es decir, 
que su vida práctica fué desastrosa, y de sus empeños de ambición y gran- 
deza sólo sacó vilipendio y miseria. Chasqueado en sus pretensiones al 
Maestrazgo de Calatrava, acompañó luego a D. Fernando el de Antequera 
cuando fué a tomar posesión del reino aragonés, y en Barcelona presidió 
los juegos florales; retirado a su señorío de Iniesta y villa de Torralba, vivió 
entregado a la Alquimia y a la Astrologia, hasta que murió en Madrid 
el 15 de Diciembre de 1434. Por mandato de Juan II, el obispo de Segovia 
Fr. Lope Barrientes quemó algunos de sus libros, siendo éste el primer 
auto de tal género de que hay memoria en Castilla. La leyenda ha desfi- 
gurado y agigantado la figura histórica de D. Enrique de Villena, ya exa- 
gerando el número de libros quemados por Barrientes, ya teniéndole por 
un sabio de primera magnitud, ya, finalmente, haciendo de él un brujo, o, 
como dice Menéndez Pelayo, un Fausto al que sólo ha faltado un Goethe. 
Consérvanse de tan singular escritor Los trabajos de Hércules, que com- 
puso en catalán, y después tradujo al castellano, el Tractado del arte de 
cortar del cuchillo, una traducción de la Eneida de Viígilio, y fragmentos 
del Arte de trovar. 

En sus escritos puede seguirse la evolución de la prosa en su tiempo. 
Así, en Los trabajos de Hércules, que fué de lo primero que compuso, por 
lo llano y jugoso parece un contemporáneo digno de D. Juan Manuel; pero 
luego fué dejándose seducir por el latinismo, y llegó a los extremos de que 
ya hemos puesto un ejemplo: pocos fallo que de las mías se paguen obras. 

157. Fernán-Pérez de Guzmán. — Fernán-Pérez de Guzmán, 
señor de Batres, sobrino del canciller Ayala y tío del Marqués de Santillana, 
floreció de 1376 a 1458. Tomó parte activa en las guerras civiles de su 
tiempo, figurando primero entre los partidarios y después entre los enemi- 
gos de D. Alvaro de Luna; pero, desengañado de la política, que no por 
hacerse a cintarazos dejaba de ser tan repugnante como hoy, se retiró a su 
señorío a los cincuenta y seis años de edad, y no volvió a salir de Batres 
en toda su vida, que fué larga (82 años). El sabio obispo de Burgos don 
Alvaro de Cartagena era el amigo íntimo y consultor del señor de Batres. 
Pérez de Guzmán le llamaba su Séneca, denominándose a si propio Lucilo. 
Para instrucción de su amigo, el sabio Prelado, que usaba el latín en sus 

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XVIL-EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS (Continuación) 

escritos, compuso en castellano el Oracional de Fernán-Pérez, y éste tra- 
dujo las Epístolas de Séneca — parece que de una versión italiana, por 
no dominar la lengua latina, — hizo que su primo el arcediano de Toledo 
Vasco de Guzmán tradujese las dos Historias de Salustio, y compiló la 
Floresta de los filósofos (sentencias de Séneca y otros autores). 

La obra capital de Pérez de Guzmán es Mar de historias, o, mejor 
dicho, su tercera parte, titulada Generaciones y semblanzas, o Semblanzas 
y obras de los excelentes reyes de España D. Enrique III e don Juan el II, 
y de los venerables prelados y notables caballeros que en los tiempos des- 
tos nobles reyes fueron (1). Todo es notable en Generaciones y semblan- 
zas: el prólogo, en que pondera la necesidad de que la historia se ajuste 
escrupulosamente a la exactitud de los hechos, y considera como sujetos 
dignos de la fama histórica no sólo a los reyes, capitanes y guerreros, sino 
a los grandes sabios y letrados que con gran cura e diligencia ordenan e 
componen libros; el pensamiento o propósito de escribir esta colección de 
biografías, o, mejor dicho, de retratos morales, la primera de este género 
en las literaturas modernas, y la manera como lo realizó, no imitando a 
nadie, sino estudiando en vivo a sus modelos y dibujándolos con justicia y 
sobriedad clásica. Véanse algunos ejemplos: 

A D. Enrique de Villena le pinta así: \ . . Pequeño de cuerpo e grueso, 
"el rostro blanco y colorado. Comió mucho, y era muy inclinado al amor de 
"las mugeres. Algunos, burlándose de él, decían que sabia mucho del Cielo 
a e poco de la Tierra. Ageno y remoto a los negocios del mundo; y al regi- 
miento de su casa e hacienda tanto inhábile e era gran maravilla. De tan 
"sotil e alto ingenio, que ligeramente aprendía cualquier ciencia o arte a 
"que se daba; ansí que bien parescía que lo había a natura". 

Del Maestre de Calatrava Núñez de Guzmán dice: "... Mucho disoluto 
"acerca de mugeres, hombre de muy grande fuerza, corto de rasones, muy 
"alegre e de gran compañía con los suyos" . 

A Don Juan II le estereotipa diciendo que ni antes ni después de la 
muerte del Condestable "hizo auto alguno de virtud y fortaleza en que 
"mostrase ser hombre". 

No todas las Semblanzas son desfavorables para los retratados: las hay 
sumamente laudatorias, como la de D. Fernando de Antequera y la del 
Conde de Niebla D. Juan Alonso -de Guzmán, de quien sólo censura que 
era " tanto llano e igual a todos, que amenguaba su estado a . El Señor de 



(1) Mar de Historias se imprimió en Val lado lid (1512). Galíndez de Carvajal desglosó la tercera parte, 
única original, pues las otras son traducciones en que no puso el Señor de Batres más que su buen estilo; la 
tituló Generaciones y semblanzas, y la imprimió como apéndice a la Crónica de Juan I!. Desde entonces 
figura como obra independiente. 



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SALCEDO. — Literatura española, — Tomo I. Kw (^OQqT^ 



SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Batres, aunque a lo mejor suelta una sentencia tomada de sus libros clá- 
sicos, que sabe a democracia, estaba muy henchido de la preocupación 
nobiliaria propia de su clase y tiempo: para él, un hombre no podía tener 
mayor defecto que no venir de antiguo y claro linaje. 

Compuso también muchas poesías, todas inferiores a su prosa. Los 
versos amatorios de su juventud son de la pacotilla trovadoresca. Los Pro- 
verbios y las Cuatro virtudes cardinales son dos poemitas morales que 
nada tienen de particular. Algo mejor son los Loores de los claros varones 
de España, aunque, a nuestro pobre juicio, no merecen los encomios un 
tanto excesivos de Menéndez Pelayo. Sirva de ejemplo el loor de Alfonso 
el Católico: 

¡Cuantas gentes revocadas 
Del captiverio salidas! 
¡Cuantas batallas vencidas! 
¡Cuantas cibdades ganadas! 
¡Las iglesias profanadas 
A la fe restituidas, 
Las escripturas perdidas 
Con diligencia falladas! 
Su fin bienaventurada 
E muerte ante Dios preciosa, 
De su vida gloriosa 
Es señal cierta y probada. 



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LA LITERATURA ESPAÑOLA EN LA 
EDAD MEDIA ^ XV1IL-EL SIGLO XV HASTA 
LOS REYES CATÓLICOS (Conclusión) « * 



Historiadores y didácticos. Crónicas de Juan II, 
de D. Alvaro de Luna, de Enrique IV. Atalaya de 
crónicas. Suma de crónicas. Historia del gran 
Tamorlán. Pedro Tafur. Seguro de Tordesillas. 
Paso honroso. Visión deleitable. Crónica sarra- 
cina. — A Fernán-Pérez de Guzmán atribuyó Galíndez Ja Crónica de 
Juan II, buen libro de historia, escrito seguramente después de la muerte 
del señor de Batres: la empezó Alvar García de Santa Marta, y la continuó 
y terminó un autor desconocido. También es anónima y de mérito literario 
la Crónica de D. Alvaro de Luna. Diego Enrlquez del Castillo, capellán de 
Enrique IV (murió en 1480), escribió la Crónica de este rey, que, aunque 



(1) 158. Historiadores y didácticos. Crónicas de Juan II, de D. Alvaro de Luna, 
de Enrique IV. Atalaya dé crónicas. Suma de crónicas. Historia del gran Tamorlán. 
Pedro Tafur. Seguro de TordesiUas. Paso honroso. Visión deleitable. Crónica sarra- 
cina. — 159. El Arcipreste de Talavera: A) Su importancia literaria. B) Biografía. 
C) Su libro, y muestras de su estilo. — 160. Aproximación política y literaria de Casti- 
lla y Cataluña. Don Fernando de Antequera. — 161. Alfonso V. Su significación en la 
política y en las letras. Su ilustración y entusiasmo por el Renacimiento. — 162. El 
Cancionero de Stúñiga. Juan de Valladolid. — 163. Poetas catalanes. Torrella. — 
164. Ausias March. — 165. Jordi de Sant Jordi. — 166. Fabier, Roig, Roig de Corella. 
167. Prosistas catalanes. — 168. Fr. Anselmo Turmeda: A) Su biografía. B) Critica 
de Asín. C) Libro de Calvet. Juicio critico. — 169. Novelas catalanas: Curial y Guelfa. 
Tirant lo Blanch. 

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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

favorable al desventurado monarca, no deja de ser un documento de gran 
fuerza contra él. He aquí con qué realistas y vigorosos trazos lo retrata: 

"Era — dice — persona de larga estatura y espeso en el cuerpo y de fuer- 
ces miembros; los dedos, largos y recios; el aspecto, feroz, casi a semejanza 
"de león, cuyo acatamiento ponia temor a los que miraba; las narices, romas 
"e muy llanas: no que asi nasciese, mas porque en su niñez rescibió lesión 
"en ellas; los ojos, garzos e algo esparcidos; encarnizados los párpados; 
" donde ponia la vista mucho, le duraba el mirar; la cabeza, grande y 
"redonda; la frente, ancha; las cejas, altas; las sienes, sumidas; las quixadas, 
"luengas y tendidas a la parte de ayuso; los dientes, espesos y traspellados; 
"los cabellos, rubios; la barba, luenga e pocas veces afeytada; el faz de la 
"cara, entre roxo y moreno; las carnes, muy blancas; las piernas, muy 
"luengas y bien entalladas; los pies, delicados . . . Holgábase mucho con 
"sus servidores y criados; avía placer por darles y ponerles en honra . . . ; 
"compañía de muy pocos le placía; toda conversación de gentes le daba 
"pena; a sus pueblos pocas veces se mostraba; huía de los negocios; des- 
cachábalos muy tarde . . . Acelerado e amansado muy presto ... El tono 
"de su voz, dulce e muy proporcionado; todo canto triste le daba deleite; 
"preciábase de tener cantores, y con ellos cantaba muchas veces . . . Estaba 
"siempre retraydo . . . Tañía muy dulcemente el laúd; sentía bien la perfec- 
ción de la música; los instrumentos de ella le placían. Era gran cazador 
"de todo linaje de animales y bestias fieras; su mayor deporte era andar 
"por los montes, y en aquéllos hacer edificios e sitios cercados de diversas 
"maneras de animales, e tenía con ellos grandes gastos . . . Las insignias e 
"cerimonias reales muy ajenas fueron de su condición". 

Atribuyese a Alonso de Patencia, que era de la parcialidad del infante 
D. Alfonso, otra Crónica de Enrique IV de menos valor literario que la de 
Castillo. Deben citarse la Atalaya de Crónicas (historia general desde Walia 
hasta Juan I), compuesta por D. Alfonso Martínez de Toledo, capellán de 
Juan II; la Suma de crónicas, de Pablo Santa Marta, que llega hasta 1412; 
el Viage a Sanmacarda y de Ruy González de Clavijo, embajador de Enri- 
que III, publicado en 1582 por Argote de Molina con el título de Historia del 
gran Tamorlán; Andanzas e viages, del andaluz Pedro Tapir (1435-1439); 
el Victorial de caballeros o Crónica de D. Pedro Niño, conde de Buelna, 
escrita por Gutierre Díaz Gómez (1375-1446); él Seguro de Tordesillas, por 
el Conde de Haro (1439); el Paso honroso (1434), por Rodríguez de Sena. 

Todos los citados son historiadores. Hay que añadir: el bachiller Alonso 
de la Torre, autor de la Visión deleitable de la Filosofía y Artes liberales, 
dedicada a la instrucción del Príncipe de Viana, en que se propuso hacer un 
breve compendio del fin de cada sciencia que quasi proemialmente conté- 

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XVIII. - EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS (Conclusión) 

niese la esencia de aquello que en las sciencias es tratado; el obispo de 
Ávila Alonso de Madrigal (el Tostado) — murió en 1450, — que, además 
de sus obras latinas (24 vol. en fol. - Ed. 1615), escribió en buen castellano 
el Libro de las paradoxas, el Tratado del amor e del amiciQia y la Suma 
de la confesión; y Doña Teresa de Cartagena, que cultivó bellamente la 
ascética en su Arboleda de enfermos, composición alegórica donde nos 
muestra al alma como un náufrago arrastrado por el viento de las pasiones 
a la isla del oprobio de los hombres y abyección de la plebe, en que vive 
dichoso a la sombra de muchos árboles deleitosos y llenos de frutos, que 
son los libros ascéticos. 

Una de las crónicas publicadas en este período es la Crónica del rey 
don Rodrigo con la destruyción de España o Crónica sarracina (de 1404 
a 1407), de que ya hemos hablado (V - 40) al tratar de las leyendas de don 
Rodrigo; sobre la base de la Crónica del moro Rasis, el Corral fantaseó de 
lo lindo, inventó lo que quiso, compuso, en suma, no una historia, pero sí 
una novela histórica. Hay que contarle, no entre los historiadores, sino 
entre los precursores de Walter Scott, indigno precursor, ciertamente, si se 
atiende a las condiciones de estilo, de que Corral parece que carecía en 
absoluto; pero no por lo que se refiere a la fortuna, mayor que la del nove- 
lista escocés y de cuantos siguieron gloriosamente sus huellas. Corral fué 
creído, y su novela, tomada por la verdadera historia de la pérdida de 
España. 

159. El Arcipreste de Talavera: A) Su importancia lite- 
raria. B) Biografía. C) Su libro, y muestras de su estilo. — 

A) Ninguno de los prosistas indicados tiene la importancia del bachiller 
Alfonso Martínez de Toledo, arcipreste de Talavera. Los tres monumentos 
de nuestra prosa desde Alfonso el Sabio hasta los Reyes Católicos son las 
Partidas, las obras de D. Juan Manuel y el libro del Arcipreste de Talavera. 
Don Juan Manuel no representa realmente ningún progreso positivo sobre 
las Partidas, al menos sobre algunos trozos de este código, labor de muchas 
manos; pero el Arcipreste lo significa inmenso respecto de D. Juan Ma- 
nuel, puesto que el habla castellana labrada por Martínez de Toledo deja 
de ser rígida y escolástica, para convertirse en jugosa, pintoresca y pica- 
resca, adecuado instrumento de toda suerte de cuadros, de todo linaje de 
cantos, de todos los tonos del lenguaje oral. El Arcipreste cinceló su prosa, 
sin imitar modelos antiguos ni contemporáneos, sino con el oído atento a 
cómo hablaban las gentes, y aderezando este idioma vulgar con su fino 
instinto de artista. 

B) Floreció tan insigne maestro de 1398 hasta después de 1466. 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Residió temporadas en Aragón, en Valencia y en Tortosa, y llegó a ser 
capellán de Juan II y beneficiado de la catedral de Toledo. 

A su libro, acabado en 1438, no le puso titulo, llamándole sencillamente 
"Sin bautismo sea por nombre llamado Arcipreste de Talavera donde quier 
que fuese levado*. Los copistas de códices diéronle diferentes denomina- 
ciones: unos, El Arcipreste de Talavera, que fabla de los vicios de las malas 
mujeres et complexiones de los hombres; otros, Tratado contra las mujeres, 
que con poco saber, mezclado con malicia, dicen e facen cosas non debi- 
das; otros, Reprobación del loco amor; otros, Compendio breve y muy pro- 
vechoso para Información de los que no tienen experiencia de los daños y 
males que causan las malas mujeres; y finalmente, Corbacho, por alusión a 
// Corbacclo, de Boceado, sátira feroz contra las mujeres. 

C) Es indudable que el Arcipreste de Talavera se propuso escribir un 
ameno sermón contra la lujuria y la coquetería, y a tal efecto tomó por 
modelo un opúsculo de Juan Jerson sobre el amor de Dios y la reprobación 
del amor mundano. Pero se dio en este buen eclesiástico un fenómeno 
harto frecuente en la historia literaria. No se suele escribir lo que se quiere, 
sino lo que se puede; es decir, aquello a que llevan el carácter y la aptitud 
del escritor. Alfonso Martínez no estaba hecho para rígido moralista; su 
imaginación vivísima se iba como una flecha tras el detalle pintoresco, tras 
los mismos tipos y defectos humanos que se había propuesto zaherir, y en 
ellos se complacía a despecho de su propia voluntad. Asi resultó, en vez 
de la plática ascética que había querido componer, un cuadro, lleno de 
color y rebosante de malicia, de las costumbres mundanas de su tiempo, 
y en vez de añadir su nombre a la larga lista de los autores piadosos, lo 
estampó con indelebles caracteres al frente de otra lista bien diversa: la de 
los escritores picarescos castellanos. 

De su prosa sólo podemos ofrecer cortísimas muestras. He aquí cómo 
pinta a una mujer lamentándose de haber perdido una gallina: 

"ítem si una gallina pierden, van de casa en casa conturbando toda la 
"vecindat. ¿Do mi gallina la rubia, de la cabeza bermeja, o de la cresta 
"partida, cenicienta escura, cuello de pavo, con la calza morada, ponedora 
"de huevos? ¿Quién me la furto? ¡Furtada sea su vida! ¿Quién menos me 
"fizo della? ¡Menos se le tornen los dias de la vida! ¡Mala landre, dolor de 
"costado, rabia mortal comiese con ella! (Nunca otra coma; comida mala 
"comiese amén! ¡Ay, gallina mía, tan rubia! ¡Un huevo me dabas tú cada 
"día! ¡Aojada te tenía el que te comió, asechándote estaba el traidor! ¡Desfe- 
"cho le vea de su casa a quien me comió! ¡Comido le vea yo de perros 
"ayua! ¡Cedo sea, véanlo mis ojos, e non se tarde! ¡Ay, gallina mía, gruesa 
"como un ausaron, morisca, de los pies amarillos, crestibermeja, más avía 

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XVIII. - EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS (Conclusión) 

"en ella que en dos otras que me quedaron! ¡Ay, triste! i Aun agora estaba 
"aquí, agora salió por la puerta, agora salió tras el gallo por aquel tejado! 
"El otro día, ¡triste de mí, desventurada, que en ora mala nascí, cuytada!, el 
"gallo mío, bueno cantador, que así salían del pollos como del cielo estre- 
llas, atapador de mis menguas, socorro de mis trabajos, que la casa nin 
"bolsa, cuytada, él vivo, nunca vacia estaba. La de Guadalupe señora, a ti 
"te lo encomiendo; señora non me desampares ya, {triste de mí!, que tres 
"días ha entre las manos me lo llevaron. ¡Jesús; cuánto robo, cuánta sinra- 
zón, cuánta injusticia! (Callad, amiga, por Dios; dexadme llorar, que yo sé 
"que perdí e que pierdo hoy!. . . ¡Rayo del cielo mortal e pestilencia venga 
"sobre tales personas! i Espina o hueso comiendo se le atravesase en el gar- 
guero, que Sant Blas non le pusiese cobro! ... ¡O Señor, tanta paciencia 
"e tantos males sufres; ya, por aquel que tu eres, consuela mis enojos, da 
"lugar a mis angustias; synon, rabiaré o me mataré o me tornaré mora! . . . 
"¡Hoy mi gallina, e antier un gayo! Yo veo bien mi duelo, aunque me lo 
"cayo. ¿Cómo te fiziste calvo? Pelo a pelillo levando. ¿Quién te fizo pobre, 
"María? Perdiendo poco a poco lo poco que tenía. . . ¿Dónde estades, 
"mozas? ¡Mal dolor vos fiera! . . . Pues corre en un punto, Juanilla: ve de mi 
"comadre; dile si vieron una gallina rubia de una calza bermeja. Marica, 
"anda ve a casa de mi vecina; verás si pasó allá la mi gallina rubia. Perico, 
"ve en un salto al vicario del arzobispo, que te dé una carta de descomu- 
nión, que muera maldito e descomulgado el traidor malo que la comió. 
"¡Bien sé que me oye quien me la comió! Alonsillo, ven acá; para mientes 
"e mira, que las plumas no se pueden esconder, que conocidas son. Coma- 
"dre, vedes qué vida esta tan amarga, ¡yuy!, que ahora la tenía ante mis 
"ojos. Llámame, Juanillo, al pregonero que me la pregone por toda esta 
"vecindad. Llámame a Trotaconventos, la vieja de mi prima, que venga e 
"vaya de casa en casa buscando la mi gallina rubia. ¡Maldita sea tal vida, 
"maldita sea tal vecindad, que non es el hombre señor de tener una gallina, 
"que aún no ha salido del umbral, que luego non es arrebatada! Andémo- 
nos, pues, a juntar gallinas, que para esta que Dios aquí me puso, cuantas 
"por esta puerta entraren ese amor les faga que me fazen. ¡Ay, gallina mía 
"rubia! ¿Y a dónde estábades vos agora? Quien vos comió, bien sabía que 
"vos quería yo bien, e por me enojar lo fizo. ¡Enojos e pesares e amarguras 
"le vengan por manera que mi ánima sea vengada! Amén. Señor, así lo 
"cumple tú por aquel que tu eres; e de cuantos milagros has fecho en este 
"mundo, faz agora éste porque sea sonado". 

Véase ahora cómo describe las interioridades de tocador de las damas: 

"Espejo, alcofolera, peyne, esponja con la goma para asentar cabello, 

"partidor de marfil, tenazuelas de plata para algund pelillo quitar si se 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

" demostrare, espejo de alfinde para apurar el rostro . . . Pero después de 
"todo esto comienzan a entrar por los ungüentos, ampolletas, potecillos, 
"salseruelas donde tienen las aguas para afeytar, unas para estirar el cuero, 
"otras destiladas para relumbrar, tuétanos de ciervo e de vaca e de carne- 
ro; destilan el agua por cáñamo crudo e ceniza de sarmientos, e de la 
"reñonada (de ciervo) retida al fuego, échanla en ello cuando face muy 
"recio sol, meneándolo nueve veces al día una hora, fasta que se congela 
"e se face xabón que dicen napoletano. Mezclan en ello almisque e algalia 
M e clavo de girofre remojados dos días en agua de azahar o flor de azahar 
"con ella mezclado, para untar las manos que se tornen blancas como seda 
"Aguas tienen destiladas para estirar el cuero de los pechos e manos a las 
"que se les facen rugas; el agua tercera que sacan del solimán de la piedra 
"de plata, fecha con el agua de Mayo, molida la piedra nueve veces e diez 
"con saliva ayuna, con azogue muy poco después cocho que mengue la 
"tercia parte, fazen las malditas una agua muy fuerte que non es para 
"screvir: tanto es fuerte; la de la segunda cochura es para los cueros de la 
"cara mudar; la tercera, para estirar las rugas de los pechos e la cara. Fazen 
"más agua de blanco de huevos cochos estilada con mirra, cánfora, ange- 
" lores, trementina, con tres aguas purificada e bien lavada, que torna como 
"la nieve blanca. Rayces de lirios blancos, bocax fino; de todo esto fazen 
"agua destilada con que reluzen como espada, e de las yemas cochas de 
"los huevos azeyte para las manos . . . 

"Todas estas cosas fallareys en los cofres de las mujeres. Horas de 
"Santa María, syete salmos, estorias de santos salterio en romance, nin 
"verle del ojo; pero canciones, decires, coplas, cartas de enamorados e 
"muchas otras locuras, esto sí; cuentas, corales, aljófar cufilado, collares de 
"oro e de medio partido e de finas piedras acompañado, cabelleras, azera- 
"fes, rollos de cabellos para la cabeza e demás aún azeytes de pepitas e de 
"alfolvas, mezclando simiente de niesplas para ablandar las manos, almis- 
"que, algalia para cejas e sobacos, alambar cofacionado para los baños, 
"que suso disco, para ablandar las carnes, cinamono, clavos de girofre 
"para la boca. Destas e otras infinidas cosas fallarás sus arcas e cofres 
"atestados, que, seyendo bien desplegado, una gruesa tienda se pararía sin 
"vergüenza". 

Finalmente, he aquí una ligera muestra de su gracejo para contar: 
"Otra mujer yva con su marido camino a romería a una fiesta; pusié- 
ronse a la sombra de un álamo, e estando ellos folgando vino un tordo e 
"comengó a chirrear. E el marido dixo: ¡Bendito sea quien te crió! Verás, 
"mujer, cómo chirrea aquel tordo. Ella luego respondió: ¿E non vedes en 
"las plumas et en la cabera chica que non es tordo, synon tordilla? Res- 

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XVIII. -EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS (Conclusión) 



I 



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Dibujo de la primera lámina del Códice titulado " El Breviario del Amor" 

(Biblioteca de El Escorial.) 

(Véase la nota de la pág. 19.) 



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SALCEDO -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

"pondió el marido: ¡Local . . . ¿E non vedes en el cuello pintado e en la 
"lengua cola que non es synon tordo? La mujer replicó: ¿E non vedes en el 
"chirriar e en el menear la cabega que non es synon tordilla? Dixo el ma- 
"rido: i Vete para el diablo, porfiada, que non es synon tordo! Pues en Dios 
"et en mi ánimo que non es synon tordilla. Dixo el marido: Quiga el diablo 
"traxo aqui este tordo. Dixo la mujer: Para la Virgen Sancta María, non es 
"synon tordilla. Entonce el marido, movido de melancolía, tomó un garrote, 
"et dióle al asno et quebrantóle el brago. El donde yvan en romería a velar 
"a Sancta María por un fijo que prometieran, o viendo yr a Sant Antón a 
"rogar a una otra hermita que Dios diese salud a la bestia que el bra<^>, 
"porfiando, tenía quebrado". 

160. Aproximación política y literaria de Castilla y Ca- 
taluña. Don Fernando de Antequera. — Uno de los más intere- 
resantes espectáculos históricos que nos ofrece el siglo xv es el prepararse 
de nuestra unidad nacional por un movimiento de aproximación entre los 
dos grandes reinos peninsulares: Castilla y Aragón. No inició ese movi- 
miento, sino que fué su primer efecto, la exaltación "al trono aragonés 
de la dinastía castellana en la persona de Don Fernando de Antequera; 
pero desde aquel suceso puede decirse que las fronteras castellano -ara- 
gonesas, si no se borraron, se atenuaron mucho. Don Fernando fué a su 
reino con gran séquito de magnates castellanos, y no pocos allí permane- 
cieron siempre, o iban y venían de uno a otro reino como si ambos fue- 
ran uno sólo. En cambio, los aragoneses considerábanse en Castilla como 
en su propia casa, e intervinieron en la política castellana, siendo los 
infantes de Aragón (Don Alfonso, después V, y Don Juan, después II) per- 
sonajes tan castellanos como si nunca hubieran salido de los términos de 
su tierra. 

Este movimiento de aproximación se manifiesta en la esfera literaria con 
creciente intensidad. Don Enrique de Villena preside los juegos florales de 
Barcelona. El Marqués de Santularia canta las glorias militares de Aragón 
y elogia a los poetas catalanes. En Cataluña, por su parte, aparecen los poe- 
tas bilingües: así, mosen Pere Torrellas o Torroella en castellano escribe 
sus coplas de maldecir de mugeres, y mosen Juan Ribellas usa también de 
la lengua castellana, y ensalza a Castilla: 

En Castilla es proesa, 
Franquesa, verdat, mesura; 
En los sennores, larguesa, 
En donas, grand fermosura. . . 

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XVIII. - EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS (Conclusión) 

El amor a la antigüedad clásica, el estudio y cultivo de la lengua latina, 
la admiración por los grandes maestros de Italia, la común tradición trova- 
doresca: todo se junta para que estos lazos literarios sean cada vez más es- 
trechos e íntimos. 

161. Alfonso V. Su significación en la política y en las 
las letras. Su ilustración y entusiasmo por el Renacimiento. 
Una gran figura histórica preside el consorcio espiritual entre Castilla y 
Aragón, entre la literatura catalana y la de la lengua castellana, entre Ita- 
lia y España y entre la antigüedad clásica y la época moderna: tal es- 
Alfonso V. En Castilla — ya lo hemos dicho— se le tenía por personaje na- 
cional; los aragoneses veían en él a su rey; los catalanes, al principe que 
extendiendo la influencia española en Italia, contribuía eficazmente a su 
prosperidad mercantil; los italianos, a uno de los grandes impulsores y 
protectores del Renacimiento. Desde su juventud fué aficionadísimo a las 
bellas Letras y a la antigüedad clásica. Santillana decía de él en la Come- 
diata de Poma: 

¿Pues quién supo tanto de lengua latina? 
Ca dubdo si Maro se iguala con él: 
Las silabas cuenta e guarda el acento 
Producto e correto . . . 
Oyó los secretos de philosophia 
E los fuertes pasos de naturaleza 



E profundamente vio la poesia. . 



Estas nobles aficiones llegaron a su plenitud una vez que estuvo en 
pacífica posesión del reino de Ñapóles (26-Febrero-1443) y reinó en aque- 
lla hermosa ciudad. No es exacto que se italianizara, como han dicho mu- 
chos, perdiendo su carácter español: por lo contrario, no hablaba bien el 
italiano, y usaba constantemente la lengua española; la maestá del Re par- 
la spagnoulo, dice Vespasiano da Bisticci, y el espagnoulo que hablabla era 
castellano con deje aragonés. A los jóvenes de su corte los exhortaba al 
estudio, según refiere Juan de Lucena, diciéndoles: ¡Vayte, vayte a estu- 
diarí De su entusiasmo por los clásicos se cuentan maravillas: por su propia 
mano servia el vino a los gramáticos, los armaba caballeros, los coronaba 
de laurel y los colmaba de honores y dinero; llevaba siempre consigo los 
Comentarios de César, y concedió la paz a Cosme de Médicis a cambio de 
un códice de Tito Livio; de tal suerte le embelesó una clásica arenga de 
Manetti, que oyéndola durante media hora, ni siquiera se cuidó de espantar 

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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

una mosca que se había posado en sus narices; tradujo las Epístolas de 
Séneca, hizo traducir a Joige de Trebisonda la Física de Aristóteles, y a 
Poggio la Círopedía de Jenofonte. Sus Íntimos amigos eran el Panormita, 
el Tazzio, Lorenzo Valla, Eneas Silvio (después Pío II)* el mallorquín Fe- 
rrando Valentí, jurisconsulto como los catalanes Jaime Pau, Juan Ramón 
Ferrer, Jaime García, Jaime Ripoll, Jerónimo Pau, etc., y todos grandes 
humanistas. Ñapóles estaba inundada de españoles, no sólo aragoneses y 
catalanes, sino castellanos, pues Alfonso V no hacía distinción entre ellos, 
y puede decirse que con él se realizó en la bella Partenope nuestra unidad 
nacional. Familias españolas, como los Ávalos y los Guevaras, aclimatá- 
ronse desde entonces en Italia. 

162. El Cancionero de Stúñiga. Juan de Valladolid. — 

Dos distintas literaturas florecieron en aquella corte: la clásica latina, que 
era la preferida por el Rey, y otra en romance o popular, o sea en castella- 
no, rara vez en catalán, y algo, muy poco, en italiano. Los oscuros poetas 
napolitanos que cultivaban su propia lengua sintieron la influencia caste- 
llana, y sus poesías están plagadas de españolismos; los poetas españoles, 
especialmente aragoneses, que escribían en castellano, también experimen- 
taban el influjo del medio en que vivían, acrecentado por la veneración 
profesada a los maestros de Italia; y así, no son de maravillar los italianis- 
mos de sus composiciones, ni que muchos de ellos usaran alguna vez el 
italiano. De estos poetas aragoneses y alguno castellano es la colección 
titulada Cancionero de Stúñiga — así se llama por D. Lope de Stúñiga, uno 
de los poetas que figuran en él, — publicado en 1872 como uno de los libros 
españoles raros y curiosos, dados a luz por Fuensanta del Valle y Sancho 
Rayón. Ninguno de los poetas de este Cancionero (Juan de Tapia, Pedro de 
Santa Fe, Carvajal o Carvajales — primer poeta bilingüe, español e italia- 
no, — Gonzalo de Cuadros, el Conde de Cuadros, mosen Hugo de Urries, 
D. Juan de Sessé, Juan de Andújar, mosen Juan de Villalpando, único que 
hizo sonetos después de Santillana, Juan de Dueñas, etc.) es de primera 
línea. No figura en el Cancionero, pero también anduvo en Ñapóles, Juan 
de Valladolid o Juan Poeta, cantor ambulante como los antiguos juglares, 
pero, estando ya este oficio degradadísimo, recorría campos y ciudades 
explotando sus cantares. Juan de Valladolid es especialmente conocido por 
las atroces invectivas de Juan de Montero y otros copleros de la época. 

163. Poetas catalanes. Torrella. — Para la poesía catalana fué 
este período el de su mayor florecimiento; pero también el inmediato pre- 
cursor de su ruina, o, mejor dicho, de su largo eclipse. Después de esta 

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XVIII. - EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS (Conclusión) 

época no hemos de volver a encontrar poetas catalanes hasta muy avan- 
zado el siglo xix. Fué causa determinante de este fenómeno histórico que, 
según ya se ha dicho, los catalanes dejaron de escribir en catalán y adop- 
taron el castellano, siendo Torrellas el iniciador de esta tendencia: por eso 
los más fogosos catalanistas modernos no disimulan su malquerencia por 
aquel poeta. 

Sin embargo, tenía mérito, sobre todo en su lengua nativa. Su lay, in- 
cluido en Les cent millors poesías de la ¡lengua catalana (1), es una buena 
poesía de tradición trovadoresca: 

Qui volrá veure un pobre stat 
d'un pus leyal enamorat 
pus trist e pus desventurat 
que james fos, 

Aquest meu lay tint de delors, 
de iamechs, plants, suspirs e plors, 
entrellagat dins mes amors 
vinga llegir. 

E trobará quel departir 
m'ha fet absent tal devenir, 
que de quants mals se poden dir 
e la mes part. 

Si ls desigs ab mort me depart 
mas desijant res me n'apart 
car el desig revé no tart 
un pensament. 

Trames d'esperanga qui sent 
en tots mos mals des que so absent 
e a negú d'els no consent 
qui mort reclám. 

Mas mos trists ulls destrets de fam 
junts al recort de qui mes am 
contra esperanza donan clam 
de que s'encen 

Tal debat dins mont pensament 
que bon esper tan no deffen 
que cual dich al comensament 
no vinga ser. 



(1) Antonio López, editor. — Barcelona (Sin ano, pero es de 1914.) 
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SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Sol me deté no desesper 
mes tal socofs ve per aver 
nom de dolor só que s pot fer 
per cas delit 

Quant mes a mi que m trob pertit 
de tots los bens pus depertít 
e de qui te mon esperít 
lo feble cors. 



Empleó el castellano especialmente para sus versos de burlas. Lo más 
notable es su invectiva contra las mujeres: Coplas de las calidades de las 
donas, inferiorísima al Corbacho italiano y al del Arcipreste de Talavera, 
pero que hizo mucho efecto en su época, ya que infinidad de poetas acu- 
dieron a contradecirle, y hasta se inventó la conseja de que las donas, 
irritadísimas contra Torrella, le atormentaron exquisitamente hasta darle 
muerte, "dejando poco que hacer — dice Menéndez Pelayo con fino humo- 
rismo, muy raro en sus escritos — a los fervientes catalanistas que hoy 
quisieran ejercitar sus iras en el triste de Torrella por haber coqueteado 
con la lengua castellana". Las coplas de Torrella son por este rpodo: 



Muger es un animal 
Que disen hombre imperfecto, 
Procreado en el defeto 
Del buen calor natural. 
Aquí se incluyen sus males, 
E la falta del bien suyo, 
E pues le son naturales, 
Cuando se demuestran tales 
Que son sin su culpa concluyo. 



164. AusídS March. — Ausias March, valenciano, es sin disputa 
el mayor poeta de la literatura catalana, y el más conocido, o el único per- 
fectamente conocido en lo antiguo fuera de su región. El Marqués de San- 
tillana escribía de él en su tantas veces citada carta al Condestable de Por- 
tugal: "Mossen Ausias March, el qual aun vive, es grand trovador, e orne de 
assaz elevado espíritu". En el siglo xvi hiciéronse cinco ediciones de sus 
obras — una en Valladolid — y dos traducciones castellanas, la de D. Bal- 
tasar de Romani y la de Jorge de Montemayor. Inspiró a Boscán, quien nos 
cuenta que el Almirante de Castilla "tenía su libro por tan familiar como 

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XVIII. ^EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS (Conclusión) 

* Alexandre el de Homero 41 . Zurita le califica de "caballero de singular inge- 
nio y doctrina y de gran espíritu y artificio". Mariana, si encuentra "su es- 
culo y palabras grosero", encomia "la agudeza grande, el lustre de las sen- 
tencias y de la invención". Lope de Vega dice: "Castísimos son aquellos 
"versos que escribió Ausias March en lengua lemosina, que tan mal y sin 
"entenderlos Montemayor tradujo". En el siglo xvn Vicente Mariner tradujo 
al latín las Canciones de March. Faria y Sousa, en el Comentario a las Ri- 
mas de Camoens: "La gala de los poetas antiguos amorosos es Ausias 
"March, y muy digna su lengua de que la sepan los estudiosos". 

Poco se sabe de la biografía de poeta tan celebrado. Murió en 1459. 
Se daba por cosa segura que había sido amigo íntimo y confidente del 
Príncipe de Viana, y sobre esto se fantaseó mucho en la época del roman- 
ticismo. Después del libro Ausias March y su época, de Ferrer y Bigné y 
Rubio y Ors (Barcelona- 1882), ha quedado esa especie muy desvanecida. 
También resulta que Ausias March fué algo calavera, o por lo menos marido 
infiel, lo que no armoniza del todo con el tono austerisimo y místicamente 
pasional de sus versos. Escribió el poeta valenciano Cants cFAmor, Cants 
de Mort y Cant spiritual. 

Que Ausias March se propuso imitar al Petrarca, es indiscutible. Su 
Laura es Teresa Bou. Conoció a Teresa, como Petrarca a Laura, un Viernes 
Santo. Teresa muere como Laura, y el poeta la canta después de muerta. 
Pero no es tan fácil imitar como se figuran muchos: el alma de Ausias 
March era enteramente diversa de la de Petrarca, y diversos resultaron los 
cantos a Teresa Bou de los cantos a Laura. Ausias era un escolástico 
que sabia a la perfección la Filosofía tomista, que llevaba incrustada en su 
espíritu, y su pasión corre por los moldes doctrinales de la Psicología de 
la Escuela: todo un proceso de ilusiones, desvarios, su poco de desespe- 
ración, y, por último, el arrepentimiento. Así mirado Ausias, explícase, por 
una parte, la aceptación que tuvo en todos los hombres doctos de la España 
escolástica, los cuales veían en sus canciones el sistema filosófico que 
profesaban puesto en acción; por otra, dan ganas de creer en la insinceridad 
del poeta, y de no ver en su obra sino un poema alegórico, algo harto más 
semejante a Dante que a Petrarca. Pero contra esta tentación arguyen el 
tono y la intensidad lírica de sus canciones, que no parece pueden ser 
reflejo de una ficción alegórica. Ausias March quiso de veras a Teresa, o 
quizás a varias mujeres que personificó en ésta; su pasión reconcentrada, 
y siempre en lucha con sus arraigadísimas creencias religiosas, toma mu- 
chas veces tonos sombríos y lúgubres, en que se preludian desde lejos las 
tristezas de las Noches de Young y de los más desaforados poetas román- 
ticos. He aquí ligeras muestras de este singularísimo poeta. 

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SALCEDO.- LA LITERATURA ESPAÑOLA 

De los Cants de Amor: 

Fantasiant Amor a mi descobre 
los grans secrets qu'als pus subtils amaga 
e mon ciar jorn ais homens es nit fosca 
e visch d'aQÓ que persones no tasten. 
Tant en amor 1'esperit meu contempla 
que par del to fora del eos s'aparte 
car mos desigs no son trobats en home 
sino en tal que la cara punt no 1 torbe 

Ma cara no sent aquell desig sensible 
e 1'esperit obres d amor cobeja, 
d'aquell sech que'ls amadors se'scalfen 
pahor no'm trob que me'n pogués may ardre. 
Un altre sguart lo meu voler practica 
quan en amar, vos, dona, se contenta 
que no han cells qui amadors se mostren 
passionats e contr'Amor no dignes 

De los Cants de Morí: 

La gran dolor que, lengua no pot dir, 
del quis veu mort e no sab hon irá, 
no sab son Deu si per a s'il volrá 
o si n infera lo volrá sebollir; 
semblant dolor lo meu esperit sent 
no sabent qué de vos Deu ha ordenat; 
car vostre mal o bé a mi es dat 
del que haureu jo n seré sofiren 

Tu, esperit, qui has fet partiment 
ab aquell cors qual he jo tant amat, 
vingues a mi qui so passTonat, 
dubtant estich ferte rahonament. 
Lo loch hon es me fará cambiar 
d'enteniment de go que t volré dir; 
goig o tristor per tu he jo complir, 
en tu está quant Deu me volrá dar. 

Pregant a Deu les mans no m cal plegar, 
car fet es tot quant li pot avenir; 
si es al cel no's pot lo bé'sprimir, 
si en infera, en van es mon pregar. 
Si es axi anulla m 1'esperit, 
sia tornat mon esser a no res; 
e majorment si en loch tal per mi es, 
no sia yo de tant adolorit. 



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XVIII. - EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS (Conclusión) 
Del Cant spiritual: 



Cathólich so mas la fe no m'escalfa, 
que la fredor lenta deis senys apague 
car jo leix só que mos sentiments senten 
e Paradis crech per fe y rahó jutje. 
Aquella part del esperit es prompta 
mas la deis senys rocegant la m'acoste, 
donchs tu Senyor ab foc de fe nVaconre 
tant que la part que m porta fret, abrase. 

Dona m esforg que prenga de mi venja, 
jo m trob offes contra tu ab gran colpa 
e si no hi bast tu de ma cara te farta 
ab que no m tochs l'esperit qu'a tu sembla. 
E sobre tot ma fe que no varille 
e no tremol la mía esperanza, 
puix que no m fall charitat, elles ferme s 
e de la carn si t suplich no me n'hojes. 

O quant será que regaré les galtes 
d'aygua de plor ab les Uágrimes dolces, 
contríció es la font de'hon emanen, 
aquell es clau que 1 cel tancat nos obre. 
D'atrictió parteixen les amargues 
perque'n temor mes qu'en Amor se funden, 
per tais quals son de aqüestes m'abunda 
puix son cami e via per les altres. 

165. Jordi de Sant Jordi. — Jordi de Sant Jordi comparte con 
Ausias March la nombradía poética fuera de Cataluña. En su honor com- 
puso el Marqués de Santularia el poemita de la Coronación, y en la Carta al 
Condestable de Portugal escribió: "En estos nuestros tiempos floresció 
"mossen Jorde de Sant Jorde, cavallero prudente, el cual ciertamente com- 
"puso assaz fermosas cosas, las cuales él mesmo asonaba, ca fué músico 
"excelente, e fizo, entre otras, una canción de oppositos que comienza: 

Tots jorns aprench y desapren ensems". 
Más linda es esta otra en versos sueltos (stramps), que parece de Ausias: 

Jus lo front vostra bella semblanza 
de que mon cors nit e jorn fa gran festa, 
que remiran vostra bella figura 
de vostra fag m'es romasa Femprernta 



417 

SALCEDO — Literatura española, — Tomo I. 



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GSbgle 



SALCEDO. -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

que ja per mort nos e'n patrá la forma; 
ans quant seray del tot fores d'est segle 
cels qui lo cors portarán al sepiliere 
sobre ma fag veurán lo vostre signe. 

Si com 1'iníante quan mira lo retaula 
e contemplant la pintura ab imatges 
ab son nét cor no lo n poden gens partre, 
tant ha plaser de l'aur qui l'environa; 
atressi m pren devant l'amorós sercle 
de vostre cors que de tants bens s'enrama, 
que mentre 1 vey mas que Deu lo contemple, 
tant hay de joy per amor qui m penetre. 

Axi m te pres e liatz en son cargre 
amors ardents com si stes en un coffre 
tancat jus claus e tot mon cors fos dintre, 
on no pusqués mover per nuil encontré. 
Car tant es gran l'amor que us hay e ferme 
que lo meu cor no s part punt per angoxa, 
bella de vos, ans es ay ferm com torres 
en sol amar a vos, blanxa colomba. 

Bella sens par ab la presensa nobla 
vostre bel cors, bel fech Deu sobre totes 
gays e donós lluu pus que fina pedre 
amorós, bels, plus penetrante qu'estella; 
d'on quant vos vey ab les autres en flota 
les justamente si com fay los carvoncles, 
que de virtute les fines pedrés passa, 
vos etz sus ley, com l'estors sus r esmirle, 

L'amor que us hay en totes les parte másele 
quan no n'améch pus coralment nuls homens, 
tan fort amor com sesta que 1 cor m'obre 
no fonchs jamays en nul cors d'hom ne arme. 
Mas suy torbate que no fonch Aristotills 
d'amor qui m'art e mos sinch senys desferme 
col monjos bos que no s part de la setla 
no s part mon cors de vos tant com dits d'ungle. 

Ho, cors d'honors nét de frau e delicie, 
prenets de me pietate, bela dona, 
e no suffratz que-z amant vos peresca, 
pus que en vos am may que nulls homs aiferme; 
per que us supley a vos que etz le bells arbres 
de tote los fruyte hon valor grans pren sombre, 
que m retenyate en vostra valent cambre 
pus vostre suy e seray tant com visque. 



418 

i 



XVIII. -EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS (Conclusión) 



TORNADA 

Mos richs balays, cert vos pórtate lo timbre 
sus quantes son el mundanal registre, 
car tote joras naix en vos cor e revida 
bondate, virtuts, mes qu'en Pantasilea. 



166. Febrer, Roig, Roig de Corella. — No cabe más que 
citar a Andrés Febrer, traductor de la Divina Comedia (1428); al médico 
Jaime Rolg (murió en 1478), autor del Llibre de les dones o de doncells, que 
consta de más de 12.000 versos, fáciles y graciosos, como éstos: 

Per Reposar 
volgui m posar 
al lit enjorn 
yo fui despert; 
quant he sofert 
lo pensament 
estesament 
m'ho presenta; 
primer contá 
tote mos anys mals; 
recogitals 
ab amargor, 
dolor, agror 
d'ánima mia; 
present tenia 
afliccions 
e passions 
mig oblidades 
e ja passades ; 
pertant plorant 
e sanglotant 
yo m revolcava 
e fort bascava 
prou tormentat 
descontentat 
de ma ventura 
com per natura 
o per mal fat 
o per pecat 
o grosseria 
tant sofferia 
tostemps penant 



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SALCEDO -LA LITERATURA ESPAÑOLA 

may oblidant 
que no s fa res 
si no es perinés 
per Deu manant 

Joan Roig de Corella fué poeta religioso, que parece presagiar a Ver- 
daguer con su Orado a la sacratísima Verge María tenintson fü Deu Jesú 
en la falda devallat de la creu: 

Ab plor tan gran que nostres pits abeura, 
e greu dolor que 1 nostre cor esquinga, 
venim a vos, filia de Deu e mare; 
que nostra cara deis ossos se arranca 
e 1'esperit desitja l'esser perdre, 
pensant que mort per nostres greus delicies, 
ver Deu e hom, lo fill de Deu e vostre, 
jau tot estés en vostres castes faldes. 

Ab fonts de sanch rega lo verge strado . 
hon xich infant lo boleas ab Halles; 
e ls vostres ulls estillen tan gran aygua, 
que pot lavar les sues cruels nafres, 
font ab la sanch un engüent e colliri 
d'inhnit preu per lavarnos les taques 
que 1 primer hom com a vassal rebelle, 
nos ha causat emseps ab nostra culpa. 

Lo vostre cor partit ab fort escarpre 
de gran dolor vos mostra tan greu plányer, 
que ls serafins ensemps ab tots los ángels 
mirant a vos planyent aprenen dolre. 
Plany se lo mon cubert d'aspre celici, 
crida lo sol plorant ab cabells negres, 
e tots los cels vestits de negre sarga 
porten acorts al plant de vostra lengua. 



167. Prosistas catalanes. — No menos que la poesía floreció en 
este periodo la prosa catalana, tan dueña de sí, tan rica, jugosa y acabada, 
que no podía hacer pensar de ningún modo en su próximo y prolongado 
eclipse. El renacimiento clásico fué más temprano en Cataluña que en Cas- 
tilla (1): ya en el reinado de Juan I (1387-1395) traducía el caballero valen- 



(1) El Renacimiento clásico en la literatura catalana. (Discurso de ingreso de D. Antonio Rubio y 
Uuch en la Acad. de Barcelona, 1838). 



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XVIII. - EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS (Conclusión 



421 



Códices españoles de los siglos XIV y XV 

(Véase la nota de la pág. 19.) 



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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

ciano mayordomo del Rey Antonio de Vilaragut las diez tragedias de Sé- 
neca. La prosa que acreditara su progreso en la Crónica de Pedro IV, escrita 
por su consejero Bernardo dez Coll (1), se hace más dúctil y graciosa en 
las dos otras de Bernet Metje, secretario de Juan I y de Martín el Huma- 
no (1395-1410), en cuyo último reinado escribió Sonmi, o sea una aparición 
del difunto Don Juan (2); también es de Metje la traducción de la Historia 
de Walter e de la pacient Griselda, narración latina del Petrarca (3). El do- 
minico Fr. Antonio de Cañáis tradujo el tratado De Prouidentia de Séneca, 
y la Carta de San Bernardo a su hermana, con un prólogo en que se ve 
algo de la elocuencia de Fr. Luis de Granada. El obispo Fr. Francisco Exi- 
menis (murió en 1409) fué apologista de la religión cristiana y polígrafo; 
Crestiá (enciclopedia de los conocimientos de la época), Regiment de Prin- 
ceps (tratado de Política), Ubre deis angels, Libre de les dones. . . etc. 

168. Fray Anselmo Turmeda: A) Su biografía. B) Cri- 
tica de Asín. C) Libro de Calvet. Juicio crítico. — Singular 
figura histórica y literaria es Fr. Anselmo Turmeda, y de más especial 
interés en estos momentos por las investigaciones y polémicas a que da 
lugar. 

A) Lo averiguado de su biografía está resumido por el Sr. Miret y 
Sans en la Vida de Fr. Anselmo Turmeda, publicada en la Revue Hispa- 
ñique (5). Nació en Mallorca a mediados del siglo xiv. Estudió en Lérida y 
Bolonia. Fué sacerdote y fraile franciscano. Pasó a Túnez, apostató de la 
religión cristiana, y se hizo musulmán, tomando el nombre de Abdalá. Des- 
empeñó en Berbería los destinos de intérprete de lenguas y director de la 
aduana tunecina. Hacia 1420 escribió en árabe un opúsculo contra el cris- 
tianismo, que aún goza de gran predicamento entre los mahometanos; en 
el Cairo se ha reimpreso recientemente (1904). 

Poco antes, o quizás a la vez que Abdalá arremetía contra la religión 
cristiana, tan a gusto de los musulmanes, compuso en catalán y con su 
firma mallorquína, sacerdotal y monástica de Fr. Anselmo, varios libros: 
Libre de bons ensenyamentes, que ha servido de texto en las escuelas del 
Principado hasta muy adentro del siglo xix, las Profecías y las Cobles de 



(1) Creíase del mismo rey. Ha demostrado ser de Bernardo dez Coll D. José Coroleu, publicando una 
carta de D. Pedro IV (La España Regional- 18 Agosto, 1887). 

(2) Ha sido traducido al francés con introducción y notas por J. U. Guardia. (Burdeos - 1889.) 

(3) Publicada en Barcelona por D. Mariano Aguiló (Bibliotheca d'ob retes singulars del bon temps de 
riostra lengua materna), 1883. 

(4) Las citadas obras de Eximenis fueron impresas en el mismo siglo XV. Valencia (1483, 1484 y 1490) y 
Barcelona (1494 y 1496). Otras se conservan manuscritas. 

(5) Junio -1911. 



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XVIII. -EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS (Conclusión) 

la divisió del regne de Mallorques, que todavía se insertan en las antolo- 
gías catalanas: 

Si m llevi un bon maytí 
temps era de primavera 
e vay pendre mon cami 
per una streta sendera, 
trescant per cela carrera 
fins que eu fuy arribat 
en un gran e gentil prat, 
ja lo sol declarat era. 

Lo sol era declarat 
e lo sol qui s'espandia 
per aquell delitos prat 
que tot de flors se cobria 
en mig del qual aparia 
un palau molt alt murat 
de torres environat, 
feites son per maestría . . . 



Pero la obra que más ha contribuido a la popularidad europea de Tur- 
meda es la Disputa del Asno. Se ha perdido el original catalán; pero se 
conservan cuatro ediciones de la traducción francesa ;(de 1544 a 1606): en 
este último año se hizo una versión alemana. La Disputa del Asno es un 
largo apólogo en que discute el autor con un asno sobre la superioridad o 
inferioridad del hombre respecto de los animales, y se intercalan muchos 
cuentos licenciosos, por el estilo de Boceado. 

En la Historia de los heterodoxos españoles y en Los orígenes de la 
novela elogia Menéndez Pelayo la originalidad, el mucho ingenio y agu- 
deza y la viva y fresca imaginación que avaloran la Disputa del Asno. 

Fray Anselmo Turmeda debió de hacer un viaje por Europa en su 
calidad de personaje musulmán y con las mujeres de su harén e hijos, 
pues Alfonso V expidió a su favor un salvoconducto en 23 de Setiembre 
de 1423, para que lo hiciese cum uxoribus, filiis etfiliabus (1). En el dece- 
nio del 20 al 30 murió en Túnez el singular personaje; y tan convencidos 
estaban los mahometanos de sus virtudes musulmanas, que el sepulcro de 
Abdalá es todavía venerado como el de un santo (2). Y lo más curioso es 
que mientras en Túnez asi honraban su memoria, en Cataluña no lo hacían 



<1) Encontrado en el Archivo general de Aragón, y publicado por el Sr. Bordoy Torrens en la Revista 
Íbero-Americana de ciencias eclesiásticas (Oct. 1001). 

(2) Miret La tomba del escrtptor cátala Fra Anselm Turmeda en la clutat de Tunlc. - ButUetl del 
Centre Excursionista de Catalunya (1910). 

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SALCEDO. ^LA LITERATURA ESPAÑOLA . 

menos, suponiendo que Fr. Anselmo volvió al gremio de la Iglesia, hasta 
el extremo de que a principios del siglo xvni se forjó la leyenda de que 
salió un dia por las calles de Túnez proclamando a gritos la divinidad de 
Jesucristo y la farsa de Mahoma y sus sectarios, por lo que fué cruelmente 
martirizado. 

B) El docto catedrático de lengua árabe en la Universidad Central, 
D. Miguel Asín y Palacios, publicó en el primer cuaderno de la Revista de 
Filología Española (1914) un artículo probando que la fábula de la Disputa 
del Asno, y toda la disputa con sus argumentos y desarrollo, no es sino 
traducción de la Disputa de los (mímales contra el hombre, incluida en la 
Enciclopedia de los Hermanos de la Pureza, filósofos árabes del siglo x de 
nuestra era. No puede ser más desfavorable el juicio del Sr. Asín sobre el 
fraile mallorquín y sus obras. 

"No se le ocultó, dice, a la sagaz intuición de Menéndez Pelayo que 
Turmeda y su libro presentan tales enigmas y contradicciones, que bien 
puede decirse que la critica apenas comienza a dilucidarlas. Él por su 
parte insinuó que la mayor importancia de la Disputa estaba en sus cuen- 
tos bocachescos, si bien añadiendo que para él eran imitación de modelos 
italianos, así como su Llibre da bons ensenyaments es un plagio parcial de La 
Dottrina dello schiauo di Barí. ¿Qué queda, pues, de la originalidad y del 
ingenio del fraile mallorquín, si casi toda su Disputa resulta ahora traduc- 
ción literal de un libro arábigo? Para mi, ni siquiera le resta a Turmeda el 
mérito de un modesto adaptador inteligente; porque, aparte de la torpeza 
y mal gusto con que empequeñeció y rebajó la seriedad solemne del apó- 
logo árabe, su estilo vulgarísimo y pedestre y la inopia de su léxico no le 
permitieron verter fiel y exactamente las delicadas filigranas del árabe 
literario ..." 

\ . . Turmeda tuvo el arte indisputable de engañar a la vez a cristia- 
nos y musulmanes: firmándose Fr. Anselmo, hacia circular por Europa sus 
libros en catalán, y firmándose Abdalá, divulgaba entre los muslines su 
Polémica contra el Cristianismo; en aquellos libros — al menos en la 
Disputa — daba como fruto de su ingenio lo que tomaba de los autores 
árabes, y en su Polémica aprovechaba las antologías evangélicas que en- 
contraba en el Fisal del cordobés Abenhazan y propalaba ridiculas des- 
cripciones de los ritos cristianos, falseando a sabiendas los textos eclesiás- 
ticos y los dogmas ... Sin ser en realidad otra cosa que un traductor 
mediano y un teólogo adocenado, en lo literario, a la vez que un hombre 
sin convicción ninguna en lo moral, estuvo, sin embargo, a punto de 
alcanzar después de su muerte la más sublime apoteosis a que en lo 
humano cabe aspirar ... (la doble canonización cristiana y mahometana). 

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XVIII. -EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS (Conclusión) 

". . . poco esfuerzo hubiese sido necesario para que alguno de sus entu- 
siastas paisanos y colegas, como Sayol, Sena o Coll, lo declarasen acreedor 
a la canonización. Habría sido este empeño, en verdad, remate digno de 
las audaces sofisterías del fraile mallorquín, y desenlace muy adecuado de 
la estupenda farsa que desempeñó en vida". 

C) A últimos de 1914 ha visto la luz en Barcelona, editado por la 
casa Estudio, un libro sobre Fray Anselmo Turmeda: su autor, D. Agustín 
Calvet. No conocía éste al escribirlo el trabajo del Sr. Asín, pues trata de él 
en un Abdendum. Sobre el mismo texto comparativo publicado por el pro- 
fesor de árabe sostiene Calvet en dicho apéndice la originalidad de Tur- 
meda, basándola en que el original o modelo oriental de la Disputa es una 
obra filosófica de seriedad solemne, al paso que su imitación catalana es 
satírica y jocosa; en suma, algo semejante al Quijote respecto del Amadis 
de Gaula. El caso no es igual: Cervantes declara que su propósito es bur- 
larse de los libros de caballerías, que cita y fustiga, y a las aventuras que 
parodia les da evidentemente el tono cómico de la parodia, al paso que 
Fray Anselmo ni nombra la Disputa de los animales, ni en la exposición de 
los argumentos hace otra cosa que traducir la obra musulmana. 

El Sr. Calvet intenta reconstruir la biografía de Turmeda tomando al- 
ternativamente sus datos de la historia y de la tradición, y enlazándolos 
conjeturalmente por un procedimiento análogo al seguido por D. Joaquín 
Costa para trazar el cuadro de la poesía ibérica o anterromana (1-2), y por 
D. Eduardo Saavedra en su estudio sobre la conquista de España por los 
árabes, sistema poco seguro, y que no satisface al lector moderno algo 
escrupuloso. Quiere también rehabilitar la figura moral de Fr. Anselmo 
presentándolo como un hombre naturalmente inclinado al racionalismo, de 
carácter alegre y sensual, que en sus estudios tropezó con Averroes y per- 
dió la fe: por eso renegó. Pero en este caso, ¿por qué se hizo mahometano? 
Con suma discreción trata este punto el notable crítico catalán D. Manuel 
de Montoliu. Hacemos nuestro su juicio. 

"O se admite, dice, a Turmeda como un hombre intelectual y moral- 
mente honrado, en cuyo caso no se explica que él, incrédulo, averroísta, 
haga profesión de fe mahometana y escriba una obra apologética de la 
religión del Profeta; o bien, se le tiene como un hombre sin escrúpulos 
intelectuales ni conciencia moral, en cuyo caso no se explica que, siguiendo 
el ejemplo de tantos y tantos otros incrédulos y escépticos contemporá- 
neos, no hallase una fórmula acomodaticia para seguir viviendo aparente- 
mente dentro de la moral y el dogma de la Iglesia sin necesidad de acudir 
a la extravagante solución de hacerse musulmán. Creemos lealmente que 
a pesar del noble y valioso esfuerzo del último investigador de la obra de 

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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 

Fr. Anselmo Turmeda, queda todavía en pie el enigma psicológico de su 
original personalidad. 

Nosotros nos indinamos para su solución al último extremo del dilema; 
esto es, que Turmeda era hombre de pocos escrúpulos, y que su conversión 
fué sólo aparente y movida por circunstancias materiales y por fines de 
lucro y goces mundanos; pero en este caso nos es imposible creer en la 
gravedad de la situación espiritual en que se halló a consecuencia de la 
crisis religiosa que admite el Sr. Calvet como fundamento serio y honrado 
de su ulterior evolución moral e intelectual - (1). 

169. Novelas catalanas: Curial y Guelfa. Tirant lo Blanch. 
Dos novelas nos ofrece la literatura catalana en este periodo: una es Curial 
y Guelfa, sacada a luz en 1901 por D. Antonio Rubio y Lluch, y publicada 
por la Academia de Buenas Letras de Barcelona: es una narración erótico- 
sentimental, imitada de la Fíamneta de Boceado, y parece concebida, y 
quizás escrita, primero en Italia, o acaso en Francia por un francés italia- 
nizado. 

Todo sin contar su origen provenzal, atestiguado por la mención del 
Puig de Nostra Dona y del verso del trovado Barbassieu: 

Atress cum l'olifaus, 

y todavia más por el fondo del argumento, que es igual o muy semejante 
al de otras muchas historias trovadorescas. 

La otra es el famoso libro de caballerías Tirant lo Blanch, irónicamente 
elogiado por Cervantes en el escrutinio de la librería de Don Quijote. 'Fué 
impreso en Valencia (1490); pero consta en el mismo texto que compuso 
sus tres primeras partes mossen Johanot Martorell, quien lo empezó el 2 
de Enero de 1460. La cuarta y última parte es de mossen Marti Johan de 
Galba, que la hizo a ruegos de doña Isabel de Loris. Cuenta Martorell que 
la historia de Tirante estaba escrita en inglés, y que él la vertió al portu- 
gués a ruegos del infante D. Fernando de Portugal, trasladándola por 
último del portugués a la lengua vulgar valenciana; es dedr, al catalán. 
Como ni en inglés ni en portugués se ha encontrado rastro de tal historia, 
se cree que todo esto es ficción para acreditar el libro. Sin embargo, Me- 
néndez Pelayo estima que el valenciano Martorell residió en Lisboa, y allí 
compuso su novela, sin que pueda precisarse hasta qué punto reflejó 



(1) La Vanguardia, de Barcelona - 29 - Enero - 1915. 

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XVIII. - EL SIGLO XV HASTA LOS REYES CATÓLICOS (Conclusión) 

alguna otra inglesa, y siendo cierto que él mismo vertió al catalán los tres 
primeros libros, y Galba el cuarto, que Martorell dejó sin traducir. 

Tirante el Blanco, tan disparatado como cualquier otro libro de caba- 
llerías, y en que algunos han querido ver, no un libro de caballerías, sino 
una sátira de los mismos, se distingue de ellos por cierto carácter o tenden- 
cia realista que ya hizo notar Cervantes: "Dlgovos verdad, señor compa- 
"dre, que por su estilo es éste el mejor libro del mundo: aquí comen los 
"caballeros y duermen, y mueren en sus camas, y hacen testamento antes 
"de su muerte, con otras cosas de que todos los demás libros deste género 
"carecen". 



FIN DEL TOMO PRIMERO 



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índice de los grabados contenidos en este tomo 



Páginas 

Retrato del autor II 

Carta autógrafa de D. Marcelino Me- 

néndez y Pelayo vuax 

Joaquín Costa 3 

Marco Tulio Cicerón 5 

Marcelino Menéndez y Pelayo . . 5 

Emilia Pardo Bazán 6 

José Amador de los Ríos 8 

Francisco Navarro Villoslada ... 9 

Victor Balaguer 9 

JuanValera 10 

Julio César 12 

Lucio Anneo Séneca 13 

Facsímil de la página 420 del Códi- . 

ceAlbendense 19 

Facsímil de la página 142 del mis- 
mo Códice 21 

Alejandro Magno 26 

Manuel Milá y Fontanals 34 

Eduardo de Hinojosa 37 

Ramón Menéndez Pidal 37 

Alfonso X, el Sabio 41 

Pedro I, el Cruel 42 

Monasterio de Ofla (Burgos) ... 55 

Fernando I, el Magno 60 

Alfonso VI de Castilla 68 

Cofre del Cid, existente en Santa 

Gadea 73 

Monasterio de San Pedro de Carde- 

fii (Burgos) 74 ' 

Las hijas del Cid (cuadro de M. San- 
tamaría) 80 



Páginas 

Jacinto Benavente 87 

Solar del Cid (Burgos) 87 

P. Juan de Mariana 98 

Baño de la Cava (Toledo) 99 

Gertrudis Gómez de Avellaneda. . 103 

Alejandro Herculano 112 

Diego López de Haro, el Bueno, 

sefior de Vizcaya (estatua) . . . 113 
Monasterio de las Huelgas (Burgos). 
Patio de San Fernando .... 115 

Vista exterior del mismo 117 

P. Fidel Fita Colomé 119 

Facsímil de Códices españoles de 

los siglos vm y ix 145 

Adolfo Bonilla San Martin .... 152 
Facsímil de los Códices españoles 

de los siglos x y xi 159 

Fernando III, el Santo 167 

Facsímil de un Calvario que forma 
parte de un antiquísimo misal 
procedente de San Millán de la 
Cogulla (Logroño), y que se con- 
serva en la Biblioteca de la Aca- 
demia de la Historia 174 

Hipólito Taine 182 

José María Gabriel y Galán .... 182 
Facsímil de uno de los folios de la 
Historia troyana, Códice que se 
conserva en la Biblioteca de El 

Escorial 187 

Facsímil de otro de los folios de di- 
cho Códice 193 



429 



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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 



Páginas 



Páginas 



Eduardo Saavedra 201 

Fernando III, el Santo (estatua) . . 218 
Beatriz de Suevia, esposa de San 

Fernando (estatua) 218 

Facsímil de un privilegio rodado e 

historiado del rey Sancho IV. . 219 
Alfonso X, el Sabio (estatua) ... 220 

Modesto Laluente 220 

Adoración de los Reyes Magos (cua- 
dro de Fra Angélico) 226 

Códices españoles de los siglos xn 

y xni 229 

Miniatura de un Códice historiado 
del siglo xni, perteneciente a la 
Cámara o Librería del rey Don 

Pedro de Castilla 249 

Facsímiles del libro de las Cantigas: 
I. Déla Cantiga. — II. Introduc- 
ción. — III. Cantiga 107. — IV. 
Cantiga 84. — V. Cantiga 81. — 

VI. Cantiga 119 253 

Facsímil del prólogo y primera Can- 
tiga de los "Cantares y Loores 

del Rey Sabio" 255 

Facsímil de la primera página del 
"Libro de las Tablas", mandado 
escribir por el rey Don Alfonso, 
el Sabio, en Sevilla, era de 1321 . 259 
Facsímil de la página IX del "Libro 
de las Tablas", mandado escribir 
por el rey Don Alfonso, el Sabio, 

en Sevilla, era de 1321 263 

Miniaturas de la Crónica de Don 

Jaime el Conquistador .... 270 
Monasterio de Ripoll (Gerona). . . 271 

Dante Alighieri (joven) 275 

Dante Alighieri (de edad provecta) . 275 
Colegio de España en Bolonia (por- 
tada) 276 

Patio del mismo 277 



Francisco Petrarca 280 

Juan Boceado 280 

P. Restituto del Valle Ruiz .... 287 
Víctor Hugo (escultura de Augusto 

Rodín) 295 

Voltaire (Francisco María Arouet). 296 
Sepultura de Raimundo Lulio en la 
iglesia del convento de San Fran- 
cisco (Palma de Mallorca) ... 301 

Isabel II de Espafia 307 

Biblioteca del Monasterio de El Es* 

codal 336 

Juan II de Castilla 354 

Alvaro de Luna 354 

Capilla y sepulcros del condestable 
D. Alvaro de Luna y de su espo- 
sa en la Catedral de Toledo . . 355 

Enrique IV de Castilla 356 

Alfonso V de Aragón 357 

Alonso de Cartagena 359 

Platón (estatua) 360 

La vega de Granada 361 

La Alhambra de Granada. — Vista 

de la Alcazaba 364 

Id. — Los Adarves y la Torre de la 

Vela 365 

Id. — El tocador de la Reina. ... 367 
Id. — Las Torres Bermejas .... 369 
Id. — Entrada al Patio de los Leones 371 
Facsímil de una página del códice 
conocido por „E1 Doctrinal de 

Caballeros" 381 

Folio 24 vuelto del Apocalipsis de 

San Juan 393 

Dibujo de la primera lámina del Có- 
dice titulado "El Breviario del 
Amor", existente en la Biblioteca 

de El Escorial 409 

Códices españoles de los siglos xrv 
y xv 421 



430 



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índice de retratos por orden alfabético 



Páginas 

Adolfo Bonilla San Martín 152 

Alejandro Herculano 112 

Alejandro Magno 26 

Alfonso V 357 

Alfonso VI 68 

Alfonso X 220 

Alighieri (Dante). 275 

Alonso de Cartagena 350 

Alvaro de Luna 354 

Amador de los Ríos (José) 8 

Ángel Salcedo Ruiz II 

Anneo Séneca (Lucio) 13 

Arouet, Francisco María (Voltalre). 296 

Avellaneda (Gertrudis Gómez de) . 103 

Balaguer (Víctor) 9 

Bazán (Emilia Pardo) 6 

Beatriz de Suevia (estatua) .... 218 

Benavente (Jacinto) 87 

Boceado (Juan) 280 

Bonilla San Martín (Adolfo) .... 152 

Cartagena (Alonso de) 159 

César (Julio) 12 

Cicerón (Marco Tulio) 5 

Colomé (P. Fidel Fita) 119 

Condesa de Pardo Bazán 6 

Costa (Joaquín) 3 

Dante Alighieri 275 

Diego López de Haro 113 

Eduardo Saavedra 201 

Eduardo de Hinojosa 37 

Emilia Pardo Bazán 6 

Enrique IV 356 



Páginas 

Fernando I 60 

Fernando III 218 

Fidel Fita Colomé (P.) 119 

Fontanals (Manuel Milá) 34 

Francisco María Arouet (Volteare). 296 

Francisco Navarro Villoslada ... 9 

Francisco Petrarca 280 

Gabriel y Galán (José María) ... 182 

Gertrudis Gómez de Avellaneda 103 

Haro (Diego López de) 113 

Herculano (Alejandro) 112 

Hinojosa (Eduardo de) 37 

Hipólito Taine 182 

Hugo, Víctor (estatua) 295 

Isabel II 307 

Jacinto Benavente 87 

Joaquín Costa 3 

José Amador de los Ríos . ... 8 

José María Gabriel y Galán .... 182 

Juan II 354 

Juan Boceado 280 

Juan Valera 10 

Juan de Mariana (P.) 98 

Julio César 12 

Lamente (Modesto) . ....... 220 

López de Haro (Diego) 113 

Lucio Anneo Séneca 13 

Luna (Alvaro de) . 354 

Marco Tulio Cicerón 5 

Mariana (P. Juan de) 98 

Menéndez Pelayo (Marcelino) ... 5 

Menéndez Pidal (Ramón) 37 



431 



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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 



Páginas 



Páginas 



Milá y Fontanals (Manuel) .... 34 

Modesto Lafuente 220 

Navarro Villoslada (Francisco) . 9 

Padre Fidel Fita Colomé 119 

Padre Juan de Mariana 96 

Padre Restituto del Valle Ruiz. . . 287 

Pardo Bazán (Emilia) 6 

Pedro I 42 

Pelayo (Marcelino Menéndez) ... 5 

Petrarca (Francisco) 280 

Pidal (Ramón Menéndez) 37 

Platón 360 

Ramón Menéndez Pidal 37 

Restituto del Valle Ruiz (P.)- ... 287 



Ríos (José Amador de los) .... 8 

Ruiz (P. Restituto del Valle) . ... 287 

Saavedra (Eduardo) 201 

Salcedo Ruiz (Ángel) II 

San Martin (Adolfo Bonilla) .... 152 

Séneca (Lucio Anneo) 13 

Suevia (Beatriz de) 218 

Taine (Hipólito) 182 

Valera(Juan) 10 

Víctor Balaguer 9 

Víctor Hugo 295 

Villoslada (Francisco Navarro) ... 9 

Volteare (Francisco María Arouet) . 296 



432 



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índice de nombres citados por orden alfabético 



Páginas 

Abad de Sahagún 52 

Abad Juan de Montemayor . . 97 y 110 

a 112 

Abad Juan Sánchez 240 

Abbat (Per) . 33, 70 y 238 

Abdalá 422 a 424 

Abdala-ben-Almocafa 198 

Abdalla 114 

Abderrahman I 192 

Abderrahman II 192 

Abderrahman III 195 y 209 

Abderrahman Sanchol 116 

Aben-Abdelháquen 98 

Aben-al-Jatit 116 

Aben-Bassan 69 

Aben-ben-Mohammad 200 

Aben-Habid 97 

Abed-Hazan 202 

Aben-Hezza 208 

Aben-Jal-dun 116 

Aben-Jordabech 98 

Aben-Zafer 200 y 269 

Abenámar 353, 363, 368 y 370 

Abendana (Hachan Jacob) 209 

Abenfax 69 

Abengalhon 76 

Abenkazan 424 

Abenmassarra 205 y 305 

Abenrruys 392 

Abidis 4y 5 

Aboabdil 107 

Aboad (Imanuel) . . . 208 



Páginas 

Abohab (lsahac) 207 

Abraham 2 

Abraham Abel Chasdai 209 

Absalón 214 

Abu-José Aben-Hasdai 209 

Abu-Obaid el Becri ........ 201 

Abu-Zeid 199 

Abuhamu 269 

Abuhamm-Muza 200 

Abul-Abbas 200 

Abul-Beka 196 

Abul-Hassan-Ali-ben-Nafi . . 192 y 194 

Abulfath-Escanderi 199 

Albuljatar (Emir) 192 

Adalgastro (Príncipe) 17 

Adanes 266 

Ademar (Guillermo) 218 

Adenet 40 

Adolfo Bonilla San Martín 152, 178 y 214 

Adolfo Helfferich 305 

Agapito y Revilla (Juan) 5t 

Agripa 3 

Aguiló y Trister (Mariano) . 270, 304, 305 

313 y 422 
Agustín Calvet . . . 403, 422, 425 y 426 

Agustín Duran 34 

Ahmed-Ar-Razi 98 y 316 

Ahmed-ben-Al-Hossain 199 

Aigremont (Maugís de) 141 

Aimeric de Peguilhá. . . 161, 167, 180 

221 y 388 
Aimón 140 y 141 



433 



SALCEDO. - Literatura española. - Tomo I. 



28 

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>8 l 



SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 



Páginas 



Páginas 



Alange (Condes de Campo) .... 291 
Alarcón (Diego Enríquez de). ... 403 

Alarcón (Enrique López) 82 

Alarcón (Juan Ruiz de) 171 

Albornoz (Cardenal) 276 

Albornoz (Arzobispo Don Gil) . . . 348 

Alboacer 97 y 108 a 110 

Alburquerque (Juan Alfonso de) . . 284 

Alcántara Garda 237 

Alda 139 y 154 

Aldaguer (Garda) 237 

Aldorá (Reina doña) 108 a 110 

Alejandro Bernay 191 

Alejandro Magno . 10, 26, 189, 191 y 240 

a 245 

Alejandro Pidal y Mon 33 

Alejo Paulino París . . 23, 25, 33 y 34 

Alemany y Bolufer (José) 198 

Alfagib de Lérida 58 

Alfonso 1 199 y 402 

Alfonso II 30, 46, 176 y 177 

Alfonso III 97 

Alfonso V. . . . 114,116,353,356,357 

383,403,410,411,412 y 423 

Alfonso VI . . 30, 31, 41, 62 a 65, 68, 70 

71, 77 a 83, 86, 183 

184, 196 y 216 

Alfonso Vil. . 30, 68, 81, 102 a 107, 153 

179 y 254 

Alfonso VIII .... 116, 168, 179 y 180 

Alfonso X. . . . 20,37,41,59,119, 168 

183, 201, 217, 218, 220 a 224, 247 

250 a 253, 257, 260, 261, 264 a 266 

271,272,316 y 405 

Alfonso XI . . . 93, 181, 260, 265, 272 

284, 285, 291, 299, 306 a 308 y 316 

Alfonso I de Portugal 184 

Alfonso II de Portugal 184 

Alfonso III de Portugal 184 

Alfonso IV de Portugal 273 

Alfonso (Infante Don) .... 398 y 404 
Alfonso Álvarez de Villasandino. 299, 309 

y 310 

Alfonso Daudet 11 

Alfonso Giraldes 308 

Alfonso Martínez de Toledo . 404 y 405 



Alfonso Munio 97, 102 y 103 

Alfredo Morel Fatio . 36, 225, 236. 239 

241 y 359 

Alhaquen I 192 

Alhaquenll 195 

Alharici (Judá ben Salomón) .... 209 

Aliarda 137 

Aliarde 130 y 141 

Alifra 107 

Alighieri (véase Dante). 

Almanzor. . 44, 47 a 49, 111, 116 y 200 

Almeida Garrett 114 

Almela 118 

Almela (Diego Rodríguez de). ... 55 

Almotamid 196 

Alonso de Cartagena . 353, 358, 359, 360 

375 y 380 

Alfonso de Madrigal 360 y 405 

Alonso de Palenda 404 

Alonso de la Torre 404 

Alonso (Julio Puyol y) . . 320, 321, 324 

327 y 329 

Altabiscar s 

Altarixi,El 98 y 100 

Alvar Fáflez Minaya ... 72 y 75 a 79 

Alvar García de Santa María 86, 88 

97, 101 a 103 y 403 

Alvar Sánchez 47 

Álvarez (Conde Rodrigo) 126 

Alvarez Gato (Juan) 397 

Álvarez de Villasandino (Alfonso) 299 

309 y 310 
Álvarez Quintero (Joaquín y Serafín) 333 

Alvaro de Cartagena 400 

Alvaro de Luna . . . 354, 362, 363, 375 
378, 384, 390, 400 y 403 

Alvaro Pelayo 351 

Alvaro Rodrigo de Aubedo 130 

Allamanón (Beltrán de) . . . 167 y 168 

Amadts de Gaula. . 299, 309, 318 y 425 

Amador de los Ríos (José) . . 8, 38, 118 

205, 210, 234, 237, 254, 258, 266, 289 

307, 320, 321, 322, 349, 354 y 359 

Aman 108 

Ambrosio 154 

Ambrosio de Morales 138 



434 



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ÍNDICE DE NOMBRES CITADOS 



Páginas 



Paginas 



Amiles 143 

Amírola (Eugenio Llaguno) .... 154 

Amis 143 

Ampere (Juan Jacobo) 18 

Anacreonte 4 

Anatole France . . . . 113 

AndallaMir 283 

André Ferreu 358 

Andrés Bello 35 y 36 

Andrés Chenier 211 

Andrés Febrer 419 

Andrés el Capellán 162 

Andreu 177 

Andújar (Juan de) 412 

Aneliers (Guillermo) 221 

Anelies de Tolosa (Guillermo) ... 163 

Ángel de los Ríos y Ríos 283 

Ángel Vegue y Goldoni 389 

Angelo Colocci . . . 176, 183, 185 y 188 

Anglesa 178 

Aníbal 386 

Aníbal Fernández Thomas . . ... 112 

Anseis 39 

Anselmo Turmeda (Fray). 403 y 422 a 426 

Antequera (Fernando de) . 297, 353, 356 

363, 366, 400, 401, 403 y 410 

Antinágoras 236 

Antíoco 234 y 336 

Antípatro 244 

Antolín (P. Guillermo) 200 

Antolínez (Martín) 86 

Antón de Montero 397 

Antonio Benavides 279 

Antonio Bofarull 269 

Antonio de Canalo (Fray) 422 

Antonio de Nebrija 390 

Antonio de Vilaragut 422 

Antonio G. Solalinde 233 y 320 

Antonio López 413 

Antonio Maura 396 

Antonio Panormita 357 

Antonio Rubio y Lluch. . . . 420 y 426 

Antonio de Yepes (Fray) 107 

Apiano 3 

Apolonio (Príncipe de Tiro) . 234 y 235 
Aquilino Juvenco 14 



Aquitania (Duque de) . . 40, 134 y 158 
Aquitania (Leonor de) .... 161 y 162 
Aquitania (Walter) . . 27, 43 a 45 y 135 

Aragón (Martín de) 297 

ArboisdeJubainville(D') 150 

Arce (Gaspar Núfiez de) 293 

Arcipreste de Hita (véase Hita). 
Arcipreste de Talavera. . 321, 348, 403 

405 y 406 

Architrastes 234 

Aretino (Leonardo) 359 

Argantonio 4 

Argote de Molina . 3, 283, 307, 387, 398 

y 404 

Arias Gonzalo 62 a 65 y 125 

Arias de Sayvedra (Fernán) .... 365 

Arimatea (José de) 152 

Ariosto 141 

Aristóteles . 326 a 329, 334, 346, 359, 360 

y 412 
Arjona (Duque de) . . . 353, 361 y 362 

Arlanza (Monje de) 50 y 52 

Armand Colín 37 

Armando de Cremona 261 

Arminio 25 

Arnaldo Daniel 164 y 165 

Arnaldo Vidal de Castelnoudary . . 294 

Amoldo de Marveil 163 y 165 

Arpa y López 237 

Aróla (P.) 114 

Arólas 372 

Arouet, Francisco María (véase Vol- 
taire). 

Arrací 200 

Arraxid (Harun) 194 

Artiga 108 a 110 

Arturo (Rey). . 147, 148, 150, 151 y 153 

a 155 
Arzobispo Gelmírez ... 31, 184 y 256 

Arzobispo Don Opas 100 

Arzobispo Don Rodrigo . 46, 54, 56, 58 
1 14, 254, 261 y 266 

Arzobispo Turpin 30 y 139 

Aschbach 118 

Asín y Palacios (Miguel). . 205,305,403 

422, 424 y 425 



435 



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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 



Páginas 



Paginas 



Asís (Serafín de) 305 

Astarloa (Pedro Pablo de) 7 

Astorga (Martín Alonso Segura de) . 239 

Ataúlfo 15 

Atila 27 y 43 

Atilano Sanz (P.) 321 y 327 

Atlas 4 

Auba 84 

Aubedo (Alvaro Rodrigo de) .... 130 

Auberi le Bourgoing 39 

Aubernia (Pedro de) 180 

Aubertin 23, 25 y 26 

Aububeker Abentofail .... 202 y 203 

Auda 30 

Augusto 8 y 25 

Augusto Guillermo de Schlegel ... 204 

Augusto Wolf 33 

Aureliano Fernández Guerra. 254 y 366 

Aurelio Prudencio 14 

Ausias March. 380, 388, 403, 414, 415 y 417 

Ausonio 112 

Autpol (Guillermo) 170 

Avalos 412 

Avellaneda (Gertrudis Gómez de) 102 

y 103 

Averso (Luis de) 297 

Averroes 425 

Avicedrón 206 y 208 

Avicenna 392 

Avis (Maestre de) 273 

Ayala (Canciller de). . . . 100,272,281 

284, 290 a 293, 304,310,313 

316, 331, 358, 389 y 400 

Ayala (Fr. Diego de) 399 

Ayala, Pero López de (véase Ayala, 
Canciller de). 

Ayuso (García) 17, 18 y 22 

Azagra (Gil García de) 104 

Á2orin 312 

Babra 227 

Bachr 14 

Badajoz (Garci-Sánchez de) . 373 y 397 

Baif 296 

Bailly-Bailliére 37 

Balaguer (Víctor). 8, 9, 162, 175, 177 y 179 



Balduino (Conde) 248 

Baligatemir de Babilonia 30 

Baltasar de Echane 7 

Baltasar Gracián 189 y 203 

Baltasar Romaní 414 

Balteyra 251 

Baquis 113 

Bar-sur-Aube (Bertrand) 40 

Barbassieu 426 

Barbazieux (Ricardo de) 162 

Barbieri 362 

Barca (Calderón de la) 213 

Barcelona (Conde de) 68 

Barcellos (Conde de) 182 

Barcia (Roque) 152 

Barjols (Elias de) 161 y 163 

Barón de Tourtoulon 16 

Barón J. de Roisín 175 

Baronesa deTaunas 162 

Barrientos (Fr. Lope) 400 

Bartolo 346 

Bartolomé Giorgi 164 

Bartsh 175 

Barres 401 a 403 

Baudinet 132 

Baudoin (véase Valdouinos). 

Bazán (Condesa de Pardo) 6 

Beatriz de Portugal 273 

Beatriz de Suevia 218 

Bédier (Joseph) 157 

Bedmar (Conde de) 36 

Belgue 40y84 

Belerma 138 y 139 

Belhan París 214 

Beltrán 130, 131 y 139 

Beltrán Carbonell 161 

Beltrén de Allamanón . ... 167 y 168 
Beltrán de Born. 165, 177, 178, 180 y 221 

Beltrán de Claquin 318 

Beltrán de la Cueva 399 

Beltrán de Rovenhac 221 

Beltraneja, La 374 

Bellido Dolfos 63 a 65 y 124 

Bello (Andrés) 35 y 36 

BenGabirol 209 

Ben Zulema 353, 363 y 372 



436 



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ÍNDICE DE NOMBRES CITADOS 



Páginas 



Páginas 



Benavente (Jacinto) 87 

Benavides (Antonio) 279 

Benedictino Ferotin (P.) 107 

Benfey 198 

Benito Pérez Galdós 326 

Benoit de Sainte More 190 

Beraque (Pedro de) 289 

Berceo (Gonzalo de) . . 33, 49, 107, 217 
218, 230 a 233, 236 a 240 
245, 252, 285, 346 y 380 

Bercheir 291 

Berenguela 167 y 254 

Berenguer (Conde) 168 

Berenguer de Palasol 177 

Berga (Vizcondes de) 178 

Bergadé (Guillermo de). 176 a 180 y 388 
Bergadám (Guillen) . . 176 a 180 y 388 

Bermúdez (Pero) 86 

Bermudo II 116 

Bermudo III 56 

Bernardino de Saint Pierre 211 

Bernardo de Echalar (P.) 350 

Bernardo de Traviez 163 

Bernardo de Ventadorn 161 

Bernardo del Carpió. . . . 43, 46 y 246 

Bernardo dez Coll 422 y 425 

Bernay (Alejandro) 191 

Berne (Metje) 423 

Bernier 39 y 104 

Béroul 151 

Berta 266 

Bertholais 140 y 141 

Bertrand Bar~sur-Aube 40 

Bertrand du Guesclin .... 40 y 42 
Besalú (Vidal de) ... . 176, 179 y 180 

Beuves 90 

Biclarense (El) 14 

Bigné (Ferrer y) 415 

Bisticci (Vespasiano da) 411 

Bivar (P. Francisco de) 237 

Blacas 167 

Blanca de Castilla 281 y 282 

Blancaflor 84 y 266 

Blanco Soto (P.) 200 

Blanquerna 304 y 305 

Blázquez (Roy) 47, 48 y 50 



Boceado (Juan) ... 160, 213, 277, 280 

290, 314, 358, 375 

406, 423 y 426 

Bodel (Jean) 40, 191 y 266 

Boecio 290,311, 323 y 360 

Bofarull (Antonio) 269 

Boignes (Francisco Pons) 204 

Bolufer (José Alemany y) 198 

Bonifacio Calvo 220 

Bonifacio de Castillaní 221 

Bonilla San Martin (Adolfo) . 152, 178 

y 214 
Borgofla (Enrique de) ... . 183 y 184 

Borgona (Ramón de) 183 

Boro (Beltrán de). . . 165, 177, 178, 180 

y 221 
Bomeil(Giraldode). . . . 164,165, 167 

169, 170 y 218 

Borón (Robert de) 151 

Boscán 386 a 390 y 414 

Bon (Teresa) 415 

Boncheri 31 y 32 

Bouillón (Godofredo de) 267 

Bourges (Conde Harpín de) ... . 266 

Bourgoin (Auberi le) 39 

Bovole 155 

Braga (San Martin de) 188 

Braga (Teófilo) 129, 183 y 308 

Bramante 32, 121, 143 y 144 

Brancuti 176, 183, 185 y 188 

Bremón (Pedro) 166 y 167 

Bretón de los Herreros 143 

Brie (Jendeus de) 40 

Brunetiére 29 y 37 

Bruto (Décimo) 11 

Byron (Lord) 25 

Bucar 78 y 116 

Buda 211 y 212 

Buelna (Conde de) 154 y 404 

Bulan 209 

Burtón 204 

Burriel (P.) 264 

Cava (Florinda, la) ... . 97, 98 y 100 

Caballero Cesáreo 365 

Caballero Clfar, El 299 y 318 



437 



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SALCEDO. - LA LITERATURA ESPAÑOLA 



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Caballero de Silva, El . 129 

Caballero del Cisne, El . 247, 265, 266 

268 y 269 

Caballero Froyaz 114 

Caballeros Hinojosas, Los . . 97 y 107 

Cabra (Juglar) 178 

Cabrera (Giraldo de) ... . 176 y 178 

Cabrera (Ramón) 77 

Cadalso 54 

Cadenet 169 

Cairel (Elias) 161 

Calaínos 121, 143 y 144 

Calansó (Giraldo de). 165, 168, 178 y 388 

Calcas 191 

Calderón de la Barca 213 

Calez (Deán de) 251 

Calfurnia 264 

Calimna 189 y 198 

Calvet (Agustín) . . 403, 422, 425 y 426 

Calvo (Bonifacio) 220 

Calvo (Laín) 88 y 92 

Callot (véase Carloto). 

Cambray (Raúl de) . . 37, 39, 40 y 104 

Camoens 415 

Campillo 237 

Campo Alange (Condes de) ... . 291 
Campoamor (Ramón de). . . 105 y 114 

Campomanes 354 

Canalejas (Francisco de P.) .... 313 

Cañáis (Fr. Antonio de) 422 

Canciller Ayala . . . 100,272,281,284 
290 a 293, 304, 310, 313 
316,331, 358, 389 y 400 

Canseco 256 

Cantú (César) 13 

Capellán (Andrés, el) 162 

Capellán Jerónimo (El) 31 

Capua (Juan de) 198 y 254 

Carbonell (Beltrán) 163 

Carbonell (Miguel) 116 

Cardenal Albornoz 276 

Cardenal Cervantes 374 

Cardenal Cisneros 350 

Cardenal Mendoza 378 y 379 

Cardinal (Pedro) 170 

Cardona (Vizconde de) 178 



Carlomagno . . 14, 23, 26 a 32, 35, 38, 39 

46, 67, 125, 130 a 132, 134, 136 a 142 

151 a 153, 158, 1S4, 191 y 214 

Carlos III 200 

Carlos V 390 

Carlos de la Plaza 7 

Carlos Diez 17 

Carlos el Calvo 17 

Carlos Martel 28 

Carloto 121 y 131 a 133 

Carolina Michaelis de Vasconce- 
los 112, 127,130 y 320 

CarollMarden 48 

Carpió (Bernardo del) ... 43, 46 y 246 

Carrillo (Enrique Gómez) \^2 

Carrión (Rabino de), 272, 284 a 289 y 291 
Carrión (Infantes de) . .71, 78, 79, 8 1 , 83 

86 y 88 

Cartagena (Alonso de) . . 353, 358, 359 

360, 375 y 380 

Cartagena (Alvaro de) 400 

Cartagena (Teresa de) 405 

Carvajal 412 

Carvajal (Galíndez de) . . . . 278 y 401 

Carvajales 412 

Carvajales, Los 278 

Casáis (Guillermo Pedro de) ... . 248 

Casiano 358 

Casio (Dion) 9 

Casiri 200 

Cassel (David) 20Q 

Castelnoudary (Arnaldo Vidal de) . 294 
Castilla (Fadrique de) .... 281 y 282 

Castilla (Sancha) 53 y 54 

Castillani (Bonifacio de) 221 

Castillejo (Cristóbal) 387 

Castro (Cristóbal de) 82 

Castro (Fadrique de; . . 353, 361 y 362 

Castro (Fernán Ruiz de) 114 

Castro (Guiomar) 399 

Castro (José Rodríguez de) 210 

Castro (Padre) 107 

Castro (Sánchez de) 237 

Catalina Figueroa 378 

Catón 326 a 329 y 333 

Cátulo 12 



438 



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ÍNDICE DE NOMBRES CITADOS 



Páginas 



Paginas 



Cavaillón (Guido de) 168 

Cavalcanti (Guido) 276 y 385 

Cayo Vecio 14 

Cejador (Julio). . . 7,320,321,324,326 
a 328, 351, 335, 339 y 344 

Celtnos (Infante) 131 

Cervantes (Cardenal) 374 

Cervantes Saavedra (Miguel de) 118, 132 

136, 155,210, 234, 319 

390, 395 y 425 a 427 

Cervera (Guillermo de) . . . 221 y 248 

César Cantú 13 

César (Julio) .... 10, 12, 191 y 358 

Cesáreo (Caballero) 365 

Cicerón (Marco Tulio). 4, 5, 11, 12 y 359 

Cid (El). . 31, 33, 35, 36, 58 a 65, 68 a 73 

75 a 79, 81 a 96, 101, 102, 122 

125 a 130, 157, 197, 278 y 372 

Cienfuegos 54 

Cifar (El Caballero) 299 y 318 

Ciño de Pistoia 276 

Circe 154 

Cisne (El Caballero del) . . 247, 265, 266 

268 y 269 

Cisneros (Cardenal) 350 

Cisneros (Mencía de) 380 

Clansó (Girardo de) 180 

Claquín (Beltrán de) 318 

Claraniña 141 

Claros de Montalbán (Conde) . 121 y 141 

a 143 

Claras 320 a 322 

Claudio 9 

Clavijo (Ruy González de) 404 

Clemencia Isaura 294 y 296 

Gemencín 153 

Clemente IV 170 

Clérigo Simón 191 

Clodoveo 28 

Gotario II 28 

Codax (Martin) 186 

Coincy (Gautier de) 232 y 233 

Colín (Armand) 37 

Colocci (Angelo) . . 176, 183, 185 y 188 
Colomé (P. Fidel Fita) .... 1 18 y 1 19 
Colón (Fernando de) 204 



Columela 12 

Columna (Guido de). . . 190, 242 y 291 
Coll (Bernardo dez) ... 285, 422 y 425 

Comendador de Montizón 397 

Commelerán (Francisco A.) . 9, 17 y 35 
Comparetti (Domingo). ... 190 y 258 

Conde Baldulno 248 

Conde Berenguer 168 

Conde Claros de Montalbán . 121 y 141 

a 143 

Conde de Barcelona 68 

Conde de Barcellos 182 

Conde de Bedmar 36 

Conde de Buelna 154 y 404 

Conde de Cuadros 412 

Conde de García Ordóflez 68 

Conde de Guarinos . . . 121, 139 y 140 

Conde de Haro 404 

Conde de Luna 253, 361 y 362 

Conde de Niebla ^96 y 401 

Conde de Poitiers (véase Guillermo 
de Poitiers). 

Conde de Rivagorza 46 

Conde de Saboya 88 

Conde de Salduefia 46 

Conde de Tolosa 221 

Conde Dirlos 121, 130 a 132 

Conde Don Fadrique de Luna ... 362 
Conde Don Julián ... 97, 98, 100 y 246 

Conde Don Pedro 112 

Conde Don Rodrigo el Franco. 103 a 106 

Conde Fernán González . 38, 43, 48 a 53 

91,95, 100, 245 y 246 

Conde Gómez de Gomar. ... 90 y 91 

Conde Grimaltos 136 y 137 

Conde Harpin de Bourges 266 

Conde Lozano 63, 125 y 126 

Conde Ñuño de Lara 116 

Conde Rodrigo Álvarez 126 

Conde Vélez 121, 141 y 143 

Condes de Campo Alange 291 

Condes de Urgel 248 

Condesa de Cauyne 161 

Condesa de Módica 385 

Condesa de Pardo Bazán 6 

Condesa Ginesa 267 y 268 



439 



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SALCEDO - LA LITERATURA ESPAÑOLA 



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Páginas 



Condestable Don Redro de Portugal . 379 

Constantino (Emperador) 214 

Corbaián (Sultán) 266 

Corbián (Pedro de) 163 y 170 

Corella (Roig de) .... 403, 419 y 420 

Corn (Julio) 307 

Corolen (José) 422 

Corral (Pedro del) .... 98, 100 y 405 

Cortabota(La) 311 

Cortés (Donoso) 362 

Cosme de Médicis 411 

Cosquin 211 

Costa (Joaquín) 2, 3, 5 y 425 

Coster (Lorenzo) 357 

Cotarelo (Emilio) 224 

Cremona (Armando de) 261 

Crimhilda 27 

Cristian de Troyes 151 y 153 

Cristóbal Castillejo 387 

Cristóbal de Castro 82 

Cristóbal Falcas 185 

Cuadro (Gonzalo de) 412 

Cuadros (Conde de) 412 

Cuervo (Rufino José) 36 

Cueva (Beltrán de la) 399 

Cueva (Juan de la) 387 

Curdo (Quinto) 191 y 358 

Curión 11 

Champagne (Teobaldo de) 382 

Chantillón (Gualterio de) . . 191 y 240 

Chateaubriand 296, 370 y 372 

Chaucer 323 y 352 

Chauyne (Condesa de) 161 

Checo (Dasculi) 385 

Chenier (Andrés) 211 

Cheritón (Odón de) 351 

Dagoberto (Rey) 28 

Damas Hinard 35 y 215 

Danés Urgel 132 

Daniel (Arnaldo) 164 y 165 

Danois (Ogier de) 39, 83 y 132 

Dante Aligiheri . 14, 16, 17, 164, 168, 208 

262, 274, 275, 277, 298, 305, 311 

312, 373, 383, 385, 387, 396 y 397 

Dares el Frigio 190 



Darío 242 

Dasculi (Checo) 385 

Daudet (Alfonso) 11 

David ... 14, 85, 102, 119, '208 y 317 

David Cassel 209 

DeándeCalez 251 

Décimo Bruto 11 

Delaplane (Paul) 39 

Delavigne 143 

Dembourg 200 

Demóstenes 242 

Deusdes de Prades 163 

Díaz de Vivar, Ruy (véase Cid). 

Díaz (Fernando) 126 

Díaz Gámez (Gutierre) 404 

Dictys el Cretense 190 

Diego de Ayala (Fray) 399 

Diego de Valencia (Fray). 299, 309 y 310 

Diego de Valera 375 y 397 

Diego Enríquez de Alarcón 403 

Diego Hurtado de Mendoza .... 306 
Diego Laynez. ... 91 a 93, 125 y 126 
Diego López de Haro .... 112 y 113 

Diego Martínez 299, 311 y 312 

Diego Mendoza 36 

Diego Pérez Sarmiento . . 223 y 224 
Diego Rodríguez de Almela .... 55 

Diego Velázquez 85 

Diego (Vicente García de) . . 180 y 389 

Diez (Carlos) 26 

Diez de Gámez (Gutierre) 154 

Diez (Federico) 168 y 175 

Dimas 225 

Dimna 189 y 198 

Diodoro de Sicilia 3 

Dion Casio 9 

Dionisio I de Portugal . . 180, 183, 184 

186, 273 y 306 
Dirlos (Conde) .... 121